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Cuento del Arañero: El Gabo y Hugo Chávez

BnFQgbJIUAAp7IKHugo Chávez

El libro “Cuentos del arañero”, tiene un cuento que relata la historia del encuentro entre el Mandatario venezolano Hugo Chávez, y el escritor colombiano, Gabriel García Márquez.

Chávez lo describió como un hombre “gran contador de cuentos” y bolivariano, y a través de anécdotas de la infancia del escritor expuso su naturaleza “preguntona” y su cercanía a la historia bolivariana. Fueron presentados por Fidel Castro en Cuba en 1999 y compartieron el vuelo de regreso a Caracas.

Estuve esta madrugada hasta tarde con Gabriel García Márquez. Me ha regalado este libro, “Vivir para contarla”, tremendo regalo. Aquí recoge toda una vida, desde su niñez. Dice que cuando era niño ya era contador de cuentos, inventaba cosas y se ganó la fama en su familia de ser adivino. Es el realismo mágico en su máxima expresión. No hay nada como la lectura para meterse en el mundo de lo real y también de lo mágico, de lo maravilloso y sobre todo novelas como ésta, de un hombre que ya es leyenda, premio Nobel de Literatura y para orgullo nuestro, latinoamericano, colombiano y, además, gran bolivariano. Qué gran novela, “El general en su laberinto”. Él dice que su abuelo era coronel y de allí a lo mejor esa novela, “El coronel no tiene quien le escriba”. “Por aquí anda Bolívar”, le dijo un día el abuelo al niño García Márquez, cuando pegaba el retrato del Libertador. “Este es el hombre más grande que ha nacido en la historia”. Entonces el niño se quedó pensativo y le preguntó, recordando algo que le había dicho la abuela: “¿Simón Bolívar es más grande que Jesucristo?” El niño preguntón puso en dificultades al abuelo, que respondió: “Una cosa no tiene nada que ver con la otra”. Y el niño quedó con aquello de que esos dos hombres eran los más grandes de la historia.

Nunca olvidaré cuando le conocí en La Habana con Fidel, en enero de 1999. Él tenía que ir a Barranquilla y me dijo: “Bueno, deme la cola, pues, me voy mañana”. Estábamos allí un grupo y “El Gabo” quería conversar conmigo, hacerme algunas preguntas. Pero como siempre, Fidel no nos dio tiempo. Creo que fue el mismo Fidel quien propuso: “Váyanse en el avión conversando”. Y así lo hicimos, nos vinimos de La Habana a Caracas, unas tres horas conversando. Recuerdo que en algún momento quería tomarse algún licor y le dijimos: “No, en este avión no se bebe licor”. Entonces una exclamación muy espontánea, muy latina. “Yo me he montado en no sé cuántos aviones presidenciales y esto lo voy a escribir: “Primer avión presidencial donde no hay un whisky”. Y lo escribió. “No, aquí lo que hay es jugo de guayaba”. Nos tomamos como cinco jugos de guayaba entre La Habana y Caracas.

Desde aquí mi recuerdo, la admiración de este pueblo a Gabriel García Márquez, sus “Cien Años de Soledad”, su Laberinto, su General y su Coronel, su Macondo y sus mariposas amarillas y ahora “Vivir para contarla”, maravillosa novela, maravilloso ser humano el Gabo, que Dios lo cuide para siempre.

(Tomado de www.cuentosdelaranero.org.ve)

Beatles: “Yesterday”

Beatles: “Yesterday”, hoy, siempre; “here, there and everywhere”

