Leonel: El Partido Azul en la historia nacional

Leonel Fernández
EX PRESIDENTE DE LA REPÚBLICA DOMINICANA

El Partido Azul, liderado por el general Gregorio Luperón, emergió como una gran fuerza política varios años después de haberse realizado la Guerra de la Restauración (1863-1865), la cual puso fin al acto ignominioso de la Anexión a España llevada a cabo por el general Pedro Santana en 1861.
Sin embargo, las raíces del Partido Azul se encuentran en la Revolución de 1857, en la que los pueblos del Cibao organizaron una insurrección en contra del gobierno de Buenaventura Báez con el propósito de establecer un sistema político basado en las doctrinas liberales y democráticas, que eran las más avanzadas de aquellos tiempos.
Miembros de una nueva generación, los integrantes del Partido Azul eran los herederos legítimos del Movimiento de La Trinitaria y de Juan Pablo Duarte. Sus fuentes de inspiración la encontraban en las ideas y el pensamiento de figuras tan ilustres como Pedro Francisco Bonó, Ulises Francisco Espaillat y Benigno Filomeno de Rojas.
Esa nueva generación llegó al poder en 1879, cuando el general Luperón, junto a otras destacadas figuras militares de la época, luego de haberse levantado en armas en contra del gobierno del general Césareo Guillermo, instaló un gobierno provisional en Puerto Plata.
A partir de ese momento, el Partido Azul se convertiría en la organización política más exitosa que había conocido el país durante el siglo XIX, el cual gobernaría durante 20 años consecutivos, pasando por distintas etapas, hasta 1899, cuando se produjo la muerte del general Ulises Heureaux, conocido como Lilís.
Inmediatamente, tras llegar al poder, lo primero que hizo el general Gregorio Luperón fue convocar una Convención Nacional con la finalidad de aprobar una nueva Constitución, la cual consignó que el ejercicio de la Presidencia de la República estaría limitada a tan solo dos años.
Gobiernos azules
Al instalar su gobierno provisional en Puerto Plata, con el apoyo entusiasta de la mayoría de la población, el general Gregorio Luperón designó como delegado suyo en la Capital, el Sur y el Este, así como Ministro de Guerra y Marina, a su lugarteniente y amigo, el general Ulises Heureaux.
Al concluir su mandato, el padre Fernando Arturo de Meriño inició su ejercicio presidencial, el cual se extendió por dos años, desde 1880 a 1882.
Al igual que el general Luperón, el padre Meriño también empezó a ejecutar su mandato con una actitud democrática, de respeto a las libertades públicas, y liberal.
Sin embargo, a medida que su gobierno avanzaba, antiguos partidarios de Buenaventura Báez iniciaban conspiraciones en su contra. Para contrarrestarlos, el padre Meriño dictó el llamado Decreto de Santo Fernando, en virtud del cual ordenaba que todo aquel que fuese encontrado con las armas en las manos en contra del gobierno sería castigado con la pena de muerte.
Varios sufrieron ese castigo; y fue tal la sangre derramada que algunos han llegado a calificar el gobierno del padre Meriño como de una dictadura.
Sea como fuere, al terminar el período presidencial del padre Meriño, resultó electo, por recomendación del general Gregorio Luperón, Ulises Heureaux, el temible Lilís, quien, en principio, como ha podido observarse, fue un gran protegido del general puertoplateño.
Para el general Luperón, esa elección de Lilís era en verdad un reconocimiento necesario a los muchos méritos que éste había acumulado en favor del Partido y de la República desde que se integró, siendo muy joven, como soldado en la gesta de la Restauración.
Ulises Heureaux, Lilís, fue acompañado como Vicepresidente por el general Casimiro Nemesio de Moya; y al igual que sus antecesores, ejerció el mando con criterio democrático por un período de dos años, desde 1882 hasta 1884.
Sin embargo, aprovechando su posición de mando, procuró atraerse el apoyo de connotadas figuras del Partido Rojo, el partido de Buenaventura Báez, ante el vacío político dejado por éste, primero, por su salida del poder; y luego, por su fallecimiento en el exilio, ocurrido precisamente en el 1884. Esos viejos líderes del baecismo le vendieron la idea al entonces Presidente de la República, Ulises Heureaux, de que debido a su arraigo político y militar, él debería considerar erigirse en el nuevo líder del Partido Azul, ya que ellos estaban dispuestos a ofrecerle el apoyo de los baecistas que operaba en la región Sur del país.
Ulises Heureaux aceptó la sugerencia; y en las próximas elecciones ya ejercía maniobras para que los candidatos a la Presidencia y Vicepresidencia de la República fueran los que él apoyaba, esto es, Francisco Gregorio Billini y Alejandro Woss y Gil.
A esas candidaturas, sin embargo, se opusieron por vez primera en las filas de los azules, las del general Segundo Imbert y Casimiro Nemesio de Moya, quien hasta esos momentos se desempeñaba como Vicepresidente de Lilís.
Estas últimas candidaturas, de hecho, resultaron ganadoras en esos comicios. Sin embargo, Heureaux, según refiere el propio general Gregorio Luperón, incurrió en un fraude enorme, ya que “violó groseramente la ley, metiendo quince mil votos en las urnas, y el Congreso poco avisado, proclamó la candidatura de Billini y Gil”.
Estos fueron, de manera ilegítima, juramentados como Presidente y Vicepresidente de la República, el 1 de septiembre de 1884.
Todo eso resultaba Increíble. En el partido heredero de las ideas patrióticas de Duarte y los trinitarios; el de la doctrina liberal; en el glorioso partido de la epopeya de la Restauración, se había incurrido en un fraude vulgar.
De ahí en adelante, la unidad del partido se resquebrajó; la mística generada por una nueva generación en el poder, imbuida de sentimientos patrióticos, se desvaneció; y el país entró en una situación de anarquía que sólo culminaría cuando Lilís se convirtió en dictador.
Auge y caida de los azules
Por supuesto, el éxito político inicial de los miembros del Partido Azul no sólo estuvo en el hecho de que aspiraban a introducir ideas liberales y democráticas en la República Dominicana del siglo XIX.
También se debió al hecho de las profundas transformaciones económicas y sociales que el país experimentó durante las últimas dos décadas del siglo decimonónico.
Pero, aún antes, en medio de la situación de profundas carencias que se vivían en distintas partes del territorio nacional, el Partido Azul empezó a cobrar fuerza por el apoyo que brindó a los productores de tabaco en la región del Cibao.
Entonces el tabaco era el principal producto de exportación del país. Pero en el Sur, la riqueza descansaba en la ganadería, así como en la explotación de los bosques y la producción y exportación de madera, de lo que se beneficiaba sólo un pequeño grupo, dueño de grandes extensiones de tierra.
En medio de esa situación de dualidad del sistema productivo nacional, se produjo la migración de cubanos que salían de su país debido a la guerra de los diez años, entre 1868 y 1878, que se había estado llevando a cabo contra los españoles para alcanzar la independencia de la patria de José Martí.
Esos cubanos se establecieron por Puerto Plata, pero también por el Sur y el Este del país; y en esos lugares instalaron los primeros ingenios azucareros modernos que se conocen en la República Dominicana.
A partir de los ingenios, se realizó todo un proceso de capitalización y modernización que condujo, entre otros, a la construcción de ferrocarriles, al desarrollo de puertos marítimos y a la colocación de cables telegráficos.
Desde el punto de vista político, el Partido Azul representó la llegada al poder de la alta y la mediana pequeña burguesía, tal como brillantemente lo ha sostenido Juan Bosch, en su clásico texto, Composición Social Dominicana.
Ahora bien, en lo que atañe al papel de Ulises Heureaux, emite un juicio categórico. Afirma: “Aunque aspiraba, como todos los líderes azules, a convertir el país en un Estado burgués, se distinguía de los demás líderes del partido en un aspecto muy importante: el de los procedimientos.
La diferencia entre él y sus compañeros del equipo director de los azules se resolvía en la aceptación de una palabra. Los otros querían que Santo Domingo fuese un Estado burgués liberal; a Lilís le bastaba con que fuera un Estado burgués, sin llegar a liberal.”
Y efectivamente,
así fue.
@leonelfernandez
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Población dispuesta a luchar contra la corrupción

Mayoría de la población latinoamericana dispuesta a luchar contra la corrupción

Corrupción (imagen referencial)

 

CIUDAD DE MÉXICO (Sputnik) — La última encuesta de la organización no gubernamental Transparencia Internacional (TI), que señala la extensión del pago de sobornos en América Latina, también revela una mayoría dispuesta a luchar contra la corrupción en la región, dijo a Sputnik el experto en rendición de cuentas Darío Ramírez.

“Ante el deterioro institucional, que es un caldo de cultivo de males, hay una nota de esperanza: ha crecido a 70% la población de la región latinoamericana y caribeña dispuesta a involucrarse en la lucha contra la corrupción”, señaló Ramírez, director de comunicación de la organización civil Mexicanos contra la Corrupción y la Impunidad (MCCI).

Ese indicador, continuó, es un elemento nuevo que puede marcar el punto inflexión para revertir el fenómeno.

“La sociedad civil, los gobernantes, los actores de la oposición política y los medios de comunicación, tendríamos que encausar el descontento de esta población que está harta de la corrupción”, indicó Ramírez al comentar los resultados de la encuesta publicada la víspera en la sede de TI en Berlín y que lleva por título ‘Gente y Corrupción en América Latina y el Caribe’.

La gente que está siendo afectada en su vida diaria por la descomposición de las instituciones “también está dispuesta a darle un músculo político importante a las acciones de la sociedad civil, es el elemento positivo del estudio”, destacó el posgraduado en Derecho Público Internacional por la Universidad de Ámsterdam.

La encuesta de TI “tiene un gran valor, al pintar los datos de un escenario sombrío, que muestra instituciones que no están a la altura del combate a la corrupción”, añadió.

