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¿Fascismo en EEUU?: El caso del “Tea Party”

Vicenç Navarro

Sistema Digital
Existe una percepción generalizada en los mayores medios de información españoles de que el Tea Party en EEUU es un movimiento social de sensibilidad libertaria que surgió en respuesta a lo que se percibía por amplios sectores de la población estadounidense como un aumento del intervencionismo del Estado federal en EEUU bajo la Presidencia de Barack Obama. El corresponsal Antonio Caño de El País en EEUU ha sido un promotor de esta visión, que es también la promovida por dicho movimiento y por los medios conservadores y ultraliberales que simpatizan con él.
La realidad, sin embargo, es bien distinta. Tanto sus orígenes como su práctica actual señalan otro tipo de movimiento, que tiene por objetivo defender los intereses económicos y financieros de grupos empresariales concretos (que incluyen desde empresas tabacaleras a compañías de seguros, banca y empresas petrolíferas). Es un movimiento cuya base social es clase media de renta alta y sectores de las clases pudientes que creen que sus impuestos van a sostener a las minorías pobres del país. Está extraordinariamente bien financiado, con gran riqueza de medios procedentes de grupos financieros y económicos que gozan de grandes recursos políticos y mediáticos. Su poder político deriva de que están controlando el sistema electoral a través de la redefinición de los distritos electorales que son diseñados por las cámaras legislativas de los Estados controladas por el Partido Republicano, favoreciendo la elección de políticos ultraliberales, de nula sensibilidad democrática.
Sus miembros tienen características comunes con el nacional catolicismo español. Se consideran parte de una patria escogida por Dios, un nacionalismo extremo que tiene también la misión de salvar a EEUU de ”ideologías antiamericanas”, liberándolo del gobierno federal controlado ahora por un anti-Cristo. El 62% de los miembros del Tea Party (según Public Policy Polling ) cree que el Presidente Obama quiere instaurar el socialismo en EEUU; el 42% creen que el Presidente Obama es musulmán y quiere imponer la ley musulmana en el sistema judicial americano; el 21% creen que el gobierno federal está matando a gente para estimular el miedo a las armas (sí, ha leído bien la frase) y un largo etcétera de obvias falsedades, trasmitidas por un enorme sistema de adoctrinamiento, semejante a tener 20 Losantos –en prime time – a lo largo del territorio estadounidense: Rush Limbaugh, Glenn Beck, Michael Savage y la Fox News. La cantidad de dinero que estos aparatos tienen a su disposición es enorme. Es el movimiento de la ultraderecha más cercana al fascismo europeo, aún cuando tiene características propias que le distinguen.
Su poder deriva de su control de grandes recursos (financiados por esos grupos empresariales) y de gran número de cámaras legislativas de los Estados que son, como indiqué anteriormente, las que definen los distritos electorales de las elecciones federales. Ello explica que, aun cuando el Partido Demócrata ganó las últimas elecciones al Congreso (más de un millón y medio más de votos que los republicanos), hoy el Congreso esté en manos del Partido Republicano, controlado por el Tea Party.

Su eficacia se debe también a su profundo sentido de militancia y a su activa participación en el proceso electoral. Puesto que la abstención es enorme en las elecciones al Congreso (una de las instituciones más desprestigiadas en EEUU), un grupo muy minoritario, como el Tea Party, puede ganar las elecciones fácilmente. En las elecciones al Congreso solo el 30% del electorado vota (en las elecciones presidenciales, que coinciden con las del Congreso, lo hizo el 52%), con lo cual, un grupo muy movilizado puede acabar (con un 16% del voto) controlando las ramas legislativas del Estado y del Congreso. Su motivación es muy acentuada, pues tienen un fanatismo religioso que sostiene su convencimiento de que están luchando contra el anti Cristo, siendo altamente manipulables por los grupos económicos que los financian. Su fanatismo es complementarlo por una enorme ignorancia, pues creen, por ejemplo, que la parálisis del gobierno federal y su inviabilidad de pagar la deuda mejorarán la economía estadounidense. De ahí que su control del Congreso, vía el Partido Republicano, representa una amenaza para el sistema económico de EEUU, incluso para el sistema económico mundial. La situación referente a la deuda pública es un ejemplo de ello, pues están intentando chantajear al Presidente Obama a fin de acabar con las reformas sanitarias de la Administración demócrata y las pensiones públicas de aquel país. Su discurso es semejante al utilizado por los establishments europeos y españoles que, bajo la excusa de disminuir el déficit público, está eliminando el Estado del Bienestar, imponiendo políticas que están beneficiando al mundo empresarial y a las clases pudientes.

Vicenç Navarro es catedrático de Políticas Públicas en la Universidad Pompeu Fabra, y Profesor de Public Policy en The Johns Hopkins University.
Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

 

 

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Indo-afro-latinoamérica En las movilizaciones sociales germina una política joven anclada en la participación

Pero haberlas, haylas...
Pero haberlas, haylas… (Photo credit: JesusDQ)
Indo-afro-latinomérica tiene rostro de pueblos en luchas y resistencias, parapetados en barricadas y en rutas cortando el paso al saqueo, a la exclusión y a la muerte, defendiendo la vida en todas sus dimensiones. Así ha sido por siglos y así es en el presente. Pero no siempre en las mismas condiciones, ni situaciones, ni con las mismas tareas o desafíos.

El siglo XX puede definirse como el siglo dictatorial marcado por represiones y muertes de militantes del campo popular. Las organizaciones sociales se desarrollaron entonces en gran cercanía con las organizaciones políticas revolucionarias, y no pocas veces, nacieron bajo su inspiración o labor de base. Lo conspirativo-defensivo marcó el estilo de hacer política, la organización de sus actores y las interrelaciones entre ellos. Pero el tiempo de dictaduras saltó por los aires con las luchas de los pueblos que hicieron posible las aperturas democráticas. La caída del sistema socialista, abrió un período de confusión y desasosiego en las filas de gran parte de la izquierda político partidaria que fue aprovechado por el neoliberalismo triunfalista para impulsar sus feroces y regresivas políticas de saqueo prometiendo el advenimiento de un dulce y prospero futuro luego de la “necesaria” etapa inicial de “dolor y dureza”.

Sin esperar por los partidos de izquierda y sus directivas, los sectores populares, además de los siempre presentes movimientos indígenas, se levantaron prontamente para denunciar y resistir a tales políticas; en algunos territorios nacieron, crecieron y se consolidaron amplios y poderosos movimientos en campos y ciudades. En sus luchas construyeron articulaciones, experimentando la potencialidad de un actor colectivo capaz de constituirse en sujeto político de los cambios.

En las resistencias de las poblaciones de los barrios periféricos de las grandes ciudades (Santo Domingo 1984), en el levantamiento de Chipas (México, 1994), el Caracazo (Venezuela, 1989), la “guerra del agua” y las “guerras del gas” (Bolivia, 2000 y 2003), los levantamientos indígenas de (Ecuador, 2000), la constante recuperación de tierras por el MST (Brasil), el surgimiento de la central de Trabajadores Argentinos y los posteriores levantamientos piqueteros (Argentina 1991-2002), entre muchos otros ejemplos, germinaron nuevos sujetos socio-políticos y también una nueva dimensión de la política enraizada en lo social y sus luchas, con capacidad para cuestionar el poder establecido y disputarle la hegemonía política y cultural.

Lo reivindicativo revela su contenido político

Como nunca antes, las luchas reivindicativas mostraron en este período su rostro raizalmente político, es decir, cuestionador del sistema político, económico y social desde abajo. Pero en las filas de la izquierda partidaria faltó capacidad y sensibilidad para captar esta cualidad política revolucionaria presente en las luchas sociales; no era su práctica. Ello les impidió sumarse desde el inicio a la gesta de los movimientos, descubrir y poner de manifiesto los nexos comunes entre las distintas problemáticas y luchas sectoriales en aras de promover la articulación (convergencia) de las problemáticas sectoriales y de sus actores.

