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NERUDA, 40 AÑOS DE LA MUERTE DE UN POETA APASIONADO

Pablo-NerudaPoeta apasionado, Pablo Neruda degustó los placeres de la vida, amó a las mujeres y se comprometió con el socialismo en Chile, donde falleció a días del deceso de su amigo Salvador Allende.
Murió 12 días después del golpe militar, un 23 de septiembre, y hoy la justicia investiga si fue envenenado por los esbirros de su régimen.
Tras el suicidio de Allende en el palacio de La Moneda, Neruda, Premio Nobel de Literatura 1971 y comunista, era quizás la figura más emblemática de la vía chilena al socialismo, que tantas esperanzas había despertado.
La asonada militar fue un mazazo para el poeta y lo sorprendió en su casa de Isla Negra, un poblado a orillas del Pacífico, enfermo de un cáncer de próstata que lo alejó de la vida pública.
Los días siguientes, las fuerzas golpistas asediaron a Neruda e incluso requisaron su casa.
“Miren por todas partes; solo encontrarán una cosa peligrosa para ustedes: Poesía”, dijo Neruda a sus represores.
Mientras sus amigos eran detenidos, algunos asesinados, el poeta decidió exiliarse en México. Pero el 19 de septiembre, debido a su enfermedad y a un fuerte deterioro emocional, fue trasladado a la clínica Santa María en Santiago, donde murió cuatro días después.
Si bien el informe de defunción indicó que Neruda murió por complicaciones del cáncer, las dudas sobre su fallecimiento surgieron luego de que su ex chofer y asistente, Manuel Araya, denunciara su posible asesinato.
Araya contó que Neruda, la tarde del 23 de septiembre de 1973, les dijo a él y a su esposa, Matilde Urrutia, que un médico le había inoculado una inyección que había empeorado su estado.
El chofer fue enviado a comprar un remedio, pero en el camino fue detenido y torturado. Pocas horas después, el poeta falleció.
Los restos de Neruda fueron exhumados en abril pasado en el marco de una investigación judicial, y enviados a España y Estados Unidos para analizar la causa de su deceso.
El poeta
Neftalí Reyes Basualto nació el 12 de julio de 1904 en la localidad de Parral, en el sur de nuestro país, pero adoptó a sus 17 años el nombre de Pablo Neruda en un intento por ocultar a su padre el oficio que lo apasionaba, sin que hasta hoy haya certeza sobre qué inspiró el seudónimo.
Mostró desde joven sus dotes literarias que lo catapultaron al concierto mundial de la poesía y obtuvo el premio Nobel en octubre de 1971.
La pluma de Neruda se caracterizó por su universalidad plasmada en obras como “Residencia en la Tierra”, “Canto General”, “Odas Elementales” y “Confieso que he Vivido”, o también en los versos que dedicó al caldillo de congrio, la alegría, el libro, el mar, el tiempo, la tristeza o el vino, o a través de “Canto General” o poemas como “Alturas de Machu Picchu”, con las que se introdujo a la historia sudamericana.
La literatura nerudiana trascendió fronteras gracias a sus obrás más románticas: “20 Poemas de Amor y una Canción Desesperada” y los “Versos del Capitán”.
El amante
Aunque se consideraba un hombre sin atractivo físico, tímido e inseguro, Neruda se casó tres veces y tuvo al menos media decena de furtivas amantes, de las que se inspiró para crear sus mundialmente famosos versos de amor.
“Un poeta tiene que estar siempre enamorado, hasta el último minuto de su vida”, le confesó a la periodista uruguaya María Esther Gillio, en una entrevista en 1970.
En 1930 se casó en Batavia (hoy Yakarta) con la holandesa María Antonieta Hagenaar, su primera esposa, con quien tuvo una hija: Malva Marina, quien murió a los ocho años a causa de una hidrocefalia.
Aún casado, se enamoró de la refinada artista plástica argentina, Delia del Carril, 20 años mayor, y quien habría tenido la mayor influencia sobre el poeta, transformándose en una especie de ‘madre intelectual’ durante los 20 años en los que estuvieron juntos.
Casado con Delia, apodada ‘la hormiguita’, vivió en México, donde inicia un secreto romance con la soprano chilena Matilde Urrutia, luego su tercera esposa, con quien vivió sus últimos días en su casa de Isla Negra, donde se encuentran las tumbas de ambos.
Al final, su vida fue atormentada por una relación que mantuvo con la sobrina de Matilde, Alicia Urrutia.
El político
Pablo Neruda tuvo una activa militancia en el Partido Comunista y en 1945 se convirtió en senador por las provincias norteñas de Tarapacá y Antofagasta, situación en la que habría conocido al socialista Salvador Allende.
En 1948 Neruda es exiliado por el entonces presidente Gabriel González Videla, quien le acusó de graves injurias y también proscribió al Partido Comunista. El poeta debió salir clandestinamente a Argentina montado en un caballo, y luego a Europa.
En 1970, ya de regreso en Chile, Neruda es proclamado precandidato presidencial por los comunistas, pero decide declinar su postulación para apoyar la de Allende, quien se convertiría en presidente y que en 1971 lo nombró embajador en Francia.
Neruda, quien retornó a Chile en 1972, fue un defensor a ultranza del gobierno socialista y un férreo opositor al golpe de estado de Agusto Pinochet.
El poeta también tuvo un vasta carrera diplomática y fue cónsul en Rangún (Birmania), Singapur, México y España.
(Tomado de biobiochile.cl)
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Pablo Neruda Poeta de Amor y de Combate

