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Fin de un ciclo

Los gobiernos progresistas dirigen países capitalistas dependientes, productores de materias primas. No han tocado sino muy tangencialmente las bases del poder de las oligarquías locales y del capital financiero internacional que controla sus respectivas economías y siguieron aplicando fundamentalmente una política neoliberal a la que agregaron algunas políticas distributivas para sostener el mercado interno y medidas asistencialistas para reducir la pobreza y mantener el consumo. No cuestionaron la renta minera, la renta agraria, el poder de los bancos extranjeros, no afectaron la propiedad agraria: simplemente contaron con un periodo mundial de altos precios de las materias primas que sus países exportan –petróleo, minerales, soya, granos, productos agrícolas y ganaderos– para llevar a cabo sus políticas asistencialistas intentando, cuando mucho, disputar a los rentistas tradicionales parte de la renta. Venezuela estatizó el petróleo y la renta petrolera pero no modificó el resto de la economía, que siguió dependiendo de la exportación de combustible.

El gobierno brasileño se defiende contra las cuerdas, el uruguayo enfrenta una exitosa huelga general, en Venezuela hay saqueos, en Bolivia dinamitazos y protesta indígena. ¿Qué pasa con los gobiernos” progresistas”?Luiz Inácio Lula da Silva llegó al gobierno brasileño en 2003, empujado por las grandes huelgas de los 1970 que contribuyeron decisivamente a derrotar a la dictadura militar y por las campañas presidenciales de 1989 y sucesivas, que fueron proyectando al Partido de los Trabajadores como una fuerza electoral. Un gran ascenso obrero y popular creó un bloque social entre los obreros industriales, los campesinos pobres y sectores de las clases medias (comunidades cristianas de base, grupos de izquierda tradicional o revolucionaria) pero Lula llegó a la presidencia de Brasil cuando estaba terminando esa primera ola ascendente de resistencia a las políticas neoliberales.

Dicha ola estuvo marcada por el éxito electoral en México de 1988 del movimiento de Cuauhtémoc Cárdenas que instauró desde entonces en el país la fase de los fraudes masivos, por el caracazo (con la masacre del 28 de febrero de 1989) y la posterior sublevación chavista, por el derrocamiento de dos presidentes ecuatorianos en los 90 por el movimiento indígena ecuatoriano y su CONAIE, creada en los 80, por el levantamiento zapatista en Chiapas en 1994 y culminó con el estallido social en Argentina de 2001 y el derrocamiento del presidente boliviano Gonzalo Sánchez de Lozada en 2003 como consecuencia de la llamada guerra del gas . Hugo Chávez llegó al gobierno venezolano en 1998, Néstor Kirchner en 2003, Evo Morales, en Bolivia, y Tabaré Vázquez, del Frente Amplio en Uruguay, en 2005, Rafael Correa, en Ecuador, en 2007.

Desde entonces Sudamérica vive con gobiernos denominados progresistas formados por personas no pertenecientes a las clases dominantes pero que son también independientes en buena medida de los sectores populares, pues aunque en Bolivia Evo Morales se apoya en las direcciones de los movimientos sociales organizados en el Movimiento al Socialismo (MAS), éste no cogobierna. Esos gobiernos –mezcla rara de algunos militantes honestos con aventureros y paternalistas burocráticos– canalizaron, controlaron e institucionalizaron los movimientos sociales tratando de integrarlos en el Estado capitalista, al que mantuvieron sin cambios.

Los gobiernos progresistas dirigen países capitalistas dependientes, productores de materias primas. No han tocado sino muy tangencialmente las bases del poder de las oligarquías locales y del capital financiero internacional que controla sus respectivas economías y siguieron aplicando fundamentalmente una política neoliberal a la que agregaron algunas políticas distributivas para sostener el mercado interno y medidas asistencialistas para reducir la pobreza y mantener el consumo. No cuestionaron la renta minera, la renta agraria, el poder de los bancos extranjeros, no afectaron la propiedad agraria: simplemente contaron con un periodo mundial de altos precios de las materias primas que sus países exportan –petróleo, minerales, soya, granos, productos agrícolas y ganaderos– para llevar a cabo sus políticas asistencialistas intentando, cuando mucho, disputar a los rentistas tradicionales parte de la renta. Venezuela estatizó el petróleo y la renta petrolera pero no modificó el resto de la economía, que siguió dependiendo de la exportación de combustible.

La crisis capitalista mundial redujo la demanda de minerales y materias primas y el precio de esas commodities bajó y seguirá bajando, sobre todo el del petróleo si Irán envía al mercado el que tiene acumulado por el embargo imperialista. El petróleo barato, por fortuna para los pueblos y el ambiente, hace incosteable la producción del fracking y frena las inversiones; el mismo efecto tiene la caída del precio de los minerales, que protege transitoriamente al agua de su explotación salvaje capitalista. Pero la política neodesarrollista, extractivista a cualquier costo ambiental, social, político, subsiste sin modificaciones. Sólo que ya no hay excedentes de divisas fuertes que permitan combinar esa política con el distribucionismo, el asistencialismo, el clientelismo.

Los gobiernos progresistas se encuentran así atrapados por una tenaza, un brazo de la cual –las exigencias populares– comienza a apretarlos mientras el otro –el control de las bases de la economía por el gran capital, sobre todo extranjero– aumenta también su presión. Los capitales que antes aprovechaban incluso las concesiones de los gobiernos progresistas y fomentaban la corrupción no se contentan ya con aquéllas y hallan que ésta es carísima e intolerable (ver los casos argentino o brasileño).

