RSS

Archivo de la etiqueta: la toma de Constantinopla

Modernidad y Revolución en América Latina

 

Modernidad y Revolución en América Latina: reflexiones carpenterianas

Alejo Carpentier

Alejo Carpentier (Photo credit: Wikipedia)

 

Hace apenas unas décadas Alejo Carpentier nos acompañaba físicamente. Puedo recordar cómo atrapaba al auditorio con su portentosa erudición y su peculiar acento, en alguna de las tertulias sabatinas de la calle Obispo, junto a La Moderna Poesía, la emblemática librería habanera. Habría yo leído el anuncio de la presentación de uno de sus libros en la prensa y estaría allí probablemente vestido aún de uniforme azul, recién salido de la Escuela en pase de fin de semana. Sería acaso el año 1976 o 1977. Ya nos acercábamos al final del siglo, pero como toda buena novela no imaginábamos el desenlace. De cualquier manera, parecía lejano. La adolescencia no sabe distinguir los matices de las sucesivas edades humanas: se es joven o se es viejo. Y el siglo XXI me reservaba una madurez que no tenía cabida aún en mis expectativas de vida. He vuelto ahora a leer textos del gran novelista y pensador -sí, ¿por qué no llamarlo también así, ya que siempre sintió la necesidad de explicar, de explicarse el mundo que lo rodeaba, el mundo que trataba de expresar?–, escritos en esos años, en los que abordaba los retos de su tiempo (que es acaso el nuestro) y los proyectaba al espacio de la centuria por llegar. He vuelto a leer esos textos, a confrontarlos deslealmente con realidades que no vivió su autor, y a preguntarme si son actuales, es decir, si el gran escritor pudo construir una teoría estética, que estuviese apegada a las realidades históricas de su vida y que lo trascendiera. Y lo que cuenta realmente no es su fecha de nacimiento, sino los veinte o veinticinco años posteriores a su muerte.

Hombre moderno, en el sentido americano –peculiarmente histórico–, del término. Actor y cronista de la épica revolucionaria del siglo XX, había dicho en 1975, antes de que el inglés Eric Hobsbawm escribiera su Historia del siglo XX: “Hay siglos largos y siglos cortos (…) Si tomamos el siglo XV, por ejemplo, vemos que es un siglo de 50 años. Y es un siglo de 50 años porque lo que cuenta en el siglo XV, por su valor de universalidad, por su trascendencia, es el perfeccionamiento de la imprenta, la toma de Constantinopla por los turcos que nos hace recuperar toda la vieja cultura griega, y el descubrimiento de América (…) Del mismo modo el siglo XIX fue un siglo larguísimo; fue un siglo de casi 130 años, porque empieza con la toma de la Bastilla y termina realmente con la Revolución de Octubre, en Rusia (…) El siglo XX comienza con los cañonazos del acorazado ‘Aurora’ y será hasta muy rebasado el año 2000, el de una transformación total de la sociedad” (1). En 1994, menos de veinte años después, Hobsbawm declaraba muerto el siglo XX con la caída del socialismo soviético, un “siglo corto”, que según su periodización nacía en 1914 y concluía en 1991. La palabra siglo –inútil fuera de su convencional significado cronológico–, es para ambos autores sinónimo de época. Significa esto que para Hobsbawm, el año 1991 marca el fin de una época histórica. Examinaremos más adelante esta “discrepancia”, respaldada por hechos aparentemente incontestables.

