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Profesor Juan Bosch: ¿Cuál es la diferencia entre la energía atómica y la nuclear?

Español: mapa de silos nucleares en Estados Unidos
Español: mapa de silos nucleares en Estados Unidos (Photo credit: Wikipedia)

Que la segunda, la energía nuclear,  se manifiesta con mayor poder que la atómica porque es el resultado de la integración de un núcleo atómico creado por la unión de dos núcleos de masa más ligera, que se dividen mediante la llamada fisión nuclear. La energía nuclear no deja residuos radioactivos como los deja la atómica, pero además no se agota. La tecnología de la fusión y de la fisión nuclear fue descubierta años después de haberse fabricado la primera bomba atómica, y con ella los norteamericanos hicieron en 1952 la primera bomba termonuclear, cuya capacidad de destrucción era mil veces mayor que la que se lanzó sobre Hiroshima; pero los soviéticos habían avanzado en la física atómica tan de prisa que fabricaron su bomba termonuclear un año después, es decir, en 1953, y se adelantaron a Estados Unidos en la fabricación del primer cohete balístico intercontinental, es decir, que podía salir de territorio soviético y llegar en corto tiempo a cualquier lugar de América del Norte llevando una bomba nuclear.

Ese cohete balístico fue terminado en 1957, año en el que la Unión Soviética produjo también el primer satélite espacial tripulado por hombres, que fue el conocido con el nombre de Sputnik, y así como la humanidad había entrado el 16 de julio de 1945 en la Era Atómica con la explosión en Álamo Gordo de la primera bomba hecha a base del poder explosivo de los átomos (que en ese caso fueron isótopos de átomos de plutonio), el 4 de octubre de 1957 se inició la Era Espacial con el lanzamiento en la Unión Soviética del Sputnik, y lo decimos para que el lector se dé cuenta de que para esa fecha, exactamente cuarenta años después de haber comenzado la Revolución Rusa, la sociedad que la inició cuando era una de las más atrasadas de los países de Occidente se había convertido en la competidora de la más desarrollada del mundo capitalista.
Pero para el 1957 la Doctrina Truman de la Guerra Fría tenía cinco años de lanzada y el gobierno de Eisenhower, sucesor de Truman, no iba a tolerar que esa doctrina quedara hundida en un mar de incapacidad norteamericana para mantener la supremacía nuclear sobre la Unión Soviética, de manera que Estados Unidos apareció construyendo en 1958 un cohete balístico intercontinental y un satélite tripulado por hombres y en 1960 navegaban por las aguas del Atlántico submarinos portacohetes. Fue ocho años después cuando la Unión Soviética construyó submarinos del mismo tipo y en el mismo año (1968) fabricó cohetes de cabezas nucleares múltiples que llegaban con un retraso de dos años comparados con los que Estados Unidos había fabricado en 1966.
En el camino de la competencia se había ido muy lejos. La bomba de Hiroshima fue llevada a bordo de un avión que volaba a 360 millas por hora y en 1985 un cohete MX de cabezas nucleares múltiples viaja a razón de 15 mil millas por hora, pero además, mientras la bomba de Hiroshima mató e hirió a más de 200 mil personas la que lleva un MX puede matar, herir o inutilizar de por vida a varios millones porque la bomba de 1945 tenía un poder destructor equivalente a 15 mil toneladas de dinamita y un cohete nuclear actual lleva en su seno la capacidad aniquiladora de 5 millones de toneladas de ese explosivo.
 El hecho de que la Unión Soviética diera muestras de que podía sobrepasar a Estados Unidos en la carrera de los armamentos nucleares como lo hizo al producir en 1957 el primer cohete balístico intercontinental, facilitó la apertura entre los dos grandes poderes de negociaciones para ponerles límite a la producción y el uso del armamento nuclear. Esas negociaciones condujeron a una cadena de acuerdos iniciada con el Tratado de la Antártida del año 1959 firmado por 26 gobiernos; el de 1963 mediante el cual se estableció una conexión telefónica directa entre Moscú y Washington para que los jefes de los gobiernos norteamericano y soviético pudieran entrar en contacto directo si se presentaba una situación de crisis que pusiera en peligro la paz mundial, y ese mismo año 111 gobiernos firmaron un Tratado que prohibía el uso de la atmósfera, el Espacio exterior y las aguas profundas para hacer en ellos pruebas de armamentos nucleares; en 1967 83 Estados se adhirieron a un Tratado que prohibía colocar armas nucleares en órbita terrestre y su estacionamiento en el espacio exterior y 22 gobiernos latinoamericanos declararon sus territorios libres de posesión, almacenamiento o pruebas de armas nucleares; en el 1968 119 Estados firmaron un Tratado en el que se prohibía la transferencia a países que no tuvieran armamento nuclear de armas o de tecnología de ese tipo y además se comprometían a negociar para detener la carrera armamentista; en 1971 71 gobiernos acordaron prohibir pruebas submarinas de armamentos nucleares dentro de los límites de 12 millas fuera de sus costas.
Todos esos tratados indicaban que la posesión por parte de la Unión Soviética y de Estados Unidos de enormes arsenales nucleares preocupaba a gran parte de la humanidad, incluidas en ella las poblaciones de los dos poderosos países, y a partir de 1971, incluido ese año, los gobiernos norteamericano y soviético llevaron a cabo varios acuerdos; el de 1971 de medidas para evitar accidentes o uso no autorizado de armamento nuclear; el llamado SALT I, de 1972, que limitaba las áreas de estacionamiento a sólo dos en cada uno de los dos países para sistemas de cohetes antibalísticos y en una segunda etapa congelaba el número de submarinos lanzadores de cohetes balísticos intercontinentales; el Acuerdo 1973 para consulta de los dos gobiernos cuando hubiera peligro de una guerra nuclear; los dos Tratados de 1974 que prohibían las explosiones de prueba bajo tierra de bombas de más de 150 kilotones (equivalentes a 150 mil toneladas de dinamita) y las explosiones en grupos que sumaban más de mil 500 kilotones; y por último el Acuerdo SALT II de 1979 por el cual se limitaba el número de vehículos portadores de materiales nucleares estratégicos, lanzadores de cohetes de múltiples cabezas o de bombarderos con cohetes de múltiples cabezas o de bombarderos con cohetes crucero de largo alcance y prohibición de estacionar nuevos cohetes balísticos intercontinentales.
De esos Tratados y Acuerdos, Estados Unidos no ratificó los dos de 1974 ni el llamado SALT II; lo que hizo fue dedicarse a fabricar cohetes destinados a cercar desde países europeos a la Unión Soviética con la bomba de neutrones, destinada a matar soldados y población civil, pero sin causar daño alguno a los edificios o construcciones de otro tipo, y con los cohetes Pershing que pueden atravesar toda Europa y caer en Moscú siete minutos después de haber sido disparados.
Con la llegada al poder en Estados Unidos de los líderes del Partido Republicano encabezados por Ronald Reagan, hecho que se produjo al empezar el año 1981, pasó a ser eje ejecutado un programa de gobierno cuya política exterior estaría vinculada a la producción de armas nucleares pero que en la campaña electoral de 1980 se expresaba en consignas que ocultaban esa vinculación. Lo que ofrecía el candidato presidencial republicano era la restauración del poderío de su país con lo cual aludía, sin mencionarlo, al poder militar, porque referirse directamente al poder militar era una manera de referirse a la producción de nuevas armas nucleares.
“Estados Unidos debe negociar desde una posición de fuerza”, afirmaba Ronald Reagan después de haber asumido la presidencia del país; pero esa posición privilegiada sólo podía alcanzarse negociando con los gobiernos de Europa Occidental, miembros de la OTAN, es decir, aliados de América del Norte, para lo cual se requería hallarse en posesión del aparato del Estado; y tan pronto llegó a la Casa Blanca, Reagan y sus hombres de confianza pusieron en práctica el plan de sus consejeros habían elaborado antes aún de que comenzara la campaña electoral, que consistía en instalar en Europa la nueva cohetería norteamericana y sobre todo la bomba de neutrones con lo cual quedaban sin valor los Tratados de 1974 y el llamado SALT II celebrados con la Unión Soviética y pasaba a adquirir su papel de propaganda política la locución Guerra de las Galaxias.
El significado de esa locución era, y sigue siendo, guerra llevada a cabo en el Espacio, fuera de la Tierra, en las regiones del Universo por donde vuelan día y noche sin ser advertidos por los pueblos del mundo unos aparatos portentosos, y a la vez poderosos, que desde las alturas de muchos kilómetros en que transitan pueden grabar conversaciones telefónicas y retratar un automóvil que rueda a lo largo de una carretera; que pueden acumular en computadoras los datos de todo lo que sus mecanismos de observación captan a la distancia en cualquier país, gracias a los cuales el gobierno que los usa tiene informaciones detalladas de cuanto pasa en un territorio dado.
Estados Unidos tiene el poderío que le confiere la posesión de aparatos nucleares de todo tipo y con ellos de los que le corresponden a una gran potencia espacial, pero la propiedad de tanta maquinaria portentosa no parece estar acompañada por una noción clara de los peligros que conlleva el uso de esos aparatos. Si los hombres que dirigen el Estado norteamericano tuvieran esa noción no alentarían el uso de una propaganda política como la que se hace estimulando la llamada Guerra de las Galaxias, porque una guerra hecha con armamento nuclear en el Espacio terrestre destruirá la atmósfera que nos rodea, y sin esa atmósfera no podría haber vida en la Tierra.
No lo habría para los soviéticos, pero tampoco para los norteamericanos y mucho menos para los miles de millones de seres que forman la población de Tercer Mundo, entre los cuales estamos los dominicanos.
Santo Domingo,
18 de enero de 1985.
Un poco de historia
Antes del año 1945 un número muy corto de personas sabían que en la naturaleza había una fuente de energía llamada átomo y que el átomo consistía en cada uno de los pequeñísimos cuerpos eléctricos de que está constituida la materia, pero mucho menos se sabía, con la excepción de algunos grandes conocedores de las Ciencias Físicas, que de los átomos podía obtenerse una fuerza explosiva millones de veces más poderosa que la dinamita, que hasta entonces era el explosivo más potente que el hombre podía producir y controlar a su conveniencia; y sucedió que a mediados de julio de ese año 1945 un grupo de científicos que habían estado trabajando secretamente en un plan destinado a fabricar una bomba atómica, hizo estallar una de prueba en Álamo Gordo, un lugar de Nuevo México, Estados Unidos, y con esa prueba comenzó la Era Atómica es decir, una época nueva de la historia porque la explosión de Álamo Gordo demostró que a partir de ese momento la humanidad disponía de un poder energético cuya existencia había sido insospechada hasta entonces. Ese poder podía usarse en la guerra para aniquilar militarmente al enemigo, pero también en la paz para ejecutar grandes proyectos de planes beneficiosos para la humanidad, y se usó en la guerra que se llevaba a cabo entre Estados Unidos y su aliada la Unión Soviética contra Japón. Esa era la parte final de la llamada Segunda Guerra Mundial, que había terminado en Europa con la rendición de Alemania el 8 de mayo de 1945 pero seguía en el Pacífico entre norteamericanos y soviéticos de una parte y japoneses de la otra. La bomba atómica fue usada por primera vez el 6 de agosto de ese año 1945, apenas tres semanas después de ser probada en Álamo Gordo; se lanzó sobre la ciudad de Hiroshima, donde además de matar por achicharramiento y por asfixia y de inutilizar por quemaduras profundas a más de 200 mil personas destruyó el centro de la ciudad, todo ello con una sola explosión de corta duración.
 La posesión de la bomba atómica convirtió a Estados Unidos en la mayor potencia militar del mundo, pero no por mucho tiempo porque en 1949 la Unión Soviética anunció que había terminado el monopolio norteamericano del poder ató¬mico, lo que significaba que los soviéticos habían fabricado también una bomba atómica y a partir de ese momento empe¬zaría una carrera de competencia entre los dos países que acabaría colocando a la Unión Soviética en el mismo nivel de poderío militar que los Estados Unidos, y no sólo por su dominio de la energía atómica sino además el de la energía nuclear.
Juan Bosch