Beatles-PeterMax
¿Coincidir en espacio y tiempo es lo que decide la condición de lo contemporáneo? No, y sobran los argumentos. Por citar el que me mueve: cubanos de estos tiempos se atreven a adorar a Los Beatles tanto como el adolescente promedio del Liverpool de los ´60, más allá de la  distancia objetiva doble: de espacio y de años, porque desde hace mucho viene siendo también desde muy lejos.
Hace muy poco –o muy cerca– una amiga que se fue de Cuba y con la que comparto la mencionada pasión, me dijo que nada, absolutamente, ni la timba cubana ni la comida criolla, ni ciertas fotografías de la vecindad, nada de eso: lo que más nostalgia de Cuba le había dado eran Los Beatles. Así de “caprichosa” nos sale la memoria asociativa.
En Cuba, ciertamente, la beatlemanía se vivió con cierto desfasaje. Aun cuando la censura “establecida” solo fue entre los años 1964 y 1966, todavía a finales de los ´70 aparecía este chiste en una publicación periódica nacional: “¿Supiste? Hay un grupo nuevo: se llama Los Beatles.” Pero ni en los 70 ni ahora han conocido el silencio.
Cuando en mitad del siglo XX tocaban en un club de dudosa celebridad, cuando eran “unos tales” The Silver Beatles e, incluso después, “unos tales” The Beatles (cuya presentación abandonó en Alemania la madre de un amigo cubano, que entre sus conocidos, tiempo después, fue motivo de crítica, incomprensiones y mofa en todas sus variantes), no pintaban especialmente para autores de la banda sonora de una generación, la melodía de fondo de su época y de las que vendrían después. Gabriel García Márquez apunta “Los Beatles son la única nostalgia que tenemos en común con nuestros hijos”. Pues ya la generación del Gabo puede sentirse incluso cómplice musical de sus nietos.
Hubo crisis del tipo “Paul o John”. George hacía poco si se compara con el dueto Lennon-McCartney; aunque cada vez que hacía compensaba todo su silencio, como si en realidad se hubiera tratado de la pausa necesaria previa a todo gran acontecimiento, la gestación de algo grande que estaba por nacer.While my guitar gently weeps, Something, Here comes the sun… dan crédito. Ringo es el de obra escasísima, con el humor lacónico, encriptado, de Octopus´s garden y Yellow submarine.
En El vuelo del gato, de Abel Prieto, Angelito el Chino, un personaje señalado como preciso en sus aciertos, descarta a McCartney ante sus defensores, desacreditándolo con la etiqueta de hacedor de “guarapo comercial”, definitivamente inferior al genio de Lennon, menos melifluo, más radical y más sombrío.
Para mí no fue tan fácil discernir. Menos, cuando una se entera de que Lennon dice que “Los Beatles fueron los muñecos del capitalismo”. ¿All you need is love, in the end the love you take is equal to the love you make*: “la música del enemigo”? ¡Imposible! “I don´t believe in Beatles”**, sentencia en God. ¡¿Cómo, John, cómo dices esto?! ¿Cómo se pelean después de haber hecho A day in the life, originalmente dos canciones independientes y en apariencia imposibles de hacer comulgar entre sí y formar semejante obra?
Hubo contradicciones, maduración en diferentes sentidos, nietzscheano ocaso de los ídolos y las idolatrías. El mundo real es menos pintoresco, pero es el real. Lennon quiso verlo así, y se radicalizó cada vez más. Hasta se convirtió en símbolo, también porque lo asesinaron y eso siempre ayuda al mito. Aun así, Paul McCartney no será nunca una bandera.
Cuando yo nací, hacía nueve años de que Lennon tuviera el regreso a casa más nefasto de su vida, ese que le puso término a su prolífica existencia. McCartney aún toca, en escenarios inalcanzables; lo más cerca que he estado de él ha sido pararme frente a la silla en que se sentó y gentilmente firmó en San Pedro de la Roca, el Morro de Santiago de Cuba. George prosiguió su carrera, y tuvo un final triste, de enfermedad agresiva. De Ringo lo último que supe fue que tenía un rinoceronte en su castillo de nosedónde, alguno con un pasto perfecto y verde, según daba fe la fotografía. Pero los conozco, claro que los conozco.
En palabras pretendidamente bellas, la memoria no deja morir su recuerdo; pero lo que me ha llegado no es un recuerdo, ni siquiera ecos: ellos vuelven a ser los Fab four de Liverpool y el mundo cada vez que su música despierta y mueve algo dentro de quien los oye. Tendrán siempre obra nueva. Además, qué obra. Cuán siempre nueva.
Siempre le agradezco a Luiz, aquel brasileño amigo de mi madre que, tan ocurrente, le preguntó, sin razón aparente, a una niña de ocho años: “¿Te gustan Lennon y ‘di bírels’?” –así dijo–.
John me sonó entonces a Elton John, la canción de El Rey León, sí, claro, me gustan. Fue así como en su viaje siguiente, me entregó aquel tesoro, entonces desconocido por mí en tal condición: un casete con canciones del famoso John Lennon y Los Beatles, y el librito de un disco –The Beatles 1967-1970– para que copiara algunas canciones.
Este era el repertorio: Cara A: Strawberry Fields ForeverHello GoodbyeAll you need is loveWhile my guitar gently weeps, Here comes the sun, Obladi-ObladaDon’t let me down. Cara B: ImagineMotherStand by meBeautiful boyStarting overWoman… Jealous guy, Julia. Fueron mis-sus primeras canciones.
Aquel John Lennon definitivamente no era Elton John, y nada tenía que ver con El Rey León. ¡Por lo menos era inglés! Y Los Beatles eran los de un spot de años antes, con una canción que repetía “jelp”, donde un preservativo se llenaba de rayas rojas y se convertía en un salvavidas. La música del spot siempre me había gustado. No estaba mal. Nada mal.
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Copié aquellas canciones –que no entendía nada– mecánica, torpemente, con devoción. Me dictaba yo misma en silencio, leyendo en español las palabras en inglés, que para mí entonces bien pudieron estar en portugués, arameo, italiano o chino. Igual. Y empecé a escucharlos. Cada vez más. Tanto, que llegué a tener una contradicción importante cierta vez: Los Beatles ya no existían, así que ya no tendrían canciones nuevas. Yo, entonces, ¿qué haría cuando llegara el momento de escuchar la que sabía era la última canción nueva de ellos para mí? ¿Cómo chocar de cara con que no están, no son? Son pasado, que es muerte, o no, pero en todo caso no la vida que yo quería para ellos, la que de hecho tenían para mí. El pasado es perfectivo, definido, ya está, no hay potencialidad ni misterio, la huella tiene ya sus dimensiones definitivas. No hay estrés ni riesgo. Lo que fue, fue, y nada lo cambia. (La historiografía sí, pero no es el tema que nos ocupa). Por otro lado, no era posible que hubiera canciones que no escuchara, que no pasaran por mí. Era seria la disyuntiva.
En algún momento no identificado la superé, pero no me he aplicado después a descubrir si, en efecto, he escuchado ya todas sus canciones. Acaso en silencio, muy dentro de mí, todavía, todavía no quiero saberlo.
*Al final, el amor que recibes es igual al que haces. The End, Abbey Road.
**No creo en Los Beatles. God, John Lennon.
 