 

Pablo Neruda during a Library of Congress reco...
Pablo Neruda during a Library of Congress recording session, 20 June 1966 (Photo credit: Wikipedia)

Después del inmortal Rin Rin Renacuajo de Pombo que marcó nuestra infancia, siento que todos nacimos a la poesía cuando la melancolía, ilusiones y tristezas de la adolescencia fueron interpretados en un solo verso que son tres:

Puedo escribir los versos más tristes esta noche.

Escribir, por ejemplo: “La noche está estrellada,

Y tiritan, azules, los astros, a lo lejos”.

Y ahí nos quedamos. Ya éramos poetas; o al menos así nos lo creíamos. Averiguamos luego el nombre, y el señor se llamaba Pablo Neruda. Luego supimos que era chileno, y mucho más tarde, que en realidad no se llamaba así, sino como cualquier vecino, como nuestro héroe el señor de la tienda de la esquina que tenía su negocio de alquiler de cuentos: Neftalí Reyes.

Lo cierto es que Neftalí hizo el milagro. Porque nos tocó seguir leyendo, continuar el descubrimiento de ese algo tan maravilloso, tan inefable, que sin saber cómo ni por qué, nos arrobaba, nos interpretaba, nos hacía sentirnos parte de algo extraordinario. Y no sólo en los territorios del amor, de esos primeros amores tan bellos como doloridos. Porque más tarde nos encontramos que esos astros azules tiritando a lo lejos permitían también todo el dolor, toda la maldad y la concupiscencia asechando en el alma humana. Que la poesía igualmente gritaba, denunciaba, espetaba, y sin dejar de serlo, enrostraba al mundo la perfidia que lo afea.

Y de ahí, descubrir sorprendida que en ese amplio marco cabía todo: la cebolla, el sudor del minero, la España asesinada, las alturas de Machu Picchu, nuestros héroes y nuestros bandidos, los pájaros y los platos exquisitos, la sangre sobre la nieve en la estepa rusa y el goce incomparable de las sábanas abrigadas por otro cuerpo.

Porque Neruda fue poeta cósmico, vital y universal. Hay muchos Nerudas que no gustan. Pero aún así, a ese mismo lector muchos Nerudas le gustan. Porque su militancia fue primeramente con la vida y el mundo todo, de forma que era comprensible que a todos no llegara de la misma manera. Pero esto es más virtud que defecto. Y aún su obra que no destaca, es manifestación del fuego que lo quemaba y lo impulsaba a producirla como un acto de afirmación política y humanista, así de pronto la proclama sacrificara la poesía. Cosa inevitable además en una obra tan vasta y que cubrió todos los tópicos posibles.

Neruda ha acompañado varias generaciones que nacen y crecen en la poesía con él. Con el mérito especial de que él es una cátedra de la poesía sí al servicio de luceros y magnolias, pero también, férreamente, de la lucha del hombre contra el fascismo, el militarismo, el capitalismo despojado del ápice de alma que tiene. Contra el despotismo que es el poder cuando no está al servicio de los más. Por eso Neruda, hedonista y bon vivant, se salva con exceso en poesía y humanidad. ¿La prueba? Murió de pena y desengaño cuando apenas abiertos los portalones que conducirían a obreros, indígenas, mujeres y campesinos a los recintos de la justicia que se les debía, la bestia militar los cerró bruscamente asesinando de paso a su Camarada autor de esa gesta.

Fecha entonces la de esa muerte, señera para el Movimiento Poético Mundial que la conmemora reivindicando una obra tan humana y comprometida, que en el Nuevo Canto de Amor a Stalingrado, no tiene reparos en clamar:

Guárdame un trozo de violenta espuma,

Guárdame un rifle, guárdame un arado,

Y que lo pongan en mi sepultura

……………..

Para que sepan, si hay alguna duda,

Que he muerto amándote y que me has amado..

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso de la autora mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

 

Pablo Neruda (1904–1973)
Pablo Neruda (1904–1973) (Photo credit: Wikipedia)
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Pablo Neruda canta a Santo Domingo

 