ALGO DE HISTORIA, NECESARIO RECORDAR: BOSCH,BALAGUER, TUTUMPOTES Y LOS CÍVICOS

El día de mi llegada a Santo Domingo los jóvenes del barrio de Ciudad Nueva se batían con la policía. Esos jóvenes eran catorcistas, comunistas, emepedeístas o no pertenecían a ningún grupo, pero formaban la vanguardia de acción directa de la Unión Cívica, y peleaban contra la policía porque pensaban que la lucha nacional debía llevarse a cabo en el terreno político.
Ninguno de ellos creía que la solución de los problemas debía buscarse en el campo económico y social. En cambio, los jóvenes de los barrios altos, de Gualey y Guachapita, hijos de obreros y de sin trabajo, corrieron a rodear el automóvil en que yo iba —y a empujarlo cuando el motor dejó de funcionar a la altura del Puente Duarte—, mientras gritaban con un ritmo monótono: “Ya llegó Juan Bósch, ya esto se acabó”.
¿Qué era lo que ellos querían que se acabara?
La miseria y la desesperanza a que los tenía sometidos la familia Trujillo.
A los ojos de aquellos que no sabían ver en el fondo de los acontecimientos las fuerzas que los guían, el trujillismo parecía incólume. Pero no era así porque no podía haber trujillismo sin Trujillo.
Sin embargo era tanta la ceguera de los políticos dominicanos, que cuando la tarde de mi llegada y en los días sucesivos dije y repetí que a los Trujillo les quedaban no más de seis semanas de poder —“entre tres y seis semanas”, era mi expresión—, hasta mis compañeros en la dirección del PRD pensaron que yo estaba viendo visiones. Ramfis abandonó el país el 18 de noviembre y el 19, esto es, un mes después de mi llegada a la República Dominicana, comenzó el desfile de sus tíos y familiares hacia el destierro. Yo no había estado viendo visiones.
En las cuatro semanas que pasaron entre mi llegada al país y la salida de los Trujillo, la clase media dominicana vivió en un estado de agitación perpetua; pero la masa popular, y especialmente los barrios pobres de las ciudades, no tomaron parte en ella.
En suma, Unión Cívica Nacional actuó de tal manera y con tanta persistencia y habilidad, que cuando llegó la hora de la liquidación de la familia Trujillo el odio contra Balaguer había sido inducido en la alta y la mediana clase media y en un sector importante de la pequeña clase media, y el resultado de ese odio era que esos grupos sociales reclamaban un cambio inmediato, pero un cambio de hombres, un cambio superficial. En pocos meses se había pasado del trujillismo al fiallismo, de un caudillaje a otro caudillaje. Se pensaba que los males del país no eran del sistema sino de los hombres, y la clase media tenía la impresión de que al cambiar el hombre Balaguer por otro hombre que fuera cívico, todo cambiaría favorablemente.
La situación era en verdad difícil. Ante el vacío dejado por Ramfis, la conmoción en los cuarteles era inevitable, y nadie sabía —ni aun el doctor Balaguer, que era Presidente de la República— quién saldría de esa conmoción convertido en líder militar; nadie podía saber si ese nuevo líder militar arrasaría con el poder civil, si le entregaría el poder a la UCN, si lo retendría para sí.
Todo era posible, y nos hallábamos prácticamente sin medios para hacer frente a lo que se presentara. Tal vez teníamos ante nosotros la última oportunidad de hacer una revolución; pero las masas no organizan, no dirigen ni desatan revoluciones. Las revoluciones son organizadas y dirigidas por minorías, y en estos años de la América Latina, las revoluciones son iniciadas y dirigidas por la juventud de la clase media.
De esa hora confusa surgió convertido en líder militar el jefe de la base aérea de Santiago, el general Pedro Rafael Rodríguez Echavarría, y Rodríguez Echavarría reconoció como Presidente de la República al doctor Joaquín Balaguer.
La República se había quedado atrás no sólo los treintaiún años de la tiranía, sino muchos más. En varios aspectos  se vivía en pleno siglo XIX, sólo que con los problemas del siglo XX; y según pude alcanzar a comprobar más tarde, había gente que vivía en el siglo XVIII.
El país necesitaba una revolución para situarse por lo menos en el siglo XX; no una revolución a la cubana de Fidel Castro, pero sí una a la cubana de Grau San Martín; una revolución que nos permitiera avanzar en pocos meses siquiera al punto que había alcanzado Venezuela en 1945, hubiera sido casi un sueño.
Rodríguez Echavarría había reconocido a Balaguer como Presidente de la República y eso determinó el enfrentamiento de Unión Cívica con él. A partir del 19 de noviembre de 1961, la UCN dedicaría todas sus fuerzas a derrocar conjuntamente a Balaguer y a Rodríguez Echavarría.
Rodríguez Echavarría tenía una inclinación franca a la justicia social. No sabía cómo hacerla, pero sentía la necesidad de hacerla. Era tosco y violento, pero no tanto que no pudiera ser conducido en dos puntos: su instinto de justicia social y su sentimiento nacionalista.
La juventud catorcista se colocó frente a él porque esa juventud seguía la línea política de UCN; sin embargo Rodríguez Echavarría se sentía inclinado al catorcismo. Desde luego, era un típico “guardia”, con todos los resabios de su  profesión. Había iniciado su carrera como guardia raso y por su origen popular era anticívico. Como a toda la masa del Pueblo, el instinto le hacía repudiar a esa casta de “primera” que surgía de entre las ruinas del trujillato queriendo apoderarse de los mandos del país.
A partir del 19 de noviembre la presión para sacar del poder a Balaguer y a Rodríguez Echavarría fue creciendo día a día. La representación norteamericana trabajaba abiertamente en esa dirección. Arturo Morales Carrión, Subsecretario de Estado para la América Latina, pasó a vivir en la Embajada de los Estados Unidos; los doctores Jordi Brossa, Donald Reíd Cabral, Luis Manuel Baquero, y en general los hombres claves en la Unión Cívica, visitaban con tanta frecuencia la Embajada que parecían haberse mudado en ella.
El Departamento de Estado necesitaba tener bajo control los acontecimientos dominicanos; que en una situación inestable en la que iba envuelta la liquidación de la tiranía más dura que recordaba América, con el ejemplo cubano al costado, Washington no quería darse de buenas a primeras con una revolución salida de cauce; y si la fuerza dominante en el país era Unión Cívica, era lógico que controlando a Unión Cívica, el Departamento de Estado podía sentirse tranquilo. Lo que yo no entendía era que una agrupación dominicana se ciñera fielmente a una política dictada por un poder que tenía sus propios fines, y tenía que tenerlos, independientes de los fines que debían buscar los dominicanos.
Los propósitos norteamericanos podían ser legítimos desde el punto de vista de los intereses norteamericanos. Los Estados Unidos son una gran nación, con influencia mundial y obligaciones mundiales, que estaban pasando en ese año de 1961 por la experiencia de haber perdido una gran batalla política y diplomática en un pequeño país antillano llamado Cuba, y no era el caso de perder otra batalla en la República Dominicana. Pero el interés del Pueblo dominicano no era el de los Estados Unidos, como no era el de Rusia ni el de Cuba  ni el de ningún otro país.
El interés del Pueblo dominicano era hallar por sí mismo la respuesta a su propia angustia, hallar su camino hacia la dignidad, la libertad y el bienestar, y ese camino no íbamos a encontrarlo de la mano de los Estados Unidos ni de nadie que quisiera imponer una fórmula que no salía de las entrañas mismas de nuestro pueblo y de su historia.
no habia edad limite 111Nosotros (…) —como le dije una noche al doctor Morales Carrión— no íbamos a conspirar para derrocar a Balaguer; nosotros creíamos en el Pueblo, y el Pueblo, la gran masa, no tenía vela en ese entierro.
Los comunistas, los emepedeístas, los catorcistas, tuvieron el primer papel en la huelga que se desató en el mes de diciembre, cuya finalidad era el derrocamiento de Balaguer y de Rodríguez Echavarría. El Pueblo, la gran masa popular, no participó en esa huelga; es más, la repudió. El Pueblo no tenía vela en ese entierro. La huelga se había decidido en una reunión a la que fueron invitados el 14 de Junio y el PRD.  Miolán y yo asistimos en representación de nuestro partido.
Esa misma noche la huelga quedó decretada. Por boca mía, el PRD dijo por radio que no apoyaba la huelga, lo cual le ganó al mismo tiempo la simpatía de las grandes masas de los barrios y del campo y el odio a muerte de los cívicos.
Pero el Pueblo y nosotros nos entendíamos, hablábamos el mismo lenguaje; nosotros teníamos el oído puesto en su corazón, conocíamos sus anhelos y sus angustias. De la huelga de diciembre salió el Partido fortalecido; al terminar ese mes, nuestras afiliaciones pasaban de ciento veinte mil. En cambio, la huelga marcó el punto en que la masa popular, que hasta entonces se había mostrado indiferente a la propaganda de Unión Cívica, comenzó a ser francamente anti cívica.
Quiere decir que ya en el mes de diciembre comenzaba a hacer efecto la siembra que estaba haciendo el PRD; más propiamente, puede afirmarse que en ese mes comenzaba el Pueblo dominicano a mostrar su perfil en el fondo de los acontecimientos históricos, y si ese perfil seguía definiéndose llegaría el día en que el Pueblo se levantaría a su tamaño natural y comenzaría entonces a hacer la historia nacional. ¿Cuándo sería ese día? No podíamos saberlo, pero estábamos seguros de que la República tendría su amanecer.
En los siete meses transcurridos desde la muerte de Trujillo hasta el 31 de diciembre de 1961, la historia dominicana avanzaba de prisa; y la historia avanza devorando, creando, destruyendo y construyendo. No en balde es la síntesis del poder creador y destructor de la especie humana.
Al producirse la fuga de los Trujillo el país entró en una etapa abiertamente revolucionaria, pero revolucionaria en cuanto al ambiente, no en hechos. Los militares enviados a cuidar las propiedades de los Trujillo y de los trujillistas que habían huido, entraban a saquearlas y después llamaban al Pueblo para que terminara el saqueo.
 El concepto de autoridad había sido sustituido por un impulso vengativo popular que en el primer momento se satisfacía con la depredación de los bienes de los fugitivos. Por todas partes, en las ciudades principales —y sobre todo en la Capital— y en los campos, se formaban turbas que corrían a saquear propiedades, a llevarse muebles, reses, caballos, puertas, ventanas, a quemar casas y destruir cercas. Guardias y policías fraternizaban con el Pueblo y tomaban su parte en el botín.
Se trataba de la reacción primitiva de unas masas que buscaban sacar algún provecho de la caída del trujillato, y debieron haber encontrado ese provecho en unas cuantas medidas revolucionarias que hubieran podido transformar las estructuras sociales para el beneficio de todo el Pueblo. Las masas buscaban ventajas y las sacaban en muebles y vajillas.  Hasta cierto punto tenían razón, porque ya no podía hacerse una revolución rápida.
La Unión Cívica había convertido todo el impulso nacional hacia una revolución en un simple movimiento anti trujillista, en una lucha contra lo que  había sido, no contra lo que era. Y ya el trujillismo no era lo que debía combatirse. El trujillismo había sido algo malo, algo que pertenecía al pasado del país. Lo que debía combatirse estaba presente: las estructuras económicas y sociales, atrasadas como en ningún país americano; las violentas desigualdades de todo tipo. La UCN había actuado como el torero que desvía el toro con arrogante habilidad y lo lleva tras la muleta para salvarse él mismo de la cornada mortal.
Detrás de la UCN, hechizados por su prédica, iban los jóvenes de la clase media, los catorcistas y hasta los comunistas, los emepedeístas y hasta los escasos social-cristianos que había por esos días, gritando contra Balaguer y contra Rodríguez Echavarría, pidiendo la salida de uno y de otro del poder, y ninguno de esos jóvenes presentaba un programa al Pueblo, una lista siquiera de las medidas que debería tomar el Gobierno que sustituyera al de Balaguer. Era un espectáculo triste para los que comprendíamos que la última oportunidad de la Revolución Dominicana estaba disipándose, mucho más triste porque ya no había nada que hacer para encauzar a aquel pueblo maliciosamente desviado, para volver en sí a aquellos jóvenes que de manera cándida, creyendo de buena fe que lo que hacían era una revolución, servían con toda su alma los fines de los enemigos de la revolución.
Detrás de la UCN, hechizados por su prédica, iban los jóvenes de la clase media, los catorcistas y hasta los comunistas, los emepedeístas y hasta los escasos social-cristianos que había por esos días, gritando contra Balaguer y contra Rodríguez Echavarría, pidiendo la salida de uno y de otro del poder, y ninguno de esos jóvenes presentaba un programa al Pueblo, una lista siquiera de las medidas que debería tomar el Gobierno que sustituyera al de Balaguer. Era un espectáculo triste para los que comprendíamos que la última oportunidad de la Revolución Dominicana estaba disipándose, mucho más triste porque ya no había nada que hacer para encauzar a aquel pueblo maliciosamente desviado, para volver en sí a aquellos jóvenes que de manera cándida, creyendo de buena fe que lo que hacían era una revolución, servían con toda su alma los fines de los enemigos de la revolución.
el cuarto de hora de radio que usaba el PRD, dije por vez primera una frase que después repetiría a menudo: “El PRD sólo aceptaría el poder de manos del Pueblo”. Estoy seguro de que poca gente se dio cuenta de lo que había en el fondo de esas palabras.
Ya para ese momento la propaganda cívica y catorcista presentando al PRD como un partido trujillista, aliado de Balaguer, era rampante. De las oficinas de UCN salían día tras día docenas de consignas que los jóvenes partidarios de la Unión Cívica iban repitiendo por donde pasaban, y todas eran especies calumniosas destinadas a presentarnos a nosotros, los líderes del PRD, como recibiendo fondos de Balaguer o de los trujillistas perseguidos, como agentes de Ramfis y de Petán.
Los compañeros del Comité Ejecutivo del PRD se alarmaban y me pedían que respondiera a esa campaña a través de la radio. Pero mi posición era otra. Yo creía que la clase media dominicana no tenía comunicación con la masa popular, no conocía su psicología, no sabía qué cosa deseaba el Pueblo, y lo que era peor, no entendía su lenguaje así como el Pueblo no entendía el de la clase media. La clase media, debido a una deformación que trataré de explicar en otra parte, tenía una naturaleza psicológica anormal y no podía vivir sin el alimento cotidiano del chisme; era —y es— una fuente perpetua de chismes; crea y consume chismes. Según dije una vez cuando era Presidente de la República, el chisme es la mayor industria nacional.
En cambio, el Pueblo, los sin trabajo, los campesinos, los obreros —y una parte de la pequeña clase media— no produce ni consume chismes. Todas esas calumnias que echaban a rodar los hombres de UCN se quedaban en su propio ambiente, pues había una muralla china que separaba a la clase media del Pueblo, y los chismes no lograban saltar esa muralla. Yo hablaba para el Pueblo, y si respondía a los chismes el Pueblo conocería esos chismes a través de mi palabra, lo cual podía ser perjudicial, pues según un viejo proverbio campesino, “no se debe poner a la gente en lo que no está”, es decir, no se debe dar pie para que la gente piense mal de uno. Si yo decía que los cívicos nos acusaban de estar recibiendo dinero de un trujillista, ¿cuánta gente del Pueblo no se preguntaría si sería o no verdad eso?
A mi juicio, pues, la campaña de la UCN contra el PRD se volvería contra sus autores. Lo mejor era dejar que esa campaña recorriera su órbita y volviera, como un boomerang, a los pies de sus creadores.
Todos esos días eran agitados. Se había desatado la lucha por el poder en un país que no conocía los procedimientos de la lucha política en la democracia; el resentimiento, las pasiones, los odios y las ambiciones se derramaban como una avalancha sobre la tierra dominicana. Los cívicos usaban el prestigio del doctor Fiallo como un escudo y a él mismo lo llevaban y lo traían sin que él acertara a comprender lo que estaban haciendo de él.
La presión sobre Balaguer aumentó a tal punto que aceptó entregar el poder a un equipo de hombres de la UCN, tal y como lo había pedido la UCN con el respaldo del Departamento de Estado. Washington quería un Gobierno colegiado con autoridad para negociar, para recibir préstamos y obligar al Estado; y ese tipo de Gobierno no podía crearse sin una reforma constitucional. Balaguer, pues, envió al Congreso una solicitud de enmienda a la Constitución, y así se creó el Consejo de Estado, de siete miembros, con uno de ellos como Presidente, que debía gobernar hasta el 27 de febrero de 1963 y debía convocar a elecciones para Constituyente a más tardar el 16 de agosto de 1962 y a elecciones presidenciales, de Congreso y de Ayuntamientos a más tardar el 20 de diciembre del mismo año.
Para formar el Consejo de Estado, la UCN escogió cuatro de sus miembros y alguien que no se sabe si fue Balaguer, si fue Rodríguez Echavarría o fue otra autoridad, escogió a los dos supervivientes del complot del 30 de mayo. En total cuatro cívicos y dos que no lo eran, y después de la renuncia de Balaguer se agregaría uno que había entrado en la UCN a título de dirigente del 14 de Junio pero que en diciembre ya no era catorcista sino cívico.
La agitación crecía por horas, y esa agitación desembocó, el 16 de enero, en la muerte de cinco personas en el Parque Independencia. Hostigado por los cívicos, Rodríguez Echavarría envió un tanque de guerra a ese parque para que impidiera actividades de agitación en el local de la Unión Cívica que se hallaba en aquel lugar, y como la multitud no se dispersaba sino que se mostraba agresiva, los tripulantes del tanque dispararon. Rodríguez Echavarría perdió la cabeza, y a la conmoción producida por el desgraciado episodio respondió con un golpe de Estado relampagueante. Balaguer y los miembros del flamante Consejo de Estado fueron presos en Palacio, aunque a Balaguer se le permitió después salir, e inmediatamente Rodríguez Echavarría formó una Junta de Gobierno de tres miembros.
Dos días después, sin embargo, se desató la huelga general que liquidó el golpe de Estado.Esa huelga fue el acto culminante de una agitación nacional de siete meses, que se inició el 5 de julio con la llegada de los delegados del PRD al país y se mantuvo sin un día de reposo hasta enero de 1962. Todavía a esa altura, la masa popular no había actuado. La masa popular era un espectador del drama dominicano. La entrada en el escenario, en calidad de actor, le estaba vedada por aquellos que decían representar su voluntad.
Trujillo había tenido metida en su puño a la totalidad de los dominicanos. El nombre que él mismo se había hecho dar, y que de manera casi inconsciente usaba todo el mundo para dirigirse a él o para mencionarlo ante otras personas, era el de “jefe”; y él fue el jefe de todos los dominicanos en la más amplia acepción del vocablo.
Las industrias de Trujillo pasaron al Estado, y el Estado es, por esa razón, el más grande empresario industrial del país. La casta de “primera”, y un sector de la alta clase media comercial, profesional y terrateniente, soñaron ser los herederos de Trujillo mediante la adquisición, a través del poder político, de esas empresas, con lo cual hubieran podido convertirse en la burguesía nacional.
La tiranía fue un molde de hierro en tres aspectos: el político, el militar y el económico; pero los dos primeros sólo tenían por objeto garantizar el último. Lo que Trujillo persiguió durante su largo mando fue hacerse rico, convertirse en el hombre más rico del país, y en uno de los más ricos de América; de manera que si en algún terreno aplicó su tiranía a fondo fue en el económico.
En este aspecto, la República Dominicana no pudo avanzar un paso sino en la medida en que Trujillo lo permitió. Para mal de los dominicanos, el trujillismo acertó a dominar la vida nacional en los años decisivos de su formación económica, social y cultural, los años en que más avanzaron los demás pueblos americanos; y con su dominio impidió en forma drástica que los dominicanos se desenvolvieran según las tendencias del mundo exterior.
La República vivió aislada, y no en términos comparativos sino absolutos. Del país salía el que la tiranía dejaba salir; al país entraba aquél a quien la tiranía dejaba entrar; salían y entraban las noticias y los libros, los hábitos y las ideas que la tiranía permitía.
La falta de sentido patriótico de la clase media dominicana, en conjunto, es algo desolador. Uno no puede comprenderlo. Yo, por lo menos, no puedo entender que no se ame a la patria como no puedo entender que no se ame a la madre. Me digo que esa ausencia de amor a la propia tierra se debe a su inseguridad, a su insatisfacción, a la angustia en que viven los dominicanos de clase media; pero no lo acepto. Sin amor es imposible hacer algo creador. La gallina, que es considerada como el más cobarde de los animales domésticos, se lanza como una pequeña fiera emplumada sobre el que se acerque demasiado a sus polluelos. El amor hace fuertes a los débiles y valientes a los cobardes. El amor obra milagros.
Causa pena oír a la mayoría de los dominicanos de clase media hablar de su pueblo y causa pesar oírla comentar las crisis nacionales. Para esa gente, el dominicano es haragán, es cobarde, es ladrón; y cuando hay un momento crítico en la vida del país, en los hogares, en las esquinas, en los cafés, unos y otros se preguntan cuándo van “los americanos” a actuar; inventan noticias de que ya llega “la flota”, de que el “Presidente dijo tal cosa o tal otra” —y se refieren no al Presidente de la República Dominicana sino de los Estados Unidos—.
Durante los treintaiún años de la dominación trujillista, la mayoría de la clase media estuvo esperando que “los americanos” sacaran a Trujillo del poder.  Con las excepciones lógicas, comerciantes, profesionales, militares, sacerdotes, periodistas, hombres y mujeres carecen de dignidad patriótica porque les falta ese ingrediente estabilizador y creador que se llama amor; amor a lo suyo, a su tierra, a su historia, a su destino. En esta última palabra se halla la clave de esa actitud: la clase media dominicana, que vive sin un presente estable, no tiene fe en su destino; no cree en él y por tanto su vida como grupo social no tiene finalidad. Vive perdida en un mar de tribulaciones.
Como consecuencia de esa actitud, los dominicanos medios no han establecido todavía una escala de valores morales; no tienen lealtad a nada, ni a un amigo ni a un partido ni a un principio ni a una idea ni a un gobierno. El único valor importante es el dinero porque con él pueden vivir en el nivel que les pertenece desde el punto de vista social y cultural; y para ganar dinero se desconocen todas las lealtades.
La gran masa popular, que vive en su ambiente social y económico propio, es otra cosa. Las virtudes nacionales están en esa gran masa popular. Ahí están el amor a lo suyo, a su tierra, a su música, a su comida; la lealtad a los amigos, a los partidos, a ciertas ideas simples pero generosas. Esto no significa que no haya una porción de esa masa popular que no sea así.En todos los casos, los sectores sociales no actúan en bloque, monolíticamente; y así como en la clase media hay un número que ha reaccionado contra su falta de fe, de su carencia de amor al país, así en la masa popular hay uno que actúa como descastado, sin principios, sin más actividad emocional que la primitiva de las bestias: comer, dormir, beber, reproducirse, aunque para ganar el sustento tenga que llegar al crimen, si se le exige el crimen. Ese es el margen social del cual sale el delincuente en toda agrupación humana.