La convergencia supone, a la vez, la construcción de una subjetividad colectiva común, que es la que –en determinado momento , posibilita superar lo sectorial-corporativo y obrar colectivamente por objetivos sociales. Así ocurrió, por ejemplo, en Bolivia, con la formación del MAS, concebido por un conjunto de movimientos indígenas y sociales como su instrumento político para viabilizar las propuestas sociales, convertidas en agenda colectiva en las articulaciones y convergencias construidas por los diversos actores sectoriales en interacción permanente en jornadas de resistencias y luchas y en la elaboración de propuestas superadoras del estado de cosas.

Desde abajo, es decir, desde la raíz de los problemas reivindicativo-sectoriales, intersectoriales o sociales, con el protagonismo de los propios actores sociales emergía con fuerza una acción política nueva, no dicotomizada de lo social sino integradora, con clara vocación re-totalizadora de la sociedad fragmentada.

Un nuevo tiempo político: marcado por la emergencia de gobiernos populares y revolucionarios

Así fue como en diversos territorios de este continente los pueblos en lucha y sus movimientos abrieron posibilidades políticas para disputar y ganar gobiernos participando en elecciones, inaugurando con ello un nuevo tiempo político: el de la emergencia de gobiernos populares y revolucionarios, con las nuevas responsabilidades y tareas que ello implicaba e implica para movimientos, partidos y ciudadanía.

En su corta trayectoria, las experiencias en curso evidencian que el acceso al gobierno nacional puede dotar a los pueblos de una herramienta política clave para desarrollar/estimular procesos de empoderamiento colectivo capaces de impulsar el proceso socio-transformador. Pero también pone de manifiesto la posibilidad de quedar atrapados por la lógica superestructural y técnica.

Un gobierno revolucionario no puede limitarse a hacer una “buena administración”

Participar de las elecciones para acceder a espacios/fracciones del poder existente, limitándose luego a ejercerlo “correctamente”, ocupando los espacios parlamentarios o gubernamentales correspondientes nacionales o locales , sin hacer de estas instancias institucionales herramientas puestas en función del cambio social y del poder, reduce –hasta anular la perspectiva transformadora.

Es central tener presente que esta opción no constituye el camino electoral para la “toma del poder”, es parte de una nueva concepción (y prácticas) de transformación social. De ahí la importancia que en estos procesos tiene la participación popular desde abajo, dentro y fuera de las instancias gubernamentales y estatales. Puede afirmarse que las revoluciones democráticas culturales en marcha son proporcionalmente idénticas a la participación protagónica de sus pueblos en ellas.

No se avanza con una sumatoria de medidas superestructurales por muy justas y razonables que estas sean. Hay que construir protagonismo popular como base política (auto)constituyente del sujeto político colectivo y esto solo puede lograrse forjándolo a cada paso y en cada paso. El aprendizaje como la enseñanza comienza en las prácticas cotidianas. Educar en lo nuevo comienza por desarrollar nuevas prácticas, dando el ejemplo; clave pedagógica vital de las revoluciones desde abajo.

Impulsar revoluciones desde los gobiernos pasa por hacer de estos una herramienta política revolucionaria: desarrollar la conciencia política, abrir la gestión a la participación de los movimientos sociales y sindicales, de los movimientos indígenas, de los sectores populares, construyendo mecanismos colectivos y estableciendo roles y responsabilidades diferenciados, para cogobernar el país. La fortaleza de los gobiernos populares radica en su profunda y creciente articulación con los pueblos, con los actores sociales, construyendo de conjunto mecanismos que acorten las distancias entre representación política y protagonismo social. Esta es la verdad que cristaliza en las calles, marcando la presencia de la conciencia sociopolítica popular hoy: no basta con acuerdos superestructurales para gobernar (Brasil), no basta con que las decisiones sean correctas (Bolivia), no hay que someterse a los designios del mercado (Chile), no se aceptará la mentira como verdad (México)… Los movimientos sociales y particularmente los jóvenes del continente, ponen sobre el tapete la impronta política de este tiempo: la participación.

Se trata de avanzar hacia nuevas institucionalidades, modos y vías de ejercerlas; abrir las puertas del gobierno y el Estado a la participación de las mayorías en la toma de decisiones, en la ejecución de las mismas, y en el control de los resultados, en la medida que la construcción política y la transformación de las bases jurídicas de las instituciones estatales y gubernamentales lo posibilite. De ahí el papel central de las asambleas constituyentes en estos procesos.

El papel fundamental de las Asambleas Constituyentes

Resulta central la realización de asambleas constituyentes. De ellas emana el sustrato jurídico, político y social para abrir paso a una nueva institucionalidad, engendrada embrionariamente en los procesos de luchas sociales, abanderados por la resistencia, el empuje y los reclamos históricos de los pueblos de este continente (con sus organizaciones sociales y políticas), en primer lugar de los pueblos indígenas originarios y sus comunidades.

Obviamente, las asambleas constituyentes no son el motor del cambio. Los pueblos han de prepararse para plasmar en ellas sus puntos de vista, proponiendo y defendiendo contenidos acorde con sus intereses y su proyección estratégica. Pero en esto, como en todo, es importante tener presente que el cambio de sociedad es procesal: Habrá que hacer tantas asambleas constituyentes como lo vaya reclamando y posibilitando la profundización y radicalización de cada proceso, marcado en primer lugar por las condiciones específicas y por la maduración política del actor colectivo.

En las movilizaciones sociales germina una política joven anclada en la participación

Sumándose a las experiencias de las grandes jornadas de luchas populares contra el neoliberalismo, las masivas movilizaciones recientemente ocurridas en México, en Bolivia, en Brasil, en Chile, en Colombia, han puesto una vez más en el quehacer político la impronta de la participación sociopolítica de los movimientos indígenas y sociales, del pueblo trabajador y de las juventudes en particular. Ellas anuncian claramente la irrupción de una política joven, que no puede equipararse con algunos intentos de maquillar la vieja política y sus estructuras partidarias “con presencia de jóvenes”, aunque estos son sin dudas un pilar esencial del nuevo sujeto colectivo.

Hay avances significativos en esta dirección, sobre todo en los procesos de Venezuela (Consejos Comunales, Gobierno de Calle), y en Bolivia (revitalización de las asambleas de base como dinamizadoras de las transformaciones sociales, rectificación de medidas –aunque justas no comprendidas por una parte de la población; la construcción desde las comunidades del estado plurinacional intercultural). En el caso de Brasil, las movilizaciones recientes, las multitudes de jóvenes en las calles pusieron al desnudo las debilidades del sistema político partidario que asumió el PT, mezclando viejos dogmas de la izquierda con las exigencias del establishment y sus tentadoras alianzas y acuerdos por arriba en aras de sostener la “gobernabilidad”. Rechazando esto, cuando todo parecía brillar y marchar sobre ruedas, la juventud salió a increpar a “la razón política” imperante haciéndose oír en las calles. Desde allí, la ciudadanía movilizada recupera socialmente –de hecho la política, anquilosada en aparatos partidario-estatales-gubernamentales. Con su accionar rebasa a los partidos políticos tradicionales de derecha, de centro, y también de la izquierda; los manifestantes expresan claramente: ¡queremos participar! Revitalizan así el corazón revolucionador de todo proceso de cambio social popular: la participación de los de abajo en las decisiones gubernamentales estatales y en la ejecución y control de las políticas públicas.

Quitarse las anteojeras

A pesar de la contundencia de su realidad y mensaje, el peso de la vieja cultura que asecha la mentalidad y las prácticas de la izquierda partidaria, se hace presente a la hora de interpretar los acontecimientos. Son muchos los partidos de izquierda persisten defensivamente en su ceguera escudados en viejos tabúes de desconfianza porque, según dicen, “nadie los controla”, “no hay organización ni dirección”. No toman nota que esto es, exactamente, lo que está mostrando (y reclamando) la juventud en las calles: Abrir las compuertas de la política y de las organizaciones políticas, transformándolas, abriéndolas a la participación de los diversos sujetos, es el anhelo que late en el corazón de los reclamos.