El responsable de MCCI también señaló que “la mala noticia es que la gente tiene una clara percepción de que los gobiernos están fallando en el combate de ese flagelo, eso preocupa a quien estamos empeñados en buscar soluciones”.

Riesgos del combate a sistemas corruptos

Ramírez estima que uno de los principales hallazgos del extenso sondeo aplicado a más de 22.000 personas es que el porcentaje de personas que pagan sobornos para tener acceso a servicios públicos son un 30% en la región y una de cada dos en México (51%).

Ese dato es fundamental para entender los efectos del cobro de coimas: “La descomposición en la oferta de los servicios públicos, que deberían estar dedicados a cerrar la brecha de pobreza, desigualdad y reparto de derechos, es el problema que más afecta a la ciudadanía de la región en su vida cotidiana”.

Existen graves obstáculos que encuentran organizaciones de la sociedad civil mexicana que cifran sus esperanzas en el nuevo Sistema Nacional Anticorrupción, recién aprobado por el Congreso, añadió el experto de MCCI, quien fue director adjunto de la unidad de Promoción y Defensa de los Derechos Humanos del Gobierno federal de México.

Al comentar que solo una de cada 10 personas que pagaron sobornos lo denunciaron en México y que “casi una de cada tres que lo hicieron sufrieron represalias” —según el sondeo-, el experto respondió que “hemos encontrado sistemas que se protegen a sí mismos y se regeneran”.

Las retaliaciones no son una sorpresa: “Si combates a la corrupción, debes esperar que la corrupción te va a combatir también a ti, hay que partir de ese principio”, señaló al comentar el trabajo de MCCI.

Esa organización independiente forma parte de una red latinoamericana que investiga los sobornos de la constructora brasileña Odebrecht para conseguir contratos en el continente.

“Hemos palpado que la desarticulación de sistemas de corrupción no consiste en meter a la cárcel a gobernadores o funcionarios, es insuficiente centrar el problema en algunos personajes”, comentó sobre la experiencia en prolongadas pesquisas, en las que los investigadores han encontrado documentos oficiales que comprometen al alto mando de la petrolera estatal mexicana Pemex y exgobernadores.

Esos altos funcionarios pueden ser apenas los operadores, “pero nuestras investigaciones nos han dado la evidencia de que la corrupción está institucionalizada y legalizada, mediante contratos falsos y redes de empresa fantasmas”.

También advirtió que en el ejercicio de la función pública “un presidente no pude gobernar si todos los sistemas siguen intocables, entre quienes manejan tanto dinero y roban tanto sin castigo”.

El peor de todos

El documento emitido por la ONG internacional señala también que los ciudadanos encuestados que viven en México y República Dominicana fueron “los que más probablemente habían pagado sobornos por los servicios públicos básicos” en los últimos 12 meses.

En los malos resultados sobre esos dos países “no hay un campanazo ni novedad”, cuando la encuesta señala a la policía y a los políticos como los más corruptos, prosigue el comentario.

El señalamiento al rol de las policías “toca el sensible tema del acceso a la justicia, que todos vivimos día a día, entre robos y asaltos impunes, que atentan contra la cultura cívica todos los días”.

La encuesta refleja además la desconfianza hacia las instituciones de procuración de justicia, que deberían operar antes de los tribunales.

“El eslabón más débil de este andamiaje institucional es la policía, que requiere una reforma para elevar el nivel de vida de los uniformados, para que eviten obtener ingresos ilegales”, agregó.

En cuanto a los políticos, a pesar de las tramas de gran complejidad descubiertas en Argentina, Brasil o Guatemala, lo que dice la encuesta es que “los políticos siguen siendo el sector cuya manera de actuar tiene el menor grado de confianza”.

Sencillamente “son los dueños del balón”, sentenció.

Parte del problema es que “el deterioro es tan profundo que la participación en las denuncias puede ser peligrosa”.

Empero, Ramírez prefiere un nota de esperanza y en ese sentido recuerda que un 70 de los latinoamericanos consultados en la última encuesta de TI quiere participar en la lucha anticorrupción, lo que retrata una enorme voluntad de cambio a pesar de los riesgos.

CIENCIA: qué tecnologías están condenadas a morir

El cofundador de Apple cuenta qué tecnologías 
El discurso del cofundador de Apple Wozniak en la Universidad de Moscú

Atilio Borón : El Che, medio siglo después

La continuación de su viaje hacia Ciudad de México, luego del afortunado encuentro en Guatemala con el “moncadista” cubano Antonio “Ñico” López (que sería quien rebautizaría a Guevara con el “Che” que lo haría célebre) lo pone en contacto primero con Raúl Castro Ruz y luego con su hermano, Fidel. Tal como lo cuenta el mismo Guevara, bastó una noche de conversación con el Comandante para que se convirtiera el médico de los expedicionarios del Granma y sin atisbarlo, iniciara el camino que lo transformaría en el más famoso guerrillero del mundo. En sus propias palabras, según una confesión que le hiciera a Jorge Masetti y que la reprodujera en una carta que enviara a sus padres desde México: “Charlé con Fidel toda una noche. Y al amanecer ya era el médico de la futura expedición”. La admiración que se prodigaban recíprocamente era extraordinaria, y se hizo patente en esa larga conversación de diez horas a mediados de Julio de 1955 en Ciudad de México. El Che percibió rápidamente que Castro era “un hombre extraordinario. … Tenía una fe excepcional en que una vez que saliera hacia Cuba, iba a llegar. Que una vez llegado iba a pelear. Y que peleando, iba a ganar. Compartí su optimismo. Había que hacer, que luchar, que concretar. Que dejar de llorar, y pelear”.

El Che, medio siglo después

“El socialismo económico sin moral comunista no me interesa. Luchamos contra la miseria, pero al mismo tiempo luchamos contra la alienación.”

Las dos citas del epígrafe que preceden este trabajo resumen admirablemente el pensamiento del Che. La primera está contenida en su célebre Diario redactado durante la campaña guerrillera en Bolivia. La segunda en una entrevista que le hiciera Jean Daniel en Argelia. Ambas delimitan los contornos de su proyecto político integral, irreductible a las estériles fórmulas del marxismo soviético imperante en aquellos tiempos y a la redefinición en clave economicista de la gigantesca empresa de construir un hombre y una mujer nuevos.  Es necesario recordar estos planteamientos en vísperas del quincuagésimo aniversario del asesinato del Che en Bolivia.

Las circunstancias del crimen son archiconocidas y no tiene sentido reiterar aquí lo que es por todos sabido. Nomás basta con recordar que caído en combate, el día anterior, las heridas del Che no ponían en riesgo su vida. Pero la orden emanada de la CIA fue terminante: “mátenlo y desaparézcanlo.” Que no haya un santuario donde descansen sus restos y se convierta en un lugar de peregrinación para sus seguidores de todo el mundo. “Que siga la suerte de Patrice Lumumba”, habrán pensado sus asesinos. El asesinato del comunista congoleño fue aún más vil y canallesco que el del Che. A éste lo mataron de un balazo, uno sólo, disparado a quemarropa. Al africano lo acribillaron a balazos, lo enterraron en un lugar secreto y, poco después, dos oficiales de la policía belga, expertos en esta clase de crímenes, exhumaron el cadáver, lo cortaron en trozos y lo sumergieron en ácido sulfúrico para disolver sus restos y eliminar cualquier posibilidad de encontrarlos.

La obsesión del imperio y sus aliados, en el caso de Lumumba los británicos y los belgas, era no sólo matar sino hacer olvidar. La misma obcecación perturbaba el sueño de los estadounidenses cuando capturaron al guerrillero heroico.  El plan funcionó con el congoleño, pero fracasó por completo con el Che. Aún desaparecido su presencia se tornó cada día más gravitante y el guerrillero heroico se convirtió en un ícono revolucionario mundial, una bandera de todas las luchas en cualquier lugar del planeta. Allí donde un explotado o un oprimido se levanta contra una injusticia la imagen del Che -inmortalizada en aquella fenomenal fotografía captada por Alberto Díaz (Korda)- se convierte de inmediato en el símbolo universal de la lucha, en bandera de combate contra toda forma de opresión. Treinta años después de su asesinato los restos del Che aparecieron en una fosa común en Valle Grande de donde fueron enviados de regreso a Cuba y hoy descansan para siempre en Santa Clara, la ciudad en donde libró y ganó la decisiva  batalla que abriría de par en par las puertas para el triunfo de la Revolución Cubana.

Decíamos que los trazos principales de su biografía son de sobra conocidos. Baste con decir que si bien el Che provenía de una familia y un ambiente social progresista, claramente identificado con los republicanos durante la Guerra Civil española y por ello netamente antifascista, su proceso de formación ideológica tuvo un vuelco decisivo con la constatación in situ de la lacerante situación de las clases populares durante sus dos viajes por América Latina en los cuales Bolivia fue una necesaria estación de su odisea continental. Dueño de una curiosidad inagotable y de una inmensa capacidad de trabajo, sus numerosas lecturas fueron dando forma a una cosmovisión revolucionaria que la asumiría íntegramente (y la profundizaría) el resto de su vida.

El Che: teórico de la práctica, práctico de la teoría

Cabe preguntarse, en tiempos dominados por el eclecticismo posmoderno y la desilusión con la política y la democracia burguesas, ¿qué es lo que queda del mensaje del Che para las actuales generaciones?  Muchas cosas, por supuesto. Por algo sigue siendo fuente de inspiración para los luchadores sociales de todo el mundo. Queda su inquebrantable coherencia, la inescindible unidad entre teoría, pensamiento y práctica que rigió toda su vida; su absoluta convicción de que este mundo es inviable y que sólo una revolución a escala planetaria podrá salvarlo de la némesis  que lo lleva a su autodestrucción. Suficiente para comprobar la excepcional actualidad del Che y la vigencia de sus enseñanzas, de sus escritos, sus discursos, su ejemplo.