Salvador Allende, Presidente Martir y Pablo Neruda, poeta de la humanidad
Salvador Allende, Presidente Martir y Pablo Neruda, poeta de la humanidad
Perdonen si les digo  unas locuras
En esta dulce tarde de febrero
Y si se va mi corazón cantando
Hacia Santo Domingo, compañeros.
Vamos a recordar lo que ha pasado allí
Desde que Don Cristóbal, el marinero
Puso los pies y descubrió la isla
Que mejor no la hubiese descubierto
Porque ha sufrido tanto desde entonces
Que parece que el diablo y no Jesús
Se entendió con Colón en ese aspecto
Que llegaron desde España, por supuesto
Buscando oro y lo buscaron tanto
Como si les sirviese de alimento
Enarbolando a Cristo con su cruz
Los garrotazos fueron argumentos tan poderosos
Que los indios vivos se convirtieron pronto
En dominicanos muertos
Aunque hace siglos de esta historia amarga
Por amarga y por vieja se las cuento
Porque las cosas no se aclaran nunca
Con el olvido ni con el silencio.
Y hay tanta inquietud sin comentario
En la América hirsuta que me dieron
Que si hasta los poetas nos callamos
No hablan los otros porque tienen miedo.
Pablo Neruda, Versainograma a Santo Domingo (fragmento).
El pasado 12 de octubre se cumplieron 520 años de la llegada de los españoles a América. Al nuevo mundo, dice la tradición.  Cinco siglos y dos décadas del hecho histórico bautizado como el Descubrimiento de América. Junto a la hazaña española, el resto de los imperios europeos quiso hacer sus propias hazañas y emprendió la aventura. Llegaron a otros lares, y también, dicen ellos, “descubrieron” nuevas tierras.  España se hizo dueña, y, sin permiso alguno, de casi la totalidad del continente americano.  Francia siguió los pasos y cruzó el mar Mediterráneo para llegar y conquistar una gran parte de África. Inglaterra no se quedó atrás y atravesó tierras y mares para llegar al sur del continente negro y ocupar por la fuerza lo que hoy conocemos como África del Sur. Siguió su tarea conquistadora y mal llamada descubridora y ocupó Australia. Portugal siguió los pasos de su vecino y se adueñó de una gran parte de la América sureña y se apoderó de lo que hoy es Brasil. Y así, por el poder de la fuerza, el fuego de los cañones y filo de las espadas, se repartieron el mundo y se proclamaron dueños señores de las tierras conquistadas. Aprovecharon sus minas de oro, plata, cobre y bronce, y con el metal extraído volvieron a dar el brillo a las coronas imperiales necesitadas de estímulos.
Sí, el mal llamado descubrimiento, fue el proyecto expansionista de las potencias europeas que necesitaban expandir sus mercados de bienes. Fue la gran alianza de los nobles aventureros y de los hombres necesitados de nuevas aventuras para enriquecerse.
Un hombre llamado Cristóbal Colón, genovés, aventurero y ambicioso, convenció a la Corona Española, aislada, debilitada y necesitada de mercancías para su sobrevivencia, para que lo apoyara en su aventura marina. Quería ir a Asia, a la India para buscar las especies que llegaban encarecidas al mercado español por el monopolio de los turcos. Y en las negociaciones con la Reina logró la firma de las Capitulaciones de Santa Fe, mediante las cuales sería nombrado virrey en las tierras conquistadas y obtendría un tercio de las ganancias.
El 12 de octubre, Colón y sus tres carabelas llegaron a las tierras americanas. Después de tres meses de travesía, se equivocaron y en vez de llegar a la India, llegaron al Caribe. Ahí comenzó la historia de la conquista. Siguieron explorando y llegaron a Cuba, a la isla de Quisqueya, a Puerto Rico y luego al gran continente. Y en cada parada descubrían a los indígenas, y los pobladores nuestros acostumbrados a su vida tribal se sorprendieron y descubrieron a esos hombres mal olientes que llegaron y se hicieron dueños de sus tierras.
Comenzó la conquista a capa y espada. Los indígenas fueron sometidos. Algunos hicieron resistencia. Otros no tuvieron más remedio que someterse al amo que se imponía.  Destruyeron lo que había. Impusieron un modelo de dominación basado en la esclavitud indigna. Se hicieron dueños de las tierras, se repartieron los indígenas como si fueran bestias y los sometieron a la más cruel y horrible servidumbre. De cazadores y agricultores, los convirtieron en esclavos que debían trabajar en la extracción de oro primero y en los ingenios después. La población indígena mermó. Muchos indígenas desesperados prefirieron el suicidio.
Los hombres blancos tenían la necesidad de satisfacer sus necesidades sexuales. Las indígenas fueron los objetos del desquite físico y animal. Y, como era de esperarse, comenzó la mezcla de razas. El blanco y la indígena tuvieron hijos mestizos.
¿Qué pensar de esta hazaña 520 años después? Ya no podemos cambiar los hechos.  América es hoy el producto de la llegada de los europeos que llegaron a estas tierras sin haber sido invitados, que se hicieron dueños sin preguntar, que nos descubrieron porque no existíamos en el estrecho universo de sus conocimientos. Impusieron su cultura, su idioma, su sistema de creencias, aplastando las culturas existentes. Descubrieron porque no nos conocían, pero encubrieron, sepultaron y los obligaron a olvidar su propia historia.
El mundo fuera de Europa, es decir, África, América, Asia y Oceanía, era pequeño para las ambiciones imperiales. Los europeos se creían dueños del mundo, y por eso se creían con la potestad para “descubrir”, conquistar y someter al resto.
Ya lo sé, esos hechos ocurrieron hace muchos siglos, cincuenta y dos décadas para ser precisos. Pero, vuelvo a reivindicar lo que dije hace unas semanas, hay que reclamar la  responsabilidad histórica. Hay que clamar y exigir una visión más integral y un discurso diferente de la historia.  Hay que reescribir la historia para hacer aparecer en el relato a los indígenas que murieron por la sobreexplotación de los conquistadores. Debemos reclamar un nuevo discurso en el que no solo aparezca la visión de los triunfadores y de los poderosos.
Mientras tanto, aquí estoy rememorando los hechos, exigiendo un nuevo discurso, negándome a aceptar como bueno y válido todo lo que se ha dicho, tratando de ser crítica con mi propia herencia, para no someterme ni asumir el discurso de los conquistadores del siglo XXI, que se diferencian de aquellos del siglo XV sólo en la forma, no en el fondo. Los de ayer y los de hoy sólo están guiados por la ambición, el poder y la satisfacción del dominio de la voluntad de los que conquistan.
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A 39 años del fallecimiento de Pablo Neruda