No es un detalle insignificante que esta historia pueda escribirse apenas mencionando a los partidos de izquierda entre los protagonistas. Y ello tiene que ver tanto con las conductas políticas del pasado reciente como con las del presente, agravadas en este caso, si estas izquierdas gobiernan o son parte de gobiernos, puesto que –sin dar cuenta de los cambios- trasladan a estas instancias sus antiguas anteojeras político-culturales: respecto de la acción política (por arriba), y respecto de la organización y conducción políticas, sosteniendo criterios vanguardistas que (auto)otorgan a las élites políticas la capacidad de “saber” lo que hay que hacer, y dejan a las mayorías “alienadas” o sectorializadas y sus movimientos las luchas reivindicativas inmediatas. Es el mismo esquema piramidal, jerárquico y subordinante que la izquierda partidaria sostuvo en el siglo XX, sustentado en el presente como si nada hubiese ocurrido ni cambiado.

Por mucho que los representantes de tales partidos evoquen a Lenin creador del partido revolucionario “de nuevo tipo”, pensado por él en virtud del sujeto, las condiciones y las tareas de su época , está claro que Lenin se espantaría al ver que, en más de un siglo, a pesar de los grandes cambios ocurridos en el sistema-mundo ahora bajo el dominio global del capital, las “vanguardias” de izquierda no modificaron los criterios básicos de su organización político-partidaria para que esta sea convergente con los sujetos, las tareas de este tiempo y las condiciones (objetivo-subjetivas) de transformación revolucionaria de las sociedades en el presente. Resulta casi una obviedad decir esto, pero es parte de la realidad. Y ciertamente, constatar este anquilosamiento es más impactante aun en este continente, donde las luchas sociales y el quehacer político protagonizado por diversos movimientos sociales, indígenas, sindicales, urbanos y rurales, marcaron el rumbo y el camino de lo nuevo y –con ello , crearon también las condiciones para que la izquierda partidaria (tradicionalista) modificara sus conductas y posicionamientos políticos. Es parte de sus actuales retos.

Superar la falsa dicotomía: “partidos o movimientos”

Las anteojeras político-culturales de esta izquierda influyen en las lecturas que hacen de la realidad social, sus dinámicas y actores, convirtiéndolos en obstáculos para lo que según sus prejuicios se “debe hacer”. Revitalizando la falsa y vieja dicotomía entre lo social-reivindicativo-sectorial y lo político, interpretaron que la irrupción protagónica de los movimientos sociales en Indo-afro-latinoamérica en defensa de la vida, era una “amenaza” para su condición de “vanguardia”. Ciertamente la ponía en jaque, pero no por “imponerse”, sino porque reclamaba –de hecho abrir las compuertas de la política al conjunto de actores sociopolíticos. Sin embargo, lejos de ello, la nueva realidad abrió cauces a una nueva fractura: entre los partidos de izquierda y los movimientos indígenas y sociales, fractura que se expresa en sus articulaciones locales, nacionales y continentales, y que ha dado lugar a la formación y permanencia, por un lado, del Foro de San Pablo (sin movimientos) y, por otro, del Foro Social Mundial (sin partidos).

Construir un foro continental de articulación socio-política

En este sentido, el desafío es –además de mantener los espacios específicos constituidos , construir ámbitos de articulación, coordinación y conducción política conjunta entre los actores sociales y políticos, dando pasos concretos que impulsen los procesos de conformación constitución del sujeto sociopolítico colectivo, en cada país y también en el ámbito continental. Y esto poco y nada tiene que ver con la actual propuesta-invitación del Foro de Sao Paulo a los movimientos sociales para que se agrupen y constituyan “un capitulo” en el seno del Foro.

Tanto para partidos de izquierda como para movimientos sociales es tiempo de superar fragmentaciones y rivalidades estériles. No se trata de quién es “mejor”. Las críticas a los partidos de izquierda no persiguen su desaparición, ni su sustitución por los movimientos; no se trata de una actitud “contra los partidos”, aunque posiblemente algunos sectores así lo entiendan. Lo importante en este aspecto es tomar conciencia de que las rémoras emergen de las prácticas cotidianas de cada sector (político y social) y que, por tanto, es desde ahí que empieza a construirse el cambio: en las dinámicas e interrelaciones cotidianas entre partidos de izquierda y movimientos indígenas y sociales, construyendo conjuntamente, en cada lugar, las convergencias: mesas de trabajo colectivo, interconsultas, propuestas intersectoriales, coordinaciones, etc. No hay forma de aprender a articular y coordinar como no sea articulando y coordinando. Vale decir que este es también el camino de la cimentación de confianzas mutuas, aspecto que –en el quehacer político actual , ocupa un lugar central.

El desafío político de la articulación va más allá de una asignación de roles y delimitación de espacios entre partido y movimientos. Articular a los diversos sectores y actores sociopolíticos, implica también articular sus problemáticas aparentemente inconexas entre sí, sus identidades y subjetividades, sus modos y caminos diversos de participación política, que nace en el quehacer de las comunidades campesinas y se extiende hasta las redes sociales virtuales. No es una suma, es una multiplicación. Y ello solo puede lograrse a partir de la participación plena de todos y cada uno de los actores sociales y políticos.

Articular alude a reunión, pero en lo que hace a la construcción de un sujeto político colectivo, esa reunión supone construir las convergencias en aspectos claves articuladores, que conjugados ponen al descubierto el origen social sistémico de los problemas de unos y otros, y buscan caminos conjuntos para encaminarse a su superación, solución etc., impulsando procesos de cambio social. Pero esto no cabe en una concepción que sostiene criterios y prácticas de relación vertical y jerárquica, en la que los partidos confunden capacidad de dirección política, con que sean ellos los que deciden, los que dicen qué y cómo.

Por eso para la izquierda partidaria el mensaje de las movilizaciones sociales y la presencia multitudinaria de jóvenes en las calles, es claro: urge quitarse las viejas anteojeras acerca de la política y sus actores protagonistas, acerca de los modos y ámbitos de de interrelación, de creación de conocimientos, propuestas y programas políticos.

Un nuevo tipo de conducción política es necesaria

Es vital dar cuerpo a modalidades de interrelación horizontal entre partidos y movimientos; estas apuntan a transformar precisamente el viejo esquema jerárquico piramidal. Lo horizontal no alude a una forma organizativa ni la propone; es un principio de igualdad de capacidades entre actores-sujetos, en aras de construir una interrelación dialogal entre pares. Este principio ha sido hasta ahora subestimado y desestimado por los partidos de izquierda, quienes redujeron el planteamiento de horizontalidad a una cuestión morfológica y, sobre esa base, la desecharon por considerarla: basista, espontaneísta, anarquista, etc., todo, menos pensar en modificar los arcaicos esquemas partidarios para ponerlos a tono con la realidad de los sujetos político-sociales, con sus modalidades de existencia y organización, y con las tareas político-sociales-culturales que reclama la transformación raizal (desde abajo) de la sociedad capitalista en el presente.

La interrelación plural horizontal no es el problema, sino la fragmentación, la sectorialización de las luchas y sus actores, y la transición defensiva de éstos hacia grupos reivindicativos-corporativos.

Superar la fragmentación social, política, cultural y de conciencia: construir la subjetividad política colectiva común

Las instancias organizativas articuladoras son importantes, pero trascender la fragmentación (social, política, cultural y de conciencia) implica la simultanea y permanente construcción de una subjetividad colectiva que se proyecta políticamente en las propuestas comunes en función de cambios sociales. Si no se construye simultáneamente con las articulaciones coyunturales, una subjetividad política colectiva para el cambio social que sitúe e identifique a todos en un mismo afán político-social, la fragmentación, las miradas sectoriales y las apetencias corporativas no se superarán.