Detengámonos primero en el concepto carpenteriano de modernidad. Una modernidad que se asienta sobre avances técnicos y científicos, que acepta el progreso como categoría histórica, pero cuya definición radica en el surgimiento de una Historia compartida por todos los seres humanos. “Y, de repente -señalaba–, he aquí que las amodorradas capitales nuestras se hacen ciudades de verdad (…) y el hombre nuestro, consustanciado con la urbe, se nos hace hombre-ciudad, hombre- ciudad-del siglo XX, valga decir: hombre-Historia-del siglo XX” (2). La ciudad es símbolo de modernidad no sólo porque es compendio de modernidades (técnicas, artísticas, científicas) sino porque es escenario de nuevas relaciones sociales. El progreso histórico existe sin dudas para Carpentier, pero en sus peculiaridades americanas se desentiende del rígido Orden de la razón ilustrada. El pasado, el presente y el futuro, las tres categorías agustinianas, se entrelazan en América. En el Viejo Continente “todo eso está presente pero en piedra: lo que ha desaparecido es el hombre medieval, el renacentista, el del Concilio de Trento, el de los cortesanos de Luis XIV, el de los burgueses encarnados arquetípicamente en un Napoleón III (…) En América Latina, en cambio, tenemos las piedras y los hombres (…) El hombre de 1975, el futurólogo que ya vive en 1980, se codea cada día, en México, a lo largo de los Andes, con hombres que hablan los idiomas anteriores a la Conquista…” (3)

Esta convivencia en simultaneidad de tiempos humanos no es pasiva. Implica, eso sí, la aceptación de un devenir lineal que establece el ascenso, un antes y un después universales (sucesión de sistemas socio clasistas), reconocible en la amalgama de formas superpuestas: el personaje de Los pasos perdidos retrocede en el tiempo, va de la ciudad moderna a la Edad Media, y de ésta a la comunidad primitiva. Pero no significa por ello que abandona el tiempo de la felicidad. Para Carpentier, cada tiempo humano porta sus propios valores, muchas veces complementarios. Por supuesto, el personaje de Los pasos perdidos viene, tiene que venir de Europa, de París: es esa procedencia -aunque sus raíces sean americanas– la que determina su deslumbramiento, su asombro ante el encuentro con seres de otros tiempos (estoy tentado a decir, de otros planetas). Es ese el camino para el redescubrimiento de sí mismo, para su extraña recuperación de lo perdido. Permítaseme citar en este caso una vivencia personal: en las entrañas de la Mosquitia hondureña conocí a un médico cubano citadino en misión internacionalista, que se enamoró de una misquita, madre de tres niños que jamás usaban zapatos ni asistían a la escuela. El médico abandonó las pocas comodidades de que disponía, construyó una casa sobre pilotes con los materiales usuales del lugar y se instaló allí con ella, sin luz eléctrica. Fui durante tres días su huésped y conversamos sobre la novela de Carpentier. Pero él no se debatía entre dos tiempos, no percibía la existencia de dos espacios históricos, más que en el abandono gubernamental, en las desigualdades sociales y nunca fue visto allí como extraño. Aceptaba, eso sí, la existencia de otro mundo, uno interno, otro externo; justamente otro mundo, no otro tiempo. Hoy, ese (tercer) mundo preterido invade el espacio geográfico del otro (primer) mundo; en las calles de París o Nueva York, deambulan seres de todas las épocas, es decir, de todos los mundos. A pesar de ello, tomar un avión en Nueva York y volar hasta Port au Prince puede parecer un viaje intergaláctico. La visión diacrónica de los tiempos históricos que se expone enLos pasos perdidos es un recurso literario válido para explorar una realidad mucho más compleja: el hombre latinoamericano convive en esa ciudad-siglo XX -de forma posiblemente más directa e interrelacionada que en otros continentes, pero no exclusiva– con ciudadanos del XIX o del XV. En realidad, esos contemporáneos que cómodamente clasificamos en otras centurias o épocas, pertenecen todos al XX, al XXI. Los niños de la Mosquitia mueren de enfermedades curables, pero toman Coca Cola. La modernidad capitalista es un ajiaco de tiempos históricos, para usar el término con que Fernando Ortiz define la nacionalidad cubana: algunos de esos tiempos son más visibles que otros, pero todos, en estado “puro” o impuro, son ya modernos, ellos todos conforman lo que entendemos por modernidad. La Modernidad capitalista -y la Humanidad no conoce otra–, incluye la riqueza y la pobreza, colosales avances y trágicos retrocesos tecnológicos, cosificación, deshumanización de las relaciones y los valores sociales, y afianzamiento popular de la solidaridad.

