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Jugada de ajedrez magistral de Putin en Ucrania

Asia Times Online
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Las celebraciones en Rusia del 69 aniversario de la derrota del fascismo en la Segunda Guerra Mundial tienen lugar solo días después que los neofascistas ucranianos realizaron una espantosa masacre en Odesa. Para los que conocen la historia, el simbolismo gráfico habla por sí solo.

Y entonces un gambito geopolítico agrega un desconcierto absoluto a la hipocresía mostrada por los autoproclamados representantes de la “civilización occidental”.

El gambito proviene de –quién iba a ser– el presidente ruso Vladimir Putin, quien ahora mezcla activamente movidas de ajedrez con el Arte de la Guerra de Sun Tzu y Tao Te Ching de Lao Tzu. No sorprende que todos esos embaucadores de las relaciones públicas, inermes portavoces del Departamento de Estado, y generales de OTANstán no encuentren ninguna solución al problema.

A diferencia de la escuela de diplomacia propia de delincuentes juveniles del gobierno de Obama –que quiere “aislar” a Putin y Rusia– una tregua y un posible trato en la actual tragedia ucraniana han sido negociados entre adultos dispuestos a comunicarse, Putin y la Canciller alemana Angela Merkel, discutidos y finalmente anunciados en una conferencia de prensa por el presidente de la Organización por la Seguridad y Cooperación en Europa, Didier Burghalter.

El trato se mantendrá si los cambiadores de régimen en Kiev –que deberían ser descritos como la junta neoliberal, neofascista de la OTAN– abandonan su actual “operación antiterrorista” y se muestran dispuestos a negociar con los federalistas en Ucrania Oriental y Meridional. [1]

El gambito de Putin ha sido sacrificar no una sino dos piezas; preferiría que los referendos de este domingo en Ucrania Oriental fueran postergados. Al mismo tiempo, cambiando la posición del Kremlin, dijo que las elecciones presidenciales del 25 de mayo podrían ser un paso en la dirección apropiada.

Moscú sabe que los referendos serán erróneamente interpretados por el desinformado combo de OTANstán como un argumento para que Ucrania se una a Rusia, como en Crimea. Podrían ser utilizados como pretexto para más sanciones. Y sobre todo Moscú quiere impedir cualesquiera operaciones de bandera falsa. [2]

Sin embargo Moscú no ha abandonado su posición firme desde el principio; antes de una elección presidencial debería haber cambios constitucionales hacia la federalización y más poder para provincias ampliamente autónomas. No tendrán lugar en el futuro previsible – si acaso.

Con la junta de la OTAN en Kiev que convierte en un lío absoluto el arte de “gobernar”; el Fondo Monetario Internacional que ya dirige el show del capitalismo de desastre, Rusia que corta los subsidios comerciales y de energía, y el movimiento federalista que crece con cada minuto que pasa después de la masacre de Odesa, Ucrania es tan absolutamente tóxica que Moscú tiene todo el tiempo del mundo de su parte. La estrategia de Putin es ciertamente Tao Te Ching encuentra el Arte de la Guerra: observa el flujo del río mientras das suficiente cuerda a tu enemigo para que se cuelgue.

Estás con nosotros o contra nosotros

El pedido de Putin a la gente en la región del Donbass para que postergue el referendo –que tendrá lugar en todo caso [3]– provocó un feroz debate, en Ucrania oriental y en toda Rusia, sobre una posible traición rusa a los rusoparlantes en Ucrania.

Después de todo, la junta neoliberal, neofascista de la OTAN ha lanzado una “operación antiterrorista” contra ucranianos de a pie en la cual incluso la terminología proviene directamente del “estás con nosotros o contra nosotros” del régimen de Cheney.

Y una vez más el Desinformante en Jefe es –quién iba a ser– el Secretario de Estado de EE.UU. John Kerry, quien está “muy preocupado por los esfuerzos de separatistas prorrusos en Donetsk, en Lugansk, por organizar, francamente, un referendo artificial, fingido, por la independencia el 11 de mayo”. Es “de nuevo el guión de Crimea y ninguna nación civilizada va a reconocer los resultados de un esfuerzo tan ficticio”.

Es imposible esperar que Kerry sepa de lo que está hablando, pero a pesar de ello: la gente en Donbass no son separatistas. Son ucranianos de a pie –trabajadores de las fábricas, mineros, empleados del comercio, agricultores– que están por la democracia, contra la junta de la OTAN y son –oh, el delito capital– rusoparlantes.

Y a propósito, no se necesita ser Thomas Piketty para identificar esto como lucha de clases clásica; trabajadores y campesinos contra oligarcas – los oligarcas actualmente alineados con la junta de la OTAN, algunos desplegados como gobernadores regionales, y todos con intenciones de permanecer en su cargo después de las elecciones del 25 de mayo.

La gente en el Donbass quiere federalismo, con una fuerte autonomía en sus provincias. No quiere separarse de Ucrania. Contra el ataque “antiterrorista” prescrito por EE.UU., impuesto por Kiev, tienen sus comités de defensa popular, asociaciones locales y sí, milicias, para defenderse. Y sobre todo referendos “ficticios” para dejar absolutamente claro que no se someterán a una junta centralizada, plagada de oligarcas.

Por lo tanto los referendos tendrán lugar – y serán debidamente ignorados por el combo de OTANstán. La elección del 25 de mayo tendrá lugar –en medio de una “operación antiterrorista” contra casi la mitad de la población– y será reconocida como “legítima” por el combo de OTANstán.

Mucho más allá de esta conducta cósmicamente vergonzosa de Occidente “civilizado”, ¿qué será lo próximo?

Nada logrará que desaparezca el odio inflexible que siente la junta neoliberal neofascista de la OTAN con sus partidarios neonazis de Banderastán en Ucrania Occidental contra el Donbass oriental. Pero entonces, en unos pocos meses, todos los ucranianos sentirán directamente lo que tiene preparado el FMI, no importa dónde se encuentren. Y esperarán si el nuevo presidente –sea el multimillonario del chocolate Petro Porashenko o la totalmente corrupta “Santa Yulia” Timoshenko– no paga la cuenta por energía de Gazprom de 2.700 millones de dólares.