En esta ocasión quisiera adentrarme un poco más en su legado teórico forjado, como decíamos más arriba, por su práctica política que arranca con sus dos viajes por Latinoamérica donde establece su primer contacto orgánico con el marxismo a través de un médico sanitarista peruano, el doctor Hugo Pesce Pescetto, especialista en el tratamiento de la lepra. Pesce había sido, junto a José Carlos Mariátegui, co-fundador del Partido Socialista Peruano y a la sazón era uno de los máximos dirigentes del Partido Comunista del Perú. El Che lo conoce en su primer viaje cuando arriba a Lima, en Mayo de 1952, y es a partir de ese diálogo que se profundiza su conocimiento del marxismo. Esto lo reconoce el Che quien, años después,  al enviarle de obsequio un ejemplar de “La Guerra de Guerrillas.” escribe en su dedicatoria lo siguiente:

«Al Doctor Hugo Pesce, que provocara, sin saberlo quizás, un gran cambio en mi actitud frente a la vida y la sociedad, con el entusiasmo aventurero de siempre pero encaminado a fines más armoniosos con la necesidades de América.»

Y firma, “Faternalmente, Che Guevara.”

Su vínculo con Hilda Gadea, peruana radicada por entonces (año 1953) en Guatemala profundiza su familiarización con los clásicos del marxismo. Los dramáticos acontecimientos que tienen lugar en 1954 en ese país: la invasión organizada por la CIA al mando del coronel Castillo Armas y el derrocamiento de Jacobo Arbenz habrían de completar con las duras lecciones de la praxis el proceso formativo del joven médico argentino.

La continuación de su viaje hacia Ciudad de México, luego del afortunado encuentro en Guatemala con el “moncadista” cubano Antonio “Ñico” López (que sería quien rebautizaría a Guevara con el “Che” que lo haría célebre) lo pone en contacto primero con Raúl Castro Ruz y luego con su hermano, Fidel. Tal como lo cuenta el mismo Guevara, bastó una noche de conversación con el Comandante para que se convirtiera el médico de los expedicionarios del Granma y sin atisbarlo, iniciara el camino que lo transformaría en el más famoso guerrillero del mundo. En sus propias palabras, según una confesión que le hiciera a Jorge Masetti y que la reprodujera en una carta que enviara a sus padres desde México: “Charlé con Fidel toda una noche. Y al amanecer ya era el médico de la futura expedición”. La admiración que se prodigaban recíprocamente era extraordinaria, y se hizo patente en esa larga conversación de diez horas a mediados de Julio de 1955 en Ciudad de México. El Che percibió rápidamente que Castro era “un hombre extraordinario. … Tenía una fe excepcional en que una vez que saliera hacia Cuba, iba a llegar. Que una vez llegado iba a pelear. Y que peleando, iba a ganar. Compartí su optimismo. Había que hacer, que luchar, que concretar. Que dejar de llorar, y pelear”.

En las páginas que siguen echaremos un vistazo a una de las facetas menos conocidas -o, tal vez, la más olvidada- de este personaje extraordinario. Su condición de recreador del pensamiento marxista en clave latinoamericana. Desconocimiento u olvido explicable por la celebridad adquirida como “el guerrillero heroico”, por la productividad de su praxis histórica que, lógicamente, eclipsa todas las demás.  Valiente hasta el punto de llegar a la temeridad, como lo reconocería Fidel,  y a la vez noble y generoso como pocos con sus vencidos, el Che guerrillero ejerce tal fascinación que desplaza hacia las sombras al fecundo teórico marxista. Este extraño combatiente, este hombre de acción, luchaba con las armas en la mano mientras cargaba en su mochila las poesías de León Felipe y Pablo Neruda. En sus campamentos en la selva boliviana había más de un centenar de libros, muchos de los cuales eran verdaderas joyas del pensamiento social universal. No fue entonces casualidad su capacidad para recibir críticamente algunas de las categorías del marxismo soviético y para someter a implacable crítica la grotesca deformación que éste había sufrido a manos de la Academia de Ciencias de la URSS y sus insoportables manuales de “marxismo-leninismo”. Hay un sugestivo paralelo entre Gramsci y el Che: ambos repudiaron las codificaciones “escolásticas” del marxismo, sean éstas de la Segunda o la Tercera Internacional. Gramsci, burlándose de la interpretación canónica de El Capital instaurada por la Segunda Internacional. Lo hace en su breve escrito a propósito del estallido de la Revolución Rusa, “La revolución contra El Capital”.  El Che, haciendo lo propio con los manuales soviéticos que también decretaban la imposibilidad de la revolución en los países atrasados.

Tanto uno como el otro libraron una batalla sin cuartel  contra el “economicismo” décadas antes de que algunos intelectuales, arrepentidos de sus pecados juveniles, renacieran como infecundos posmarxistas y “descubrieran” el determinismo economicista que, según ellos, condenaba irremisiblemente la teoría marxista al cementerio de las ideas. Carentes del talento y la audacia intelectual que les sobraban a Gramsci y el Che, se rindieron ante las caricaturas del marxismo y en lugar de repensarlo creativamente arriaron sus banderas, borraron su propia historia y su identidad y optaron por adherir a la ideología del nuevo bloque dominante o, en el mejor de los casos, por un estéril eclecticismo.

Heredero de una noble tradición, de la cual José Carlos Mariátegui fue el gran precursor, el Che concebía al marxismo en sintonía con la Tesis Onceava de Marx: en vez de interpretar el mundo, de lo que se trata es de cambiarlo. Como Lenin, creía que “el marxismo no era un dogma sino una guía para la acción”. Por eso, si la teoría se daba de bruces con la realidad aquélla debía ser meticulosamente revisada. Si el eurocentrismo del marxismo originario no le hacía lugar a la revolución socialista en la periferia había que liberarlo de esos condicionamientos y, sin tirar al niño junto con el agua sucia de la bañera, recrear la teoría para dar cuenta del inédito desafío práctico que no había sido previsto por los padres fundadores. Y si los “manuales” soviéticos postulaban una visión etapista y mecanicista según la cual no podía haber revolución socialista sin que antes hubiera una revolución democrático-burguesa liderada por la burguesía nacional, lo que había que hacer era arrojar esos textos por la borda y repensar todo de nuevo.

En esta operación el Che demostró, al igual que los grandes clásicos del pensamiento marxista, que la teoría no es un edificio acabado sino una obra en construcción y, por lo tanto, en permanente revisión y reconstrucción. Demostró también que el abandono de ciertas proposiciones (y sus correlatos político-prácticos) y su reemplazo por otras puede hacerse sin necesariamente menoscabar el argumento central del marxismo; la teoría de la plusvalía como la viga maestra que revela el carácter insanablemente injusto, explotador y predatorio del capitalismo. Y que el proyecto socialista trasciende el marco económico o el productivismo: que de lo que se trata es de crear un hombre y una mujer nuevos, una nueva cultura, una democracia participativa integral, una nueva economía, un internacionalismo concreto y eficaz, basado en la solidaridad efectiva y el altruismo. Todo esto requiere de un sustento material; pero si en este todavía sobreviven los elementos constitutivos del capitalismo el proyecto socialista habrá muerto antes de nacer.

El legado teórico del Che es inmenso y la tarea de recuperarlo está lejos de haber sido realizada. Sus pesimistas apreciaciones sobre la escena internacional de su tiempo, dominada por la doctrina de la “coexistencia pacífica” proclamada por la URSS, fueron proféticas. La “guerra de las galaxias” de Reagan y la ofensiva final de George Bush (padre) terminaron destruyendo a la Unión Soviética y evidenciando el yerro de aquella doctrina; su visión de que no se puede construir el socialismo “con la ayuda de las armas melladas que nos legara el capitalismo” es irrebatible a la luz de la experiencia. Su premonición de que la URSS ya había iniciado el retorno hacia el capitalismo, formulada a mediados de los sesentas, revela el incisivo carácter de su mirada. Además, sus análisis sobre la naturaleza incorregible y brutal del imperialismo fueron corroborados sin solución de continuidad.

Así lo prueban las atrocidades perpetradas en Hiroshima y Nagasaki pasando por los horrores perpetrados durante once años en la Guerra de Vietnam, los “bombardeos humanitarios” de Bill Clinton en los Balcanes,  el criminal bloqueo primero y la destrucción después de Irak, el posterio saqueo y destrucción de Libia -con linchamiento de Muammar el Gadafi incluido- el brutal ataque a Siria, la “invención”  del ISIS y, entre nosotros, su no menos criminal ofensiva lanzada contra la Revolución Cubana desde sus inicios y, posteriormente, contra cuanto gobierno haya tenido la pretensión de luchar por la autodeterminación nacional y la justicia social. La brutal escalada violenta lanzada contra la Revolución Bolivariana en Venezuela es apenas el último eslabón de una siniestra cadena de crímenes. Por esto, y por muchas otras razones, a cincuenta años de su asesinato el Che es nuestro contemporáneo y sigue siendo permanente fuente de inspiración.

Crítica de la Economía Política del capitalismo y del socialismo

El Che fue un implacable crítico del capitalismo como sistema, y de los diversos proyectos que en Nuestra América trataron de presentarlo con un rostro amable y progresista. En ese sentido sobresalen las reflexiones volcadas en el brillante discurso que pronunciara el 8 de Agosto de 1961 en la Conferencia del Consejo Interamericano Económico y Social de la OEA celebrada en Punta del Este. La reunión había sido impulsada por la Administración Kennedy con dos objetivos: organizar el “cordón sanitario” para aislar a Cuba y lanzar con bombos y platillos la Alianza para el Progreso (ALPRO), como alternativa a los ya inocultables éxitos de la Revolución Cubana.