Una muerte envuelta en el misterio

El 23 de septiembre se cumplen 39 años de la muerte de Pablo Neruda. Su viuda, Matilde Urrutia, siempre negó que hubiera fallecido producto del cáncer de próstata. La denuncia de su último chofer, Manuel Araya, dio pie a una querella criminal presentada por el Partido Comunista, que el ministro Mario Carroza investiga desde hace quince meses. Pronto Carroza tendrá que resolver sobre la exhumación solicitada por el PC para esclarecer la misteriosa muerte de Neruda. “Nosotros no matamos a nadie y, si Neruda muere, será de muerte natural”, había anticipado, sólo una semana antes, el general Augusto Pinochet.

El 19 de septiembre de 1973, temprano en la mañana, Pablo Neruda se despidió para siempre de su hermosa casa de Isla Negra. Tras las gestiones de su esposa, Matilde Urrutia, una ambulancia le trasladó a la Clínica Santa María de Santiago, junto al cauce del Mapocho. Enfermo de cáncer desde hacía varios años, postrado en cama a lo largo de aquel invierno, el poeta se derrumbó física y moralmente la mañana del 11 de septiembre cuando conoció por radio el golpe de Estado, el dramático bombardeo de La Moneda y la inmolación de su amigo y compañero, el Presidente Salvador Allende. Militante comunista desde 1945, hombre de izquierdas desde los días luminosos del Madrid de la II República, el poeta que había dedicado a los pueblos de América su monumental Canto general entendió muy pronto que se cernía sobre su patria la noche del fascismo, de la que tanto había prevenido desde su regreso a Chile a fines de 1972.
Tras un viaje tortuoso, con un humillante registro por parte de carabineros a la altura de Melipilla, a media tarde Neruda y Matilde Urrutia llegaron a la Clínica Santa María. Le aguardaban “las sigilosas”, como él llamaba a las enfermeras, y el doctor Roberto Vargas Zalazar, el urólogo que le trataba desde que sintió las primeras molestias en la próstata a mediados de 1969. El Poeta quedó ingresado en la habitación 406 y al día siguiente recibió la visita del embajador de México, Gonzalo Martínez Corbalá, quien le transmitió la invitación del presidente Luis Echeverría para trasladarse a su país. Neruda rechazó inicialmente aquel gesto solidario, pero su esposa ya conocía la terrible devastación que había sufrido La Chascona. “Entonces tuve miedo, mucho miedo por él”, declaró en 1976 Matilde Urrutia a la revista española Por Favor. Fue en aquel momento, al explicarle lo sucedido en la hermosa casa que hizo construir en 1952 en las faldas del cerro San Cristóbal para cobijar su amor aún clandestino, cuando aceptó partir a México, un país tan vinculado a su vida y a su obra (allí vio la luz la primera edición del Canto general). En pocas horas, el embajador logró que su gobierno enviara a Pudahuel un avión con capacidad para trasladar al poeta con las atenciones médicas necesarias y de paso repatriar la colección de pintura Carrillo Gil.
En pocas horas, la embajada también obtuvo de la Junta Militar la autorización y los pasaportes para que Neruda y Matilde Urrutia salieran del país. Pinochet, que años más tarde presumiría de que en Chile no se movía “una hoja” sin que él lo supiera, estaba perfectamente al corriente del estado de salud y la ubicación del poeta. El 16 de septiembre, de hecho, había declarado a Radio Luxemburgo: “No, Neruda no ha muerto. Está vivo y puede desplazarse libremente a donde quiere, igual que toda persona que, como él, tiene muchos años y está enferma. Nosotros no matamos a nadie y, si Neruda muere, será de muerte natural”.
Y el 17 de septiembre había recibido al embajador español, Enrique Pérez-Hernández, quien, con tacto, le trasladó que “cualquier conducta represiva” contra el Premio Nobel de Literatura de 1971 “podría hacer mucho daño a la Junta”. Pinochet le aclaró que Neruda se encontraba en Isla Negra y pareció haber tomado nota del consejo: “Tendré en cuenta lo que me ha dicho, embajador”. Pero al día siguiente, desde la primera página de La Tercera, que tituló con enormes caracteres, él mismo advirtió: “No habrá piedad con los extremistas”. Evidentemente, Neruda, miembro del Comité Central del PC, encajaba de lleno en este “perfil”.
Vida para un tiempo más