Una vez más, Putin no necesita “invadir” nada. Sabe que no es el camino para “rescatar” Ucrania oriental y meridional. Sabe que la gente en el Donbass hará la vida difícil a la junta de la OTAN y su vástago del 25 de mayo. Sabe que cuando Kiev necesite verdadero dinero –no los préstamos interesados al estilo de la mafia del FMI– nadie en su sano juicio en la enana política UE estará disponible. Nadie querrá rescatar a un Estado fallido. Y Kiev tendrá que implorar, de nuevo, por la ayuda de Moscú, el prestamista de primer y último recurso.

Lao Tzu Putin está lejos de buscar un jaque mate. Puede esperar, y lo hará. El imperio excepcionalista seguirá haciendo lo que hace mejor –fomentar el caos– incluso mientras europeos sensatos, incluyendo a Merkel, tratan de hacer algo por el apaciguamiento. Bueno, por lo menos las plegarias de Washington han encontrado respuesta. Tardó algo, pero finalmente encontraron un nuevo espantajo: Osama Bin Putin.

Notas:

1. Putin-Burkhalter talks: an elusive chance for Ukraine, Oriental Review, 8 de mayo de 2014.

2. Ukrainian forces prepare provocation against Russia in Donetsk, Voice of America, 6 de mayo de 2014.

3. 2 Southeast Ukrainian regions to hold referendum May 11 as planned, RT, 8 de mayo de 2014.

 

Pepe Escobar es autor de Globalistan: How the Globalized World is Dissolving into Liquid War (Nimble Books, 2007), Red Zone Blues: a snapshot of Baghdad during the surge (Nimble Books, 2007), y Obama does Globalistan (Nimble Books, 2009). Constacto: pepeasia@yahoo.com.

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Fuente: http://www.atimes.com/atimes/Central_Asia/CEN-01-090514.html  

Crisis y desigualdad social

Llevo más de tres años insistiendo que el crecimiento de las desigualdades sociales ha sido uno de los factores impulsores de la crisis actual. Si tuvimos burbuja inmobiliaria y endeudamientos exorbitantes fue porque también sufrimos una situación de extrema desigualdad.
En las tres décadas posteriores a la Segunda Guerra Mundial, no hubo burbujas notables en la economía porque se seguía un patrón en la distribución de rentas que permitía que el crecimiento de la productividad se tradujera también en un crecimiento de los salarios, y eso a su vez permitía un mayor consumo sin que la gente se endeudara en exceso. Este círculo virtuoso se rompió con las políticas neoliberales destinadas a debilitar el poder de los trabajadores y disminuir sus ingresos salariales.
Desde hace tres décadas, los salarios crecen por debajo de la productividad, eliminando así el vínculo automático entre productividad y demanda.

Eso ya condujo a finales del siglo XX a un exceso de capacidad en la economía productiva que el capital intentó compensar refugiándose primero en la burbuja bursátil y después en la burbuja inmobiliaria.

Uno de los factores que explican el incremento de las desigualdades es el deterioro de la legislación laboral, que a su vez ha permitido debilitar el poder de la negociación colectiva de los convenios que en el fondo fue el mecanismo para facilitar durante décadas que los asalariados se beneficiaran de los incrementos de productividad. La capacidad para movilizar y negociar del movimiento sindical también contribuyó a poner en marcha los potentes mecanismos de seguridad social y a universalizar el derecho a una sanidad pública entre muchas otras mejoras sociales.

Si se acepta este punto de vista se llega rápidamente a la conclusión que para erradicar una de las raíces de esta crisis es necesario recuperar el carácter protector de la legislación laboral con la finalidad de superar los elementos precarizadores que se han instalado a lo largo del periodo neoliberal.

Ahora, en cambio, se quiere recorrer un camino opuesto y se pide sacrificios y austeridad a los trabajadores.

Resulta muy revelador que mientras se habla constantemente de las recomendaciones y los llamamientos de los “organismos internacionales” no se haga mención a la Organización Internacional del Trabajo (OIT) a pesar de ser uno de los organismos internacionales con mayor legitimidad democrática y probablemente él que ha mostrado más rigor en los documentos que publica.

A éstas altura ya debería estar claro que la obsesión de los poderosos no es, ni mucho menos, eliminar las raíces de esta crisis. Su intención no es otra que utilizar la crisis como una oportunidad para reforzar aún más su poderío. Pero no lo dicen. Lo camuflan a través de un rosario de recomendaciones sobre las “reformas estructurales”, “la mejora del mercado de trabaja” o “la flexibilidad en las empresas”, difundidas por los adoctrinadores sociales al servicio de la minoría dominante.

PUBLICAT PER ANTONI PUIG SOLÉ

 

LA CORTINA DE HIERRO 1945-1947:INICIO DE LA GUERRA FRÍA

Big Three at the Potsdam Conference in Germany...
Big Three at the Potsdam Conference in Germany: Prime Minister Winston Churchill, President Harry S. Truman and Generalissimo Josef Stalin, seated in garden. (Photo credit: Wikipedia)

 En los meses que siguieron a su victoria en la Segunda Guerra Mundial, la alianza entre la Unión Soviética y los países occidentales pronto pasó a ser algo más que un matrimonio de conveniencia. La sospecha ensombrecía las relaciones mientras una cortina descendía sobre Europa.

La advertencia de Churchill

En Fulton, una pequeña ciudad de del estado de Missouri, en la región central de Estados Unidos, las cosas habían cambiado muy poco desde 1946. Antes de que se cumpliera un año del final de la guerra, allí se izaron las banderas para recibir a Winston Churchill, que llegó a Fulton con un mensaje sombrío:

“Desde Stettin, en el Báltico, hasta Trieste, en el Adriático, ha descendido una cortina de hierro que corta nuestro. Detrás de esa línea, están todas las capitales de los antiguos países de Europa central y oriental: Varsovia, Berlín, Praga, Viena, Budapest, Belgrado, Bucarest y Sofía. Todas estas famosas ciudades y sus zonas aledañas están en lo que debo denominar la esfera soviética”, dijo Churchill.

“El discurso no fue bien recibido en Estados Unidos”, señala Clark Clifford, asesor especial del presidente Harry Truman. “Se dijo que era demasiado duro y algunos criticaron al presidente por recibir a Churchill. Esto demuestra cómo cambia la historia. Ahora, se considera uno de los grandes discursos de la humanidad, porque ayudó a advertir al mundo sobre el peligro de la expansión de la Unión Soviética”.

