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Bosch: Mi encuentro con Hostos “Volví a Nacer”

La repuesta a todas esas preguntas, que a menudo me ahogaban en un mar de angustia, me la dio Eugenio María de Hostos, 35 años después de haber muerto. (…) la lectura de los originales de Eugenio María de Hostos me permitió conocer que fuerza mueven, y como la mueven, el alma de un hombre consagrado al servicio de los demás”, (Juan Bosch, Hostos el sembrador)

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Dos en uno: Hostos maestro de maestro con el maestro apóstol Juan Bosch. Oleo de Minguel Nuñez pintor de la patria.

“El hecho más importante de mi vida hasta poco antes de cumplir 29 años fue mi encuentro con Eugenio María de Hostos, que tenía entonces casi 35 años de muerto. El encuentro se debía al azar; pues, buscando trabajo, lo halle como supervisor del traslado a maquinilla de todos los originales de aquel maestro de excepción… (…) Eugenio María de Hostos, que llevaba 35 años sepultado en la tierra dominicana, apareció vivo ante mí a través de su obra, de sus cartas, de papeles, que iban revelándome día tras día su intimidad; de manera que tuve la fortuna de vivir en la entraña misma de uno de los grandes de América, de ver cómo funcionaba su alma, de conocer –en sus matices más personales- el origen y el desarrollo de sus sentimientos. Hasta ese momento, yo había vivido con una carga agobiante de deseo de ser útil a mi pueblo y a cualquier pueblo, sobre todo si era Latinoamericano; pero, para ser útil a un pueblo, hay que tener condiciones especiales. ¿Y cómo podía saber yo cuales condiciones eran esas, y como se las formaba uno mismo sino las había traído al mundo, y como las usaba si las había traído?

La repuesta a todas esas preguntas, que a menudo me ahogaban en un mar de angustia, me la dio Eugenio María de Hostos, 35 años después de haber muerto. (…) la lectura de los originales de Eugenio María de Hostos me permitió conocer que fuerza mueven, y como la mueven, el alma de un hombre consagrado al servicio de los demás”, (Juan Bosch, Hostos el sembrador)

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EN SU 105 ANIVERSARIO DE SU NACIMIENTO. ¡JUAN BOSCH UN HOMBRE DE SIEMPRE!

JUAN BOSCH
JUAN BOSCH

A continuación presentaremos la historia de un conflicto entre la República Dominicana y la República de Haití, precisamente en el gobierno del Profesor Juan Bosch,en el año 1963. El conflicto pudo devenir en una guerra entre los dos Estados,pero que sea el propio Profesor Juan Bosch que nos narre los pormenores de esa  historia. Antes de entrar en materia para referirse al caso, hace a modo de introducción un bosquejo de la historia del origen del pueblo haitiano.