Los paliativos (comercio intrarregional, Mercosur, apoyo financiero de China, Rusia o el BRICS) son ya insuficientes o imposibles por la crisis: se necesitan cambios estructurales que establezcan sí nuevas relaciones entre los países, pero sobre la base de medidas anticapitalistas. Pero los gobiernos progresistas no están preparados desde ningún punto de vista –ideológico, organizativo, moral– para una política que de forma consecuente y seria adopte medidas parciales que afecten al gran capital: nacionalización de los bancos, control de cambios, medidas de reforma agraria y o de restructuración del territorio para privilegiar trabajo, defensa del agua y del ambiente, consumos populares, monopolio estatal del comercio exterior, control del lavado de dinero, por ejemplo. Ellos temen más la movilización popular de sus mismas bases de apoyo que caer superados por la derecha que, en todo el mundo, pisotea todo en su ofensiva, como lo demuestra el ejemplo de Grecia. No se puede esperar nada de esos gobiernos, impotentes o cómplices de los explotadores. Corresponde a los trabajadores estudiar los problemas regionales y nacionales, buscarles soluciones, luchar por la hegemonía política y cultural superando las divisiones, el simple gremialismo, el electoralismo ciego, el sectarismo castrante.

El Foro de Sao Paulo y la actual arremetida yanqui contra nuestra América (II)

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Por: Angel Guerra Cabrera

El arrasamiento de la Venezuela bolivariana y chavista constituye el objetivo central de la contraofensiva yanqui contra los gobiernos antineoliberales latino-caribeños. El derrocamiento del presidente Maduro exigiría el desencadenamiento de un gigantesco baño de sangre contra el pueblo que no se va a dejar arrebatar las conquistas sociales, económicas, educacionales y culturales logradas en los últimos 15 años.

De allí que en Venezuela se esté aplicando cabalmente la llamada guerra de cuarta generación desarrollada por el Pentágono en los últimos años. Ella incluye una feroz campaña antivenezolana del conglomerado imperial mediático -sin precedente por su intensidad- una guerra económica sin tregua y el uso de tácticas de terrorismo urbano a través de las llamadas guarimbas cada vez que las condiciones lo permiten.

La capacidad de contragolpe del chavismo, unida a la enérgica acción del gobierno y sus instituciones en la aplicación de la ley, así como el patriotismo, disciplina y lealtad a la Constitución de la Fuerza Armada Nacional Bolivariana derrotaron la intentona golpista, cuyos activistas se reducían a una parte exigua de la población y de los estudiantes en menos de una decena de municipios.

En contraste, la imagen que ofrecían los medios imperialistas era el de una guerra civil en la totalidad del país. Por otra parte, pese al desabastecimiento y la inflación es muy remota la posibilidad de una victoria contrarrevolucionaria en elecciones presidenciales dado el desprestigio de la oposición y sus interminables guerras internas, aunque ello dependerá también del éxito del chavismo en la derrota de la guerra económica.

Pero es tanta la importancia política del bastión revolucionario bolivariano para la unidad, la integración y la trasformación social latino-caribeña, así como la codicia del imperialismo yanqui sobre sus gigantescas reservas de petróleo, que por ello no cejará –junto a la contrarrevolución- en su intento de derrocarlo por la fuerza. Insisto, eso es lo que hace tan importante una sistemática solidaridad con Venezuela.

En los últimos 15 años las fuerzas populares integradas en el Foro de Sao Paulo no han podido ser desalojadas del poder por vía electoral en ningún país de América Latina. Solo en Honduras y Paraguay pudieron lograrlo acudiendo al golpe de Estado.

Recientemente el Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional de El Salvador ganó de nuevo la presidencia con su abanderado, el ex comandante guerrillero Salvador Sánchez Cerén. En Costa Rica y Honduras las fuerzas antineoliberales consiguieron una inédita representación parlamentaria. En el caso de Honduras pese a los constantes asesinatos de opositores y periodistas. En Nicaragua, el Frente Sandinista de Liberación Nacional ha consolidado notoriamente el apoyo popular con sus políticas sociales.

En octubre habrá elecciones presidenciales en Bolivia, Uruguay y Brasil. Sin embargo, mientras la clara y contundente victoria de Evo Morales en el primer país está fuera de duda, no ocurre lo mismo en Uruguay, donde las encuestas no permiten augurar una victoria segura del Frente Amplio en segunda vuelta.

Pero mucho más preocupante es el escenario creado con la inesperada candidatura de Marina da Silva en Brasil, pues según los sondeos si las elecciones se celebraran hoy impediría que Dilma Rousseff se impusiera en primera vuelta y en la segunda le ganaría a la actual presidenta por entre 10 y 15 puntos. No obstante, en mi opinión la candidatura de da Silva muy probablemente se hunda bajo el peso de su escandalosa demagogia y oportunismo, así como de la acción concertada del dúo Dilma-Lula, considerando la enorme autoridad política de este y su condición de político más popular de Brasil.

El hecho de que la vigésima reunión del Foro de Sao Paulo se haya celebrado en Bolivia, cuyos avances sociales y la fortaleza de su movimiento popular son tan relevantes contribuyó seguramente a la calidad de sus debates y a los vigorosos pronunciamientos de su Declaración Final. En ella se condena en términos muy enérgicos el bloqueo a Cuba, se confirma el derecho de Argentina a recuperar las Malvinas y a actuar como lo viene haciendo ante los fondos buitres, se apoya el derecho de Puerto Rico a la independencia de Estados Unidos y se condena la reciente agresión de Israel contra el pueblo palestino, entre otros temas de gran importancia.

Twitter: @aguerraguerra

Chomsky: “Se está produciendo un cambio histórico en América Latina”

 

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Chomsky, de 84 años de edad, ha sido citado más veces que Platón o que el fundador del psicoanálisis, Sigmund Freud. En las encuestas de opinión, es a menudo considerado uno de los principales intelectuales públicos del mundo, a pesar de estar en gran medida ausente de los medios de comunicación.Noam Chomsky. Foto: Archivo.

En una entrevista con un diario estadounidense, el profesor Noam Chomsky declaró que se está produciendo “un cambio histórico en América Latina”, la cual se “ha liberado a sí misma” de EE.UU., cuyo poder está en pleno proceso de declive.