MONICA RIVERO

Los secretos de Fidel Castro

fidel en la sierra

Fidel en la Sierra Maestra

Atardecía el 17 de noviembre de 2005 cuando apareció de súbito, bajó del carro y estallaron en segundos los gritos de aquella muchachada: ¡Fidel, Fidel, Fidel! Le esperábamos hacía varias horas en las afueras del Aula Magna de la Universidad de La Habana. Algunos “clasificaron” para escucharle al interior de la sala; el resto hacíamos “olas” en la calle. Todos estábamos allí, era la oportunidad de la vida de abrazarle.

Intenté llegar lo más cerca que pude, pero fue una misión imposible. Solo le vi como a 20 metros, no más cerca. Eran mil manos extendidas, besos que volaban y Fidel, sonriente, fue reciprocando uno tras otros los mil saludos de ese pedacito de Cuba.

Aquel día de hace ocho años, en el que todavía era estudiante de Periodismo y andaba siempre soñando –no digo que ahora no lo haga– me di cuenta de que conocía a Fidel Castro de toda la vida, que los medios de comunicación me lo habían acercado tanto que no le pude estrechar la mano pero sentía su piel tersa y sus uñas aguileñas.

Los universitarios no paraban de corear: “Fidel, Fidel, que tiene Fidel, que los imperialistas no pueden con él. Fidel, Fidel que tiene Fidel…” Era el mismo de Birán, el Granma, la Sierra Maestra, la Crisis de Octubre y la ONU; el hombre sencillo que podía jugar básquet con un grupo de estudiantes o cambiarle un neumático al carro.

Caí en la cuenta de que muchos se ufanan en “desenterrar” los secretos de Fidel para hacerlos públicos y yo los tenía delante de mí: su humanismo, el primero de esos grandes secretos.

fidel en la plaza de la revolución

Fidel en la Plaza de la Revolución

fidel en naciones unidas

Fidel Castro cumple 87 años este 13 de agosto y, aún con esa ética proverbial con la que separó siempre al estadista hombre público de su vida privada, por estos días no podrá dejar de escuchar en la radio, ver en la televisión y leer en la prensa escrita o digital cómo el mundo festeja su cumpleaños y comparte sus secretos.

Hace algunas semanas leí una de sus frases que define otro de sus mil secretos: “Prefiero el viejo reloj, los viejos espejuelos, las viejas botas… y en política, todo lo nuevo”. Así de sencillo, ¿qué más se puede pedir? Un hombre fuera de liga.

