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Arrestar a Trujillo era el plan inicial

52 AÑOS DEL AJUSTICIAMIENTO: EXPEDIENTES DE LOS HÉROES DEL 30 DE MAYO


El ex militar Pedro Livio Cedeño fue herido durante el ajusticiamiento a Trujillo el 30 de mayo de 1961, por lo que fue ingresado a la clínica Internacional, donde fue operado y sobrevivió, pero el 18 de noviembre de ese año, fue uno de los héroes asesinados por Ramfis Trujillo, hijo del dictador, en Hacienda María, en San Cristóbal.
Fernando Quiroz
fernando.quiroz@listindiario.com
Santo Domingo

Pedro Livio Cedeño, uno de los conjurados heridos en el ajusticiamiento del tirano Rafael Leonidas Trujillo, dijo que el proceso de planificación del plan incluyó la posibilidad de “secuestrar y hacer preso” al dictador, para luego comunicárselo al ministro de las Fuerzas Armadas, mayor general José René Román García (Pupo), quien se encargaría de dar un golpe de Estado la misma noche del hecho.
Cedeño, de acuerdo a versiones, fue torturado en la Clínica Internacional adonde fue llevado para ser curado de las heridas de bala, aunque la Fiscalía del Distrito Nacional registra su primer interrogatorio el 27 de junio de 1961, a casi un mes de la muerte de Trujillo.
“Yo me protegí con el muro central de la carretera, tratando de no ser alcanzado por las balas que eran muchas las que nos estaban disparando. Mientras yo avanzaba hacia el carro del Jefe fui alcanzado por algunos disparos que me hicieron perder el conocimiento, y cuando desperté ya yo estaba en el hospital”, establece el interrogatorio.
Cedeño, quien fue interrogado por el fiscal del Distrito Nacional de entonces, Teodoro Tejeda Díaz, dijo que en una maniobra que hizo Huáscar Tejeda cuando perseguían el carro donde iba Trujillo, él se salió del carro al abrir la puerta, ocasionándose un golpe en la ceja izquierda. Con la violencia de la caída, agregó, el fusil M-1 que portaba se le cayó de la mano, por lo que perdió algunos segundos para seguir disparando. Contó que pudo observar a Trujillo saliendo de su carro disparando.
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PEDRO LIVIO FUE TORTURADO EN LA CLÍNICA, PERO NO HABLÓ
Pedro Livio Cedeño fue militar, estaba casado con doña Olga Despradel, tenía cinco hijos, contaba con 50 años al momento del ajusticiamiento. Cuando se le preguntó su razón para unirse al complot, indicó sin vacilar que la muerte de las hermanas Mirabal y la campaña contra la iglesia fue parte activa de la conjura y del ajusticiamiento, iba en el segundo automóvil con Huáscar Tejeda, el Oldsmobil negro de Antonio de la Maza. Fue herido gravemente en el estómago y el proyectil le perforó varios órganos. Bienvenido García Vásquez y Marcelino Vélez Santana lo llevaron a la clínica Internacional, donde fue atendido en primeros auxilios por el joven médico José Joaquín Puello Herrera.
Cedeño fue el primer capturado por el Servicio de Inteligencia Militar (SIM), luego de salir de la sala de operaciones, donde fue intervenido por el doctor Damirón Ricart, fue despertado y torturado en la clínica por Johnny Abbes. El doctor Puello ha testimoniado que la única frase que salió de su boca fue: ‘‘Coño, lo matamos como a un perro y ojalá volviera a vivir para volverlo a matar’’.