La clase media dominicana era muy pequeña cuando se lanzó a establecer la República en 1844; era todavía pequeña cuando combatió a España en 1863 para restaurar la República. ¿Por qué ahora no tiene fe en su país?  La explicación quizá esté en que durante todo lo que va del siglo XX el Pueblo dominicano ha sido víctima de sus debilidades nacionales en forma verdaderamente impresionante. Comenzó el siglo en medio de guerras civiles desastrosas que sólo pararon en 1916 debido a la ocupación militar norteamericana, que duró ocho años; tuvo seis años de paz y junto con la crisis económica de 1929 le llegó la tiranía de Trujillo, que ahogó toda aspiración de cambios y mantuvo el país sumergido en un sistema despiadado de terror y de explotación.

La clase media, más consciente por muchas razones de su situación, fue perdiendo la fe en el porvenir de su tierra; al faltarle la fe murieron, por agotamiento, las fuentes de los estímulos, la capacidad de amor y de lucha.
Al morir el tirano “comenzó a desgranarse la mazorca”, según hubiera dicho un campesino de esos que se expresan en forma gráfica, con imágenes sacadas de su ambiente. En forma casi natural, las masas del Pueblo comenzaron a afiliarse en el Partido Revolucionario Dominicano; la alta y la mediana clase media, en la Unión Cívica, y la dirección de la UCN estaba en manos de la casta de “primera”.
Guiada por la casta de “primera”, la alta clase media y la mediana clase media —incluyendo en ésta a los comunistas del PSP, aunque cause asombro a los comunistas de otros países—, sin distinción entre adultos y jóvenes, repudiaron a Joaquín Balaguer por trujillista y escogieron para sucederle a Rafael F. Bonnelly.  ¿Por antitrujillista? No; porque pertenecía a la casta. Rafael F. Bonnelly era tan trujillista como Balaguer; de arriba abajo, de costado a costado, por fuera y por dentro, Bonnelly era tan trujillista como Balaguer, y más responsable que Balaguer de los peores aspectos del trujillismo.
Balaguer, doctor en derecho graduado en París, no le sirvió como abogado a Trujillo; Bonnelly, licenciado en derecho de la universidad dominicana, fue el abogado y notario preferido por Trujillo para legalizar sus apropiaciones forzadas de  tierras y bienes. Balaguer, buen orador, pronunció numerosos discursos en favor de Trujillo; Bonnelly, lector de discursos, leyó tantos en favor de Trujillo como los que Balaguer improvisó. Balaguer no le sirvió a Trujillo en cargos donde tuviera que tomar medidas represivas; Bonnelly fue durante años el Secretario de Estado de Interior y Policía, instrumento de la política represiva del régimen. Nadie puede afirmar que Balaguer se enriqueció con el favor de Trujillo; nadie puede afirmar que Bonnelly salió del servicio de Trujillo con los mismos bienes que tenía al iniciar su carrera de funcionario trujillista.
El alto mando cívico se alimentaba de chismes y rumores y regurgitaba chismes y rumores. Antes de Trujillo, las campañas políticas dominicanas se hacían a base de decirle a Fulano que Mengano, líder de otro partido, había dicho de él tal o cual cosa y Fulano se convertía fácilmente en enemigo de Mengano.
Eugenio María de Hostos había tenido razón al decir que en la República Dominicana la política consistía en llevar el chisme a la categoría de negocio de Estado. Trujillo magnificó la importancia del chisme en el acontecer político nacional. El chisme, debido a su naturaleza mentirosa, era siempre el germen de una calumnia, y Trujillo hizo de la calumnia la forma habitual de lucha política.
Tradicionalmente, pues, todo lo que se relacionara con la política se hacía en términos de personas: Zutano es esto, Perencejo es aquello.
El… (Partido) llevó al país una técnica de propaganda política completamente nueva. se hablaba de problemas nacionales, no de personas; de los métodos para resolver esos problemas, no de los vicios o de las virtudes de nadie. Pero el PRD tuvo siempre un auditorio señalado, un sector social al cual se dirigía, y era la gran masa popular. Nunca antes la masa popular se había sentido objeto de la atención de nadie, y eso le dio rápidamente la sensación de su importancia. El “hijo de Machepa” encontraba a alguien que le daba categoría.
 De niño, instintivamente y quizá llevado a ello por mi entonces desconocida pero sin duda existente vocación de escritor, observaba con cuidado el alma de la gente del Pueblo, su manera de reaccionar, y me fui formando una idea de sus hábitos mentales y de sus aspiraciones y preocupaciones. El del Pueblo era un mundo psicológico distinto del de la clase media.
Entre el campesinado y los pobres y sin trabajo de las ciudades había mucha afinidad, porque los pobres y los sin trabajo salían del campesinado; entre éste y la pequeña clase media había también afinidad, pero no en aspiraciones ni preocupaciones, porque la pequeña clase media, casi siempre de origen campesino —aunque en los últimos tiempos sale también de los obreros y hasta de los pobres y sin trabajo de las ciudades— aspiraba a ser mediana clase media y por lo mismo sus preocupaciones pasaban a ser las de la mediana clase media; pero entre la mediana y la alta clase media y el campesinado y los trabajadores y los sin trabajo, ya no había prácticamente relación. Los unos no entendían a los otros y de hecho, hablando la misma lengua, no decían las mismas cosas.
Para explicarles a los jóvenes del Partido cómo debían expresarse ante la masa, les ponía el ejemplo de un señor de alta clase media —y de “primera”— cargado de títulos que en sus peroraciones por radio usaba a menudo la expresión “eso entraña una traición a la ética revolucionaria”. Les hacía fijarse en que la palabra “entraña” significaba para el Pueblo intestinos de animales, lo cual en su lengua se decía “mondongo”; que la palabra “ética” no quería decir nada para la masa popular y que si alguna persona de ese sector social la tomaba en cuenta, era por el significado de “tísica” que se le daba en ciertas zonas; de manera que la frase “eso entraña una traición a la ética revolucionaria” quería decir para la gente del Pueblo este disparate: “Eso mondongo una traición a la tísica revolucionaria”. Desde luego, para el Pueblo era lengua árabe.
Hablar en términos comprensibles para la gran masa significaba también hablar para la clase media si se sabían decir las cosas en un término medio cuidadoso, pero si no se hallaba el término medio apropiado, entonces había que hablar en la lengua del Pueblo. Como por otra parte, aun usando esa lengua se requería ir ilustrando poco a poco al Pueblo sobre todo lo que pudiera y debiera importarle, debía hablarse cada día de un tema, de un asunto, hasta agotarlo en toda su extensión, y si el tiempo no alcanzaba para agotarlo, seguir con ese tema un día más, dos días más si era necesario.
¿Y de qué hablaba yo en tantos días? Fundamentalmente de tres cosas: qué es y cómo funciona una democracia, cuáles son los problemas económicos en un país como la República Dominicana y cómo estaba organizada la sociedad dominicana.
Al hablar sobre la democracia explicaba qué es una Constitución, qué es una ley, cómo trabajan los poderes separados; cómo y por qué se vota, qué es un partido político; al hablar de los problemas económicos explicaba puntos tan abstrusos como lo que es una balanza de pagos, lo que es divisa, lo que es un banco, por qué teníamos que producir más y cómo hacerlo, en qué consistía la diferencia entre mercado interno y mercado extranjero; al hablar de la organización de la sociedad dominicana explicaba por qué el Pueblo estaba y había estado siempre sometido a una minoría y apliqué a esa minoría la palabra “tutumpote”, que se popularizó rápidamente y no tardó en traspasar los límites del país.
Esa palabra había sido de cierto uso en la región cibaeña cuando yo era un niño, pero su uso había desaparecido hasta el grado que en 1961 sólo la gente de alguna edad podía recordarla. Es difícil establecer su origen. Quizá provenga del latín, un latín vulgarizado, porque parece sonar en esa lengua muy similar a lo que significaba entre los dominicanos del Cibao en 1912, es decir, señor todopoderoso, con mucho poder, con dinero abundante. Tal vez tenga su raíz en los años de la ocupación haitiana; en el dialecto de Haití abundan las palabras con el sonido de “tuntún”, “tutún”. En algunas regiones de España “pote” quería decir “con abundancia”, y la locución “a pote” o “al pote” significaba “mucho de algo”.
Yo tenía que crear una palabra en la que quedaran englobados los círculos de “primera” aunque no fueran señores de buenas cuentas bancarias, altos funcionarios públicos, terratenientes y grandes comerciantes; esa palabra debía tener sonido atractivo para las masas, debía ser pegajosa y debía bastarse a sí misma de tal manera que yo no me viera en el caso de tener que explicarle al Pueblo cada día quiénes eran sus explotadores habituales. Ninguna palabra era más adecuada para el caso que “tutumpote”; la resucité, pues, y no la había dicho más de cinco veces cuando ya el Pueblo la tenía en la boca y la usaba como un arma de lucha.
Los tutumpotes dominicanos, y algunos líderes que no son tutumpotes, me acusan de haber llevado al país la lucha de clases. La lucha de clases, y el odio de clases, existió siempre en Santo Domingo, sólo que una y otro eran ejercidos nada más por la gente de “primera”, y el Pueblo, que los padecía, no los tomaba en cuenta o consideraba que debía resignarse a sufrir la injusticia.
Los cívicos dijeron varias veces que yo había llevado a Santo Domingo el odio racial; y como ellos no oían lo que yo decía, y se atenían a chismes y rumores, el doctor Fiallo salió un día —cuando ya era candidato presidencial de UCN— hablando de que no era verdad que él odiaba a los negros, que si los negritos por aquí, que si sus negritos por allá. Una vez más, como tantas otras, el líder de Unión Cívica le hacía propaganda al PRD. Al día siguiente le recordé al doctor Fiallo que en la República Dominicana no debía haber ni blancos ni negros sino sólo dominicanos.
Había la división social y la saqué a discusión, la mostré al Pueblo y le dije que era injusta y fuente de injusticias. Era mí deber hacerlo, para provecho de las grandes masas dominicanas y del país, pues sobre la injusticia, la explotación, la ignorancia y el abuso no puede edificarse ni mantenerse una República de hombres y mujeres libres.
Después de esa campaña de 1962, el Pueblo sabe quiénes son en verdad sus enemigos y dónde se emboscan. El Pueblo aprendió a distinguir entre un miserable calié que denunciaba por sesenta pesos al mes y un gran señor que sacaba enormes fortunas del régimen sostenido por los caliés; y supo que entre el calié y el tutumpote, su verdadero enemigo era el tutumpote.
Estoy seguro de que al enseñarle eso a la masa popular hice una obra de bien público, y me siento orgulloso de ello, digan lo que digan mis adversarios.