“En los últimos años, por primera vez en su historia, América Latina se ha liberado sustancialmente a sí misma de la influencia extranjera. [..] Por ejemplo, no queda una sola base militar de EE.UU. en América Latina”, lo que indica, entre otras razones, un “cambio histórico” en la región, según recoge el diario estadounidense ‘The Washington Times’. 
El escritor explica que durante todo el período durante el que Latinoamérica estuvo bajo la dominación de EE.UU., “la estructura típica que ha guiado América Latina ha sido una pequeña élite europeizada, a menudo blanca, enormemente rica, y orientada hacia el Oeste, no hacia su propio país”.
Los países de América Latina también “se están moviendo hacia un tipo de integración”, añade. Para Chomsky, en el pasado, bajo el dominio exterior, los países de la región estaban bastante alejados entre sí. “Las interacciones de las pequeñas élites que les gobernaban eran con Occidente, y no con otros países de América Latina. Eso está cambiando”, insiste el profesor.
EL DECLIVE DE ESTADOS UNIDOS
En su opinión, con la “liberación” de América Latina y la primavera árabe, que ha “barrido Oriente Medio”, muchos han especulado que estamos ante el principio del fin del imperio americano. Sin embargo Chomsky señala que más que al fin, “estamos asistiendo al declive del poder estadounidense”.
Para Chomsky, el poder de EE.UU. sigue siendo abrumador pues continúa siendo “una fuerza aterradora muy intimidante en los asuntos internacionales”, pero [su poder] está disminuyendo”, aclara.
El profesor estadounidense continuó exponiendo que tal disminución era de esperar, dada la historia del ascenso de EE.UU. a su condición de superpotencia: ”El poder estadounidense llegó a su cima en 1945, el fin de la II Guerra Mundial […]. La guerra fue muy beneficiosa para la economía estadounidense”, llegando a poseer tras la contienda el 50% de toda la riqueza del mundo.
Sin embargo, desde los años 1970, cuando el mundo se volvió tripolar (con tres grandes centros de poder: EE.UU., Europa y Japón), tuvo que compartir su poderío económico descendiendo esta hasta el 25% de la riqueza del mundo. Y “ese proceso continúa en descenso desde entonces”, asevera el profesor.

 

 

Bosch para 1969 hablaba de “los dólares y el desarrollo”

        ¿Qué importancia tiene para la América Latina esa pérdida constante de dólares?

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 Tiene mucha importancia, pues el dólar, una moneda que recibimos en pago de lo que vendemos en Estados Unidos, Canadá y Europa, nos sirve para pagar lo que compramos en esos mismos países. Debe aclararse que cualquier país de la América Latina recibe dólares y paga en dólares aunque no comercie con Estados Unidos; lo que pasa es que el dólar es la moneda con la cual se hace el comercio internacional de la América Latina. Algunos países, como Jamaica, Trinidad, Barbados y Guayana, hacen su comercio a base de la libra

esterlina, que es la moneda inglesa. Los latinoamericanos necesitamos dólares para comprar maquinarias y otros productos industriales y también para adquirir capacidad técnica, pues aquéllos y ésta son indispensables para el desarrollo de nuestra riqueza; y resulta que en vez de acumular dólares lo que acumulamos son deudas en dólares, lo que hace que cada vez sea más difícil para nosotros conseguir lo que necesitamos

para progresar.

 

En cuanto a capacidad técnica, la situación de la América Latina es penosa. Está probado que no puede haber desarrollo de las riquezas de ningún país si no se forman técnicos que

dirijan y lleven a cabo el desarrollo, y para formar un técnico en la América Latina hay que gastar el equivalente de diez a veinticinco mil dólares. Pues bien, en el año 1965 salieron

hacia Estados Unidos 7 mil 804 técnicos latinoamericanos, de los cuales 973 eran argentinos. (Ver cable de Buenos Aires publicado en El Nacional de Santo Domingo, 10 de noviembre, 1968, p.9). En el mismo diario, día 3 de noviembre, 1968, pp.20-21, se publicó un estudio de Ernesto Saúl titulado “América Latina: universidad y fuga”, en el cual se

afirma que en 1970 Chile tendrá un déficit de 5 mil 481 profesionales sólo en las ramas de medicina, ingeniería, agronomía, odontología y arquitectura. El autor dice: “Entre 1961

y 1965 emigraron a Estados Unidos 2 mil 515 médicos latinoamericanos, lo que representa un promedio de 500 médicos anuales. Se calcula que esta cantidad equivale a la producción de tres facultades de medicina, que costarían a Estados Unidos 60 millones de dólares por concepto de edificación y 15 millones de dólares anuales para su funcionamiento. Estas sumas son superiores al total del aporte de Estados Unidos a Latinoamérica por concepto de salubridad. La emigración de ingenieros con el mismo destino alcanza también una cifra cercana a los 500 anuales”.

¿Qué quiere decir eso?

Quiere decir que además de tener cada año un déficit en dólares, los latinoamericanos tenemos un déficit en técnicos. Necesitamos técnicos y resulta que los que tenemos se van

hacia Estados Unidos, y sin técnicos no podremos desarrollar nuestros países, aumentar nuestra riqueza y con ello mejorar el nivel de vida de nuestros pueblos, garantizar su salud y ampliar su cultura. Para comprender la importancia de la técnica en el aumento

de la producción vamos a copiar lo que dice el profesor francés M. Lewin en Introducción a los problemas de la cooperación y el desarrollo, publicado por el Instituto Internacional

de Administración Pública (París, Francia), para el uso de sus estudiantes. En la página 20 del trabajo del profesor Lewin puede leerse que según un estudio hecho por Gosplán, que es el departamento encargado de hacer planes de desarrollo en la Unión Soviética “un año de aprendizaje suplementario en una fábrica aumenta la productividad de un obrero analfabeto de 12 a 66 por ciento, pero un año de estudios primarios provoca un aumento de la productividad en 30 por ciento, cuatro años de estudios provocan una mejoría de 79 por ciento y siete años de asistencia escolar provocan 235 por ciento de progreso en la productividad económica de ese trabajador y los estudios superiores, es decir, diez o quince años de estudios, se reflejan en un 320 por ciento de aumento en la productividad”.

