Recordando a Rosa Duarte en el día internacional de la mujer

ROSA DUARTE HERMANA DEL PATRICIO  JUAN PABLO DUARTE

Por Domingo  Núñez  Polanco

En este día Internacional  de la mujer, la mujer- madre  es  la que engendra una vida y durante nueve meses  la lleva en su vientre desparramando ternura a todo dar a ese ser que saldrá de sus entrañas que por toda una vida será la razón de su existir. Pero hay algo que demos significar,  una madre  para sentir  el profundo amor filial no necesita que alguna criatura nazca de entre su vientre, sienten igual y no en pocos casos un sentimiento de mayor profundidad. En la historia Dominicana, hay un caso semejante; se trata de Rosa Duarte, la hermana del patricio Juan Pablo Duarte, no tuvo hijos, pero para ella los hijos de esta patria lo eran por igual. Hoy queremos recordar a Rosa Duarte en nombre de todas las madres dominicanas.
Rosa Duarte además del altísimo honor de ser hermana del Padre de la Patria y fundador de la República, Rosa Duarte, figura en la historia como una de las mujeres que estuvieron al tanto de los secretos revolucionarios de los patriotas independentistas, para los cuales supo convertir en balas las planchas de plomo que había en el almacén de su padre, y a su acuciosidad y a su amor debe la historia nacional el valioso documento que se conoce con el nombre de Diario de Rosa Duarte. Destaca el ardiente amor de la revolucionaria por el suelo donde nació, por cuya libertad derramó amargas lágrimas, sufrió persecuciones, perdió sus bienes, padeció destierro perpetuo en unión de su madre, de sus hermanos, hermanas y sobrinos y vio desvanecerse las ilusiones de su juventud al quedar sin novio, fusilado junto a las tapias del cementerio de El Seíbo.
“Si hay una dominicana digna de la consagración del mármol esa es Rosa Duarte: por su vida y su obra, por sus padecimientos, por su permanente consagración a esa angustiosa vida de dolores de quien se entrega, como ella, a los recuerdos de la Patria y sufre en carne viva sus inacabables infortunios”, escribió Rodríguez Demorizi quien editó y anotó los Apuntes que la virtuosa hermana del patricio tuvo la visión de conservar porque son “el punto de partida, la primera fuente y la base por excelencia para emprender cualquier indagación y análisis referentes” a Juan Pablo Duarte.
No nos olvidemos de Rosa Duarte quien con sus Apuntes nos legó un relato de primera mano sobre los acontecimientos del 27 de Febrero.
Rosa Duarte ha merecido el reconocimiento de una calle de Gascue, nombrada así por iniciativa del regidor Alberto Arredondo Miura, el veintisiete de enero de 1930. El acto de bendición y colocación de  rótulos se efectuó el quince de julio de ese año. A los acordes del Himno Nacional, el entonces presidente del Ayuntamiento descubrió una tarja de mármol con el nombre de la llamada “heroína del sacrificio”. la entrega de Rosa a proteger y cuidar a la madre y a los hermanos, la devoción y admiración que manifiesta por Juan Pablo, el desprendimiento al aceptar vender las propiedades heredadas para invertir en la lucha por la independencia y el paciente amor hacia Manuel, el hermano que enloqueció en el exilio. “Es una mujer sui generis para la época, en todo momento pienso en ella como en una mártir. Mujer de talento natural y de virtudes sobresalientes, supo conservar hasta el fin de sus días en estado de pureza, todos los sentimientos nobles y delicados que le inculcaron sus padres con una educación esmerada, habiendo rendido siempre un culto especial al que entre sus deudos era don natural: el del patriotismo, que no pudieron mitigar en ella ni la injusticia de los hombres ni el rigor del infortunio” (Quisqueya Lora)De Rosa se conoce una foto de juventud y un óleo en edad adulta que se exhibe en el Instituto Duartiano. “Hay unos paradigmas creados en función de las grandes gestas militares, las acciones de poder, de fuerza, y quizá hay muy pocas mujeres que puedan competir, creo que hay grandeza a todos los niveles, Rosa jugó su papel, incluso, hasta en su papel maternal hubo grandeza”.Considera Lora Hugi que la figura de la hermana predilecta de Duarte “merece mayor estudio y entiende que el honor de la calle “es significativo, pero no suficiente. A los historiadores les toca incluirla en el relato histórico, que cuando se lea sobre la gesta independentista no sólo se piense en la Puerta del Conde, en el Trabucazo, sino en esa mujer excepcional que también fue un gran apoyo para Duarte y que poseía una capacidad de percepción del valor histórico, del gesto duartiano, trascendente y significativo. Si no hubiera sido por su libro, pocas noticias tuviéramos del Padre de la Patria, los amigos escribieron pero ella tenía un conocimiento de él diferente, por ser la hermana, porque la vivencia al lado de  Duarte, fue otra”.
El 26 de octubre de 1888 falleció en la calle Sur 1, casa 129, de Caracas, a causa de disentería. Al año murió su hermana Francisca y un año después, el ocho de agosto de 1890 murió Manuel, también en Caracas, con cuya partida desapareció por completo la familia Duarte Diez.
 “La que mantuvo mayor comunicación y contacto con su hermano, y quizás por eso el documento fundamental para escribir sobre la vida de Duarte, desde el punto de partida de los historiadores, es el códice que se conoce como Diario de Rosa Duarte” (Juan Daniel Balcácer)
A Rosa le tocó además vivir con Juan Pablo en Venezuela desde 1872 hasta su fallecimiento. Fue precisamente ella quien, junto a sus demás hermanas, estuvo con él en su lecho de muerte hasta que esta ocurrió por fin el año 1876.
 Domingo  Núñez  Polanco
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‘Putin y el rescate de la gran Rusia.

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‘Putin, el nuevo imperio’ © Sputnik/ Alexey Druzhinin

Uno de los canales de televisión más populares de Francia emitió el 15 de diciembre un documental de Jean-Michel Carré titulado ‘Putin, el nuevo imperio’. La cinta aporta una visión de Rusia y su líder poco extendida entre los principales medios occidentales.

© YOUTUBE/ MOVIES FAN
Tres películas que te lavaron el cerebro y condicionaron tu imagen sobre los rusos.
A diferencia de sus dos trabajos previos, —’El sistema de Putin’ —’Le Système Poutine’— y ‘Putin para siempre’ —’Poutine vierte toujours’—, que están lejos de ensalzar la figura del líder ruso—, en su más reciente producción, Jean-Michel Carré parece haberse vuelto más comprensivo con respecto a la política exterior de Rusia. La nueva cinta está dedicada al regreso de Rusia a la escena internacional.
Poco antes del rodaje del documental, Jean-Michel Carré, ofreció a Sputnik una entrevista en la que trató de explicar este cambio de visión sobre el líder ruso. “Se debe hacer un especial hincapié en la responsabilidad de Occidente por lo que está sucediendo hoy en día. Eso lo dice no solo Putin. Muchos expertos incluso lo mencionan en el documental, en particular, el exministro de Asuntos Exteriores [de Francia] Hubert Védrine y [la historiadora y miembro de la Academia francesa] Carrère d’Encausse”, señaló Carré. ©
FOTOLIA/ OLEG ZABIELIN Guerra contra el terrorismo: de Clinton a Obama.
El director dijo tener claro que todo lo que sucede en Oriente Próximo actualmente es consecuencia de la guerra de Irak, desencadenada por Estados Unidos, “como resultado de la cual murieron al menos un millón de personas”. En su cinta, el cineasta recuerda la campaña de la mayoría de países de la OTAN —más Jordania, Catar y Emiratos Árabes Unidos— en Libia, la cual Rusia no vetó por tratarse, teóricamente, de una operación humanitaria, pero que terminó con la muerte de Gadafi. “Es una lástima que los medios no traten de explicar cómo sucedió todo.
Los periodistas no tienen tiempo para informes y análisis serios, no explican nada. En una nota corta o un tuit no se puede explicar nada. Claro que yo no estoy contento con lo que sucede en Alepo, pero, por otro lado, ¿acaso existía otra opción?”, se preguntó.
Lea también: Todo el mainstream implicado en falsificaciones sobre Alepo © FOTO: PIXABAY Las principales amenazas y retos de Rusia a nivel internacional France 2 emitió el documental de Carré al final de una emisión dedicada enteramente a Rusia —¡de 3,5 horas!—. Como resultado, la mayoría de los telespectadores ya se había ido a la cama cuando empezó a emitirse y no pudieron ver esta parte de la programación especial. Sin embargo, la audiencia sí que vio unos 19 segundos de infografía que, en resumen, “explica” las razones de las acciones de Rusia en una serie de conflictos armados:
En 2008, Rusia se apoderó de parte del territorio de Georgia para evitar que se uniera a la OTAN”. El conflicto de los georgianos con los abjasios y osetios no se menciona.
“En 2012, Rusia se apoderó de parte del territorio de Ucrania para evitar que se acercase a la UE”. El conflicto interno de los nacionalistas ucranianos con los ciudadanos que no querían romper los lazos con Rusia, tampoco se menciona.
Más: Retorno de Crimea a Rusia
“En 2015, Rusia apoyó al régimen de Asad para contrarrestar la influencia de Estados Unidos en el conflicto”. La petición de ayuda del Gobierno sirio con el fin de acabar con los grupos radicales no es mencionada.
Tema:
Operación de Rusia contra los terroristas en Siria … 826   por Taboola Enlaces Patrocinados.
 Antes de Napoleón y Hitler: Carlos XII, el primero en perderlo todo por invadir Rusia.
Putin: Rusia no permitirá que se repita en Siria el guion de Libia e Irak
Senador ruso: Alemania y Francia ya no son líderes de la UE Además: “Los medios occidentales hacen de Rusia un espantajo”
Obama: Rusia es un país débil que solo vende crudo, gas y armas
“Moscú se ha convertido en un actor global a pesar de los deseos de EEUU”
Un año de las Fuerzas Aeroespaciales de Rusia en Siria: intervención, aciertos y consecuencias
Die Welt: Rusia está lista para cambiar la política mundial
Etiquetas: documental, política exterior, Vladímir Putin, Francia, Rusia Normas comunitariasDISCUSIÓN COMENTAR VÍA FACEBOOKCOMENTAR VÍA SPUTNIK