Cambios económicos

Los combatientes estadounidenses regresaron al país. Por segunda vez en el siglo XX, Estados Unidos había participado en una guerra foránea, de la que 300.000 soldados no volvieron. Sin embargo, los sobrevivientes se encontraron con un país más rico y más feliz que nunca.

“Me alegré”, dice Al Aronson, un veterano de la Segunda Guerra Mundial. “Dije: ‘Esto es maravilloso’. La gente tenía ahorros, algo imposible durante la Gran Depresión. En ese entonces, nadie tenía dinero. Teníamos lo suficiente para comer, tener dónde vivir y pagar la prima del seguro”.

El economista John Kenneth Galbraith, que trabajó para el Departamento de Estado norteamericano, comenta que “antes de la guerra, había un desempleo del 15 por ciento, a veces más. La economía estaba estancada, en malas condiciones. Pero la producción de municiones y armamentos para la guerra inyectó muchísimo dinero en la economía, creó millones de empleos tanto para hombres como para mujeres, como Rosy, la remachadora. Al final de la guerra, éramos un país casi sin desempleo”.

“Con el final de la guerra, se dieron cuenta de que hacía mucho que no fabricaban automóviles en Estados Unidos”, sostiene Aronson. “Todos estaban ansiosos por comprar autos. Había gasolina. Había alimentos. La economía estaba creciendo”. 
La guerra y la bonanza de la posguerra hicieron repuntar al capitalismo estadounidense.

Por su parte, los soldados soviéticos que regresaron a sus hogares estaban agradecidos por haber sobrevivido. Sólo los más afortunados se reencontraron con sus hijos y esposos. 27 millones de soldados y civiles soviéticos no sobrevivieron.

“Recibimos a los soldados con flores, pan, todo lo que conseguimos”, dice Valentina Gordeyeva, una residente de Briansk. “Estábamos tan contentos que besamos a personas que ni siquiera conocíamos. Inclusive nos atrevimos a pensar que los desaparecidos podrían estar vivos”.

Victoria Zlobina también vivía en Briansk, y mantiene que “toda Rusia quedó destruida. Todo, desde las fronteras hasta Moscú, quedó en ruinas. Muchos no tenían dónde vivir”.

Los alemanes habían destruido casi 70.000 aldeas. Las ciudades estaban derruidas. Lo que había logrado Stalin antes de la guerra, las fábricas, los edificios de apartamentos de los planes de quinquenales, todo había sido destruido por los invasores.

“En la guerra, se destruyeron instalaciones que se consideraban satisfactorias”, dice Valentina Gordayev, residente de Briansk. “Había gente viviendo entre ruinas. Es imposible describir el sufrimiento. Para entenderlo, hay que vivirlo y verlo de cerca”.

Los rusos recibieron el final de la guerra con especial alegría.

Berlín, el último campo de batalla

La capital del Reich de Hitler había sucumbido ante el Ejército Rojo. Los berlineses, estupefactos, esperaban que los conquistadores decidieran qué harían con ellos. Pero no se organizaron masacres, sino que dejaron que los sobrevivientes se las arreglaran como pudieran.

Stalin incluso ordenó a sus tropas que alimentaran a los berlineses. Pero los soldados saquearon viviendas y persiguieron a las mujeres.

“Cada vez llegaban más rusos”, cuenta Elfriede von Assel, que entonces vivía en Berlín. “Miraban por la ventana. De repente, entró uno de ellos. Yo estaba cuidando a un niño. Lo quitó de mi regazo y le dio un juguete y unos cigarrillos para que jugara. Esa fue la primera vez que me violaron. Fue aterrador. Después, no podía hablar”.

El jefe de policía de Stalin, Beria, y el ministro de Relaciones Exteriores, Molotov, visitaron Berlín. Alemania quedó dividida en cuatro zonas ocupadas y cada uno de los aliados retuvo una parte de la capital. Los aliados habían decidido que Alemania debía indemnizarlos por los daños sufridos en la guerra.

Según Konstantin Koval, de la administración militar soviética en Berlín, el mariscal Zhukov dijo: “Hemos luchado larga y arduamente. Hemos conquistado Berlín. Tenemos el derecho moral y legal de tomar todo lo que podamos como indemnización. No sabemos qué nos depara el futuro”.

Los alemanes fueron obligados a ayudar a los rusos a confiscar sus recursos industriales -no sólo las máquinas, sino también miles de obreros y científicos, que fueron trasladados a la Unión Soviética.

Europa Central volvía a la Edad Media. Era una zona sin ley, refugio, ni piedad. Un continente de nómadas. Millones de personas habían sido desarraigadas por los nazis. Ahora, les tocaba a los alemanes ser las víctimas.

Desde el Mediterráneo hasta el Báltico, los vencedores reorganizaron el continente Europeo. Stalin estaba obsesionado con Polonia, puerta de entrada de las invasiones a Rusia. La Unión Soviética se anexionó Polonia oriental. Como compensación, los aliados otorgaron a Polonia territorios del este de Alemania de los cuales se expulsó a los alemanes.

Los polacos, cuyas tierras fueron usurpadas por la Unión Soviética, se apoderaron de las granjas y casas de los alemanes.

Monika Taubitz, es una alemana que se encontraba entre los exiliados: “En el otoño de 1945, una joven polaca de 19 años y un hombre mayor de la milicia entraron a nuestra casa. La chica preguntó de quién era la casa. Mi madre contestó que era nuestra. Entonces, Hanja, así se llamaba la joven polaca, dijo: ‘Ahora, es mía’. A partir de entonces, la casa fue de Hanja”, recuerda Taubitz.

“Un día, a las 6 de la mañana, los milicianos comenzaron a golpear nuestra puerta con las culatas de sus armas. Dijeron: ‘¡Afuera!’. Si bien yo era una niña, supe que había llegado el momento”, añade.

Unos 12 millones de alemanes fueron desalojados de las tierras en las que habían vivido durante siglos.

Hoy en día, esto se denomina “limpieza étnica”. En aquel momento, los aliados lo llamaron “transferencia de población”. Los británicos ayudaron a transportar a los alemanes.