El sábado 22 de septiembre, Gonzalo Martínez Corbalá acudió temprano a la Clínica Santa María con la intención de recoger a los ilustres huéspedes de México y emprender camino al aeropuerto. Sin embargo, el poeta le sorprendió al pedirle que retrasaran el viaje hasta el lunes. En la declaración jurada de Martínez Corbalá que el abogado del Partido Comunista, Eduardo Contreras, remitió hace un año al ministro Mario Carroza, el ex embajador subrayó que ni mucho menos el poeta estaba al borde de la muerte: “Todo indicaba que seguiría viviendo todavía algún tiempo más y ya hacía planes respecto de su actividad en la nueva residencia”.  La denuncia del chofer Manuel Araya contradice el relato que Matilde Urrutia dejó en su libro Mi vida junto a Pablo Neruda y en las numerosas entrevistas que concedió hasta septiembre de 1983. Siempre explicó que aquel 22 de septiembre de 1973 Araya y ella estaban en Isla Negra, recogiendo las últimas pertenencias para el viaje a México, cuando recibió una llamada telefónica de su esposo, quien le pidió que regresaran de inmediato. Ya en la clínica, Neruda le contó, muy alterado y en estado febril, que varios amigos que le habían visitado aquella mañana le habían informado de la magnitud de la represión. “¿Usted no sabía lo que le pasó a Víctor Jara? Es uno de los despedazados…”. Aquella noche, después de que una enfermera le pusiera una inyección, finalmente pudo conciliar el sueño y, según Matilde Urrutia, ya no despertó jamás. “Su muerte fue muy hermosa, porque pasó del sueño a la muerte, él no sufrió”, aseguró en 1976 a Televisión Española. En cambio, Manuel Araya sostiene que aquel sábado el poeta trabajó con normalidad desde su lecho junto con su secretario, Homero Arce, y que fue el domingo 23 de septiembre de 1973 cuando Matilde Urrutia y él viajaron por última vez a Isla Negra. Alrededor de las cuatro de la tarde, una llamada del poeta les habría alertado de que le habían puesto una misteriosa inyección “en la guata”. Regresaron a la Clínica Santa María y allí un médico le pidió que comprara un medicamento en una farmacia y en el desplazamiento fue detenido por agentes de la dictadura y conducido al Estadio Nacional. Araya atribuye la inesperada muerte del poeta en última instancia a Pinochet, que no podía permitir que viajara a México, porque desde allí su voz y su poesía se alzarían para fustigar su actuación criminal.
Cáncer bajo control Cuando a las diez y media de la noche se extinguió la vida de Pablo Neruda, solo estaba acompañado por tres mujeres: Matilde Urrutia, su hermana Laura Reyes y la escritora Teresa Hamel, una de sus grandes amigas, a quien por su alegría vital llamaba “mi ola marina”. Ninguna de ellas denunció jamás que hubiera sido asesinado. A lo largo de su vida, Matilde Urrutia negó siempre la versión oficial de la muerte de su esposo, un cáncer de próstata en fase terminal, anotada en el certificado de defunción por el doctor Vargas Zalazar (el urólogo más prestigioso de Chile entonces). “No lo mató el cáncer”, declaró en febrero de 1974 a la agencia española Efe. “El cáncer estaba bajo control”, aseguró en septiembre de 1983 a la revista Análisis. Incluso, en más de una ocasión, relató que Vargas Zalazar le había explicado un mes antes: “Hasta es posible que muera de cualquier otra cosa”.  Solo en una ocasión, en el verano de 1975, Matilde Urrutia confesó sus sospechas en privado y lo hizo a la enfermera de El Tabo que atendió a Neruda en sus últimos años. E incluso, según el relato ofrecido por la enfermera Rosa Núñez a La Nación en 2005, se refirió a una inyección letal como desencadenante de la muerte. Curiosamente, de una inyección de efectos catastróficos también habló El Mercurio el 24 de septiembre de 1973 al informar sobre el fallecimiento del vate.  Pero, como hiciera Teresa Hamel en una entrevista concedida al desaparecido diario La Época en 1993, Matilde Urrutia sí habló públicamente en diversas ocasiones del trato errorífico que el personal de la Clínica Santa María les brindó desde el mismo instante de la muerte de Neruda, cuando su cuerpo fue llevado a un sótano gélido y tenebroso donde aquellas tres mujeres tuvieron que pasar la que Hamel llamó, en su novela Leticia de Combarbalá, “la tremenda noche sin aurora”. En el sumario judicial sobre el asesinato del ex presidente Eduardo Frei Montalva hay un informe de una sección de la PDI que revela que los vínculos entre este hospital privado, donde Frei fue asesinado en 1982, y los aparatos represivos se remontaban a los primeros tiempos de la dictadura.
Chile tiene una deuda con Pablo Neruda. Su muerte no puede permanecer envuelta en el misterio o, peor aún, atrapada en las sombras del terror de Pinochet. Lo merece el poeta que cantó la lucha de su pueblo, el militante que lo acompañó en los días más luminosos de su historia, el hombre que le llenó de orgullo en aquella hermosa y lejana primavera de 1971.
por Mario Amorós*
*Periodista y doctor en historia. Autor del libro Sombras sobre Isla Negra. La misteriosa muerte de Pablo Neruda.
(Ediciones B-Chile. Santiago, 2012)