En el tramposo marco de esa conferencia el Che no sólo refutó las calumnias lanzadas por el representante de Washington, Douglas Dillon y sus lenguaraces latinoamericanos, sino que también hizo gala de su notable ironía para dejar en ridículo a quienes proponían como panacea universal para América Latina a la ALPRO, la “mal nacida”, como la fulminara en su obra el inolvidable Gregorio Selser. Anticipándose a una crítica que posteriormente adquiriría generalizada aceptación el Che dirigió sus dardos en contra de los proyectos de desarrollo pergeñados por la tecnocracia internacional del Banco Interamericano de Desarrollo, el Banco Mundial o el FMI, obra de “técnicos muy sesudos” -decía, mientras su rostro se iluminaba con una sarcástica sonrisa- para los cuales mejorar las condiciones sanitarias de la región no solo era un fin en sí mismo sino un requisito previo de cualquier programa de desarrollo. Guevara observó que, en línea con esa premisa, de 120 millones de dólares en préstamos desembolsados por el BID la tercera parte correspondía a acueductos y alcantarillados.

Y añadía que “Me da la impresión de que se está pensando en hacer de la letrina una cosa fundamental. Eso mejora las condiciones sociales del pobre indio, del pobre negro, del pobre individuo que yace en una condición subhumana; ‘vamos a hacerle letrinas y entonces, después que le hagamos letrinas, y después que su educación le haya permitido mantenerla limpia, entonces podrá gozar de los beneficios de la producción.’ Porque es de hacer notar, señores delegados, que el tema de la industrialización no figura en el análisis de los señores técnicos (entre los cuales figuraba con prominencia Felipe Pazos, economista cubano que había buscado “refugio” en Estados Unidos ni bien triunfara la revolución). Para los señores técnicos, planificar es planificar la letrina. Lo demás, ¡quién sabe cuándo se hará!” Y remataba su ironía diciendo que “lamentaré profundamente, en nombre de la delegación cubana, haber perdido los servicios de un técnico tan eficiente como el que dirigió este primer grupo, el doctor Felipe Pazos. Con su inteligencia y su capacidad de trabajo, y nuestra actividad revolucionaria, en dos años Cuba sería el paraíso de la letrina, aun cuando no tuviéramos ni una de las 250 fábricas que estamos empezando a construir, aun cuando no hubiéramos hecho Reforma Agraria.”

Al exponer las falacias de la ALPRO, mismas que con diferentes imágenes hoy sostienen los ideólogos del neoliberalismo y del libre cambio, el Che atacó también la pretensión de los economistas que presentan sus planteamientos políticos como si fueran meras opciones técnicas. La economía y la política, decía, “siempre van juntas. Por eso no puede haber técnicos que hablen de técnicas, cuando está de por medio el destino de los pueblos.” Al insistir en la inherente politicidad de la vida económica el Che subrayaba una verdad que la ideología dominante ha ocultado desde siempre, haciendo que las opciones de política económica que deciden quién gana y quién pierde, quién se empobrece y quién se enriquece, aparezcan como meros resultados de inexorables ecuaciones matemáticas, “objetivas”, incontaminadas por el barro de la política.

Si hoy en la Argentina o Brasil, como en Estados Unidos o Europa, crecientes sectores de la población son arrojados al desempleo o por debajo de la línea de la pobreza mientras que la rentabilidad de las grandes empresas y los salarios de sus máximos ejecutivos se miden en millones de dólares esto no puede ser adjudicado a ningún factor político sino que es el gélido corolario de un juicio estrictamente técnico. Si el ajuste neoliberal empobrece a los pobres y enriquece a los ricos no es porque se haya tomado una decisión política en contra de los primeros sino porque así lo dicta un argumento técnico, optimizador de los equilibrios macroeconómicos requeridos para el crecimiento de la economía. Sólo un espíritu estrecho podría pensar que una tal decisión refleja las prioridades de una clase dominante interesada en promover ese resultado y para la cual es preferible salvar a los bancos antes que salvar a los pobres. Guevara destruyó implacablemente estos argumentos, predecesores de los actuales que hoy resurgen con fuerza en la Argentina de Mauricio Macri y en el Brasil de Michel Temer en donde las ideas que el Che combatió con enjundia en Punta del Este reviven bajo nuevos ropajes pero con las mismas intenciones.

Pero más allá de su crítica a estos proyectos ensayados en Nuestra América el Che sometió al escalpelo de su incisiva inteligencia la burda codificación de la teoría económica de Marx realizada por la Academia de Ciencias de la Unión Soviética y que se plasmó en un “Manual” que, como observara el economista cubano Osvaldo Martínez, se convirtió en los años sesenta en una especie de “Biblia económica” que en la práctica, sustituía a  El Capital . Ese “ladrillo soviético” planteaba lo que según sus autores era nada menos que la economía política de la transición al socialismo y perfilaba, en grandes rasgos, los contornos del socialismo desarrollado. Huelga decir que dicho texto no era otra cosa que la exaltación del proceso único e irrepetible seguido por la experiencia de la Unión Soviética durante el estalinismo, elevado a la categoría de “modelo” de ineludible implementación por todos los países que iniciaran el escabroso sendero de la revolución socialista. El Che se impuso la tarea de examinar los problemas, falencias y desviaciones de la experiencia soviética –que pasaban inadvertidos para la mayoría de los observadores y militantes-  con el “mayor rigor científico posible” y con “la máxima honestidad”. Agregaríamos que, también, con la máxima discreción. Sus críticas a la Unión Soviética, sobre todo a su modelo económico y a la teoría de la “coexistencia pacífica”, eran bien conocidas y compartidas in pectore por Fidel y buena parte de la dirigencia del Partido. Pero Fidel, en cuanto Jefe de Estado, no podía decir lo que, una vez desvinculado de sus cargos formales en Cuba –en el Partido, en las fuerzas armadas revolucionarias, en el aparato estatal- el Che podía ya decir sin impedimentos. La Cuba bloqueada y agredida, sometida a atentados permanentes y a una ofensiva diplomática, política y mediática brutal tenía demasiados enemigos y no podía darse el lujo de criticar abiertamente a los pocos amigos con los que contaba en este mundo. La URSS lo era, más por razones de conveniencia geopolítica para Moscú que por una genuina identificación con la Revolución Cubana, y hubiera sido un gesto de enorme irresponsabilidad que Fidel, como Jefe de Estado, diera a conocer públicamente su concordancia con las críticas del Che.

Es preciso reconocer la coherencia de la actitud del Che y la responsabilidad con que manejó sus críticas porque para ese entonces la URSS era la aliada estratégica –casi diríamos que única- de Cuba y lo último que quería era deteriorar con sus críticas las relaciones de cooperación económica que existía entre ambos países. Además, tampoco quería llevar agua al molino del imperialismo con sus críticas al modelo soviético, a diferencia de tantos “izquierdistas de cafetín”, como dice Álvaro García Linera, que en su afán de criticar los procesos emancipatorios en curso en América Latina no dudan un instante en asumir como propias las críticas del imperialismo a aquellas experiencias. Un ejemplo: la absoluta irresponsabilidad con que “infantoizquierdistas” como los trotskistas, autonomistas y anarquistas cantan a coro que “Maduro es una dictadura”, para beneplácito de “la embajada” y la prensa canalla de Argentina y toda América Latina.

Con certera mirada el Che dice algo que es válido, según mi parecer, al día de hoy, a saber: que “la investigación marxista en el campo de la economía está marchando por peligrosos derroteros. Al dogmatismo intransigente de la época de Stalin ha sucedido un pragmatismo inconsistente.” En línea con esta capacidad de análisis el Che pronostica, precozmente, “que los cambios producidos a raíz de la Nueva Política Económica (NEP) han calado tan hondo en la vida de la URSS que han marcado con su signo toda esta etapa … (por lo cual) se está regresando al capitalismo”.  Tal como ocurriera en otros ámbitos de la vida social y política de la URSS lo que al principió surgió como una imperiosa necesidad, la NEP, poco después se convirtió en virtud y en modelo a emular. Como observa con razón Osvaldo Martínez, de la reflexión guevariana  “se desprende la falsedad del mito manualesco sobre la irreversibilidad del socialismo una vez establecido, y la suprema lección de que es en la conciencia y no en el estímulo material de los humanos donde el socialismo puede hacerse irreversible, si esa conciencia se educa y se alimenta con valores de solidaridad.” Tal como él lo estableciera en numerosas ocasiones, la divulgación de esta cosmovisión socialista choca contra cinco siglos en los cuales el capitalismo socializó a la población en sus propios valores individualistas, egoístas, consumistas, y cambiar esa conciencia no es tarea sencilla. “El capitalismo recurre a la fuerza”  -dice el Che- pero además educa a la gente en el sistema” ¡y lo viene haciendo desde hace quinientos años!

Producto del economicismo que inficionaba al modelo soviético esa tarea refundacional en materia educativa y cultural, esa “batalla de ideas”, no se pudo hacer en la URSS y, más cercana a nuestra experiencia, tampoco se llevó a cabo en las experiencias emancipatorias o “progresistas” de América Latina a partir de finales del siglo pasado. Frei Betto lo sintetizó magistralmente cuando dijo que por más que aquellas hubieran obtenido significativos logros en la reducción de la pobreza y en otras materias –derechos humanos, democratización de los medios de comunicación, igualdad de género, etcétera- se fracasó en la tarea de crear una nueva cultura y construir ciudadanos. Lo que se construyó fueron consumistas, y ese es uno de los talones de Aquiles de todos estos procesos, sin excepción. Consumistas que, en el plano político, se fueron inclinando progresivamente hacia la derecha en las recientes elecciones. Porque, la historia lo enseña una y otra vez, la otra cara de la ideología del consumismo es el conservadurismo político.