Construir el sujeto colectivo del cambio

Los procesos de cambio abiertos en Indo-afro-latinoamérica reclaman articulaciones sociopolíticas de nuevo tipo: horizontales, plurales, interculturales, dinámicas, como camino de (auto)constitución de los actores-sujetos en sujeto colectivo. Vale tener presente también la emergencia o maduración de nuevos actores sociopolíticos y sus demandas, aspiraciones y propuestas. Por ello reconstruir permanentemente la subjetividad colectiva común y las articulaciones es una constante en las tareas democratizadoras revolucionarias.

Todas ellas apuntalan un objetivo central: la construcción (permanente) de la fuerza social y política de liberación, sujeto político colectivo de los cambios en procesos de revolución democrático-cultural hacia un nuevo modelo civilizatorio. Esto significa, en apretada síntesis, articular una fuerza político-social de liberación que abarque lo parlamentario-institucional, pero sin limitarse a ello.

La conducción política del proceso revolucionario reclama la articulación unificada, colectiva y común de ámbitos para los quehaceres parlamentarios y extraparlamentarios: es la fuerza sociopolítica colectiva articulada la que se desdobla y crea su fuerza político electoral, que es parte del conjunto de fuerzas sociopolíticas del cambio raizal del mundo y constructora de la nueva civilización, o sea, en este sentido, la fuerza social, política y cultural de liberación.

Isabel Rauber. Pensadora latinoamericana. Estudiosa de los procesos de construcción de poder popular desde abajo en indo-afro-latinoamerica. Profesora universitaria. Pedagoga política. Doctora en Filosofía.

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso de la autora mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

 

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¿Es necesario un nuevo sujeto político?

English: Pilates. Creative Commons

Desde hace tiempo, la necesidad de un nuevo sujeto político es un tema recurrente en el campo de la izquierda, que se ha acelerado, sobre todo, a raíz de la abrumadora mayoría del PP el 20 de Noviembre de 2011. La victoria conservadora puso en evidencia una dramática ausencia de alternativas de la izquierda tradicional, en tanto que el distanciamiento entre las exigencias y reclamaciones de los ciudadanos y su plasmación política y legislativa se ensancha cada día. Al mismo tiempo, la catarata de medidas dictadas por una ideología feroz contra las clases trabajadoras, está desembocando en el colapso del bipartidismo, en torno al cual ha girado la política de los últimos treinta cinco años. Esta es una de las principales consecuencias de los abusos e ilegalidades a las que se viene sometiendo al Estado social de derecho.

Todo el sistema completo de derechos y libertades democráticas ha entrado en una etapa de “excepción permanente”, arrastrando tras de sí (y al revés) la credibilidad de la política, de los partidos, de los “políticos” y de las propias instituciones representativas. Ello ha provocado una degradación sin precedentes de sus cometidos constitucionales, que los aboca a una gravísima crisis de confianza entre sus afiliados y electores y a un alejamiento cada vez mayor de las realidades cotidianas. A su vez, el hundimiento de conquistas sociales y derechos sólidamente asentados pone en peligro los fundamentos mismos del Estado de derecho, sin los cuales este sería irreconocible, y deja inermes a los ciudadanos al despojarlos de su condición de tales. Sin el arma de los derechos, los ciudadanos dejan de serlo y retroceden a la condición de súbditos, a una categoría inferior de subciudadanos condenados a la arbitrariedad y a la obediencia a los poderosos. Decir derechos, es hacerlo en referencia a todos los derechos, nombrar lo irrenunciable de un Estado de derecho: Derechos fundamentales, sociales, laborales y de seguridad de vida, que inevitablemente forman un todo entrelazado, de modo que al amputarse unos, los restantes y todo el conjunto se resiente, se reducen hasta el extremo de correr el riesgo de desaparecer en un nuevo estadio que no sería otro que el de la dictadura.

Haber llegado hasta aquí, no ha sido un accidente ni es sólo imputable a las cavernas de la derecha española o europea. En años pasados, el paradigma de buena gestión fue la empresa privada y la administración pública la antítesis, por lo que el modelo a seguir era dirigirla con criterios empresariales. Paso a paso, la fiebre privatizadora fue en aumento, vendiéndose sectores estratégicos y empresas públicas rentables (o transfiriendo la gestión por varias décadas) a precios de saldo; se desató una verdadera pasión, compartida por un amplio espectro de la izquierda, por aprobar normas desreguladoras en todos los órdenes; se sucedieron reformas laborales que acentuaban la precarización y reducían tutelas adquiridas; se fomentó la especulación urbanística y al saqueo del patrimonio público a través de complicidades peligrosas a varias bandas entre instituciones de diferente nivel, promotores y constructores, a veces de origen dudoso; la tolerancia con el fraude fiscal y los movimientos oscuros de capitales estaba al orden del día; se regalaron rebajas fiscales y bonificaciones intolerables a las grandes empresas y a los más ricos. Se prescindió del impuesto a las grandes fortunas. Se incrementó la financiación privilegiada a la iglesia católica y a la enseñanza concertada, tanto en Andalucía como en resto de España…. En suma, se fueron creando las condiciones precisas, desde todos los ámbitos de gobierno, fueran estatales, autonómicos o municipales, y signos políticos, para el despliegue de una compleja trama de transacciones entre política y economía que, por un lado, alimentaron el boom inmobiliario y el estallido del ladrillo y, por otro, contribuyeron a crear y fortalecer redes asociativas delictivas que corroen la legitimidad misma del Estado. La corrupción rampante, el tráfico de influencias, las “puertas giratorias” que conectan poder y dinero, el trasiego indigno de ex altos cargos del gobierno o del Estado hacia las grandes empresas (y viceversa) anteriormente públicas, son rasgos distintivos de un tiempo de amenazas intolerables, pero, también, de nuevos desafíos para la izquierda.

Mientras tanto, la Europa del gran pacto social de postguerra fue asaltada, tras el derrumbe de la URSS y de los países del llamado socialismo real, por la ideología y la política ultra liberal. Ideología y política que hicieron fracasar las reformas democráticas (perestroika y glasnost) en la URSS y el proyecto de una Casa Común Europea emprendidas por Gorbachov e impusieron a los países del Este un Pliego de Condiciones de Adhesión a la Unión Europea, en realidad un auténtico tratamiento de shock contra cualquier tipo de “enfermedad degenerativa de los sistemas públicos”, de tal violencia que los ha sentenciado a vivir bajo las leyes salvajes de un mercado a merced de corporaciones mafiosas.

Liquidado el “fantasma del comunismo que recorre Europa”, se acabó el sueño futurista de una Europa Federal inspirada en la solidaridad y en valores democráticos supranacionales y se inicia una nueva etapa a merced de un enjambre de Decisiones, Reglamentos, Instrucciones, Recomendaciones, etc., unidireccionales y unidimensionales, en armoniosa sintonía con los grandes lobbies empresariales que marcan las estrategias de la Comisión. A partir de ahí, el triunfo del ultraliberalismo alcanza su cénit, domina de parte a parte las instituciones comunitarias y propaga un modelo mercantilista de organización y crecimiento del espacio europeo, con escasas concesiones sociales y una dimensión política raquítica: En la distribución de poderes de la UE el Parlamento Europeo actúa de comparsa. Ya antes de la crisis, el Consejo había aprobado unos Presupuestos ridículos (1,1% del PIB comunitario); las Iniciativas Comunitarias, los Fondos Estructurales y de Cohesión, que ya venían padeciendo continuas curas de adelgazamiento, se comprimieron aún más; se endurecieron las prohibiciones de ayudas estatales (y europeas) a empresas públicas; se aceleraron las privatizaciones en estricta observancia de las reglas de la libre competencia (¿?); se apostó con entusiasmo por sucesivas reformas del mercado laboral y se ajustaron las políticas de solidaridad e igualdad al criterio del déficit y presupuesto cero (menos Alemania). Una vez emprendido el buen camino, la Unión necesitaba consagrarlo constitucionalmente ad eternum y lo hizo configurando un Tratado de Constitución Europea, ahora Tratado de Lisboa, basado en la doctrina que justificaría más tarde el descenso a los infiernos: La primacía de “una economía abierta y de libre competencia” sobre los derechos sociales, laborales e individuales, lo que en la práctica significa la subordinación de los derechos a los intereses de un mercado sin reglas.