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“Neruda decidió apoyar personalmente varias iniciativas de la Universidad de Chile”

Rebelión/Clarín de Chile

En entrevista digital desde Australia, Claudio Véliz (1930), habla de la relación de Neruda con la Universidad de Chile, de la amistad que compartió con Jorge Sanhueza y Homero Arce, de la Carta abierta de los escritores cubanos y del epistolario inédito reducido a cenizas por el incendio de 1983 en el sureste de Australia: “Faltan pocas cartas, pero importantes, incluyendo un par de notas de Pablo que no se habían archivado y toda la correspondencia con Salvador Allende y su esposa, y con Herbert Marcuse, acerca de su programada visita a Chile. Afortunadamente yo estaba trabajando en casa con el archivo de correspondencia con Pablo anterior a 1970, para ver el modo de traer a William Stanley Merwin o Alistair Reid –dos de los mejores traductores de la poesía nerudiana– a participar en uno de nuestros seminarios”.

E l economista e historiador Claudio Véliz fundó el Instituto de Estudios Internacionales de la Universidad de Chile (octubre de 1966), sin embargo pocos sabían que Neruda inició los trámites ante el rector Eugenio González (julio de 1965), y todavía es desconocida la participación de Véliz en la ceremonia del doctorado Honoris Causa que la Universidad de Oxford otorgó a Neruda (junio de 1965). El epistolario de la “sociedad secreta Nevéliz o Veruda” data de 1963 a 1970; en el 39 aniversario luctuoso del poeta, Claudio Véliz recuerda a su amigo Pablo: “La correspondencia de esa época refleja mejor que cualquier ensayo póstumo o declaración oficiosa el carácter de nuestra amistad, pero aun más decidoras fueron nuestras conversaciones en las que hubo derroche de confianza y candor que dada la condición humana, fueron preciosas precisamente por su intimidad y espontaneidad y la absoluta imposibilidad de hacerlas públicas”.

MC.- Pablo Neruda abandonó la Universidad de Chile en 1924, sin embargo nunca perdió el vínculo con su Alma Mater: en 1954 donó sus libros y caracolas, en 1962 aceptó ser miembroacadémico de la Facultad de Filosofía y Educación, en 1965 lo apoyó para la creación del Instituto de Estudios Internacionales, y en 1973 designó a la Universidad de Chile “albacea de la Fundación Cantalao”. ¿Cómo definiría la actividad intelectual de Neruda en relación con la Universidad de Chile?

CV.- Pablo Neruda apreciaba tanto la estabilidad, la permanencia, el buen orden de las cosas, el estar todavía por estos lados, como el dinamismo de los procesos de cambio, así afectaran estos a la sociedad o al individuo. Tenía muy en claro que había que pagar un precio elevado por una u otra alternativa. El dinamismo de la revolución marchaba sobre los escombros de lo establecido, mientras, por ejemplo, la estabilidad de las centenarias y milenarias instituciones religiosas se lograba impidiendo los procesos de cambio. Recuerdo muy especialmente que la única vez que tuvimos un desacuerdo, respecto del trabajo y estatura histórica del sudafricano Dr. Barnard, el de los trasplantes de corazón, explicó que se aceptaba la violencia revolucionaria tal como se acepta una intervención quirúrgica, porque una vez concluida, la secuela de convalecencia y recuperación se caracteriza necesariamente por el restablecimiento del buen orden y la estabilidad.

Abogar, como lo hacen anarquistas y ululantes, por una revolución permanente es tan demencial como pedir una intervención quirúrgica permanente. Seguramente su enfático rechazo al caos y el desorden venía de su experiencia con el anarquismo durante la Guerra Civil Española, y corría paralelamente con su admiración por la estabilidad y el buen orden imperantes en el mundo soviético. La evidente contradicción entre estos dos aspectos de la sociedad y la personalidad humanas le preocupaba, pero le causaba no poca satisfacción el haber encontrado dos entidades que por su sola existencia habían resuelto el problema: la Unión Soviética y la Universidad. En nuestro caso, la Universidad de Chile.

El poeta estaba convencido que ambas entidades eran eminentemente dignas de apoyo, precisamente porque su permanencia y buena ordenación estaban solidamente establecidas y simultáneamente ambas acogían y alentaban el dinamismo creativo progenitor de los procesos de cambio. Me atrevo a ir más lejos y afirmar que la lealtad de Pablo para con estas dos entidades construidas por la mano del hombre era absoluta. No sólo fue el afecto que le guardaba a nuestra principal casa de estudios lo que le decidió a donar sus libros y participar personalmente en apoyo de varias importantes iniciativas universitarias, sino que también le alentó la convicción de que bajo el alero de la Universidad, sus libros tendrían una presencia permanente en la vida nacional y a la vez contribuirían en forma importante a los procesos de cambio, tanto científicos como humanísticos y sociales, que necesariamente se gestarían en el ámbito académico.

MC.- El erudito Jorge Sanhueza hizo la curaduría de la colección de libros y caracolas de Neruda en Chile (1954) y montó la exposición en Suecia (1966), ¿por qué no intentaron llevarla a Oxford en el contexto del doctorado Honoris Causa que recibió Neruda?