Cedeño sobrevivió a la herida, a las torturas de La 40 y del 9; fue condenado y, el 18 de noviembre de 1961, desde La Victoria lo trasladaron al Palacio de Justicia desde donde fue llevado a la Hacienda María y asesinado por Ramfis Trujillo, hijo del dictador.
(Registro Museo de la Resistencia)
PEDRO LIVIO CEDEÑO NARRÓ CÓMO FUE HERIDO EN ATENTADO AL TIRANO
En Ciudad Trujillo, Distrito Nacional,
Capital de la República Dominicana, a los veintisiete días del mes de junio del año mil novecientos sesenta y uno, siendo las doce horas y cuarenta minutos de la tarde, fue conducido a nuestro Despacho el nombrado Pedro Livio Cedeño Herrera, dominicano, de 50 años de edad, natural de Higüey, R.D., casado, negociante, cédula Personal de Identidad No. 3236, serie 28, con domicilio y residencia en la calle “Juan Sánchez Ramírez” No. 7, de esta ciudad, quien al ser interrogado por nosotros en relación al atentado criminal en el cual perdió la vida el Generalísimo Doctor Rafael L. Trujillo Molina, la noche del día treinta de mayo del año en curso, declaró lo que a continuación se expresa: “Hace alrededor de dos o tres meses en el momento en que yo llegaba a la casa de Juan Tomás Díaz Quezada, me acerqué a los señores Antonio de la Maza y Huáscar Antonio Tejeda Pimentel, quienes conversaban en ese momento en relación a las posibilidades de un atentado contra la persona del Jefe y de la trama para conseguir la caída del Gobierno. Ese día me enteré por boca de Antonio de la Maza de lo que se planeaba.
Posteriormente Antonio de la Maza iba por mi casa o yo me trasladaba a la casa de él; y Antonio me fue dando los datos sobre mi participación en el atentado, de acuerdo a lo que ellos me decían.
Tenía por objeto el atentado secuestrar al Jefe y hacerle llegar la noticia al General Román por mediación de su hermano Bibín Román, quien formaba parte del grupo, quien se encargaría de dar el Golpe de Estado la misma noche que el Jefe fuera hecho preso. Formaban parte del grupo además el 1er. Tte. Amado García Guerrero, A.M., Salvador Estrella, Antonio Imbert, Huáscar Tejeda, Ernesto de la Maza, Roberto Pastoriza, Juan Tomás Díaz Quezada. Del mismo modo debo informar que Antonio de la Maza me dijo que por mediación de un familiar suyo le iban a poner el atentado en conocimiento del presidente Balaguer, para ver si él daba su asentimiento, pero no sé si se le llegó a decir.
Antonio de la Maza, Salvador Estrella y algunos otros iban a la Avenida “George Washington” casi todas las noches con el fin de ver si el Jefe le daba la oportunidad de salir para San Cristóbal para consumar los hechos. Yo estuve en la avenida el jueves de la semana anterior, acompañado de los demás, ya que se nos había dicho que el Jefe vendría vestido de verde olivo, pero esa noche el Jefe no fue a la avenida por lo que no pudimos realizar el atentado esa noche. La noche de los hechos yo estaba en casa de Juan Tomás Díaz, y Antonio de la Maza me llamó y me dijo que había pasado por mi casa buscándome y no me había encontrado, diciéndome además, que me montara en el carro con él, porque había seguridad de que el Jefe iría a la Avenida y a San Cristóbal; pasamos por la casa de Antonio de la Maza a buscar el otro carro “Oldsmobile” que estaba estacionado allá con las armas; fuimos también a casa de Huáscar Tejeda a buscarlo, quien condujo el carro que tenía las armas. Fuimos a la avenida “George Washington” después de la Feria de la Paz, donde se trasladaron las armas desde el baúl del carro “Oldsmobile” al “Chevrolet”.