La modernidad carpenteriana (latinoamericana) acepta sin alardes teóricos el pastiche postmoderno y reivindica la racionalidad premoderna. Carpentier, ajeno a los afamados teóricos de la postmodernidad, no vacila en aceptar una modernidad abierta, flexible, contradictoria. Se atreve incluso a dudar de ella. En su obra, hace que la modernidad dude de sí misma. Si en Los pasos perdidos delimita los espacios geográficos de cada tiempo histórico, en otras de sus novelas estos se hallan en interrelación. “Personalmente he tratado de especular a mi manera con el tiempo -nos habla el escritor preocupado por resolver literariamente las necesidades expresivas de su mundo–, con el tiempo circular, regreso al punto de partida, es decir, un relato que se cierra sobre sí mismo, en Los pasos perdidos y en El camino de Santiago; el tiempo recurrente, o sea el tiempo invertido, en retroceso, en el Viaje a la semilla; el tiempo de ayer en hoy, es decir, un ayer significado presente en un hoy significante, en El siglo de las luces, en el Recurso del método, en el Concierto barroco; un tiempo que gira en torno al hombre sin alterar su esencia, en mi relato ‘Semejante a la noche’…” (4) Resultaría un ejercicio fecundo el estudio comparativo de las novelas El reino de este mundo El siglo de las luces, no para la detección de semejanzas estilísticas o de logros formalessino para seguir el hilo racional de dos revoluciones cercanas en época y espacio (la haitiana y la francesa, en su aplicación caribeña), conducidas por racionalidades aparentemente distantes. Víctor Hugues, el personaje de El siglo de las luces (recreado, pero real) en franco proceso de involución como revolucionario, acata la orden metropolitana de restituir la esclavitud que él mismo había abolido en las colonias francesas del Caribe. Sin embargo, cuando Napoleón Bonaparte (y este es un hecho histórico) ante la beligerancia de los insurgentes, decreta la abolición de la esclavitud en la colonia de Saint Domingue -y sólo en ella– Toussaint Louverture, el prócer haitiano, protesta: “Lo que queremos no es una libertad de circunstancia concedida a nosotros solos -dice–, lo que queremos es la adopción absoluta del principio de que todo hombre nacido rojo, negro o blanco no puede ser la propiedad de su prójimo. El Cónsul mantiene la esclavitud en la Martinica y en la isla de Bourbon; por tanto seremos esclavos cuando él sea el más fuerte” (5). Imprevista radicalización del discurso revolucionario: todos significa todos. Pero veamos ahora la manera en que Carpentier entiende el concepto de revolución, íntimamente vinculado al de modernidad.

Las dos categorías que definen su obra literaria son reivindicadas por Carpentier como constantes del espíritu: lo barroco (universal) y lo real maravilloso (americano). Ambas expresan una realidad en movimiento. ¿Por qué es barroca la realidad latinoamericana? Primero: “el barroco -dice Carpentier–(…) se manifiesta donde hay transformación, mutación, innovación; (…) el barroquismo siempre está proyectado hacia delante y suele presentarse precisamente en expansión en el momento culminante de una civilización o cuando va a nacer un nuevo orden en la sociedad ” (6). Las revoluciones son radicalmente (de raíz) barrocas. Segundo: “toda simbiosis, todo mestizaje engendra barroquismo” (7). Los grandes movimientos históricos sólo pueden ser aprehendidos por una mirada totalizadora, esencialmente épica. “Los libros de caballería se escribieron en Europa, pero se vivieron en América” –repite (8). Las revoluciones son sucesos épicos, en las que lo imposible se torna posible; constante de lo americano que expresa el carácter revolucionario, real maravilloso, de su historia.