TOMADO DEL CAPITULO XVII  DEL LIBRO: “CRISIS DE LA DEMOCRACIA DE AMÉRICA EN LA REPÚBLICA DOMINICA”
  XVII– EL CONFLICTO CON HAITÍ
Hoy se le llama a Cuba la “Perla de las Antillas”; ese sobrenombre, sin embargo, había sido originalmente dado a la isla Española, antigua Santo Domingo o Saint-Domínguez.
En realidad, la altura de sus montañas, la densidad y la riqueza de sus bosques, la abundancia de aguas, la extensión, el número y la asombrosa fertilidad de sus valles justificaba que se le llamara así. Fue un hecho político lo que la degradó a los ojos de los viajeros y los estudiosos; y ese hecho político consistió en la división de la isla en dos países de historia, lengua y origen diferentes: Haití y la República Dominicana.
Cuando la isla quedó dividida, dejó de llamarse la “Perla de las Antillas”.
La presencia de Haití en la parte occidental de la isla Española equivalió a una amputación del porvenir dominicano. Lo que era el porvenir visto desde mediados del siglo XVI es, en la segunda mitad del siglo XX, un pasado de más de trescientos años. Así, los dominicanos no podemos escribir nuestra historia ignorando ese pasado, pues todo el curso de la vida de nuestro pueblo en las tres últimas centurias ha sido configurado por ese hecho: la existencia de Haití al lado nuestro, en una isla relativamente pequeña.
La existencia del Pueblo dominicano fue el resultado de la expansión española hacia el oeste; la de Haití, el resultado de las luchas de Francia, Inglaterra y Holanda contra el imperio español. De manera que al cabo de los siglos, los dominicanos somos un pueblo amputado a causa de las rivalidades europeas. Nuestra amputación no se refiere al punto concreto de que una parte de la tierra que fue nuestra sea ahora el solar de otro pueblo; es algo más sutil y más profundo, que afecta de manera consciente o inconsciente toda la vida nacional dominicana. Los dominicanos sabemos que a causa de que Haití está ahí, en la misma isla, no podremos desarrollar nunca nuestras facultades a plena capacidad; sabemos que un día u otro, de manera inevitable, Haití irá a dar a un nivel al cual viene arrastrándonos desde que hizo su revolución. En aquellos años finales del siglo XVIII y los primeros del siglo XIX, nadie quiso invertir un peso en desarrollar, por ejemplo, la industria azucarera dominicana, por miedo a las invasiones de Haití. El azúcar y el café de Haití habían dejado de fluir a los mercados de Europa y de los Estados Unidos, y aunque ninguna tierra era más apropiada para producirlos que la de Santo Domingo, los capitales para suplir la producción haitiana prefirieron ir a Cuba. El desarrollo de Cuba comenzó entonces; en cambio, el de nuestro país se estancó, primero, y descendió luego, pues la gente más capaz y más acomodada económicamente abandonó la parte española de la isla por miedo a la revolución haitiana.
La isla Española tenía frente a su costa noroccidental una pequeña isla adyacente, La Tortuga; el Gobierno colonial español abandonó La Tortuga porque le era costoso en hombres y en dinero defenderla de incursiones inglesas y francesas, y así fue como La Tortuga pasó a manos de piratas franceses y más tarde a manos del Gobierno francés. Desde La Tortuga, poco a poco, los blancos franceses fueron acomodándose en los pequeños valles fértiles de la parte norte del oeste de la Española; fueron llevando esclavos y organizando plantaciones de caña y de índigo, de manera que cuando España vino a darse cuenta, ya había en su colonia una población de franceses que se consideraban por derecho de conquista colonos franceses, parte del imperio colonial de Francia, sin deber de obediencia al Gobierno español. Al principio, esa colonia francesa de facto se llamaba Saint-Domínguez; después pasó a llamarse Haití. Al principio, España la dejó estabilizarse por indolencia; después, tuvo que reconocer su existencia, y al cabo, en el siglo XVIII, debilitada por su continuo guerrear en Europa, España admitió que Haití era de derecho colonia de un poder extranjero.
He contado con ciertos detalles lo que pasó en la colonia de Haití cuando los esclavos se rebelaron contra sus amos a consecuencia de la agitación que produjo en la colonia la Revolución Francesa; lo hice en mi libro Trujillo: causas de una tiranía sin ejemplo. No voy, pues, a repetirme; pero sucintamente explicaré que de esa rebelión surgió, al comenzar el siglo XIX, la República de Haití, y que ésta tenía ya dieciocho años de vida cuando los dominicanos se declararon independientes de España y protegidos de Colombia.
Menos de dos meses después de esa acción política dominicana, los ejércitos de Haití cruzaron la frontera y extendieron su gobierno a toda la isla. Así se explica por qué la República Dominicana, establecida en 1844, surgió en guerra contra Haití y no contra España, que había sido su metrópoli original.
Esa guerra, que en la historia dominicana se conoce con el nombre de “guerra de independencia” —aunque en los días en que se llevaba a cabo se llamaba, con mayor propiedad, “de separación”— fue la culminación de una lucha larga, que se había iniciado desde el siglo XVII, que se mantuvo prácticamente todo el siglo XVIII, y que tuvo a principios del siglo XIX páginas sombrías con las invasiones de Toussaint, de Dessalines y de Cristóbal. Los dominicanos, pues, formaron su sentimiento nacional peleando, primero contra los franceses de la región occidental, y después contra sus herederos, los haitianos.
Me veo en el caso de repetir ahora lo que dije en mi libro sobre Trujillo acerca de la revolución haitiana: ha sido la única revolución en la historia moderna que fue a la vez guerra de independencia —de colonia contra metrópoli—, guerra social —de esclavos contra amos— y guerra racial —de negros contra blancos—. La violencia de esas tres guerras en una resultó devastadora; en términos absolutos, no relativos, los antiguos esclavos destruyeron toda la riqueza acumulada en Haití durante la colonia, y esa riqueza era mucha. Sin embargo —y esto no lo dije en aquel libro porque estaba haciendo el análisis de un problema dominicano, no haitiano— sucede que en cierta medida, el aspecto destructor de la revolución haitiana ha sido continuo; de hecho, Haití ha seguido, a lo largo de su vida independiente, en guerra constante contra todo núcleo humano y social que pudiera convertirse, por cualquier vía, en sustituto de los colonos franceses.
Esa especie de guerra social perpetua, que en su origen fue de negros contra blancos —debido a que los negros eran los esclavos y los blancos los amos—, derivó después hacia la matanza de los mulatos y se ha conservado como lucha sin cuartel de los negros contra los mulatos. Las carnicerías de los tiempos de Soulouque, en que los mulatos eran las víctimas, encogen el ánimo del que estudia la historia de Haití. Ahora bien, sucede que los mulatos eran los que —tal vez por ser hijos de blancos, y por tanto disponían de más medios— se preparaban para ser burócratas, comerciantes, profesionales; formaban élites que al principio no tenían sustancia económica pero que al final adquirían bienes, con lo cual amenazaban convertirse en minorías con poder económico. Al mismo tiempo que esas matanzas, con sus naturales consecuencias de inestabilidad política, retardaban el desarrollo del país, los gobernantes usaban el poder para hacer negocios, para enriquecerse y sacar dinero hacia Europa o —más recientemente— hacia Estados Unidos; de donde resultaba que se expoliaba a un pueblo pobre, se le robaba a la miseria. Y al tiempo que eso iba sucediendo década tras década, la población haitiana crecía, su tierra se erosionaba, los medios del Estado eran cada vez menos de los que se necesitaban para darle al Pueblo educación y salud. Fue así como de manera natural, como rueda una bola por un plano inclinado, Haití vino a caer bajo la tiranía de François Duvalier, quien tenía ya años gobernando cuando se estableció en la República Dominicana el régimen democrático que me tocó presidir.
Duvalier corresponde a un tipo psicológico que se halla en las sociedades primitivas; el hombre que a medida que va adquiriendo poder de cualquier clase va llenándose por dentro de una soberbia que lo transforma día a día físicamente, lo envara, le da insensiblemente la apariencia de un muñeco que se yergue y se yergue hasta que parece que va a caerse de espaldas o que va a volar; al mismo tiempo, los párpados bajan, la mirada se torna fría y adquiere un brillo como de hechicería, el rostro se inmoviliza gradualmente y la voz va haciéndose cada vez más imperativa y sin embargo más baja y escalofriante. En esos seres, la conciencia del poder se traduce en transformaciones físicas; crean en torno suyo una atmósfera que es como una emanación de brujos, y como sucede que a esos cambios van correspondiendo otros en el seno de su alma, mediante los cuales se hacen gradualmente insensibles a todo sentimiento humano hasta llegar a ser puros receptáculos de pasiones sin control, esos hombres acaban siendo peligrosos porque se niegan a aceptar que son simples seres humanos, mortales y falibles, y no delegados vivos de las oscuras fuerzas que gobiernan los mundos.
El que desee comprobar la verdad de lo que acabo de decir no tiene sino que tomar una fotografía  de François Duvalier hecha en 1955, por ejemplo, y otra hecha en 1964. Son dos hombres diferentes, versión haitiana de los dos Dorian Gray de Oscar Wilde.
En el lado sur de la frontera que divide a la República Dominicana de Haití se ven de tarde en tarde tipos a lo Duvalier; labriegos que eran gente corriente y moliente hasta la hora en que se sintieron poseídos por un poder que ellos llaman “religioso”, y empezaron a dictar recetas, a recomendar curaciones, a crear ritos propios, y con ello comenzaron a cambiar de aspecto hasta convertirse en estampas de caudillos de pueblos de la selva. Son locos con poderío, como en un nivel más alto lo fue Hitler.
Ignoro debido a qué, tan pronto resulté electo Presidente,  Duvalier resolvió matarme. Tal vez soñó conmigo e interpretó el sueño como una orden de quitarme la vida; quizá en un acceso de hechicería vudú uno de sus espíritus protectores le dijo que yo sería su enemigo. Es el caso que escogió un antiguo agente del espionaje de Trujillo, que había sido Cónsul de Haití en Camagüey —Cuba— y le encargó mi muerte. Durante toda la campaña política, yo no me había referido ni una sola vez a Duvalier. La Unión Cívica hizo varias declaraciones acerca de su tiranía, y si no recuerdo mal el doctor Fiallo se refirió también a él. Pero yo no lo hice porque no me parecía prudente meter en Santo Domingo problemas ajenos y además, porque si yo resultaba elegido Presidente de la República, no era cuerdo que llegara a esa posición comprometido en el orden internacional por declaraciones hechas al calor de la campaña política. Yo no me había ganado, pues, enemistad de Duvalier; era gratuita, aunque debe presumirse que de origen extrahumano. Por todo lo que he dicho acerca de la actitud del Pueblo dominicano en relación con la existencia de Haití, y por lo que he relatado brevemente sobre las largas hostilidades entre dominicanos y haitianos, debe presumirse cuál fue la reacción de los dominicanos cuando de buenas a primeras llegó a Santo Domingo, dada a través de una estación de radio, la noticia de que fuerzas policíacas de Duvalier habían asaltado el local de nuestra embajada en Puerto Príncipe, capital de Haití. En una hora, el Pueblo estaba agitado, los partidos políticos se reunían, las estaciones de radio lanzaban boletines al aire y al Palacio Nacional llegaban montones de telegramas denunciando la agresión.
