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El proceso abierto en 1998 con la llegada al Poder Ejecutivo de Hugo Chávez a través de elecciones democráticas, cambió el panorama en Venezuela, y en buena medida, en toda la región latinoamericana.

Venezuela es una amenaza inusual y extraordinaria para la seguridad nacional de los Estados Unidos

Orden Ejecutiva firmada por Barack Obama en marzo de 2015

O inventamos o erramos

Simón Rodríguez

La llegada al poder de Chávez, sin embargo, no fue una revolución popular, socialista, espontánea, como las que se dieron a lo largo del siglo XX en Rusia, China, Cuba, Vietnam o Nicaragua. En realidad fue un proceso sui generis donde un militar formado en el anticomunismo de la Doctrina de Seguridad Nacional (paracaidista de los cuerpos de élite de las fuerzas armadas), sin preparación marxista, profundamente cristiano, se montó en el descontento popular que venía dándose desde 1989 con el Caracazo (primera reacción popular en toda América Latina a los planes neoliberales que se comenzaron a aplicar siguiendo recetas del Fondo Monetario Internacional (FMI) y el Banco Mundial (BM), violentamente reprimido por el gobierno de Carlos Andrés Pérez con una cauda nunca determinada de muertos que varía, según las apreciaciones, de 2000 a 10.000).

Retomando la ira popular ante esas medidas netamente impopulares, y con un mensaje moralizante, Hugo Chávez llegó a la presidencia. A partir de un discurso centrado en la lucha contra la corrupción, Chávez ganó las elecciones y comenzó a construir un proyecto nacionalista. Para sorpresa de todos, aún de la misma población que lo había votado, rápidamente comenzó a hablar de un nuevo socialismo, formulando la crítica del socialismo real, ya caído para ese entonces. Fidel Castro inmediatamente le tendió una mano -o más bien aprovechó la circunstancia de encontrar un aliado latinoamericano que le ayudara a salir del “período especial”-, con lo que el discurso chavista fue tornándose más radicalizado, más “cubanizado”. Pero nunca hubo un planteo estrictamente socialista, marxista.

En sus alocuciones -y en su práctica política- Chávez ponía en un pie de igualdad las figuras de Ernesto “Che” Guevara y de Cristo, citando indistintamente la Biblia o un texto del comunista ruso Plejánov. Él mismo dijo muchas veces explícitamente que no era marxista. Su plan de gobierno era una mezcla voluntarista de “buenas intenciones”, más cerca de la socialdemocracia o la caridad cristiana que de un proyecto revolucionario. Lo cierto es que las circunstancias lo fueron convirtiendo en un líder increíblemente popular, con gran arraigo dentro y fuera de su país, siendo una figura mediática como pocas veces se dio en la historia, venezolana o mundial.

Todo lo anterior es, en definitiva, la Revolución Bolivariana: una indefinición ideológica asentada en gran medida en la figura de un líder carismático. Con esa dinámica, el proceso venezolano cursó varios años, con importantes avances para el campo popular (sustanciales mejoras en los niveles de vida a partir de una más equitativa distribución de la renta petrolera del país), pero sin tocar nunca los resortes últimos del capital. En el momento de morir, Chávez -que pasó a ser figura sempiterna del proceso, abriéndose forzosamente la pregunta de si puede haber socialismo basando en el culto a la personalidad de un dirigente-, designó “sucesor”. Nicolás Maduro, un ex sindicalista que proviene de las filas del Partido Socialista, fue el ungido.

Hoy día la revolución sigue en pie, aunque muy atacada (o quizá muy débil) en sus cimientos. Puede decirse que en Venezuela hoy se libra una guerra. Pero para ser exactos, hoy por hoy se acrecienta una guerra que, en realidad, se viene librando desde hace años.

No hay dudas que recientemente esa guerra alcanzó niveles monstruosos: la derecha se siente cada vez más envalentonada, y las provocaciones -ya con más de 30 muertos como resultado- se pueden encaminar a una abierta intervención extranjera, amparada en la Carta Democrática de la OEA, quizá, permitiendo acciones militares incluso. El desgobierno y el estado de volatilidad al que se está llevando al país evidencian una situación de caos como nunca antes se había dado. El recuerdo de lo hecho por Estados Unidos en Irak o en Libia, provocando virtuales guerras civiles con el destronamiento de sus líderes (Saddam Hussein o Muamar Gadafi respectivamente) acude de inmediato a la memoria. Tal vez algo así tiene pensado el Pentágono para el país caribeño. La población de a pie, como siempre, es quien paga las consecuencias.

Las usinas ideológico-mediáticas del capitalismo global llevan ese estado de caos a una dimensión apocalíptica, presentando la situación como una “dictadura” sin precedentes, donde la población está siendo masacrada, con mensajes que recuerden los más encarnizados momentos de la Guerra Fría. El “castro-comunista” presidente venezolano está reprimiendo en forma sanguinaria, parece ser el mensaje. Una cohorte de agentes anti-bolivarianos (locales e internacionales) constituye la caja de resonancia de esa escenificación. La caída del “villano” se anuncia cercana. Y los muertos y heridos siguen, mientras continúa el desabastecimiento provocado, la zozobra, la violencia manipulada.

Pero seamos claros: la guerra en cuestión no es sólo la situación de ataque económico y saboteo a la que se ve sometido el gobierno de Nicolás Maduro en este momento puntual, con el acrecentamiento sanguinario de grupos que crean caos e ingobernabilidad. La guerra está desde el momento mismo en que Hugo Chávez puso en marcha un proceso en que se pretendió tocar las estructuras de la sociedad, empezando por repartir más equitativamente la renta petrolera, abriendo un discurso con sabor cubanizado.

El actual ataque que sufre el proceso bolivariano es la profundización de una lucha eterna que, siendo consecuentes con el análisis del materialismo histórico, ha existido siempre en todos estos años de intento de transformación. La guerra que vive la Revolución Bolivariana, ahora claramente con armas de fuego y provocaciones cada vez más subidas de tono, es la misma que padeció cualquier país que intentó salirse de los dictados de la “normalidad” capitalista, en general manejada desde las sombras por Washington: durante 64 años Corea del Norte, durante más de 50 años Cuba, durante 60 años Palestina, durante 38 años Irán. Dicho de otro modo: la guerra actual es una expresión de la lucha de clases que siempre estuvo presente, desde que Chávez empezó a hablar de socialismo, desempolvando un término que, en medio de la marea neoliberal, parecía condenado al olvido.

Vale la pena preguntarse, con sentido crítico y constructivo, por qué no se tomaron las precauciones elementales para librar esa guerra si se sabía que el enemigo siempre ha estado y estará ahí. Un proceso que se pretende socialista sólo se puede fortalecer -dicho de otro modo: sólo se puede ganar esta guerra- con más socialismo, nunca con menos. La “revolución bonita”, pacífica, tranquila, y más aún las concesiones a la derecha, sientan las bases para la contrarrevolución feroz.

La lucha de clases, motor de la historia -en Venezuela y en cualquier parte del mundo- siguió estando siempre al rojo vivo. En realidad, nunca se enfría. Lo que sucede en el país responde en muy buena medida a una agenda fijada por la Casa Blanca y los grandes grupos de poder estadounidenses, que ven la posibilidad de perder una gran reserva de petróleo que necesitan con desesperación. Ahora, con estas iniciativas desestabilizadoras que está tomando la derecha nacional apoyada por el gobierno norteamericano, con formas crecientemente agresivas ya no solo centradas en la esfera económica sino con abiertas acciones armadas a través de grupos provocadores, la lucha cobra mayor fuerza. Pero todo esto no es muy distinto, en esencia, de todos los ataques que ha venido sufriendo la Revolución Bolivariana en su historia: intentos de golpe de Estado, paro petrolero, “calentamiento” de calle, desabastecimiento, mercado negro, continua agresión mediática, desprestigio internacional, escaramuzas armadas esporádicas, sabotajes varios.

El intento del gobierno de Estados Unidos es detener de una buena vez por todas el proceso nacionalista/socialista que está teniendo lugar en Venezuela para asegurarse la reserva de petróleo conocida más grande en la actualidad. La voracidad imperial necesita de ese oro negro como su oxígeno vital, y por nada del mundo está dispuesto a perderlo. Y ahí viene el choque: con Chávez se inició ese confuso proceso del socialismo del siglo XXI. Con Maduro continuó, y el ataque de la derecha se tornó más despiadado. Ahora bien: un socialismo jaqueado sólo podrá vencer no con concesiones y titubeos a la derecha, sino con más socialismo. ¿Cómo pudo reconstruirse la Unión Soviética devastada por la terrible Segunda Guerra Mundial, para llegar a ser superpotencia pocos años después? Con más socialismo. ¿Cómo pudo Vietnam salir airoso de la tremenda guerra de agresión que sufrió? Con más socialismo. ¿Cómo pudo Cuba soportar el “período especial” una vez desaparecida la Unión Soviética? Con más socialismo. Las concesiones y titubeos no llevan por buen camino. O, en todo caso, dan pie a más agresiones, a más ataques.

¿Qué puede pasar ahora en el país caribeño? El proceso está complicado, y las opciones parecen solo dos: o se profundiza realmente la vía socialista o, como dice Atilio Borón: “El triunfo de la contrarrevolución convertiría de hecho a Venezuela en el estado número 51 de la Unión Americana, y si Washington durante más de un siglo ha demostrado no estar dispuesto a abandonar a Puerto Rico, ni en mil años se iría de Venezuela una vez que sus peones derroten al chavismo y se apoderen de este país y su inmensa reserva petrolera. (…) La derrota de la revolución se traduciría en la anexión informal de Venezuela a Estados Unidos.

No cabe ninguna duda que luego de décadas de capitalismo salvaje, extinguido el campo socialista soviético, las ideas de justicia social y lucha por un cambio revolucionario de la sociedad quedaron debilitadas. Obviamente las luchas de clases no terminaron, pero el discurso conservador dominante intentó pasar al baúl de los recuerdos todo lo que tuviera que ver con “socialismo”, “revolución obrera y campesina”, “poder popular y socialización de los medios de producción”, “lucha antiimperialista”. Fue la llegada de Hugo Chávez lo que permitió desempolvar esos anhelos. El proceso que él iniciara revitalizó esas dormidas y muy golpeadas esperanzas. La historia, por supuesto, no había terminado. El campo popular allí siguió estando, resistiendo como pudo las políticas neoliberales, diezmado, desorientado en su lucha política. Eso fue lo que posibilitó la aparición de un líder como Hugo Chávez. El Caracazo y las luchas populares fueron su preámbulo.

Es en esa lógica, a partir de ese nacionalismo provocador que se inicia con el Caracazo y se continúa con la llegada a la presidencia de Chávez, que el caso de Venezuela representa una “piedra en el zapato” para Washington, dadas las enormes reservas de hidrocarburos que atesora, botín que el imperio no va a perder. Ese pareciera el elemento principal a considerar para entender la situación actual del país; un gobierno nacionalista que quiere manejar autónomamente sus recursos, y si a eso se suma un presidente díscolo que puede tratar de “diablo” en la cara al primer mandatario de la primera potencia mundial (a George Bush en las Naciones Unidas: “huele a azufre”), llamando a una unidad latinoamericana con un talante al menos no capitalista, el resultado es lo que vemos: el imperio muestra los dientes. La derecha local, en este momento nucleada en la Mesa de la Unidad Democrática -MUD- es solo su peón, su operador en el terreno.