Guerra civil en Grecia

Londres festejó la victoria. Tras seis años de guerra, Gran Bretaña estaba contenta pero exhausta. Al principio, todos aclamaron al rey y al imperio como si nada hubiera cambiado o fuera a cambiar.

Clement Attlee era el nuevo primer ministro. El electorado británico se había inclinado hacia la izquierda. Churchill fue dejado a un lado. El nuevo gobierno laborista se mantuvo firme en su alianza con Estados Unidos.

El nuevo secretario de Relaciones Exteriores, Ernest Bevin, era un ex sindicalista que desconfiaba de los comunistas. Había apoyado la intervención de Churchill en la guerra civil de Grecia, donde estaban en juego los intereses de su país. Se temía que el conflicto impidiera el transporte de petróleo del Oriente Medio a Gran Bretaña a través del Mediterráneo.

Allí, los comunistas, que constituían el principal movimiento de resistencia, luchaban por el poder. No sabían que Stalin le había dicho a Churchill que no le interesaba que Grecia fuera comunista. El ejército británico invadió el país.

Estalló una guerra civil larga y cruenta.

No obstante, Stalin cumplió con su palabra y dejó que los comunistas griegos se valieran por sí mismos.

La Unión Soviética ejercía un control dominante en los países a lo largo de su frontera occidental. Al principio, Stalin no impuso el sistema soviético en toda su esfera de influencia, sino que creó gobiernos de coalición prosoviéticos. Los comunistas obtuvieron el control de la policía y las fuerzas de seguridad. La Conferencia de Yalta había dado a la Unión Soviética el control de Europa central.

“Sabíamos perfectamente cómo los rusos interpretaban el término ‘democracia’”, dice sir Frank Roberts, diplomático destinado a la embajada británica en Moscú. “Pero en ese momento, éramos todos aliados en una guerra. No le podíamos decir a Stalin: ‘Ahora vamos a poner por escrito lo que entendemos por democracia occidental y usted deberá firmar y decir que está de acuerdo. Era algo imposible”.

George Elsey, asesor del presidente Truman, señala que empezaron a “recibir telegramas de representantes estadounidenses en los países que luego llamamos ‘países satélites’. Hablaban del comportamiento de las tropas soviéticas con respecto a los habitantes de Polonia, Bulgaria, Rumania, Yugoslavia y otros. Así que había problemas”.

Robert Tucker, entonces en la embajada estadounidense en Moscú, recuerda que “cada tanto, secuestraban a un integrante prominente del partido campesino de Bulgaria. Sencillamente desaparecían. Hacían desaparecer a gente a la que no consideraban aceptable para los nuevos regímenes populares democráticos”.

El comunismo soviético

En Berlín, bajo la supervisión conjunta de los aliados, los comunistas eran cautelosos.

“Al principio, la idea era cooperar para ir fortaleciendo el partido gradualmente, para que fuera más organizado, más radical, más activo” señala Wolfgang Leonhard, comunista de Berlín oriental en 1945. “Poco a poco, queríamos ganar más influencia sobre otros partidos y adueñarnos de la situación. Pero no abruptamente”.

“Ya nos queríamos preparar para formar nuestra policía”, continúa Leonhard. “Teníamos un jefe de personal y un encargado de educación. Estábamos anonadados. Eramos sólo tres o cuatro camaradas ante todos los demás, los socialdemócratas y los demócratas burgueses. Entonces, uno de nosotros dijo: ‘Tiene que parecer democrático, pero todo debe estar en nuestras manos’”.

Para Lord Annan, de la inteligencia militar británica, “muchos alemanes entendieron perfectamente que el color marrón de los Nazis se estaba convirtiendo en rojo muy rápidamente. En realidad, los métodos eran los mismos, o por lo menos muy parecidos. Obligaban a la gente a hacer cosas contra su voluntad”.

Leonhard no lo compara con los nazis, sino con la Rusia anterior: “Siempre lo comparé con la Unión Soviética bajo Stalin. Y, en comparación con lo que fue la Unión Soviética entre 1935 y 1945, Alemania en el 45, 46, 47, era un lujo. Había mucho menos terror de lo que había visto yo diez años antes en la Unión Soviética”.

El comunismo soviético había sobrevivido a la guerra. El Ejército Rojo era el más grande del mundo y el general Eisenhower viajó para homenajear a la nueva superpotencia. Sin embargo, Stalin temía que las potencias capitalistas lo acorralaran. En su país, se mantenía alerta. Pensaba que los que habían sido prisioneros de guerra de los alemanes y habían visto lo que era Occidente, podrían traicionarlo. Miles de personas fueron arrestadas. Estados Unidos sabía lo que estaba ocurriendo.

“Teníamos una empleada cuyo marido había sido prisionero de guerra”, cuenta Martha Mautner, entonces destinada a la embajada de Estados Unidos en Moscú. ” Cuando finalmente lo repatriaron, fue un gran reencuentro y la vida volvió a ser maravillosa. La familia se había reunido. Seis meses después, fue arrestado porque había sido prisionero de guerra”.

Lo mismo le ocurrió a Lev Kopelev, que luchó con el Ejército Rojo y a su vuelta, le hicieron prisionero político. “Algunos estaban presos por un decreto general de Stalin, otros eran desertores, ladrones, otros eran emigrantes del ejército blanco, otros, polacos del ejército polaco”, dice Kopelev. “Entré en un mundo completamente nuevo. Los campos de prisioneros fueron mi universidad”.

La nueva Polonia

En medio de la destrucción de Varsovia, los polacos comenzaban a limpiar la ciudad. Habían luchado contra los alemanes en todos los frentes: por el este y por el oeste. Ahora, se habían unido para reconstruir su país. Algunos aborrecían el nuevo gobierno semicomunista ligado a Moscú. Pero otros encontraron motivos para aceptarlo y convivir con él.

El general del ejército polaco Wojciech Jaruzelski tenía otras prioridades: “Para mí lo más importante era que vinieran mi madre y mi hermana de Siberia y que comenzáramos a reconstruir el país. También teníamos que proteger nuestras fronteras, que estaban seriamente amenazadas. Al quedarme en el ejército, tuve la oportunidad de hacerlo”.

En Moscú, los nuevos líderes, títeres de Stalin, fueron invitados a la ópera.