Juan Bosch analiza Panorama político de América Latina en 1961

BOSCH: “EL PASADO ES EL ESPEJO DEL PORVENIR”
REFLEXIONAR SOBRE EL PASADO DE CARA AL PRESENTE 
images-131 A mediados del año 1961, la situación política de la América Latina es tan grave como lo era en 1809, y por razones semejantes. Los sucesos que se produjeron desde 1810 en las colonias de España y Portugal y terminaron, hacia 1824, con esas colonias transformadas en repúblicas.
¿Están llamados los que se produzcan a partir de ahora a terminar, digamos en 1975, con un nuevo orden político y social en la mitad meridional del Nuevo Mundo?
Muchas personas piensan que sí, y las lecciones de la historia confieren un valor especial a esa tajante afirmación.
                    Paralelo de los antecedentes
En 1809, la escasa conciencia política de América Latina se hallaba sacudida por un cambio tan serio en el Hemisferio Occidental, que de él habían surgido dos repúblicas –Estados Unidos y Haití–, símbolos de los tiempos antimonárquicos que se avecinaban. Además, en todo el Continente se sentía el impacto de las fuerzas que desde hacía veinte años lanzaba sobre el mundo la Revolución Francesa.
En 1961, la amplia conciencia política de América Latina se encuentra conmovida por una serie de sacudimientos sociales que se inició en México hacia 1910, renació con la revolución cubana en 1933, apareció de nuevo hacia 1944-1948, y culminó al fin en la profunda revolución fidelista de 1959.
En 1809, las ideas revolucionarias tenían como vehículo principal las logias masónicas, cortas en número y cortas en afiliados; en 1961, abundan los partidos revolucionarios y por todo el Continente se extiende uno de organización férrea y dedicado profesionalmente a organizar la revolución. Obviamente, nos referimos al Partido Comunista.
En 1809, la lentitud en las comunicaciones entre continentes y países y la pequeñez de los círculos latinoamericanos que tenían interés en las noticias políticas, hacían que la influencia de acontecimientos.
Tan importantes como las revoluciones de América del Norte, de Haití y Francia, se redujera mucho en nuestros pueblos.
En 1961, la velocidad y la agresividad de los medios modernos de difusión han acortado el tiempo hasta reducirlo a su mínima expresión. Al acortar el tiempo han contraído el espacio, de manera que en todos los países latinoamericanos se viven simultáneamente las experiencias de cualquiera de ellos. Un discurso de Fidel Castro, por ejemplo, se oye en Guatemala o en Venezuela en el momento en que está siendo dicho en La Habana; se oye, y se siente a la multitud que aplaude al orador. La técnica publicitaria ha aumentado a grados insospechados el poder agitador de los medios modernos de difusión, y, a la vez, el aumento de la sensibilidad política de las masas multiplica la fuerza comunicativa de los acontecimientos.
A principios del siglo XIX, a pesar del alto porcentaje de la población sometida a la esclavitud, y a pesar del movimiento de Túpac Amaru en 1780 y de la rebelión haitiana que acabó con el establecimiento de una república en enero de 1804, las masas no tenían verdadera inquietud política.
En 1961, las grandes mayorías de nuestros pueblos están afiliadas a movimientos izquierdistas y millones de hombres y mujeres tienen no solo inquietud, sino
 también actividad política.
Paralelo de los grupos directores
No puede haber cambio revolucionario de las formas o de las estructuras políticas y económicas si no hay, por lo menos, un grupo o una clase social que necesita y desea ese cambio.
En 1809, los grandes terratenientes y algunos sectores mercantiles de América Latina necesitaban y deseaban un cambio. Los hombres que encabezaban esos sectores fueron quienes dirigieron las guerras de independencia, o los que lograron la independencia sin necesidad de guerras costosas, como sucedió en el Brasil. Y la historia de Venezuela nos enseña que tales jefes batallaron y alcanzaron sus miradas sobre nuestra América.
Propósitos aún contra la voluntad de la masa popular, allí donde la masa prefirió pelear bajo la bandera del Rey.
En 1961, la mediana y la pequeña clase media de América Latina, necesitan, y desean, una transformación de la sociedad. De estos dos grupos sociales han salido los líderes revolucionarios de nuestros países, por lo menos los que han iniciado en este siglo la marcha hacia un cambio en el estado político y económico; y puede asegurarse que sin una sola excepción, de ahí han salido también los fundadores y las principales figuras de los partidos comunistas de América Latina.
En 1809, los terratenientes y sectores de comerciantes de las colonias necesitaban y deseaban asegurar con el poder público las riquezas que habían acumulado. La formación de los primeros era antigua, pero su ascenso al más alto nivel del poderío económico había tenido lugar sobre todo en los últimos cincuenta o sesenta años, a favor de la política liberal de los Borbones españoles. Con los cambios que estaban operándose en el mundo, los grandes terratenientes veían en peligro ese poderío económico si no controlaban por sí mismos el poder político; y se lanzaron a conquistarlo.
En 1961, la mediana y la pequeña clase media latinoamericanas necesitan y desean apoderarse de los mandos de la sociedad, pues a pesar de que sus hombres más conscientes se hallan técnicamente preparados para ascender, la alta clase media y la burguesía no les abren paso y su destino inmediato es caer en la categoría de proletarios intelectuales. Estas mediana y pequeña clase media han venido formándose en los últimos cuarenta o cincuenta años, y han alcanzado un alto nivel técnico en tiempos recientes gracias al mejoramiento de los centros de estudios que han estimulado precisamente los gobiernos revolucionarios posteriores a 1910. En la actualidad, hay en cada país de América Latina decenas de millares de jóvenes bien preparados que se quedan sin destinos, y sus perspectivas inmediatas son emigrar a países más prósperos –que en nuestro caso quiere decir, casi siempre, Estados Unidos– o lanzarse a la conquista del poder total.
                            El vacío de poder en 1809
En la sociedad organizada no puede haber vacíos de poder prolongados. Si los hay, la sociedad se descompone: y la sociedad tiene que sobrevivir; se resiste a ser disuelta. El camino adecuado para la supervivencia es que siga a los que le ofrecen un tipo nuevo de organización, o que se someta a ellos aunque no desee esa nueva organización.
Es natural que al producirse un vacío de poder, acudan a llenarlo los que necesiten o desean el poder, y es también natural que al desplazarse de su lugar social hacia el mando político, el grupo que corre a ocuparlo se comporte con violencia y desate en torno suyo una tormenta de hierro y sangre. Pues si procediera con cautela, otros podrían llegar al poder antes que él, y siempre hay posibilidad de que suceda esto último en un ambiente de conmoción y de miedo.
En 1809, nuestros pueblos se hallaron lanzados en un vacío de poder; en 1961, hay un semivacío que puede transformarse cualquier día en vacío total, como sucedió ya en Cuba el 1 de enero de 1959.
El de 1809, se produjo cuando la prisión de Fernando VII y de sus padres, llevada a cabo por Napoleón en 1808, dejó al imperio español sin su jefe tradicional. El imperio pasó a ser un cuerpo sin cabeza, que se movía en el campo de la historia con la incertidumbre de un tronco perdido en medio del océano. Los terratenientes y ciertos sectores mercantiles de las colonias españolas acudieron a llenar el vacío, y cosa parecida sucedió en Brasil cuando el rey portugués volvió a Lisboa, pasado el huracán napoleónico. Hubo países americanos donde las grandes masas siguieron a sus nuevos jefes, como en el Brasil, por ejemplo; y allí la lucha no fue costosa. Pero los hubo donde combatieron contra ellos, y al cabo de largos años de guerras, acabaron sometiéndose.
A ningún estudioso de la historia de América Latina puede caberle duda de que la gran crisis que terminó con el establecimiento de repúblicas en nuestro Continente fue precipitada por la conjunción de dos hechos históricos: la existencia de grupos sociales que necesitaban y deseaban el poder político, y la aparición de un vacío político en el imperio español, determinado por la prisión de Fernando VII y de sus padres.
El semivacío de poder en 1961
Ahora bien, en 1961, hay un semivacío de poder en América Latina; y hay también un grupo social –el compuesto por la mediana y pequeña clase media– que necesita y desea el poder público. Allí donde el semivacío quede convertido, aunque sea momentáneamente, en vacío total –como sucedió en Cuba hace dos años y medio–, la revolución brotará con fuerza irresistible, y tomará el poder.
Desde principio de este siglo XX, América Latina ha sido un satélite político y económico de Estados Unidos. La alianza de los sectores imperialistas de Estados Unidos con los gobernantes oportunistas y antinacionales de nuestros países ha formado durante más de media centuria el núcleo de poder en las tierras latinoamericanas. Esa alianza ha fijado el centro gobernante en un eje que une a Washington con la capital de cada uno de nuestros países; y así como antes de 1810 el poder estaba en Madrid y en la persona del rey; desde hace más de medio siglo está repartido entre los gobiernos criollos y el presidente de Estados Unidos.
Y sucede que a partir de 1953, hay en Washington un intermitente vacío de poder, por lo menos en relación con América Latina. Durante algunos años de la Administración Eisenhower, el poder estuvo en manos de Foster Dulles, y el señor Dulles reforzó la alianza de los grupos imperialistas de su país con los sectores más inescrupulosos de América Latina; de manera que su ejercicio de la parte de poder norteamericano en lo que toca a la América Latina fue decididamente anti histórico. A la muerte del señor Dulles se reprodujo el vacío de poder norteamericano en relación con nuestro países; y donde ese semivacío se complete con el abandono del poder por los asociados criollos –como sucedió en Cuba a la fuga de Batista–, se hizo presente la revolución, esto es, el paso de un grupo social necesitado del poder hacia el comando de la vida pública.
 Desde la muerte de Foster Dulles, el semivacío en la porción de poder sobre América Latina que ejercía Estados Unidos se ha hecho patente. La Administración Kennedy ha tratado de llenarlo con palabras, pero no ha alcanzado todavía el terreno firme de los hechos. Más aún, la Administración Kennedy ha dado muestra de que es intrínsecamente débil; de que oscila entre el llamamiento de los sectores antiimperialistas de su propio país; que desearían ver al gobierno norteamericano libre de la influencia de los negociantes colonialistas, y la presión casi irresistible de estos últimos.
La reacción juega su carta
Al promediar el año 1961, América Latina es el campo de la batalla política más enconada del mundo. La reacción –no sólo continental, sino hemisférica– se ha lanzado con todas sus armas a una lucha sin cuartel. So pretexto de que la revolución de Cuba es comunista, todos los medios de expresión, que están en manos de las oligarquías terratenientes, financieras y comerciales, golpean día y noche a las masas con el terror psicológico. Su plan es lograr que se desate en América la persecución contra los comunistas; y después, como es claro, perseguirán a los revolucionarios no comunistas.
¿Por qué actúan así esos grupos? ¿Por pureza ideológica? ¿Es que su amor a la democracia resulta tan sincero que no pueden aceptar la menor amenaza contra los regímenes democráticos?
Pues sucede que no. Los mismos que hoy agitan sin descanso el espantajo comunista fueron los que iniciaron la campaña de descrédito contra líderes democráticos como Haya de la Torre, José Figueres y Rómulo Betancourt; ellos sembraron la semilla de insultos y calumnias que los comunistas cultivan ahora con tanto esmero. Estos ardientes defensores del mundo libre eran, hasta hace poco, panegiristas de Trujillo, de Pérez Jiménez y de Somoza.
La reacción juega su carta anticomunista, no por amor a la democracia, sino para defender sus privilegios. Si logra asociar todo cuanto se ha hecho en Cuba con el color rojo de la bandera soviética, pondrá sus fortunas a salvo de la revolución social latinoamericana. Para esos sectores el anticomunismo es negocio que rinde beneficios.
¿Puede decirse lo mismo de las grandes masas de nuestros países?
La incógnita por millones
Seguramente no. Nadie sabe a ciencia cierta qué piensan esas grandes masas. De hecho, ellas son una incógnita. Lo que puede afirmarse es que más de ochenta millones de latinoamericanos –entre los cuales hay cerca de cuarenta millones de adultos– no saben leer, y, por tanto, ignoran lo que dicen los diarios.
Los que leen, y convierten sus lecturas en hechos, son esos grupos de la mediana y la pequeña clase media que necesitan y desean el poder político. Leen también importantes núcleos de obreros, pero la revolución cubana demostró que los obreros con buenos jornales, organizados en sindicatos y asegurados socialmente, reducen su actividad política a conservar su posición. Leen también la alta clase media y la alta burguesía; leen, sobre todo, sus propias campañas anticomunistas y las noticias que se refieren a precios, mercados y leyes favorables a las nuevas inversiones.
Demasiado ocupados en adquirir Cadillacs, en llevar a sus mujeres a cabarets y casas de modas, en hacer viajes de negocios a Nueva York y a Europa, los hombres de la alta clase media y de la burguesía latinoamericana, considerarán que van a detener la revolución social con propaganda anticomunista. Sus antepasados de hace ciento cincuenta años creyeron también que podían evitar la liquidación de la esclavitud hablando de los horrores que desató la rebelión de los esclavos de Haití.
La propaganda reaccionaria está creando la atmósfera de la batalla continental. En esa batalla, ¿qué partido va a tomar la gran masa latinoamericana?
Necesariamente, el de la revolución; aunque es muy probable que no le importe que esa revolución sea comunista o democrática. Para la gran masa será lo mismo con tal de que le proporcione bienestar. La diferencia entre la primera y la segunda es que la última ofrece libertad, pero hasta ahora, ¿qué libertad ha conocido la gran masa?
La parte más consciente de la masa distingue solo entre una revolución sangrienta y una que no lo sea; sucede que la revolución sin sangre solo puede ser realizada si se acude hoy, no mañana, a resolver los problemas agudos que tenemos ante nosotros; los económicos, los sociales y los políticos; los de hambre, los de desigualdad en todos los órdenes y los que nos plantea la supervivencia de tiranías espantosas, como la dominicana, la de Nicaragua y la de Paraguay.
Ahora bien, entre una revolución sin sangre, pero demorada, y una con sangre, pero inmediata, ¿qué han de preferir nuestros pueblos?
Sería osado hacer vaticinios. Las conmociones sociales se dan cuando las condiciones apropiadas hacen acto de presencia en la historia. No son materia de selección ni pueden prefabricarse.
Lo único que nos es dado ver es que al promediar el año 1961, nos hallamos en una situación muy parecida a la que teníamos en 1809, un año antes de que se iniciaran nuestras guerras de independencia. Las diferencias no aplacan, sino que acentúan la inclinación a pensar que hoy, como en 1809, estamos en vísperas de grandes cambios en la estructura profunda y en las formas visibles de nuestra vida social.
JUAN BOSCH
[Política: Teoría y Acción, Año 12, No. 130, enero-marzo de 1991. Escrito en Costa Rica el 15 de julio de 1961 y publicado en Cuadernos (París), No. 53, octubre de 1961]