Huáscar Tejeda y yo nos quedamos ahí, es decir, aproximadamente como a cuatro kilómetros de la Feria Ganadera. Antonio de la Maza, Salvador Estrella, Amado García Guerrero y Antonio Imbert, quien hacía de conductor se devolvieron en el carro “Oldsmobile” negro, hacia la ciudad a esperar que el Jefe emprendiera el camino a San Cristóbal. El plan consistía en el carro conducido por Antonio Imbert perseguir al carro del Generalísimo Trujillo; y cuando se encendieran y apagaran tres veces las luces del carro “Oldsmobile” que perseguiría al carro del Generalísimo Trujillo, nosotros tomaríamos delante de este carro, hasta llegar al sitio donde estuviera estacionado el carro de Roberto Pastoriza y ahí bloquearle el carro. En ese sitio se había combinado; debían ocurrir los hechos, según los planes. Los acontecimientos no se sucedieron en la forma en que fueron previstos, sino ocurrieron en la siguiente forma: Pude ver cuando el carro “Oldsmobile” perseguía al carro “Chevrolet” del Generalísimo Trujillo, aunque en ese momento no podía tener la seguridad de que se trataba de esos dos carros, sobre todo que las luces no se prendieron y apagaron que era la señal convenida. Por tanto los dos carros pasaron por nuestro lado y al nosotros darnos cuenta que eran estos, dimos la vuelta alcanzándolos un kilómetro más adelante y cuando llegamos a éstos, ya había un nutrido fuego de carro a carro. Nosotros le pasamos por la parte derecha al carro del Jefe, pudiendo yo ver al pasar que éste salía del carro disparando. Huáscar maniobró el carro hasta dar la vuelta y colocarse al lado del carro de Antonio de la Maza, y en la precipitación yo me salí del carro al abrir la puerta ocasionándome un golpe en la ceja izquierda. Con la violencia de la caída el fusil M-1 que yo portaba se me cayó de la mano, debiendo perder algunos segundos en reponerme.
Yo disparé algunos tiros cuya cantidad no recuerdo. El blanco nuestro era al lugar de donde procedían las balas. Yo me protegí con el muro central de la carretera, tratando de no ser alcanzado por las balas que eran muchas las que nos estaban disparando. Mientras yo avanzaba hacia el carro del Jefe fui alcanzado por algunos disparos que me hicieron perder el conocimiento, y cuando desperté ya yo estaba en el hospital.
Debo agregar a mi declaración que cuando nosotros le dimos la vuelta al carro, al alcanzarlos, pude ver a Antonio de la Maza, disparando al carro del Generalísimo, donde estaban éste y el Capitán Zacarías disparando hacia ellos. Quien dirigía las operaciones contra aquellos era Antonio de la Maza.
Antonio de la Maza me había dicho que los fusiles automáticos M-1 habían sido suministrados por Wimpy, a quien se los había dado el Cónsul Americano en nuestro país, pero yo no le di mucho crédito a esto y pensé que era un número de De la Maza, porque el Cónsul no iba a enviar unas carabinas tan sencillas como éstas, deduje yo, en caso de aquel estar metido enviaría cosas buenas, tales como ametralladoras o algo por el estilo”.
Con lo que dimos por terminado el presente interrogatorio, que leído al declarante lo encontró conforme, requerido a firmar lo hizo junto con Nos, Procurador Fiscal y Secretario que certifica.
(Firmado) Pedro Livio Cedeño Herrera,
Declarante
(Firmado) Dr. Teodoro Tejeda Díaz,
Procurador Fiscal del Distrito Nacional
(Firmado) Enriquillo J. García,
Secretario”.