Ahora, dado que la coyuntura lo fue haciendo posible, la Casa Blanca ya se permite hablar abiertamente de una intervención: “Venezuela atraviesa un período de inestabilidad significativa el año en curso debido a la escasez generalizada de medicamentos y comida, una constante incertidumbre política y el empeoramiento de la situación económica”, declaró recientemente el Jefe del Comando Sur, Almirante Kurt Tidd, en su informe al Comité de Servicios Militares del Senado estadounidense. Por ello, según la estrategia que el país del norte tiene trazada, consistente justamente en crear ese escenario de caos, “la creciente crisis humanitaria en Venezuela podría obligar a una respuesta regional”, léase: acción militar multilateral bajo el paraguas de la OEA quizá, liderada por la Casa Blanca.

En realidad, el proceso de transformación iniciado por Hugo Chávez, y tibiamente continuado por Maduro, con más concesiones que verdaderos avances socialistas, tiene como soporte ideológico una mezcla algo ambigua de socialdemocracia, voluntarismo, caridad cristiana y, por allí, algunos chispazos inspirados en el materialismo histórico. Las concesiones actuales pueden llegar a ser groseras: “Destacan políticas como la creación de las Zonas Económicas Especiales, las cuales representan liberalizaciones integrales de partes del territorio nacional, una figura que entrega la soberanía a los capitales foráneos que pasarían a administrar prácticamente sin limitaciones dichas regiones. Se trata de una de las medidas más neoliberales desde la Agenda Venezuela implementada por el gobierno de Rafael Caldera en los años 90, bajo las recomendaciones del Fondo Monetario Internacional”, analiza acertadamente Emiliano Teran Mantovani.

No hay duda que las clases populares, los eternamente excluidos y olvidados -el “pobrerío” en sentido amplio, para decirlo con un término quizá no marxista- con el proceso bolivariano se comenzaron a sentir protagonistas de su propia historia. El poder popular, al menos en parte, comenzó a ser un hecho: los “negros de los barrios” con la Revolución Bolivariana pudieron comenzar a entran triunfantes al Teatro Teresa Carreño, otrora un ícono de la oligarquía vernácula. Y las condiciones de vida mejoraron ostensiblemente (salud, educación, salario, vivienda, acceso a la recreación, lucha contra el patriarcado, etc.). Pero el ciclo de bonanza terminó. Los precios a la baja del petróleo (manipulados por las bolsas de valores imperiales) no permitieron seguir con la misma intensidad los programas sociales. Si a eso se le suma el avance sanguinario de la derecha, el paisaje actual abre un angustiante interrogante de qué sucederá en con esta peculiar revolución en marcha.

Pareciera que la revolución nunca tuvo claro (y parece que no lo tiene tampoco ahora) qué es eso del socialismo del siglo XXI. Que el enemigo de clase reaccione es lo esperable (¿por qué no habría de hacerlo?, pues la “guerra” no comenzó con el mercado negro, la especulación y el desabastecimiento actuales: la guerra es la lucha de clases, siempre presente desde que hay sociedades con propiedad privada). La otra parte del problema está del lado del movimiento bolivariano: ¿hacia dónde se quiere ir realmente?

Si esto no está precisamente definido, será difícil cuando no imposible, seguir caminando. El proyecto económico de la revolución es algo incierto, confuso incluso: ¿es socialista? ¿Es socialdemócrata? ¿Capitalista con rostro humano? ¿Control obrero de la producción o asistencialismo gubernamental?

Todo ello abre la pregunta respecto a qué se ha estado construyendo estos años, lo cual lleva a conclusiones inexorables: 1) la economía, y el Estado que la administra, siguen siendo capitalistas. Y, no menos importante, 2) no se salió nunca del rentismo petrolero. He ahí un cuello de botella ineludible. Superar eso es la clave para ganar la actual avanzada desestabilizadora. O, dicho de otro modo, para profundizar, de una buena vez por todas, la revolución y construir el socialismo.

Históricamente la riqueza generada por la producción quedó mayormente en manos de la clase dirigente nacional: una burocracia tecnocrático-petrolera y un empresariado nacional poco productivo (en menor medida agrícola-industrial, fundamentalmente de servicios), o retornaba a las casas matrices de las corporaciones multinacionales que operan en territorio venezolano. Muy buena parte de esa renta iba destinada a un consumo en cierta forma irracional, suntuario (los pechos de silicona y la cultura de las Miss Universo son un patético síntoma). Con el proceso bolivariano todo ello no cambió sustancialmente, pero sí en parte la forma en que se repartía la renta, por cuanto comenzó a llegar algo más a los desposeídos de siempre. Por eso la derecha reaccionó (por razones tanto económicas como viscerales, ideológicas). De todos modos, los mecanismos últimos de la economía (la propiedad de los medios productivos) no se expropiaron. Y lo mismo pasó con el sistema financiero. Es decir: un socialismo excesivamente tibio, un socialismo que nunca fue tal, en sentido estricto.

La edificación de una sociedad nueva, con dignidad para todos, sostenible y respetuosa del medio ambiente, no se puede hacer sobre la base de la monoproducción, de la venta de petróleo, quedando el país en dependencia casi absoluta de la industria y la tecnología extranjeras, incluida también la seguridad alimentaria. Muchos menos aún: no se puede hacer sobre un modelo capitalista. Eso tiene sus límites inexorablemente.

Las situaciones límite, tal como pareciera que ahora se ha ido creando en el país, fuerzan ineludiblemente respuestas decisivas, terminantes. Son horas definitorias; las medias tintas ya no son posibles. El actual llamado a una Asamblea Constituyente que hace la dirección bolivariana en el medio de la crisis no queda claro si es un “manotazo de ahogado” o un mecanismo para ganar tiempo. Sectores de izquierda crítica, que siempre han apoyado la Revolución, ahora lo adversan. Como medida política, abre interrogantes.

Está claro que la Revolución está en aprietos. Medidas socialistas que se deberían haber tomado años atrás -control obrero de la producción, milicias populares, diversificación productiva, reforma agraria, profundización real del poder popular- pueden ser el camino. La tibieza, en este momento, puede ser el preámbulo del envalentonamiento final de la derecha.

Una “revolución bonita”, que no apela a medidas enérgicas anticapitalistas de claro e incuestionable contenido popular, con acciones más reactivas que propositivas, puede haberse cavado su propia fosa, justamente por su tibieza, por sus indefiniciones. Pero tal vez es el momento de profundizar ese socialismo del Siglo XXI que nunca quedó claro en qué consiste. Es hora, tal vez, de definirse con claridad. Solo eso podrá impedir retroceder lo avanzado y pasar a ser ese Estado 51 de la Unión Americana.

Como dijo Rosa Luxemburgo analizando la revolución bolchevique de 1917: “No se puede mantener el “justo medio” en ninguna revolución. La ley de su naturaleza exige una decisión rápida: o la locomotora avanza a todo vapor hasta la cima de la montaña de la historia, o cae arrastrada por su propio peso nuevamente al punto de partida. Y arrollará en su caída a aquellos que quieren, con sus débiles fuerzas, mantenerla a mitad de camino, arrojándolos al abismo”.

En conclusión: el socialismo sólo puede mejorarse con ¡más y mejor socialismo! Ahora es cuando, ahora es el momento decisivo. Quizá, lamentablemente, haya que decir: ahora… o nunca.

Bibliografía sugerida

Boron, Atilio. Venezuela en la hora de los hornos. En Rebelión: http://www.rebelion.org/noticia.php?id=226332

Marea Socialista califica de “falsa” la Constituyente y exige referendo consultivo. En Aporrea: https://www.aporrea.org/ddhh/n308130.html

Teran Mantovani, Emiliano. El proceso bolivariano desde adentro. Siete claves para entender la crisis actual. En Rebelión: http://www.rebelion.org/noticia.php?id=225731

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Revelan fórmula de Coca-Cola

Confirman existencia de cocaína en la fórmula de Coca-Cola

¿Por qué será que la fórmula de la Coca-Cola, inventada en 1886 por el químico John Pemberton, es uno de los secretos comerciales más celosamente guardados del mundo?. Se dice que su fórmula se encuentra en una bóveda acorazada en la sede central de Coca-Cola en Atlanta, Georgia, y custodiada las 24 horas del día. Quizá ahora comience a aclararse el por qué de tanto misterio.

Originalmente, Coca Cola fue promovida como una bebida que “ofrecía las virtudes de la coca sin los vicios del alcohol” (ver www.cocaine.org). Desde sus orígenes, su consumo fue altamente estimulante y junto a la cafeína creó adicción a su consumo, como señala el sitio NaturalNews. Hasta 1903, una porción típica contenía 60 mg de cocaína. Hoy en día los extractos de coca los obtiene de la hoja de coca, por ello The Coca Cola Company importa cada año más de ocho toneladas de hojas de coca de América del Sur.

Las hojas de coca son uno de los principales ingredientes de la bebida, y así lo confirma la receta de Coca-Cola publicada por www.thisamericanlife.org, que asegura que esta es la receta original y que fue publicada por un diario estadounidense hace más de 30 años. El sitio detalla que el Atlanta Journal-Constitution, en un número de febrero de 1979, mostró una fotografía en la que se ve a una persona enseñando la que parece ser la famosa fórmula de la Coca-Cola. Los ingredientes y las cantidades exactas que se requieren para fabricar dicha bebida son:

  • 3 chorros de extracto de coca
  • 3 onzas de ácido cítrico
  • 1 onza de cafeína
  • 30 “#” de azúcar (no está clara la cantidad que se necesita)
  • 2.5 galones de agua
  • 2 pintas de zumo de limón
  • 1 onza de vainilla
  • 1.5 onzas de caramelo
  • 8 onzas de alcohol
  • 20 gotas de aceite de naranja
  • 30 gotas del aceite de limón
  • 10 gotas de aceite de nuez moscada
  • 5 gotas de aceite de cilantro
  • 10 gotas de aceite de “neroli”
  • 10 gotas de aceite de canela

Lo interesante del caso es que mientras cada año mueren miles de personas por el tráfico de esta droga, una gran transnacional tiene acceso a los recursos de manera totalmente legal. Hasta hace poco más de cien años (fines del siglo 19, comienzos del siglo 20), el consumo de cocaína era bastante habitual y se vendia en farmacias. Sigmund Freud basaba muchos de sus tratamientos en el consumo de esta droga, y para Robert-Louis Stevenson y Arthur Conan Doyle animaban su talento narrativo. Curiosamente cuando apareció la Coca-Cola, su consumo comenzó a ser prohibido.
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Más información: ThisAmericanLife, Natural News

Exoplanetas para escapar del planeta Tierra

Por Carlos Ruperto Fermín

La ciencia astronómica siempre corrompe el valor humanitario de la vida. Con cada nuevo secreto revelado del Universo, nos vamos olvidando de la extrema crisis social, que castiga el alma de la astrológica Humanidad.

Exoplanetas para escapar del planeta Tierra

No necesitamos la vigilia espacial de gigantescos telescopios en el cielo, para observar el hambre y descubrir la pobreza de su propio egoísmo.

Nuestra enorme esperanza de hallar agua, vida y sueños galácticos, que se encuentran gravitando fuera de nuestro gran sistema solar, se contrapone con nuestra fatal indiferencia hacia las personas que no tienen agua, que no tienen vida y que no tienen sueños galácticos, porque se encuentran gravitando dentro de nuestro gran sistema solar.

Cruzamos los dedos para hallar nuevos palacios en el Cosmos, que puedan ser colonizados en un futuro cercano por la raza humana. Pero no queremos darle un apretón de manos al niño enfermo con cáncer, al vagabundo que mendiga frente al semáforo, ni a la prostituta que fue salvajemente golpeada.

La Vía Láctea es tan blanca como la noche del planeta Tierra, porque las cicatrices del sol no se pueden ocultar con un dedo, y aunque duermas con la más profunda oscuridad de una puerta cerrada, siempre hay diez ventanas abiertas que reflejan el brillo de la homofobia, de la xenofobia, y de la corrupción global.