En Cuba, la ideología de la Restauración capitalista le rinde culto a la quietud (aunque hable de tránsitos), al Orden (lógico y estamental, aunque emplee un lenguaje libertario) y en todo caso, al movimiento comedido. Se refugia donde pueda, donde encuentre cobija por una noche: en el pensamiento postmoderno, en el sentido común al que nos induce el cansancio. El ímpetu revolucionario es calificado, indistintamente, de utópico y antimoderno. Antimoderno sí, porque la contrarrevolución asume como cierta una conclusión marxista: la modernidad es el eufemismo que utiliza la historiografía burguesa para nombrar el proceso de instauración del capitalismo. Y porque los restauradores ya olvidaron que el capitalismo fue alguna vez revolucionario: ellos son esencialmente conservadores. No pueden entender que el socialismo se propone redibujar la modernidad, no eludirla; que pretende destruir el orden burgués, para sustituirlo por otro (nuevo) orden, salido de sus entrañas. Ubican de una parte el espíritu revolucionario (radical, extremista, violento, totalitario) y de la otra, el espíritu reformista (moderado, gradual, civilizado, moderno, tolerante). Puede formularse según sea el caso, o la necesidad discursiva, como la oposición de dos “izquierdas”, una auténtica, consecuente, “democrática”; otra falsa, totalitaria, revolucionaria. Carpentier, ajeno a estos malabarismos retóricos de fin de siglo, nos revela en sus novelas el sentido revolucionario de la modernidad. Modernidad y revolución son conceptos que se entrelazan en la historia: la modernidad, que es movimiento, nace y se alimenta de sucesivas revoluciones. Uno de los temas centrales de la novelística carpenteriana es la revolución (triunfante o fallida): la francesa, la haitiana, la rusa, la española, la cubana. Se sitúa frente a ellas como un Cronista de Indias, pero su descripción no es ingenua; tras los comportamientos humanos indaga en los móviles de la Historia. El escritor-cronista no reproduce pasivamente los hechos de la realidad; los interpreta, los nombra.

La realidad sobrepasa a la literatura, pero esta la nombra y la ordena. Sorprende entonces que el racionalista, el filósofo que subyace en el escritor Carpentier proclame abiertamente la aceptación del melodrama y del maniqueísmo como elementos ineludibles de la sociedad contemporánea y consecuentemente, de la novela. El melodrama social, por supuesto no psicológico, que institucionaliza “la tortura, el secuestro nocturno, la desaparición misteriosa, el asesinato espectacular” — comenta. “¿Temor a lo excesivo, a lo sangriento, a lo tremebundo? Todo está en el modo de tratar los temas” (9). Los ejemplos que cita son definitorios: Zola, Dostoievski, Tolstoi, Pirandello, Thomas Mann, Chejov, Faulkner, Malraux, entre otros. En cuanto al maniqueísmo, recuerda sus dos posibilidades: como lucha global y como lucha individual, interior, en cada ser humano, entre el Bien y el Mal. Aún así afirma: “Nos cuesta trabajo observar que la Historia toda no es sino la crónica de una inacabable lucha entre buenos y malos. Lo que equivale a decir: entre opresores y oprimidos. Opresores que constituyen una minoría poderosa y oprimidos que pertenecen a una mayoría inerme.“(10) ¿Terminología en desuso? Curiosamente, el minoritario Opresor se declara hoy, sin rubor alguno, representante del Bien. No es de extrañar entonces que el tercer elemento que identifique al hombre contemporáneo, y al escritor, por supuesto, sea el compromiso político. Un compromiso que no es reciente, ni coyuntural en América: “Desde sus guerras de independencia, América toda vive en función del acontecer político. La América nuestra es un continente político” (11).