CV.- Ignoro las razones, pero no me asombraría saber que hubo problemas de financiamiento. Desgraciadamente no tuve la oportunidad de visitar la exposición en Suecia por encontrarme afanando en otros lugares.

MC.- ¿Cuándo le informó Robert Pring-Mill que la Universidad de Oxford contemplaba otorgarle el doctorado Honoris Causa a Neruda?, ¿ha consultado el Archivo Robert Pring-Mill?

CV.- No recuerdo la fecha y tampoco he tenido la oportunidad de consultar el archivo de Pring-Mill en Oxford, pero trataré de hacerme un huequito en mi próxima visita. Creo que por ahí tengo algunas cartas de Pring-Mill, que me imagino se las hice llegar a Abraham Quezada en su oportunidad.

MC.- En agosto de 1966, el escritor Jorge Edwards visitó al académico sueco Arthur Lundqvist y le sorprendió ver que en su oficina de Estocolmo estaba la “Carta abierta de los intelectuales cubanos” (31/07/1966); Edwards apuntó: “Acababa de recibirla y leerla, y tuve la impresión de que había surtido algún efecto… En la mente de Lundqvist, la carta de los cubanos hacía que los bonos de Neruda bajaran” (Adiós poeta, 1990). ¿Comparte la lectura en el sentido que la Carta de los escritores cubanos le costó a Neruda el Nobel de 1967?, ¿conversó con el poeta sobre la ruptura cubana de 1966?

CV.- Se me hace sumamente difícil especular acerca de las tonteras que jalonan el historial de la Academia Sueca. Desde luego las escandalosas postergaciones de los premios de Neruda y Vargas Llosa, y las igualmente escandalosas entregas del Nobel a Obama y al payaso Al Gore son más que suficientes para desalentar cualquier intento de interpretación racional de tales barbaridades. Ignoro si la Academia Sueca tuvo la menor intención de entregar el premio a Neruda antes de la publicación de la carta de los cubanos.

En cuanto a los temas relacionados con Cuba, las andanzas de Ernesto Guevara y la posición de la Unión Soviética, recuerdo muy claramente varias sosegadas conversaciones acerca de lo que entonces me parecía –nos parecía– una principalísima dimensión del momento político internacional. Como usted seguramente lo sabe, este tema acarreaba ecos del conflicto entre la tesis trotskista de la “revolución permanente”, y el “socialismo en un solo país” de Stalin. Lo que ocurrió entre 1960 y 1966 es que la Unión Soviética le retiró su apoyo a lo que consideraba el infantilismo revolucionario de Guevara. Este cambio se vio reflejado en la posición del comunismo ortodoxo y resultó en la desaparición de Canción de gesta (1960) de la bibliografía nerudiana local. Pablo y Matilde no hicieron secreto de su rechazo a lo que consideraban el aventurismo temerario y contraproducente de Guevara. No está demás recordar los estrechos lazos de amistad que les unían, especialmente a Matilde, con los grandes muralistas mexicanos que vieron muy de cerca el trágico desenlace del conflicto entre Stalin y Trotski. Es evidente que la muerte de Guevara, en 1967, facilitó el realineamiento de Cuba en una dirección más acorde con la posición de la gran potencia, en momentos en que el régimen revolucionario requería la ayuda soviética para sobrevivir. En Chile, más adelante, este contraste fue mayúsculo entre la agitación revolucionaria de la extrema izquierda y la necesidad de consolidar lo que ya se había logrado, para así asegurar el avance ordenado del proceso de cambio preconizado por el Partido Comunista.

MC.- La Dirección de Bibliotecas, Archivos y Museos publicó la investigación de Abraham Quezada: “Pablo Neruda – Claudio Véliz, correspondencia en el camino al Premio Nobel, 1963-1970” (DIBAM, 2011). ¿Qué emociones y recuerdos llegaron al leer de nuevo el epistolario de la “sociedad secreta Nevéliz o Veruda”?

CV.- He quedado inmensamente endeudado con mi colega y amigo Abraham Quezada por haber resucitado, con su generosa inversión de muy inteligentes y bien organizados esfuerzos, las emociones, sustos, alarmas y éxitos de aquellos años. Como lo expresé en la nota introductoria del epistolario, sigo convencido que la correspondencia de esa época refleja mejor que cualquier ensayo póstumo o declaración oficiosa el carácter de nuestra amistad, pero aun más decidoras fueron nuestras conversaciones en las que hubo derroche de confianza y candor que dada la condición humana, fueron preciosas precisamente por su intimidad y espontaneidad y la absoluta imposibilidad de hacerlas públicas.

MC.- El epistolario Neruda-Véliz termina en 1970, ¿cuántas cartas y telegramas se perdieron entre el incendio de 1983 y las mudanzas?

CV.- Faltan pocas cartas, pero importantes, incluyendo un par de notas de Pablo que no se habían archivado y toda la correspondencia con Salvador Allende y su esposa, y con Herbert Marcuse, acerca de su programada visita a Chile. Afortunadamente yo estaba trabajando en casa con el archivo de correspondencia con Pablo anterior a 1970, para ver el modo de traer a William Stanley Merwin o Alistair Reid –dos de los mejores traductores de la poesía nerudiana– a participar en uno de nuestros seminarios. Esta es la correspondencia que se salvó y que Abraham publicó en su epistolario.