El imperialismo y las contradicciones del sistema internacional

Medio siglo después, los análisis del Che lo pintan como un personaje dotado de una clarividencia fuera de lo común. Imposible enumerar en estas pocas líneas tanta sabiduría condensada. En su “Mensaje a los pueblos del mundo a través de la Tricontinental” el Che realiza un par de significativos aportes para la comprensión del mundo actual. Entre otras brillantes iluminaciones esa que sostiene que en Nuestra América la sumisión de las clases dominantes a los dictados del imperialismo nos impide hablar de “burguesías nacionales”. En Latinoamérica, esas clases carecen por completo de capacidad (o voluntad) de oponerse a los designios de Estados Unidos y están resignadas a funcionar como “su furgón de cola” de los imperialistas. Por eso propone hablar más bien de “burguesías autóctonas” porque eso de “nacionales” les queda grande y no se ajusta a su insignificante capacidad de librar una lucha por la autodeterminación nacional.

Según su análisis “América constituye un conjunto más o menos homogéneo y en la casi totalidad de su territorio los capitales monopolistas norteamericanos mantienen una primacía absoluta. Los gobiernos títeres o, en el mejor de los casos, débiles y medrosos, no pueden imponerse a las órdenes del amo yanqui.” Es obvio que medio siglo más tarde esta caracterización debería matizarse porque otros capitales –europeos, chinos, japoneses, coreanos, canadienses, etcétera- han penetrado en algunos casos muy profundamente en las economías de la región. Pero pocas dudas caben de que la voz cantante la llevan los norteamericanos, y esto por una simple razón: porque cuentan detrás suyo con el respaldo del único “gendarme mundial” del capitalismo. Tal como lo demuestran Leo Panitch y Sam Gindin en numerosos trabajos, en el complejo entramado del condominio imperialista global hay un “primus inter pares” y este es precisamente Estados Unidos. Su formidable capacidad militar (aproximadamente la mitad del total del gasto bélico mundial), sus mil y tantas bases militares establecidas en todos los rincones del planeta, sus múltiples instituciones “interamericanas” de carácter militar, político, económico o cultural que amarran con fuerza a los países de la región le otorgan un peso decisivo, sobre todo en Latinoamérica que, a ojos de Fidel y el Che, constituye la reserva estratégica del imperio.

Y es por eso que en esta parte del mundo el Che no ve demasiadas alternativas. En sus propias palabras: “No hay más cambios que hacer; o revolución socialista o caricatura de revolución.” El paso del tiempo permite apreciar con más elementos esta disyuntiva radical del guerrillero heroico. Por cierto que no hubo ninguna revolución socialista después de la cubana. Pero sería injusto caracterizar a los acontecimientos en curso en Venezuela, Bolivia y Ecuador como meras “caricaturas de revolución”. Son procesos que bregan contra un conjunto de fuerzas retardatarias de enorme poder, desde las oligarquías locales, las burguesías “autóctonas”, la canalla mediática que envenena el alma de nuestros pueblos y, por supuesto, detrás de todo ello, “la embajada” que trabaja incansablemente para desbarrancar esos procesos.

El voluntarismo se estrella contra la dura realidad de una formidable constelación de fuerzas conservadoras que libran batalla en todos los frentes. A diferencia del caso cubano, donde el triunfo militar y político de la Revolución produjo el desplome del estado burgués, en los procesos en curso en Venezuela, Bolivia y Ecuador las fuerzas dirigentes tropiezan contra aquella muralla defensora del orden, inexistente cuando Fidel, el Che, Raúl y Camilo entraron a La Habana. Cuando lo hicieron el Ejército estaba derrotado y sus jefes habían huido al exterior, lo mismo que buena parte de los miembros del Poder Judicial, los grandes empresarios, la prensa reaccionaria, la clase política tradicional y, en general, la clase dominante en su conjunto. A medida que el Movimiento 26 de Julio avanzaba sobre La Habana los bastiones del viejo orden se derrumbaban, dispersaban y buscaban refugio en Miami; en el caso de los procesos que arrancan con el triunfo de Chávez en 1998 los enemigos de la revolución se atrincheraron y dispusieron a dar batalla, cosa que siguen haciendo hasta el día de hoy. Por eso sería injusto caracterizar a estos procesos como “caricaturas de revolución”, pues tuvieron que vérselas con una resistencia interna que en Cuba no existió, aunque luego vendría “desde afuera” una vez que el imperialismo reagrupara los fragmentos dispersos del viejo bloque neocolonial e intentara recapturar Cuba apelando al terrorismo, la guerra, las sanciones económicas y el bloqueo.

Por otra parte, la revolución jamás estuvo en la agenda de las fuerzas dirigentes de procesos como los que se vivieron en Argentina, Brasil, Chile y Uruguay. En estos casos el objetivo era la inverosímil construcción de “un capitalismo serio”, supuestamente amigable con la equidad social que, como era de esperar, jamás llegó a consumarse.

Como decíamos más arriba, en este y otros escritos el Che fue muy crítico de la política de “coexistencia pacífica” propuesta por la Unión Soviética, a la que condenó duramente. En el trasfondo de esta actitud se encontraba la heroica lucha del pueblo de Vietnam que, según Guevara, se debatía en una “trágica soledad” en su lucha contra la mayor superpotencia de la historia. Hay una frase que sintetiza magistralmente su pensamiento: “La solidaridad del mundo progresista para con el pueblo de Vietnam semeja a la amarga ironía que significaba para los gladiadores del circo romano el estímulo de la plebe. No se trata de desear éxitos al agredido, sino de correr su misma suerte; acompañarlo a la muerte o la victoria.” Y los efectos perniciosos de la “coexistencia pacífica” se hacen sentir cuando la agresión del imperialismo no encuentra una solidaridad efectiva en otros países presuntamente socialistas que, “en el momento de definición vacilaron en hacer de Vietnam parte inviolable del territorio socialista.”

Culpabilidad que principalmente les cabe a la Unión Soviética y China que mientras “mantienen una guerra de denuestos” permiten que el imperialismo yankee haga sus estragos en Vietnam. Concluye premonitoriamente Guevara que “el imperialismo se empantana” en Vietnam, pero que una derrota definitiva requiere de la solidaridad activa de los pueblos, comenzando por las naciones que se autoproclaman socialistas y sobre todo la URSS que gracias a la política de la “coexistencia pacífica” pergeñada para evitar una conflagración mundial y una guerra termonuclear con Estados Unidos deja al Vietnam indefenso. Y los pueblos explotados del mundo, continúa el Che, deben aprender la lección que se escenifica en Vietnam y “atacar dura e ininterrumpidamente en cada punto de confrontación” al enemigo imperialista. Esa, dice Guevara, “debe ser la táctica general de los pueblos” resumida en la frase “crear dos, tres… muchos Vietnam, es la consigna.”

La Carta finaliza con una reflexión final sobre nuestra región, en donde según su autor Washington tiene tropas “dispuestas a intervenir en cualquier lugar de América Latina” en donde sus intereses se vean amenazados. Y agrega, con palabras que conservan una vibrante actualidad, que esa política “cuenta con una impunidad casi absoluta; la OEA es una máscara cómoda, por desprestigiada que esté; la ONU es de una indiferencia rayana en lo ridículo o en lo trágico.”[14] Y traza una sugestiva comparación entre América Latina y Asia cuando dice que si en ésta Estados Unidos tiene poco que perder y mucho que ganar en Nuestra América la situación es exactamente la inversa. Aquí Washington tiene mucho que perder y poco que ganar, habida cuenta de su exitoso proceso de recolonización lanzado con fuerza desde fines de la Segunda Guerra Mundial.

Conclusión

Estas observaciones sobre los legados teóricos del Comandante Guevara pretenden estimular el estudio sobre su obra, honrar la integralidad de sus contribuciones a la construcción de una sociedad socialista teniendo en cuenta no sólo su heroico ejemplo como guerrillero sino también sus aportes al desarrollo del pensamiento marxista. En su carta dirigida a don Carlos Quijano, director de la revista uruguaya Marcha,  el Che anotaba con razón que “la mercancía es la célula económica de la sociedad capitalista; mientras exista, sus efectos se harán sentir en la organización de la producción y, por ende, en la conciencia.” La superación del capitalismo, una impostergable necesidad histórica, no podrá consumarse tan sólo como producto de sus contradicciones objetivas.

Estas son un prerrequisito indispensable, pero para que fructifiquen en la construcción de una nueva sociedad se requiere “la acción consciente” de las masas. De ahí que la pretensión de “realizar el socialismo con la ayuda de las armas melladas” del capitalismo termina en un callejón sin salida. “Para construir el comunismo” –concluye con razón el Che- “simultáneamente con la base material hay que hacer al hombre nuevo”. Sin ello, sin esta gigantesca batalla cultural, la inalterada perpetuación de la mercancía y la consecuente mercantilización de la vida social harán que la empresa de construir una sociedad poscapitalista se vea acosada por innumerables obstáculos y termine en un callejón sin salida. La China y el Vietnam de hoy pueden ser los bancos de prueba en donde se verifique la certeza, o el error, de los diagnósticos y los pronósticos del Che.

Elegimos, para terminar, una sentencia más válida hoy que cuando fuera originalmente expresada: “una nueva etapa comienza en las relaciones de los pueblos de América. Nada más que esa nueva etapa comienza bajo el signo de Cuba, Territorio Libre de América.” Y ante los cantos de sirena que hoy como ayer pregonan la armonía de intereses entre Washington y las naciones sometidas a su imperio nos advertía que “(E)l imperialismo necesita asegurar su retaguardia.”

Una retaguardia, recordemos, pletórica en recursos naturales (petróleo, gas, agua, energía, biodiversidad, minerales estratégicos, alimentos, selvas y bosques) que según informes de los estrategas norteamericanos constituyen insumos esenciales para el mantenimiento no sólo del “modo de vida americano” sino también de la seguridad nacional estadounidense. Y, el Che ya lo advertía en Punta del Este, la preservación de esa retaguardia era (y es) un objetivo no negociable del imperio. Los hechos confirmaron plenamente sus pronósticos, y hoy estamos asistiendo a esta avasalladora contraofensiva (la “restauración conservadora” denunciada por el ex presidente Rafael Correa) tendiente a regresar a nuestros países a la condición existente en vísperas de la Revolución Cubana.