Su hermano, el presidente Raúl Castro, nos da otras pistas: “Yo no he visto a nadie –y lo digo apoyándome en hechos concretos– que haya tenido una voluntad más grande mientras mayores son las dificultades”.

“Pretender medir la dimensión de Fidel es imposible”, nos confiesa Wilfredo Lam desde la solapa de Guerrillero del Tiempo, el libro de Katiuska Blanco donde el diálogo se convierte en dibujo de la personalidad y la vida del Comandante.

fidel en la urss

Fidel en la URSS

filde y allende

Fidel junto al presidente chileno Salvador Allende

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Fidel junto al líder palestino Yasser Arafat

Cuenta Katiuska que ni aún en los momentos más difíciles de su vida, Fidel ha estado alejado de los libros y el trabajo. Recuerda la periodista que, apenas unos pocos días después de su operación en julio de 2006 –aún en convalecencia– la llamó y allá se fue ella a trabajar con él en la pequeña clínica donde estaba recluido.

Así es Fidel, el incansable que llegó a dormir no más de cuatro horas diarias y podía pronunciar kilométricos discursos y no perder el hilo de las palabras, y no solo decir mucho sino dar ideas y poner los cimientos para un sueño; porque eso sí tiene Fidel, es un gran soñador.

El propio Gabriel García Márquez lo define como el hombre que va al futuro y regresa todos los días para contarnos qué va a pasar. Gabo lo catapulta en una frase: “Una cosa sabe uno con seguridad: esté donde esté, como esté y con quién esté, Fidel Castro está allí para ganar”.

Por esos caminos anda uno descubriendo los secretos de este hombre y se encuentra que cientos de sus más cercanos amigos y confidentes ya lo han definido. Para el escritor Jean Paul Sartre, “Fidel piensa hablando, o más bien, vuelve a pensar todo lo que va a decir: lo sabe y sin embargo, lo improvisa. Para tener tiempo de ver claramente la relación de las ideas, repite lentamente las palabras, dándole a cada frase –el tiempo de un desarrollo particular– el mismo comienzo”.

Fidel Castro continúa al frente de la Revolución. Con 87 años sigue sorprendiendo con sus reflexiones y su guía. Este hombre, que es capaz de dedicar horas para conversar con uno o miles, a veces sonriente, íntimo, y otras grave y tenaz.

Durante la Crisis de Octubre, en medio de las tensiones de aquellos días, le escuché lleno de valentía hablarle con la verdad al pueblo: “Si este país demostrara temor al imperialismo nos tragarían completo. No se le puede dar, un tantico… hay que resistir. Todos somos uno en esta hora de peligro”.

Eusebio Leal confiesa que lo ha visto superar los límites de la fatiga para aplicarse a persuadir, convencer y modelar a discípulos capaces de continuar la obra. “Le he visto reír y conmoverse hasta el límite, y, en alguna que otra ocasión, esbozar un rictus de amargura ante la decepción de no haber logrado un objetivo. Sobre un hombre de similar estirpe hablamos. Otros requerirán títulos y conocimientos, pero él no los necesita. Basta decir: ¡Fidel!”.

Regreso a los días de la universidad, me lleno de aquellos sueños, de la avidez por los secretos de Fidel y encuentro en todas las palabras, los gritos y los cariños del pueblo, la definición de quién es verdaderamente: el hombre sencillo, humano, firme, sereno, invicto, ético, novedoso, incansable, soñador, líder, unido, sensible, trabajador… y mucho más que se escapa.

Pero falta, esperen, el ingrediente más importante y nos lo regala Conchita Fernández: “Si la lealtad tuviera nombre de persona, se llamaría Fidel, que es lo que quiere decir su nombre en latin: fidelis, o sea, fiel”.