VIDA Y LUCHA DE GEORGE WASHINGTON

English: Photograph of a statue of George Wash...
English: Photograph of a statue of George Washington in British uniform, a statue which stands in Waterford, Pennsylvania at the site of the old Fort Le Boeuf. The statue commemorates Washington’s presentation of a message to the French at this site in 1753 demanding that the French leave the Ohio country. (Photo credit: Wikipedia)

George Washington nació el 22 de febrero de 1732 a orillas del río Potomac, en la finca de Bridge’s Creek, en el antiguo condado de Westmoreland, en el actual estado de Virginia. Pertenecía a una distinguida familia inglesa, oriunda de Northamptonshire, que había llegado a América a mediados del siglo XVII y había logrado amasar una considerable fortuna. Su padre, Augustine, dueño de inmensas propiedades, era un hombre ambicioso que había estudiado en Inglaterra y que al enviudar de su primera mujer, Jane Butler, quien le había dado cuatro hijos, contrajo segundas nupcias con Mary Ball, de una respetable familia de Virginia, que le dio otros seis vástagos, entre ellos George.

Poco se sabe de la infancia del futuro presidente, salvo que sus padres lo destinaban a una existencia de colono y por ello no fue más allá de las escuelas rurales de aquel tiempo: entre los siete y los quince años estudió de modo irregular, primero con el sacristán de la iglesia local y luego con un maestro llamado Williams. Alejado de toda preocupación literaria o filosófica, el muchacho recibió una educación rudimentaria en lo libresco, pero sólida en el orden práctico, al que lo inclinaba su activo temperamento.Ya en la temprana adolescencia estaba suficientemente familiarizado con las tareas de los colonos como para cultivar tabaco y almacenar las uvas. En esa época, cuando tenía once años, murió su padre y pasó a la tutela de su hermanastro mayor, Lawrence, un hombre de buen carácter que, en cierta forma, fue su tutor. En su casa, George conoció un mundo más amplio y refinado, pues Lawrence estaba casado con Anne Fairfax, una de las grandes herederas de la región y acostumbraba codearse con la alta sociedad de Virginia.

Escuchando los relatos de su hermanastro, se despertó en él una temprana vocación militar y a los catorce años quiso hacerse soldado, aunque tuvo que desechar la idea ante la férrea oposición de su madre, quien se negó a que siguiera la carrera de las armas. Dos años más tarde comenzó a trabajar de agrimensor, como asistente de una expedición para medir las tierras de lord Fairfax en el valle de Shenandoah.

A partir de allí, las agotadoras jornadas en campo abierto, sin comodidades y expuesto a los peligros de la vida salvaje, le enseñaron no sólo a conocer las costumbres de los indios y las posibilidades de colonización del Oeste, sino a dominar su cuerpo y su mente, templándolo para la tarea que el futuro le reservaba. Pero de momento, aunque las preocupaciones políticas no le perturbaban (el joven Washington era un fiel súbdito de la corona inglesa), se sentía molesto por las limitaciones impuestas por la metrópoli a la colonización, ya que él y su hermanastro proyectaban llevar sus negocios a las tierras del Oeste.

A los veinte años ocurrió un cambio decisivo en su vida, que lo convirtió en cabeza de familia. Una tuberculosis acabó con la vida de Lawrence en 1752 y George heredó la plantación de Mount Vernon, una enorme finca con 8.000 acres y 18 esclavos. Así, pues, pasó a ser uno de los hombres más ricos de Virginia, y como tal actuaba: pronto se distinguió en los asuntos de la comunidad, fue un activo miembro de la Iglesia episcopal y se postuló como candidato, en 1755, a la Cámara de los Burgueses del distrito. También sobresalía en las diversiones; era un magnífico jinete, alto y de ojos azules, un gran cazador y mejor pescador; amaba el baile, el billar y los naipes y asistía a las carreras de caballos (tenía sus propias cuadras) y a cuantas representaciones teatrales se daban en la región. Pero su vocación de soldado no había muerto, y entre sus planes figuraba el ser también un brillante militar.

Por entonces, ingleses y franceses se disputaban el dominio de América del Norte, y la controversia sobre las rutas de la cabecera del Ohio había conducido a una extrema tensión entre los colonos. Washington se alistó en el ejército, y poco después de la muerte de su hermanastro fue nombrado por el gobernador Robert Dinwiddie comandante del distrito, con un sueldo de 100 dólares anuales. Ante las invasiones de los franceses por la frontera, en 1753, el gobernador le encargó la misión de practicar un reconocimiento en la zona limítrofe. A mediados de noviembre, Washington se puso en marcha al frente de seis hombres por el valle del Ohio, un país inhóspito, poblado de tribus salvajes y múltiples peligros. A pesar del frío y las nieves, pudo llevar a cabo la dura travesía hasta alcanzar Fort-Le Boeuf en Pennsylvania, una hazaña que comenzó a cimentar su fama.

Declarada en 1756 la guerra de los Siete Años, que para los colonos ingleses en América suponía la lucha por su expansión frente al predominio francés, Washington fue designado teniente coronel del regimiento de Virginia, a las órdenes del general Fry. Al morir éste en combate, le sucedió como jefe supremo de las fuerzas armadas del condado, pasando poco después a formar parte del estado mayor del general Braddock, que dirigía las tropas regulares enviadas por Inglaterra. El 9 de julio de 1755 se distinguió en la batalla de Monongahela por su coraje y capacidad de decisión, si bien ésta acabó en un desastre para los ingleses.