Hacía algunas semanas que en Haití se producían actos de terrorismo contra el Gobierno de Duvalier; éste había solicitado el retiro de la misión militar norteamericana; altos jefes militares eran depuestos y encarcelados; un señor Barbot, que había sido el fundador de la milicia armada de Duvalier —los tonton macutes, asesinos tenebrosos— daba asaltos aquí y allá, en los alrededores de Puerto Príncipe; civiles y militares perseguidos se asilaban en las representaciones diplomáticas de la América Latina, y la dominicana tenía varios asilados.
Un día llegó a la embajada de nuestro país un teniente haitiano de apellido Benoit y pidió asilo, que se le concedió, desde luego; al día siguiente, los hombres de Barbot dispararon contra el automóvil de Duvalier, que llevaba a los hijos del dictador a la escuela. La respuesta de Duvalier fue instantánea: mandó asaltar la Embajada dominicana y al mismo tiempo sus matones entraron en la casa de la familia de Benoit, dieron muerte a todos los que había allí —incluyendo la madre de Benoit y una niña— y quemaron la vivienda. Duvalier, pues, había agredido a la República Dominicana en su representación diplomática.
Ese día era domingo, y si no recuerdo mal, estábamos a principios de mayo. De súbito comenzaron a llegar noticias que daban indicios de que Duvalier tenía un plan: familiares de Trujillo estaban arribando a Haití, guardias haitianos armados rodeaban la Embajada dominicana, los correos diplomáticos dominicanos habían sido detenidos antes de llegar a la frontera, el Cónsul nuestro en la villa fronteriza de Belladere, estaba preso.
En la noche hablé por radio y televisión y denuncié ante el Pueblo todos esos actos de locura que estaba realizando Duvalier, y mientras en la Cancillería se trabajaba redactando cables a Puerto Príncipe y a la OEA y notas para la prensa, yo elaboraba, después de haber hablado, un plan de acción que podía librar a haitianos y a dominicanos de los peligros que podía desatar sobre ambos países un gobernante que no estaba en sus cabales. El plan era simple y no costaría una gota de sangre: la República Dominicana movilizaría tropas y las concentraría en la frontera del sur, en el punto más cercano a la capital de Haití, y la movilización se haría en tal forma que diera la impresión indudable de que esas fuerzas iban a avanzar por Haití; una vez creado el clima adecuado, la aviación militar dominicana volaría sobre Puerto Príncipe y dejaría caer hojas sueltas en francés pidiendo al Pueblo de la capital vecina que evacuara los alrededores del Palacio Presidencial, porque los aviones dominicanos iban a bombardear en un plazo de horas. Yo estaba seguro de que, dado el estado de agitación que había en Haití y la preparación del ambiente que estábamos haciendo en Santo Domingo, Duvalier huiría sin que hubiera necesidad de disparar un tiro.
Pero este plan tenía un punto débil: yo no podía confiárselo a nadie, ni siquiera a los jefes militares que iban a participar en él. Si le decía a alguien que todos los movimientos dominicanos serían aparentes, que no íbamos a llegar a la guerra, no tardaría en saberse, y había que contar con la irresponsabilidad de la mayoría de los líderes de la llamada oposición; uno de ellos, tal vez dos, quizás tres, se plantarían, con toda seguridad, frente a un micrófono y me acusarían de comediante y denunciarían el plan. De hecho, en medio de la crisis, uno de esos líderes dijo que todo aquello lo había inventado yo porque quería figurar en la historia como el conquistador de Haití, valiente majadería, pues el día que los dominicanos hagan la conquista de Haití —si ello fuere posible alguna vez— lo que harían sería comprar a precio alto los problemas de Haití para sumarlos a los problemas dominicanos.
Los campesinos dominicanos dicen, cuando algo no está completamente terminado, que “falta el rabo por desollar”, con lo cual aluden al rabo del cerdo muerto, y en el caso de mi plan había un rabo por desollar: ¿qué podía suceder si el dictador haitiano no emprendía la fuga? No había sino una respuesta: las tropas dominicanas debían avanzar sobre Haití; pero avanzar poco, unos kilómetros, lo suficiente para dar la sensación de que iban a atacar de veras. Yo estaba seguro de que la población haitiana de la región fronteriza no haría resistencia; si se hacía indispensable, la aviación dispararía dos o tres bombas en sitios donde no causaran bajas.
En ese punto, ocurrió un misterio: los generales dominicanos llegaron a decirme que los camiones del ejército no tenían repuestos de llantas, que no estaban en condiciones de transportar las tropas. ¿Quién les había aconsejado que usaran esa coartada? Hasta la noche antes habían estado muy entusiasmados con la movilización, y de pronto, “los camiones militares no servían”.
El embajador Martin fue a verme, alarmado, y era la primera vez que le veía alarmado. La posibilidad de una guerra domínico-haitiana lo había inquietado, sin duda porque había inquietado al Departamento de Estado. En esos mismos momentos, Moscú, Pekín, La Habana y el MPD en Santo Domingo me acusaban de ser un muñeco en manos del  “imperialismo yanqui” para agredir a Haití. La situación era tristemente cómica, pues era precisamente el llamado “imperialismo yanqui” el que obstaculizaba la decisión dominicana de resolver el problema haitiano.
De pronto, unos días después, el embajador Martin me visitó en mi casa para decirme que su Gobierno esperaba en pocas horas la salida de Duvalier de Haití; me dijo que ya estaba en el aeropuerto de Puerto Príncipe un avión de la KLM en el cual Duvalier viajaría hasta Idlewild, de ahí a Amsterdam y de Ámsterdam a Argelia, donde Ben Bella le había ofrecido asilo. Le expresé mis dudas al embajador Martin.
“Duvalier no se va”, le dije; él me aseguró que sí. Durante el día me visitó otra vez, en la noche me telefoneó dos veces para mantenerme informado de lo que estaba sucediendo en Haití; por la mañana fue a verme a las cinco, convencido de que Duvalier se iría. En todos los casos le respondí lo mismo: “No se va”. Y no se fue.
Pocos días después, por un cubano exiliado me enteré de que en una zona militar, en el interior del país, oficiales dominicanos estaban entrenando haitianos. ¿Cómo era posible que estuviera haciéndose tal cosa sin mi conocimiento?
Llamé al Ministro de las Fuerzas Armadas, lo interrogué, me dijo que era verdad y le ordené disolver el campamento.
Una cosa era librarse de Duvalier en una coyuntura favorable, a la luz del sol, como debe operar siempre una democracia, y otra cosa era preparar fuerzas de haitianos para lanzarlos a una invasión; esto último era violar el principio de no intervención, lo cual podía quitarnos autoridad si en esa hora convulsa del Caribe algún Gobierno decidía hacer lo mismo con nosotros. A partir de ese momento, decidí esperar una oportunidad propicia para buscarle solución al problema que planteaba la presencia de Duvalier en el Gobierno de Haití.
Sin embargo, he aquí que un buen día, al leer la prensa en las primeras horas de la mañana me enteré de que el general León Cantave había invadido Haití por la costa norte.
El general Cantave había estado a verme para pedirme ayuda y yo le había respondido que el Gobierno dominicano no podía hacerlo. ¿De dónde salió la expedición de Cantave; quién la armó, quién la respaldó? Eso era un misterio que debía aclararse. Hice una reunión de jefes militares, les interrogué sobre todas las posibilidades que se me ocurrían; pedí detalles acerca de los tipos de armas que usó Cantave. Nadie sabía nada. De acuerdo con sus informes, Cantave no había salido de territorio dominicano, no había recibido la menor ayuda de las fuerzas armadas dominicanas, y en los depósitos dominicanos no había armas similares a las que había llevado Cantave a Haití.
Algo andaba mal. Si el general Cantave no había salido de Santo Domingo, había salido de alguna de las islas vecinas —Las Bahamas, de bandera inglesa—, y si había salido de esas islas, ¿quién lo ayudaba? Le hice la pregunta, de manera abierta, al embajador Martin. Me respondió que él no sabía, que su Gobierno no sabía, pero que algunos de sus ayudantes presumían que Cantave había contado con la ayuda de Venezuela. Eso me pareció imposible; primero, porque el presidente Betancourt tenía encima las guerrillas comunistas y no iba a autorizar, con esa acción, un acto parecido al de Fidel Castro contra su Gobierno; segundo, porque si Betancourt hubiera tenido que ver en la invasión de Cantave, me lo hubiera hecho saber. “¿Hay en la Florida algún lugar que se llame Venezuela?”, le pregunté riendo al embajador Martin. “No, no lo hay”, respondió él, riendo también.
Pocos días antes del golpe de Estado, quizá tres días antes, me hallaba en mi despacho del Palacio Presidencial cuando a eso de las seis de la mañana me dijo el jefe de los ayudantes militares que los haitianos estaban atacando Dajabón, villa dominicana en la frontera del norte. Efectivamente, en las calles de Dajabón caían balas que procedían del lado haitiano, de la Villa de Juana Méndez —Ouanaminthe, en el patois de Haití—, que queda frente a Dajabón, a menos, tal vez, de dos kilómetros. Cuando la situación se aclaró, unas horas después, se supo la verdad: el general Cantave había entrado en Haití de nuevo y había atacado la guarnición de Juana Méndez.
El combate fue bastante largo, con abundante fuego de fusilería y de ametralladoras. ¿De dónde había sacado Cantave, otra vez, armas y municiones?
Al día siguiente, con asombro de mi parte, vi en la prensa una foto de Cantave en un cuartel de Dajabón. Había cruzado la frontera, como la habían cruzado otros haitianos, algunos de ellos heridos; pero Cantave estaba vestido como quien iba a un baile de gala, no como quien llegaba de un combate; y eso indicaba que el general haitiano tenía ropa en Dajabón o en algún lugar cercano. Por primera vez, mis sospechas hallaban un hilo que podía seguirse hasta dar con el ovillo. Hice llamar al Ministro de Relaciones Exteriores y al de las Fuerzas Armadas. “Tenga la bondad de solicitar de la OEA que envíe una comisión para que pruebe sobre el terreno que la agresión a Haití no partió de la República Dominicana”, le dije al primero.
¿Tuvo esa decisión alguna parte en el golpe de Estado?
A menudo pienso que sí; pues si la OEA investigaba —y mi plan era que investigara a fondo— yo llegaría a saber qué mano oculta manejaba los hilos de una intriga que nos ponía en ridículo como Gobierno, que restaba autoridad al Presidente de la República, el responsable ante el país y ante los organismos internacionales de la política exterior dominicana, y que nos exponía a los dislates de un tirano que era capaz de todo.
 Espero que algún día se aclare el misterio en que están envueltos los repetidos y extraños incidentes domínico haitianos de 1963 