“Golpes blandos” en Honduras, Paraguay y Brasil; acoso interminable contra los gobiernos de izquierda (Venezuela y El Salvador, principalmente, aunque este caso sea el menos conocido); articulación continental de la prensa (gráfica, TV, radio) para satanizar a dirigentes y procesos contestatarios; organización y financiamiento de la oposición en países “hostiles” a Washington, incluyendo tentativas de “invención” de líderes opositores; programas interamericanos de “buenas prácticas” para formatear el cerebro de jueces, fiscales, periodistas, legisladores, académicos y líderes políticos y sociales, actores fundamentales del “golpe blando” que reemplaza al anacrónico golpe militar de antaño; el ominoso rosario de bases militares con las cuales Estados Unidos ha cercado nuestra región (ochenta oficialmente reconocidas hasta ahora, más otras tres en ciernes negociadas en absoluto secreto por el gobierno de Mauricio Macri con la Casa Blanca), y la reactivación de la IVª Flota para patrullar nuestros mares y ríos interiores, confirman que, una vez más, el Che tenía razón. No olvidemos su consejo y actuemos en consecuencia. Y no olvidemos ni por un instante cuando decía que “al imperialismo no se le puede creer ni un tantito así, ¡nada!” Eso fue cierto en su tiempo y es aún más cierto en el nuestro.

Perfil del Bloguero

Atilio Borón
Argentino de nacimiento y latinoamericano por convicción. Sociólogo y analista político. Obtuvo su Licenciatura en Sociología y posteriormente, su Magister en Ciencia Política. Tiene un Ph. D. en Ciencia Política en la Universidad de Harvard.

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El armamentismo no se detiene sigue su agitado curso-

  • El bombardero supersónico ruso, tipo Tu-160 en pleno vuelo, 18 de noviembre de 2015.
 Rusia ha modernizado el bombardero estratégico Tu-160M2, que podría destruir 10 estados de EE.UU. con un solo bombardeo.

La agencia rusa de noticias Sputnik informó el viernes de que la nueva versión del bombardero estratégico Tu-160M2 será invencible ante la defensa aérea y el sistema antimisiles.

El ministro ruso de Defensa, Serguei Shoigu indicó que la industria militar está preparada para producir el primer prototipo del modernizado bombardero estratégico Tu-160M2, bautizado como ‘cisne blanco’.

Actualmente, Rusia posee 16 bombarderos supersónicos Tu-160, cada uno con capacidad para cuatro tripulantes, que pueden portar la misma cantidad de armas que un submarino nuclear y así, en caso de una hipotética guerra, destruir una costa de EE.UU.

Rusia equiparará el bombardero estratégico Tu-160M2 con una nueva generación de armas, que incluye misiles de largo alcance, modernos sistemas de medición del gasto de combustible y nuevos motores NK-32 de la serie 2, entre otros, lo que aumentará el tiempo y la distancia del vuelo.

 

En el futuro, el Tu-160M2 completará la flota ya disponible de los Tu-160 y Tu-160M1 de las Fuerzas Aeroespaciales de Rusia. El nuevo avión será la base del componente aéreo de la ‘tríada nuclear’ de Rusia y permanecerá en esta condición por lo menos hasta el 2030, señala Andréi Kots, un columnista de Sputnik.

Según los expertos, la nueva modificación del ‘cisne blanco’ superará la eficiencia de las versiones anteriores. Las soluciones tecnológicas, que se prueben en el Tu-160M2, se utilizarán para crear un bombardero totalmente nuevo: el PAK DA.

La reciente medida forma parte de la nueva estrategia del Kremlin para modernizar sus equipos militares con el fin de blindar la capacidad ofensiva y defensiva de Rusia, dadas las tensiones con el Occidente, en particular, con EE.UU. por sus discrepancias sobre la crisis en Siria y Ucrania, entre otros temas, lo que, de hecho, podría finalmente desencadenar una guerra entre las partes.

mkh/ctl/mnz/hnb

El proceso abierto en 1998 con la llegada al Poder Ejecutivo de Hugo Chávez a través de elecciones democráticas, cambió el panorama en Venezuela, y en buena medida, en toda la región latinoamericana.

Venezuela es una amenaza inusual y extraordinaria para la seguridad nacional de los Estados Unidos

Orden Ejecutiva firmada por Barack Obama en marzo de 2015

O inventamos o erramos

Simón Rodríguez

La llegada al poder de Chávez, sin embargo, no fue una revolución popular, socialista, espontánea, como las que se dieron a lo largo del siglo XX en Rusia, China, Cuba, Vietnam o Nicaragua. En realidad fue un proceso sui generis donde un militar formado en el anticomunismo de la Doctrina de Seguridad Nacional (paracaidista de los cuerpos de élite de las fuerzas armadas), sin preparación marxista, profundamente cristiano, se montó en el descontento popular que venía dándose desde 1989 con el Caracazo (primera reacción popular en toda América Latina a los planes neoliberales que se comenzaron a aplicar siguiendo recetas del Fondo Monetario Internacional (FMI) y el Banco Mundial (BM), violentamente reprimido por el gobierno de Carlos Andrés Pérez con una cauda nunca determinada de muertos que varía, según las apreciaciones, de 2000 a 10.000).

Retomando la ira popular ante esas medidas netamente impopulares, y con un mensaje moralizante, Hugo Chávez llegó a la presidencia. A partir de un discurso centrado en la lucha contra la corrupción, Chávez ganó las elecciones y comenzó a construir un proyecto nacionalista. Para sorpresa de todos, aún de la misma población que lo había votado, rápidamente comenzó a hablar de un nuevo socialismo, formulando la crítica del socialismo real, ya caído para ese entonces. Fidel Castro inmediatamente le tendió una mano -o más bien aprovechó la circunstancia de encontrar un aliado latinoamericano que le ayudara a salir del “período especial”-, con lo que el discurso chavista fue tornándose más radicalizado, más “cubanizado”. Pero nunca hubo un planteo estrictamente socialista, marxista.

En sus alocuciones -y en su práctica política- Chávez ponía en un pie de igualdad las figuras de Ernesto “Che” Guevara y de Cristo, citando indistintamente la Biblia o un texto del comunista ruso Plejánov. Él mismo dijo muchas veces explícitamente que no era marxista. Su plan de gobierno era una mezcla voluntarista de “buenas intenciones”, más cerca de la socialdemocracia o la caridad cristiana que de un proyecto revolucionario. Lo cierto es que las circunstancias lo fueron convirtiendo en un líder increíblemente popular, con gran arraigo dentro y fuera de su país, siendo una figura mediática como pocas veces se dio en la historia, venezolana o mundial.

Todo lo anterior es, en definitiva, la Revolución Bolivariana: una indefinición ideológica asentada en gran medida en la figura de un líder carismático. Con esa dinámica, el proceso venezolano cursó varios años, con importantes avances para el campo popular (sustanciales mejoras en los niveles de vida a partir de una más equitativa distribución de la renta petrolera del país), pero sin tocar nunca los resortes últimos del capital. En el momento de morir, Chávez -que pasó a ser figura sempiterna del proceso, abriéndose forzosamente la pregunta de si puede haber socialismo basando en el culto a la personalidad de un dirigente-, designó “sucesor”. Nicolás Maduro, un ex sindicalista que proviene de las filas del Partido Socialista, fue el ungido.

Hoy día la revolución sigue en pie, aunque muy atacada (o quizá muy débil) en sus cimientos. Puede decirse que en Venezuela hoy se libra una guerra. Pero para ser exactos, hoy por hoy se acrecienta una guerra que, en realidad, se viene librando desde hace años.

No hay dudas que recientemente esa guerra alcanzó niveles monstruosos: la derecha se siente cada vez más envalentonada, y las provocaciones -ya con más de 30 muertos como resultado- se pueden encaminar a una abierta intervención extranjera, amparada en la Carta Democrática de la OEA, quizá, permitiendo acciones militares incluso. El desgobierno y el estado de volatilidad al que se está llevando al país evidencian una situación de caos como nunca antes se había dado. El recuerdo de lo hecho por Estados Unidos en Irak o en Libia, provocando virtuales guerras civiles con el destronamiento de sus líderes (Saddam Hussein o Muamar Gadafi respectivamente) acude de inmediato a la memoria. Tal vez algo así tiene pensado el Pentágono para el país caribeño. La población de a pie, como siempre, es quien paga las consecuencias.

Las usinas ideológico-mediáticas del capitalismo global llevan ese estado de caos a una dimensión apocalíptica, presentando la situación como una “dictadura” sin precedentes, donde la población está siendo masacrada, con mensajes que recuerden los más encarnizados momentos de la Guerra Fría. El “castro-comunista” presidente venezolano está reprimiendo en forma sanguinaria, parece ser el mensaje. Una cohorte de agentes anti-bolivarianos (locales e internacionales) constituye la caja de resonancia de esa escenificación. La caída del “villano” se anuncia cercana. Y los muertos y heridos siguen, mientras continúa el desabastecimiento provocado, la zozobra, la violencia manipulada.

Pero seamos claros: la guerra en cuestión no es sólo la situación de ataque económico y saboteo a la que se ve sometido el gobierno de Nicolás Maduro en este momento puntual, con el acrecentamiento sanguinario de grupos que crean caos e ingobernabilidad. La guerra está desde el momento mismo en que Hugo Chávez puso en marcha un proceso en que se pretendió tocar las estructuras de la sociedad, empezando por repartir más equitativamente la renta petrolera, abriendo un discurso con sabor cubanizado.