Es tristemente desconcertante nuestra triste capacidad de asombro. La adicción a la tendencia tecnológica es tan fuerte, que vivimos intoxicados en una anormal sociedad de consumo, donde mi gloria personal supera al bienestar común.

Tenemos corazón para matar en la guerra, pero no tenemos amor para rescatar la paz. La palabra del perdón siempre es una efímera silueta, que resplandece cuando ya no quedan corazones en manos de los enemigos, y solo queda esperar que una nueva tontería escrita en las páginas bíblicas, despierte la clásica violencia irracional de los hombres y las mujeres.

Somos criaturas irracionales cuando celebramos con bombos y platillos, el histórico descubrimiento difundido por la NASA en febrero del año 2017, que afirmaba la existencia de siete nuevos exoplanetas con un tamaño muy similar a la Tierra, que se hallan a 40 años luz de nuestra demoníaca presencia terrenal, y que orbitan alrededor de una estrella enana ultra-fría llamada Trappist-1.

Tres de los siete exoplanetas se encuentran en la hipotética “zona habitable”, pudiendo contener agua líquida en sus superficies. El gran suceso astronómico fue el Santo Grial para la comunidad científica, y ya muchas personas empiezan a empacar su ropa dentro de la maleta, para no perderse el trepidante viaje hacia la imaginación agnóstica.

Recordemos que un exoplaneta, es un planeta que orbita una estrella distinta al Sol, por lo que no pertenece a nuestro santificado sistema solar, donde el fantástico astro rey es el verdadero dador de la vida. En la actualidad, existen exoplanetas muy famosos como: Kepler-438b, WL 1061c y KOI-4878.01, que son los caballitos de Troya para justificar las noches de insomnio en Madagascar.

El uso de la clarividencia periodística nos convierte en animales recelosos, porque estamos seguros que la Tierra es el único planeta que alberga vida en el Universo, y porque ningún exoplaneta ya descubierto o por descubrir, presentará las condiciones naturales idóneas para que usted y yo vivamos tranquilos.

Estamos terriblemente solos y abandonados en el Mundo. No importa la pasión de la Física, ni la reacción de la Química, ni la respuesta del Álgebra. Jamás se hallará vida inteligente fuera de la Tierra, y nunca seremos capaces de comprender esa milagrosa verdad universal.

Por desgracia, la inteligencia fue un regalo conferido únicamente a los Seres Humanos, y ahora estamos pagando el precio más alto por la osadía divina, ya que la politiquería siempre compra los votos del pueblo, prometiéndole un idílico androide a cada inmigrante ilegal, que curaba con hierba seca a los enfermos.

Nuestro pensamiento rechaza el altruismo y premia el individualismo. Las cosas materiales pueden construir una casa a prueba de balas, pero no pueden comprar la dulzura de un hogar familiar. Las agresiones del entorno ambiental van derrumbando los ladrillos, las bisagras y los jardines, para que finalmente quedemos tan desnudos en el desierto, como una frágil estrella divagando en el firmamento.

Hoy en día la astronomía es un derecho tan privatizado, como el libre acceso al agua potable, al gas doméstico y a la electricidad.

Poca gente sabe que vive dentro de un cuerpo celeste, pero mucha gente vende su cuerpo por placer. Un nuevo exoplaneta no me garantiza comida en la mesa, agua en la ducha y luz en la sombra, pero puedo fingir interés para cumplir con la demanda colectiva.

Por eso, la desinformación que sufre la sociedad del consumo con la llegada de más exoplanetas, nos invita a soñar con utopías marcianas en tiempos de narcotráfico, que fácilmente pueden recrear la paranoia extraterrestre, sin necesidad de falsificar un pasaporte y estornudar pandemias por capricho.

La incoherente felicidad que produce la existencia de nuevos exoplanetas, comprueba la infertilidad emocional de la civilización del siglo XXI. Se gastan fortunas para descifrar los tesoros desconocidos del Universo, mientras padecemos un sinfín de graves problemas ecológicos, los cuales no causan el mismo frenesí noticioso que los ricitos de oro.

Vemos que las agencias astronómicas internacionales, se obsesionan con encontrar el verdadero clon del planeta Tierra.

Una pelota rocosa que tenga el mismo marroncito, el mismo azulito y el mismo verdecito, que por siglos se ha descolorado gracias a la nociva intervención del Hombre, quien siempre ha preferido pintar su apellido con el gris tormenta, con el rojo sangre y con el negro muerte.

Al igual que usted, yo también me pregunto: ¿Qué beneficios obtiene la Humanidad con el descubrimiento de los exoplanetas? ¿Qué beneficios obtiene el Medio Ambiente con el descubrimiento de los exoplanetas? ¿Qué beneficios obtiene una hormiga con el descubrimiento de los exoplanetas?

El esnobismo de los científicos a escala mundial, no reconoce la gran originalidad que ostenta la Tierra. La ciencia desea convertirla en una pelota genérica, mundana y repetible, como si fuera un balón de fútbol que recorre todas las canchas deportivas, esperando que cualquiera lo pise y le marque un gol.

La gran biodiversidad del planeta Tierra, no es la consecuencia de los accidentes fortuitos, devenidos del todopoderoso Big-Bang.

Las pinceladas de arte que se esconden en el sabor de las frutas, en la piel de los animales y en el olor de las flores, demuestran que un artista tuvo que pintar con delicadeza esa vida natural, porque si condicionamos nuestra existencia al binomio de explosiones y evoluciones, entonces solo hallaríamos la plaga de los matorrales, la peste de los hongos y la inercia de las piedras.

La terquedad científica que busca copiar y pegar el verbo del planeta Tierra, en cualquier suburbio galáctico presente en el Universo, nos hace pensar que la ola de desastres crecerá progresivamente en contra de la Pachamama, ya que seguimos sin respetar la huella dactilar de su milenaria creación.

Por ejemplo, las más de 300 ballenas muertas en la zona de Farewell Spit (Nueva Zelanda), es un lamentable hecho que demuestra la incomprensión del Ser Humano, hacia su propio mundo terrenal en pleno apogeo. Llenar la trágica noticia ocurrida en la bahía Golden, con figuraciones relacionadas al suicidio masivo de ballenas, al embrujo paranormal del maléfico lugar, a una cadena sísmica submarina, y hasta al magnetismo elemental de la Tierra, solo enfatiza la charlatanería que busca colonizar los exoplanetas.

Colonizar los exoplanetas mientras extinguimos a la jirafa. Ese bello animal que todos dibujamos y pintamos en nuestra infancia, y que con su gran altura corporal demostraba la gran altura del pacifismo. Pero ahora las jirafas se arrastran como los proféticos gusanos de la extinción, ya que se encuentran en condición de animales vulnerables según la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN), porque los francotiradores ejercitan la caza furtiva con artillería pesada, desde la gran altura del amarillento ecocidio.

De igual manera, la famosa muerte del hipopótamo “Gustavito” en El Salvador, nos demuestra que un simple animal puede ser utilizado, como un mecanismo de presión laboral. Primero se informó que el mamífero había sido atacado por personas inescrupulosas, que con afilados picahielos lo hirieron hasta ocasionarle la muerte. Y luego nos informaron que el mamífero estaba enfermo y murió de una hemorragia pulmonar, tras ser evaluados los resultados forenses de la necropsia.

Pero ahora se sabe que detrás de la muerte de Gustavito, existían reclamos y pugnas entre los sindicalistas y directivos del Zoológico Nacional de El Salvador, que con la defunción del hipopótamo lograron capitalizar la negligencia de los más inocentes, y demostraron que el tres de marzo sigue siendo olvidado por todos.

Todos repudiamos la muerte del perrito argentino llamado “Chocolate”, que fue despellejado vivo en la provincia de Córdoba, y que estuvo una semana agonizando hasta su letal fallecimiento. Los ladridos de Chocolate justificaron el salvajismo humano, que resuena todos los días en las amargas calles latinoamericanas.

Un individuo que maltrata a los animalitos, no es solamente un delincuente condenado por la ley. Realmente estamos en presencia de psicópatas y sociópatas, que tarde o temprano desatarán sus furiosas frustraciones, en contra de sus peores enemigos de carne y hueso.

Mejor que comer carne es devorar los plátanos, las bananas y los cambures. Pero los hijastros de Darwin también tienen sus días contados en la Tierra, ya que el gorila oriental, el orangután de Borneo, el gorila occidental y el orangután de Sumatra, se hallan en peligro crítico de extinción según la Lista Roja de la UICN, porque mientras los simios de Darwin se nutren del potasio para trepar sus árboles, los simios del Tío Sam se nutren de mortíferas pistolas y afilados proyectiles, para desertificar y arrancar los plátanos, las bananas y los cambures.

Cambiar el abuso del abusivo es imposible. Por siglos, el burro ha sido empleado como animal de carga en gran parte del Mundo. Las civilizaciones aprovecharon su benevolencia y su incansable espíritu de trabajo, para forzarlo a recorrer grandes distancias con toneladas de injusticia a su paso. El resultado del tradicional abuso se paga con la casi extinción del burro mexicano, siendo un extraordinario mamífero que por haber puesto su talento al servicio de la Humanidad, ahora se encuentra llorando de rodillas en la ancestral región azteca.

El tamaño no importa, importan los sentimientos. Basta con pensar en la vida de los majestuosos elefantes, que han sido la macabra diversión en infinidad de espectáculos públicos, donde son ferozmente golpeados, domados, ridiculizados, robotizados, y vejados por sus malditos dueños. No hay que viajar hasta los confines de la India, de Pakistán o de Vietnam, para presenciar una buena dosis de violencia con aplausos en primera fila, ya que frente a tu casa hay un estupendo circo con animales, que juega con el don de los elefantes.

A veces jugar con la sabiduría de los elefantes, es una oportunidad de oro para demostrar su gran nobleza. En un santuario de elefantes de Tailandia, un trabajador fingió estar ahogándose en el río por la corriente de agua, y pese a la confusión de todas las personas que escuchaban sus gritos y miraban la caótica escena, una elefantita no dudó en arriesgar su vida dentro del agua, y rescató con muchísima valentía a su mentiroso cuidador.

La perversión es la hormona del crecimiento humano. Por eso unos jóvenes perversos de la localidad de Chillán en Chile, se atrevieron a subir un video en la red social Facebook, donde se enorgullecen de drogar con marihuana a un gato, que no pudo salvarse de la hormona del crecimiento humano. Aunque los cobardes cerraron sus cuentas de Facebook, justo ahora hay más adolescentes grabando y compartiendo el perverso placer de la hormona, con todos los fieles seguidores que esperan nuevos materiales de maltrato animal.

Las drogas cortan las alas de la libertad. El hermoso Cardenalito venezolano, que es un pájaro nativo e idolatrado por la cultura venezolana, también se halla al borde de la funesta extinción. La naturalidad biológica de su espléndido color rojo, lo convirtió en un trofeo para los cazadores, en una mercancía para los contrabandistas, y en una obsesión para los científicos.

Sus plumas, su canto, su elegancia, su erotismo y su resplandor. Todos quisieron comprar toda la excentricidad del cardenalito, y ahora todo el territorio venezolano está a punto de perder, la rojiza poesía del diminuto pájaro rojizo.

Quisiéramos admirar una bella orquídea, y olvidar todo el caudal de desolación presentado. Pero ni siquiera las orquídeas se salvan de la anarquía.

Es consabido que las orquídeas son plantas veneradas por el folklore latinoamericano, pero en países como México, Perú, Cuba, Chile, Colombia, Brasil y Venezuela, las orquídeas se están sembrando en los huertos del limbo, por la alta tasa de deforestación, por la expansión de la frontera agrícola y de los proyectos mineros, por el urbanismo en áreas verdes protegidas, por el uso continuo de agrotóxicos, y por la venta de flores exóticas a nivel internacional.