English: Coat of arms of the Dominican Republi...

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COSAS DE LA ERA DE TRUJILLO

POR ELÍADES ACOSTA MATOS

El informe remitido al Jefe hoy, 27 de mayo de 1955, decía textualmente:
“El pasado miércoles 25 del corriente, a las diez y media de la mañana, fui a la penitenciaría La Victoria y allí conversé con el señor Anselmo Paulino Álvarez y le ofrecí mis servicios de abogado para defenderlo en la Corte de Apelación. Él aceptó y me dio una carta para el Presidente de la Corte, informándole que yo lo defendería en dicha jurisdicción. Me dijo que se siente un fuerte dolor en una pierna y que ha empeorado en su quebranto de una hernia. Me dijo también que su único amparo y esperanza en el mundo es Vuestra Excelencia…”
Había algo de cierto en esta última parte, la de los quebrantos, pero no todo: la verdad es que el hombre que tuve sentado frente a mí en La Victoria, no era el mismo semi-dios potente y tronante que había visto al lado del Jefe en tantos actos y tantas ocasiones, siempre guardando una astuta distancia y aparentando un afectado aire de modestia y eficiencia, perennemente enfundado en alguno de los 500 trajes que colmaban su ropero. Pero de todas formas, tampoco era el aplastado reo que esperaba hallar, abandonado y traicionado por todos, condenado y olvidado, destinado a un eterno no ser vegetativo, mendigando del Jefe alguna sonrisa, una mueca amistosa, una señal, al menos una migaja, desde el fango adonde el simple chasquear de los Altos Dedos lo había lanzado. Y eso para mí, joven e inexperto abogado, recién salido del cascarón a la vida, era lo más sorprendente de aquella, más que sorprendente tarea asignada.
No dije toda la verdad en mi informe, lo reconozco. Haciendo uso de una audacia inusual en mí, que soy más bien un hombre apocado, estudioso, callado y observador, no le conté al Jefe de ese aire como de jugador empedernido que observé en el prisionero, presagio de quien tiene una buena mano de reserva y se dispone a jugarla, para alzarse con el botín acumulado en la mesa de juego. Algo en mi interior me aconsejó no tomar nota de ella, a pesar de ser más que visible, porque, a fin de cuentas, podía ser una impresión inexacta, convirtiéndome, por el solo hecho de haberla captado, en actor de primera fila de un drama, de tan alto vuelo, que escapaba no solo a mi saber profesional, sino a mi comprensión natural de la vida y las personas.
Allí estaba ante mí, como vulgar reo de La Victoria, igual de gordo, pelado al rape y embutido en una muda presidiaria tosca, aunque limpia, el otrora “Glorioso Paulino”, el “Ojo Mágico de Trujillo”, el predestinado -se decía- a sucederle; uno de los pocos seres humanos sobre la Tierra capaces de dormir dos o tres horas cada día, levantarse antes que el Jefe, presentarle los informes nacionales e internacionales que este requería, y que debían contener, en hojas de mecanografía perfecta y una textura determinada, desde la ubicación exacta, en el día anterior, de Juan Bosch y el general Juancito Rodríguez, hasta la cotización del azúcar en la Bolsa de New York, sin olvidar quiénes se alojaban en cada uno de los hoteles de la República y qué cargaban los camiones procedentes de Haití.
Frente a mis lápices, idénticamente afilados; mis hojas de papel esmeradamente alineadas, mi ejemplar del Código Penal escrupulosamente conservado y encuadernado, me observaba burlonamente, con su único ojo semi-oculto tras las Ray Bahn, el mismo dignatario legendario que había negociado las indemnizaciones tras la masacre de 1937, el encuentro de los dos Generalísimos, “…por la Gracia de Dios”, la construcción del coloso azucarero sobre el río Haina y hasta el Concordato con la Santa Sede.
Y, claro está, ¿cómo iba a sentirse, ante aquella mirada socarrona y altanera, apenas disimulada, un pichón de abogado, caído del cielo, sin experiencia previa, recién graduado, a quien, vaya usted a saber por qué, le habían designado para esta tarea?
No se defendió de las acusaciones que lo habían llevado a este calvario. No tuvo una sola palabra de arrepentimiento. Ni siquiera intentó negar que había estafado tres mil pesos a Prin González, ni recibido un cuarto de millón de pesos, como agradecimiento, de los ingenieros Caro y Trueba por haber influido para que se les concediera la obra del hospital “Angelita” y que, en los interrogatorios, estos declararon, seráficamente, creían destinados a nutrir los fondos del Partido Dominicano. Tampoco mostró pena alguna por la estafa a que sometió a Perín González Tejada, tras la venta de su finca en Las Cabullas; ni por el montaje realizado con su hermano, el capitán Cristóbal, del Ejército Nacional, El Niño, mediante el cual robaron la mitad de los diez mil pesos que el Jefe regaló al Licenciado Luis Manuel Cáceres y que este nunca solicitó, cuando le informaron que “atravesaba una difícil situación económica y que, en consecuencia, solicitaba ayuda”.
Lejos de interesarse por mis preguntas, de cuyas respuestas, supuestamente, dependía su libertad, el prisionero Anselmo Paulino, otrora Mayor General; otrora Secretario de Estado sin Cartera, otrora Cónsul en Cabo Haitiano; otrora Supervisor de la Policía Nacional y de la Policía Especial de Carreteras; otrora Diputado y Gobernador por la provincia Libertador; otrora Comisionado Especial en la Frontera; otrora Inspector General de las Órdenes del Poder Ejecutivo; otrora canchanchán y cúmbila del Jefe, me miraba divertido, desde una altura arrogante, un tanto fastidiado por su tiempo, como quien espera que una formalidad aburrida, pero imprescindible, termine lo antes posible.
Varias veces bostezó mientras le leía las acusaciones y denuncias en su contra formuladas por el señor David Henríquez, a quien robó una finca en Moca y por el ingeniero americano Antonio T. Molini, por el tumbe en la construcción de los puentes en la carretera de San Juan de la Maguana a Elías Piña. Parecía indiferente o inmune a las consecuencias de sus actos, o más bien, sabedor experto de que nada de aquello le afectaría en lo más mínimo, como si por alguna Suprema Decisión, resbalasen sobre su curtida piel de cortesano maquiavélico, acostumbrado a jugadas rocambolescas que escapaban a la comprensión de los simples mortales, yo incluido.
Pedí un vasito de cartón con agua, cuando terminé de leerle el rosario de delitos cometidos y fehacientemente probados. Me miraba con sorna, mientras lo tomaba a pequeños intervalos, como quien se ve obligado a presenciar una ópera bufa, mal actuada.
“Mi nombre es Anselmo Paulino Álvarez -contestó con timbre marcial en la voz, ante una de mis preguntas- dominicano, 44 años de edad, soltero, propietario de la cédula personal de identidad No. 37288, serie 1ra, con sello R.I, año 1955, No 94”.
Debo admitirlo, aunque peque de ingenuidad: me sentí honrado cuando me comunicaron que, por decisión del Jefe, se me había asignado Defensor de Oficio del reo más importante que albergaban las cárceles de la República; alguien que lindaba con la leyenda por su anterior estrecha amistad con el Benefactor; un personaje, aún caído en desgracia. Y digo aunque peque de ingenuidad, porque la verdad de esta extraña e inesperada designación, que recayó en un abogado inexperto y anodino como yo, se fue abriendo paso en mi mente en la misma medida que el ojo huérfano de Anselmo Paulino me iba taladrando con su burla y se me hacía evidente que, lo que se necesitaba de mí, era la simple apariencia de una farsa.
Pensando en el informe que debía presentar al mismo Jefe, tras esta entrevista, acomodé en mi cartera los lápices, libros y papeles, buscando un zafacón para el vasito. Ya me disponía a partir, sin tener nada en claro sobre el caso de un evidente criminal que no se defendía y que para poderlo encerrar, las autoridades habían tenido que inventar una trama inconcebible de violaciones al uso de la cédula de identidad y de placas falsas en su auto. Fue entonces que sentí su voz a mis espaldas, la misma voz firme y segura de los buenos tiempos; la del otrora Mayor General, Cónsul, Secretario de Estado, etc:
-“¿No te has preguntado, abogadito- masculló, a media voz, aunque con don de mando- por qué el Jefe no me ha mandado a matar, si yo robé, como dicen, su dinero? ¿Te parece natural que el Benefactor perdone la vida de quien haya burlado su confianza y traicionado, como dicen, su amistad?”
Quedé en una pieza y solo atiné a voltearme, temblándome el vasito entre las manos.
-“¿Algo no te dice, abogadito, que se trata de algo de mucha más altura y alcance; y que en ello, como siempre, hasta el fin de los tiempos, estamos unidos el Jefe y yo?”
Salí de la celda de los interrogatorios como pude. Palpitante y extraviado, aún sostenía el vasito de cartón en mis manos, horas después.
“Él está harto de malagradecidos, esposas gordas, hijos inútiles y gente cobarde y gris a su alrededor- murmuró con chispas en su ojo menguante- Harto de adulones vulgares. Harto de ser Dios. Mi supuesta prisión, posterior liberación y enfermedad, son los primeros pasos para sacar del país los millones que nos permitan correr una farra olímpica en París, Madrid, Montecarlo y Mónaco, y que nos dure lo que nos resta de vida… Yo saldré primero… Para algo tiene que servir el dinero, ¿verdad abogadito? Para la libertad …”
Parecía indiferente o inmune a las consecuencias de sus actos, o más bien, sabedor experto de que nada de aquello le afectaría en lo más mínimo, como si por alguna Suprema Decisión, resbalasen sobre su curtida piel de cortesano maquiavélico, acostumbrado a jugadas rocambolescas que escapaban a la comprensión de los simples mortales, yo incluido.