MC.- Llamó mi atención el epílogo de una carta que usted le escribió a Neruda: “Cuando encuentren a Jorge Sanhueza, Homero Arce, Laurita, Tencha y Salvador, y Rafita, denles nuestros mejores y más cariñosos saludos” (25/01/1966). ¿El poeta no hacía distinción para sus amistades?, ¿compartía la mesa con escritores, políticos y artesanos carpinteros?

CV.- No recuerdo que Pablo y Matilde se hayan sentado a la mesa con Rafita, pero si me consta el gran afecto que tenían por aquel muy recordado artesano renacentista y eximio artista de la construcción a pulso, característica de las moradas del poeta.

MC.- Dos colaboradores e íntimos amigos de Neruda murieron trágicamente: Jorge Sanhueza por enfermedad (1967) y Homero Arce a consecuencia de la tortura infligida por agentes de la dictadura (1977). ¿Cómo recuerda al Queque Sanhueza y Homero Arce?, ¿leyó -en 1967 y 1977- las historias de sus trágicas muertes?

CV.- Alcancé a visitar al Queque en el Hospital J.J. Aguirre pocos días antes de su muerte. Ya estaba muy decaído, pero no tanto como para impedir una ronda de chismes y recuerdos de los años en que nos veíamos a cada rato, ya sea en la biblioteca, o cuando nos visitaba en El Quisco. Recuerdo las bromas que se le hacían por su susceptibilidad a los encantos de sus numerosas y elegantes admiradoras que le visitaban frecuentemente en su escondrijo en las entrañas de la Casa Central, en medio de los libros y conchas donadas por Pablo. Se le acusaba, tomándole el pelo, por supuesto, de seducir a sus admiradoras prestándoles los libros bajo su cuidado, a lo que él contestaba, me imagino que también en broma: “era mucho mejor libro perdido y leído, que libro retenido y no leído”.

Homero Arce era un ser humano encantador, generoso, imaginativo y espléndido ministro plenipotenciario de Pablo Neruda, pues con su amabilidad y encanto personal conseguía todo lo que Pablo quería, cosa que frecuentemente exigía la cuadratura de numerosos círculos. Me emociona recordar cuando llegó a comer a Isla Negra con los primeros ejemplares de su libro de poemas sobre árboles, incluyendo uno maravilloso del cual todavía puedo recitar algunas líneas:

“Álamo del camino, mástil de oro,

Navío de las olas forestales,

alta columna de esplendor sonoro,

dame una rama de tu fuerza alada

un gramo de tus íntimos metales,

y nacerá la luz en mí enterrada”

Algunas de las comidas más agradables y conversadas eran con Matilde y Pablo, Homerito Arce y Laurita Reyes, y nosotros dos, sin afuerinos, porque a Homero y Laura no se les sacaba palabra cuando había otra gente, en familia se soltaban la trenza y sus observaciones incisivas, perspicaces e ingeniosas llenaban la noche y nos tenían a todos llenos de risa. Me apena enormemente enterarme que tuvo una muerte tan cruel e injusta. No lo sabía. Desgraciadamente, a pesar de todos estos aparatos eléctricos, seguimos a merced de la tiranía de las distancias y mucho que deberíamos saber no lo sabemos.

Mario, le voy a pedir un favor grande. Ocurre que entre los libros que se quemaron en 1983, perdimos nuestro ejemplar de aquellos poemas de Homero en que aparece lo del álamo del camino. Si es aun posible obtener este libro en Santiago, Valparaíso, México, Quito o donde usted ande dando vueltas, se lo voy a aceptar con gratitud como honorario por estas respuestas.

MC.- ¿Cuándo visitó por última vez a Neruda?, ¿dónde estaba el 23 de septiembre de 1973, al enterarse de la muerte de su querido amigo Pablo?

CV.- La última vez que estuvimos con Pablo y Matilde fue cenando en Isla Negra, hacia fines de 1970, pero no tengo como averiguar la fecha exacta. La tristísima noticia de la muerte de Pablo nos llegó aquí, en Australia, donde hemos estado residiendo desde mediados de 1972, con un par de interrupciones cortas, en Londres, a fines de los setenta, y una larga en Boston, entre 1989 y el 2003.

MC.- Finalmente, Manuel Araya denunció la negligencia médica y una sospechosa inyección en la muerte de Neruda, el chofer del poeta fue detenido y torturado el 23 de septiembre de 1973. ¿Estudió las noticias sobre el presunto asesinato de Neruda?

CV.- Es posible que a todos los octogenarios los empellones de la vida nos hayan vacunado contra esta especie de especulación, que va desde el prematuro deceso de Mozart al asesinato de los hermanos Kennedy, un Papa reciente -no recuerdo cuál-, la Princesa Diana y Eduardo Frei, todos presumiblemente víctimas de siniestras y muy exitosas conspiraciones. Por ahora, y desde estas latitudes, lo que puedo afirmar con certeza es que los rumores y presunciones que usted menciona no han llegado por estos lados.

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