La Acacallis cyanea, la Chloraea disoides y la Dendrophylax lindenii, son muy alérgicas a los más de 18.000 objetos que constituyen la basura espacial producida por la Tierra, gracias a todos los escombros procedentes de satélites artificiales, cohetes y explosiones de fragmentos metálicos, que representan el gran progreso astronómico de la ciencia moderna, basado en el legendario uso del espionaje, del belicismo y del ocultismo, para conquistar la misteriosa órbita de los siete queridos exoplanetas.

Queda claro que seguir disfrutando la ficción teatral, nos volverá ciegos por la caótica realidad de la Tierra. De allí que los exoplanetas significan un prisma de cambios positivos, para una especie humana vilmente condenada a dilatar su ecuanimidad.

Fíjense que mientras más conocemos los pecados del Universo, mayor es el vacío interior que sentimos por dentro. La culpa, la depresión y la enemistad. Pero mientras más ayudamos sin esperar nada a cambio, mayor es la recompensa emocional que sentimos por dentro. La plenitud, el gozo y la amistad.

No queremos ser hojuelas negativas del maizal, pero la negatividad es un conflicto multipolar sin resolver.

Lanzar una bomba atómica en la Tierra, y luego jugar golf en la Luna. He allí la llave maestra del aprendizaje, que todos necesitamos aprender.

Estamos perdidos dentro de un milenario laberinto, que después de cometer un genocidio necesita un poquito de paz. Pero después de recuperar fuerzas con un poquito de paz, necesita cometer un nuevo genocidio dentro del milenario laberinto.

Aunque todos vamos a morir, pocos moriremos en santa paz. La mayoría de los Seres Humanos tendremos que viajar hasta un exoplaneta, para evitar ser juzgados por el orgullo y sus legendarias heridas.

Ecoportal.net

Ekologia.com.ve

El nuevo Orden Mediático Mundial


En sólo meses, el contenido de los medios de difusión nacionales e internacionales ha sufrido un profundo cambio en Occidente. Estamos siendo testigos del nacimiento de una “Entente” cuyos verdaderos iniciadores y objetivos reales aún se desconocen pero cuyas consecuencias directas contra la democracia ya son palpables.

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Occidente está atravesando una crisis sistémica sin precedente: poderosas fuerzas están orientando poco a poco a todos los medios de difusión en una dirección única. Simultáneamente, el contenido de los medios se transforma. El año pasado todavía mostraban cierta lógica y tendencia a la objetividad. Y se aportaban mutuamente la contradicción en una sana emulación. Ahora actúan como manada, basan su coherencia en la manipulación de emociones y arremeten con saña contra las personas a las que denuncian.

La idea de una Entente de los medios de difusión es la prolongación del experimento del International Consortium for Investigative Journalism (ICIJ) («Consorcio Internacional para el Periodismo de Investigación»), un ente que no reúne medios de difusión sino sólo periodistas a título individual y que se hizo célebre publicando información robada en la contabilidad de dos oficinas de abogados de las Islas Vírgenes Británicas, el gabinete PricewaterhouseCoopers (PwC), el banco HSBC y la oficina panameña Mossack Fonseca.

Si bien algunas sacaron a la luz verdaderos delitos de una que otra personalidad occidental, esas revelaciones fueron utilizadas principalmente para desacreditar a dirigentes chinos y rusos. Lo más importante es que, con el pretexto de contribuir a la lucha contra la corrupción, la violación de la confidencialidad de abogados y bancos perjudicó gravemente a miles de clientes honestos sin suscitar reacción alguna de parte de la opinión pública.

Desde hace alrededor de 40 años puede verse un reagrupamiento paulatino de los medios de difusión en trusts internacionales. Hoy en día, más de dos terceras partes de la prensa occidental pertenece a sólo 14 grupos (21st Century Fox, Bertelsmann, CBS Corporation, Comcast, Hearst Corporation, Lagardère Group, News Corp, Organizações Globo, Sony, Televisa, The Walt Disney Company, Time Warner, Viacom y Vivendi). En este momento, la alianza montada entre Google Media Lab y First Draft está creando vínculos entre esos grupos, que ya se hallaban en posición dominante.

En esa Entente mediática están además las 3 principales agencias de prensa del planeta –Associated Press (AP), la Agence France-Presse (AFP) y Reuters–, lo cual le garantiza una posición hegemónica en materia de información. Es evidente que se trata de un caso de «entendimiento ilícito» [1]. Pero su objetivo no es uniformizar precios sino uniformizar las mentes, imponer un pensamiento ya dominante.

Puede observarse que todos los miembros –sin excepción– de la Entente de Google ya han venido presentando, durante los últimos 6 años, una visión unívoca de lo que sucede en el Medio Oriente ampliado. Pero no existía entre ellos ninguna forma de concertación previa… o no se conocía. Es interesante ver que en esa Entente también se encuentran 5 de las 6 televisiones internacionales que participaron en el equipo de propaganda de la OTAN (Al-Jazeera, BBC, CNN, France24, Sky, sólo parece faltar Al-Arabiya).

En Estados Unidos, Francia y Alemania, Google y First Draft (expresión del inglés que significa «primer borrador» o «version uno») han reunido bajo su tutela medios localmente presentes en esos países y medios de alcance internacional, supuestamente para “verificar” la veracidad de ciertos argumentos. Además de que se desconoce quién se esconde detrás de First Draft y qué intereses han llevado una firma comercial especializada en informática a asumir el financiamiento de esta iniciativa, lo cierto es que el resultado no tiene mucho que ver con un regreso a la objetividad.

En primer lugar porque las imputaciones que esos entes “verifican” no se seleccionan en función de su importancia en el debate: se seleccionan porque las mencionan individuos a quienes esta Entente quiere denunciar. Esas verificaciones supuestamente deberían acercarnos a la verdad, pero no es así: lo que hacen es tratar de convencer al ciudadano de que los medios de la Entente son honestos y que las personas que los denuncian no lo son. El objetivo no es una mejor comprensión del mundo sino destruir la reputación de los individuos “incómodos”.

En segundo lugar porque una regla no escrita de esta Entente de medios es que se verifican solamente las afirmaciones de fuentes exteriores a esa Entente… pero sus miembros no se critican entre sí. Lo que buscan es reforzar la idea de que el mundo se divide en dos bandos: «nosotros», –que decimos la verdad– y «los otros» –obligatoriamente mentirosos. Esta manera de proceder viola el principio del pluralismo, elemento básico de la democracia, y abre el camino a la imposición de una sociedad totalitaria. Pero eso no es nada nuevo porque ya vimos su aplicación en la cobertura de las primaveras árabes y de las guerras contra Libia y Siria. La diferencia es que ahora se aplica, por vez primera, a una corriente occidental de pensamiento.

Y, finalmente, porque las imputaciones que esa Entente califica de «falsas» nunca serán vistas como errores, siempre serán consideradas como mentiras. O sea, se trata a priori de atribuir a «los otros» intenciones maquiavélicas, para desacreditarlos. Con ello se viola la presunción de inocencia, principio básico de la justicia.

Por todas esas razones, el funcionamiento del Consorcio Internacional para el Periodismo de Investigación y el de la Entente creada por Google y First Draft contradicen la Carta de Munich de la Organización Internacional de Periodistas (OIP), concretamente los artículos 2, 4, 5 y 9, de su título II.

No por casualidad vemos como avanzan acciones judiciales descabelladas precisamente contra los mismos que ya son blanco de la Entente de medios de difusión. En Estados Unidos desenterraron la ley Logan para utilizarla contra el equipo de Donald Trump, un texto que nunca llegó a aplicarse desde su adopción, hace 2 siglos. En Francia, han recurrido a la ley Jolibois contra los tweets políticos de Marine Le Pen, un texto que la jurisprudencia había limitado a la difusión (por demás posible bajo ciertas condiciones) de algunas revistas ultrapornográficas. La erradicación del principio de presunción de inocencia, en los casos de los individuos a eliminar, permite llevarlos al banquillo de los acusados con cualquier pretexto jurídico. Es importante observar que las acusaciones que se esgrimen recurriendo a esas leyes contra el equipo de Trump (en Estados Unidos) y contra Marine Le Pen (en Francia), podrían servir también contra muchas otras personalidades… pero nadie lo hace.

Por otro lado, la ciudadanía ya no reacciona cuando es la Entente mediática quien divulga acusaciones falsas. Por ejemplo, en Estados Unidos ese ente inventó que los servicios secretos rusos tenían un expediente comprometedor sobre Donald Trump y que lo estaban chantajeando. En Francia, esa misma Entente inventó que es posible emplear ficticiamente a una asistente parlamentaria, delito que atribuyó a Francois Fillon… candidato “incómodo” a la presidencia.

En Estados Unidos, los miembros, grandes o pequeños, de la Entente mediática están arremetiendo contra el presidente. Sus informaciones provienen de las intercepciones telefónicas que la administración Obama ordenó indebidamente contra el equipo de Trump. Todo eso demuestra que existe una coordinación entre la Entente mediática y los magistrados que utilizan las alegaciones que esta divulga para bloquear la acción gubernamental de la actual administración. Se trata, indiscutiblemente, de un sistema mafioso.

Los medios estadounidenses y franceses están atacando implacablemente a dos candidatos a la presidencia de Francia: Francois Fillon y Marine Le Pen. Al problema general de la Entente mediática se agrega en este caso la impresión errónea de que ambos blancos son víctimas de una conjura franco-francesa, cuando en realidad las órdenes vienen de Estados Unidos. Los franceses están comprobando que sus medios emiten información sesgada, creen –erróneamente– que se trata de una campaña contra la derecha y buscan –también erróneamente– a los manipuladores en su propio país.

En Alemania, esta Entente todavía no resulta efectiva, sólo debería serlo durante las elecciones legislativas.

En tiempos del Watergate, ciertos medios dijeron ser un «Cuarto Poder», después del poder ejecutivo, el legislativo y el judicial. Afirmaron que la prensa ejercía sobre el gobierno una función de control en nombre del Pueblo. Ni siquiera entraremos a mencionar aquí el hecho que lo que en aquel momento se imputó al presidente Nixon fue haber ordenado interceptar los teléfonos del partido de oposición, lo mismo que ha hecho Obama. Hoy se sabe que «Garganta Profunda», la fuente del escándalo del Watergate, lejos de ser un denunciante ciudadano –los españoles dirían un “alertador”– era nada más y nada menos que Mark Felt, alto responsable del FBI que incluso se había convertido en número 2 de esa agencia federal a finales de los años 1960. El manejo de aquel escándalo en realidad fue parte de la lucha entre una facción de la administración y la Casa Blanca y los electores fueron simplemente manipulados por ambos bandos a la vez.

Aceptar la idea del «Cuarto Poder» sería reconocer a los 14 trusts que poseen la gran mayoría de los medios de prensa occidentales la misma legitimidad que al conjunto de la ciudadanía. Sería confirmar el reemplazo de la democracia por una oligarquía.

Queda un punto por aclarar. ¿Cómo elije la Entente mediática los blancos de sus ataques? Lo único que Donald Trump, Francois Fillon y Marine Le Pen tienen en común es que quieren reanudar los contactos con Rusia y luchar a su lado contra la matriz del yihadismo, que es la Hermandad Musulmana. Aunque Francois Fillon ya fue primer ministro de un gobierno que estuvo implicado en esos acontecimientos, los tres encarnan la corriente de pensamiento que contradice la versión dominante sobre las primaveras árabes y sobre las guerras contra Libia y Siria.

[1] En francés, entente illicite. Nota del Traductor.

El poder militar de EEUU está disminuyendo

La “sombra” de la antigua potencia: ¿cómo se ha debilitado el Ejército de EEUU?
Michal Cizek

El poder militar de EEUU está disminuyendo, asegura el vicepresidente del Instituto Lexington, Dan Goure, en su artículo para The National Interest.

© FLICKR/ STUART SEEGER Revelan por qué la superioridad de EEUU está llegando a su fin
El Ejército estadounidense cuenta actualmente con 479.000 soldados (lo que es menos que en cualquier otro momento desde la Segunda Guerra Mundial); y 30 brigadas, un tercio menos que hace 3 años, según el autor. Además, Goure señala que la Armada de EEUU dispone de 273 buques. En 1917, EEUU participó con una flota del mismo tamaño en la Primera Guerra Mundial. La Fuerza Aérea del país tiene alrededor de 5.000 aviones, menos que en 1947. En general, las tropas terrestres, la Armada y la Fuerza Aérea han disminuido su tamaño en un 40% en comparación con el final de la Guerra Fría, según el experto.
Lea también: ¿Por qué EEUU ya no puede dictar sus condiciones al resto del mundo?
Uno de los ejemplos más curiosos dados por Goure es que en 1972, en Vietnam, EEUU perdió unos 20 bombarderos B-52, pero si en aquel entonces las aeronaves derribadas representaron un “porcentaje insignificante de la Fuerza Aérea de EEUU”, actualmente el derribo del mismo número de bombarderos significaría una pérdida del 10% del total. En este caso, “nuestra aviación de bombardeo sería literalmente desangrada”, advierte.
“La demanda de una fuerza militar estadounidense está creciendo, pero sus capacidades militares van disminuyendo”, observa el experto. © AFP 2016/ GREG BAKER “Conflicto entre EEUU y China es más probable que entre EEUU y Rusia” El Departamento de Defensa de EEUU publicó la lista de amenazas estratégicas del país e incluía a “Rusia, China, Corea del Norte, Irán y el terrorismo islámico en sus diversas formas”. Es poco probable que cualquier conflicto potencial con uno de los países de la lista sea un conflicto “regional”, añade el experto. Además, durante mucho tiempo, EEUU ha confiado en su superioridad tecnológica, pero ahora es igualada en gran medida por los esfuerzos de Rusia y China de desarrollar una “respuesta asimétrica” a las armas de alta tecnología estadounidenses, reconoce el especialista. Incluso Corea del Norte —que se ha convertido en una potencia nuclear— tiene la capacidad de emprender un fuerte ataque contra las bases militares de EEUU en Asia, y el radio de destrucción de los misiles iraníes cubre casi todo el Oriente Próximo. “Ahora es probable que incluso en el caso de un gran conflicto regional con uno de los enemigos, las fuerzas de EEUU puedan sufrir pérdidas catastróficamente altas”. De hecho, el Ejército estadounidense carece de superioridad cuantitativa y cualitativa apropiada sobre las fuerzas de muchos de sus posibles adversarios, concluye el autor del artículo.

Más: https://mundo.sputniknews.com/america_del_norte/201611241065085694-ejercito-eeuu-debilitamiento/

Revelan “secreto” escondido ‘La última cena’ Da Vinci

Revelan “el verdadero secreto” escondido por Da Vinci en ‘La última cena’

El investigador italiano Mario Taddei ha compartido su visión sobre lo que el famoso pintor quería transmitir en una de sus obras más conocidas.

'La última cena', de Leonardo da Vinci, después de la restauración

‘La última cena’, de Leonardo da Vinci, después de la restauración Stefano RellandiniReuters
‘La última cena’ de Leonardo da Vinci es una de las interpretaciones más reconocidas de la cena de Jesús con sus 12 discípulos, pero no es la única de este tipo, comentó Mario Taddei, quien lleva 15 años analizando las obras del famoso pintor, a Smithsonian Channel.

Taddei indica que todas las versiones anteriores de esa escena seguían la misma tradición y tenían algo en común ―aureolas―, ausentes en la obra de Da Vinci. El experto sostiene que el pintor ignoró la fórmula que representaba a Jesús y los apóstoles como santos para transmitir el mensaje de que todos ellos y, en particular Jesús, eran personas comunes y mortales.

“Creo que Leonardo nunca añadió las aureolas porque pensaba que aquellas eran personas comunes, y ese es el verdadero secreto de Leonardo”, explica Taddei mencionando que en la pintura mural del convento de Santa Maria delle Grazie en Milán no hay nada sobrenatural.

El experto también ha comentado acerca de la figura cuyo papel se convirtió en el centro del debate tras la publicación de la novela ‘El código Da Vinci’ de Dan Brown hace más de 10 años. Se trata del discípulo a la derecha de Jesús (o a la izquierda, según se mira), quien, según la novela, es una figura femenina ―María Magdalena― y no el apóstol Juan. Según Taddei, ‘El código Da Vinci’ es una novela “muy bonita”, pero es solo una obra de ficción.

El experto afirma que Da Vinci copió las cosas principales que tenían que estar presentes en el cuadro y no duda de que la figura en ‘La última cena’ de Da Vinci es el apóstol Juan, quien en las versiones anteriores siempre era representado como un joven con aspecto algo femenino.

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Tesla, el cientifico engañado por Tomas Edison

Descubren el invento más “destructivo” de Nikola Tesla
El científico de origen serbio se adelantó a su tiempo e imaginó drones inalámbricos, cuya misión sería intimidar a los humanos con su poder destructivo.
Créase o no, los drones ―en el sentido moderno del término― ya habían sido imaginados hace más de un siglo por el inventor Nikola Tesla. Su empleo fue pensado con fines militares por el científico de origen serbio, y tenía como propósito coaccionar a los seres humanos a abandonar toda intención de llevar adelante conflictos bélicos, ya que se verían intimidados por el poder destructivo de los robots.
La idea del visionario fue patentada el 9 de noviembre de 1898 y se detallan posibles servicios que podrían llegar a prestar los autómatas en caso de ser fabricados e implementados: desde servicios de mensajería hasta soldados pacificadores, algo similar a fuerzas de paz, según informa la revista ‘Popular Science‘.
Respecto a la utilización de los drones para acciones militares, Tesla menciona los objetivos bélicos de su idea: “[…] Mi invento permitirá establecer y mantener la paz entre todos los pueblos gracias al alcance destructivo garantizado e ilimitado”, manifestó.
La patente fue descubierta por el ingeniero Matthew Schroyer y en la misma se describe la idea de Tesla respecto al funcionamiento de las máquinas, que no dependería ni de cables ni de ningún tipo de conductor eléctrico. Serían ondas emitidas por aire, tierra o agua las encargadas de transmitir las órdenes a los autómatas.
Nikola Tesla (1856-1943) fue un físico e ingeniero de origen serbio, nacido en el Imperio Austro húngaro. Se destacó por sus inventos y por su visión adelantada a su tiempo. Entre sus descubrimientos sobresale la corriente alterna. Asimismo, habría predicho la aparición de los ‘smartphones’, entre otros. Etiquetas:

E.U. acorralado por Rusia

Cuidadito compay gallo, el horno no esta para galleticas.

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La realidad tras el chiste

EEUU rompe las “conversaciones” con Rusia sobre Siria con la excusa de Alepo, como no podía ser de otra forma, al tiempo que se conoce (pero no lo habréis visto en ningún lado, por supuesto) que 13 grupos de la “contra” extremistamente moderada o moderadamente extremista han firmado una alianza con el Frente de la Victoria del Levante, la marca de Al-Qaeda en Siria. Cuando Rusia dice que desde el principio EEUU ha apoyado a los yihadistas y que no hay “moderados” en la “contra” tiene toda la razón y el tiempo, implacable, se la está dando.

EEUU amenaza con derribar aviones rusos y sirios, al tiempo que “anuncia” ataques islamistas en territorio ruso y dice que “está estudiando todas las opciones”, sobre todo militares, que implican un ataque contra el ejército sirio y al-Assad. Rusia responde enviando misiles S-300 a Siria con lo que, de hecho y de derecho, está diciendo que hay una zona de exclusión aérea que pondrá en práctica cuando le plazca y EEUU y sus vasallos no podrán hacer nada al respecto.

EEUU añade más misiles ofensivos en Corea del Sur, supuestamente para “prevenir la amenaza de Corea del Norte” pero, en la práctica contra Rusia y China. Los chinos protestan y anuncian que van a incorporar las aguas de las islas en disputa en el Mar del Sur de China como territoriales y Rusia responde anulando el acuerdo sobre plutonio y lanza un serio aviso a EEUU: cuidado con jugar con fuego porque puedes terminar quemándote. Al mismo tiempo, pone en marcha unos increíbles ejercicios de defensa civil y militares en los que participarán 40 millones de personas “sobre seguridad y prevención de una guerra nuclear” y anuncia que sus refugios antinucleares tienen capacidad para albergar a 12 millones de personas.

Los medios de propaganda estadounidenses, como The New York Times, antaño de cabecera de los wahabíes seculares (antes llamados progres) comienza a hacer editoriales que los que tenemos unos años recordamos calcados, casi palabra por palabra, de los utilizados para justificar la guerra contra Yugoslavia en 1999, contra Irak en 2003 y contra Libia en 2011. Solo hay un problema: Rusia no es ninguno de esos países.

Y aquí entra la OTAN y el chiste que hizo un general checo retirado y que refleja la realidad. Hoy por hoy Rusia ha superado cualitativamente a EEUU y la OTAN en cuanto a poderío armamentístico. El general en cuestión se llama Hynek Blashko y hay que tener muy en cuenta lo que dice porque sabe de lo que está hablando. Como checo, y por sus años, conoce perfectamente a Rusia y a su ejército con el que vivió y del que aprendió durante la etapa de la URSS y el Pacto de Varsovia.

Este general echó un jarro de agua fría a la reunión que la OTAN tuvo a primeros de septiembre. Se hablaba del despliegue de misiles y tropas en Polonia, en los países bálticos, y todos estaban contentos. Todos menos él. Y lo que dijo les heló la sonrisa a todos. Incluyendo a los propagandistas habituales que van de periodistas y que no son más que un hatajo de ignorantes paniaguados.

Alguno de estos imbéciles ignorantes, de estos propagandistas, al término de la reunión de la OTAN hizo lo que debió considerar como la mejor pregunta de toda su carrera de ignorancia: “¿Cuándo es el mejor momento para atacar a Rusia?”.Blashko sonrió y respondió con un chiste. Éste.

– Unos generales de la OTAN no se ponían de acuerdo sobre cuál era el mejor momento de atacar a Rusia, por lo que pidieron opinión a los franceses, que respondieron que no sabían pero que en cualquier caso que no fuese en invierno. Los franceses recordaban la derrota de Napoléon.

Decidieron entonces pedir opinión a los alemanes, que respondieron que no sabían pero que en cualquier caso que no fuese en verano. Los alemanes recordaban la derrota de Hitler.

Así que, dando un giro radical, decidieron preguntar a los chinos, grandes aliados de los rusos. Y los chinos respondieron: “ahora mismo”.

La sorpresa de los generales de la OTAN fue total y pidieron a los chinos una explicación del por qué de su respuesta. Y los chinos respondieron: “ahora mismo porque Rusia está construyendo el gasoducto “Fuerza de Siberia” que nos va a surtir de gas a nosotros, el gasoducto “Corriente Turca” que terminará llevando gas a Europa sin pasar por Ucrania, el cosmódromo de Vostok y el puente de Crimea. Además, tiene proyectado modernizar el ferrocarril Baikal-Amur, de más de 4.000 kilómetros, tiene planes inmediatos para explotar el Ártico y está inmersa en la construcción de estadios para los mundiales de fútbol y atletismo. Así que es ahora mismo porque Rusia tiene necesidad de prisioneros en abundancia para completar todos esos proyectos”.

No sé si los propagandistas, antes llamados periodistas, se rieron con el chiste o se les quedó cara de imbéciles. Lo que sí sé es que el chiste oculta una realidad: hoy por hoy Rusia es más potente militarmente hablando que cualquier otro país, incluida la OTAN en su conjunto. La superioridad cuantitativa es de la OTAN y de EEUU, pero la cualitativa es claramente de Rusia y eso lo sabe todo el mundo. Rusia es más débil económicamente que EEUU, y una guerra de estas características implica un esfuerzo económico sin precedentes que Rusia no se puede permitir. Por eso actúa con cautela, pero enseñando los dientes. En caso de conflicto no lo va a rehuir, pero sí va intentar que no se extienda y responderá con una guerra asimétrica a la que Occidente no está acostumbrado. Y ahí Rusia tiene todas las de ganar.

La Administración Obama es inoperante e irrelevante. Le queda un mes y en ese tiempo lo único que va a hacer es preparar el terreno para su sucesor. Si es Clinton, la posibilidad de una guerra a gran escala estará muy cerca de ser realidad. El mundo nunca ha estado en una situación parecida, ni siquiera durante la guerra fría. EEUU y Occidente no aceptan su pérdida de influencia, diaria, casi cada segundo que pasa. El único camino para impedirlo es la guerra.

Tal vez por ello, el general checo, que sabe de lo que habla, ha dicho tiempo después de su chiste que si a él le preguntasen cuál de los dos candidatos a la presidencia de EEUU es más aceptable para la seguridad del mundo él se decanta por Trump. Dice que con él, al menos, “habrá una redefinición de las relaciones ruso-estadounidenses” que comenzará en Siria. Y dice: “Trump sí es más proclive a combatir al Daesh, Clinton no”. Desde luego, si hay que hacer caso a cómo se están desarrollando los debates electorales, el tema ruso es el protagonista indiscutible y quien mayor beligerancia muestra contra Rusia es, con mucho, Clinton.

No es descartable en absoluto que Obama, todavía Premio Nobel de la Paz, un indicativo para quienes aún pierden el tiempo proponiendo a tal o cual para ello, lance un ataque contra Siria (pistas de aterrizaje, aeropuertos, etc.) para terminar su presidencia con algún “logro” en política exterior, de forma especial en Oriente Próximo. Con Arabia Saudita rebotada, con la derrota evidente en Siria y con la luna de miel entre Turquía y Rusia, EEUU si no es irrelevante en la zona le queda muy poco para llegar a serlo. Sólo con los bombazos, típica reacción estadounidense, puede hacer que recupere protagonismo. Aunque sea efímero.

Efímero porque se ha llegado a una situación en la que ni Rusia ni China van a permitir nuevos comportamientos de ese tipo.

*****
Recordaréis que hace unos días hablaba de la guerra olvidada de Yemen, de cómo está hundiendo la economía de Arabia Saudita y de que los hutíes y sus aliados cada vez causan más bajas, de todo tipo, a los agresores saudíes y sus aliados. Pues bien, con el ataque al mayor buque que los agresores tenían para imponer un bloqueo naval se ha sabido que había ucranianos en su tripulación y que al menos dos han sobrevivido (el número de muertos causado en ese ataque fue de 22).
El Lince

Hostos y Salomé: La dominicanidad

Por DIÓMEDES NÚÑEZ POLANCO
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En ocasión de la celebración de esta XIX Feria Internacional del Libro Santo Domingo 2016, hemos estado publicando varios trabajos sobre la dominicanidad: el gran evento cultural está dedicado a la República Dominicana, y se rinde homenaje a la patriota, educadora y poeta Salomé Ureña de Henríquez, uno de los personajes emblemáticos de lo dominicano.
Después del triunfo de la Guerra de la Restauración y la consecuente recuperación de la soberanía frente a España, los gobiernos del Partido Nacional o Partido Azul, liderado por Gregorio Luperón, desarrollaron políticas y acciones que contribuyeron a consolidar lo nacional y la dominicanidad en nuestro país. Sus huellas se sintieron especialmente en la segunda mitad del siglo XIX y principios del XX.
El artífice de ese trascendental proceso fue el Maestro Eugenio María de Hostos, quien define a Luperón, símbolo principal de esa etapa de cambios en la República, de la manera siguiente:
“La segunda guerra de la independencia dominicana tuvo muchos guerreros y patricios dignos de la empresa que la dignidad de la nación encomendó al patriotismo de sus hijos. Pero, entre ellos, ninguno que personificara con más ardor que el general Luperón, el deseo de reconquistar la autonomía nacional”.
Hostos, nacido en Puerto Rico, pero acogido por todos como hijo de la tierra dominicana, además de ser el padre de la educación moderna en nuestro país, se sintió unido a las más profundas esencias de lo dominicano. De todos sus significativos aportes a la República, se destaca la creación de la Escuela Normal de Santo Domingo, en febrero de 1880, y apadrinó en 1881 la fundación del Instituto de Señoritas, a cargo de Salomé Ureña de Henríquez. Ambas instituciones dejaron huellas imborrables en varias generaciones de dominicanas y dominicanos.
En realidad, era parte de nuestra piel y de nuestra sangre. Su abuela paterna, doña María Altagracia Rodríguez y Velasco, había nacido en República Dominicana. Hostos permaneció entre nosotros casi la cuarta parte de su vida; de sus sesenta y cuatro años, estuvo aquí cerca de catorce. De sus siete hijos, cinco nacieron en nuestro país. Los otros dos, en Chile. A uno de ellos lo nombró con el apellido del Padre de la Patria dominicana: Filipo Luis Duarte. ¿Acaso lo hiciste, Maestro, por las palabras de Salomé al despedirte, en 1888?:
“¡Adiós! Cuando en las olas tranquilas que te esperan bajo otro cielo, acuda a tu memoria un pensamiento amargo en el cual palpite el nombre de mi patria piensa también que hay en ella corazones amigos que te recuerdan y almas agradecidas que te bendicen”. En la fragua de su magisterio brotaron las semillas del ideal transformador y liberal de nuestra nación. Anduvo por casi toda la geografía de la República. Se dejó embriagar por el verdor de los campos y la magia de los arcoíris de nuestros cielos. Se constituyó, por derecho propio, en uno de los fundadores de la nacionalidad dominicana.
Tomó tan en serio su vinculación con la vida dominicana y el devenir nacional, que Pedro Henríquez Ureña afirmó que más que de muerte biológica Hostos había fallecido de asfixia moral, en aquellos turbulentos y aciagos tiempos de principios del siglo XX dominicano. Hostos fue el escultor de los monumentos intelectuales, patrióticos y cívicos que dejaron la mayor impronta cultural y social de la historia nacional. Entre esos monumentos, en lo intelectual y en práctica, se destacan Salomé Ureña, Pedro Henríquez Ureña y Juan Bosch.
Para Hostos, Salomé “Era el alma de una gran mujer hecha institución, y que al hacerse conciencia de la mujer dominicana, pues en favor de la obra de bien, la voluntad primero, de todas las mujeres de la República y la conciencia después, de la sociedad entera”.
En ocasión de la segunda graduación de sus alumnas, en la Escuela Normal de Santo Domingo, en diciembre de 1888, poco antes de que Hostos saliera para Chile, invitado por el gobierno de ese país, Salomé confiesa la pasión por su tierra y alude los aportes del gran Humanista Puertorriqueño Hostos:
“¡Ah! yo adoro esta patria donde nacieron mis padres, donde vine yo al mundo, donde he visto irradiar sobre mis hijos la luz de la existencia, y tú llegaste a ella con los estímulos del bien, y enamorado de su belleza y presintiendo altos destinos para su porvenir, quisiste lanzarla en la corriente civilizadora de las ideas. ¡Sé bendito! Yo no olvidaré el noble empeño con que te consagraste a dignificarla en su puesto de nación libre.”
TOMADO DEL PERIÓDICO HOY

El progresismos en América y el Caribe

Por Nils Castro*

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Desde finales del siglo pasado, en América Latina experimentamos un proceso por el cual varios partidos o liderazgos de izquierda han llegado al gobierno por medios electorales. Esto abrió un panorama de originales oportunidades políticas y socioeconómicas de carácter democrático, pese a las restricciones que los sistemas políticos y electorales vigentes en cada país tenían establecidas para asegurar el mantenimiento del régimen ya instalado por la clase dominante.