 

Héroe nacional coronel Rafael Tomas Fernandez Dominguez

Maximo Augusto Mancebo Matos

English: Coat of arms of the Dominican Republi...
 Un  19 de mayo, en 1965 , murió acribillado por las balas de los franco tiradores de las tropas invasoras YANKIS, el héroe nacional coronel Rafael Tomas Fernandez Dominguez, real organizador del movimiento militar que derroco el gobierno ilegito de el triunvirato encabezado por Robert Reed Cabral. Dicho movimiento tenia como objetivo restablecer el gobierno constitucional encabezado por el profesor juan Bosch,que había sido derrocado el 25 de septiembre de 1963, por un golpe militar encabezado por el general Elias wessin y wessin, cumpliendo ordenes de la misión militar de la embajada norteamericana. El coronel Rafael Tomas Fernandez Dominiguez, que estaba enterado de la trama contra el el gobierno constitucional y democratico, le planteo al presidente Bosch, resistir la trama del golpe de estado, el profesor Bosch lo convenció de que no había condiciones para impedir que se ejecutara dicha traición a la patria en esos momentos, Desde esos momentos del acontecimiento funesto del derrocamiento del gobierno constitucional y democrático, el coronel Rafael Tomas Fernandez Dominguez, comienza a conspirar para restablecer el gobierno del profesor Juan Bosch. Este ilustre coronel de nuestro ejercito nacional, fue el militar que involucro a todos los militares constitucionalistas, incluido el coronel camaño, que fue su amigo entrañable, y que posteriormente asumió el liderazgo y enfrento la grosera e intrusa intervención de 42 mil marines, del país mas poderoso del mundo. Paz y Gloria al coronel Rafael Tomas Fernandez Dominguez y al coronel Francisco Alberto Camaño de Deño, Héroes de la patria.

 

JUAN BOSCH: UN PERIODISTA HAITIANO EN SANTO DOMINGO

Por allá por los años de 1933, nos visito aquí en Santo Domingo, el poeta y periodista Haitiano Charles F.Pressoir, el entonces joven intelectual Juan Bosch, con apenas 23 años de edad, escribió en la  Revista Bahoruco,  No. 159, Santo Domingo, 23 de agosto de 1933, p.9.  las impresiones que tan distinguido visitante e intelectual Haitiano le habían causado.

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 Charles  F.  Pressoir  está  en  Santo  Domingo.  Le  vi,  cuando  saludaban  un  amigo,  bajar  a  saltos  la  escalinata  del  hotel;  pero  como  no  lo  esperaba  y,  como  además,  tiene  figura  tan  nuestra,  tan  criolla,  no  me  fijé  en  él.  Vino  luego  esa  sonrisa  distinguida,  la amplia  mano  tendida.
-¡Pressoir!
-El  mismo – contesta  en  su  perfecto  español.
Pressoir  es  ahora  secretario  del  “Comité  Domínico-Haitiano  de  Relaciones  Culturales”.  Es  además,  abogado  al  servicio  de  su  gobierno.  Pero  eso  no  pasa  de  tonterías.  Lo  importante  está  en  que  su  libro  Al  ritmo  de  los  convites  le  coloca  en  primer  plano  entre  los  grandes  poetas  haitianos.  Dígalo  sino  su  traducción  al  inglés  debida  a  Enma  Nerthley  Underwood.  Lo  importante,  “ítem  y  más”,  está  en  su  prolífica  labor  periodística  en  Haity  Journal,  del  que  es  redactor,  Temps,  la  revista  de  Charles  Monavia  y  Action  Nationale;  sus  dedicaciones  de  estudio  a  los problemas  domínico  -haitianos;  su  obra  Cartas  a  Juan,  parida  de  un  fino  humorismo.
Viendo  a  Pressoir  se  explica  uno  su  gran  capacidad  de  trabajo,  esa  facilidad  de hacer  mil  cosas  distintas  y  hacerlas  bien;  es  pequeño,  inquieto  como  una  culebrilla,  de  conversación  amena  y  fácil.
-Oiga – nos  dice – :  nuestra  lucha  por  enseñar  el  español  en  Haití  es  tan  grande,  que  casi  toda  la  mitad  de  la  población  de  Jeremie  habla  español.
Calla  un  rato.  Su  silencio  está  lleno  de  sonrisas  y  distinción.
-Francamente – agrega – entre  nosotros  sobra  la  frontera.  Si  logramos  conseguir  que  en  Haití  se  habla  español,  dentro  de  diez  años  la  isla  tendrá  un  corazón  sólo.
Es  además  un  hombre  práctico.
-Vuestros  periódicos  serán  los  nuestros.  Lo  que  un  dominicano  piense  resonará  en  Haití.  Además,  ¿no  producimos,  ustedes  y  nosotros,  café  y  tabaco,  azúcar  y  maderas?  ¡Pues  juntos  no  tendremos  problemas  de  superproducción,  puesto  que  no  nos  haremos  competencia  entre  casa!
Charles  F.  Pressoir  habla  con  entusiasmo;  le  salva  la  fe,  esa  fe  que  le  permite  emprender  una  lucha  contra  el  arcaísmo  legislativo  haitiano  y  logra  convencer  a  los  legisladores  de  que  la  mujer  puede  y  debe  ser titular,  hasta  conseguir  una  ley  autorizando  la  mujer  a  ser  abogado;  esa  fe  que le  permite  atender  a  sus  quehaceres  profesionales  y  sobrarle  tiempo  par a el  periodismo,  para  la  literatura,  para  creer  en  el  porvenir  de  estos  países.
Pressoir  estuvo  aquí  con  el  equipo  de  Volley  ball,  en  el  séquito,  y  ha  vuelto.
-¡Aunque  sólo  fuera  por  ver  estas  bellas  cartas  de  las  muchachas  dominicanas,  volvería  aquí  a  cada  rato! – nos  dice  sonreído.  Y  lo  creemos.  Este  dinámico  poeta,  que  no  gusta  del  verso  libre,  porque  no  ¡tiene  música,  que  habla  cinco  idiomas  y  es  profesor  de  latín,  que  se  educó  en  París  y  ama  el  negro,  que  es  haitiano  y  parece  nuestro,  por  su  color  trigueño  encendido,  por  sus  ojos  vivos  y  su  inquietud  latina,  que  es  haitiano  y  tiene  corazón  cibaeño,  es  muy  capaz  d e venir  de  Port-au-Prince,  en  avión  y  a  pie,  con  tal  de  estar  un  segundo  prendido  de  los  ojos  de  una  dominicana!
¡Aunque  no  sea  bella!
Juan Bosch
Revista Bahoruco,  No. 159, Santo Domingo, 23 de agosto de 1933, p.9.

 

EL ROEDOR: Carta a Leonel, presidente del PLD

EL ROEDOR: Carta a Leonel, presidente del PLD

  • Aristófanes Urbáez
“El juez que dicta sentencia bajo el criterio del aumento de sueldo o que lo eleven a un nivel más alto, es prevaricador; y el sistema judicial en que actúa está podrido” (a.u.).
Distinguido señor Presidente:
Tal y como Ud. expresara en días pasados en Puerto Plata, el león está en la calle y observando, por tanto no escapará a su atención los movimientos que se gestan dentro del Partido de la Liberación Dominicana (PLD), que son variopintos, y algunos escapan a ciertos dirigentes cegatos, aunque no al ojo zahorí que usted tiene. He de suponer que Ud. oye en las noches los movimientos que semejan los cangrejos (aunque andan en extinción), ruido como el que narra Rafael Damirón en sus “Cronicones de antaño”, cuando mi tatarabuelo José Dolores Matos Dotel declaró el “Estado de Sitio” en el distrito de Barahona a finales del siglo XIX cuando una plaga de cangrejos ocupó toda la aldea sureña siendo él gobernador.
Ese ruido, que dice la historia novelada también asustó a los almirantes ingleses W. Pen y R. Venables, conquistadores de la isla de Jamaica, cuando en realidad fueron ejércitos españoles que les produjeron más de 500 muertos y unos 2,000 heridos; digo, o algo parecido se oye en la tropa púrpura donde varias facciones celebran casi a diario reuniones en toda la geografía nacional de cara a la búsqueda de acceso en el VIII Congreso Comandante Norge William Botello Fernández, a puestos en los más altos organismos de dirección
2.- Intención asesina.-
Espero que esos ruidos no lo turben ni lo obnubilen por lo que le voy a decir: la periodista Audeliza Solano tiene 10 meses escondida en la Capital y su casa está abandonada en Samaná porque la delincuencia y el sicariato que vemos a diario cubriendo con su manto de terror todo el país quiere hacerle daño, porque la “apertura” e inacción del PLD trajo el elemento nocivo del ingreso de personas a sus filas (y hasta al Comité Central) que nunca pasaron por el cedazo de los Círculos de Estudios y “el árbol que nace torcido// jamás su rama endereza//, pues se hace naturaleza// el vicio con que ha crecido””, como escribió Gaspar Núñez de Arce.
Audeliza Solano le anda huyendo a autoridades del PLD y a una fiscal. Es una peledeísta frágil que, aunque quiera, no puede hacer daño a nadie porque pesa menos de 125 libras. Eso nunca se había visto en el PLD, aunque sí en otros partidos. Usted, presidente Fernández, debe ir a Samaná con la autoridad dada por las bases para que sea la máxima jerarquía del PLD e impedir que la sangre llegue al río. Tiene la paciencia de Job y ya hemos visto que con ella hace maravillas, tanto adentro como afuera. Don Juan escribió una vez, durante los 12 años, en la revista “Política” del PRD lo que voceaba la mamá de un joven en su dolor: “Fue la policía la que lo mató”. El día que salga en un diario que Audeliza “Fue el mismo PLD que la mató”, será el inicio del fin. ¡Vaya a Samaná, presidente Leonel, y mate dos pájaros de un tiro, que el PLD necesita de su león para nuevos bríos!
3.- Asigún sea.-
Cuando “mi caudillo” don Juan Bosch me veía, siempre me preguntaba: “¿Y cuándo te soltaron, porque me dijeron que estabas preso?”. Maestro a tiempo completo, cuando tenía algún momento de solaz, se sentaba del lado de doña Carmen en el apartamento y empezaba a buscar el “sentido”, la acepción semántica, de las palabras o hablar de sus experiencias, generalmente delante de su asistente, Diómedes Núñez Polanco, el exembajador Héctor Galván. No tenía complejos y hablaba de los variados oficios que había desempeñado en países latinoamericanos y los políticos que había conocido; o hablaba de Joan Báez y Edith Piaf, o María Callas. Cuando vi a mi amiga Raysa Martínez muerta de risa cuando las “moñúas” que impidieron por un momento que Danilo hablara en la reunión de la Bárcenas, creo que por la reacción de Chelo y Zoila Martínez, exploté con mi risa de guacamayo. ¡Ah, infelices, Danilo no coge corte, porque eso, de donde vino tiene valor nulo! ¡Es asigún!
TOMADO  DEL LISTIN DIARIO