 

PLD POST BOSCH, LOS NUEVOS PARADIGMAS

Diomedes Núñez Polanco

El PLD Post Bosch, los nuevos paradigmas, del periodista Rafael Grullón, nos coloca frente a una estimulante crónica de la vida partidaria y de la nación, justo cuando asistimos a un momento clave del Partido de la Liberación Dominicana. La obra está enmarcada en una etapa de transición de procesos internos de la organización, del país y del mundo.

El libro esboza cómo han ido conformándose los nuevos paradigmas en el PLD, a partir de que el profesor Juan Bosch renunciara, en julio de 1994, a sus funciones ejecutivas en la entidad fundada por él en diciembre de 1973; laque tendría como misión terminar la obra iniciada por Juan Pablo Duarte y los Trinitarios.

 

50 años después del derrocamiento de Juan Bosch

La hora de la justicia social y el presidente Danilo Medina:

50 años después del derrocamiento de Juan Bosch
                                                                        Necesitamos una profilaxis, en todo el cuerpo social dominicano
Escrito por: VICTOR GRIMALDI CÉSPEDES
De una Revolución Democrática, la posible, lo menos que puede esperarse es un tratamiento justo para la gran mayoría de dominicanos y dominicanas que han ido quedando rezagados con el pasar de los 50 años que ya casi han transcurrido desde que en 1963 fue derrocado el primer esfuerzo serio por hacer de nuestra Patria una tierra de libertad.
El golpe de Estado de 1963 frustró un proyecto de nación y sociedad abierta concebido sobre la base de un desarrollo económico sano e independiente de los recursos del país, pero la desviación mayor del objetivo boschista lo produjo en más de dos generaciones el efecto de la intervención norteamericana de 1965.
Desde entonces, hemos estado sometidos a un modelo de explotación y dominación social que ha excluido y marginado a las grandes masas del pueblo dominicano de una vida digna.
La alineación y la degradación moral de nuestra sociedad han sido el resultado de aquel proceso que se inició en 1963, bautizado con sangre desde 1965 y apadrinado por el darwinismo socio-económico neoliberal que sin ninguna criticidad hemos aceptado.
Si ciertos políticos han dado malos ejemplos de vida, los tomaron y los aprendieron del sistema de dominación y enajenación que se nos impuso como consecuencia del aborto histórico de 1963 y 1965.
Ahora se pretende criticar a todos los políticos, o a algunos políticos. Pero, cuidado cuando miramos hacia otros litorales.
No es verdad tampoco que todo es buen ejemplo en el sector no gubernamental o “no político”.
Los patrones de consumo y mal comportamiento malignos los han impuesto como modelos deseables ciertas figuras del “empresariado” que pagan y promueven hace tiempo la resistencia a la justicia social.
No hablemos de dispendio público sin mencionar el saqueo de nuestros recursos naturales y minerales, ni de los fraudes fabulosos bancarios conocidos ni de los otros fraudes encubiertos, ni de las cuentas de miles y miles de millones en el exterior y sus activos expatriados, ni del estilo de vida lujoso y dispendioso de la élite privada que debe sentirse avergonzada ante millones de seres humanos que han tenido que abandonar sus campos para habitar cinturones de miseria por el abuso y la injusticia del sistema económico y social que se le ha impuesto al pueblo dominicano.
Es verdad que necesitamos una profilaxis, pero en todo el cuerpo social dominicano, y aquellos que se crean limpios, que tiren la primera piedra, como dijo el Maestro.
Hoy vive una parte de la Humanidad una crisis social, con manifestaciones económicas evidentes, y comienza a verse un resquejabramiento de las ideas y supuestos que han prevalecido en los últimos decenios.
Estas señales deberían alertarnos a los dominicanos y dominicanas. La época presenta signos de cambios profundos paradigmáticos que se avecinan en todo el mundo.
Echemos al zafacón de la historia las hipocresías y simulaciones, sin dejarnos manipular por los oportunistas de siempre, y hagamos conciencia de que estamos de nuevo, como en 1963, frente al desafío de la justicia social.
Apoyemos el esfuerzo del presidente Danilo Medina y del Gobierno del Partido de la Liberación Dominicana y sus fuerzas aliadas.

Juan Bosch:“Mientras nosotros gobernemos, en República Dominicana no perecerá la libertad”

Discurso pronunciado por Juan Bosch en su juramentación ante la Asamblea Nacional como Presidente de la República Dominicana el 27 de febrero del 1963

 “Mientras nosotros gobernemos, en República Dominicana no perecerá la libertad”

El Doctor Segundo Armando González Tamayo y yo acabamos de jurar que desde nuestros cargos de Vicepresidente y Presidente de la República cumpliremos y haremos cumplir la Constitución y las leyes que nos gobiernan; y decimos con propiedad que nos gobiernan, porque en una democracia no debe haber más gobierno que el de las leyes, y los hombres, cualesquiera que sean sus posiciones están llamados a ser sólo ejecutores de esas leyes.
Ahora bien, al mismo tiempo que ejecutores de las leyes, nos toca ser representantes y defensores del pueblo; y en nombre de ese pueblo que está aquí, frente a nosotros, y también mucho más lejos, en ciudades y en “villorios” apartados, solicitamos del Congreso Nacional las leyes indispensables para afirmar en este país no sólo la democracia política, sino también la democracia económica y la justicia social. De ustedes senadores y diputados elegidos por el pueblo- sean del partido que sean-, el gobierno que se inicia hoy espera un trabajo continuo para darles a los dominicanos un puesto bajo el sol entre los países avanzados de América.
América nos observa con interés y con amor, como lo atestigua la presencia en este acto de gobernantes del Hemisferio y de visitantes distinguidos venidos de todos los confines americanos. Nunca antes se habían reunido en República Dominicana tantos hombres ilustres elegidos por sus pueblos para las más altas funciones de gobierno, tantos líderes de partidos populares, tantos representantes legítimos de la cultura continental. La feliz reunión de estos grandes señores de la política y del pensamiento, a todos los cuales debemos gratitud por el afán que pusieron en ayudarnos a ser libres, es sólo una muestra de ese interés y ese amor con que están mirándonos los pueblos hermanos del Hemisferio. Como país americano, debemos hacer uso inteligente de nuestros recursos políticos para dar a ese interés y a ese amor carácter oficial dentro del sistema regional de pactos y tratados que unen a todo el Continente, si echar en el olvido que los pueblos nuestros quieren actuar juntos en defensa de sus libertades democráticas pero al mismo tiempo tienen un vivo sentimiento de orgullo por el legado de soberanía nacional que recibieron de sus fundadores.
Como país americano nos hallamos en el centro de la gran corriente revolucionaria que está sacudiendo al Nuevo Mundo, y si tomamos en cuenta que esa fuerza poderosa es más potente en países que no pudieron desarrollarse a tiempo debido a que se lo impidieron las tiranías u otras fuerzas sociales negadas al progreso, debemos admitir que en República Dominicana estamos obligados a avanzar de prisa como sea posible hacerlo sin salirnos en momento alguno de las normas democráticas, las cuales exigen que se respete el derecho ajeno, porque si respeto al derecho ajeno no puede haber paz, y sin paz no puede haber bienestar para los millones de dominicanos que reclaman una mejor vida.  LEER MAS…

A 49 AÑOS DEL GOLPE DE ESTADO A BOSCH

Juany Uribe

Siempre he creído, y hoy, 49 años después de aquel 24 de septiembre de 1963 lo confirmo, que el Golpe de Estado que derrocó al Gobierno Constitucional del profesor Juan Bosch, torció el destino de la República Dominicana.

Los que, aprovechando  la oscuridad de la noche, perpetraron aquel crimen de lesa patria, no solamente depusieron el régimen que el pueblo libérrimamente se había  dado , sino que también sepultaron abruptamente los sueños de esperanza y de justicia social de toda una nación.   Con el Golpe de Estado se fueron la reforma agraria, los planes de educación, la practica de la honestidad y se fue el Presidente que hizo de su ejercicio una casa de cristal.

49 años cumple hoy aquella asonada que trajo después como consecuencia la Revolución  que dividió la familia dominicana en dos bandos irreconciliables: el que abogaba por el retorno a la constitucionalidad y el que, cuatro días después del estallido de abril, suplicaba al coloso del Norte el envío de sus tropas para defender  la patria de “los peligros del comunismo ateo”, muchos de los cuales vivos hoy ñtalvez agobiados por la vergüenza, pero no por el remordimientoó quieren que se olvide su traición. Cuarentinueve años han transcurrido  y en homenaje a Don Juan, reproduzco este párrafo de un discurso suyo del 23 de marzo de 1963: “Cuando tomé posesión del cargo de Presidente de la República lo hice en traje de calle, sin banda presidencial, sin honores militares, porque la democracia tiene que ser humilde. Uso automóvil particular, con placa particular, automóvil que no es de pescuezo largo, porque la democracia tiene que ser humilde. La humildad en mí no significa esfuerzo. Soy naturalmente humilde”.

Y, finalmente,  las palabras lapidarias que pronunció dos días después de su derrocamiento: “En siete meses de gobierno no hemos derramado una gota de sangre, ni hemos ordenado una tortura, ni hemos aceptado que un centavo del pueblo fuera a parar a manos de ladrones. Hemos permitido toda clase de libertades y hemos recibido toda clase de insultos porque la democracia debe ser tolerante; pero no hemos tolerado persecuciones, ni crímenes, ni torturas, ni huelgas ilegales, ni robos, porque la democracia respeta al ser humano y exige que se respete el orden público y demanda honestidad. Los hombres pueden caer, pero los principios no”.

LA GUERRA DE LAS GALAXIAS

Juan Bosch

Publicado en Política, teoría y acción, Año VI, N° 58, Santo Domingo,
Enero de 1985
“Los hechos  que tienen  importancia en la vida de un pueblo  no pueden verse  aislados… habría que ir mucho más  atrás porque todos los acontecimientos  históricos  tienen raíces múltiples  y algunas de ellas nacen mucho tiempo antes de lo que se ve a simple vista. Esto que acabamos de decir es lo que explica que a la hora de analizar cada momento de la historia  debemos  partir del  conjunto  de los hechos  anteriores”  Juan Bosch
Las grandes masas de los pueblos del Tercer Mundo oyen hablar de la Guerra de las Galaxias y no tienen idea de lo que significan esas palabras. Tal vez una minoría de personas, entre las cuales habría mayoría de niños, crean que se trata de aventuras protagonizadas por héroes de películas que batallan contra unos cuantos “malos” en las regiones más altas de los cielos porque han visto episodios cinematográficos o televisados en que toman parte hombres que cruzan por esas regiones armados de pistolas electrónicas y vestidos con trajes de brillantes colores y corte ultramoderno que se trasladan a fascinante velocidad de la Tierra a otros planetas persiguiendo a sus enemigos; pero la Guerra de las Galaxias a que se refieren los periódicos y las noticias de radio y televisión no tiene nada que ver con las películas y los cartones animados basados en ese tema. La Guerra de las Galaxias es el nombre que desde hace algún tiempo se les viene dando a unos planes militares que se basan en el uso de un poderío nuclear capaz de aniquilar la vida de los seres que pueblan el mundo en que vivimos con la probable excepción de una mayoría de los que viven en los mares; y para que el lector comprenda de dónde procede esa amenaza vamos a hacer una breve explicación de lo que es el poderío nuclear.
Antes del año 1945 un número muy corto de personas sabían que en la naturaleza había una fuente de energía llamada átomo y que el átomo consistía en cada uno de los pequeñísimos cuerpos eléctricos de que está constituida la materia, pero mucho menos se sabía, con la excepción de algunos grandes conocedores de las Ciencias Físicas, que de los átomos podía obtenerse una fuerza explosiva millones de veces más poderosa que la dinamita, que hasta entonces era el explosivo más potente que el hombre podía producir y controlar a su conveniencia; y sucedió que a mediados de julio de ese año 1945 un grupo de científicos que habían estado trabajando secretamente en un plan destinado a fabricar una bomba atómica, hizo estallar una de prueba en Álamo Gordo, un lugar de Nuevo México, Estados Unidos, y con esa prueba comenzó la Era Atómica es decir, una época nueva de la historia porque la explosión de Álamo Gordo demostró que a partir de ese momento la humanidad disponía de un poder energético cuya existencia había sido insospechada hasta entonces.
Ese poder podía usarse en la guerra para aniquilar militarmente al enemigo, pero también en la paz para ejecutar grandes proyectos de planes beneficiosos para la humanidad, y se usó en la guerra que se llevaba a cabo entre Estados Unidos y su aliada la Unión Soviética contra Japón. Esa era la parte final de la llamada Segunda Guerra Mundial, que había terminado en Europa con la rendición de Alemania el 8 de mayo de 1945 pero seguía en el Pacífico entre norteamericanos y soviéticos de una parte y japoneses de la otra. La bomba atómica fue usada por primera vez el 6 de agosto de ese año 1945, apenas tres semanas después de ser probada en Álamo Gordo; se lanzó sobre la ciudad de Hiroshima, donde además de matar por achicharramiento y por asfixia y de inutilizar por quemaduras profundas a más de 200 mil personas destruyó el centro de la ciudad, todo ello con una sola explosión de corta duración.
La posesión de la bomba atómica convirtió a Estados Unidos en la mayor potencia militar del mundo, pero no por mucho tiempo porque en 1949 la Unión Soviética anunció que había terminado el monopolio norteamericano del poder atómico, lo que significaba que los soviéticos habían fabricado también una bomba atómica y a partir de ese momento empezaría una carrera de competencia entre los dos países que acabaría colocando a la Unión Soviética en el mismo nivel de poderío militar que los Estados Unidos, y no sólo por su dominio de la energía atómica sino además el de la energía nuclear.
¿Cuál es la diferencia entre la energía atómica y la nuclear?
Que la segunda se manifiesta con mayor poder que la atómica porque es el resultado de la integración de un núcleo atómico creado por la unión de dos núcleos de masa más ligera, que se dividen mediante la llamada fisión nuclear. La energía nuclear no deja residuos radioactivos como los deja la atómica, pero además no se agota. La tecnología de la fusión y de la fisión nuclear fue descubierta años después de haberse fabricado la primera bomba atómica, y con ella los norteamericanos hicieron en 1952 la primera bomba termonuclear, cuya capacidad de destrucción era mil veces mayor que la que se lanzó sobre Hiroshima; pero los soviéticos habían avanzado en la física atómica tan de prisa que fabricaron su bomba termonuclear un año después, es decir, en 1953, y se adelantaron a Estados Unidos en la fabricación del primer cohete balístico intercontinental, es decir, que podía salir de territorio soviético y llegar en corto tiempo a cualquier lugar de  América del Norte llevando una bomba nuclear.
Ese cohete balístico fue terminado en 1957, año en el que la Unión Soviética produjo también el primer satélite espacial tripulado por hombres, que fue el conocido con el nombre de Sputnik, y así como la humanidad había entrado el 16 de julio de 1945 en la Era Atómica con la explosión en Álamo Gordo de la primera bomba hecha a base del poder explosivo de los átomos (que en ese caso fueron isótopos de átomos de plutonio), el 4 de octubre de 1957 se inició la Era Espacial con el lanzamiento en la Unión Soviética del Sputnik, y lo decimos para que el lector se dé cuenta de que para esa fecha, exactamente cuarenta años después de haber comenzado la Revolución Rusa, la sociedad que la inició cuando era una de las más atrasadas de los países de Occidente se había convertido en la competidora de la más desarrollada del mundo capitalista.
Pero para el 1957 la Doctrina Truman de la Guerra Fría tenía cinco años de lanzada y el gobierno de Eisenhower, sucesor de Truman, no iba a tolerar que esa doctrina quedara hundida en un mar de incapacidad norteamericana para mantener la supremacía nuclear sobre la Unión Soviética, de manera que Estados Unidos apareció construyendo en 1958 un cohete balístico intercontinental y un satélite tripulado por hombres y en 1960 navegaban por las aguas del Atlántico submarinos porta cohetes. Fue ocho años después cuando la Unión Soviética construyó submarinos del mismo tipo y en el mismo año (1968) fabricó cohetes de cabezas nucleares múltiples que llegaban con un retraso de dos años comparados con los que Estados Unidos había fabricado en 1966.
En el camino de la competencia se había ido muy lejos. La bomba de Hiroshima fue llevada a bordo de un avión que volaba a 360 millas por hora y en 1985 un cohete MX de cabezas nucleares múltiples viaja a razón de 15 mil millas por hora, pero además, mientras la bomba de Hiroshima mató e hirió a más de 200 mil personas la que lleva un MX puede matar, herir o inutilizar de por vida a varios millones porque la bomba de 1945 tenía un poder destructor equivalente a 15 mil toneladas de dinamita y un cohete nuclear actual lleva en su seno la capacidad aniquiladora de 5 millones de toneladas de ese explosivo.
El hecho de que la Unión Soviética diera muestras de que podía sobrepasar a Estados Unidos en la carrera de los armamentos nucleares como lo hizo al producir en 1957 el primer cohete balístico intercontinental, facilitó la apertura entre los dos grandes poderes de negociaciones para ponerles límite a la producción y el uso del armamento nuclear. Esas negociaciones condujeron a una cadena de acuerdos iniciada con el Tratado de la Antártida del año 1959 firmado por 26 gobiernos; el de 1963 mediante el cual se estableció una conexión telefónica directa entre Moscú y Washington para que los jefes de los gobiernos norteamericano y soviético pudieran entrar en contacto directo si se presentaba una situación de crisis que pusiera en peligro la paz mundial, y ese mismo año 111 gobiernos firmaron un Tratado que prohibía el uso de la atmósfera, el Espacio exterior y las aguas profundas para hacer en ellos pruebas de armamentos nucleares; en 1967 83 Estados se adhirieron a un Tratado que prohibía colocar armas nucleares en órbita terrestre y su estacionamiento en el  espacio exterior y 22 gobiernos latinoamericanos declararon sus territorios libres de posesión, almacenamiento o pruebas de armas nucleares; en el 1968 119 Estados firmaron un Tratado en el que se prohibía la transferencia a países que no tuvieran armamento nuclear de armas o de tecnología de ese tipo y además se comprometían a negociar para detener la carrera armamentista; en 1971 71 gobiernos acordaron prohibir pruebas submarinas de armamentos nucleares dentro de los límites de 12 millas fuera de sus costas.
Todos esos tratados indicaban que la posesión por parte de la Unión Soviética y de Estados Unidos de enormes arsenales nucleares preocupaba a gran parte de la humanidad, incluidas en ella las poblaciones de los dos poderosos países, y a partir de 1971, incluido ese año, los gobiernos norteamericanos
y soviético llevaron a cabo varios acuerdos; el de 1971 de medidas para evitar accidentes o uso no autorizado de armamento nuclear; el llamado SALT I, de 1972, que limitaba las áreas de estacionamiento a sólo dos en cada uno de los dos países para sistemas de cohetes antibalísticos y en una segunda etapa congelaba el número de submarinos lanzadores de cohetes balísticos intercontinentales; el Acuerdo 1973 para consulta de los dos gobiernos cuando hubiera peligro de una guerra nuclear; los dos Tratados de 1974 que prohibían las explosiones de prueba bajo tierra de bombas de más de 150 kilotones (equivalentes a 150 mil toneladas de dinamita) y las explosiones en grupos que sumaban más de mil 500 kilotones; y por último el Acuerdo SALT II de 1979 por el cual se limitaba el número de vehículos portadores de materiales nucleares estratégicos, lanzadores de cohetes de múltiples cabezas o de bombarderos con cohetes de múltiples cabezas o de bombarderos con cohetes crucero de largo alcance y prohibición de estacionar nuevos cohetes balísticos intercontinentales.
De esos Tratados y Acuerdos, Estados Unidos no ratificó los dos de 1974 ni el llamado SALT II; lo que hizo fue dedicarse a fabricar cohetes destinados a cercar desde países europeos a la Unión Soviética con la bomba de neutrones, destinada a matar soldados y población civil, pero sin causar daño alguno a los edificios o construcciones de otro tipo, y con los cohetes Pershing que pueden atravesar toda Europa y caer en Moscú  siete minutos después de haber sido disparados.
Con la llegada al poder en Estados Unidos de los líderes del Partido Republicano encabezados por Ronald Reagan, hecho que se produjo al empezar el año 1981, pasó a ser eje ejecutado un programa de gobierno cuya política exterior estaría vinculada a la producción de armas nucleares pero que en la campaña electoral de 1980 se expresaba en consignas que ocultaban esa vinculación. Lo que ofrecía el candidato presidencial republicano era la restauración del poderío de su país con lo cual aludía, sin mencionarlo, al poder militar, porque  referirse directamente al poder militar era una manera de referirse a la producción de nuevas armas nucleares.
“Estados Unidos debe negociar desde una posición de fuerza”, afirmaba Ronald Reagan después de haber asumido la presidencia del país; pero esa posición privilegiada sólo podía alcanzarse negociando con los gobiernos de Europa Occidental, miembros de la OTAN, es decir, aliados de América del
Norte, para lo cual se requería hallarse en posesión del aparato del Estado; y tan pronto llegó a la Casa Blanca, Reagan y sus hombres de confianza pusieron en práctica el plan de sus consejeros habían elaborado antes aún de que comenzara la campaña electoral, que consistía en instalar en Europa la nueva cohetería norteamericana y sobre todo la bomba de neutrones con lo cual quedaban sin valor los Tratados de 1974 y el llamado SALT IIcelebrados con la Unión Soviética y pasaba a adquirir su papel de propaganda política la locución Guerra de las Galaxias.
El significado de esa locución era, y sigue siendo, guerra llevada a cabo en el Espacio, fuera de la Tierra, en las regiones del Universo por donde vuelan día y noche sin ser advertidos por los pueblos del mundo unos aparatos portentosos, y a la vez poderosos, que desde las alturas de muchos kilómetros en que transitan pueden grabar conversaciones telefónicas y retratar un automóvil que rueda a lo largo de una carretera; que pueden acumular en computadoras los datos de todo lo que sus mecanismos de observación captan a la distancia en cualquier país, gracias a los cuales el gobierno que los usa tiene informaciones detalladas de cuanto pasa en un territorio dado.
Estados Unidos tiene el poderío que le confiere la posesión de aparatos nucleares de todo tipo y con ellos de los que le corresponden a una gran potencia espacial, pero la propiedad de tanta maquinaria portentosa no parece estar acompañada por una noción clara de los peligros que conlleva el uso de esos aparatos. Si los hombres que dirigen el Estado norteamericano tuvieran esa noción no alentarían el uso de una propaganda política como la que se hace estimulando la llamada
Guerra de las Galaxias, porque una guerra hecha con armamento nuclear en el Espacio terrestre destruirá la atmósfera que nos rodea, y sin esa atmósfera no podría haber vida en la Tierra.
No lo habría para los soviéticos, pero tampoco para los norteamericanos y mucho menos para los miles de millones de seres que forman la población de Tercer Mundo, entre los cuales estamos los dominicanos.
Santo Domingo,
18 de enero de 1985.

INTERVENCIÓN DEL PROFESOR JUAN BOSCH CONFERENCIA “SALVADOR ALLENDE”


Esta Conferencia no se convocó para discutir problemas de carácter ideológico sino problemas de carácter organizativo y métodos de trabajo.

Hasta aquí el resumen de lo que han dicho los compañeros.

Ahora entro yo a hablar.

El método de trabajo es uno de los dos puntos que hemos escogido como tema para celebrar esta Conferencia; el otro es elaboración de las estructuras orgánicas del Partido.

Debemos buscar un método de trabajo para el Partido. El Partido no tiene un método de trabajo.

Empecemos aclarando qué quiere decir método, es decir, la palabra método. Esa palabra quiere decir manera de hacer algo; manera de hacer una cosa o varias cosas para llegar a un fin. De lo que significa la palabra método debemos sacar en claro que lo que andamos buscando al tratar de hallar un método de trabajo para el Partido es una manera de trabajar dentro del Partido y dentro del Pueblo que nos asegure la existencia de un partido fuerte, de un partido bien organizado, de un partido que pueda llevar a cabo las muchas tareas que deberá cumplir el PLD.

Nuestro método de trabajo debe corresponder al tipo de sociedad en que estamos viviendo; no debe ser ni más atrasado ni más avanzado que nuestra sociedad porque si lo fuera el medio lo rechazaría; es más, si fuera más avanzado que el nivel de nuestra sociedad no tendríamos gente en el país con quienes aplicarlo, porque ¿de dónde saldrían los dominicanos que lo pondrían en ejecución? Los dominicanos son dominicanos, unos iguales a los otros aunque haya diferencias particulares. Pero nuestro método de trabajo debe de corresponder también a las aspiraciones del Partido, a lo que sienten y piensan los hombres y las mujeres del PLD, que no es lo mismo que lo que piensan los hombres y las mujeres del PRD o de los partidos populistas. Para cumplir esas dos condiciones a las que acabo de referirme se necesita que él método de trabajo del Partido sea a la vez colectivo o de grupo, esto es, combinado, discutido, aprobado y llevado a cabo por organismos del Partido, no por una sola persona, y al mismo tiempo siguiendo un proceso que corresponda a la ley fundamental de los cambios revolucionarios.

Todo lo que acabo de decir lo resumo en estas palabras: el Partido debe adoptar el método de trabajo en equipo o de grupo y debe idear o planear sus tareas y llevarlas a cabo siguiendo en todos los casos el principio de partir de lo particular hacia lo general y que de lo general sea enviado de nuevo a lo particular para que el o los acuerdos tomados con sentido general sean aplicados en cada caso concreto 0 particular con medidas concretas o particulares. Esas palabras quieren decir que la idea de hacer una cosa cualquiera no debe salir de la cabeza de un miembro del Partido para convertirse inmediatamente en hecho o en realidad, sino que debe salir de la cabeza de un compañero y pasar a ser discutida por el organismo del Partido al que pertenece ese compañero, y ese organismo (digamos, por ejemplo, el Comité de Base o Intermedio o el Comité Central) vería esa idea o mejor dicho la estudiaría, desde el punto de vista de la experiencia y los conocimientos que le corresponden a él como organismo que representa un núcleo o una parte del Partido, o lo que es lo mismo, vería la proposición desde el punto de vista de un sector particular del PLD; y si se trata de una idea que tenga importancia política más amplia que la que le corresponde a ese organismo, pasaría a un organismo superior o a varios organismos superiores para ser discutida en los niveles que le corresponden, por ejemplo, en el nivel municipal, en el provincial o en el nacional; y esa idea, una vez discutida y aprobada o ampliada en el nivel que le corresponda, pasaría a ser puesta en práctica tomando en cuenta las características particulares del lugar, del organismo o del caso donde va a ser aplicada.

Siguiendo ese método de trabajo el Partido mejoraría y aprovecharía para su avance político y para beneficio del Pueblo todas las ideas que se les ocurrieran a todos sus miembros, con lo cual se estimularía la capacidad creadora de cada uno de ellos, pero al mismo tiempo se desarrollaría la capacidad crítica y de análisis de todos los miembros, porque todos tendrían que enjuiciar las ideas de sus compañeros, y a la vez se desarrollaría la capacidad de todos ellos para poner en práctica en el seno del Pueblo las ideas aprobadas. Con todo eso que acabo de decir se obtendría como resultado una cosecha de mentalidades independientes, y hombres y mujeres con dotes ejecutivas, o lo que es lo mismo, el Partido acabaría siendo un partido de líderes de todos los niveles, todos ellos dedicados a una gran tarea conjunta en la cual cada quien trabajaría en la parte que le tocara usando sus mejores facultades personales para llevar esa parte a su fin sin estorbar o perjudicar los fines generales del Partido.

Con el método que propongo, compañeros, se tomaría cada caso que llamara la atención de un miembro o de un grupo de miembros del Partido (y naturalmente, llamaría la atención como caso particular), y se llevaría a un organismo que lo trataría y lo discutirla, pero ya como caso general; general (fíjense bien) para todo un barrio o un municipio o lo que sea, y al tratarlo y discutirlo como caso general, al tomar un acuerdo sobre la manera de resolver ese caso, quedarían establecidas las formas de aplicación del acuerdo en el sentido particular. Es como ustedes pueden ver, la idea va de lo particular a lo general y de lo general a lo particular; vuelve en otra forma, pues de lo particular llegó a lo general como una idea de hacer un periódico y de lo general vuelve a lo particular como un periódico hecho que tiene que ser vendido, porque todas las cosas se transforman, compañeros; hay un proceso de transformación constante en todas las cosas; lo que va de lo particular a lo general es una cosa, no solamente en el caso del periódico sino en todos los casos, y lo que vuelve de lo general a lo particular es otra cosa; o mejor dicho, es la misma cosa transformada; es la idea del periódico convertida en periódico, y lo que allá en Villa Riva fue una idea, vuelve a Villa Riva para provocar la formación de una organización del Partido dedicada a vender la idea de hacer

Ahora entramos en el caso de las estructuras orgánicas.

¿Para qué debemos organizarnos?

Para varias cosas, según sean las etapas que debemos recorrer para llegar a nuestra meta. Esa meta es la liberación nacional. Así, los invito a que veamos al Partido como un cuerpo en desarrollo, un cuerpo que debe crecer física y mentalmente, un cuerpo que debemos alimentar y cuidar para que adquiera fuerzas y al mismo tiempo adquiera conocimientos y acumule experiencias y para que vaya creando ideas y carácter.

Cuando tengamos un partido fuerte ideológicamente y en número y en organización, habremos cumplido la primera parte de nuestras obligaciones, y entonces podremos lanzarnos a la conquista de nuestras metas políticas. Mientras no llegue ese día debemos vivir probándonos en la teoría y en la práctica, y en esa prueba diaria probaremos nuestro método de trabajo y nuestras estructuras orgánicas. La vida diaria es la que nos dirá si el método de trabajo es bueno o es malo o si se aplica bien o se aplica mal (porque puede ser bueno y aplicarse mal, y puede ser bueno y aplicarse bien). La prueba nos dirá en qué medida debemos mejorar nuestro método de trabajo y también en qué medida debemos mejorar o cambiar nuestras estructuras orgánicas, pero esas estructuras orgánicas deben partir, como dijo el compañero Cesar López, de una plataforma de acción.

¿Cuál debe ser en este momento, ahora mismo, la finalidad inmediata de nuestro, trabajo?  La construcción del Partido. En este momento lo más importante para nosotros es que construyamos un partido que actúe en todo el país, aunque sea a base de núcleos de trabajo en aquellos lugares donde no haya los peledeístas necesarios para formar los Comités Municipales o de Base. Para construir el Partido tenemos que organizar en cada campo, en cada pueblo, en cada ciudad o barrio del país a las mujeres y a los hombres que simpaticen con nosotros, y ese trabajo puede hacerse mediante la discusión de los problemas políticos, económicos o de otra índole del campo, del Pueblo, de la ciudad, del barrio, del país o de otros países; la discusión de nuestros hombres y mujeres con la gente del Pueblo. Y puede hacerse utilizando diversas maneras de acercarse a la gente; por ejemplo, tratando de venderle a una persona un folleto, un periódico, una insignia del Partido o un retrato. Ahora bien, la venta de un folleto o de un periódico o de un ticket no debe hacerse con el simple criterio de recaudar dinero; el folleto último que publicamos fue vendido con la idea de Mientras tanto, nuestros militantes, aunque se trate de uno solo en un lugar determinado, deberán esforzarse en conocer los problemas concretos de las gentes de ese lugar, y deberán hacer lo que sea necesario para convertirse en sus líderes; en los que guían, aconsejan y ayudan a esas personas, porque así ganarán la confianza de los que los rodean y podrán escoger entre ellos a los mejores para formar el núcleo del Partido. Si es un solo peledeísta el que está en un campo, o en un pueblo, ayudando a la gente, interesándose en sus problemas, ese peledeísta puede distinguir cuáles son las dos mejores personas del lugar y deberá hacer esfuerzos para captarlas para el Partido, y con ellas debe formar un núcleo del Partido en ese lugar (teniendo siempre en cuenta que hay gente que por razones de clase no entrarán en el PLD por nada del mundo). Ese núcleo deberá comenzar siendo un círculo de estudio, aunque esté compuesto por dos, o tres personas nada más, pero un círculo de estudio en que además de estudiar sus miembros hagan todos los trabajos que corresponden al núcleo de trabajo. Todavía están en el nivel de simpatizantes, pero hay que ponerlos a trabajar como si fueran militantes Para pasar a un Comité de Base una persona tiene que trabajar, tiene que demostrar capacidad y vocación de lucha y firmeza, y los aspirantes a miembros del Partido deben trabajar en un círculo de estudio todo el tiempo necesario para desarrollarse y para demostrar que tienen esas cualidades. Me parece a mí que no todas las estructuras del Partido deben corresponder a la escala de los organismos que van desde los círculos de estudio hasta el Comité Central. Hay lugares donde pueden establecerse Comités de Base, Comités Intermedios, Comités Municipales, pero hay otros en los que no se puede. Y no solamente por razón de que no haya gente, suficiente para hacer de ellos miembros del PLD en el número necesario para formar organismos del Partido, sino por otras razones. Esos otros organismos que no sean Comités de Base y que no sean Comités Municipales podrán llamarse de cualquier manera; podrán llamarse club de softball, de volibol, de dominó o de lo que sea, porque lo importante no es como se llamen; lo importante es que existan como células del Partido, que en los últimos rincones del país haya esas células, y en muchos lugares podrá formarse un equipo de dominó o de cualquier otro juego o deporte. Lo importante es, repito, que el Partido exista; que por dondequiera haya organismo o células del Partido y que a partir de unos y de otras se formen más y se desarrollen los que haya. En un país como éste, en cualquier momento se presenta la necesidad de que haya quien pueda decirle a la gente: “Vamos por aquí”; y para que el que lo diga sea seguido hace falta que resulte ser no sólo el mejor jugador de dominó sino, sobre todo el que ante cualquier problema actuó mejor y con más decisión; porque fue el que cuando  hizo falta, buscó inmediatamente al médico o calentó el agua cuando se presentó el parto de la señora de la casa. Ese compañero se había hecho líder sin que los demás se dieran cuenta, resolviendo los problemas de las familias del campito o del pueblecito. darle su voto a un candidato a miembro del Comité Central, pero si en la región de donde llega ese delegado sólo hay 3 Comités de Base, ¿qué representatividad tiene ese delegado para darle su voto a ese candidato? ¿Por qué tiene ese delegado que estar en capacidad de votar por un miembro del Comité Central, y hasta de proponer a Fulano para miembro del Comité Central, cuando en realidad está representando a una base del Partido que es mínima, que apenas existe? Es decir, hay que establecer un sistema que nos permita llevar a los organismos del Partido a personas que tengan relación verdadera con la base, que no sean líderes formados arriba, sino que tengan relación con la base. Siguiendo ese procedimiento, deberían elegirse los delegados para el Congreso del Partido, porque si fueran elegidos por delegados de los Comités de Base, todos los comités, desde los Municipales hasta el Central (y todos los Congresos), serían de verdad representativos de la totalidad del Partido: los Comités Municipales lo serían de la totalidad del Partido en el municipio, los Regionales de la totalidad del Partido en la región, y el Congreso Nacional de la totalidad del Partido en el país. El Comité Político debe seguir siendo elegido por el Comité Central porque el Comité Político es una parte y a la vez un representante del Comité Central. Como el Comité Central no puede trabajar en conjunto, no puede hacer el trabajo diario que le corresponde, elige un número de sus miembros para que en nombre suyo, en lugar, suyo, haga ese trabajo. Pero yo creo que además del Comité Político el Comité Central debe elegir un Comité de Control, que sería el encargado de velar por el cumplimiento de los Estatutos y de los planes de trabajo, sin que pueda inmiscuirse en las tareas de los Departamentos, y al mismo tiempo ese comité sería el encargado de someterle al Comité Central proposiciones disciplinarias y la reforma de organismos. Ese comité tendría menos poder que el que propuso el compañero Andón Ajar, pero me parece que es muy necesario para mantener el buen funcionamiento del Partido. Muchos compañeros han propuesto que se extienda a todos los niveles el sistema de celebrar conferencias cada tres meses y esa idea debe ponerse en práctica, pero debe elaborarse un reglamento sencillo para la celebración de las conferencias. El Partido debe institucionalizar sin pérdida de tiempo las reuniones familiares a que me referí antes. Hay que hacer del peledeísmo una escuela de convivencia, que atraiga a los que en nuestro país desean integrarse en círculos amplios, serios y limpios de hombres mujeres con preocupaciones patrióticas y sensibilidad social. Estas son ideas generales, que junto con las otras ideas generales que se han expuesto en esta conferencia pueden proporcionar algún tipo de reforma de las estructuras orgánicas, pero partiendo del principio de que las estructuras orgánicas que nos demos ahora deben ser consideradas como pasajeras porque solamente la práctica diaria nos dirá si esas estructuras serán buenas o serán malas, serán apropiadas o no lo, serán para las etapas posteriores, las que tendremos por delante después que hayamos cumplido la tarea de desarrollar el Partido.

Compañeros, buenas tardes para todos.

Santo Domingo, D. N.

11 de mayo de 1974.

CONCLUSIONES: Conferencia “Salvador Allende”

Yo propongo concretamente que toda la parte que se refiere al centralismo democrático de esta proposición del acápite b) sea tomada en cuenta como una recomendación para que en el Partido se ponga en ejecución el método de trabajo que se llama centralismo democrático.

“Que todo el esfuerzo político del Partido vaya dirigido a crear las bases para ser una fundamental fuerza de masas, con política de masas, desde una sólida organización de cuadros”.