¿Cuál es el tiempo humano que define la vida y la obra de Alejo Carpentier? “ Hemos entrado en la era de la lucha, de las transformaciones, de las mutaciones, de las revoluciones“, dice. “En cuanto a mí, habiendo asistido a un proceso revolucionario que se produjo en el lugar de América donde menos se pensaba que pudiera producirse, no puedo ni podré sustraerme ya a la intensidad, a la fuerza, por no decir embrujo, de la temática revolucionaria. Hombre de mi tiempo, soy de mi tiempo y mi tiempo trascendente es el de la Revolución Cubana” (12). Nacido en 1904, la Revolución de 1959 es para Carpentier la culminación de una sucesión de acontecimientos que comienzan con el minorismo, la lucha antimachadista en Cuba, antifranquista en España y antifascista en el mundo, que tienen como referentes históricos a la Revolución de Octubre y a la guerra civil española. Asentado en Caracas por más de diez años, regresa a La Habana cuando triunfa la esperanza: “ había voces que me llamaban. Voces que habían vuelto a alzarse sobre la tierra que las había sepultado“. (13).

Siempre en la piel de sus propios personajes, Carpentier descubre los tiempos de América en el Orinoco (Los pasos perdidos), se deslumbra ante la magia revolucionaria de los mitos haitianos (El reino de este mundo), corre dispuesto como Esteban o Sofía, los personajes de El siglo de las luces tras las voces que anuncian la esperanza en Europa o en el Caribe. Conoce los peligros que entraña una Revolución: Henri Christophe y Víctor Hugues no son personajes esquemáticos, pero sí maniqueos en el sentido carpenteriano, es decir, en lucha perenne consigo mismo. A veces limpios, incorruptibles, a veces oscuros, vacilantes. Siempre que un personaje suyo pierde la fe en la Revolución, aparece otro que la enarbola; siempre que un proceso revolucionario se estanca es sustituido por otro. Revoluciones que estallan de la desesperación o de la lógica racionalista, para luego conducirse por senderos irracionales o trazar en el aire las señales inequívocas de una nueva lógica. Vidas épicas en novelas épicas, situadas en un punto medio entre el destino y la voluntad. Vidas abigarradas, barrocas, cambiantes, pletóricas de acontecimientos. Nada es igual al día siguiente, ni los hombres, ni las ciudades: “nunca regreso a la casa de la que salí en busca de una mejor”, decía Sofía a punto de abandonar nuevamente el lugar que ya no complacía sus expectativas. Vidas, en fin, maravillosas, reales. Vidas de todos los siglos anteriores, pero dispuestas según la voluntad transformadora del siglo XX. Carpentier fue un creador, un revolucionario del siglo XX. ¿Quiere esto decir que ya pasó su tiempo?

Pareciera que sí. No es sencillo, ni aconsejable, que intente clasificar a la actual novelística latinoamericana. La decepción de los noventa ha conducido a puertos disímiles, y el mercado editorial, conformador de gustos y orientador ideológico, la estimula, la renueva, la “eterniza”. No han transcurrido todavía tres lustros del fallecimiento del gran escritor, y el mundo parece otro. Eso creíamos. He dicho que parece. Hobsbawm decretó la muerte del siglo sobre el cadáver de la revolución rusa. Pero sí miramos bien, los puntos de inicio y fin de siglo seleccionados por él, son consecuencias y no causas: una guerra mundial y el derrumbe de un estado socialista multinacional son, por supuesto, causa de muchas otras cosas, pero no explican el sentido de una época. ¿Por qué estalló una primera y luego una segunda guerra mundial? ¿por qué se produjo una revolución socialista en la Rusia de los zares? Varias generaciones de defensores del socialismo aprendieron a definir la nuestra como época de tránsito hacia el llamado socialismo real. Hobsbawm también. El fin de ese socialismo establece para ellos el fin de esa época. Es posible sin embargo determinar un comienzo de siglo diferente, más universal, porque define con más exactitud acontecimientos sociales ocurridos en Asia, África y América Latina, que han sido tendenciosamente enmarcados en la guerra fría y porque señala y explica sus bases socio económicas. Me refiero al desbordamiento histórico del imperialismo norteamericano en la guerra hispano cubano estadounidense de 1898, previsto por José Martí. El siglo XX es la época del imperialismo, que renueva e intensifica las contradicciones entre los minoritarios países opresores y los mayoritarios países oprimidos, entre el Norte y el Sur geopolíticos. Estados Unidos, España y Cuba están ubicados por azar, quizás por destino y voluntad, en el vórtice iniciático de los acontecimientos.