 

Profesor Juan Bosch: ¿Cuál es la diferencia entre la energía atómica y la nuclear?

Español: mapa de silos nucleares en Estados Unidos
Español: mapa de silos nucleares en Estados Unidos (Photo credit: Wikipedia)

Que la segunda, la energía nuclear,  se manifiesta con mayor poder que la atómica porque es el resultado de la integración de un núcleo atómico creado por la unión de dos núcleos de masa más ligera, que se dividen mediante la llamada fisión nuclear. La energía nuclear no deja residuos radioactivos como los deja la atómica, pero además no se agota. La tecnología de la fusión y de la fisión nuclear fue descubierta años después de haberse fabricado la primera bomba atómica, y con ella los norteamericanos hicieron en 1952 la primera bomba termonuclear, cuya capacidad de destrucción era mil veces mayor que la que se lanzó sobre Hiroshima; pero los soviéticos habían avanzado en la física atómica tan de prisa que fabricaron su bomba termonuclear un año después, es decir, en 1953, y se adelantaron a Estados Unidos en la fabricación del primer cohete balístico intercontinental, es decir, que podía salir de territorio soviético y llegar en corto tiempo a cualquier lugar de América del Norte llevando una bomba nuclear.

Ese cohete balístico fue terminado en 1957, año en el que la Unión Soviética produjo también el primer satélite espacial tripulado por hombres, que fue el conocido con el nombre de Sputnik, y así como la humanidad había entrado el 16 de julio de 1945 en la Era Atómica con la explosión en Álamo Gordo de la primera bomba hecha a base del poder explosivo de los átomos (que en ese caso fueron isótopos de átomos de plutonio), el 4 de octubre de 1957 se inició la Era Espacial con el lanzamiento en la Unión Soviética del Sputnik, y lo decimos para que el lector se dé cuenta de que para esa fecha, exactamente cuarenta años después de haber comenzado la Revolución Rusa, la sociedad que la inició cuando era una de las más atrasadas de los países de Occidente se había convertido en la competidora de la más desarrollada del mundo capitalista.
Pero para el 1957 la Doctrina Truman de la Guerra Fría tenía cinco años de lanzada y el gobierno de Eisenhower, sucesor de Truman, no iba a tolerar que esa doctrina quedara hundida en un mar de incapacidad norteamericana para mantener la supremacía nuclear sobre la Unión Soviética, de manera que Estados Unidos apareció construyendo en 1958 un cohete balístico intercontinental y un satélite tripulado por hombres y en 1960 navegaban por las aguas del Atlántico submarinos portacohetes. Fue ocho años después cuando la Unión Soviética construyó submarinos del mismo tipo y en el mismo año (1968) fabricó cohetes de cabezas nucleares múltiples que llegaban con un retraso de dos años comparados con los que Estados Unidos había fabricado en 1966.
En el camino de la competencia se había ido muy lejos. La bomba de Hiroshima fue llevada a bordo de un avión que volaba a 360 millas por hora y en 1985 un cohete MX de cabezas nucleares múltiples viaja a razón de 15 mil millas por hora, pero además, mientras la bomba de Hiroshima mató e hirió a más de 200 mil personas la que lleva un MX puede matar, herir o inutilizar de por vida a varios millones porque la bomba de 1945 tenía un poder destructor equivalente a 15 mil toneladas de dinamita y un cohete nuclear actual lleva en su seno la capacidad aniquiladora de 5 millones de toneladas de ese explosivo.
 El hecho de que la Unión Soviética diera muestras de que podía sobrepasar a Estados Unidos en la carrera de los armamentos nucleares como lo hizo al producir en 1957 el primer cohete balístico intercontinental, facilitó la apertura entre los dos grandes poderes de negociaciones para ponerles límite a la producción y el uso del armamento nuclear. Esas negociaciones condujeron a una cadena de acuerdos iniciada con el Tratado de la Antártida del año 1959 firmado por 26 gobiernos; el de 1963 mediante el cual se estableció una conexión telefónica directa entre Moscú y Washington para que los jefes de los gobiernos norteamericano y soviético pudieran entrar en contacto directo si se presentaba una situación de crisis que pusiera en peligro la paz mundial, y ese mismo año 111 gobiernos firmaron un Tratado que prohibía el uso de la atmósfera, el Espacio exterior y las aguas profundas para hacer en ellos pruebas de armamentos nucleares; en 1967 83 Estados se adhirieron a un Tratado que prohibía colocar armas nucleares en órbita terrestre y su estacionamiento en el espacio exterior y 22 gobiernos latinoamericanos declararon sus territorios libres de posesión, almacenamiento o pruebas de armas nucleares; en el 1968 119 Estados firmaron un Tratado en el que se prohibía la transferencia a países que no tuvieran armamento nuclear de armas o de tecnología de ese tipo y además se comprometían a negociar para detener la carrera armamentista; en 1971 71 gobiernos acordaron prohibir pruebas submarinas de armamentos nucleares dentro de los límites de 12 millas fuera de sus costas.
Todos esos tratados indicaban que la posesión por parte de la Unión Soviética y de Estados Unidos de enormes arsenales nucleares preocupaba a gran parte de la humanidad, incluidas en ella las poblaciones de los dos poderosos países, y a partir de 1971, incluido ese año, los gobiernos norteamericano y soviético llevaron a cabo varios acuerdos; el de 1971 de medidas para evitar accidentes o uso no autorizado de armamento nuclear; el llamado SALT I, de 1972, que limitaba las áreas de estacionamiento a sólo dos en cada uno de los dos países para sistemas de cohetes antibalísticos y en una segunda etapa congelaba el número de submarinos lanzadores de cohetes balísticos intercontinentales; el Acuerdo 1973 para consulta de los dos gobiernos cuando hubiera peligro de una guerra nuclear; los dos Tratados de 1974 que prohibían las explosiones de prueba bajo tierra de bombas de más de 150 kilotones (equivalentes a 150 mil toneladas de dinamita) y las explosiones en grupos que sumaban más de mil 500 kilotones; y por último el Acuerdo SALT II de 1979 por el cual se limitaba el número de vehículos portadores de materiales nucleares estratégicos, lanzadores de cohetes de múltiples cabezas o de bombarderos con cohetes de múltiples cabezas o de bombarderos con cohetes crucero de largo alcance y prohibición de estacionar nuevos cohetes balísticos intercontinentales.
De esos Tratados y Acuerdos, Estados Unidos no ratificó los dos de 1974 ni el llamado SALT II; lo que hizo fue dedicarse a fabricar cohetes destinados a cercar desde países europeos a la Unión Soviética con la bomba de neutrones, destinada a matar soldados y población civil, pero sin causar daño alguno a los edificios o construcciones de otro tipo, y con los cohetes Pershing que pueden atravesar toda Europa y caer en Moscú siete minutos después de haber sido disparados.
Con la llegada al poder en Estados Unidos de los líderes del Partido Republicano encabezados por Ronald Reagan, hecho que se produjo al empezar el año 1981, pasó a ser eje ejecutado un programa de gobierno cuya política exterior estaría vinculada a la producción de armas nucleares pero que en la campaña electoral de 1980 se expresaba en consignas que ocultaban esa vinculación. Lo que ofrecía el candidato presidencial republicano era la restauración del poderío de su país con lo cual aludía, sin mencionarlo, al poder militar, porque referirse directamente al poder militar era una manera de referirse a la producción de nuevas armas nucleares.
“Estados Unidos debe negociar desde una posición de fuerza”, afirmaba Ronald Reagan después de haber asumido la presidencia del país; pero esa posición privilegiada sólo podía alcanzarse negociando con los gobiernos de Europa Occidental, miembros de la OTAN, es decir, aliados de América del Norte, para lo cual se requería hallarse en posesión del aparato del Estado; y tan pronto llegó a la Casa Blanca, Reagan y sus hombres de confianza pusieron en práctica el plan de sus consejeros habían elaborado antes aún de que comenzara la campaña electoral, que consistía en instalar en Europa la nueva cohetería norteamericana y sobre todo la bomba de neutrones con lo cual quedaban sin valor los Tratados de 1974 y el llamado SALT II celebrados con la Unión Soviética y pasaba a adquirir su papel de propaganda política la locución Guerra de las Galaxias.