Los polacos acordaron estrechar los lazos con la Unión Soviética. Stalin prometió defender las nuevas fronteras de Polonia de los alemanes si éstos intentaban recuperar sus territorios.

Stalin estaba en su apogeo. Sus colegas sentían por él un profundo temor.

Roberts mantiene que “los diplomáticos rusos, al igual que los demás funcionarios gubernamentales y militantes del partido, le tenían terror a ese gran hombre, y con razón, porque si daban algún consejo que molestara, podrían terminar en un campo de concentración o con una bala en la nuca. No era fácil dar buenos consejos a Stalin cuando eran poco agradables”.

Vladimir Yerofeyev, del ministerio de Relaciones Exteriores soviético, recuerda una ocasión en que “Stalin estaba de buen humor; a su lado estaban el invitado de honor, el intérprete e invitados soviéticos. Luego entraron los camareros con el plato principal. Creo que era pavo”, dice Yerofeyev.

“Uno de ellos, al servir la salsa, que era roja, manchó la chaqueta beige de Stalin”, relata Yerofeyev. “Todos dejaron de comer. Quedaron paralizados a la espera de lo que ocurriría porque las manchas parecían gotas de sangre. Pero Stalin no reaccionó. Siguió hablando con la persona de al lado. Luego, se le acercó otro camarero con agua y se ofreció a limpiarle la chaqueta. Pero Stalin dijo: ‘No, no’. Estaba completamente tranquilo. La gente vio que todo parecía estar bien y todos volvieron a comer”.

El discurso de Stalin

Con motivo de las elecciones soviéticas, Stalin pronunció un discurso. A su exhausto pueblo no le prometió recompensas, sino más esfuerzo, más planes quinquenales para la industria pesada.

Luego, con palabras ambiguas, advirtió que el capitalismo y el imperialismo hacían inevitable que hubiera más guerras. ¿Se referiría a guerras entre la Unión Soviética y Occidente? En el extranjero, esto sonó como una señal de alarma.

Paul Nitze estaba entonces en Washington, en el Departamento de Estado: “Leí el discurso con atención y lo interpreté como una declaración de guerra postergada contra Estados Unidos”, dice. “Al leer el texto con detenimiento, no quedaba duda de lo que estaba diciendo”.

Para Yerofeyev, sin embargo, las palabras de Stalin no eran nada nuevo. “En Occidente, el discurso se interpretó como la predicción de la Tercera Guerra Mundial”, señala Yerofeyev. “Yo no estoy de acuerdo. Stalin no dijo nada nuevo ni diferente en aquel discurso. Dijo lo que siempre había pensado: que con el imperialismo y el capitalismo, la guerra era inevitable”.

Según Roberts, “los rusos pensaban que (y es eso lo que creo que pensaba Stalin), que algún día, el comunismo tendría el poder, que sería la ideología predominante del mundo y que, paulatinamente, todos los países se volverían comunistas. Por otra parte, según Stalin, no se debía iniciar guerras peligrosas que uno podría perder. Sin embargo, siempre que se pudiera avanzar en nombre de la causa, había que hacerlo”.

La dictadura de Stalin se había suavizado durante la guerra, pero ahora volvía a endurecerse. Las obvias sospechas de Estados Unidos respecto a Occidente inquietaban a Washington.

En estas circunstancias, se le pidió a George Kennan, un diplomático estadounidense en Moscú, que diera su parecer sobre la situación.

“Al final, me enviaron un telegrama que demostraba su sorpresa, y preocupación porque los rusos estaban postergando su incorporación al Banco Internacional”, dice Kennan. “Pense: ‘¡Por Dios! No puedo contestar así, de una sola vez. Tendrán que darme tiempo’. Así que me puse a trabajar para darles una idea de lo que era el gobierno después de la guerra”.

Robert Tucker, que también trabajaba en la embajada estadounidense en Moscú, señala que “uno de los puntos fuertes de Kennan era su conciencia de que la Rusia en que vivíamos, la Rusia soviética de Stalin, el comunismo, como le decían, estaba íntimamente ligada al pasado de Rusia”.

“Tuve que volver a empezar y decirles cosas que me pareció que habían olvidado durante la guerra”, sostiene Kennan. “Todo se explica cuando recordamos que eran las mismas personas que habían lidiado con Hitler sin tener nada que ver con nosotros y que jamás habían cambiado de opinión sobre nosotros”.

El discurso de Fulton

El telegrama de Kennan quedó en la historia como una profecía de 8.000 palabras. Auguraba que la Unión Soviética quería extenderse por el mundo entero y que era necesario contenerla.

“La noche que se escribió aquel telegrama, tuve la desgracia o la suerte de estar de turno en la sala de telégrafos”, dice Mautner. “Me molestó porque tenía planes para aquella noche: había un baile en una de las embajadas y quería salir lo más temprano posible. Alrededor de las seis y media o siete de la tarde, llegó George con un telegrama en seis partes. Lo miré y le dije que me parecía bien, pero que no lo enviáramos, que esperáramos hasta el día siguiente. Intenté convencerlo de no mandarlo. Me contestó: ‘Washington lo quiere. Lo van a recibir y usted se quedará aquí y lo enviará’”.

El telegrama alarmó a Washington. Días más tarde, su mensaje fue reforzado por Churchill en su visita a Estados Unidos como invitado del Presidente Harry Truman.

Clark Clifford, asesor especial de Truman, recuerda que fue entonces cuando los dos mandatarios comenzaron a conocerse: “Nuestro presidente le dijo al señor Churchill: ‘En este viaje, pasaremos mucho tiempo juntos, así que me gustaría que me dijera “Harry”’. ‘Bueno’, dijo Churchill, ‘lo haré con gusto si me dice “Winston”’. El Sr. Truman contestó: ‘No creo que pueda. Lo considero el Primer Ciudadano del mundo. No creo que pueda decirle Winston’. Entonces Winston Churchill dijo: ‘Si no me puede decir Winston, yo no le puedo decir Harry a usted’. Y el presidente dijo: ‘En ese caso, lo haremos’. Así que, a partir de entonces, fueron Winston y Harry”.