(Tomado de Cubahora)

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Fidel y el escritor colombiano Gabriel García Márquez

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Fidel y Compay Segundo

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Fidel y el presidente de Ecuador, Rafael Correa

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Fidel junto al líder histórico de la Revolución Bolivariana, Hugo Chávez

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Fidel junto a jóvenes cubanos

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Fidel y Diego Armando Maradona

fidel y nelson mandela

Fidel y Nelson Mandela

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Fidel y Teófilo Stevenson

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Fidel Castro

 

VOLVER A BOSCH: “BUSCANDO LA IDENTIDAD DEL PLD”

Víctor Manuel Grimaldi Céspedes
El Partido de la Liberación Dominicana tiene una historia que se remonta al 15 de diciembre de 1973, cuando Juan Bosch y un reducido grupo de dirigentes celebraron el Congreso Constitutivo Juan Pablo Duarte en los salones de Fiesta de Luxe.
Yo, con 24 años de edad cumplidos, estaba allí ese día, como periodista y simpatizante de un Bosch con quien había iniciado una muy cercana amistad personal y política desde el 30 de diciembre de 1972.
Aquel 30 de diciembre, cuando Bosch era líder indiscutible del PRD y un año antes de que se fundara el PLD, el Maestro me llamó por teléfono a la sala de redacción de El Nacional para agradecerme un artículo que escribí defendiéndolo de una campaña de ataques en su contra desarrollada por el periodista Juan Bolívar Díaz en el vespertino Última Hora.
Desde el PRD, el Maestro desarrolló una política de llevar al gobierno, presidido por Joaquin Balaguer, a actuar dentro de la legalidad.  El país sufría las consecuencias de la intervención militar norteamericana de 1965, y Bosch también rechazaba a sectores terroristas que habían penetrado el PRD mientras él estuvo residiendo en Europa desde noviembre de 1966 hasta abril de 1970.  Eso está bien explicado por él en uno de mis libros, con audio original incluído en un CD.
En 1972, además, el PRD había sido penetrado por la influencia política de la Embajada representante de las fuerzas interventoras de 1965, y Bosch tenía que enfrentarse a esas dos manifestaciones de extremistas de izquierda que promovían el terrorismo y a la derecha criolla y extranjera que trataban de apoderarse del PRD.
Luego de la guerra civil de 1965, el profesor Juan Bosch se convenció -al ponerse a estudiar lo que ocurrió en la República Dominicana después de la muerte de Trujillo- de que era necesario fortalecer o crear instituciones políticas que garantizaran el desarrollo civilizado y armonioso de la sociedad dominicana.
Para concebir ideas y planes, y luego crear esos instrumentos sociales que permitieran encaminar hacia el futuro a un pueblo de escasa experiencia -un país dominicano muy joven desde el punto de vista de la historia y la experiencia de otros que nos llevaban muchos siglos y hasta milenios de desarrollo social-, el profesor se estableció en Europa durante tres años y cinco meses.
Fue por esas razones tan importantes que decidió permanecer haciendo estudios, planes y contactos con Líderes mundiales e intelectuales fuera del País desde noviembre de 1966 hasta que retornó al país en abril de 1970.
Él había sido ganador de las elecciones del 20 de diciembre de 1962, las primeras libres después que fuera eliminada la dictadura como resultado de la lucha y la resistencia que desarrolló durante 31 años el pueblo dominicano contra esa tiranía opuesta al desarrollo del sistema democrático.
Asumió la presidencia de la República el 27 de febrero de 1963, fue derrocado por un golpe de estado militar incentivado fuerzas nacionales y extranjeras, y el 24 de abril de 1965 estalló una rebelión militar y civil para reponerlo en el poder, pero la revolución fue aplastada por la intervención militar norteamericana iniciada el 28 de abril de 1965.
En las elecciones del 1 de junio de 1966 se impuso Joaquin Balaguer, candidato del Partido Reformista, frente a un Bosch postulado por el PRD.
Como líder y presidente que era entonces el profesor Bosch, del Partido Revolucionario Dominicano (PRD), como profundo conocedor y estudioso de la composición social dominicana, Él se daba cuenta de las debilidades y fallas, y de las carencias intelectuales y formativas de los dirigentes perredeístas.
Supo verlos y estudiarlos, y comprender su comportamiento en todos esos procesos sociales y políticos que siguieron a la caída del trujillato y a la Revolución de 1965, y se dio cuenta que ellos necesitaban formarse, educarse, capacitarse y, sobre todo, aprender el arte de la disciplina política indispensable para dirigir el Estado.