El significado de esa locución era, y sigue siendo, guerra llevada a cabo en el Espacio, fuera de la Tierra, en las regiones del Universo por donde vuelan día y noche sin ser advertidos por los pueblos del mundo unos aparatos portentosos, y a la vez poderosos, que desde las alturas de muchos kilómetros en que transitan pueden grabar conversaciones telefónicas y retratar un automóvil que rueda a lo largo de una carretera; que pueden acumular en computadoras los datos de todo lo que sus mecanismos de observación captan a la distancia en cualquier país, gracias a los cuales el gobierno que los usa tiene informaciones detalladas de cuanto pasa en un territorio dado.
Estados Unidos tiene el poderío que le confiere la posesión de aparatos nucleares de todo tipo y con ellos de los que le corresponden a una gran potencia espacial, pero la propiedad de tanta maquinaria portentosa no parece estar acompañada por una noción clara de los peligros que conlleva el uso de esos aparatos. Si los hombres que dirigen el Estado norteamericano tuvieran esa noción no alentarían el uso de una propaganda política como la que se hace estimulando la llamada Guerra de las Galaxias, porque una guerra hecha con armamento nuclear en el Espacio terrestre destruirá la atmósfera que nos rodea, y sin esa atmósfera no podría haber vida en la Tierra.
No lo habría para los soviéticos, pero tampoco para los norteamericanos y mucho menos para los miles de millones de seres que forman la población de Tercer Mundo, entre los cuales estamos los dominicanos.
Santo Domingo,
18 de enero de 1985.
Un poco de historia
Antes del año 1945 un número muy corto de personas sabían que en la naturaleza había una fuente de energía llamada átomo y que el átomo consistía en cada uno de los pequeñísimos cuerpos eléctricos de que está constituida la materia, pero mucho menos se sabía, con la excepción de algunos grandes conocedores de las Ciencias Físicas, que de los átomos podía obtenerse una fuerza explosiva millones de veces más poderosa que la dinamita, que hasta entonces era el explosivo más potente que el hombre podía producir y controlar a su conveniencia; y sucedió que a mediados de julio de ese año 1945 un grupo de científicos que habían estado trabajando secretamente en un plan destinado a fabricar una bomba atómica, hizo estallar una de prueba en Álamo Gordo, un lugar de Nuevo México, Estados Unidos, y con esa prueba comenzó la Era Atómica es decir, una época nueva de la historia porque la explosión de Álamo Gordo demostró que a partir de ese momento la humanidad disponía de un poder energético cuya existencia había sido insospechada hasta entonces. Ese poder podía usarse en la guerra para aniquilar militarmente al enemigo, pero también en la paz para ejecutar grandes proyectos de planes beneficiosos para la humanidad, y se usó en la guerra que se llevaba a cabo entre Estados Unidos y su aliada la Unión Soviética contra Japón. Esa era la parte final de la llamada Segunda Guerra Mundial, que había terminado en Europa con la rendición de Alemania el 8 de mayo de 1945 pero seguía en el Pacífico entre norteamericanos y soviéticos de una parte y japoneses de la otra. La bomba atómica fue usada por primera vez el 6 de agosto de ese año 1945, apenas tres semanas después de ser probada en Álamo Gordo; se lanzó sobre la ciudad de Hiroshima, donde además de matar por achicharramiento y por asfixia y de inutilizar por quemaduras profundas a más de 200 mil personas destruyó el centro de la ciudad, todo ello con una sola explosión de corta duración.
 La posesión de la bomba atómica convirtió a Estados Unidos en la mayor potencia militar del mundo, pero no por mucho tiempo porque en 1949 la Unión Soviética anunció que había terminado el monopolio norteamericano del poder ató¬mico, lo que significaba que los soviéticos habían fabricado también una bomba atómica y a partir de ese momento empe¬zaría una carrera de competencia entre los dos países que acabaría colocando a la Unión Soviética en el mismo nivel de poderío militar que los Estados Unidos, y no sólo por su dominio de la energía atómica sino además el de la energía nuclear.
Juan Bosch

UNA ESPERANZA LLAMADA PCR

 

UNA ESPERANZA LLAMADA PCR
Por Domingo Nuñez Polanco

Cuando un pueblo adopta  su destino, la historia avanza.

Es la lectura principal de lo ocurrido  en los últimos 14 años en la patria grande, como la llamara Bolívar a la  América latina y el Caribe.
Con el naufragio del modelo neoliberal que nos quisieron implantar desde del Norte,  la frustración y la esperanza se juntaron, allí nació la coyuntura.
 La audacia política y la visión de patria de un Guerrero que ya es eternidad, el que demostró con su combate que “si se puede” y le devolvió a esta patria grande los sueños y  las utopías que por más de quinientos años yacían arrinconados  por el yugo opresor del norte y sus socios criollos. Chávez  se hizo presente, ubicándose a la altura de su
papel histórico.
Estos procesos libertarios, de independencia y justicia social son eventos generadores de cambios profundos en la consciencia de la América morena. Dejan lecciones que urge retomar.
En la República Dominicana el movimiento progresista y liberal ha recorrido caminos  tortuosos, y aún hoy, a las alturas del siglo XXI, no ha logrado cuajar sus sueños.
Quisqueya, la tierra del gran Cacique libertario Enriquillo se rezagó en el proceso latinoamericano. Brasil, Argentina,  Venezuela, Ecuador, Nicaragua, Bolivia etc., nos tomaron ventaja en esta marcha hacia el  futuro y los movimientos de la izquierda nacional, no se escapan a esta crítica. Los soñadores originales no tuvieron descendientes para continuar el desafío. Los pioneros fueron sacrificados prematuramente, o fueron ahogados en las tormentas de los egos. En ambos casos, las proclamadas vanguardias herederas, renunciaron a la dialéctica del crecimiento social y conceptual, se aferraron a la supervivencia del aparato y expulsaron a su fuente natural: el Pueblo.
En los últimos cincuenta años surgieron experiencias y líderes políticos, muchos, que hoy no están: Juan Bosch y su gobierno democrático 1963. Manolo Tavarez  Justo y las Manaclas, Tomas Fernández Domínguez y su movimiento constitucionalista, Francis Caamaño y la guerra patria  de Abril 1965, Balaguer y sus 12 años de contrarrevolución, Juan Bosch y Peña Gómez se dividen, uno, Peña  Gómez ,toma  el camino de la Social Democracia y Juan se hace más progresista y abraza el socialismo como su norte en la búsqueda del bien colectivo, Don Antonio Guzmán y la apertura a la democracia, el retorno de Balaguer y su gobierno conservador, Leonel Fernández y la modernidad, Hipólito Mejía y la crisis financiera, retorno de Leonel Fernández y el fortalecimiento de su liderazgo, llegada de Danilo Medina al Palacio Nacional y sus iniciativas de hacer lo que nunca se hecho.
Si bien los sectores progresistas y liberales han  promovió batallas políticas e ideológicas importantes a nivel de opinión pública y otros escenarios, no estuvieron a la altura de las expectativas generadas. Sin embargo, la historia no se detiene, prosigue su curso trazado por las corrientes sociales, políticas y económicas.
Por las  curiosidades del devenir histórico y del realismo mágico, precisamente gracias a la  crisis económica, social, política y sobre todo a la de orden ético  que se originó en la primera década del siglo XXI, surge una nueva fuerza política llamada PCR.
¿Cuál sería la labor fundamental de esa nueva fuerza?
El PCR debe ser convocador y promotor del rescate de valores ancestrales, que fortalezcan los tejidos sociales, estimulen la investigación propia y la producción de conocimiento que apoye el ejercicio y la creatividad en las artes y que promueva la organización de redes sociales y la participación comunitaria, tareas urgentes para un proceso social de cambios
La gran tarea de comenzar a darle cuerpo a los sueños de un país, es a través de su historia, de la Cultura, esta tiene que ver con el imaginario social, el mayor poder dinamizador de la sociedad.  Tratamos con seres que sueñan, que aman, que  inventan mundos.
La creación de este espacio cívico renovador, educador y conductor es inaplazable.
Si el PCR nació como repuesta  a la  desilusión de las grandes mayorías  y por la audacia de un líder (General Zorrilla Ozuna), que supo  ubicarse a la altura histórica para dar esperanzas a los excluidos, a los pobres de nuestra patria, al igual que aquel Arañero de Barina, Venezuela  que lucho y vivió por los pobres del mundo.