La derrota repercutió de tal forma en su ánimo que el joven militar se retiró a Mount Vernon con el firme propósito de no volver a tomar las armas. Pero no pudo llevarlo a cabo, pues los notables de Virginia le pidieron que se hiciera cargo de las tropas, a pesar de que sólo contaba con veintitrés años de edad. Washington conservó el mando entre 1755 y 1758, época en que también fue elegido como representante del condado de Frederic para la Cámara de los Burgueses de Virginia. Su nombre ya era popular, se le admiraba por su experiencia y tacto, y comenzaba a labrarse un sólido prestigio político interviniendo activamente en las deliberaciones de la asamblea.

Tras algunos sinsabores, desilusionado ante el curso de la guerra con Francia y la conducta de los comandantes británicos, Washington renunció a su cargo militar para regresar a Mount Vernon y al poco tiempo, el 6 de enero de 1759, se casó con Martha Dandridge, una mujer tan rica como bella, viuda del coronel Parke Custis y dueña de una de las mayores fortunas de Virginia. Poseía un gran número de esclavos, 15.000 valiosos acres y dos hijos de seis y cuatro años, que se convirtieron en la verdadera familia de Washington.

En Mount Vernon la pareja, unida más que por un amor apasionado por una armoniosa felicidad, llevaba la vida de los ricos propietarios, atentos a la prosperidad de sus tierras y al papel prominente que desempeñaban en la vida social de la región. Todo se hacía a lo grande, la ropa se compraba en Londres, las fiestas eran espléndidas y los huéspedes se contaban por cientos. Pero esta vida rumbosa se vería interrumpida por el vendaval político que pronto se abatió en la América del Norte.

El final de la guerra de los Siete Años, signado el 10 de febrero de 1762 por el Tratado de París, significó la renuncia de Francia a sus pretensiones sobre Acadia y Nueva Escocia y la posesión, por parte de Inglaterra, de Canadá y toda la región de Luisiana, salvo Nueva Orleans. Pero la discrepancia mercantil entre Londres y sus colonias aumentó a raíz de esta conclusión, pues el gobierno inglés consideró que todas sus posesiones habían de cooperar en la amortización de los gastos ocasionados por la guerra, ya que todas ellas se habían beneficiado de sus resultados.

De hecho, el déficit originado por la contienda era enorme, y en marzo de 1765 el parlamento inglés votó un impuesto que hirió los derechos tradicionales de las colonias, imponiendo el uso de papel timbrado para toda clase de contratos. Con verdadera ceguera política, al año siguiente impuso una serie de derechos aduaneros sobre el papel, el vidrio, el plomo y el té, que provocaron la indignación del mundo comercial norteamericano y la formación de ligas patrióticas contra el consumo de mercancías inglesas. A la vanguardia de las luchas que precedieron al estallido revolucionario habían de colocarse los aristócratas de Virginia y los demócratas de Massachusetts. Washington se sintió irritado por tales medidas, pero continuó considerándose un súbdito leal a Inglaterra y un hombre de opiniones moderadas.

En 1773 la población de Boston protestó contra los impuestos arrojando los cargamentos de té al mar. El hecho, conocido como el Boston Tea Party, acabó de abrirle los ojos a Washington y de volcarle hacia la defensa de las libertades americanas. Cuando los legisladores de Virginia se reunieron al año siguiente en Raleigh, él estuvo presente y firmó las resoluciones. En la primera legislatura revolucionaria de ese año pronunció un elocuente discurso declarando: «Organizaré un ejército de mil hombres, los mantendré con mi dinero y me pondré al frente de ellos para defender a Boston». Ya había dejado de ser un moderado cuando, vestido de uniforme, representó a Virginia en el Primer Congreso Continental que se celebró en Filadelfia en 1774. Sus cartas muestran que aún se oponía a la idea de la independencia, pero que estaba decidido a no renunciar a «la pérdida de los derechos y privilegios que son esenciales a la felicidad de todo Estado libre y sin los cuales la vida, la libertad y la propiedad se tornan totalmente inseguras».