Una de las características del pensamiento carpenteriano es que no intenta definir la identidad nacional de Cuba desde sí misma. Recordemos que es contemporáneo de los grandes tratados sobre la argentinidad o la mexicanidad (Samuel Ramos: El perfil del hombre y la cultura en México, 1934, Octavio Paz: El laberinto de la soledad, 1950 y Ezequiel Martínez Estrada: Radiografía de la pampa, 1933), o incluso de la cubanidad (Cintio Vitier: Lo cubano en la poesía, 1958), para sólo citar algunos ejemplos. Jamás habla de lo cubano, sino como parte de lo latinoamericano. Consecuente con su percepción de que la modernidad reside en la inserción de los hombres en la ciudad- Historia-siglo XX, Carpentier coloca a Cuba en el Caribe primero, y después en el mundo. Define sus contornos por contraste. No acepta los aldeanismos que tanto criticó Martí. “Ni el ‘nuestroamericanismo’ astutamente explotador de citas de Bolívar, de Rivadavia, de un Martí leído a retazo (…) -escribe–, ni el mito de la latinidad, de una hispanidad que ninguna falta nos hace para entender cabalmente El Quijote, vendrán a resolver nuestros problemas agrarios, políticos, sociales” (14). Y añade unas palabras premonitorias de lo que sucederá de modo especialmente intenso en los años noventa con motivo de conmemorarse el centenario de aquella primera guerra imperialista y la pérdida (esa es la palabra que todavía usan algunos en España y es la palabra que define el sentimiento norteamericano posterior al 59) de Cuba, pero que fue una constante de todo el siglo XX, desde que en sus primeras décadas, Carlos Altamirano recorriera las capitales latinoamericanas enarbolando la doctrina del panhispanismo. “En nombre de la hispanidad -e invocándose a veces la generosidad de Martí hacia España– se procede a un revisionismo histórico que tiene sus visos de ‘malinchismo'” (15).

Pero si pregunto por la actualidad de las concepciones carpenterianas sobre la literatura, no es porque espere encontrar autores que imiten hoy su estilo. Ya es suficiente con que esa teoría haya sustentado (o haya intentado explicar) una obra narrativa monumental, la suya, no en extensión sino en alcances estéticos y filosóficos. La buena literatura siempre es actual por definición. Más bien pregunto por la actualidad del hombre, de sus preocupaciones sociales, de su concepción de la vida como un duro oficio de responsabilidades, de su espíritu. Si el inicio de siglo fuese el que propongo (no soy el único, ni el primero) como creo, el siglo XX no ha terminado; sus contradicciones siguen sustentando la cotidianidad de nuestras vidas. Paradójicamente, no son las fuerzas revolucionarias las que dividen hoy el mundo en buenos y malos. De ello se encargó recientemente el emperador Bush II: no sólo enumeró más de cincuenta oscuros rincones del planeta que pueden ser invadidos sin conmiseración, sino que trazó sobre el mapa un denominado eje del mal. Si existen buenos y malos, si el mal eventualmente podemos ser nosotros mismos, según la definición de alguien que no es mi coterráneo ni es vecino de mi ciudad, y esa persona o entidad (que no es abstracta) puede ordenar la desaparición de mi entorno ciudadano, mi muerte y la de mis seres queridos, ¿cómo puedo permanecer indiferente? ¿cómo podría cultivar el no comprometimiento político? ¿Alguien puede refugiarse hoy (si vive en el Sur, o si en el Norte lo envían en misiones de conquista al Sur) en los libros, en el amor de una mujer, en el exotismo de un paisaje? El problema real es que el Mal existe sí, pero en virtud de su poder mediático y militar se ha erigido en juez, o en aliado del juez. ¿Dudaría alguien del melodramatismo congénito de nuestras vidas? No ha cesado de moverse la esperanza. Y los cubanos no hemos perdido la confianza en la Revolución. Como en las novelas de Carpentier, algunos perdieron la fe y otros la enarbolan.