El partido cívico renovador debe constituirse en una nueva experiencia organizativa, social, política y cultural, superando errores del pasado y haciendo aportes a los irreversibles cambios sociales de  la época.

Domingo Núñez Polanco

 

DOS PREGUNTAS AL PLD

 

Dos preguntas a los dirigentes del PLD a propósito de algo que decía el Profesor Juan Bosch allá por los años 80s.
1)      Perdió el PLD el carisma del que hablaba el profesor Juan Bosch?
2)      Se convirtió el PLD en un Partido Populista,  tal como lo  advertía  el profesor Bosch, de no llevar al partido a un comportamiento o actitud populista por sus perniciosas consecuencias, la corrupción por ejemplo?
 Decía el profesor Juan Bosch allá por los años 80s.
“El PLD tiene un crédito acumulado en el alma de las masas populares, y el fruto de ese crédito es eso que llama carisma. El PLD tiene carisma propio, que no es el de su líder. El líder puede tener o no tener carisma, pero el Partido lo tiene por sí mismo como podemos verlo en los actos masivos en que no interviene el líder, a los cuales acude tanto el pueblo como el que va a los actos en que participa el líder. Hay que preservar ese carisma, esa atracción que tiene sobre el pueblo el PLD, y debemos conservarlo evitando, cueste lo que cueste, caer en el populismo”.
“El Partido debe mantenerse alerta contra el contagio que una actitud populista puede introducir en sus filas, y debe luchar a brazo partido para asegurarle al pueblo que lo que haremos desde el gobierno si ganamos las elecciones se hará con fines de beneficios sociales, no personales. Por el camino de los beneficios personales se llega, y por cierto rápidamente, al establecimiento de una situación generalizada de privilegios, y de ese estado de privilegios se cae en la corrupción, que es la meta que persiguen los partidarios del populismo. Los peledeístas debemos tener cuidado con el contagio del populismo; debemos evitarlo a cualquier costo, y debemos vigilarnos los unos a los otros para impedir que ese mal nos coma el alma”.  Juan Bosch

 

Cuento de Juan Bosch: La nochebuena de Encarnación Mendoza

Con su sensible ojo de prófugo Encarnación Mendoza había distinguido el perfil de un árbol a veinte pasos, razón por la cual pensó que la noche iba a decaer. Anduvo acertado en su cálculo; donde empezó a equivocarse fue al sacar conclusiones de esa observación. Pues como el día se acercaba era de rigor buscar escondite, y él se preguntaba si debía internarse en los cerros que tenía a su derecha o en el cañaveral que le quedaba a la izquierda. Para su desgracia, escogió el cañaveral. Hora y media más tarde el sol del día 24 alumbraba los campos y calentaba ligeramente a Encarnación Mendoza, que yacía bocarriba tendido sobre hojas de caña. 

A las siete de la mañana los hechos parecían estar sucediéndose tal como había pensado el fugitivo; nadie había pasado por las trochas cercanas. Por otra parte la brisa era fresca y tal vez llovería, como casi todos los años en Nochebuena. Y aunque no lloviera los hombres no saldrían de la bodega, donde estarían desde temprano consumiendo ron, hablando a gritos y tratando de alegrarse como lo mandaba la costumbre. En cambio, de haber tirado hacia los cerros no podría sentirse tan seguro. Él conocía bien el lugar; las familias que vivían en las hondonadas producían leña, yuca y algún maíz. Si cualquiera de los hombres que habitaban los bohíos de por allí bajaba aquel día para vender bastimentos en la bodega del batey y acertaba a verlo, estaba perdido. En leguas a la redonda no había quién se atreviera a silenciar el encuentro. Jamás sería perdonado el que encubriera a Encarnación Mendoza: y aunque no se hablaba del asunto todos los vecinos de la comarca sabían que aquel que le viera debía dar cuenta inmediata al puesto de guardia más cercano.
Empezaba a sentirse tranquilo Encarnación Mendoza, porque tenía la seguridad de que había escogido el mejor lugar para esconderse durante el día, cuando comenzó el destino a jugar en su contra.
Pues a esa hora la madre de Mundito pensaba igual que el prófugo: nadie pasaría por las trochas en la mañana, y si Mundito apuraba el paso haría el viaje a la bodega antes de que comenzaran a transitar los caminos los habituales borrachos del día de Nochebuena. La madre de Mundito tenía unos cuantos centavos que había ido guardando de lo poco que cobraba lavando ropa y revendiendo gallinas en el cruce de la carretera, que le quedaba al poniente, a casi medio día de marcha. Con esos centavos podía mandar a Mundito a la bodega para que comprara harina, bacalao y algo de manteca. Aunque lo hiciera pobremente, quería celebrar la Nochebuena con sus seis pequeños hijos, siquiera fuera comiendo frituras de bacalao.
El caserío donde ellos vivían -del lado de los cerros, en el camino que dividía los cañaverales de las tierras incultas- tendría catorce o quince malas viviendas, la mayor parte techadas de yaguas. Al salir de la suya, con el encargo de ir a la bodega, Mundito se detuvo un momento en medio del barro seco por donde en los días de zafra transitaban las carretas cargadas de caña. Era largo el trayecto hasta la bodega. El cielo se veía claro, radiante de luz que se esparcía sobre el horizonte de cogollos de caña; era grata la brisa y dulcemente triste el silencio. ¿Por qué ir solo, aburriéndose de caminar por trochas siempre iguales? Durante diez segundos Mundito pensó entrar al bohío vecino, donde seis semanas antes una perra negra había parido seis cachorros. Los dueños del animal habían regalado cinco, pero quedaba uno “para amamantar a madre”, y en él había puesto Mundito todo el interés que la falta de ternura había acumulado en su pequeña alma. Con sus nueve años cargados de precoz sabiduría, el niño era consciente de que si llevaba al cachorrillo tendría que cargarlo casi todo el tiempo, porque no podría hacer tanta distancia por sí solo. Mundito sentía que esa idea casi le autorizaba a disponer del perrito. De súbito, sin pensarlo más, corrió hacia la casucha gritando:
-¡Doña Ofelia, emprésteme a Azabache, que lo voy a llevar allí!
Oyénranle o no, ya él había pedido autorización, y eso bastaba. Entró como un torbellino, tomó el animalejo en brazos y salió corriendo, a toda marcha, hasta que se perdió a lo lejos. Y así empezó el destino a jugar en los planes de Encarnación Mendoza.
Porque ocurrió que cuando, poco antes de las nueve, el niño Mundito pasaba frente al tablón de caña donde estaba escondido el fugitivo, cansado, o simplemente movido por esa especie de indiferencia por lo actual y curiosidad por lo inmediato que es privilegio de los animales pequeños, Azabache se metió en el cañaveral. Encarnación Mendoza oyó la voz del niño ordenando al perrito que se detuviera. Durante un segundo temió que el muchacho fuera la avanzada de algún grupo. Estaba clara la mañana. Con su agudo ojo de prófugo él podía ver hasta dónde se lo permitía el barullo de tallos y hojas. Allí, al alcance de su mirada, estaba el niño. Encarnación Mendoza no tenía pelo de tonto. Rápidamente calculó que si lo hallaban atisbando era hombre perdido; lo mejor sería hacerse el dormido, dando la espalda al lado por dónde sentía el ruido. Para mayor seguridad, se cubrió la cara con el sombrero… SIGUE,   Seguir leyendo Cuento de Juan Bosch: La nochebuena de Encarnación Mendoza