Comenzadas las hostilidades entre ingleses y americanos en la batalla de Lexington, el 19 de abril de 1775, los autonomistas declararon sus anhelos de independencia frente a la corona inglesa. Todas las colonias se consideraron en guerra contra la metrópoli y, en el Segundo Congreso reunido en Filadelfia ese año, confiaron el mando de las tropas al plantador virginiano George Washington. Su elección fue en parte el resultante de un compromiso político entre Virginia y Massachusetts, pero también la consecuencia de la fama ganada en la campaña de Braddock y del talento con que impresionó a los delegados del Congreso.

El flamante jefe de las fuerzas coloniales se vio entonces frente a la arriesgada tarea de crear un ejército casi desde la nada y en presencia del enemigo. Al llegar a Boston se encontró con más de quince mil hombres, pero se trataba sólo de una masa confusa de insurrectos indisciplinados, divididos en bandas hostiles entre sí, a menudo en harapos y mal armados. Faltaban víveres y vituallas, y además, cada asamblea provincial dictaba órdenes a su capricho. Aquí demostró Washington sus brillantes dotes de organización y su incansable energía, disciplinando y adiestrando a los voluntarios inexpertos, reuniendo provisiones y llamando a las colonias en su apoyo. De esa forma organizó al ejército de Massachusetts, con el que pudo ocupar Boston y expulsar de Nueva Inglaterra a los ingleses del general Howe en 1776. Ese año, ante la llegada de nuevas tropas enviadas por la metrópoli, los americanos habían proclamado solemnemente la independencia de los Estados Unidos.

Washington había ganado el primer round contra las tropas de la corona, pero aún faltaban varios años de guerra en que los soldados americanos serían puestos al borde de la aniquilación. Entre los factores decisivos para alcanzar la victoria, en primer término figuraron su capacidad para infundir confianza a los soldados, su energía incansable y su gran sentido común. Nunca fue un genial estratega, ya que, como dijo Jefferson, «a menudo fracasó a campo abierto», pero supo mantener viva entre sus hombres la llama del patriotismo y escuchó siempre las opiniones de los generales a su mando, sin importarle dejar de lado su propio parecer.

Así, en un segundo momento, retiró sus tropas al sur y esperó la contraofensiva británica en Long Island, pero decidió retirarse debido a su inferioridad numérica respecto a Howe. Desde entonces, en Pennsylvania empleó una táctica de desgaste que le valió las victorias de Trenton y Princeton de 1776, aunque también las derrotas de Brandwine y Germantown del año siguiente. En retirada, contuvo a las fuerzas de Howe que avanzaban sobre Filadelfia. La ciudad no pudo resistir y cayó en manos del jefe británico, pero pronto los ingleses sufrieron un desastre considerable y el general Burgoyne fue obligado a capitular en Saratoga, el 17 de octubre, ante el asedio del jefe americano Gates.

Este éxito de la Revolución americana conmovió en Europa a los adeptos del enciclopedismo y a los partidarios del «hombre natural» de Rousseau. Voluntarios franceses como La Fayette, Rochaubeau y De Grasse, polacos como Kosciuszko y sudamericanos como Miranda, acudieron en auxilio de las huestes de Washington, que vio así facilitada su tarea. Después del terrible invierno de Valley Forge, donde se dedicó a adiestrar a sus tropas, pudo reanudar victoriosamente la lucha gracias a los refuerzos recibidos. El gobierno francés vio en el conflicto la oportunidad de vengar la derrota de la guerra de los Siete Años y, en 1778, firmó una alianza con los Estados Unidos, a la que se sumó al año siguiente Carlos III de España.

El auxilio de las tropas francesas fue tan eficaz que Washington pudo recuperar Filadelfia, sitiar Nueva York y dirigirse al sur para cortar el avance de lord Cornwallis, que iba al frente de once mil hombres, el grueso de las tropas inglesas. El 19 de octubre de 1781 éste se vio obligado a capitular, luego de caer prisionero con su ejército. Esta rendición provocó la definitiva victoria de los colonos y el reconocimiento de la independencia por parte de Inglaterra, antes de firmarse la paz en Versalles, el 20 de enero de 1783.