El 30 de junio pasado se cumplieron 103 años del nacimiento del Maestro Juan Bosch. ‘‘Maestro’’, así escuché a Gabriel García Márquez decirle delante de mí al Profesor el domingo 1 de julio de 1979 en un almuerzo-buffet preparado por Mike Mercedes.
Desde los tiempos del PRD le llamábamos así, Profesor, en señal de respeto, si bien García Márquez nos hacía ver en 1979 el valor que engendra esa palabra que el pueblo dominicano había relegado: Maestro. Cuando se conmemoraron los 103 años del nacimiento del Maestro, la sociedad dominicana recibió la colección de sus Obras Completas, una parte de la cual está dedicada a la formación política del pueblo dominicano. Por la voluntad política de uno de sus discípulos, el profesor Leonel Fernández, el 30 de junio de 2012 el país y el mundo recibieron Los 40 Volúmenes de las Obras Completas de Juan Bosch.
Este es un material formativo que los dirigentes del PRD y los que infiltraron esa organización de manera oportunista nunca valoraron para mantener una organización civilizada y ordenada. Pero nos sirvió mucho a los peledeístas.
Gracias al Presidente Leonel Fernández se publicaron los volúmenes que han reunido las Obras Completas de Juan Bosch, con el pensamiento cultural, humanista, social, histórico, literario y político del Maestro. Es un patrimonio que reciben las actuales y futuras generaciones dominicanas, y que son una muestra de que el pueblo dominicano puede tener futuro si se le encamina por el pensamiento boschista.
Sólo las sociedades que se fundamentan en firmes valores culturales, éticos y morales tienen perspectivas de sobrevivir y prevalecer en el complejo mundo futuro de las relaciones globales.Las Obras Completas de Juan Bosch son fundamento de las estructuras que como pueblo, nación y Estado nos sostendrán y guiarán a las dominicanas y dominicanos por los siglos y los siglos. Al regresar de Europa trajo el Profesor Bosch libros e ideas nuevas -conocidos ahora porque forman parte del acervo cultural de todo el mundo- para aplicarlos a la renovación de la vida política dominicana.
La tarea ahora pendiente es reestudiar a Bosch para corregir entuertos.
Cuando en 1970 comenzó su experimento dentro del Partido Revolucionario Dominicano, Bosch fue descubriendo que a ese partido durante su ausencia por un brazo le había mordido la rabia izquierdista infantil y por el de su derecha le envenenaba la fuerza ideológica que frustró la sublevación demócratica, popular y militar de 1965.
La indisciplina, el caos y el desorden eran el comportamiento natural por el cual abogaban quienes más influían en la dirección del partido del jacho prendío en la bandera blanca. Bosch tuvo que dedicarse a sacarle a ese buey sus garrapatas, tratando de domarlo, y le mostró sus ideas, e intentó de enseñarlo con el ejemplo, pero sus dirigentes, con pocas excepciones, no le hicieron caso.
Tres años después de su retorno al país en 1970 -admirado por las masas perredeístas y rechazado por sus dirigentes maleados- el Profesor terminó de convencerse de que el PRD no era el instrumento que un día en el futuro habría de conducir por mejores caminos al Pueblo Dominicano.
Fue esa la razón fundamental por la cual el 15 de diciembre de 1973 el Profesor Bosch creó el Partido de la Liberación Dominicana, que ya ha gobernado durante tres períodos de gobierno de cuatro años y cuyos frutos buenos de gobierno se ven claramente.
Es más -a pesar de los lastres y errores que conlleva el ejercicio del poder, se puede afirmar ya que los períodos gubernativos del PLD han dado infinitamente mejores libertades democráticas y frutos materiales, económicos, culturales, saludables y otros beneficios que los que ha dado el PRD al pueblo dominicano, a excepción de los ejemplares siete meses del gobierno que encabezó el Profesor Bosch en 1963.
A los herederos políticos de Bosch se les deberá evaluar con la frase bíblica: “Por sus frutos los conoceréis”.
En noviembre de 1973 Bosch renunció al PRD y al mes siguiente fundó el PLD con el propósito -lo dice en su Discurso del 15 de diciembre en Fiesta de Luxe- de completar la Obra de   Juan Pablo Duarte.
Esa es la misión que el PLD debe retomar y proponerse, y la mejor ocasión para retomarla pudiera ser la celebración del Bicentenario de Duarte en 2013.
Ahora vale preguntarnos: Cuál fue la obra que se propuso realizar Juan Pablo Duarte? Cómo y dónde se inspiró para proponérsela?
Bebamos en la fuente de los escritos de Rosa, su hermana, del historiador Emilio Rodríguez Demorizi y otras personas autorizadas.
Pero nutrémonos sobre todo en las Obras Completas de Juan Bosch.
Así el PLD podrá encontrar su verdadera identidad.