De una u otra forma, el movimiento socialista y socialdemócrata europeo fue desapareciendo como tal al abrazarse gradualmente a la fe verdadera del “neoliberalismo con rostro humano”, la llamada tercera vía de Blair, Schröder….Como si se tratara de un castillo de naipes y con distintos argumentos, la socialdemocracia se esforzó en derribar barreras de separación con el pensamiento económico conservador, hasta hacerse irreconocible, al precio de duras confrontaciones internas y de derrotas electorales sucesivas. En realidad, tras la pomposidad de las declaraciones sobre el Proyecto Común Europeo, la Europa de la Solidaridad, y otros mitos, no hay más que una penosa ausencia de alternativas al neoliberalismo en el tratamiento de los retos europeos.

Esta Europa que se des-socializa a pasos agigantados, es cada vez menos Europa y más asiática. En su deriva ultraliberal, solo la resistencia democrática de los ciudadanos (elecciones, referéndum, iniciativas populares, peticiones, periódicos digitales, blogs, webs de asociaciones alternativas…) y algunas excepciones minoritarias de la izquierda política o sindical, cuestionan las decisiones aristocráticas de la Comisión, el Banco Europeo, el FMI, o el gobierno alemán. Dotados del don de la infalibilidad, los dirigentes de estas instituciones se muestran omnipotentes, omnipresentes y omniscientes, una vez designados por el dios de los mercados como los nuevos profetas de la nada. Y en razón de ese privilegio de origen divino se creen investidos para castigar, premiar, excomulgar a su antojo, por encima de toda crítica y de cualquier juicio moral.

Europa pierde estándares democráticos a pasos agigantados a golpe de contrarreformas impuestas a los ciudadanos con la colaboración más o menos entusiasta de los gobiernos de derecha e izquierda. Los Estados se someten al dictado alemán y han pasado a convertirse en simples Protectorados encubiertos. La xenofobia y las fuerzas de la extrema derecha se propagan desde la periferia del Este y el Sur al corazón de Europa y dibujan un horizonte sombrío.

La metabolización social liberal del pensamiento en la izquierda mayoritaria, lógicamente con distintos acentos y matices, está influyendo de manera extraordinaria en el curso de los acontecimientos políticos europeos y mundiales. De ahí la irrelevancia del Partido Socialista Europeo y los recurrentes fracasos de los PS en Europa y en España.

La crisis no ha dejado a salvo a sus promotores sean de un signo u otro. Entre los padecimientos de hoy y las políticas de anteriores gobiernos, que facilitaron, sin protestas internas significativas, el ascenso abrumador de la derecha y su control absoluto de la organización del Estado, los ciudadanos siguen esperando un examen autocrítico del PS. No puede ser de otro modo si aspira a reconciliarse con su electorado. De ahí el dilema vital en el que se encuentra: si gira hacia la izquierda y hacia la democracia interna satisfaciendo las demandas de sus votantes y de la mayoría de sus afiliados ya no sería este PS sino otro con otras políticas y otros dirigentes, y si no lo hace quedará al margen del pueblo de izquierdas. ¿Hay más alternativas?

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

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“Si en la izquierda no somos capaces de salvar nuestras discrepancias, no hay alternativa”

Partido Socialista
Partido Socialista (Photo credit: Ojota)
Martine Billard (Boulogne-Billancourt, 1952) comenzó su andadura política en mayo del 68, sumándose al movimiento estudiantil en el Comité d’action licéen. Graduada en Económicas, ha formado parte de movimientos feministas, ha luchado contra la energía nuclear y se ha implicado en la defensa del pueblo palestino. En los 90 se unió al partido de los Verdes francés, que abandonó en el 2009 para integrarse en el Parti de Gauche (Partido de Izquierda), de la que actualmente es copresidenta junto a Jean-Luc Mélenchon.

Esta semana ha visitado Barcelona para difundir la experiencia del Frente de Izquierdas, la unión de hasta nueve grupos políticos que transitan desde el socialismo hasta el comunismo. La coalición obtuvo el mayo éxito electoral de partidos a la izquierda del Partido Socialista francés desde hacía más de 20 años, en las elecciones presidenciales del 2012, con el 11% de los votos. En la capital catalana, se ha reunido con la Plataforma de Afectados por la Hipoteca (PAH), con sindicatos y con Esquerra Unida i Alternativa. La unión de la izquierda para configurar una alternativa fuerte a las políticas de austeridad dominantes es posible, asegura.

Billard defiende un reparto más equitativo de la riqueza, la participación directa de los trabajadores en la gestión de las empresas, y un “proteccionismo solidario” en el que cada país desarrolle su producción y establezca intercambios económicos con otros países basados en la cooperación y la solidaridad, no en la competencia. De trato afable, con una sonrisa permanente cuando atiende a las preguntas, alza la vista a la hora de responder tratando de encontrar las palabras adecuadas en castellano. Domina el idioma, si bien con alguna dificultad, que salva apoyándose en el compañero de partido que la acompaña durante la entrevista.

El Frente de Izquierda agrupa a fuerzas políticas muy diversas, ¿cuáles fueron las principales dificultades para alcanzar un acuerdo?

Tenemos una historia muy diferente entre las fuerzas del Frente. Al principio éramos tres grupos: El Partido Comunista; el Partido de Izquierdas, una mezcla de gente que venía del Partido Socialista, del movimiento republicanista y de los Verdes, que es mi caso; e Izquierda Unitaria, que viene del trotskismo. Lo que fue importante es que habíamos tenido momentos de lucha común. Por ejemplo en 2005, contra el Tratado Constitucional europeo. Hicimos la campaña juntos, pero después no supimos quedarnos unidos. Sin embargo, en las elecciones presidenciales de 2007, que fueron un fracaso para todos los grupos a la izquierda del Partido Socialista, sacamos la conclusión de que no podíamos seguir así, porque si seguíamos con tanta división íbamos al fracaso total.

¿Ello propició la unión?

Decidimos ser responsables y juntarnos, para de nuevo poder tener un movimiento fuerte a la altura de la necesidad del momento político. Empezamos con la campaña electoral de las elecciones europeas de 2009. En esa época las alianzas eran electorales: En 2010 en las elecciones cantonales, en 2011 en las elecciones regionales, hasta el 2012 en las elecciones presidenciales. En esas elecciones presidenciales, por segunda vez desde la liberación de Francia, el Partido Comunista aceptó no tener un candidato que viniese de sus filas, sino que fuese Jean-Luc Mélanchon, del Partido de Izquierda. Hay que subrayarlo porque de parte de los compañeros comunistas fue una decisión valiosa, y que permitió una campaña muy larga con movimiento popular real.

Sumasteis además la movilización popular…

Hicimos concentraciones en plazas públicas, lo que no es tradición en Francia. Ustedes en España lo hacen, pero en Francia nunca. Hubo concentraciones, por ejemplo en París, con 80.000 personas. Se hicieron en Toulouse, en Marsella… También se construyeron frentes temáticos: frente de la salud, frente de la agricultura, de las mujeres… muchos frentes juntaron no solamente  a organizaciones políticas del Frente sino también militantes sindicalistas, de asociaciones, ciudadanos. Ello realmente dio un nivel de masa a esa campaña muy importante, y logramos sacar un 11% de los votos en las elecciones.