Si la productividad de un trabajador, o lo que es lo mismo, su capacidad para producir, aumenta de acuerdo con sus estudios, la situación de la América Latina es mala. Según las

apreciaciones de la UNESCO, en 1965 el 29 por ciento de la población que tenía más de 15 años no sabía leer ni escribir; pero eso no significa que supieran hacerlo los que tenían menos de 15 años y más de 7, pues todos los años se quedan millones de niños latinoamericanos sin escuelas. El padre Guzmán C. (op. cit., p.48) dice que en 1969, de 1 millón 886 mil niños campesinos de Colombia, 1 millón 806 mil 732 se quedaron sin escuela, y que en 1965 no hubo lugar en las escuelas del país para la mitad de la población escolar ni la hubo para el 86 por ciento de la educación secundaria ni para

el 97 por ciento de la educación superior. Y Colombia no es el único país de la América Latina donde sucede eso o algo parecido.

 

¿Cómo se explica semejante situación? ¿Por qué hay en la América Latina dinero para fabricar casas lujosas, edificios de apartamentos, hoteles caros, para comprar automóviles que parecen palacios que ruedan, yates y whisky, y no hay dinero para educar a los niños campesinos? ¿Qué pasa con los dólares de la Alianza para el Progreso, que no alcanzan ni siquiera para dar escuelas a los niños que las necesitan?

 

Los dólares de la Alianza para el Progreso no son dólares, aunque a la hora de pagarlos tenemos que hacerlo en dólares; en su mayor parte lo que recibimos a través de la Alianza son productos, y con frecuencia el precio de esos productos es más caro que si hubieran sido comprados con dinero en otros países, y por cierto una parte apreciable no nos llega ni siquiera en productos sino en ayuda técnica, en estudios de obras y en proyectos. Esa ayuda técnica resulta muy cara porque se nos cobra por ella al precio que se paga en los Estados Unidos, un país donde todo cuesta mucho más que en la América Latina;

y se da la contradicción de que pagamos el trabajo de técnicos norteamericanos y al mismo tiempo nuestros técnicos han estado yendo a darles a Estados Unidos los conocimientos que adquirieron en nuestros países con dinero y esfuerzo producidos

por nuestros pueblos.

 

Vincho enfrentado por las mafias

  • Vinicio A. Castillo Semán 

La lucha del Dr. Marino Vinicio Castillo contra el narcotráfico y su decisiva participación política en el proceso electoral del año 2012, con la que se impidió el regreso al poder de Hipólito Mejía y el Grupo PPH, lo han convertido en el blanco de una feroz y agresiva campaña de descrédito, que busca debilitar su imagen como el funcionario responsable de velar por la ética y el comportamiento decoroso de todos los funcionarios del Estado Dominicano, a través de la Dirección General de Ética e Integridad Gubernamental.

Se han invertido muchos millones de pesos, se han inundado las redes y mandado imprimir muchos libros, incluyendo ridículos piquetes ante el Palacio Nacional, pidiendo la destitución del Presidente de la Fuerza Nacional Progresista (FNP), quien además es Asesor Antidrogas del Presidente Danilo Medina.

La miopía y la torpeza de quienes idearon y ejecutaron esta fallida campaña contra el Dr. Castillo no los dejó ver que los argumentos centrales usados para querer descalificarlo, lo único que han probado es que, a sus 82 años (con una vida pública intensa de más de 50 años siendo protagonista importante en la vida nacional), sus adversarios, incluyendo las mafias de drogas y corrupción, no han podido encontrar ningún elemento serio que pueda inhabilitarlo o afectar su rectitud como hombre público, como profesional y ciudadano.

Las mafias que han pagado esta campaña contra mi padre pretendieron crear un escándalo alrededor de su declaración jurada de bienes como funcionario público, basada en la supuesta omisión de varias parcelas heredadas de su madre, que se encuentran indivisas con sus dos hermanos, Aristeo y Euridice, de 86 y 84 años, respectivamente, y que se encuentran en manos de la familia Rodríguez hace alrededor de 200 años.  ¡Qué orgulloso nos sentimos de nuestro padre, cuando vemos que las mafias y sus pandillas mediáticas, luego de auscultar minuciosamente su vida, tengan que recurrir a un argumento tan ridículo y baladí, para querer empañar su honra!  Por eso sostenemos que, lejos de desacreditarle, lo enaltece lo absurdo del argumento, convirtiéndose en un homenaje a su figura.

Independientemente de lo absurdo del argumento usado para la campaña de descrédito contra el Dr. Castillo, basta para cualquier lector entrar en la dirección electrónica http://www.digeig.gob.do y procurar su Declaración Jurada de Bienes, en la que figura bajo el título “Herencias”, la propiedad indivisa entre 3 coherederos de las parcelas heredadas por su madre, consistente en unos cientos de tareas de cacao en San Francisco de Macorís.

Por ese supuesto “crimen”, al Dr. Castillo se le exhibió con gozo en un perverso álbum de descrédito “tras las rejas”, mandado a preparar por las mafias bajo el título de Álbum del Rumor Público, que fue gozosamente difundido en algunos medios tratando en vano de confundir al pueblo dominicano.  Ese es el precio de sus luchas contra los delincuentes.  En todos los manuales de estudio sobre el comportamiento de las mafias en el mundo se encuentra el mecanismo de los grandes capos de mandar a asesinar moralmente al funcionario que les resulta incómodo, en este caso al Dr. Marino Vinicio Castillo.

Lo que al parecer no tomaron en cuenta los ejecutores de tan macabra encomienda, es la historia del Dr. Castillo, que fue el primer ciudadano de América Latina que motorizó con éxito el enjuiciamiento de un Presidente, de un Ministro de las Fuerzas Armadas  y de un zar económico en el año 1986, que terminó con condenas de 20 años para cada uno de ellos, en juicio oral, público y contradictorio de más de 2,000 horas televisado al país.

Vincho Castillo fue el blanco del gobierno del Dr. Salvador Jorge Blanco, cuando a éste le quedaban alrededor de dos años de mandato.  Toda la maquinaria del Estado se abalanzó para destruirle estando en la oposición.  Al final, las mafias enquistadas en el poder de entonces, cayeron abatidas por la historia, la verdad y la justicia, al grado de que 27 años después ninguno de los funcionarios que participaron en ese fatídico gobierno pudieron levantar cabeza jamás en este país.

Desde aquellos años 1986 el Dr. Castillo alertaba al país de la instalación de 36 pistas clandestinas para operaciones de narcotráfico, que fueron confirmadas por la DEA de los Estados Unidos.  Estudioso del proceso degenerativo de la vida pública colombiana  influida por el crimen organizado, Vincho Castillo se pasó años desde su programa La Respuesta y desde todos los foros académicos, advirtiendo a su sociedad de los peligros que la asechaban con el tema de las drogas y el padrinazgo político, militar y policial impune.

En aquellos momentos se le desoyó, se le acusaba de “fabulador”.  Sin embargo, la historia aplastó a los pigmeos y paniaguados de las mafias en los medios de comunicación que le adversaron, demostrando cuánta verdad y seriedad había en sus premoniciones y advertencias.

Igual que en el gobierno de Jorge Blanco, el Dr. Castillo enfrentó con valentía las lacras de corrupción y narcotráfico del gobierno de Hipólito Mejía y advirtió al país de los peligros que representaba su paso por el poder.  La maquinaria del Estado volvió de nuevo a tratarlo de pulverizar con el mismo resultado del de Jorge Blanco.  La verdad se impuso y se comprobó.  El PPH descuartizó la nación moral, política y económicamente.  El Dr. Castillo salió victorioso nuevamente en su defensa a la nación.

Las campañas de descrédito de las mafias de ayer no pudieron afectar su moral y su bien ganada fama como hombre público, profesional y ciudadano.  Hoy, igual que ayer, han vuelto a fracasar.

 

Juan Bosch analiza Panorama político de América Latina en 1961

BOSCH: “EL PASADO ES EL ESPEJO DEL PORVENIR”
REFLEXIONAR SOBRE EL PASADO DE CARA AL PRESENTE 
images-131 A mediados del año 1961, la situación política de la América Latina es tan grave como lo era en 1809, y por razones semejantes. Los sucesos que se produjeron desde 1810 en las colonias de España y Portugal y terminaron, hacia 1824, con esas colonias transformadas en repúblicas.
¿Están llamados los que se produzcan a partir de ahora a terminar, digamos en 1975, con un nuevo orden político y social en la mitad meridional del Nuevo Mundo?
Muchas personas piensan que sí, y las lecciones de la historia confieren un valor especial a esa tajante afirmación.
                    Paralelo de los antecedentes
En 1809, la escasa conciencia política de América Latina se hallaba sacudida por un cambio tan serio en el Hemisferio Occidental, que de él habían surgido dos repúblicas –Estados Unidos y Haití–, símbolos de los tiempos antimonárquicos que se avecinaban. Además, en todo el Continente se sentía el impacto de las fuerzas que desde hacía veinte años lanzaba sobre el mundo la Revolución Francesa.
En 1961, la amplia conciencia política de América Latina se encuentra conmovida por una serie de sacudimientos sociales que se inició en México hacia 1910, renació con la revolución cubana en 1933, apareció de nuevo hacia 1944-1948, y culminó al fin en la profunda revolución fidelista de 1959.
En 1809, las ideas revolucionarias tenían como vehículo principal las logias masónicas, cortas en número y cortas en afiliados; en 1961, abundan los partidos revolucionarios y por todo el Continente se extiende uno de organización férrea y dedicado profesionalmente a organizar la revolución. Obviamente, nos referimos al Partido Comunista.
En 1809, la lentitud en las comunicaciones entre continentes y países y la pequeñez de los círculos latinoamericanos que tenían interés en las noticias políticas, hacían que la influencia de acontecimientos.
Tan importantes como las revoluciones de América del Norte, de Haití y Francia, se redujera mucho en nuestros pueblos.
En 1961, la velocidad y la agresividad de los medios modernos de difusión han acortado el tiempo hasta reducirlo a su mínima expresión. Al acortar el tiempo han contraído el espacio, de manera que en todos los países latinoamericanos se viven simultáneamente las experiencias de cualquiera de ellos. Un discurso de Fidel Castro, por ejemplo, se oye en Guatemala o en Venezuela en el momento en que está siendo dicho en La Habana; se oye, y se siente a la multitud que aplaude al orador. La técnica publicitaria ha aumentado a grados insospechados el poder agitador de los medios modernos de difusión, y, a la vez, el aumento de la sensibilidad política de las masas multiplica la fuerza comunicativa de los acontecimientos.
A principios del siglo XIX, a pesar del alto porcentaje de la población sometida a la esclavitud, y a pesar del movimiento de Túpac Amaru en 1780 y de la rebelión haitiana que acabó con el establecimiento de una república en enero de 1804, las masas no tenían verdadera inquietud política.
En 1961, las grandes mayorías de nuestros pueblos están afiliadas a movimientos izquierdistas y millones de hombres y mujeres tienen no solo inquietud, sino
 también actividad política.
Paralelo de los grupos directores
No puede haber cambio revolucionario de las formas o de las estructuras políticas y económicas si no hay, por lo menos, un grupo o una clase social que necesita y desea ese cambio.
En 1809, los grandes terratenientes y algunos sectores mercantiles de América Latina necesitaban y deseaban un cambio. Los hombres que encabezaban esos sectores fueron quienes dirigieron las guerras de independencia, o los que lograron la independencia sin necesidad de guerras costosas, como sucedió en el Brasil. Y la historia de Venezuela nos enseña que tales jefes batallaron y alcanzaron sus miradas sobre nuestra América.
Propósitos aún contra la voluntad de la masa popular, allí donde la masa prefirió pelear bajo la bandera del Rey.
En 1961, la mediana y la pequeña clase media de América Latina, necesitan, y desean, una transformación de la sociedad. De estos dos grupos sociales han salido los líderes revolucionarios de nuestros países, por lo menos los que han iniciado en este siglo la marcha hacia un cambio en el estado político y económico; y puede asegurarse que sin una sola excepción, de ahí han salido también los fundadores y las principales figuras de los partidos comunistas de América Latina.
En 1809, los terratenientes y sectores de comerciantes de las colonias necesitaban y deseaban asegurar con el poder público las riquezas que habían acumulado. La formación de los primeros era antigua, pero su ascenso al más alto nivel del poderío económico había tenido lugar sobre todo en los últimos cincuenta o sesenta años, a favor de la política liberal de los Borbones españoles. Con los cambios que estaban operándose en el mundo, los grandes terratenientes veían en peligro ese poderío económico si no controlaban por sí mismos el poder político; y se lanzaron a conquistarlo.
En 1961, la mediana y la pequeña clase media latinoamericanas necesitan y desean apoderarse de los mandos de la sociedad, pues a pesar de que sus hombres más conscientes se hallan técnicamente preparados para ascender, la alta clase media y la burguesía no les abren paso y su destino inmediato es caer en la categoría de proletarios intelectuales. Estas mediana y pequeña clase media han venido formándose en los últimos cuarenta o cincuenta años, y han alcanzado un alto nivel técnico en tiempos recientes gracias al mejoramiento de los centros de estudios que han estimulado precisamente los gobiernos revolucionarios posteriores a 1910. En la actualidad, hay en cada país de América Latina decenas de millares de jóvenes bien preparados que se quedan sin destinos, y sus perspectivas inmediatas son emigrar a países más prósperos –que en nuestro caso quiere decir, casi siempre, Estados Unidos– o lanzarse a la conquista del poder total.
                            El vacío de poder en 1809
En la sociedad organizada no puede haber vacíos de poder prolongados. Si los hay, la sociedad se descompone: y la sociedad tiene que sobrevivir; se resiste a ser disuelta. El camino adecuado para la supervivencia es que siga a los que le ofrecen un tipo nuevo de organización, o que se someta a ellos aunque no desee esa nueva organización.
Es natural que al producirse un vacío de poder, acudan a llenarlo los que necesiten o desean el poder, y es también natural que al desplazarse de su lugar social hacia el mando político, el grupo que corre a ocuparlo se comporte con violencia y desate en torno suyo una tormenta de hierro y sangre. Pues si procediera con cautela, otros podrían llegar al poder antes que él, y siempre hay posibilidad de que suceda esto último en un ambiente de conmoción y de miedo.
En 1809, nuestros pueblos se hallaron lanzados en un vacío de poder; en 1961, hay un semivacío que puede transformarse cualquier día en vacío total, como sucedió ya en Cuba el 1 de enero de 1959.
El de 1809, se produjo cuando la prisión de Fernando VII y de sus padres, llevada a cabo por Napoleón en 1808, dejó al imperio español sin su jefe tradicional. El imperio pasó a ser un cuerpo sin cabeza, que se movía en el campo de la historia con la incertidumbre de un tronco perdido en medio del océano. Los terratenientes y ciertos sectores mercantiles de las colonias españolas acudieron a llenar el vacío, y cosa parecida sucedió en Brasil cuando el rey portugués volvió a Lisboa, pasado el huracán napoleónico. Hubo países americanos donde las grandes masas siguieron a sus nuevos jefes, como en el Brasil, por ejemplo; y allí la lucha no fue costosa. Pero los hubo donde combatieron contra ellos, y al cabo de largos años de guerras, acabaron sometiéndose.
A ningún estudioso de la historia de América Latina puede caberle duda de que la gran crisis que terminó con el establecimiento de repúblicas en nuestro Continente fue precipitada por la conjunción de dos hechos históricos: la existencia de grupos sociales que necesitaban y deseaban el poder político, y la aparición de un vacío político en el imperio español, determinado por la prisión de Fernando VII y de sus padres.
El semivacío de poder en 1961
Ahora bien, en 1961, hay un semivacío de poder en América Latina; y hay también un grupo social –el compuesto por la mediana y pequeña clase media– que necesita y desea el poder público. Allí donde el semivacío quede convertido, aunque sea momentáneamente, en vacío total –como sucedió en Cuba hace dos años y medio–, la revolución brotará con fuerza irresistible, y tomará el poder.
Desde principio de este siglo XX, América Latina ha sido un satélite político y económico de Estados Unidos. La alianza de los sectores imperialistas de Estados Unidos con los gobernantes oportunistas y antinacionales de nuestros países ha formado durante más de media centuria el núcleo de poder en las tierras latinoamericanas. Esa alianza ha fijado el centro gobernante en un eje que une a Washington con la capital de cada uno de nuestros países; y así como antes de 1810 el poder estaba en Madrid y en la persona del rey; desde hace más de medio siglo está repartido entre los gobiernos criollos y el presidente de Estados Unidos.
Y sucede que a partir de 1953, hay en Washington un intermitente vacío de poder, por lo menos en relación con América Latina. Durante algunos años de la Administración Eisenhower, el poder estuvo en manos de Foster Dulles, y el señor Dulles reforzó la alianza de los grupos imperialistas de su país con los sectores más inescrupulosos de América Latina; de manera que su ejercicio de la parte de poder norteamericano en lo que toca a la América Latina fue decididamente anti histórico. A la muerte del señor Dulles se reprodujo el vacío de poder norteamericano en relación con nuestro países; y donde ese semivacío se complete con el abandono del poder por los asociados criollos –como sucedió en Cuba a la fuga de Batista–, se hizo presente la revolución, esto es, el paso de un grupo social necesitado del poder hacia el comando de la vida pública.
 Desde la muerte de Foster Dulles, el semivacío en la porción de poder sobre América Latina que ejercía Estados Unidos se ha hecho patente. La Administración Kennedy ha tratado de llenarlo con palabras, pero no ha alcanzado todavía el terreno firme de los hechos. Más aún, la Administración Kennedy ha dado muestra de que es intrínsecamente débil; de que oscila entre el llamamiento de los sectores antiimperialistas de su propio país; que desearían ver al gobierno norteamericano libre de la influencia de los negociantes colonialistas, y la presión casi irresistible de estos últimos.
La reacción juega su carta
Al promediar el año 1961, América Latina es el campo de la batalla política más enconada del mundo. La reacción –no sólo continental, sino hemisférica– se ha lanzado con todas sus armas a una lucha sin cuartel. So pretexto de que la revolución de Cuba es comunista, todos los medios de expresión, que están en manos de las oligarquías terratenientes, financieras y comerciales, golpean día y noche a las masas con el terror psicológico. Su plan es lograr que se desate en América la persecución contra los comunistas; y después, como es claro, perseguirán a los revolucionarios no comunistas.
¿Por qué actúan así esos grupos? ¿Por pureza ideológica? ¿Es que su amor a la democracia resulta tan sincero que no pueden aceptar la menor amenaza contra los regímenes democráticos?
Pues sucede que no. Los mismos que hoy agitan sin descanso el espantajo comunista fueron los que iniciaron la campaña de descrédito contra líderes democráticos como Haya de la Torre, José Figueres y Rómulo Betancourt; ellos sembraron la semilla de insultos y calumnias que los comunistas cultivan ahora con tanto esmero. Estos ardientes defensores del mundo libre eran, hasta hace poco, panegiristas de Trujillo, de Pérez Jiménez y de Somoza.
La reacción juega su carta anticomunista, no por amor a la democracia, sino para defender sus privilegios. Si logra asociar todo cuanto se ha hecho en Cuba con el color rojo de la bandera soviética, pondrá sus fortunas a salvo de la revolución social latinoamericana. Para esos sectores el anticomunismo es negocio que rinde beneficios.
¿Puede decirse lo mismo de las grandes masas de nuestros países?
La incógnita por millones
Seguramente no. Nadie sabe a ciencia cierta qué piensan esas grandes masas. De hecho, ellas son una incógnita. Lo que puede afirmarse es que más de ochenta millones de latinoamericanos –entre los cuales hay cerca de cuarenta millones de adultos– no saben leer, y, por tanto, ignoran lo que dicen los diarios.
Los que leen, y convierten sus lecturas en hechos, son esos grupos de la mediana y la pequeña clase media que necesitan y desean el poder político. Leen también importantes núcleos de obreros, pero la revolución cubana demostró que los obreros con buenos jornales, organizados en sindicatos y asegurados socialmente, reducen su actividad política a conservar su posición. Leen también la alta clase media y la alta burguesía; leen, sobre todo, sus propias campañas anticomunistas y las noticias que se refieren a precios, mercados y leyes favorables a las nuevas inversiones.
Demasiado ocupados en adquirir Cadillacs, en llevar a sus mujeres a cabarets y casas de modas, en hacer viajes de negocios a Nueva York y a Europa, los hombres de la alta clase media y de la burguesía latinoamericana, considerarán que van a detener la revolución social con propaganda anticomunista. Sus antepasados de hace ciento cincuenta años creyeron también que podían evitar la liquidación de la esclavitud hablando de los horrores que desató la rebelión de los esclavos de Haití.
La propaganda reaccionaria está creando la atmósfera de la batalla continental. En esa batalla, ¿qué partido va a tomar la gran masa latinoamericana?
Necesariamente, el de la revolución; aunque es muy probable que no le importe que esa revolución sea comunista o democrática. Para la gran masa será lo mismo con tal de que le proporcione bienestar. La diferencia entre la primera y la segunda es que la última ofrece libertad, pero hasta ahora, ¿qué libertad ha conocido la gran masa?
La parte más consciente de la masa distingue solo entre una revolución sangrienta y una que no lo sea; sucede que la revolución sin sangre solo puede ser realizada si se acude hoy, no mañana, a resolver los problemas agudos que tenemos ante nosotros; los económicos, los sociales y los políticos; los de hambre, los de desigualdad en todos los órdenes y los que nos plantea la supervivencia de tiranías espantosas, como la dominicana, la de Nicaragua y la de Paraguay.
Ahora bien, entre una revolución sin sangre, pero demorada, y una con sangre, pero inmediata, ¿qué han de preferir nuestros pueblos?
Sería osado hacer vaticinios. Las conmociones sociales se dan cuando las condiciones apropiadas hacen acto de presencia en la historia. No son materia de selección ni pueden prefabricarse.
Lo único que nos es dado ver es que al promediar el año 1961, nos hallamos en una situación muy parecida a la que teníamos en 1809, un año antes de que se iniciaran nuestras guerras de independencia. Las diferencias no aplacan, sino que acentúan la inclinación a pensar que hoy, como en 1809, estamos en vísperas de grandes cambios en la estructura profunda y en las formas visibles de nuestra vida social.
JUAN BOSCH
[Política: Teoría y Acción, Año 12, No. 130, enero-marzo de 1991. Escrito en Costa Rica el 15 de julio de 1961 y publicado en Cuadernos (París), No. 53, octubre de 1961]

 

NUESTRO CHAVEZ

SÁBADO, 9 DE MARZO DE 2013

Aunque el final era esperado siempre quedaba una esperanza. Muchas voces pedían “que aguantara porque lo necesitamos”. No ocurrió y la tristeza embarga a millones frente a lo irreparable. Se ha ido un indispensable y ningún homenaje compensará la pérdida. Cada conmemoración elige un perfil: el líder, el comunicador, el tribuno, el volcán de energías, el osado. Pero algunos homenajes disuelven su revulsivo legado del socialismo y el ALBA.
Chávez cuestionó a viva voz al capitalismo y recuperó un proyecto de emancipación que parecía sepultado. Retomó conceptos censurados, recordó a los marxistas olvidados, denunció a la burguesía y declaró su admiración por Cuba. Transmitió ideas de igualdad social y democracia real que provocaron un terremoto en la conciencia de oprimidos. No defendió vagamente la dignidad y los derechos de los humildes. Convocó a imaginar una sociedad sin explotación, competencia, ni lucro.
Esta dimensión no sólo incomoda a los partidarios del “capitalismo serio”. También molesta a los sectarios, irritados con cualquier planteo desviado de su receta. Objetan la distancia entre el proyecto y su concreción, como si ellos hubieran probado alguna capacidad para acortar esa brecha. Chávez rescató al socialismo de los libros de historia, para situarlo nuevamente entre las posibilidades del futuro.
Volvió a demostrar que ese horizonte es compatible en América Latina con el patriotismo revolucionario. Repitió la trayectoria de los militares antiimperialistas que se radicalizaron convergiendo con las luchas sociales. Y logró una sintonía con su pueblo y un impacto continental, que nunca consiguieron Torrijos o Velazco Alvarado.
Con más cuidado hay que tomar las analogías con el peronismo. Es cierto que lideró la misma irrupción de mayorías silenciadas y la misma obtención de conquistas sociales. Pero Chávez seguía un camino de Cuba totalmente contrapuesto al orden conservador. Por eso nunca avaló la gestación aparatos tan regresivos como el justicialismo. En lugar de confrontar con la juventud movilizada propiciaba la Patria Socialista.
Chávez impulsó la integración regional, pero no idealizaba los negocios y las ganancias empresarias. Los aceptaba como un dato del escenario actual y los concebía como instrumentos de recuperación de soberanía. Su proyecto era el ALBA: la unidad por medio de la cooperación. Comenzó propiciando el intercambio de petróleo por educadores con Cuba y terminó auspiciando incontables campañas de solidaridad con los desamparados de Haití, los desposeídos de Centroamérica y los necesitados de Bolivia. Estas iniciativas fueron interpretadas como “maniobras de petro-diplomacia” por quiénes sólo conciben acciones guiadas por la codicia.
El ALBA ensaya otra construcción latinoamericana, con menos funcionarios y más movimientos sociales. Chávez lo concibió retomando la experiencia de Bolívar. Si la guerra de la Independencia se expandió liberando esclavos y eliminando servidumbres, la batalla actual contra el imperio exige mayor intervención de los sujetos populares. En la preparación de esa confrontación, no ahorró denuncias de la prepotencia estadounidense.
América Latina ha perdido la voz de radicalidad que sobresalía en todos los foros, para pavimentar una estrategia antiimperialista. Se ha creado un gran vacío regional que no tiene sustituto (por el momento). Cuando se discute si Cristina o Dilma cuentan con el carisma suficiente para reemplazarlo se olvida el contenido del liderazgo vacante. El comandante decía la cruda verdad porque no temía desafiar a los poderosos. Por eso se burlaba de los diplomáticos yanquis y de los reyezuelos europeos que intentaron acallarlo.
Chávez supo combinar consecuencia con inteligencia en la evaluación de las relaciones de fuerza. Esa capacidad fue muy visible en el último período, cuando delegó el gobierno, forjó un equipo, posicionó a Maduro y debilitó a Capriles. Así conjuró el vacío de poder que tanto añora la derecha. Pero aceleró su propio final, con las energías desplegadas en la campaña electoral.
El resultado de esos comicios ha sido indigerible para los custodios del orden republicano que digitan los poderosos. Cuestionan al terrible autoritario, que arrasó en 13 elecciones cristalinas y al espantoso censor, que siempre pudieron insultar desde los medios de comunicación. La sobriedad profesional en el manejo posterior de la enfermedad presidencial debería servir de modelo, a todos los negociantes del periodismo, que lucran con la tragedia de un paciente terminal.
La disputa entre profundizar o congelar el proceso venezolano se ha tornado más incierta. Hay una tensión cotidiana con los burócratas que utilizan el disfraz bolivariano para enriquecerse, recreando el rentismo exportador y el consumo improductivo. Bloquean la construcción de una economía industrial, eficiente y auto-abastecida en alimentos. Acumulan fortunas con la intermediación de las divisas del fondo petrolero, agigantan el déficit fiscal y preservan el ciclo de las devaluaciones.
Por su parte muchos los opositores reconocen, ahora, el gran cambio perpetrado en la distribución de la renta petrolera. Aceptan que esos recursos fueron provechosamente canalizados hacia la alimentación, la educación, la salud y la vivienda popular. Nunca explican por qué razón, ningún presidente anterior concretó esa transformación.
Las conquistas logradas están a la vista y son muy significativas. Pero no alcanzan y podrían perderse si se pospone la radicalización del proceso económico. Ya no hay un conductor y llegó el momento para conformar direcciones más colectivas y electas por la base. Esta evolución es posible por el carácter inesperado de los procesos históricos. Nadie imaginaba, por ejemplo, hace diez años el giro que introduciría el movimiento bolivariano.
Chávez ingresa en la historia por la puerta grande para ocupar un lugar junto al Che. Guevara fue el símbolo de una revolución ascendente que despertó grandes expectativas en la expansión inmediata del socialismo. Chávez apareció en otro contexto. Expresó las rebeliones que conmovieron a Sudamérica al comienzo del siglo XXI y encarnó los triunfos contra el neoliberalismo. Dos figuras excepcionales para dos momentos de un mismo recorrido hacia la igualdad, la justicia y la emancipación.