Vivimos tiempos maravillosos -lo maravilloso no es necesariamente lo bello, decía Carpentier–, en su dramatismo, en su barroca textura, en su epicidad implícita. Puedo dar fe de ello. Durante los años 1999 y 2000, recorrí algunos rincones verdaderamente oscuros de Nicaragua, Honduras, Guatemala y Haití, junto a médicos internacionalistas cubanos. Jugamos fútbol, cubanos e ixiles, en la cumbre de una montaña que se empinaba, entre ancestrales tumbas mayas y otras más recientes que abrió la guerra, sobre la selva guatemalteca. Un lugar a donde únicamente llegaban los brigadistas cubanos… y la Coca Cola. ¿No es ése un episodio real maravilloso? ¿No lo es también que los ex comandantes misquitos de la contra nicaragüense despidieran a los médicos cubanos cesados por el nuevo gobierno liberal con salvas de homenaje, con los mismos fusiles que Estados Unidos les dio para combatir el sandinismo? ¿o que en plena selva hondureña, junto a un poblado misquito donde la población sobrevivía sin atención médica, se hallara un hospital norteamericano cerrado –de mampostería y bien abastecido–, porque había sido concebido únicamente para auxiliar a la contra nicaragüense en tiempos de guerra antisandinista? “Hombre soy, y sólo me siento hombre cuando mi pálpito, mi pulsión profunda, se sincronizan con el pálpito, la pulsión, de todos los hombres que me rodean” (16), había escrito Carpentier, en su afán de cumplir satisfactoriamente el duro oficio de hombre, según la lúcida expresión del humanista Montaigne. Los latinoamericanos de hoy somos parte del mundo maravilloso que nos descubre en su obra Carpentier, caminamos por sus calles, navegamos por sus ríos, compartimos sus sueños. Somos sus contemporáneos.

Enrique Ubieta Gómez
Rebelión


Notas

1. Alejo Carpentier: “Un camino de medio siglo”, en Razón de ser, La Habana, Editorial Letras Cubanas, 1980, pp. 11-37. Cita en p.36;

2. ______________: “Conciencia e identidad de América”, en Ob. Cit., pp. 1-10. Cita en p.2;

3. ______________: “Problemática del tiempo y el idioma en la moderna novela latinoamericana”, Ibidem, pp. 66-91. Cita en p.88;

4. ______________: Idem, cita en p.89;

5. Aimé Césaire: Toussant Louverture. La Revolución francesa y el problema colonial, La Habana, Instituto Cubano del Libro, 1967, p.336;

6. Alejo Carpentier: “Lo barroco y lo real maravilloso”, Idem, pp. 38-65. Cita en p.51;

7. Idem, cita en p.54;

8. Idem, cita en p.60;

9. _______________: “La novela latinoamericana en vísperas de un nuevo siglo”, en Ensayos, La Habana, Editorial Letras Cubanas, 1984, pp. 148-167. Cita en p. 162-163;

10. Ibidem, cita en p. 163;

11. _______________: “Problemática del tiempo y del idioma en la nueva novela latinoamericana”, Ed. Cit. Cita en p. 87;

12. _______________: “Un camino de medio siglo”, Ed. Cit. Cita en p. 36-37;

13. _______________: “Conciencia e identidad de América”, Ed. Cit. Cita en p. 8;

14. _______________: “Literatura y conciencia política en América Latina”, en Ensayos, Ed. Cit. Cita en p. 56;

15. Idem;

16. _______________: “Conciencia e identidad de América”, Ed. Cit. Cita en p. 10

 
1 comentario

Publicado por en 1 de octubre de 2012 en ARTICULO Y OPINIONES

 

Etiquetas: , , , , , , , , , , , , , , , ,

 
Seguir

Recibe cada nueva publicación en tu buzón de correo electrónico.

Únete a otros 3.288 seguidores

A %d blogueros les gusta esto: