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ALLENDE: Las grandes alamedas

An East German stamp commemorating Allende
An East German stamp commemorating Allende (Photo credit: Wikipedia)
Página 12
Ni que se haya convertido en la fecha de la caída de las Torres Gemelas evitará que –para nosotros, para los hombres y mujeres de América latina– el 11 de septiembre sea la fecha del golpe de Estado más detestable de los tantos que padecimos. Se trataba de un gobierno elegido democráticamente. Se trataba de un país con un ejército que –a diferencia de los de nuestro continente– había sido guardián del orden constitucional. Se trataba de un presidente que era un hombre noble, con ideas e ideales, un hombre honesto y un hombre valiente. Había tenido un gran apoyo de las masas obreras. Y una queja constante, un repudio sin tregua, del MIR, el principal grupo armado de Chile. Finalmente, todos los sectores de la sociedad –menos los obreros– se unificaron para voltearlo: el ejército, los medios de comunicación, los gremios, las clases altas, las clases medias y –con un empeño criminal, furibundo– los Estados Unidos de Nixon y Kissinger. Las clases medias inauguraron la modalidad de salir a la calle con cacerolas y atronar el país pidiendo la renuncia de Allende.
Allende fue el más original, el más creativo de los líderes socialistas del siglo XX. Descreyó de la célebre dictadura del proletariado y eligió el camino democrático, pacífico al socialismo. Si ese camino fracasó, no menos fracasaron los otros. Con una enorme diferencia. Allende no dejó decenas o decenas de miles o millones de cadáveres tras de sí. Ni presos políticos tuvo. Confiaba en solucionar la antinomia entre socialismo y democracia, que el mandato de la dictadura del proletariado (que viene de las páginas de Marx y que éste asume como su mayor aporte a la teoría política) obliteraba. La derecha –beneficiada por los errores y por las muertes de los socialismos triunfantes y luego derrotados– no tiene rédito alguno para sacar de la experiencia de la Unidad Popular. Salvo que digan que nacionalizar el cobre equivale a fusilar enemigos políticos, o peor aún.

En su último mensaje, don Salvador Allende dijo a su pueblo y a todos los pueblos de América:
¡Trabajadores de mi Patria!: Tengo fe en Chile y en su destino. Superarán otros hombres este momento gris y amargo donde la traición pretende imponerse. Sigan ustedes sabiendo que, mucho más temprano que tarde, se abrirán de nuevo las grandes alamedas por donde pase el hombre libre, para construir una sociedad mejor. ¡Viva Chile! ¡Viva el pueblo! ¡Vivan los trabajadores!
La historia es nuestra y la hacen los pueblos.
Estas son mis últimas palabras y tengo la certeza de que mi sacrificio no será en vano, tengo la certeza de que por lo menos será una lección moral que castigará la felonía, la cobardía y la traición.

El criminal de guerra Richard Nixon y su secretario de Estado, Henry Kissinger, peor criminal de guerra aún, odiaban a Allende con una pasión enfermiza. En octubre de 1970, Nixon dijo sobre él palabras injuriosas: “That son of a bitch, that bastard…”

Pero esa imagen de este hombre sereno –aunque capaz de encarnar la fuerza de un tornado–, que lo único que nos dejó, como pertenencia, fue el pedazo ensangrentado de uno de los vidrios de sus anteojos, este hombre maduro, con canas, que sale de La Moneda con casco de guerra y metralleta, para morir peleando, tal vez insensatamente, pero como él lo sentía, es, para mí, el símbolo más puro de la rebeldía, porque trató de cambiar el mundo por los caminos de la democracia y de la paz, y porque no pudo, porque los asesinos del poder internacional no lo dejaron, agarró una metralleta, se puso un casco de guerra y decidió (como esos bravos, legendarios marinos con sus barcos) hundirse con su causa. ¡Ah, don Salvador Allende, ojalá hubiera yo tenido alguna vez en mi patria un líder como usted! Simple, duro, pero sensible, amigo y compañero de la gente de su pueblo, sin sinuosidades, con una sola palabra, la misma de siempre, la que marcó la coherencia de sus días y, por si fuera poco, con ese coraje, don Salvador, que le hizo decir:

De aquí no me voy, que sigan otros, no van a faltar, y van a llevarme en sus corazones como a un hombre puro, como a un guerrero y como a un demócrata que les va a henchir el pecho de orgullo y de exigencias perentorias. Porque, de ahora en más, todo chileno que sepa que tiene detrás la figura de Salvador Allende, sabe que no se viene a la vida a jugar, a gozar de las liviandades y las tentaciones, sino a meterle el alma y el cuerpo a las causas duras, las de la injusticia, las del hambre, las de la tortura y la muerte. Es mi legado.

Lo es. Tenía la cara de un hombre bueno. Vestía de civil. No andaba ostentando armas ni uniformes bélicos. Se metía entre los obreros. Hablaba en sus asambleas. Les pidió, al final, que se cuidaran. Que no se dejaran sacrificar fácilmente por los carniceros que se cernían sobre Chile. Cuando Castro lo visitó le dijo que tenía que recurrir a la violencia si quería sostenerse. Allende no lo hizo. De la violencia se ocupaban los guerrilleros del MIR que, desde luego, lo acusaban de burgués conciliador. ¿Por qué se habrán preocupado tanto los de la CIA y Nixon y Kissinger por un burgués conciliador? ¿Por qué el ejército habrá bombardeado La Moneda? ¿Por qué el diario El Mercurio (al que Nixon le dio dos millones de dólares para desestabilizar su gobierno) lo atacó sin piedad ni vergüenza? ¿Por qué las conchetas chilenas, que son terribles, salieron con sus cacerolas para injuriarlo? ¿Sólo porque era un burgués conciliador? Los del MIR fueron funcionales a los golpistas que, salvo los que se fugaron, murieron todos, en el Estadio Nacional o en las más siniestras mazmorras, tan cruelmente como los líderes de la Unidad Popular. No, Allende no era un burgués conciliador. Era un socialista temible. Porque había elegido la democracia (el arma ideológica que la derecha cree suya) para ir hacia el socialismo. Pero, luego, hizo algo peor. Murió con su causa. Dejó, para el socialismo, un ejemplo moral incuestionable. Y murió sin perder sus esperanzas. El hombre libre volverá. Las altas alamedas lo esperan. Bajo ellas se fue Allende de este mundo.

En recuerdo de un gran periodista chileno Un día después: Augusto Olivares Becerra

Español: Presidente de Chile Salvador Allende ...
Español: Presidente de Chile Salvador Allende (1970 – 1973) (Photo credit: Wikipedia)

Había nacido el 27 de junio de 1930 y contaba al morir con 43 años. En plena madurez y capacidad de servir a su profesión y a sus ideales, fue Augusto Olivares Becerra un precursor del periodismo revolucionario de izquierda para todos los tiempos.

Un dia después, pues nació al igual que Salvador Allende, su amigo y compañero de lucha, en el mes de junio, solo que este último nace un 26 de junio, veintidós años antes. De haber sobrevivido Augusto Olivares a los hechos del 11 de septiembre de 1973, quizás aun hoy contáramos con su presencia, con sus vivencias y recuerdos, pero optó en aquella coyuntura histórica por inmolarse antes que caer en manos de sus encarnizados e inescrupulosos enemigos políticos, convertidos en vándalos fascistas que echaron por tierra lo sueños y la incipiente obra de justicia social de la Unidad Popular con su presidente al frente el compañero Allende.

El próximo año 2013, se cumplirán 40 años del golpe militar del 11 de septiembre en Chile. A la memoria vienen los recuerdos de aquellos valerosos revolucionarios que enfrentaron con las armas de las ideas la brutal agresión. La primera victima y el primer mártir de aquellos acontecimientos que tuvieron como escenario el palacio de La Moneda, fue Augusto Olivares.

Había servido con lealtad al presidente Salvador Allende. Su actividad principal desde 1970, era acompañarle en su campaña y desde mucho antes se convirtió en su asesor político, pero sobre todo en un amigo.

Olivares se había iniciado en los medios de comunicación como locutor de radio , trabajando posteriormente en el periódico La Tercera y fue reportero de Clarín. Consejero nacional del Colegio de Periodistas de Chile y fundador de la revista Punto Final , donde desempeño labores en su consejo de redacción al cual perteneció hasta su muerte. Al momento de su fallecimiento en La Moneda, Olivares se desempeñaba como jefe de prensa en Televisión Nacional de Chile .

El documental Héroes frágiles, de Emilio Pacull, el cual constituye un sentido homenaje a Augusto Olivares, dignifica la vida y la obra del revolucionario que fue. Héroes frágiles como dijera su autor, porque “simplemente están ahí, en La Moneda, con las manos vacías. Enfrentando tanques, tropas, aviones, misiles, y defendiendo la República y sus valores universales. Son héroes democráticos, resistiendo mientras la bandera chilena arde en el mástil del palacio”. Es la historia ya escrita e inolvidable de aquellos héroes frágiles por las endebles armas físicas que portaban, pero gigantes en su moral y su talla histórica.

Manuel Cabieses Donoso en su insuperable articulo: “ Augusto Olivares: Morir en La Moneda” revela de manera muy coherente y exhaustiva la vida política y humanística de Augusto Olivares. Lleno de detalles y anécdotas releerlo es fuente y necesario referente. De la personalidad de Olivares refiere que fue el hombre que “ nunca hizo daño a nadie, amistoso y sentimental, que cultivó amigos en todo el arco político”. Es siempre impresionante, aun mas al paso de los años, constatar que uno tras otro, cada hombre y mujer nucleado al presidente Allende, llevaban la ética y el honor como identidad. Después de su muerte, al paso del tiempo, todo lo que Augusto Olivares denunció en sus columnas periodísticas, en sus parlamentos, se fue evidenciando. Su palabra fue siempre sentencia y pronostico.

“Las palabras y los actos tienen coherencia. Cuando uno dice una cosa, va hasta al final de lo que dice”: enseño Olivares desde temprana edad a Emilio Pacull y es que el periodismo entendido mas que como un medio de vida, como una conducta de compromiso social para el bien, fue la brújula de Olivares, y su accionar profesional y político una consecuencia.

En esto tiempos, la valentía y la pulcritud del periodismo necesita de muchos Augusto Olivares. Si cada mujer u hombre enfrascado en los medios, llevan en sus mensajes esa valentía y pulcritud política, será el mejor homenaje y el mejor monumento a quien sirvió a la verdad y a la justicia social de su pueblo: Augusto Olivares, un hombre de Allende.