 Como era de prever, la emersión de este proceso despertó el fenómeno opuesto: la contraofensiva regional de la derecha en los planos político, mediático, sociocultural y económico, que ha explorado varias modalidades. Aunque algunos de esos gobiernos más tarde fueron defenestrados o han sufrido reveses electorales, nada impide que los movimientos que los impulsaron se rehagan, ni que en otras naciones latinoamericanas afloren opciones de izquierda que también ganen elecciones. Pese a los afanes de algunos “críticos” que pretenden que dichos reveses ya significan la aniquilación de ese proceso, este todavía es un fenómeno en desarrollo: sus causas no han cesado, ni tampoco las expectativas y nuevos escenarios que ellas movilizan.
Precisamente por esto, transcurridos tres lustros, el conjunto de esa experiencia debe ser evaluado. No solo por sus valiosas aportaciones, sino porque ello contribuirá a superar la multiforme contraofensiva de las derechas que, pese a haberse advertido a tiempo, pilló impreparados a muchos liderazgos de izquierda. Por ello, esa evaluación demanda tanto honestas autocríticas como conclusiones dirigidas no solo a revertir dicha contraofensiva, sino a elevar los objetivos del proceso.
La demora en hacerlo favorece la proliferación irresponsable o maliciosa de cierto periodismo sensacionalista que recicla “teorías” como las del péndulo y el “fin de la historia”. Su pertinacia busca negar legitimidad y hasta subsistencia a las izquierdas que militan en los respectivos países, en paralelo con la contraofensiva de las derechas.
1. El nombre
Antes de abordar algunos aspectos del asunto conviene recordar algunos antecedentes del actual “progresismo” y los alcances que la palabra ha tenido. Discutir el nombre ayuda a acordar cómo ocuparnos del fenómeno.
Me parece inapropiado referirse a la diversidad de formas nacionales de ese proceso con el nombre de “socialismo del siglo XXI”. Más que proponer un proyecto articulado, esa noción expresa el anhelo asignado a una gesta nacional, pero difícilmente puede caracterizar a las emprendidas en otros países. En estricto sentido, el país donde hoy se construye y debate un proyecto socialista para el siglo XXI es Cuba.
Para abarcar ese variado conjunto de experiencias prefiero el veterano calificativo de “progresistas”, comodín lingüístico de larga historia latinoamericana. En los años 60 y 70 incluyó corrientes, líderes y gobiernos que fueron desde Lázaro Cárdenas y Jacobo Árbenz hasta la revolución boliviana, Jango Goulart y Salvador Allende, sin omitir a Torres, Velasco y Torrijos, entre tantos otros. Esto es, designó a movimientos patrióticos y populares con los cuales la izquierda podía colaborar, que aportaron justicia social, impulsaron la producción nacional, fueron solidarios y procuraron rescatar la soberanía y autodeterminación conculcadas por el imperialismo.
Ese vocablo no requirió definición doctrinaria pero brindó un ancho alero para juntar a esa rica gama de corrientes efectivas en nuestras ciudades y campos, para compartir demandas y metas sin desconocer las diferencias que coloreaban sus respectivas identidades.
En aquellos años se emplearon otros términos afines, como los de movimientos o gobiernos de liberación nacional, nacional-populares, democrático-revolucionarios, etc. Pero la noción de “progresistas” conserva la ventaja de ser más indeterminada que otras con las cuales se intenta sustituirla pero son menos flexibles ante el heterogéneo panorama regional. Por ejemplo, la de “posneoliberales”, que sugiere que el neoliberalismo pereció, o los gobiernos progresistas pudieron ignorar todas sus imposiciones. Como tampoco las de gobiernos de “centroizquierda”, reformistas o socialdemócratas, cascarones cuyo sentido el oportunismo europeo vació al entregarse al neoliberalismo, y que en Latinoamérica omiten las controversias que cada día animan la vida interna del progresismo.
2. Sus antecedentes
Pese a la represión macartista al movimiento democrático de la posguerra, durante los años 60, en significativos sectores populares y medios tomó cuerpo una cultura política afín a las aspiraciones emancipadoras, latinoamericanistas y reformadoras. Además de sus propias reivindicaciones, esa cultura asumió repercusiones de la quiebra del estalinismo, las realizaciones de la Revolución cubana, las revoluciones del 68, los movimientos anticolonialistas afroasiáticos y la lucha del pueblo norteamericano por los derechos civiles y contra la guerra de Vietnam. El progresismo que maduró en aquellos años, tuvo la virtud de compaginar toda esa gama de experiencias.
En menos de 30 años, en América Latina esa cultura política alcanzó un auge significativo, sobre todo en sectores urbanos populares y medios. El brío que el acontecer sociopolítico regional le imprimió a esta se plasmó en una aceleración significativamente reflejada en dos hitos: entre el momento en que Fidel Castro enunció el Programa del Moncada[1] y aquel cuando proclamó La II Declaración de La Habana mediaron apenas 10 años[2].
No obstante, en el fragor de los siguientes años, más de una vez el vanguardismo idealista de algunos de sus líderes excedió los términos de esos hitos, al postular como punto de partida al segundo  la revolución socialista continental  a poblaciones que aún no habían llegado a reclamar aspiraciones como las planteadas en La Historia me absolverá. Su fervor sobrepasó los alcances temporales de lo que el grueso de la columna de millares de potenciales rebeldes latinoamericanos ya estaban listos a hacer suyos.
Después, al cabo de su tiempo aquel robusto fenómeno padeció el desgaste de la demora del éxito de los proyectos revolucionarios emprendidos, de la frustración de las esperanzas inicialmente cifradas en la renovación del “socialismo real” -y a la postre su desaparición-, así como la “apertura” de China y el cambio de su política internacional. Por añadidura, de los efectos del “periodo especial” cubano, que retrajeron temporalmente las esperanzas latinoamericanas en la posibilidad de repeler al imperialismo y de acceder al socialismo, y que motivó dudas y controversias sobre la naturaleza y las posibilidades del propio socialismo.
3. Expansión y crisis
Esa cultura política latinoamericana tuvo un repliegue. Así, cuando en tiempos de la señora Tatcher y el presidente Reagan el imperialismo desató la contraofensiva neoliberal, en el campo revolucionario las fuerzas ideológicas requeridas para enfrentarla no estaban en su mejor momento. Eso le facilitó a la derecha imperial y sus cómplices locales no solo lograr una rápida implantación de sus “reajustes estructurales” en los ámbitos institucionales y económicos, sino también en el campo ideológico, moral y cultural.
El ímpetu contrarrevolucionario de la ofensiva neoliberal reformuló las normas e instituciones económicas internacionales en beneficio de la gran burguesía financiera y la privatización desnacionalizadora de los recursos y empresas públicas. En términos generales, pese a que la pesadilla de las dictaduras militares quedó atrás, se reorganizó el ejercicio de la política y las prácticas electorales a favor de los liderazgos dispuestos a justificar e implementar los correspondientes “reajustes” institucionales y normativos. Aunque se menciona con menor frecuencia, esa ofensiva igualmente invadió el campo ético, cultural y educacional. Alineó los grandes medios periodísticos, restringió las universidades públicas y multiplicó las privadas, eliminó los subsidios a múltiples centros de investigación, cooptó a intelectuales y formadores de opinión, etc.
Aquella ofensiva fue adonde sabemos: achicar el Estado y sus atribuciones, desproteger las empresas y la producción nacionales, precarizar el trabajo y el salario, marginar las organizaciones laborales y sociales, insolidaridad, consumismo, etc. Pero a la postre eso provocó irritaciones sociales que remataron en insurrecciones urbanas y pérdidas de gobernabilidad. Al cabo, la política y los procesos electorales reordenados por las agencias neoliberales perdieron legitimidad y eficacia, y la supervivencia del sistema requirió rehacerse.
Aun así, incluso tras la crisis económica que afloró en 2008, es excesivo pretender que el neoliberalismo colapsó. Aun teóricamente desacreditado, sigue asociado al gran capital y continúan vigentes sus reglas, que regulan el comercio y las finanzas internacionales, y gran parte del funcionamiento institucional de la mayoría de los organismos internacionales y países, así como las formas de pensar de millares de funcionarios públicos y privados. A esto contribuye el hecho de que el neoliberalismo es blanco de múltiples críticas, pero aún no ha tenido que enfrentarse a una contrapropuesta ideológica sistematizada.
4. Al gobierno, pero no al poder
Como sabemos, en ese escenario de rechazo social a las políticas neoliberales, varias candidaturas procedentes de la izquierda mejoraron sus posibilidades al coincidir con el crecimiento del voto de castigo contra quienes las sustentaron. Con diferencias según las particularidades de cada país, algunas izquierdas mejoraron su representación municipal y/o parlamentaria, o directamente ganaron elecciones presidenciales aún sin haber logrado significativas victorias locales y legislativas.[3]
El análisis y comparación de procesos nacionales deberá ser parte de la evaluación que tenemos pendiente hacer y compartir. No obstante, sabemos que estas victorias fueron viables gracias a la combinación de unas promesas de campaña deliberadamente poco radicales, con la votación de repudio a la políticas y los gobiernos precedentes. En otras palabras, gran parte de esos votos no reflejó una identificación ideológica de la mayoría ciudadana con un proyecto enfilado a emprender la Revolución, ni con el supuesto de que sus candidatos realizarían un gobierno más revolucionario que el prometido en su oferta electoral.
Por lo tanto, mutatis mutandis, esas izquierdas obtuvieron una oportunidad de gobernar asociada a una mayoría electoral que reclama mejorar sus condiciones de vida, pero que no por ello ya  está dispuesta a asumir  -al menos todavía- las tensiones y riesgos de emprender un salto revolucionario. En otras palabras, de gobernar para cumplir determinadas promesas electorales, no para sobrepasarlas. Además, para hacerlo respetando la institucionalidad preestablecida, sin modificarla por medios distintos de los que ella misma dejaba establecidos. Esto es, para llegar al gobierno, pero no al poder.
Solo donde grandes insurrecciones urbanas habían abierto la posibilidad de cambios mayores, algunos de esos gobiernos pudieron realizar reformas constitucionales que ampliaran su campo de acción aunque, aun así, esas reformas más tarde resultarían insuficientes.[4]
5. Cuánto ya se pudo
La devastación del Estado por el tsunami neoliberal y sus dolorosas consecuencias en cada población y soberanía nacionales, hizo indispensable emprender rectificaciones, a riesgo de llevar países y economías al caos. La aparición de gobiernos progresistas se insertó en ese contexto, cuando urgieron políticas correctivas posneoliberales, sin que aún fuera viable sostener alternativas poscapitalistas. Pero eso permitió reconstruir un sistema socioeconómico con el cual reparar muchos de los daños sociales infligidos por los “ajustes” neoliberales, y restablecer las funciones sociales del Estado, lo que también implicó avanzar en la construcción de una comunidad latinoamericana de naciones.
Pese a la diversidad de los procesos políticos que los caracterizan, estos gobiernos coinciden en varios rasgos que originaron importantes efectos regionales: restablecieron la responsabilidad del Estado ante la economía, el mercado y la redistribución del ingreso; reorganizaron servicios públicos para atender las funciones sociales del Estado, principalmente las de acceso a la salud y la educación; crearon programas de lucha contra la pobreza y el hambre, y por la alfabetización y la ciudadanización; y, además, ampliaron las inversiones en infraestructura para el desarrollo y para la solución de problemas sociales.
A la par, desarrollaron importantes proyectos de solidaridad e integración latinoamericana e incluso caribeña, que rediseñaron y fortalecieron, o crearon, organismos como el Mercosur, la Unasur, el Alba y finalmente la Celac. Eso incrementó notablemente el peso político y diplomático de Latinoamérica frente al mundo, y su capacidad de negociación. Ni siquiera los críticos más biliares de este progresismo desconocen tales adelantos de la integración regional.
Un buen aprovechamiento del período de alza de los precios internacionales de las materias primas en varios países facilitó financiar los programas de asistencia social sin castigar impositivamente a la clase adinerada. Sin embargo, esa opción apaciguadora no se aprovechó para ampliar y diversificar la capacidad productiva de esos países, y fortalecer sus reservas financieras, para cuando volvieran las vacas flacas, como ocurre tras la crisis mundial emergida en 2008. Además, por efecto del carácter correctivo y asistencialista pero no revolucionario  posneoliberal pero no poscapitalista  de estos gobiernos, algunas acciones necesarias, como reformas agrarias y tributarias de mucho mayor aliento, dejaron de acometerse.
En la mayor parte de los casos, tampoco se realizó la indispensable reforma política, ni la debida reforma del campo de las comunicaciones sociales. Estas inconsecuencias, que cabe computar como falta de coraje político y de confianza en el potencial de las organizaciones populares, pueden registrarse como victorias de los grandes medios de comunicación que ahora implementan la contraofensiva de derecha.
Cualquier propuesta latinoamericana de mejor futuro sostenible deberá alzarse a partir de sus resultados, porque el punto al que hemos arribado no es de agotamiento sino de evaluación y relanzamiento.
Con todo, en estos quince años los gobiernos progresistas ampliaron extraordinariamente el campo de la ciudadanía y la participación popular en el debate de los asuntos de interés público, además de mejorar las condiciones de vida y concretar derechos civiles de decenas de millones de ciudadanos. Por muchas reconquistas que ahora las derechas puedan lograr, ese patrimonio cívico no será fácilmente arrebatado a los sectores populares. De allí en adelante, ahora hay una masa crítica más robusta con la cual discutir y movilizar mejores proyectos de futuro, opción que las organizaciones de izquierda deberán saber ganarle a las derechas.