La unión de la izquierda ha sido tradicionalmente complicada en España… ¿qué consejos le daría a los partidos de izquierda para que sumen fuerzas?

Primer consejo: no hay imposibles. Es una cuestión de voluntad política. Ahora en el Frente de Izquierda somos 9 grupos políticos, que vienen del socialismo, del comunismo, de la ecología, del republicanismo, del trotskismo y del maoísmo. Pero todos decidimos que había que hacerlo no para nosotros, ni para nuestro grupo político, sino para el pueblo francés. Porque si no somos capaces de ir adelante y salvar nuestras discrepancias significa que no hay alternativa política en nuestro país.

¿Y cómo salváis esas discrepancias?

Tenemos un principio de funcionamiento en el cual no hay voto. Es decir, funcionamos por consenso. O todos estamos de acuerdo, o unos no están de acuerdo pero piensan que a pesar de ello no vale la pena impedir la acción, y si hay uno que de verdad está claramente en desacuerdo no lo hacemos en nombre del Frente. Pero nunca decidimos por un voto entre nosotros, porque eso significaría división. ¡Y funciona! La coordinación del Frente se reúne todos los lunes, realmente somos capaces de estar en todas las movilizaciones y tiene una capacidad de movilización que ninguna otra opción política tiene. Incluso los sindicatos no tienen esa capacidad de movilización que tiene el Frente.

En España la movilización ciudadana comienza a desbordar a la de los sindicatos… ¿Qué papel puede jugar la sociedad civil en la construcción de un frente de izquierda?

El problema es que en Francia no tenemos el mismo nivel de movilización, hay movilizaciones respecto a la vivienda, a la salud, pero no al nivel de marea que tienen ustedes, en eso estamos muy celosos del nivel que tienen en España. Por eso, el objetivo del Frente no es sólo que sea un frente político, sino que sea capaz de pasar a un frente del pueblo para poder construir una movilización para cambiar la correlación de fuerzas en el país.

¿Los partidos tradicionalmente considerados de izquierdas como PSOE, PSF o PASOK… han dejado de serlo?

La realidad es que se volcaron al social liberalismo total. Cuando el presidente francés, François Hollande, va a la reunión del Partido Socialista de Alemania y dice que está totalmente de acuerdo con la política que hizo en su momento el canciller Schröder, que era una política antisocial, al final muestra que ya no está en una línea de izquierdas. Toda la política que hoy día desarrolla en Francia el Gobierno no tiene nada que ver con una política de izquierdas, es la misma política económica y social que hizo el Gobierno de derechas. Incluso respecto a la inmigración no hay diferencia. Hay diferencia respecto al derecho a casarse para todos o a nivel de discurso, no hay un discurso de odio que tenía Sarkozy. La diferencia es a ese nivel, no a nivel de proyecto político.

Ustedes pidieron el voto para Hollande en la segunda vuelta…

Nosotros llamamos a votar por él sabiendo que no se podía esperar mucho. Pero teníamos que sacar a Sarkozy justamente por todo el discurso de odio que hacía. Sabíamos que, porque él lo había anunciado, iba a hacer políticas de austeridad y que íbamos a estar en desacuerdo. Por eso decidimos no entrar en el Gobierno, algo que al principio no era tan evidente para todas las fuerzas del Frente.

¿Y presionar al Gobierno desde fuera?

Los primeros meses había compañeros que decían que debíamos presionar al Gobierno para que hiciese una política de izquierdas. Hoy en día ya nadie dice eso, porque está claro que no es cuestión de presionar, hay que cambiar totalmente las políticas. A nivel del pueblo hay mucha gente decepcionada. Y eso es terrible, porque la gente decepcionada piensa ya que izquierda y derecha es todo lo mismo. Nuestro papel es el de mostrar que los que están en el Gobierno no son izquierda, que nosotros somos la izquierda. Pero para eso hace falta mucho trabajo…

¿Por qué deben combatirse las políticas de austeridad?

La política de austeridad es una obligación impuesta por la Troika a nivel de toda Europa. Ya se ha visto qué ha pasado en Grecia o en España: más austeridad hace aumentar la deuda pública, genera más pobreza… En Francia no estamos al mismo nivel pero vamos directos a la misma celda. Por ejemplo, es la primera vez desde 1949 que bajó el consumo. ¡Nunca había pasado! Estamos siguiendo el mismo camino. Hay que romper con ese tipo de política.

¿Qué alternativa proponen?

Tanto en Grecia como en Francia hubo la misma política de bajar los impuestos a los ricos, a las grandes empresas… Entre el nivel de impuestos a las grandes empresas y grandes fortunas y el nivel real que acaban pagando la diferencia es enorme. Hace falta una lucha por otra repartición de riqueza. Porque en esta crisis, entre comillas, lo que pasa es que los ricos se vuelven cada día más ricos y los pobres más pobres. Hay que romper con eso y hacer una política que sea una política para todo el pueblo. Por ejemplo, en la campaña propusimos que por encima de 360.000 euros de ingresos anuales se le quitase todo. Que el impuesto esté hecho de tal manera que todo lo que se cobre por encima de los 360.000 euros tenga un 100% de impuesto. No puede ser que esta gente gane tanto, después van a especular con ese dinero o tener gastos que son malos para el planeta.

¿Es posible todavía cambiar la relación de fuerzas entre política y economía?

¡Claro! Si hay voluntad política… lo que sucede es que el liberalismo fuerza que sea la economía la que decida, pero en realidad lo que quieren con eso, cuando tratan de convencer al pueblo que no hay otra solución, que es así, que no se puede hacer de otra manera, es esconderse detrás de una supuesta obligación económica para imponer una política claramente liberal y en favor de los ricos.

Habéis hablado de un nuevo proceso constituyente hacia una sexta república. ¿Es posible hacerlo en los países o debe ser a nivel global?

Se puede hacer en cada país. Hay situaciones constitucionales diferentes. Ustedes no tienen República, nosotros tenemos una República poco democrática, cada año menos. No va a ser la misma reforma, por supuesto, pero hay elementos comunes: la laicidad, los derechos de los trabajadores, no solamente derechos sociales sino derechos sobre la empresa, que los trabajadores puedan tener derecho a decidir para qué producir, qué tipo de productos, cómo se producen… Es importante terminar con la producción de productos que no sirven para nada y que perjudican al planeta.

¿Esto encaja en la globalización que impera hoy?

Como Partido de Izquierda tenemos un proyecto ecosocialista, y queremos una Constitución que permita romper con la globalización que hoy día se nos impone en todos los países, y que se desarrolle un proteccionismo solidario. Ello significa que cada país pueda desarrollar su producción y tener relaciones de cooperación con los otros países, y tener intercambios económicos en base a la cooperación y la solidaridad, en lugar de en base a la competencia total como existe hoy en día.

¿Qué papel debería jugar en ese proceso la actualización y profundización de la democracia?

Pues, por ejemplo, nosotros proponemos que en la asamblea constituyente solamente puedan ir aquellos que no sean parlamentarios. El problema es que hoy en día la mayoría del Parlamento son hombres, de más de 50 años, blancos, de categoría socioeconómica superior, y eso no representa al pueblo. Proponemos cambiar totalmente, que los que salgan elegidos no tengan derecho a presentarse de nuevo, y acabar con una cosa muy típica en Francia, ser al mismo tiempo diputado, alcalde… Un mandato único, y acabar con la posibilidad de ser parlamentario y tener ocupaciones y lazos con las empresas privadas y los lobbies. Mucho más control. Hay todo un saneamiento que hacer, porque muchos parlamentarios están demasiado ligados al gran capital. Esa es la realidad.