“Que se disponga que la educación política sea un requisito que determine la militancia dentro del Partido y que por tanto sea obligatoria, y que en el momento actual, a mayor nivel organizativo corresponda una mayor intensificación y profundización de los estudios, cuyos planes es deber y obligación de la Comisión Nacional de Educación, elaborarlos y hacerlos cumplir”. También puede integrarse en este acápite,

 Y es muy importante que se sepa, compañeros, que no puede haber partido en ningún país sin un líder nacional que imponga respeto; eso es una ley de la actividad política; así como no puede haber partido, realmente partido, sin una doctrina, sin ideología y sin organización. Esas tres condiciones son absolutamente indispensables para que haya un partido verdadero: líder nacional, doctrina y organización; y la organización requiere líderes intermedios.

Y en el caso nuestro, de acuerdo con mi opinión, la organización requiere, no líderes intermedios, sino un partido de líderes, de lo cual hablaremos después. Así es que nosotros sí estamos en capacidad de atraer al PLD a toda esa gente a la cual se refiere Amiro, y creo que sería bueno que los compañeros aquí presentes tomarán en cuenta esta advertencia de Amiro para que donde quiera que vean una persona que ustedes saben que cabe dentro de estas definiciones de Amiro, se le acerquen y hagan contacto con ella.

El líder político, el cuadro político, el dirigente político, cualquiera que sea su nivel, tiene que tener el don de crear salidas, soluciones a los problemas que se presentan, y crear esas soluciones inmediatamente, sobre el terreno.

 Nosotros le llamamos habitualmente líder al líder que está en un nivel muy alto, pero líder es todo el que dirige gente, por ejemplo, el cabo de una escuadra es el líder de esa escuadra en el ejército, y el sargento es el líder de un pelotón, y el teniente es el líder de un destacamento y el capitán es el líder de una compañía; es decir, en cada grupo, en cada grupo social, o político o militar hay un líder de acuerdo con el nivel de ese grupo. Y a eso era a lo que me refería cuando decía que nosotros debíamos formar un partido de líderes, un partido que dirija a las masas, pero que esté formado por líderes, es decir, que no haya entre nosotros un hombre que siga a los demás sino que todos los peledeístas sean hombres y mujeres capaces de dirigir a otros, aunque sea de dirigir a ocho, uno, y otro de dirigir a veinticinco y otro de dirigir a diez mil y otro de dirigir a un pueblo entero, pero que todos seamos capaces de dirigir y formar políticamente a los miembros del Partido; (…) de tal manera que tengamos suficiente y de sobra con mil hombres. Mil hombres con capacidad de dirección pueden dirigir a este pueblo; a este pueblo y a cualquier pueblo, pero a éste, sobre todo, que es políticamente muy inocente, pero que tiene un instinto político claro y sigue al que lo dirige bien.

Aquí se ha pensado mucho en los organismos y no en la posición de los hombres en los organismos; es decir, aquí se ha hablado mucho de si los Comités Municipales deben desaparecer o deben no desaparecer, de que deben mantenerse tal como están o debe reducirse su número; es decir, se ha pensado mucho en los Comités, pero en lo que no se ha pensado es en que debemos establecer como principio. Todos los miembros del Partido deben pertenecer a algún organismo del Partido. No puede haber un miembro del Partido que no sea miembro de un organismo del Partido. En un Departamento no se hace la política diaria del Partido. En un Departamento se hace una labor técnica, una labor determinada, pero no la política diaria del Partido. y nosotros tenemos que establecer eso como un principio de organización del Partido. Ya el Partido no puede seguir teniendo miembros que no sean miembros de sus organismos. En cuanto a la política de frente de masas, creo que el Partido tiene que definir eso, pero el Partido tiene que definir eso después que esté organizado, porque actualmente el Partido no puede atender a su propia organización, a su propio desarrollo y además a cualquier frente de masas. El Partido tiene que formar sus cuadros, formarse a sí mismo, desarrollarse, y cuando tenga gente, aunque sea uno solo para cada frente, entonces podrá atender a los frentes de masas. Dedicarles atención a los frentes de masas, pero debemos dedicársela cuando ya tengamos la gente que hace falta para atender a los frentes de masas. Sí, hay que definir la política de los frentes de masas, pero primero hay que formar a las personas, a los líderes que van a trabajar en esos frentes de masas; es decir, creo que la primera obligación de todos nosotros es desarrollar el Partido.

Es bueno tener presente, sobre todo deben tenerla presente los partidarios del centralismo democrático. Dijo Felucho que el centralismo democrático tiene una contrapartida que consiste en la disciplina consciente; que para poder mantener esa disciplina consciente se debe tener en cuenta que los cuadros se forman en la lucha, pero también participando en la elaboración de las decisiones que les corresponden; es decir, ellos van a la lucha pero aprenden a formular la línea política que dirige esa lucha; se forman como líderes, y al formarse como líderes es lógico que desarrollan también conciencia de la disciplina, y eso hay que hacerlo en todos los niveles para mantener el centralismo democrático como uno de los métodos básicos de trabajo del Partido.

El compañero Pantaleón propuso que cada militante organice núcleos del Partido conquistando nuevos miembros, que forme con ellos círculos, de estudio y que además los ponga a cotizar, y que entre esos organizadores estén también los miembros del Comité Central. Bien, yo creo que sí, que los militantes deben dedicarse a eso, porque ésa es la tarea que nos toca ahora en este momento, la tarea de ampliar el Partido, de fortalecer al Partido.

Pues hay que saber con qué elementos humanos se cuenta. Precisamente, ahí está nuestro problema. No solamente no sabemos con cuántos elementos humanos contamos, sino que nos damos cuenta de que no contamos con los que necesitamos, pero tenemos que hacer esa evaluación. La tenemos que hacer y hace ya más de un mes que el compañero Tonito Abreu me viene hablando de la necesidad de hacer una evaluación.

Un Comité Municipal debe tener el número de miembros que requiera para llenar sus necesidades. No tiene que ser un número fijo. ¿Por qué va a ser un número fijo? ¿O es que acaso el comité de Cívicos tiene que ser igual al comité de San Pedro de Macorís o de San Juan de la Maguana? ¿Por qué razón? Nosotros tenemos ideas absurdas de ciertas cosas porque no pensamos en términos relativos; por ejemplo, nosotros les llamamos habitantes urbanos a los habitantes de Cívicos, y Cívicos es más pequeño que muchísimas secciones rurales. En este país hay muchísimas secciones rurales que tienen dos veces los habitantes que tiene Cívicos y el número de casas que tiene Cívicos. Pero consideramos a Cívicos como un municipio y le aplicamos la regla, la regla fija de que un Comité Municipal debe tener 17 miembros.  Si nosotros pudiéramos encontrar en un pueblo como Cívicos 17 peledeístas capaces de trabajar como tienen que trabajar los miembros de un Comité Municipal, entonces el PLD sería un monstruo. Es probable que en Cívicos encontremos un compañero, y si acaso dos compañeros; entonces el Comité Municipal o el organismo que lo sustituya en Cívicos, debe tener un compañero o dos compañeros. ¿No hay para más? Pues no hay para más, pero allí no debe faltar el PLD. El PLD debe estar presente allí, en alguna forma. No debemos establecer reglas fijas para eso. ¿Para cubrir ésta y ésta y ésta tarea hacen falta tres compañeros? Buscaremos la manera de que aparezcan tres compañeros en Cívicos, si no uno solo tendrá que hacer los trabajos en Cívicos.

Explicó que para llegar a nuestra finalidad hay un solo camino, que es la unidad del Pueblo, y a eso se llega mediante la comunicación y el trabajo del Partido en el seno del Pueblo, lo que a su vez se logra con tareas cortas, una tras otra. Propuso crear una estructura orgánica que esté siempre comunicada y dio el ejemplo de la mano que se mueve en varias direcciones pero siempre está comunicada con el brazo, y dijo con muy buen criterio que la estructura orgánica depende de las actividades que realice el Partido. Entonces debe establecerse cuáles son o deben ser nuestras actividades. El trabajo nos une dentro del Partido; cuando no hay trabajo nos separamos. Y efectivamente, así es. Son nuestras actividades, es lo que vamos a hacer lo que determina lo que debemos ser como organización. Ya recordarán ustedes que estuve hablando hace un rato de que debemos ver lo qué vamos a hacer en etapas; la primera etapa que tenemos por delante es desarrollar el Partido. Entonces, toda nuestra fuerza, toda nuestra capacidad deben estar dirigidas al desarrollo del Partido. Mientras no desarrollemos el Partido no podemos pensar en que vamos a hacer algo útil para el país. No vamos a poder hacer la revolución si no hay partido que haga la revolución.

Cuando a nosotros nos toque la hora de afiliar gente en el Partido, tenemos que tomar en cuenta esa enseñanza del PRD. ¿Cuántos miembros de comités del PRD no trabajaban? Eran siempre la mayoría; la mayoría no trabajaba. Por eso nosotros, que no podíamos echar abajo totalmente los estatutos del PRD, inventamos la Comisión Ejecutiva, para meter en la Comisión Ejecutiva al grupo que trabajaba. Ese era para nosotros realmente el Comité Municipal o el Comité del Distrito. Cuando llegue la hora de afiliar miembros, nosotros no podemos aceptar en el Partido a los que no sean militantes (cuando digo que no sean militantes no me refiero a que no sean militantes desde el punto de vista de los requerimientos del Partido, debe establecerse cuáles son o deben ser nuestras actividades. El trabajo nos une dentro del Partido; cuando no hay trabajo nos separamos. Y efectivamente, así es. Son nuestras actividades, es lo que vamos a hacer lo que determina lo que debemos ser como organización. Ya recordarán ustedes que estuve hablando hace un rato de que debemos ver lo qué vamos a hacer en etapas; la primera etapa que tenemos por delante es desarrollar el Partido. Entonces, toda nuestra fuerza, toda nuestra capacidad deben estar dirigidas al desarrollo del Partido. Mientras no desarrollemos el Partido no podemos pensar en que vamos a hacer algo útil para el país. No vamos a poder hacer la revolución si no hay partido que haga la revolución

Como ustedes acaban de oír, yo propongo que esa convivencia pase del terreno político y entre en el terreno amistoso, que nos acostumbremos a reunirnos cada vez que tengamos un tiempo libre y especialmente los días de fiesta y los domingos, y que nos reunamos familiarmente.

Dentro de su organismo un miembro del Partido representa lo particular porque él es parte o partícula de ese organismo, y explicamos que el organismo es la unidad básica del Partido porque el PLD es un partido de organismos, no de personas. Pues bien, un plan de trabajo se forma como una idea en la cabeza de un miembro del Partido, que es lo particular, y pasa a lo general cuando el organismo lo hace suyo aunque antes de hacerlo suyo lo haya modificado; y ahí tenemos que en su primera etapa ese plan pasó de lo particular a lo general, pero debemos aclarar que pasó a lo general dentro de un nivel determinado, lo que llamaremos el primer nivel de las estructuras del Partido; porque si es verdad que un organismo, digamos, un Comité de Base, es lo general para los individuos que lo forman, al mismo tiempo es lo particular para su organismo superior si en un partido como el PLD se les consintiera a los compañeros hacer las cosas como le diera la gana a cada uno; o digamos mejor, si se le permitiera a cada quien inventar un método de trabajo personal para cada tarea del Partido, se pondrían en peligro de muerte la disciplina y la mística del peledeísmo, porque cuando se trata de un partido de organismos, y no de individuos, como es el nuestro, hay entre las dos una relación tan estrecha que no podría haber disciplina donde faltara la mística, pero tampoco podría haber mística donde faltara la disciplina, y nadie puede imponer la disciplina allí donde trabajando en una misma tarea cada quien la lleva a cabo como le parece, no como debe hacerse.

El método de trabajo es el alma misma de la disciplina, y la disciplina genera la unidad, pero para mantener la unidad viva no podemos confiar únicamente en la ejecución de los métodos de trabajo; hay que alimentar sin tregua la mística de la organización. Esa es una enseñanza que hallamos en la historia de dos actividades muy viejas: la militar y la religiosa.

Los ejércitos y las organizaciones religiosas se mantienen unidos gracias a su disciplina y a su mística; y en los unos y en las otras se han aplicado tradicionalmente métodos iguales para los soldados de todos los países y métodos iguales o muy parecidos para los sacerdotes y los fieles de todas las religiones.

Cuando a un soldado romano se le daba una orden similar a la que se le da a un soldado francés (por ejemplo, la de comenzar la marcha), aquél la cumplía hace dos mil años con tanta precisión como la cumple éste hoy: y cuando un sacerdote del culto griego celebraba un rito ante uno de sus dioses lo hacía con el mismo ritmo y el mismo aparato con que un sacerdote de la India celebra el suyo ante Visnú. Hay, pues, un lazo de unión entre la disciplina y la mística, y ese lazo es el método de trabajo; y como del papel que juegan la disciplina y la mística depende la unidad, nos vemos forzados a admitir que para mantener la unidad del Partido, lo que equivale a decir su vida, tenemos que dedicarles mucha atención y mucha energía a los métodos de trabajo.

Los miembros del Partido serán los que habiendo pasado por un período de práctica y formación política aprueben los propósitos programáticos del Partido y sus estatutos, militen en un organismo y cumplan con los requisitos personales y morales que exige la condición revolucionaria.

   “(…) muy bien podría suceder que algunos por ahí crea que la conciencia política se desarrolla leyendo libros y aprendiéndose de memoria todo lo que dicen esos libros o repitiendo como cotorros lo que dijeron sus autores, digamos, por ejemplo, hombres como Marx  y como Engels. Sí, hay que leer esos libros, pero hay que leerlos e incorporar las ideas que se exponen en ellos a nuestro mundo interior, es decir, a nuestra manera de pensar, sentir y actuar. Hay que leerlos de tal manera que sustituyamos con lo que ellos nos enseñan lo que no puede enseñarnos nuestra sociedad, que precisamente por ser poco desarrollada en el orden clasista no puede proporcionarnos muchísimas enseñanzas que otras sociedades más desarrolladas les dan a sus pueblos mediante la práctica diaria de la vida.”   Juan Bosch.