Churchill iba camino a una universidad en Fulton, donde ofrecería un discurso. En privado, le mostró a Truman lo que iba a decir. El presidente, que no estaba seguro de si el público estadounidense estaba preparado para un ataque a su aliado de guerra, la Unión Soviética, dejó que Churchill hiciera la prueba.

Durante su intervención en el acto de la universidad de Fulton en 1945, Truman habló así del ex mandatario: “El señor Churchill es uno de los grandes hombres de nuestra era. Es un gran inglés. Es un gran inglés pero es también medio estadounidense”.

Por su parte, Churchill dijo en su discurso: “Desde Stettin, en el Báltico, hasta Trieste, en el Adriático, ha descendido una cortina de hierro que corta nuestro continente. Detrás de esa línea, están todas las capitales de los países de Europa central y oriental. A excepción de la mancomunidad británica y Estados Unidos, donde el comunismo es incipiente, los partidos comunistas o quintas columnas, constituyen una amenaza cada vez más grave y un peligro para la civilización cristiana. Independientemente de la conclusión que se derive de estos hechos, que son una realidad, ésta no es la Europa liberada por la que luchamos. Y tampoco cuenta con los factores esenciales para una paz permanente”.

“Inmediatamente después, al contestar la pregunta de un corresponsal extranjero, Stalin comparó a Churchill con Hitler”, dice Tucker. “Además, calificó el discurso de Churchill como un llamado belicoso contra la Unión Soviética”.

La crisis de Irán

Desde 1945, Estados Unidos había comenzado a ampliar su influencia y poder por todo el mundo. Stalin se puso nervioso. Comenzó a presionar a Turquía para obtener una presencia militar en los Dardanelos y el Bósforo, la región conocida como los Estrechos. Estados Unidos y Gran Bretaña temían por el Canal de Suez. Estaban decididos a evitar que la Unión Soviética interviniera en Turquía.

Cuando el embajador de Turquía murió repentinamente en Washington, Truman envió su mayor barco de guerra, el “Missouri”, para entregar el cuerpo en Estambul.

“Era un mensaje para Stalin: ‘No nos provoque y no provoque a Turquía porque, si provoca a Turquía, estaremos allí”, dice George Elsey, asesor de Truman.

Al igual que Turquía, Irán quedaba al sur de la Unión Soviética y había sido hostil a Rusia durante siglos. En la guerra, las tropas soviéticas y británicas habían ocupado Irán para garantizar sus suministros de petróleo. Incluso celebraron su alianza allí.

El ex sha, de quien se pensaba que era pronazi, fue destituido y reemplazado por su hijo, Mohammed Reza Pahlevi. Se había acordado que, cuando la guerra terminara, las tropas británicas y soviéticas se retirarían.

“Cuando llegó el momento de la retirada, Stalin no quiso irse”, mantiene Yerofeyev. “Se quiso quedar y eso creó problemas. Estábamos bajo mucha presión por parte de los británicos. De hecho, la Unión Soviética no tenía derecho a permanecer allí”.

La crisis de Irán fue la primera que tuvo que enfrentar el recién creado Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas.

La Unión Soviética intentó evitar que se siguiera discutiendo el tema pero no lo logró.

“El Sr. Gromyko y los demás rusos se retiraron”, informaron entonces los medios de comunicación estadounidense. “Su salida dramática no pareció generar reacciones obvias en ese momento, pero podemos imaginar qué estaba pensando la mayoría de los presentes. Sin embargo, este incidente produjo un resultado positivo: el Consejo de Seguridad se mantuvo firme”.

Seis semanas después, la Unión Soviética retiró sus fuerzas de Irán de manera ceremoniosa. Pero Truman, creía que Stalin tenía como objetivo dominar el mundo.

Según Clifford, “Truman dijo: ‘Quiero estar en condiciones de documentar lo que nos preocupa. Repase los acuerdos recientes y enumere, una por una, las violaciones cometidas por los soviéticos’”.

“En ese momento, yo era el asistente del Sr. Clifford, quien me delegó la tarea”, dice Elsey. “Nos pusimos a hablar y le dije: ‘Me parece que nos estamos quedando en la superficie si nos limitamos a enumerar los acuerdos violados. Hay problemas mucho más fundamentales en nuestras relaciones con la Unión Soviética. Encarémoslo de manera más amplia”.

“Le dedicamos semanas enteras”, señala Clifford. “Entrevistamos a la mayoría de los altos funcionarios de Estados Unidos”.

Elsey dice que “todos los organismos gubernamentales estuvieron de acuerdo en cuanto a la naturaleza de los problemas que teníamos y a la reacción que deberíamos tener”.

“Al final del informe”, sostiene Clifford, “escribimos que la política de nuestro país debería ser clara. Concluimos que la Unión Soviética constituía una amenaza real a la libertad en el mundo. A la libertad en Europa, en Estados Unidos… Así que teníamos que prepararnos”.

El informe Clifford-Elsey se mantuvo en secreto. Cocluía que una guerra con la Unión Soviética sería total, más horrible que todo lo que se hubiera visto hasta el momento.

Estados Unidos aún tenía el monopolio de las armas atómicas. En julio de 1946, se detonaron dos bombas atómicas en el atolón de Bikini. Fue una advertencia clara para Stalin. A partir de entonces, todas las grandes potencias entraron en una carrera frenética para crear sus propias arsenales atómicos y biológicos.

La división de Alemania

 

En la Conferencia de París de ministros de Relaciones Exteriores, Molotov se mostró decidido a que los aliados mantuvieran el control conjunto de Alemania. Sin embargo, su colega estadounidense, el secretario de estado Byrnes, decía que Alemania no debería seguir indemnizando a los aliados. Molotov se indignó.

“A Molotov le pusieron el mote ‘El señor No’”, dice Yerofeyev. “Sin embargo, si hubiese dicho que sí a todo, Stalin no lo habría mantenido en su puesto. Stalin necesitaba a alguien que fuera capaz de obtener la mayor cantidad de información posible sobre la postura del otro lado. Molotov empujaba a la otra parte hasta el límite. Cuando sus medios se agotaban, le tocaba a Stalin, quien solucionaba las diferencias con una sonrisa”.

En París, la alianza de la segunda guerra mundial, comenzó a resquebrajarse. Los estadounidenses y los británicos estaban ansiosos por desarrollar economías estables en sus partes de Alemania, sin interferencias de la Unión Soviética.