La Marea

Fuente: http://www.lamarea.com/2013/06/15/si-en-la-izquierda-no-somos-capaces-de-salvar-nuestras-discrepancias-no-hay-alternativa/

Publicado en INTERNACIONAL

La otra historia de Estados Unidos

Imagen activaLa Habana (PL) Aunque a Estados Unidos le han construido una aureola de prosperidad y bonanza, existe un lado oscuro, a veces ignorado por grandes medios de prensa, que revela la marginalidad y la pobreza que padecen millones de sus ciudadanos.

Páginas digitales y medios alternativos se hicieron eco de un hecho insólito:

Cientos de personas pobres esperaban adquirir comida en buen estado de un supermercado que sería cerrado en Laney Walker, Augusta, sede del condado de Richmond, en el sureño estado de Georgia, pero los dueños prefirieron botarla antes entregarla a los necesitados.

Los residentes del lugar colmaron el estacionamiento con bolsas y cestas con la esperanza de conseguir algunos de los alimentos para bebés, productos enlatados y no perecederos, y que el banco SunTrust, dueño de la propiedad, ordenó cargar en contenedores para tirarlos en un vertedero en vez de distribuirlos.

El incidente se sitúa lejos de la edulcorada imagen del llamado sueño americano.

“La gente tiene niños aquí con hambre y sed”, dijo Robertstine Lambert, quien vive en Augusta. Por qué tirar esto a la basura, se preguntó en tono de lamento, según se describió en un reportaje divulgado en la página digital de Global Research.

En Richmond hay cerca de 20 desalojos por día, y la zona que rodea ese supermercado es una de las más pobres del estado. Datos actualizados calculan la tasa de pobreza en 41 por ciento en esa área.

Por lo cual muchas personas que estaban en el estacionamiento del Laney Walker probablemente habían sufrido en carne propia un desalojo y estaban en necesidad desesperada de la ayuda alimentaria.

En una sociedad capitalista, el motivo detrás de la producción de alimentos no es para satisfacer este derecho, la vivienda no está hecha para dar cobija ni la ropa para mantener el calor, y el cuidado de la salud no se ofrece principalmente para que haya personas sanas, destacó el reportaje.

“Todas estas cosas, que son y deben considerarse como derechos básicos, no son más que productos básicos -que se compran y se venden, para obtener un beneficio. Si el beneficio no se logra, por lo general debido a la sobreproducción en relación con el mercado, el producto es considerado inútil por el capitalista y lo destruye”, enfatizó Global Research.

Para estas instituciones, las cuales han hecho sus ganancias a través de los desalojos y las ejecuciones hipotecarias, no es sorprendente dejar a la gente mirando con incredulidad con las bolsas vacías, mientras la comida que podría alimentar a múltiples familias era arrojada a un vertedero.

Y esta historia no es una excepción. La vida en los barrios más pobres de Estados Unidos es sumamente difícil y tiende a empeorar, expresan defensores de los derechos humanos.

Debajo de Kansas City, la Policía descubrió en abril unos profundos túneles donde vivía en carpas un grupo de personas sin techo, a quienes desalojó debido al “entorno inseguro”. En 2010 salió a la luz que unas mil personas sobrevivían a lo largo de 321 kilómetros de túneles, ubicados debajo de las calles de Las Vegas.

Por su parte, las autoridades de Nueva York intentan expulsar de manera periódica a las personas (conocidas como la gente topo) que buscan cobija en los pasadizos debajo de la ciudad.

Pese a ejemplos como esos, el gobierno de Estados Unidos sostiene que la recesión en el país terminó y las cosas mejoran, aunque no con la celeridad esperada.

La página digital Prensa Internacional Alternativa subrayó que los nuevos índices de pobreza en la norteña nación se elevaron de forma abrupta en los últimos cinco años.

Estadísticas publicadas en The Wall Street Journal muestran que la pobreza se extiende a todo el territorio nacional; el número de personas que reciben cupones de alimentos se ha elevado a un récord de casi 50 millones de estadounidenses.

De otro lado, en septiembre de 2011, la Oficina del Censo reveló en su informe anual de la pobreza que 46,2 millones de personas, o lo que es lo mismo, aproximadamente uno de cada siete estadounidenses, era pobre en 2010.

Los números se dispararon de forma brusca en comparación con el año precedente, que era de 43,6 millones.

Aunque debido a la recesión (de 2008 a la fecha) ha aumentado el número de pobres, los altos índices de este sensible indicador son anteriores a esa coyuntura económica.

Los expertos aseguran que más que alarmantes, estas son cifras esperadas pues la pobreza siempre aumenta en tiempos de recesión, y esta ha sido la más profunda y extensa desde la Gran Depresión de 1929.

Mientras, el número de habitantes sin seguro médico supera los 50 millones de personas.

Entretanto, la tasa de desempleo está en 7,5, la cual no obstante haber descendido 0,4 punto porcentual desde el principio del año, sigue en niveles altos. Ello significa que aún 11,7 millones de ciudadanos están sin un puesto laboral.

Sheldon Danziger, director del National Poverty Center (Centro Nacional de la Pobreza) de la Universidad de Michigan, dijo a BBC Mundo que los índices de pobreza en Estados Unidos son mayores que en Canadá y algunos países del norte de Europa.

Entre otras razones -apuntó- porque las políticas sociales hacen muy poco por aumentar los salarios de los trabajadores en épocas de bonanza económica o para ayudar a los desempleados durante las recesiones.

En marzo pasado entraron en vigor los recortes al presupuesto por 85 mil millones de dólares, lo que obligó a la Casa Blanca a podar programas sociales de ayuda en especial a personas en situación de pobreza extrema, incluyendo diposiciones relacionadas con la vivienda, la educación preescolar y los beneficios nutricionales.

Por eso muchos opinan que el sistema es tan complejo y perverso que no hay manera de cambiarlo desde arriba. Las reformas de la administración demócrata de Barack Obama ni tienen la intención ni serían capaces, si la tuvieran, de reestructurar el sistema en sus bases.

*Periodista de la redacción Norteamérica de Prensa Latina.

arb/jvj/dfm

 

 

Publicado en EL HOMBRE Y SU HISTORIA

La carta de Amaury a Caamaño

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CÉSAR PÉREZ

Sociólogo, urbanista y municipalista

lagarita@codetel.net.do

Sobre

Doctor en Sociología de la Universidad de Estudios de Roma, Italia. Profesor de Sociología urbana por más de 35 años. Ha publicado numerosos estudios sobre gobernabilidad local y gestión urbana.

El pasado 12 de enero se conmemoró el 40 aniversario de la inmolación de Amaury Germán, Bienvenido Leal, Virgilio  Perdomo y Ulises Ceron, dirigentes del  grupo Los Palmeros que resistieron durante casi un día la embestida de tanques, aviones y de 1700 efectivos militares y policiales. Finalizada la acción, los cuerpos represivos tomaron una carta de Amaury dirigida a Caamaño, en la cual relata con amargura y entereza, las malhadadas relaciones entre ese grupo y el Coronel Caamaño.

Si bien la carta fue publicada por la jefatura de la Policía Nacional para con ella justificar su criminal participación el hecho, presentándolo como parte de una “conjura internacional”, la misma es poco conocida y sido consciente o inconscientemente condenada al olvido. Ello así, porque su existencia permite conocer algunos elementos de las  circunstancias que producen el hecho y para comprender el contexto nacional e internacional que de alguna manera contribuyeron a la configuración y culminación del hecho, del impacto que este pudo haber tenido para el movimiento revolucionario nacional de aquel entonces y de su presente.

En efecto, en la carta Amaury relata el origen del proyecto insurreccional de  los Palmeros, el cual comenzó a gestarse en 1967, pero que al ellos enterarse del proyecto de  Caamaño en Cuba subordinaron el suyo al de este. A partir de entonces, en gran medida, ambos proyectos, se desarrollarían en una sola velocidad y eso, a la postre, se convirtió en uno de los factores determinantes del trágico final de ambos proyectos.