El actual ataque que sufre el proceso bolivariano es la profundización de una lucha eterna que, siendo consecuentes con el análisis del materialismo histórico, ha existido siempre en todos estos años de intento de transformación. La guerra que vive la Revolución Bolivariana, ahora claramente con armas de fuego y provocaciones cada vez más subidas de tono, es la misma que padeció cualquier país que intentó salirse de los dictados de la “normalidad” capitalista, en general manejada desde las sombras por Washington: durante 64 años Corea del Norte, durante más de 50 años Cuba, durante 60 años Palestina, durante 38 años Irán. Dicho de otro modo: la guerra actual es una expresión de la lucha de clases que siempre estuvo presente, desde que Chávez empezó a hablar de socialismo, desempolvando un término que, en medio de la marea neoliberal, parecía condenado al olvido.

Vale la pena preguntarse, con sentido crítico y constructivo, por qué no se tomaron las precauciones elementales para librar esa guerra si se sabía que el enemigo siempre ha estado y estará ahí. Un proceso que se pretende socialista sólo se puede fortalecer -dicho de otro modo: sólo se puede ganar esta guerra- con más socialismo, nunca con menos. La “revolución bonita”, pacífica, tranquila, y más aún las concesiones a la derecha, sientan las bases para la contrarrevolución feroz.

La lucha de clases, motor de la historia -en Venezuela y en cualquier parte del mundo- siguió estando siempre al rojo vivo. En realidad, nunca se enfría. Lo que sucede en el país responde en muy buena medida a una agenda fijada por la Casa Blanca y los grandes grupos de poder estadounidenses, que ven la posibilidad de perder una gran reserva de petróleo que necesitan con desesperación. Ahora, con estas iniciativas desestabilizadoras que está tomando la derecha nacional apoyada por el gobierno norteamericano, con formas crecientemente agresivas ya no solo centradas en la esfera económica sino con abiertas acciones armadas a través de grupos provocadores, la lucha cobra mayor fuerza. Pero todo esto no es muy distinto, en esencia, de todos los ataques que ha venido sufriendo la Revolución Bolivariana en su historia: intentos de golpe de Estado, paro petrolero, “calentamiento” de calle, desabastecimiento, mercado negro, continua agresión mediática, desprestigio internacional, escaramuzas armadas esporádicas, sabotajes varios.

El intento del gobierno de Estados Unidos es detener de una buena vez por todas el proceso nacionalista/socialista que está teniendo lugar en Venezuela para asegurarse la reserva de petróleo conocida más grande en la actualidad. La voracidad imperial necesita de ese oro negro como su oxígeno vital, y por nada del mundo está dispuesto a perderlo. Y ahí viene el choque: con Chávez se inició ese confuso proceso del socialismo del siglo XXI. Con Maduro continuó, y el ataque de la derecha se tornó más despiadado. Ahora bien: un socialismo jaqueado sólo podrá vencer no con concesiones y titubeos a la derecha, sino con más socialismo. ¿Cómo pudo reconstruirse la Unión Soviética devastada por la terrible Segunda Guerra Mundial, para llegar a ser superpotencia pocos años después? Con más socialismo. ¿Cómo pudo Vietnam salir airoso de la tremenda guerra de agresión que sufrió? Con más socialismo. ¿Cómo pudo Cuba soportar el “período especial” una vez desaparecida la Unión Soviética? Con más socialismo. Las concesiones y titubeos no llevan por buen camino. O, en todo caso, dan pie a más agresiones, a más ataques.

¿Qué puede pasar ahora en el país caribeño? El proceso está complicado, y las opciones parecen solo dos: o se profundiza realmente la vía socialista o, como dice Atilio Borón: “El triunfo de la contrarrevolución convertiría de hecho a Venezuela en el estado número 51 de la Unión Americana, y si Washington durante más de un siglo ha demostrado no estar dispuesto a abandonar a Puerto Rico, ni en mil años se iría de Venezuela una vez que sus peones derroten al chavismo y se apoderen de este país y su inmensa reserva petrolera. (…) La derrota de la revolución se traduciría en la anexión informal de Venezuela a Estados Unidos.

No cabe ninguna duda que luego de décadas de capitalismo salvaje, extinguido el campo socialista soviético, las ideas de justicia social y lucha por un cambio revolucionario de la sociedad quedaron debilitadas. Obviamente las luchas de clases no terminaron, pero el discurso conservador dominante intentó pasar al baúl de los recuerdos todo lo que tuviera que ver con “socialismo”, “revolución obrera y campesina”, “poder popular y socialización de los medios de producción”, “lucha antiimperialista”. Fue la llegada de Hugo Chávez lo que permitió desempolvar esos anhelos. El proceso que él iniciara revitalizó esas dormidas y muy golpeadas esperanzas. La historia, por supuesto, no había terminado. El campo popular allí siguió estando, resistiendo como pudo las políticas neoliberales, diezmado, desorientado en su lucha política. Eso fue lo que posibilitó la aparición de un líder como Hugo Chávez. El Caracazo y las luchas populares fueron su preámbulo.

Es en esa lógica, a partir de ese nacionalismo provocador que se inicia con el Caracazo y se continúa con la llegada a la presidencia de Chávez, que el caso de Venezuela representa una “piedra en el zapato” para Washington, dadas las enormes reservas de hidrocarburos que atesora, botín que el imperio no va a perder. Ese pareciera el elemento principal a considerar para entender la situación actual del país; un gobierno nacionalista que quiere manejar autónomamente sus recursos, y si a eso se suma un presidente díscolo que puede tratar de “diablo” en la cara al primer mandatario de la primera potencia mundial (a George Bush en las Naciones Unidas: “huele a azufre”), llamando a una unidad latinoamericana con un talante al menos no capitalista, el resultado es lo que vemos: el imperio muestra los dientes. La derecha local, en este momento nucleada en la Mesa de la Unidad Democrática -MUD- es solo su peón, su operador en el terreno.

Ahora, dado que la coyuntura lo fue haciendo posible, la Casa Blanca ya se permite hablar abiertamente de una intervención: “Venezuela atraviesa un período de inestabilidad significativa el año en curso debido a la escasez generalizada de medicamentos y comida, una constante incertidumbre política y el empeoramiento de la situación económica”, declaró recientemente el Jefe del Comando Sur, Almirante Kurt Tidd, en su informe al Comité de Servicios Militares del Senado estadounidense. Por ello, según la estrategia que el país del norte tiene trazada, consistente justamente en crear ese escenario de caos, “la creciente crisis humanitaria en Venezuela podría obligar a una respuesta regional”, léase: acción militar multilateral bajo el paraguas de la OEA quizá, liderada por la Casa Blanca.

En realidad, el proceso de transformación iniciado por Hugo Chávez, y tibiamente continuado por Maduro, con más concesiones que verdaderos avances socialistas, tiene como soporte ideológico una mezcla algo ambigua de socialdemocracia, voluntarismo, caridad cristiana y, por allí, algunos chispazos inspirados en el materialismo histórico. Las concesiones actuales pueden llegar a ser groseras: “Destacan políticas como la creación de las Zonas Económicas Especiales, las cuales representan liberalizaciones integrales de partes del territorio nacional, una figura que entrega la soberanía a los capitales foráneos que pasarían a administrar prácticamente sin limitaciones dichas regiones. Se trata de una de las medidas más neoliberales desde la Agenda Venezuela implementada por el gobierno de Rafael Caldera en los años 90, bajo las recomendaciones del Fondo Monetario Internacional”, analiza acertadamente Emiliano Teran Mantovani.

No hay duda que las clases populares, los eternamente excluidos y olvidados -el “pobrerío” en sentido amplio, para decirlo con un término quizá no marxista- con el proceso bolivariano se comenzaron a sentir protagonistas de su propia historia. El poder popular, al menos en parte, comenzó a ser un hecho: los “negros de los barrios” con la Revolución Bolivariana pudieron comenzar a entran triunfantes al Teatro Teresa Carreño, otrora un ícono de la oligarquía vernácula. Y las condiciones de vida mejoraron ostensiblemente (salud, educación, salario, vivienda, acceso a la recreación, lucha contra el patriarcado, etc.). Pero el ciclo de bonanza terminó. Los precios a la baja del petróleo (manipulados por las bolsas de valores imperiales) no permitieron seguir con la misma intensidad los programas sociales. Si a eso se le suma el avance sanguinario de la derecha, el paisaje actual abre un angustiante interrogante de qué sucederá en con esta peculiar revolución en marcha.

Pareciera que la revolución nunca tuvo claro (y parece que no lo tiene tampoco ahora) qué es eso del socialismo del siglo XXI. Que el enemigo de clase reaccione es lo esperable (¿por qué no habría de hacerlo?, pues la “guerra” no comenzó con el mercado negro, la especulación y el desabastecimiento actuales: la guerra es la lucha de clases, siempre presente desde que hay sociedades con propiedad privada). La otra parte del problema está del lado del movimiento bolivariano: ¿hacia dónde se quiere ir realmente?

Si esto no está precisamente definido, será difícil cuando no imposible, seguir caminando. El proyecto económico de la revolución es algo incierto, confuso incluso: ¿es socialista? ¿Es socialdemócrata? ¿Capitalista con rostro humano? ¿Control obrero de la producción o asistencialismo gubernamental?

Todo ello abre la pregunta respecto a qué se ha estado construyendo estos años, lo cual lleva a conclusiones inexorables: 1) la economía, y el Estado que la administra, siguen siendo capitalistas. Y, no menos importante, 2) no se salió nunca del rentismo petrolero. He ahí un cuello de botella ineludible. Superar eso es la clave para ganar la actual avanzada desestabilizadora. O, dicho de otro modo, para profundizar, de una buena vez por todas, la revolución y construir el socialismo.