En Stuttgart, Alemania, se produjo un evento que marcaba una nueva etapa en el destino de Europa. El secretario de Estado, James F. Byrnes, acudió para presentar la política de Estados Unidos para Alemania. En un discurso interpretado entonces por los medios de comunicación como el final del apaciguamiento de Rusia por parte de Estados Unidos, Byrnes les dijo a los alemanes y al mundo:

“El pueblo alemán y la paz mundial no se beneficiarán si Alemania se transforma en un peón o un socio de la lucha militar por el poder entre Oriente y Occidente”.

Galbraith, que había trabajado con Byrnes, escuchó el discurso en Stuttgart y señala: “estuve de acuerdo con él porque, en realidad, yo había escrito gran parte del mismo y ni los que lo redactamos ni Byrne estábamos pensando en términos antisoviéticos”.

“El pueblo estadounidense quiere devolver el gobierno de Alemania al pueblo alemán”, dijo Byrnes. “El pueblo estadounidense quiere ayudar al pueblo alemán a recuperar una posición digna entre las naciones libres y amantes de la paz”.

En 1945, los aliados habían autorizado a Polonia que se anexionara las provincias del Este de Alemania, hasta los ríos Odra y Lausitzer Neisse. Ahora, Byrnes sugería que la nueva frontera era injusta para Alemania y que tal vez debería modificarse.

“Fue una declaración impactante”, dice el general polaco Wojciech Jaruzelski. “Nos hizo pensar que los alemanes y algunos países de Occidente estaban cuestionando nuestra frontera occidental. Ese fue uno de los principales factores que fortalecieron nuestro vínculo con la Unión Soviética”.

Hambre en Europa

Mientras, imágenes de la plaza Roja de Moscú llegaban a las televisiones de occidente, mostrando los escaparates de las tiendas, con productos tan costosos que estaban fuera del alcance de cualquier ruso común.

La gente común tenía una vida mucho peor de lo que se mostraba en los noticieros.

“Fue una época muy difícil”, recuerda Victoria Zlobina, residente de Moscú. “Yo tenía un hijo de un año y medio. Solía seguirme por la casa con un plato y diciéndome: ‘Dame, dame’. Pero no tenía qué darle. En el mercado, lo que comprábamos eran alimentos para caballos”.

La pérdida de vidas y bienes, así como el reclutamiento, afectaron a las granjas colectivas por lo que se produjo una escasez de alimentos.

Mautner fue testigo de las penurias de los soviéticos: “Fui a Ucrania justo durante la hambruna del 47 — un tema del que no se hablaba en otras partes del mundo. Los soviéticos hablaban de grandes cosechas de cereales. Cuando fuimos, cada vez que se detenía el tren, veíamos niños con el vientre hinchado pidiendo pan. En Odessa, había gente acostada en las calles en las puertas de los hospitales, muriéndose de hambre. Había mucha gente desnutrida”.

El hambre y las enfermedades se apoderaban también de Alemania. El gran temor de los aliados de Occidente era que la pobreza empujara a los alemanes hacia el comunismo.

“Nunca había suficiente comida”, señala Elfriede Graffier Poppek, residente de Dortmund. “Siempre teníamos hambre. Salíamos a la calle a buscar alimentos. Les pedíamos comida a los agricultores. A veces nos daban algo, otras, no”.

El general estadounidense Lucius Clay dijo: “No hay elección entre ser comunista con 1.500 calorías diarias y creer en la democracia consumiendo sólo 1.000 calorías”.

Gran Bretaña gastaba más de un millón de dólares al día en asistencia a Alemania. No obstante, miles de alemanes murieron ese invierno por falta de alimentos y de combustible.

Gran Bretaña también se estaba debilitando. El inclemente invierno de 1946 a 1947 paralizó a la industria. La economía del país, afectada por seis años de guerra, comenzó a ralentizarse. Se agotó el carbón, comenzaron los apagones y el racionamiento de alimentos se hizo aun más estricto.

Annan apunta los sacrificios que sufrieron los británicos en la posguerra. “La gente se olvida de que nunca hubo racionamiento de pan durante la guerra, sino que comenzó después de la guerra”, dice. “Y eso ocurrió porque estábamos enviando grandes cantidades de trigo a Alemania para evitar que hubiera una hambruna allí”.

“Aquel invierno fue malo en todos los sentidos”, sostiene Nitze. “Hizo mucho frío y las cosechas fueron pobres, la gente estaba descontenta y los comunistas iban ganando territorio poco a poco, principalmente en Italia y en Francia, pero también en Alemania”.

Los británicos ya no podían seguir manteniendo tantos compromisos en el Mediterráneo. Les dijeron a los estadounidenses que pensaban retirarse de allí.

Para Clifford, “el mensaje era claro. Decía: ‘Gran Bretaña suspenderá tanto la asistencia económica como militar a Grecia y Turquía’”.

“Eso confirmó lo que pensaba el ejecutivo: que Estados Unidos debía actuar de inmediato”, agrega Elsey.

“Las perspectivas no eran buenas para Europa, ni para Estados Unidos, ni para nadie”, dice Nitze.

En Washington, Harry Truman se dirigió al Congreso. Anunció que, a partir de ese momento, Estados Unidos haría frente al avance del comunismo en todo el mundo. Esa fue la declaración oficial de la Guerra Fría.

Santiago Carrillo, un político de izquierdas

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Español: Santiago Carrillo, politico español del PCE, y Rafael Alberti, poeta español (Photo credit: Wikipedia)

Escrito por: CARLOS BÁEZ EVERTSZ

Santiago Carrillo fue un político que se inició en esas lides desde muy joven, hijo del militante socialista Wenceslao Carrillo, fue desde sus años mozos dirigente de las Juventudes Socialistas. Durante la guerra civil contribuyó a unificar a estas con las juventudes comunistas para formar las Juventudes Socialistas Unificadas. Desempeñó un papel importante en el gobierno republicano en Madrid contribuyendo a la puesta a punto de la defensa de Madrid de los ataques por aire y tierra de las tropas insurrectas del general Franco.  Posteriormente, como miles de republicanos, se refugió en Francia. En el Congreso del PCE celebrado en 1960 fue elegido secretario general y Dolores Ibarruri presidenta del partido.