Amaury se queja en su carta, que a pesar de que ambos llegaron a varios pasos para llevar a puerto la insurrección en el país, de parte del Caamaño y de los Comandos de la Resistencia radicados en Cuba hubo un incumplimiento de esos pasos, poniendo varios ejemplos de lo que entiende fueron acuerdos no cumplidos. Pero lo que más le amargaba eran los efectos que en su grupo producía la incomunicación que existía entre Caamaño y Los Palmeros radicados en nuestro país.

Esa incomunicación, se dice, tenía como trasfondo el  cambio de la política de apoyo a los movimientos armados en la región de parte de la dirección cubana, que se reflejaba en el apoyo de esta al proyecto de Caamaño y como consecuencia, al de Los Palmeros. Ese cambio se produjo luego de la intervención de la ex Unión Soviética en Checoeslovaquia y a ese hecho Amaury se refiere en su carta.

Independientemente esta circunstancia, el hecho es que los proyectos de Amaury y Caamaño terminaron trágicamente con la muerte de ambos, el primero acompañado de 3 combatientes y el segundo con tan solo 8 y con el final de ambas experiencias, evidenció claramente que partir del inicio de la década de los 70, la lucha armada en este país no era ni es viable.

En tal sentido, la lectura de la carta permite establecer conocimiento sobre el nexo entre ambos proyectos insurreccionales, del contexto en que estos se desarrollan, más allá de las personalidades, además del impacto que tuvo la década de los 60/70 en la historia reciente de este país en general y de la izquierda dominicana en particular. Sirve la lectura de esa misiva para se pueda establecer una memoria sobre esos hechos de manera objetiva.

La memoria, nos dice Kristin Ross, es un espacio de lucha, pero lo es sólo cuanto esta se construye de manera objetiva, diáfana y sin injustificables olvidos. Impidiendo que ella sea manipulada por los poderes fácticos e institucionales para afianzar su dominación. El rescate de la memoria de la heroica jornada del 12 de enero de 1972, en toda la dimensión de esa gesta, constituye un imperativo para todos aquellos que por décadas nos hemos batido por la igualdad y la libertad.

 

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Agronegocios, transacciones peligrosas

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La Habana (PL) Las transacciones de grandes extensiones de tierras efectuadas en países subdesarrollados con compañías multinacionales, a menudo están muy lejos de beneficiar a las comunidades y población locales en el llamado Tercer Mundo.

De hecho, constituye un mito el argumento de que existe gran cantidad de terrenos disponibles y en desuso esperando a que llegue a ellas el desarrollo, considera Oxfam Internacional, una confederación de Organizaciones No Gubernamentales (ONG) que trabaja por un mundo más justo y con presencia en más de 80 naciones.

Esta sostiene que la mayoría de las adquisiciones llevadas a cabo por las transnacionales del agronegocio tiene por objeto áreas agrícolas de calidad, sobre todo de regadío y con buen acceso a los mercados.

Lo que sabemos de su utilización anterior, y las imágenes satelitales lo demuestran, es que gran parte de esas tierras ya se empleaban en la agricultura a pequeña escala, el pastoreo y otros usos por las comunidades.

Según el propio Banco Mundial (BM), la propiedad de la mayoría -o todas- las áreas clasificadas como disponibles ha sido reclamada y está en litigio actualmente, por lo que las adquisiciones de extensas dimensiones suscitan por sí mismas conflictos con las comunidades desposeídas.

La compra masiva y sin precedentes de grandes extensiones de tierra, por las empresas transnacionales y un grupo creciente de países ricos, amenaza la seguridad alimentaria y afecta a los agricultores de las naciones pobres, refiere Oxfam.

En efecto, se calcula que en la última década se vendió una superficie de terreno equivalente a ocho veces el tamaño del Reino Unido, en la medida en que tales adquisiciones se aceleran con rapidez.

Esa área podría alimentar a mil millones de personas, equivalente a la cantidad que se acuesta con hambre cada día, agregó.

Demasiado a menudo, denunció en un informe, los desalojos forzosos de los agricultores pobres son la consecuencia de estas transacciones de tierras, cada vez más habituales en los países subdesarrollados.

Mientras, las cotizaciones de los alimentos experimentaron con frecuencia grandes subidas en los últimos cuatro años, lo cual incrementó el interés por los terrenos, a medida que las naciones ricas intentan garantizar sus suministros alimentarios y los inversores perciben ese recurso natural como una buena apuesta a largo plazo.

De hecho, desde mediados de 2008 a 2009 la compraventa de áreas agrícolas realizadas por inversores extranjeros en los países del sur dispararon los precios en un 200 por ciento aproximadamente.

En declaraciones exclusivas a Prensa Latina sobre esa temática, el representante de Oxfam Internacional en Cuba, Beat Schmid, aseguró que esta confederación respalda una mayor inversión en la agricultura y más apoyo a la que realizan los pequeños agricultores con su familia, lo cual no sólo es fundamental, sino algo que los países más pobres necesitan desesperadamente.

De los cerca de mil millones de hambrientos en el planeta, la mayoría vive en el campo y son pequeños productores, afirmó.

Lo que estamos planteando es que con una inversión en esas familias se podría reducir sustancialmente ese flagelo, porque hay gente perfectamente capacitada para autoabastecerse pero hay que facilitarles algunas condiciones.

Ello contrarrestaría la tendencia mundial de emigración hacia las ciudades e incrementaría la producción de comida, significó.

Sin embargo, la realidad es que muy pocas o casi ninguna de esas inversiones en tierras benefician a la población local o ayudan a luchar contra el hambre.

Dos tercios de las compras de áreas productivas efectuadas por las grandes corporaciones y otros inversores foráneos tienen lugar en naciones donde el hambre es un serio problema.

Paradójicamente, sólo una mínima parte de ese valioso recurso adquirido está destinado a alimentar la población de dichos países o abastecer los mercados locales, tan necesitados de alimentos.

En cambio, ese bien se deja de cultivar mientras los especuladores esperan a que aumente su valor para así obtener mayores ganancias con su venta, o bien se utiliza para cultivos de exportación, en muchos casos destinados a la producción de biocombustibles.

Cerca de un 60 por ciento de las inversiones de las transnacionales en tierras de los países del Sur tienen como objetivo exportar todo lo que cosechan en los terrenos que compran.

África, donde en sólo una década esas grandes compañías, países ricos u otros con suficiente dinero y carentes de áreas cultivables han adquirido una superficie equivalente a la de Kenya, es el continente más perjudicado por esas compras masivas, aunque la situación no deja de ser similar en otras regiones del Sur.

Hay naciones donde más del 50 por ciento de la tierra cultivable se ha otorgado a empresas privadas, y se dan casos en los que el conflicto por ese recurso se ha saldado con no pocas víctimas mortales.

Frente a estas enormes adquisiciones de un bien tan necesario para la subsistencia humana como el suelo, es crucial que los actores internacionales

(el BM, gobiernos y otros) con capacidad de influir en esa problemática, actúen a fin de garantizar que las personas que viven en la pobreza no se vean perjudicadas.

Según Oxfam, la tierra está sometida hoy a mucha presión, debido al cambio climático, el agotamiento de los recursos hídricos y las exigencias de la conservación.

No debe olvidarse que a partir de ahora la demanda de áreas cultivables con fines económicos será cada vez mayor para producir biocombustibles, maderas y otros cultivos no alimentarios y la inversión especulativa.

Schmid valoró como ejemplo de buena práctica la política de Cuba relacionada con el uso de las tierras.

Aquí hay un apoyo efectivo al pequeño productor agrícola y a su familia, que disfrutan de garantías en la explotación del terreno, tienen acceso a créditos y seguros, así como a asistencia técnica y un mercado estable, significó.

 

Por Roberto Salomón *

*Periodista de la redacción de Economía de Prensa Latina.

arb/rs

 

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