En plena guerra, en 1778, el Congreso había promulgado la Ley de Confederación, primera tentativa para constituir un bloque homogéneo con los trece estados de la Unión. Pero esta fórmula política dio escasos resultados, pues la guerra y la posguerra exigían más un poder central fuerte que un gobierno sin atribuciones. En la cumbre del prestigio y la fama, después de los triunfos militares, Washington tuvo que hacer frente a los problemas de la reconstrucción nacional. Por un lado se negó a aceptar la corona que algunos notables le ofrecían, dedicándose a combatir la reacción monárquica de algunos sectores del país, y por otro proclamó la necesidad de establecer una constitución.

Su postura federalista, defensora de la implantación de un poder central eficiente que defendiera los intereses americanos en el exterior y equilibrara las tendencias partidistas de los territorios, supo conciliarse con la de los republicanos, partidarios de conservar la independencia política y económica de los estados. El acuerdo entre ambos grupos fue expresado por la Constitución del 17 de septiembre de 1787, la primera carta constitucional escrita que reguló la forma de gobierno de un país. Una vez más, las dotes de organización y dirigente de Washington hicieron que las esperanzas fueran puestas en él, y el Congreso lo eligió como primer presidente de los Estados Unidos en 1789.

La prudencia, la sensatez y sobre todo un respeto casi religioso a la ley, fueron las notas dominantes de sus ocho años de gobierno. Al elegir a los cuatro miembros de su gabinete, Thomas Jefferson en la Secretaría de Estado, el general Henry Knox en la de Guerra, Alexander Hamilton en la del Tesoro y Edmund Randolph en la de Justicia, Washington estableció un cuidadoso equilibrio entre republicanos y federales, el cual posibilitó la puesta en marcha del aparato que habría de coordinar y dirigir la administración del país. Para hacer frente a los graves problemas económicos por los que éste atravesaba, aplicó una férrea política fiscal y se esforzó por asociar los grandes capitales con el Estado, a fin de comprometerlos en la estabilidad de la nación. Con idéntico objetivo creó el Banco de los Estados Unidos y, a fin de promover el desarrollo industrial, dictó una serie de medidas proteccionistas que le valieron el apoyo de la burguesía.

Elegido para un segundo mandato en 1793, ante sus dudas fue Jefferson quien le convenció de que aceptara el cargo nuevamente. En esta segunda etapa de gobierno tuvo que enfrentar serios problemas, como el suscitado en el Oeste por la oposición a los impuestos sobre el aguardiente, que originó en 1794 una sublevación, conocida como Whiskey Rebellion, la cual fue reprimida por las tropas enviadas por orden del presidente. Otro elemento de desgaste fue el choque entre Jefferson y Hamilton, motivado por la radicalización de la Revolución francesa y el conflicto armado que asolaba Europa. Mientras que el secretario de Estado se inclinaba por el apoyo de Estados Unidos a la Francia revolucionaria, el secretario del Tesoro defendía la neutralidad ante la contienda. Washington, que al principio había tratado de mantener la armonía entre ambos, apoyó, una vez declarada la guerra europea, las posiciones de Hamilton y se decidió por la neutralidad. No tardó mucho tiempo en declarar sus simpatías pro británicas, a pesar de la enorme deuda que su país tenía con Francia, y ello trajo como consecuencia el debilitamiento de las relaciones con esta nación. Thomas Jefferson, por su parte, manifestó su disconformidad abandonando el gobierno y, ya desde la oposición, se opuso al centralismo del presidente.

Así fue cómo la estrella política de Washington comenzó a declinar hasta ensombrecerse totalmente cuando se conocieron los términos de un acuerdo comercial firmado por Gran Bretaña, el Tratado Jay del 25 de junio de 1794, que provocó fuertes discusiones en el parlamento y una real merma de la popularidad presidencial. Aun así, fue elegido por tercera vez para ocupar el poder, pero en esta oportunidad se negó tajantemente, aduciendo que quería volver con su familia y a la paz de la vida privada. En realidad, le frenaba el miedo a la tentación dictatorial que desvirtuaría el origen democrático de su lucha por la independencia, y no dudó en regresar a su plantación de Virginia.