Históricamente la riqueza generada por la producción quedó mayormente en manos de la clase dirigente nacional: una burocracia tecnocrático-petrolera y un empresariado nacional poco productivo (en menor medida agrícola-industrial, fundamentalmente de servicios), o retornaba a las casas matrices de las corporaciones multinacionales que operan en territorio venezolano. Muy buena parte de esa renta iba destinada a un consumo en cierta forma irracional, suntuario (los pechos de silicona y la cultura de las Miss Universo son un patético síntoma). Con el proceso bolivariano todo ello no cambió sustancialmente, pero sí en parte la forma en que se repartía la renta, por cuanto comenzó a llegar algo más a los desposeídos de siempre. Por eso la derecha reaccionó (por razones tanto económicas como viscerales, ideológicas). De todos modos, los mecanismos últimos de la economía (la propiedad de los medios productivos) no se expropiaron. Y lo mismo pasó con el sistema financiero. Es decir: un socialismo excesivamente tibio, un socialismo que nunca fue tal, en sentido estricto.

La edificación de una sociedad nueva, con dignidad para todos, sostenible y respetuosa del medio ambiente, no se puede hacer sobre la base de la monoproducción, de la venta de petróleo, quedando el país en dependencia casi absoluta de la industria y la tecnología extranjeras, incluida también la seguridad alimentaria. Muchos menos aún: no se puede hacer sobre un modelo capitalista. Eso tiene sus límites inexorablemente.

Las situaciones límite, tal como pareciera que ahora se ha ido creando en el país, fuerzan ineludiblemente respuestas decisivas, terminantes. Son horas definitorias; las medias tintas ya no son posibles. El actual llamado a una Asamblea Constituyente que hace la dirección bolivariana en el medio de la crisis no queda claro si es un “manotazo de ahogado” o un mecanismo para ganar tiempo. Sectores de izquierda crítica, que siempre han apoyado la Revolución, ahora lo adversan. Como medida política, abre interrogantes.

Está claro que la Revolución está en aprietos. Medidas socialistas que se deberían haber tomado años atrás -control obrero de la producción, milicias populares, diversificación productiva, reforma agraria, profundización real del poder popular- pueden ser el camino. La tibieza, en este momento, puede ser el preámbulo del envalentonamiento final de la derecha.

Una “revolución bonita”, que no apela a medidas enérgicas anticapitalistas de claro e incuestionable contenido popular, con acciones más reactivas que propositivas, puede haberse cavado su propia fosa, justamente por su tibieza, por sus indefiniciones. Pero tal vez es el momento de profundizar ese socialismo del Siglo XXI que nunca quedó claro en qué consiste. Es hora, tal vez, de definirse con claridad. Solo eso podrá impedir retroceder lo avanzado y pasar a ser ese Estado 51 de la Unión Americana.

Como dijo Rosa Luxemburgo analizando la revolución bolchevique de 1917: “No se puede mantener el “justo medio” en ninguna revolución. La ley de su naturaleza exige una decisión rápida: o la locomotora avanza a todo vapor hasta la cima de la montaña de la historia, o cae arrastrada por su propio peso nuevamente al punto de partida. Y arrollará en su caída a aquellos que quieren, con sus débiles fuerzas, mantenerla a mitad de camino, arrojándolos al abismo”.

En conclusión: el socialismo sólo puede mejorarse con ¡más y mejor socialismo! Ahora es cuando, ahora es el momento decisivo. Quizá, lamentablemente, haya que decir: ahora… o nunca.

Bibliografía sugerida

Boron, Atilio. Venezuela en la hora de los hornos. En Rebelión: http://www.rebelion.org/noticia.php?id=226332

Marea Socialista califica de “falsa” la Constituyente y exige referendo consultivo. En Aporrea: https://www.aporrea.org/ddhh/n308130.html

Teran Mantovani, Emiliano. El proceso bolivariano desde adentro. Siete claves para entender la crisis actual. En Rebelión: http://www.rebelion.org/noticia.php?id=225731

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La nueva geoeconomía mundial

Cumbre de Ruta de la Seda: último paso hacia la quiebra del dominio de EEUU

Raul Zibechi, Sputnik

El Foro Internacional “Cinturón y Ruta de la Seda” celebrado el 14 y 15 de mayo en Pekín, es un paso decisivo en el viraje global a favor de los países emergentes y en desarrollo. La Ruta terrestre y marítima conecta China y Asia con Europa, incluye 65 países con 4.400 millones de habitantes, el 63% de la población mundial, y casi el 30% del PIB global.

En Pekín se dieron cita 28 presidentes y primeros ministros, cien ministros y unos 1.200 delegados de todo el mundo. Entre las presencias destaca la de Vladimir Putin, lo que implica la consolidación de la alianza estratégica Rusia-China, mientras la ausencia más notoria fue la de Donald Trump.

Entre los europeos predomina la división. Asistieron mandatarios de primer nivel de España, Italia, Grecia, Suiza, Polonia, Hungría, República Checa y Serbia, mientras Alemania, Francia, Gran Bretaña y Japón enviaron delegaciones de menor nivel. La ausencia de India es la más notoria, molesta por el “corredor económico” que China construye en Pakistán, uniendo Xinjiang con el estratégico puerto de Gwadar en el mar Arábigo.

En América Latina destacó la presencia de Chile y Argentina, países que apuestan fuerte al comercio con China y a las inversiones del dragón en sus economías. Brasil envió una delegación simbólica y México estuvo también ausente.

Los seis corredores de la Ruta pasan por Rusia o por las repúblicas de Asia Central (Kazajstán, Kirguistán, Uzbekistán, Pakistán), además de Sri Lanka, Turquía y Mongolia. Las obras de la Ruta de la Seda consisten en ferrocarriles, carreteras, puertos, aeropuertos, oleoductos y redes de internet con los que China apuesta a lubricar el comercio mundial y potenciar la globalización, mientras Estados Unidos tiende a aislarse en un proteccionismo defensivo.

El año pasado los bancos estatales chinos anunciaron que disponen de 900.000 millones de dólares para financiar mil proyectos de la Ruta de la Seda, en la que participa también el Banco Asiático de Infraestructura e Inversiones (AIIB). Muchos de los proyectos incluyen empresas estatales chinas de petróleo y gas, pero también han confirmado su participación las occidentales General Electric y Siemens, entre otras.

En el largo plazo, la Ruta de la Seda “podría impulsar la internacionalización del yuan fomentando su uso tanto en transacciones comerciales como financieras”, sostiene Tianjie He, de Oxford Economics. La internacionalización de la moneda china, clave en su ascenso al rango de potencia global, se verá facilitada porque las enormes obras que requiere la Ruta serán préstamos chinos en su propia moneda.

En opinión de Xulio Ríos, director del Observatorio de la Política China, “la Franja y la Ruta tiene la potencialidad para modificar el mapa económico mundial y proyectar un nuevo modelo de globalización. Incluso sus más aciagos detractores lo reconocen”.

Uno de los hechos que más sorprende es la rapidez con que ha despegado la Ruta de la Seda. Cuando se lanzó la iniciativa, en 2013, apenas 17 trenes de carga unieron China con Europa. En 2016, fueron 1.702, cien veces más en cuatro años. “Frenética” es la palabra usada por el analista Pepe Escobar para explicar la construcción de 51 líneas de trenes que unen 28 ciudades de Europa y 27 de China. Considera que las inversiones en la Ruta “serán un impulso para las economías, desde Bangladesh hasta Egipto y desde Myanmar hasta Tajikistan”.

En el mismo lapso de solo cuatro años, China abrió 356 líneas internacionales de transporte de mercancías y pasajeros a lo largo de las carreteras del Cinturón y la Ruta y opera 4.200 rutas aéreas semanales entre el dragón y sus socios de la Ruta.

Sin embargo, uno de los aspectos más importantes de la iniciativa es que “está ayudando a los países a unirse”, como sostiene el oficialista Global Times. En su discurso de apertura del Foro, el presidente Xi Jinping explicó que el Cinturón y la Ruta es “el proyecto del siglo”, que definió como “un camino de paz” que busca convertir “la actual gobernanza global en una versión más inclusiva y más justa”.

Según Escobar, estamos ante un proyecto de “globalización inclusiva” que pasa por “des-americanizar la globalización”, lo que supone un fuerte contraste con la política de Washington (goo.gl/G5i7tn).

Ningún país puede alcanzar el rango de potencia hegemónica en base a la fuerza militar. Por el contrario, para alcanzar la hegemonía sin dominación una nación debe encarnar visiones del mundo capaces de atraer el interés de millones de personas en los más remotos rincones.

Algo así sucedió con la Revolución de Octubre, un siglo atrás. El poder de los soviets entusiasmó y enamoró (literalmente) a millones de obreros y campesinos en todo el mundo, ya que era la primera vez en la historia que los de abajo ejercían el poder y lo hacían a favor de los desheredados.

Incluso el ascenso de Estados Unidos al rango de gran potencia, fue posible porque esa sociedad había realizado notables conquistas en el terreno científico y en el cultural, convirtiéndose en polo de atracción para muchísimas personas alrededor del mundo.

Por el contrario, la actual supremacía estadounidense, anclada en la potencia de sus armas, es un síntoma de decadencia, como lo fue el poder militar de los nazis. Nunca en la historia el dinero y las armas fueron suficientes para sostener una supremacía, que siempre se asentó en el resplandor de una nueva cultura política.

La milenaria China parece haber comprendido que debe mostrarle al mundo que su superioridad económica debe jugar a favor de la mayoría de las naciones. En paralelo, la colaboración estratégica entre Rusia y China es la “salvaguarda de la paz y la estabilidad regionales y mundiales”, según afirmó Xi en su discurso.

En los hechos ambos países se posicionan de la misma manera en los más conflictivos escenarios, como en la guerra siria, y apuntan a profundizar la cooperación económica y energética a la vez que tienden a elevarla hacia otras áreas, como la innovación y las tecnologías. En los hechos, está naciendo un mundo centrado en Eurasia.

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