Más: https://mundo.sputniknews.com/rusia/201612171065641236-docmental-putin-imperio/

© FOTOLIA/ OLEG ZABIELIN Guerra contra el terrorismo: de Clinton a Obama
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El presidente saliente de EEUU, Barack Obama (archivo)

 

Bosch: La nochebuena de Encarnación Mendoza

Cuento de Juan Bosch: La nochebuena de Encarnación Mendoza

 Con su sensible ojo de prófugo Encarnación Mendoza había distinguido el perfil de un árbol a veinte pasos, razón por la cual pensó que la noche iba a decaer. Anduvo acertado en su cálculo; donde empezó a equivocarse fue al sacar conclusiones de esa observación. Pues como el día se acercaba era de rigor buscar escondite, y él se preguntaba si debía internarse en los cerros que tenía a su derecha o en el cañaveral que le quedaba a la izquierda. Para su desgracia, escogió el cañaveral. Hora y media más tarde el sol del día 24 alumbraba los campos y calentaba ligeramente a Encarnación Mendoza, que yacía bocarriba tendido sobre hojas de caña.
A las siete de la mañana los hechos parecían estar sucediéndose tal como había pensado el fugitivo; nadie había pasado por las trochas cercanas. Por otra parte la brisa era fresca y tal vez llovería, como casi todos los años en Nochebuena. Y aunque no lloviera los hombres no saldrían de la bodega, donde estarían desde temprano consumiendo ron, hablando a gritos y tratando de alegrarse como lo mandaba la costumbre. En cambio, de haber tirado hacia los cerros no podría sentirse tan seguro. Él conocía bien el lugar; las familias que vivían en las hondonadas producían leña, yuca y algún maíz. Si cualquiera de los hombres que habitaban los bohíos de por allí bajaba aquel día para vender bastimentos en la bodega del batey y acertaba a verlo, estaba perdido. En leguas a la redonda no había quién se atreviera a silenciar el encuentro. Jamás sería perdonado el que encubriera a Encarnación Mendoza: y aunque no se hablaba del asunto todos los vecinos de la comarca sabían que aquel que le viera debía dar cuenta inmediata al puesto de guardia más cercano.
Empezaba a sentirse tranquilo Encarnación Mendoza, porque tenía la seguridad de que había escogido el mejor lugar para esconderse durante el día, cuando comenzó el destino a jugar en su contra.
Pues a esa hora la madre de Mundito pensaba igual que el prófugo: nadie pasaría por las trochas en la mañana, y si Mundito apuraba el paso haría el viaje a la bodega antes de que comenzaran a transitar los caminos los habituales borrachos del día de Nochebuena. La madre de Mundito tenía unos cuantos centavos que había ido guardando de lo poco que cobraba lavando ropa y revendiendo gallinas en el cruce de la carretera, que le quedaba al poniente, a casi medio día de marcha. Con esos centavos podía mandar a Mundito a la bodega para que comprara harina, bacalao y algo de manteca. Aunque lo hiciera pobremente, quería celebrar la Nochebuena con sus seis pequeños hijos, siquiera fuera comiendo frituras de bacalao.
El caserío donde ellos vivían -del lado de los cerros, en el camino que dividía los cañaverales de las tierras incultas- tendría catorce o quince malas viviendas, la mayor parte techadas de yaguas. Al salir de la suya, con el encargo de ir a la bodega, Mundito se detuvo un momento en medio del barro seco por donde en los días de zafra transitaban las carretas cargadas de caña. Era largo el trayecto hasta la bodega. El cielo se veía claro, radiante de luz que se esparcía sobre el horizonte de cogollos de caña; era grata la brisa y dulcemente triste el silencio. ¿Por qué ir solo, aburriéndose de caminar por trochas siempre iguales? Durante diez segundos Mundito pensó entrar al bohío vecino, donde seis semanas antes una perra negra había parido seis cachorros. Los dueños del animal habían regalado cinco, pero quedaba uno “para amamantar a madre”, y en él había puesto Mundito todo el interés que la falta de ternura había acumulado en su pequeña alma. Con sus nueve años cargados de precoz sabiduría, el niño era consciente de que si llevaba al cachorrillo tendría que cargarlo casi todo el tiempo, porque no podría hacer tanta distancia por sí solo. Mundito sentía que esa idea casi le autorizaba a disponer del perrito. De súbito, sin pensarlo más, corrió hacia la casucha gritando:
-¡Doña Ofelia, emprésteme a Azabache, que lo voy a llevar allí!
Oyénranle o no, ya él había pedido autorización, y eso bastaba. Entró como un torbellino, tomó el animalejo en brazos y salió corriendo, a toda marcha, hasta que se perdió a lo lejos. Y así empezó el destino a jugar en los planes de Encarnación Mendoza.
Porque ocurrió que cuando, poco antes de las nueve, el niño Mundito pasaba frente al tablón de caña donde estaba escondido el fugitivo, cansado, o simplemente movido por esa especie de indiferencia por lo actual y curiosidad por lo inmediato que es privilegio de los animales pequeños, Azabache se metió en el cañaveral. Encarnación Mendoza oyó la voz del niño ordenando al perrito que se detuviera. Durante un segundo temió que el muchacho fuera la avanzada de algún grupo. Estaba clara la mañana. Con su agudo ojo de prófugo él podía ver hasta dónde se lo permitía el barullo de tallos y hojas. Allí, al alcance de su mirada, estaba el niño. Encarnación Mendoza no tenía pelo de tonto. Rápidamente calculó que si lo hallaban atisbando era hombre perdido; lo mejor sería hacerse el dormido, dando la espalda al lado por dónde sentía el ruido. Para mayor seguridad, se cubrió la cara con el sombrero.
El negro cachorrillo correteó; jugando con las hojas de caña, pretendiendo saltar, torpe de movimientos, y cuando vio al fugitivo echado empezó a soltar diminutos y graciosos ladridos. Llamándolo a voces y gateando para avanzar, Mundito iba acercándose cuando de pronto quedó paralizado: había visto al hombre. Pero para él no era simplemente un hombre sino algo imponente y terrible; era un cadáver. De otra manera no sé explicaba su presencia allí y mucho menos su postura. El terror le dejó frío. En el primer momento pensó huir, y hacerlo en silencio para que el cadáver no se diera cuenta. Pero le parecía un crimen dejar a Azabache abandonado, expuesto al peligro de que el muerto se molestara con sus ladridos y lo reventara apretándolo con las manos. Incapaz de irse sin el animalito e incapaz de quedarse allí, el niño sentía que desfallecía. Sin intervención de su voluntad levantó una mano, fijó la mirada en el difunto, temblando mientras el perrillo reculaba y lanzaba sus pequeños ladridos. Mundito estaba seguro de que el cadáver iba a levantarse de momento. En su miedo, pretendió adelantarse al muerto: pegó un saltó sobre el cachorrillo, al cual agarró con nerviosa violencia por el pescuezo, y a seguidas, cabeceando contra las cañas, cortándose el rostro y las manos, impulsado por el terror, ahogándose, echó a correr hacia la bodega. Al llegar allí, a punto de desfallecer por el esfuerzo y el pavor, gritó señalando hacia el lejano lugar de su aventura:
-¡En la Colonia Adela hay un hombre muerto!
A lo que un vozarrón áspero respondió gritando:
-¿Qué tá diciendo ese muchacho?
Y como era la voz del sargento Rey, jefe de puesto del Central, obtuvo el mayor interés de parte de los presentes así como los datos que solicitó del muchacho.
El día de Nochebuena no podía contarse con el juez de La Romana para hacer el levantamiento del cadáver, pues debía andar por la Capital disfrutando sus vacaciones de fin de año. Pero el sargento era expeditivo; quince minutos después de haber oído a Mundito el sargento Rey iba con dos números y diez o doce curiosos hacia el sitio donde yacía el presunto cadáver. Eso no había entrado en los planes de Encarnación Mendoza.
El propósito de Encarnación Mendoza era pasar la Nochebuena con su mujer y sus hijos. Escondiéndose de día y caminando de noche había recorrido leguas y leguas, desde las primeras estribaciones de la Cordillera, en la provincia del Seybo, rehuyendo todo encuentro y esquivando bohíos, corrales y cortes de árboles o quemas de tierras. En toda la región se sabía que él había dado muerte al cabo Pomares, y nadie ignoraba que era hombre condenado donde se le encontrara. No debía dejarse ver de persona alguna, excepto de Nina y de sus hijos. Y los vería sólo una hora o dos, durante la Nochebuena. Tenía ya seis meses huyendo, pues fue el día de San Juan cuando ocurrieron los hechos que le costaron la vida al cabo Pomares.
Necesariamente debía ver a su mujer y a sus hijos. Era un impulso bestial el que le empujaba a ir, una fuerza ciega a la cual no podía resistir. Con todo y ser tan limpio de sentimientos, Encarnación Mendoza comprendía que con el deseos de abrazar a su mujer y de contarles un cuento a los niños iba confundida una sombra de celos. Pero además necesitaba ver la casucha, la luz de lámpara iluminando la habitación donde se reunían cuando él volvía del trabajo y los muchachos le rodeaban para que él los hiciera reír con sus ocurrencias. El cuerpo le pedía ver hasta el sucio camino, que se hacía lodazal en los tiempos de lluvia. Tenía que ir o se moriría de una pena tremenda.
Encarnación Mendoza estaba acostumbrado a hacer lo que deseaba; nunca deseaba nada malo, y se respetaba a sí mismo. Por respeto a sí mismo sucedió lo del día de San Juan, cuando el cabo Pomares le faltó pegándole en la cara, a él, que por no ofender no bebía y que no tenía más afán que su familia. Sucediera lo que sucediera, y aunque el mismo Diablo hiciera oposición, Encarnación Mendoza pasaría la Nochebuena en su bohío. Solo imaginar que Nina y los muchachos estarían tristes, sin un peso para celebrar la fiesta, tal vez llorando por él, le partía el alma y le hacía maldecir de dolor.
Pero el plan se había enredado algo. Era cosa de ponerse a pensar si el muchacho hablaría o se quedaría callado. Se había ido corriendo, a lo que pudo colegir Encarnación por la rapidez de los pasos, y tal vez pensó que se trataba de un peón dormido. Acaso hubiera sido prudente alejarse de allí, meterse en otro tablón de caña. Sin embargo, valía la pena pensarlo dos veces, porque si tenía la fatalidad de que alguien pasara por la trocha de ida o de vuelta, y le veía cruzando camino y le reconocía, era hombre perdido. No debía precipitarse; ahí, por de pronto, estaba seguro. A las nueve de la noche podría salir; caminar con cautela orillando los cerros, y estaría en su casa a las once, tal vez a las once y un cuarto. Sabía lo que iba a hacer; llamaría por la ventana de la habitación en voz baja y le diría a Nina que abriera, que era él, su marido. Ya le parecía estar viendo a Nina con su negro pelo caído sobre las mejillas, los ojos oscuros y brillantes, la boca carnosa, la barbilla saliente. Ese momento de la llegada era la razón de ser de su vida; no podía arriesgarse a ser cogido antes. Cambiar de tablón en pleno día era correr riesgo. Lo mejor sería descansar, dormir…
Despertó al tropel de pasos y a la voz del niño que decía:
-Taba ahí, sargento.
-¿Pero en cuál tablón; en ése o en el de allá?
-En ése -aseguró el niño.
“En ése” podía significar que el muchacho estaba señalando hacia el que ocupaba Encarnación, hacia uno vecino o hacia el de enfrente. Porque a juzgar por las voces el niño y el sargento se hallaban en la trocha, tal vez en un punto intermedio entre varios tablones de caña. Dependía de hacia dónde estaba señalando el niño cuando decía “ése”. La situación era realmente grave, porque de lo que no había duda era de que ya había gente localizando al fugitivo. El momento, pues, no era de dudar, sino de actuar. Rápido en la decisión, Encarnación Mendoza comenzó a gatear con suma cautela, cuidándose de que el ruido que pudiera hacer se confundiera con el de las hojas del cañaveral batidas por la brisa. Había que salir de allí pronto, sin perder un minuto. Oyó la áspera voz del sargento:
-¡Métase por ahí, Nemesio, que yo voy por aquí! ¡Usté, Solito, quédese por aquí!
Se oían murmullos y comentarios. Mientras se alejaba, agachado, con paso felino, Encarnación podía colegir que había varios hombres en el grupo que le buscaba. Sin duda las cosas estaban poniéndose feas.
Feas para él y feas para el muchacho, quienquiera que fuese. Porque cuando el sargento Rey y el número Nemesio Arroyo recorrieron el tablón de caña en que se habían metido, maltratando los tallos más tiernos y cortándose las manos y los brazos, y no vieron cadáver alguno, empezaron a creer que era broma lo del hombre muerto en la Colonia Adela.
-¿Tú ta seguro que fue aquí, muchacho? -preguntó el sargento.
-Sí, aquí era -afirmó Mundito, bastante asustado ya.
-Son cosa de muchacho, sargento; ahí no hay nadie -terció el número Arroyo.
El sargento clavó en el niño una mirada fija, escalofriante, que lo llenó de pavor.
-Mire, yo venía por aquí con Azabache -empezó a explicar Mundito- y lo diba corriendo asina -lo cual dijo al tiempo que ponía el perrito en el suelo-, y él cogió y se metió ahí.
Pero el número Solito Ruiz interrumpió la escenificación de Mundito preguntando:
-¿Cómo era el muerto?
-Yo no le vide la cara -dijo el niño, temblando de miedo-; solamente le vide la ropa. Tenía un sombrero en la cara. Taba asina, de lao…
-¿De qué color era el pantalón? -inquirió el sargento.
-Azul, y la camisa como amarilla, y tenía un sombrero negro encima de la cara…
Pero el pobre Mundito apenas podía hablar; se hallaba aterrorizado, con ganas de llorar. A su infantil idea de las cosas, el muerto se había ido de allí sólo para vengarse de su denuncia y hacerlo quedar como un mentiroso. Seguramente en la noche le saldría en la casa y lo perseguiría toda a vida.
De todas maneras, supiéralo o no Mundito en ese tablón de cañas no darían con el cadáver. Encarnación Mendoza había cruzado con sorprendente celeridad hacia otro tablón, y después hacia otro más; y ya iba atravesando la trocha para meterse en un tercero cuando el niño, despachado por el sargento, pasaba corriendo con el perrillo bajo el brazo. Su miedo lo paró en seco al ver el torso y una pierna del difunto que entraban en el cañaveral. No podía ser otro, dado que la ropa era la que había visto por la mañana.
-¡Ta aquí, sargento; ta aquí! -gritó señalando hacia el punto por donde se había perdido el fugitivo-. ¡Dentró ahí!
Y como tenía mucho miedo siguió su carrera hacia su casa, ahogándose, lleno de lástima consigo mismo por el lío en qué sé había metido. El sargento, y con él los soldados y curiosos que le acompañaban, se había vuelto al oír la voz del chiquillo.
-Cosa de muchacho -dijo calmosamente Nemesio Arroyo.
Pero el sargento, viejo en su oficio, era suspicaz:
-Vea, algo hay. ¡Rodiemo ese tablón di una ve! -gritó.
Y así empezó la cacería, sin qué los cazadores supieran qué pieza perseguían.
Era poco más de media mañana. Repartidos en grupos, cada militar iba seguido de tres o cuatro peones, buscando aquí y allá, corriendo por las trochas, todos un poco bebidos y todos excitados. Lentamente, las pequeñas nubes azul oscuro que descansaban al ras del horizonte empezaron a crecer y a ascender cielo arriba. Encarnación Mendoza sabía ya que estaba más o menos cercado. Sólo que a diferencia de sus perseguidores -que ignoraban a quién buscaban-, él pensaba que el registro del cañaveral obedecía al propósito de echarle mano y cobrarle lo ocurrido el día de San Juan.
Sin saber a ciencia cierta dónde estaban los soldados, el fugitivo se atenía a su instinto y a su voluntad de escapar; y se corría de un tablón a otro, esquivando el encuentro con los soldados. Estaba ya a tanta distancia de ellos que si se hubiera quedado tranquilo hubiese podido esperar hasta el oscurecer sin peligro de ser localizado. Pero no se hallaba seguro y seguía pasando de tablón a tablón. Al cruzar una trocha fue visto de lejos, y una voz proclamó a todo pulmón:
-¡Allá va, sargento, allá va; y se parece a Encarnación Mendoza!
¡Encarnación Mendoza! De golpe todo el mundo quedó paralizado. ¡Encarnación Mendoza!
-¡Vengan! -demandó el sargento a gritos; y a seguidas echó a correr, el revólver en la mano, hacia donde señalaba el peón que había visto el prófugo.
Era ya cerca de mediodía, y aunque los crecientes nubarrones convertían en sofocante y caluroso el ambiente, los cazadores del hombre apenas lo notaban; corrían y corrían, pegando voces, zigzagueando, disparando sobre las cañas. Encarnación se dejó ver sobre una trocha distante, sólo un momento, huyendo con la velocidad de una sombra fugaz, y no dio tiempo al número Solito Ruiz para apuntarle su fusil.
-¡Que vaya uno al batey y diga de mi parte que me manden do número! -ordenó a gritos el sargento.
Nerviosos, excitados, respirando sonoramente y tratando de mirar hacia todos los ángulos a un tiempo, los perseguidores corrían de un lacia a otro dándose voces entre sí, recomendándose prudencia cuando alguno amagaba meterse entre las cañas.
Pasó el mediodía. Llegaron no dos, sino tres números y como nueve o diez peones más; se dispersaron en grupos y la cacería se extendió a varios tablones. A la distancia se veían pasar de pronto un soldado y cuatro o cinco peones, lo cual entorpecía los movimientos, pues era arriesgado tirar si gente amiga estaba al otro extremo. Del batey iban saliendo hombres y hasta alguna mujer; y en la bodega no quedó sino el dependiente, preguntando a todo hijo de Dios que cruzaba si “ya lo habían cogido”.
Encarnación Mendoza no era hombre fácil. Pero a eso de las tres, en el camino que dividía el cañaveral de los cerros, esto es, a más de dos horas del batey, un tiro certero le rompió la columna vertebral al tiempo que cruzaba para internarse en la realeza. Se revolcaba en la tierra, manando sangre, cuando recibió catorce tiros más, pues los soldados iban disparándole a medida que se acercaban. Y justamente entonces empezaban a caer las primeras gotas de la lluvia que había comenzado a insinuarse a media mañana.
Estaba muerto Encarnación Mendoza. Conservaba las líneas del rostro, aunque tenía los dientes destrozados por un balazo de máuser. Era día de Nochebuena y él había salido de la Cordillera a pasar la Nochebuena en su casa, no en el batey, vivo o muerto. Comenzaba a llover, y el sargento estaba pensando algo. Si él sacaba el cadáver a la carretera, que estaba hacia el poniente, podía llevarlo ese mismo día a Macorís y entregarle ese regalo de Pascuas al capitán; si lo llevaba al batey tendría que coger allí un tren del ingenio para ir a la Romana, y como el tren podría tardar mucho en salir llegaría a la ciudad tarde en la noche, tal vez demasiado tarde para trasladarse a Macorís. En la carretera las cosas son distintas; pasan con frecuencia vehículos, él podría detener un automóvil, hacer bajar la gente y meter el cadáver o subirlo sobre la carga de un camión.
-¡Búsquese un caballo ya memo que vamo a sacar ese vagabundo a la carretera -dijo dirigiéndose al que tenía más cerca.
No apareció caballo sino burro; y eso, pasadas ya las cuatro, cuando el aguacero pesado hacía sonar sin descanso los sembrados de caña. El sargento no quería perder tiempo. Varios peones, estorbándose los unos a los otros, colocaron el cadáver atravesado sobre el asno y lo amarraron cómo pudieron. Seguido por dos soldados y tres curiosos a los que escogió para que arrearan el burro, el sargento ordenó la marcha bajo la lluvia.
No resultó fácil el camino. Tres veces, antes de llegar al primer caserío, el muerto resbaló y quedó colgado bajo el vientre del asno. Éste resoplaba y hacía esfuerzos para trotar entre el barro, que ya empezaba a formarse. Cubiertos sólo con sus sombreros de reglamento al principio, los soldados echaron mano a pedazos de yaguas, a hojas grandes arrancadas a los árboles, o se guarecían en el cañaveral de rato en rato, cuando la lluvia arreciaba más. La lúgubre comitiva anduvo sin cesar la mayor parte del tiempo; en silencio, la voz de un soldado comentaba:
-Vea ese sinvergüenza.
O simplemente aludía al cabo Pomares, cuya sangre había sido al fin vengada.
Oscureció del todo, sin duda más temprano que de costumbre por efectos de la lluvia; y con la oscuridad el camino se hizo más difícil, razón por la cual la marcha se tornó lenta. Serían más de las siete, y apenas llovía entonces, cuando uno de los peones dijo:
-Allá se ve una lucecita.
-Sí, del caserío -explicó el sargento; y al instante urdió un plan del que se sintió enormemente satisfecho. Pues al sargento no le bastaba la muerte de Encarnación Mendoza. El sargento quería algo más. Así, cuando un cuarto de hora después se vio frente a la primera casucha del lugar, ordenó con su áspera voz:
-Desamarren ese muerto y tírenlo ahí adentro, que no podemo seguir mojándono.
Decía esto cuando la lluvia era tan escasa que parecía a punto de cesar; y al hablar observaba a los hombres que se afanaban en la tarea de librar el cadáver de cuerdas. Cuando el cuerpo estuvo suelto llamó a la puerta de la casucha justo a tiempo para que la mujer que salió a abrir recibiera sobre los pies, tirado como el de un perro, el cuerpo de Encarnación Mendoza. El muerto estaba empapado en agua, sangre y lodo, y tenía los dientes destrozados por un tiro, lo que le daba a su rostro antes sereno y bondadoso la apariencia de estar haciendo una mueca horrible.
La mujer miró aquella masa inerte; sus ojos cobraron de golpe la inexpresiva fijeza de la locura; y llevándose una mano a la boca comenzó a retroceder lentamente, hasta que a tres pasos paró y corrió desolada sobre el cadáver al tiempo que gritaba:
-¡Hay m’shijo, se han quedao güérfano… han matao a Encarnación!
Espantados, atropellándose, los niños salieron de la habitación, lanzándose a las faldas de la madre.
-Entonces se oyó una voz infantil en la que se confundían llanto y horror:
-¡Mamá, mi mamá!… ¡Ese fue el muerto que yo vide hoy en el cañaveral!

Jose Marti discursiando

HEREDIA. DISCURSO DE JOSÉ MARTÍ*
Hace 1 d

1

Señoras y señores:

Con orgullo y reverencia empiezo a hablar, desde este puesto que de buen grado hubiera cedido, por su dificultad excesiva, a quien, con más ambición que la mía y menos temor de su persona, hubiera querido tomarlo de mi, si no fuera por el mandato de la patria, que en este puesto nos manda estar hoy, y por el miedo de que el que acaso despertó en mi alma, como en la de los cubanos todos, la pasión inextinguible por la libertad, se levante en su silla de gloria, junto al sol que el cantó frente a frente,-y me tache de ingrato. Muchas pompas y honores tiene el mundo, solicitados con feo afán y humillaciones increíbles por los hombres: yo no quiero para mí más honra, porque no la hay mayor, que la de haber sido juzgado digno de recoger en mis palabras mortales el himno de ternura y gratitud de estos corazones de mujer y pechos de hombre al divino cubano, y enviar con él el pensamiento, velado aún por la vergüenza pública, a la cumbre donde espera, en vano quizás, su genio inmarcesible, con el trueno en la diestra, el torrente a los pies, sacudida la capa de tempestad por los vientos primitivos de la creación, bañado aún de las lágrimas de Cuba el rostro.
Nadie esperará de mí, si me tiene por discreto, que por ganar fama de crítico sagaz y puntilloso, rebaje esta ocasión, que es de agradecimiento y tributo, al examen, -impropio de la fiesta y del estado de nuestro ánimo,- de los orígenes y factores de mera literatura, que de una ojeada ve por sí quien conozca los lances varios de la existencia de Heredia, y los tiempos revueltos y enciclopédicos, de jubileo y renovación del mundo, en que le tocó vivir. Ni he de usurpar yo, por lucir las pedagogías, el tiempo en que sus propias estrofas, como lanzas orladas de flores, han de venir aquí a inclinarse, corteses y apasionadas, ante la mujer cubana, fiel siempre al genio y a la desdicha, y echando de súbito iracundas las rosas por el suelo, a repetir ante los hombres, turbados en estos tiempos de virtud escasa e interés tentador, los versos, magníficos como bofetones, donde profetiza;
Que si un pueblo su dura cadena
no se atreve a romper con sus manos,
Puede el pueblo mudar de tiranos
Pero nunca ser libre podrá“.

Yo no vengo aquí como juez, a ver cómo se juntaron en el la educación clásica y francesa, el fuego de su alma, y la época, accidentes y lugares de su vida; ni en que le aceleraron el genio la enseñanza de su padre y la odisea de su niñez; ni que es lo suyo, o lo de reflejo, en sus versos famosos; ni apuntar con dedo inclemente la hora en que, privada su alma de los empleos sumos, repitió en cantos menos felices sus ideas primeras, por hábito de producir, o necesidad de expresarse, o gratitud al pueblo que lo hospedaba, o por obligación política. Yo vengo aquí como hijo desesperado y amoroso, a recordar brevemente, sin más notas que las que le manda poner la gloria, la vida del que cantó, con majestad desconocida, a la mujer, al peligro y a las palmas.
Donde son más altas las palmas en Cuba nació Heredia: en la infatigable Santiago. Y dicen que desde la niñez, como si el espíritu de la raza extinta le susurrase sus quejas y le prestara su furor, como si el último oro del país saqueado le ardiese en las venas, como si a la luz del sol del trópico se le revelasen por merced sobrenatural las entrañas de la vida, brotaban de los labios del “niño estupendo” el anatema viril, la palabra sentenciosa, la oda resonante. El padre, con su mucho saber, y con la inspiración del cariño, ponía ante sus ojos ordenados y comentados, los elementos del orbe, los móviles de la humanidad, y los sucesos de los pueblos. Con la toga de juez abrigaba de la fiebre del genio, a aquel hijo precoz. A Cicerón le enseñaba a amar, y amaba el más, por su naturaleza artística y armoniosa, que a Marat y a Fouquier Tinville. El peso de las cosas enseñaba el padre, y la necesidad de impelerlas con el desinterés, y fundarlas con la moderación. El latín que estudiaba con el maestro Correa no era el de Séneca difuso, ni el de Lucano verboso, ni el de Quintiliano, lleno de alamares y de lentejuelas, sino el de Horacio, de clara hermosura, más bello que los griegos, porque tiene su elegancia sin su crudeza, y es vino fresco tomado de la uva, con el perfume de las pocas rosas que crecen en la vida. De Lucrecio era por la mañana la lección de don José Francisco, y por la noche de Humboldt. El padre, y sus amigos de sobremesa, dejaban, estupefactos, caer el libro. ¿Quién era aquél, que lo traía todo en sí? Niño, ¿has sido rey, has sido Ossian, has sido Bruto? Era como si viese el niño batallas de estrellas, porque le lucían en el rostro los resplandores. Había centelleo de tormenta y capacidad de cráter en aquel genio voraz. La palabra, esencial y rotunda, fluía, adivinando las leyes de la luz o comentando las peleas de Troya, de aquellos labios de nueve años. Preveía, con sus ojos de fuego, el martirio a que los hombres, denunciados por el esplendor de la virtud, someten al genio, que osa ver claro de noche. Sus versos eran la religión y el orgullo de la casa. La madre, para que no se los interrumpieran, acallaba los ruidos. El padre le apuntalaba las rimas pobres. Le abrían todas las puertas. Le ponían, para que viese bien a escribir, las mejores luces del salón. ¡Otros han tenido que componer sus primeros versos entre azotes y burlas, a la luz del cocuyo inquieto y de la luna cómplice!…; los de Heredia acababan en los labios de su madre, y en los brazos de su padre y de sus amigos. La inmortalidad comenzó para él en aquella fuerza y seguridad de sí que, como lección constante de los padres duros, daba a Heredia el cariño de la casa.
Era su padre oidor, y persona de consejo y benevolencia, por lo que lo escogieron, a más de la razón de su nacimiento americano, para ir a poner paz en Venezuela, donde Monteverde, con el favor casual de la naturaleza, triunfaba de Miranda, harto sabio para guerra en que el acometimiento hace más falta, y gana más batallas, que la sabiduría; en Venezuela, donde acababa de enseñarse al mundo, desmelenado y en pie sobre las ruinas del templo de San jacinto, el creador, Bolívar. Reventaba la cólera de América, y daba a luz, entre escombros encendidos, al que había de vengarla. De allá del sur venía, de cumbre en cumbre, el eco de los cascos del caballo libertador de San Martín. Los héroes se subían a los montes para divisar el porvenir, y escribir la profecía de los siglos al resplandor de la nieve inmaculada. La niñez, más que el amor filial, refrenaba al héroe infeliz, que lloraba a sus solas, en su desdicha de once años, porque no le llegaban los pies traidores al estribo del caballo de pelear. Y allí oyó contar de los muertos por la espalda, de los encarcelados que salían de la prisión recogiéndose los huesos, de los embajadores de barba blanca que había clavado el asturiano horrible a lanzasos contra la pared. Oyó decir de Bolívar, que se echó a llorar cuando entraba triunfante en Caracas, y vio que salían a recibirlo las caraqueñas vestidas de blanco, con coronas de flores. De un Páez oyó contar, que se quitaba los grillos de los pies, y con los grillos vapuleaba a sus centinelas. Oyó decir que habían traído a la ciudad en una urna, con las banderas desplegadas como en día de fiesta, el corazón del bravo Girardot. Oyó que Ricaurte, para que Boves no le tomara el parque, sobre el parque se sentó, y voló con él. Venezuela, revuelta en su sangre, se retorcía bajo la lanza de Boves… Vivió luego el México, y oyó contar de una cabeza de cura, que daba luz de noche, en la picota donde el español la había clavado. ¡Sol salió aquella alma, sol devastador y magnífico, de aquel troquel de diamante!
Y volvió a Cuba. El pan le supo a villanía, la comodidad a robo, el lujo a sangre. Su padre llevaba bastón de carey, y él también, comprado con el producto de sus labores de juez, y de abogado nuevo en una sociedad vil. El que vive de la infamia, o la codea en paz, es un infame. Abstenerse de ella no basta: se ha de pelear contra ella. Ver en calma un crimen, es cometerlo. La juventud convida a Heredia a los amores: la condición favorecida de su padre, y su fama de joven extraordinario, traen clientes a su bufete: en las casas ricas le oyen con asombro improvisar sobre cuarenta pies diversos, cuarenta estrofas: “¡Ese es Heredia!” dicen por las calles, y en las ventanas de las casas, cuando pasa él, las cabezas hermosas se juntan, y dicen bajo, como el más dulce de los premios :”¡Ese es Heredia!” Pero la gloria aumenta el infortunio de vivir, cuando se la ha de comprar al precio de la complicidad con la vileza: no hay más que una gloria cierta, y es la del alma que está contenta de sí. Grato es pasear bajo los mangos, a la hora deliciosa del amanecer, cuando el mundo parece como que se crea, y que sale de la nada el sol, con su ejército de pájaros vocingleros, como en el primer día de la vida: ¿pero que “mano de hierro” le oprime en los campos cubanos el pecho? ¿Y en el cielo, que mano de sangre? En las ventanas dan besos, y aplausos en las casas ricas, y la abogacía mana oro; pero al salir del banquete triunfal, de los estrados elocuentes, de la cita feliz, ¿no chasquea el látigo, y pide clemencia a un cielo que no escucha la madre a quien quieren ahogarle con azotes los gritos con que llama al hijo de su amor? El vil no es el esclavo, ni el que lo ha sido, sino el que vio este crimen, y no jura, ante el tribunal certero que preside en las sombras, hasta sacar del mundo la esclavitud y sus huellas. ¿Y la America libre, y toda Europa coronándose con la libertad, y Grecia misma resucitando, y Cuba, tan bella como Grecia, tendida así entre hierros, mancha del mundo, presidio rodeado de agua, rémora de América? Si entre los cubanos vivos no hay tropa bastante para el honor ¿qué hacen en la playa los caracoles, que no llaman a guerra a los indios muertos? ¿Qué hacen las palmas, que gimen estériles, en vez de mandar? ¿Que hacen los montes, que no se juntan falda contra falda, y cierran el paso a los que persiguen a los héroes? En tierra peleará, mientras haya un palmo de tierra, y cuando no lo haya, todavía peleará, de pie en la mar. Leonidas desde las Termopilas, desde Roma Caton, señalan el camino a los cubanos. “¡Vamos, Hernández!” De cadalso en cadalso, de Estrampes en Agüero, de Plácido en Benavides, erró la voz de Heredia, hasta que un día, de la tiniebla de la noche, entre cien brazos levantados al cielo, trono en Yara. Ha desmayado luego, y aún hay quien cuente, donde no se anda al sol, que va a desaparecer. ¿Será tanta entre los cubanos la perversión y la desdicha, que ahoguen, con el peso de su pueblo muerto por sus propias manos, la voz de su Heredia?
Entonces fue cuando vino a New York, a recibir la puñalada del frío, que no sintió cuando se le entró por el costado, porque de la pereza moral de su patria hallaba consuelo, aunque jamás olvido; en aquellas ciudades ya pujantes, donde, si no la república universal que apetecía su alma generosa, imperaba la libertad en una comarca digna de ella. En la historia profunda sumergió el pensamiento: estudió maravillado los esqueletos colosales; aterido junto a su chimenea, meditaba en los tiempos, que brillan y se apagan; agigantó en la soledad su mente sublime; y cuando, como quien se halla a sí propio, vio despeñarse a sus pies, rotas en luz, las edades de agua, el Niágara portentoso le reveló, sumiso, su misterio, y el poeta adolescente de un pueblo desdeñado halló, de un vuelo, el sentido de la naturaleza que en siglos de contemplación, no habían sabido entender con tanta majestad sus propios habitantes.
Méjico es tierra de refugio, donde todo peregrino ha hallado hermano; de Méjico era el prudente Osés, a quien escribía Heredia, con peso de senador, sus cartas épicas de joven; en casa mejicana se leyó, en una mesa que tenía por adorno un vaso azul lleno de jazmines, el poema galante sobre el “Mérito de las mujeres;” de Méjico lo llama, a compartir el triunfo de la carta liberal, más laborioso que completo, el presidente Victoria, que no quería ver malograda aquella flor de volcán en la sepultura de las nieves. ¿Que detendrá a Heredia junto al Niágara, donde su poesía, profética y sincera, no halló acentos con qué evocar la libertad? Méjico empieza la ascensión más cruenta y valerosa que, por entre ruinas de iglesia y con una raza inerte a la espalda, ha rematado pueblo alguno: sin guía y sin enseñanza, ni más tutor que el genio del país, iba Méjico camino a las alturas, marcando con una batalla cada jalón ¡y cada jalón, más alto!: si de la sombra de la iglesia languidece el árbol todavía tierno de la libertad, una generación viene cantando, y a los pies del árbol sediento se vacía los pechos; a Méjico va Heredia, adonde pone a la lira castellana flores de roble el gran Quintana Roo. Y al ver de nuevo aquellas playas hospitalarias y belicosas, aquellos valles que parecen la mansión desierta de un olimpo que aguarda su rescate, aquellos montes que están, en la ausencia de sus dioses, como urnas volcadas, aquellas cúspides que el sol tiñe en su curso de plata casta, y violeta amorosa, y oro vivo, como si quisiera la creación mostrar sus favores y especial ternura por su predilecta naturaleza, creyó que era allí donde podía, nó en el Norte egoísta, hallar en la libertad el mismo orden solemne de las llanuras, guardadas por la centinela de los volcanes; sube con pie de enamorado a la soledad donde pidieron en vano al cielo su favor contra Cortés los reyes muertos, a la hora en que se abren en la bóveda tenebrosa las “fuentes de luz;” y acata, antes que a los grandes de la tierra, a los montes que se levantan, como espectros que no logran infundirle pavor, en la claridad elocuente de la luna.
Méjico lo agasaja como él sabe, le da el oro de sus corazones y de su café, sienta a juzgar en la silla togada al forastero que sabe de historia como de leyes y pone alma de Volney al épodo de Píndaro. Los magistrados lo son de veras, allí donde en el aire mismo andan juntos la claridad y el reposo: y a él lo proclaman magistrado natural, sin ponerle reparos por la juventud, y lo sientan a la mesa como hermano. La tribuna tiene allí próceres: y le ceden la voz los oradores del país, y lo acompañan con palmas. La poesía tiene allí pontífices: y andan todos buscándole el brazo. Las hermosuras, también allí, exhalan al paso del poeta, trémulas, su aroma. Batalla con los “yorkinos” liberales, para que no echen atrás los “escoceses” parricidas la república: escribe, canta, discute, publica, derrama su corazón en pago de la hospitalidad, pero no siente bajo sus pies aquella firmeza del suelo nativo, que es la única propiedad plena del hombre, y tesoro común que a todos los iguala y enriquece, por lo que, para la dicha de la persona y la calma pública, no se ha de ceder, ni fiar a otro, ni hipotecar jamás. Ni la fuerza de su suelo tiene, ni el orgullo de que en su patria impere la virtud, ni el honor puede ya esperar de que lloren sobre su sepultura de héroe, en el primer día de redención, las vírgenes y los fuertes, y sobre la tierra que lo cubra pongan una hoja de palma de su patria. ¿Qué tiene su poesía, que sólo cuando piensa en Cuba da sus sones reales; y cuando ensaya otro tema que el de su dolor, o el del mar que lo lleva a sus orillas, o el del huracán con cuyo ímpetu quiere arremeter contra los tiranos, le sale como poesía de juez, difícil y perezosa, con florones caídos y doseles a medio color, y no, como cuando piensa en Cuba, coronada de rayos?
No lo sostiene la vanidad de su persona; porque con valer mucho, y por lo mismo que lo valía, no era de esos de mirra y opoponax, que se ponen el mérito propio de botón de pechera, donde se lo vea todo el mundo, y alquilan el aire a que los publique y la mar a que les cante la gloria, y creen que debe ser su almuerzo el cielo y su vino la eternidad; sino que fue genio de noble república, a quien sólo se le veía lo de rey cuando lo agitaba la indignación, o fulminaba el anatema contra los serviles del mundo, y los de su patria. Dos clases de hombres hay: los que andan de pie, cara al cielo, pidiendo que el consuelo de la modestia descienda sobre los que viven sacándose la carne, por pan más o pan menos, a dentelladas, y levantándose, por ir de sortija de brillante, sobre la sepultura de su honra: y otra clase de hombres, que van de hinojos, besando a los grandes de la tierra el manto. En su patria piensa cuando dedica su tragedia “Tiberio” a Fernando VII, con frases que escaldan: en su patria, cuando con sencillez imponente dibuja en escenas ejemplares la muerte de “Los Ultimos Romanos.” ¡No era, no, en los romanos en quienes pensaba el poeta, vuelto ya de sus más caras esperanzas! Por su patria había querido él, y por la patria mayor de nuestra América, que las repúblicas libres echaran los brazos al único pueblo de la familia emancipada que besaba aún los pies del dueño enfurecido: “¡Vaya, decía, la América libre a rescatar la isla que la naturaleza le puso de pórtico y guarda!” Piafaba aún, cubierto de espuma, el continente, flamígero el ojo y palpitante los ijares, de la carrera en que habían paseado el estandarte del sol San Martín y Bolívar: ¡éntre en la mar el caballo libertador, y eche de Cuba, de una pechada, al déspota mal seguro! Y ya ponía Bolívar el pie en el estribo, cuando un hombre que hablaba inglés, y que venía del Norte con papeles de gobierno, le asió el caballo de la brida, y le habló así: “¡Yo soy libre, tú eres libre; pero ese pueblo que ha de ser mío, porque lo quiero para mí, no puede ser libre!” Y al ver Heredia criminal a la libertad, y ambiciosa como la tiranía, se cubrió el rostro con la capa de tempestad, y comenzó a morir.
Ya estaba, de sí mismo, preparado a morir; porque cuando la grandeza no se puede emplear en los oficios de caridad y creación que la nutren, devora a quien la posee. En las ocupaciones usuales de la vida, acibaradas por el destierro, no hallaba su labor anhelada aquella alma frenética y caballeresca, que cuando vio falsa a su primer amiga, servil al hombre, acorralado el genio, impotente la virtud, y sin heroísmo el mundo, pregunto a sus sienes para qué latían, y aun quiso, en el extravío de la pureza, librarlas de su cárcel de huesos. De la caída de la humanidad ideal que pasea resplandeciente, con la copa de la muerte en los labios, por las estrofas de su juventud, se levantó pálido y enfermo, sin fuerzas ya más que para el poema reflexivo o el drama artificioso, que sólo centellea cuando el recuerdo de la patria lo conmueve, o el horror al desorden de la tiranía, o el odio a las “intrigas infames”. Al sol vivía él, y abominaba a los que andan, con el lomo de alquiler, afilando la lengua en la sombra, para asestarla contra los pechos puros. Si para vivir era preciso aceptar con la sonrisa mansa, la complicidad con los lisonjeros, con los hipócritas, con los malignos, con los vanos, él no quería sonreír, ni vivir. ¿A que vivir, si no se puede pasar por la tierra como el cometa por el cielo? Como la playa desnuda se siente él, como la playa de la mar. Su corazón tempestuoso, y tierno como el de una mujer, padece bajo el fanfarrón y el insolente como la flor bajo el casco dei caballo. El tenía piedad de su caballo, a punto de llorar con él y pedirle perdón, porque en el arrebato de su carrera le ensangrentó los ijares; ¿y no tenían los hombres piedad de él? ¿Ni de que sirve la virtud, si mientras más la ven, la mortifican más, y hay como una conjuración entre los hombres para quitarle el pan de la boca, y el suelo de debajo de los pies? Basta una vista aleve, de esas que vienen como las flechas de colores, con la punta untada de curare: basta una mirada torva, una carta seca, un saludo tibio, para oscurecerle el día. Nada menos necesita él que “la ternura universal.” La casa, necesitada y monótona, irrita su pena, en vez de calmársela. En el dolor tiene él su gozo. ¡En su patria, ni pensar puede, porque su patria está allá, con el déspota en pie, restallando el látigo, y todos los cubanos arrodillados! De este pesar de la grandeza inútil, de la pasión desocupada y de la vida vil, moría, hilando trabajosamente sus últimos versos, el poeta que ya no hallaba en la tierra más consuelo que la lealtad de un amigo constante. ¡Pesan mucho sobre el corazón del genio honrado las rodillas de todos los hombres que las doblan!
Hasta en las más acicaladas de sus poesías, que algo habían de tener de tocador en aquellos tiempos de Millevoye y de Delille, se nota esa fogosidad y sencillez que contrastan tan bellamente con la pompa natural del verso, que es tanta que cuando cae la idea, por el asunto pobre o el tema falso, va engañado buen rato el lector, tronando e imperando, sin ver que ya está la estrofa hueca. El temple heroico de su alma daba al verso constante elevación, y la viveza de su sensibilidad le llevaba, con cortes e interrupciones felicísimas, de una impresión a otra. Desde los primeros años habló él aquel lenguaje a la vez exaltado y natural, que es su mayor novedad poética. A Byron le imita el amor al caballo; pero ¿a quién le imita la oda al Niágara, y al Huracán, y al Teocali, y la carta a Emilia, y los versos a Elpino, y los del Convite? Con Safo sólo se le puede comparar, porque sólo ella tuvo su desorden y ardor. Deja de un giro incompletos, con dignidad y efecto grandes, los versos de esos dolores que no se deben profanar hablando de ellos. De una nota sentida saca más efecto que de la retórica ostentosa. No busca comparaciones en lo que no se ve, sino en los objetos de la naturaleza, que todos pueden sentir y ver como él; ni es su imaginación de aquélla de avalorio, enojosa e inútil, que crea entes vanos e insignificantes, sino de esa otra durable y servicial, que consiste en poner de realce lo que pinta, con la comparación o alusión propias, y en exhibir, cautivas y vibrantes, las armonías de la naturaleza. En su prosa misma, resonante y libre, es continuo ese vuelo de alas anchas, y movimiento a la par rítmico y desenfrenado. Su prosa tiene galicismos frecuentes, como su época; y en su Hesiodo hay sus tantos del Alfredo, y muchos versos pudieran ser mejores de lo que son: lo mismo que en el águila, que vuela junto al sol, y tiene una que otra pluma fea. Para poner lunares están las peluquerías; pero ¿quién, cuando no esté de cátedra forzosa, empleará el tiempo en ir de garfio y pinza por la obra admirable, vibrante de angustia, cuando falta de veras el tiempo para la piedad y la admiración?
Nadie pinta mejor que él su tormento, en los versos graves e ingenuos que escribió “en su cumpleaños” cuando describe el

cruel estado
De un corazón ardiente sin amores.”

Por aquel modo suyo de amar a la mujer, se ve que a la naturaleza le faltó sangre que poner en las venas de aquel cubano, y puso lava. A la libertad y a la patria, las amó como amó a Lesbia y a Lola, a la “belleza del dolor” y a la andaluza María Pautret. Es un amor fino y honroso, que ofrece a sus novias en versos olímpicos la rosa tímida, la caña fresca, y se las lleva a pasear, vigilado por el respeto, por donde arrullan las tórtolas. Algo hay de nuestro campesino floreador en aquel amante desaforado que dobla la rodilla y pone a los pies de su amada la canción de puño de oro. No ama para revolotear, sino para fijar su corazón, y consagrar su juventud ardiente. Se extremece a los dieciséis años, como todo un galán, cuando en el paseo con Lesbia le rozan la frente, movidos de aquel lado por un céfiro amigo, los rizos rubios. Se queja a la luna, que sabe mucho de estas cosas, porque no halla una mujer sensible. Ama furioso. Espirará de amor. No puede con el tumulto de su corazón enamorado. Nadie lo vence en amar, nadie. Ennoblece con su magna poesía lo más pueril del amor, y lo más dulce: el darse y qui tarse y volverse a dar las manos, el no tener que decirse, el decírselo todo de repente. Sale del baile, como monarca coronado de estrellas, porque ha visto reinar a la que ama. El que baila con la que ama es indigno, insensible e indigno. A la que él ama, Cuba la aplaude, Catulo le manda el ceñidor de Venus, los dioses del Olimpo se la envidian. Tiembla al lado de Emilia, en los días románticos de su persecución en Cuba; pero puede más la hidalguía del mancebo que la soledad tentadora. Pasa, huyendo de sí junto a la pobre “rosa de nuestros campos,” que se inclina deslumbrada ante el poeta, como la flor ante el sol. Sufre hasta marchitarse, y tiene a orgullo que le vean en la frente la palidez de los amores. El universo ¿quién no lo sabe? está entero en la que ama. No quiere ya a las hermosas, porque por la traición de una supo que el mundo es vil; pero no puede vivir sin las hermosas. ¿Cómo no habían de amar las mujeres con ternura a aquél que era cuanto al alma superior de la mujer aprisiona y seduce: delicado, intrépido, caballeroso, vehemente, fiel, y por todo eso, más que por la belleza, bello? ¿al que se ponía a sus pies de alfombra, sumiso e infeliz, y se erguía de pronto ante ellas como un soberano irritado? ¿Ni cuál es la fuerza de la vida, y su única raíz, sino el amor de la mujer?
De la fatiga de estas ternuras levantaba, con el poder que ellas dan, el pensamiento renovado a la naturaleza eminente, y el que envolvía en hojas de rosa la canción a Lola, ensilla una hora después su caballo volador, mira -descubierta la cabeza- al cielo turbulento, y a la luz de los rayos se arroja a escape en la sombra de la noche. O cuando el gaviero, cegado por los relámpagos, renuncia en los mástiles rotos a desafiar la tempestad, Heredia, de pie en la proa, impaciente en los talones la espuela invisible, dichosa y centelleante la mirada, ve tenderse la niebla por el cielo, y prepararse las olas al combate. O cuando la tarde convida al hombre a la meditación, trepa, a pie firme, el monte que va arropando la noche con su lobreguez, y en la cumbre, mientras se encienden las estrellas, piensa en la marcha de los pueblos, y se consagra a la melancolía. Y cuando no había monte que subir, desde sí propio veía, como si lo tuviera a sus pies, nacer y acabarse el mundo, y sobre él tender su inmensidad el Océano enérgico y triunfante.
Un día, un amigo piadoso, un solo amigo, entró, con los brazos tendidos, en el cuarto de un alguacil habanero, y allí estaba, sentado en un banco, esperando su turno, transparente ya la mano noble y pequeña, con la última luz en los ojos, el poeta que había tenido valor para todo, menos para morir sin volver a ver a su madre y a sus palmas. Temblando salió de allí, del brazo de su amigo; al recobrar la libertad en el mar, reanimado con el beso de su madre, volvió a hallar, para despedirse del universo, los acentos con que lo había asombrado en su primera juventud; y se extinguió en silencio nocturno, como lámpara macilenta, en el valle donde vigilan perennemente, doradas por el sol, las cumbres del Popocatepetl y el Itzlanzihuatl. Allí murió, y allí debía morir, el que para ser en todo símbolo de su patria, nos ligó, en su carrera de la cuna al sepulcro, con los pueblos que la creación nos ha puesto de compañeros y de hermanos: por su padre con Santo Domingo, semillero de héroes, donde aún, en la caoba sangrienta, y en el cañaveral quejoso, y en las selvas invictas, está como vivo, manando enseñanzas y decretos, el corazón de Guarocuya; por su niñez con Venezuela, donde los montes plegados parecen, más que dobleces de la tierra, los mantos abandonados por los héroes al ir a dar cuenta al cielo de sus batallas por la libertad; y por su muerte, con Méjico, templo inmenso edificado por la naturaleza para que en lo alto de sus peldaños de montañas se consumase, como antes en sus teocalis los sacrificios, la justicia final y terrible de la independencia de América.
Y si hasta en la desaparición de sus restos, que no se pueden hallar, simbolizase la desaparición posible y futura de su patria, entonces ¡oh Niágara inmortal! falta una estrofa, todavía útil, a sus soberbios versos. ¡Pídele ¡oh Niágara! al que da y quita, que sean libres y justos todos los pueblos de la tierra; que no emplee pueblo alguno el poder obtenido por la libertad, en arrebatarla a los que se han mostrado dignos de ella; que si un pueblo osa poner la mano sobre otro, no lo ayuden al robo, sin que te salgas, oh Niágara, de los bordes, los hermanos del pueblo desamparado!
Las voces del torrente, los prismas de la catarata, los penachos de espuma de colores que brotan de su seno, y el arco que le ciñe las sienes, con el cortejo propio, no mis palabras, del gran poeta en su tumba. Allí, frente a la maravilla vencida, es donde se ha de ir a saludar al genio vencedor. Allí, convidados a admirar la majestad del portento, y a meditar en su fragor, llegaron, no hace un mes, los enviados que mandan los pueblos de América a juntarse, en el invierno, para tratar del mundo americano; y al oír retumbar la catarata formidable, “¡Heredia!” dijo, poniéndose en pie, el hijo de Montevideo: “¡Heredia!” dijo, descubriéndose la cabeza, el de Nicaragua; “¡Heredia!” dijo, recordando su infancia gloriosa, el de Venezuela; “¡Heredia!”… decían, como indignos de sí y de él, los cubanos de aquella compañía; “¡Heredia!”, dijo la América entera; y lo saludaron con sus cascos de piedra, las estatuas de los emperadores mejicanos, con sus volcanes Centro América, con sus palmeros el Brasil, con el mar de sus pampas la Argentina, el araucano distante con sus lanzas. ¿Y nosotros, culpables cómo lo saludaremos? ¡Danos, oh padre, virtud suficiente para que nos lloren las mujeres de nuestro tiempo, como te lloraron a tí las mujeres del tuyo; o haznos perecer en uno de los cataclismos que tú amabas, si no hemos de saber ser dignos de ti!

*En el Hardman Hall, Nueva York, el 30 de noviembre de 1889, José Martí honra los valores patrióticos contenidos en la obra de José María Herdia y Heredia.

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EL PROFESOR


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Obama: última chance

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Atilio A. Boron
Rebelión
Mírate al espejo y pregúntate que has hecho desde ese cargo que has detentado los últimos ocho años, el más poderoso del mundo. Se entiende que hayas encanecido rápidamente, porque la verdad es que has sido la gran decepción de los últimos tiempos. Siempre pensé que la “Obamamanía” que se desató con tu elección era una soberana estupidez, producto del colonialismo mental que afecta a intelectuales, académicos, comunicadores sociales y políticos de casi todo el mundo. Pero nunca llegué a pensar que en la Casa Blanca te iría tan mal.
Tus reformas (la financiera, de la salud, la migratoria, para hablar de las principales) fueron una tras otra un fracaso. No sólo por culpa de los homínidos que pueblan el Congreso de Estados Unidos sino porque, como gobernante, careciste de las agallas para pelear por lo que creías era justo. Tal vez estuvieras amenazado por la mafia derechosa de tu país, es posible; pero igual deberías haber librado combate, y no lo hiciste. Y en materia de política exterior, siendo un inmerecido Premio Nobel de la Paz no dejaste de librar guerras un solo día de tu mandato, y cada martes, rutinariamente, marcabas con un tilde el nombre de alguien que tus cobardes muchachos desde un refugio en Utah o Nevada, mataban con sus drones sobrevolando Paquistán, Afganistán o cualquier otro país del mundo en donde se ocultaron los que los imbéciles que te rodean e informan califican como “terroristas”. Asesinaban impunemente, con los consabidos “daños colaterales”, por supuesto. Tus generales de opereta, inútiles que -como decía Jorge Luis Borges- jamás habían sentido silbar una bala muy cerca de su cabeza, te metieron a fondo en cuanta guerra se librase en el planeta. Te limitaste a deplorar que en los últimos tiempos policías racistas se ensañaran con tus hermanos de raza, cuando deberías haberles proporcionado un escarmiento ejemplar a esos canallas que siguen pensando que todos los afroamericanos y los hispanos son criminales, como luego lo diría, sin tantas vueltas, Donald Trump.
Con la ayuda de Hillary Clinton diste vida al monstruoso Estado Islámico, causante de una crisis humanitaria de proporciones desconocidas desde los tiempos de la Segunda Guerra Mundial. Tu ex Secretaria de Estado se limitó a decir que “nos equivocamos al elegir a nuestros amigos”, cuando merecerían, tanto ella como tú, ser enviados a la Corte Penal Internacional por tan criminal elección de amistades políticas. Destruiste Libia, mentiste por años al acusar a Irán de tener un programa nuclear destinado a producir armas de destrucción masiva cuando tu bien sabías que el único país que tiene ese tipo de armamento en la región es Israel, y que lo tiene porque tus predecesores se lo otorgaron y tú no hiciste nada para revertir esa situación. No sólo eso: toleraste que el fascista de Netanyahu fuera a hablar en contra de tu decisión de restablecer el diálogo con Irán nada menos que ante el Congreso de tu país, cuando podrías haber hecho que las autoridades migratorias impidieran el ingreso de ese energúmeno a Estados Unidos. No contento con destruir Libia e incendiar Siria, Irak y casi todo el Medio Oriente, para debilitar los apoyos de Irán en la región, no dudaste en orquestar un golpe de estado en Ucrania, elevando al rango de combatientes por la libertad a una execrable banda de neonazis a los cuales tus funcionarios del Departamento de Estado alimentaban con panecillos en frente a la casa de gobierno en Kiev.
Ni hablar de lo que has hecho en América Latina: amparaste los golpes de estado en Honduras (2009) y Paraguay (2012), e intentaste tumbar a Correa en el 2010. Hostigaste sin cesar a Venezuela con una guerra económica, diplomática y mediática muchísimo peor que la que el bandido de Richard Nixon (que por serlo tuvo que renunciar a su cargo) decretara en contra del Chile de Salvador Allende. Y fomentaste con tus lugartenientes locales una brutal ofensiva destituyente en contra de Cristina Fernández en la Argentina y el “golpe blando”, otra de tus aportaciones a la política contemporánea, en contra de Dilma Rousseff. Lejos de colaborar con la paz en Colombia has continuado apoyando al paramilitarismo de Álvaro Uribe, y apoyando a gobiernos que criminalizan la protesta social y matan a líderes como Berta Cáceres en Honduras. También, tienes el record en materia de deportación de hispanos (¡dos millones y medio nada menos!) y la masacre de los 43 jóvenes de Ayotzinapa no te ha movido un pelo.
No sigo porque el listado de tus tropelías y crímenes, aquí y en el resto del mundo, sería interminable. Tuviste un gesto de estadista al poner fin al horrible cautiverio sufrido, injustamente, por los cinco héroes cubanos. Pero pese a tu visita a Cuba y a la reanudación de las relaciones diplomáticas con ese país el bloqueo sigue su curso, con toda su ferocidad. Y no puedes culpar de ello a los desvergonzados millonarios que ocupan sus curules en la Cámara de Representantes y en el Senado de tu país. Tu bien sabes que mientras los millonarios constituyen el 1 por ciento de la población de Estados Unidos son el 52 por ciento en el Senado y el 44 por ciento en la Cámara de Representantes. Sabes que eso de la “democracia” norteamericana es una burla sangrienta y que tanto los representantes como los senadores no toleran la existencia de una Cuba socialista a 100 millas de la Florida. Pero hay muchas cosas que tú podrías hacer si no para derogar las leyes del bloqueo al menos para atenuar algunas de sus más graves consecuencias. Y eso está en las atribuciones presidenciales, que no has ejercido sino por cuenta gotas y en asuntos marginales.
Por eso, ya al final de tu mandato y antes de que pases a la historia, ¡y no entrando por la puerta grande precisamente!, podrías tener un gesto de grandeza y desmontar gran parte de la infame telaraña del bloqueo cubano, que ha sometido a este pueblo a más de medio siglo de privaciones y castigos por el sólo hecho de rechazar vivir de rodillas frente a tu país. Y jamás lograrás, ni tú ni tu sucesor, que tal cosa vaya a ocurrir. Porque si hay un pueblo digno y valiente en el mundo ese es el cubano. De modo que, hazte un favor a ti mismo y acaba ya con todo lo que esté a tu alcance para poner fin a una política que ha dejado a tu país como un paria internacional, como un “estado canalla”, objeto de la repulsa universal en Naciones Unidas. Y, de paso, indultar al combatiente colombiano Simón Trinidad, sometido a condiciones absolutamente inhumanas de detención, y al patriota puertorriqueño Oscar López Rivera, prisionero político de tu país por luchar por las mismas causas por las que lucharon Washington, Jefferson y los padres fundadores de los Estados Unidos. Oscar es el preso político que Estados Unidos ha mantenido por más años tras las rejas, en condiciones inhumanas. Tu inacción frente al bloqueo y el ensañamiento contra estos prisioneros sólo ha servido para consolidar aún más el repudio al imperialismo en América Latina y el Caribe.
Demuestra que aún tienes agallas y acaba ya con tanta infamia. Es tu última oportunidad. No la dejes pasar. Tus hijas, de las cuales estás tan orgulloso, te lo agradecerán.
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