Desde esa fecha hasta su renuncia a la secretaría general en el año 1982 jugó un papel protagónico en la marcha y desarrollo del PCE. Fue expulsado del mismo en 1986. Su vida se desarrolló en tiempos convulsos, y como dice un refrán chino, “qué Dios te libre de vivir en tiempos interesantes”. Guerra Civil española, exilio, Segunda Guerra Mundial, caída de Francia, invasión de la URSS, Victoria de los aliados, caída de los fascismos y del nazismo, frustrada esperanza de que ello conllevaría la derrota del fascismo español encarnado en la figura del general Franco y su régimen, Guerra Fría  y asunción por Occidente -EE.UU. y sus aliados- de que el enemigo principal era el comunismo.

Ello implicó que los comunistas y otros grupos llevaran a cabo una larguísima lucha clandestina tanto en el interior de España como en el exilio, incluyendo la formación de guerrillas, apelaciones a la caída del régimen a través de la Huelga General, organización de sindicatos de clase dentro del espacio ganado a los franquistas, apelación a la política de Reconciliación Nacional, muerte de Franco, política de pactos con los remanentes del franquismo y los partidos democráticos, ejecución de la transición española hacia la democracia, previa legalización del Partido Comunista, elecciones democráticas, y posterior declive de la fuerza política y electoral del PCE.

En todos esos acontecimientos Santiago Carrillo estuvo siempre desempeñando un papel importante. Hay un amplio consenso sobre el papel de Santiago Carrillo en la transición española, es decir, el reconocimiento más o menos generalizado –aunque nunca total-, de que sin su lucidez, su pactismo, su capacidad a lo Mazarino,  para los acuerdos y las combinaciones, la transición española hubiera sido diferente.

Carrillo respondía a los críticos sobre la pesada carga que asumió el PCE en la transición de la manera siguiente: Sí, hemos tenido que ceder, pero logramos algo esencial, el reconocimiento constitucional de  que la fuente del poder y lo que lo legitima es la soberanía popular, que quien tiene la soberanía es el pueblo,  que la misma no viene  de Dios, ni del espadón de un general, ni de un grupo de notables o aristócratas. Sea, así es sin duda.

Pasados 35 años desde las primeras elecciones democráticas de 1977 en España, hoy se levantan cada vez voces más críticas sobre la extendida idea de la ejemplaridad de la transición española. Sobre esa especie de amnistía  y sordera que se dio sobre los crímenes del franquismo, sobre la lentitud del reconocimiento del papel jugado por tantos demócratas que sufrieron no sólo la cárcel, sino la marginación.

Carrillo es acusado con saña por la derecha y por los franquistas descubiertos y encubiertos de ser el  estratega que llevó al fusilamiento de, según algún historiador, unas 2,400 personas en la matanza ocurrida en la localidad madrileña de Paracuellos del Jarama.  Matilde Vázquez y Javier Valero,  politólogos, en los inicios de la transición estaban investigando para la publicación de un libro sobre la guerra civil en Madrid. Con las fuentes consultadas disponibles en ese momento ellos aseguran que no se puede demostrar la participación directa o indirecta de Santiago Carrillo en la ejecución de esas personas. Ni dando la orden de la misma, ni insinuándola, ni promoviéndola.

Nunca se podrá justificar los  fusilamientos colectivos sin juicio previo, pero más que buscar un culpable en quien permitió el traslado de esos detenidos (Carrillo), lo que hay es que buscar la causa eficiente de los mismos en cómo los hombres se vuelven lobos para otros hombres en una guerra fratricida, por motivos políticos-ideológicos, y por tipos diferentes de construcción de sociedades.

Otras críticas vienen de la izquierda, de los disidentes en algún momento con la línea política que trazaba o encarnaba o defendía Santiago Carrillo como secretario general del PCE. Cuando se envían hombres a luchar con las armas en el interior y se fracasa, siempre se producirá la  búsqueda de traidores, soplones, errores tácticos, de información recopilada, etc. etc. Siempre habrá suspicacias de por qué se envió a tal o cual, de si había discrepancias en los que murieron en combate con alguien de la Dirección y que por eso se le envió a la muerte.

Hay también el choque de personalidades, de grandes personalidades o de temperamentos, como el de Líster y Carrillo. El de interpretaciones diferentes sobre las vías a seguir en función de un uso más refinado y más burdo de la información y de los hechos sociales, como el enfrentamiento entre Semprún y Claudín con Carrillo y con la mayoría de la dirección del PCE.

Y hay la fabricación por enemistad política, por mezquindad, por la simple sospecha, o vaya usted a saber por qué otros motivos, de interpretaciones conspirativas y hasta criminales, de ciertos fracasos del PCE en la lucha en el interior, como el caso del apresamiento, tortura y muerte del dirigente comunista Julián Grimau, cuya muerte algunos acusan que se debió a que la dirección del PCE lo entregó a la policía franquista, por haber enviado una persona tan conocida al interior desde Francia.

Ya se verá si la decadencia del PCE se debió a líderes como Santiago Carrillo, o a que el periodo histórico de la transición española hasta nuestros días estaba llamando a cambios sustanciales en la manera de organizarse y de plantearse la lucha y los objetivos políticos, que ponían a los Partidos Comunistas fuera de la Agenda Política.

Por mi parte, fui un leal admirador y seguí con interés el desarrollo de las ideas eurocomunistas que en España trasladó Carrillo. Creo que había en ellas el  germen de una evolución política positiva hacia la formación de un Gran Partido Socialista o de Izquierda Democrática  en España y en Europa.  Todo eso se encontraba ya en esas ideas difundidas por Carrillo en los finales de los años 70.

Hasta casi ayer uno podía escuchar con interés la lucidez y certeza –de los análisis de la realidad española y mundial que nos brindaba Carrillo desde las ondas de radio de la Cadena SER. A sus 97 años don Santiago, con su  voz de fumador impenitente, daba casi siempre en el clavo, y era una de las pocas voces que nunca decepcionaban,  ya que tenía una gran coherencia en todo lo que decía, y una modernidad que ya para sí quisieran tanto jóvenes y no tan jóvenes, saltimbanquis políticos, que pueblan el desolado y estéril campo de la izquierda actual.