Pero, tras el surgimiento de los gobiernos progresistas las realidades y expectativas latinoamericanas quedaron cambiadas. No cabe suponer que toda esta experiencia ha sido un fiasco, ni dejó de legar relevantes consecuencias. Cualquier propuesta latinoamericana de mejor futuro sostenible deberá alzarse a partir de sus resultados, porque el punto al que hemos arribado no es de agotamiento sino de evaluación y relanzamiento.
6. La siguiente disyuntiva
Luego de que los proyectos revolucionarios de los años 60 y 70 del siglo XX -ya fueran proyectos guerrilleros, del nacionalismo militar o el socialismo allendista- dejaron de lograr los objetivos previstos o concluyeron en reformas negociadas con el gobierno existente, y de que Latinoamérica fue blanco de la ofensiva neoliberal, no ha vuelto a darse otro auge ideológico de esa talla. El movimiento político e ideológico que posibilitó las victorias electorales progresistas de los albores del siglo XXI fue expresión de mayorías sociales más resabiosas, que deseaban revertir los efectos del tsunami neoliberal pero temían recaer en luchas civiles o dictaduras militares, o sufrir nuevas tribulaciones económicas.
Ninguno de estos accesos de liderazgos de izquierda al gobierno fue producto de una revolución y, en consecuencia, ellos asumieron gobiernos previamente estructurados y normados por la clase dominante, en las formas dispuestas por el sistema político preestablecido. Con lo cual los progresistas pasaron a ser parte del grupo gobernante, pero sin desplazar a la clase dominante.
En teoría, para superar esta situación hay dos medios: uno consciente de que en tales condiciones solo se puede ir más allá si el proceso es capaz de formar bases políticas que lo exijan, que ayuden a implementarlo y que defiendan las iniciativas gubernamentales que sobrepasen las restricciones iniciales. Impulsar el proceso exige formar nuevos destacamentos de cuadros y movilizar organizaciones populares-transformar indignaciones sociales en movimientos políticos-, misiones que por su carácter corresponden principalmente a los partidos y organizaciones de izquierda, más que al aparato gubernamental, que constitucionalmente debe servir a toda la sociedad.
Y un segundo medio, según al cual para ir más allá será necesario lograr sucesivas reelecciones del gobierno progresista, a cada una de las cuales acudir con un programa más avanzado, con base en la simpatía y confianza políticas idealmente obtenidas a través de una buena gestión gubernamental y la satisfacción de importantes demandas y necesidades sociales. Este supuesto es más engañoso de lo que parece, pues generalmente esos gobiernos no compiten por la reelección proponiendo desarrollos más radicales, sino opciones reculadas a la defensiva.
7. Del revés a la contraofensiva
Ese supuesto ha conllevado repetidos autoengaños, al subestimar las reacciones que las derechas enseguida de su derrota electoral pasan a impulsar. Aunque pierdan uno o más comicios, ellas conservan su poder económico, su red de articulaciones y auspicios internacionales, el control de sus grandes medios de comunicación y su influencia cultural. La perplejidad inicial de su primer revés puede desconcertar a las derechas temporalmente, pero antes de acudir a la siguiente campaña ellas realinearán sus recursos y medios, e invertirán en renovar su imagen y eficacia.
Desde hace algunos años varias fundaciones y universidades privadas estadunidenses pasaron a ofrecer cursos de organización, encuesta, publicidad y marketing políticos para capacitar jóvenes cuadros de derecha. A su vez, algunas fundaciones españolas se han dedicado a surtir giras y charlas de veteranos dirigentes de la reacción hispanoamericana.
Con estos respaldos y otros más inconfesables, las derechas han remozado su capacidad de cambiar estilos, lenguajes y liderazgos visibles. Como también de apropiarse de algunas de las temáticas suscitadas por las izquierdas, y de culpar al gobierno progresista de los problemas sensitivos que sus antecesores de derecha dejaron en el terreno y las izquierdas hayan demorado en resolver. Sobre todo eso ya he escrito en extenso en estos años y me sacaría de tema repetirlo aquí.[5]
8. Las enajenaciones del electoralismo 1
Cuando un gobierno progresista vuelve a elecciones, por muchos que hayan sido sus méritos eso ocurrirá sobre un campo sistemáticamente asolado por la oposición económica y los medios periodísticos de mayor audiencia. Esto es, los logros del progresismo habrán sido omitidos o demeritados, sus deficiencias habrán sido sobredimensionadas y muchos de sus recién pasados votantes estarán desorientados.
En ese contexto, ante cada período electoral el progresismo volverá a encarar una de las aberraciones propias de la democracia capitalista: cada campaña será cada vez más publicitaria y costosa, y los modos de sufragarlas serán más esquivos. Si, como es probable, el sistema electoral no ha podido ser reformado por el proceso progresista, las campañas estarán cada día más sujetas al marketing y más permeadas por la cultura y las prácticas del consumismo y el mercado.
Ante cada reto electoral la primera será que los recursos económicos no alcanzan. Salen los candidatos y dirigentes a buscar donaciones -a subastarse al mercado, diría Brecht- y no falta quien incurra en desviación de fondos públicos, lo que, aparte de sus implicaciones legales, bajo el sigilo también puede triturar la moral de algún involucrado. Por mucha buena fe que haya de por medio, inevitablemente la plata de los donantes implica reciprocidades que enajenan a dirigentes, candidatos y partidos, aunque las justifique un “realismo” del que después no hay escapatoria.
A la par suele admitirse el supuesto de que ser de izquierda es un inconveniente electoral; se acepta el prejuicio de que vale “correrse al centro” para suavizar imagen, tranquilizar donantes y buscar una incierta reserva de votantes moderados. Abandonas las posiciones que antes permitieron reconocerte y ser electo como quien eres, pero a los ojos de quienes antes te creyeron irás dejando de serlo. Al cabo, los votos que allá tal vez consigas podrán dejarte lejos de compensar los que pierdes en el campo que dejaste al agotarse la credibilidad que te restaba.
9. Izquierda y moral
Cuando estos vaivenes se aceptan en una agrupación comprometida con transformar al país, lo que empieza como una falla ética circunstancial se convierte en daño mayor: la confianza perdida se vuelve escepticismo y la credibilidad se esfuma la suspicacia popular concluye que “estos ya son iguales que los otros”, voz que los medios “objetivos” enseguida entran a festinar.
Este fenómeno es asimétrico. Si en un partido conservador se cometen triquiñuelas el público lo cree “natural”, considerando que su moralidad es funcional al capitalismo salvaje. Pero si eso ocurre en un partido que promete otro horizonte ético, asumir comportamientos del repertorio moral capitalista es una aberración.
Para la militancia revolucionaria la calidad de cierta ética, por cuyos principios se está dispuesto a perder la libertad y hasta a dar la vida, es definitoria. Porque en última instancia se va a la contienda política por una de dos razones: porque el sistema es miserable y hay sobradas razones para luchar por transformarlo; o porque se busca disfrutar de las mieles de ese sistema miserable aunque sea a expensas de los demás.
10. Las enajenaciones del electoralismo 2
Cuando la obsesión electoral se toma la vida partidaria, sus demás soportes lo resienten: si, por ejemplo, el partido merma la formación de líderes comunitarios, pierde dinámica de inserción y liderazgo locales, pierde el liderazgo político que se construye al luchar por las reivindicaciones diarias del ciudadano, que no son parte del escenario electoral. Es decir, al convertirse prioritariamente en grandes máquinas electorales, partidos de reconocidos méritos pueden perder influencia sociocultural porque las energías invertidas en campaña se sustraen a las demás actividades de construcción de contrahegemonía.
Pero así como en la guerra revolucionaria sólo el ejército de la clase dominante puede alinear el armamento más costoso, mientras las fuerzas populares deben apelar a la inventiva guerrillera, en las contiendas electorales la izquierda debe crear sus propias alternativas.
Por lo tanto, vale preguntarse: si en las campañas electorales es inevitable competir sin los recursos financieros necesarios, ¿solo podemos participar en desventaja? Si nos dejamos seducir por las campañas a la norteamericana, embriagadas por la estética del consumismo, siempre estaremos en desventaja, aunque tengamos recursos. Pero así como en la guerra revolucionaria sólo el ejército de la clase dominante puede alinear el armamento más costoso, mientras las fuerzas populares deben apelar a la inventiva guerrillera, en las contiendas electorales la izquierda debe crear sus propias alternativas, desplegando las capacidades comunicativas de la creatividad popular y juvenil, cónsona con la condición social y moral que sustenta su credibilidad. En ambos casos la capacidad de sorprender con iniciativas inesperadas será decisiva.
11. Partido permanente vs partido coyuntural
Eso exige volver a preguntarse: ¿cuáles son las misiones esenciales de un partido de izquierda? Decimos que impulsar a los sectores populares a organizarse y formar cuadros políticos, asumir un programa de transformación social, movilizar a las organizaciones y masas sociales para enfrentar los retos políticos por superar, para crear contrahegemonía popular y convertir masas en fuerza política. En ese marco, la participación en campañas electorales para darles mejor contenido es una parte de dichas misiones, más ahora cuando esto puede incluir hasta la posibilidad de llegar al gobierno.
No obstante, debemos distinguir entre el partido permanente y el coyuntural. Cuando la posibilidad de ganar elecciones se hace efectiva, esa parte de las misiones puede tomarse la mayoría de las previsiones, energías y recursos de la vida partidaria, incluso en detrimento de las demás actividades. Pero solo se gana mayor fuerza y poder para vencer los demás retos cuando se han cumplido las misiones del partido permanente. En especial, las de enraizamiento comunitario, organización participativa y formación ideológica arraigada en la vida y memoria nacionales, para recatar a los millares de compatriotas que el reinado neoliberal sumió en el consumismo y la banalidad culturales.
Para darnos mejor futuro toca construir otro apogeo de la propuesta ideológica y la cultura política comparables al alcanzado en los años 70.
12. Objetivos y medios no electorales
Para la oligarquía el objetivo es recuperar al gobierno como instrumento de poder; las elecciones son un medio para ese fin y si por este medio no lo consigue hay otros a los cuales apelar. En cada campaña, más que ganar las siguientes elecciones, para la derecha la prioridad es desacreditar y deslegitimar la gestión de cualquier izquierda en el gobierno, para darle sustentación social al propósito de remplazarla lo más pronto posible.
En tanto logre debilitar a sus principales adversarios progresistas, la clase dominante querrá ganar comicios, pero a condición de que eso no limite el poder que ella requiere para obtener sus fines. El objetivo principal de la derecha no es volver a Palacio, sino encauzar un proceso contrarrevolucionario de gran alcance. Su propósito es revertir las conquistas populares acumuladas durante las últimas décadas y tomarse otras adicionales. Si eso puede asegurarse por medios no electorales como los llamados golpes “blandos”, la cuestión medular es la de las formas de deslegitimar al gobierno progresista y legitimar al que lo remplace. Ya sea esto mediante unas elecciones auténticas, espurias o reñidas, o de una operación extra electoral.
En estos años, la contraofensiva de las derechas ha introducido novedosas formas de seleccionar y presentar candidatos, discursos y promesas programáticas, para darles mayor charm mediante el marketing y las técnicas de pesquisa y manejo de la opinión ciudadana, y de las llamadas campañas sucias. Pero lo esencial no son sus estilos rutilantes, sino su capacidad -principalmente mediática- para degradar la imagen moral y política de las opciones progresistas, no apenas para justificar su defenestración, sino para crear una supuesta urgencia de remplazarlas y fomentar una demanda de cambios que tenga este sentido.
En la práctica, los medios sustituyen a los partidos una vez que las derechas, a través de los suyos, fijan su agenda para un gobierno contrarrevolucionario. Este se enfilará tanto a revertir las conquistas sociales logradas durante más de un siglo como a reinstalar las políticas neoliberales de privatizar recursos nacionales, incrementar capacidad de financiamiento y endeudamiento externos, reducir los avances en materia de integración a meros acuerdos de liberalización comercial, eliminar capacidad de negociación a las organizaciones laborales y comunitarias, judicializar las controversias con los dirigentes progresistas y sacarlos del escenario político orquestándoles procesos legales.
Para las derechas, usar el sistema electoral para recuperar el gobierno como instrumento de estas políticas tiene sentido si permite tomarse la facultad de ejecutarlas. Darse cierta imagen de legitimidad para justificar el atropello a las normas de la institucionalidad democrática en tanto eso convenga a su objetivo final.
13. Ahondar el proceso democrático
Así las cosas, ante la presente contraofensiva reaccionaria, quienes hoy son los defensores reales de las instituciones democráticas y del proceso democratizador son la izquierda y los sectores progresistas. Pero esta condición no debe distraernos de tres cosas:
La primera, que la institucionalidad que estamos defendiendo es aquella misma que antes fue estructurada por los gobiernos de la derecha tradicional para restringir el juego democrático, mediante una coexistencia política normada para mantener las cosas como están, no para cambiarlas. Por lo tanto, la cuestión es salvaguardar una institucionalidad que al propio tiempo es imperativo democratizar erradicando los arcaísmos y privilegios que benefician a los partidos y candidatos de la oligarquía, y que encarecen el juego político a favor de los grandes financiadores de campañas. A la vez, para ensancharle el campo a la participación popular. Defender la institucionalidad no tiene sentido si no es impulsando un nuevo proceso democratizador.
La segunda, que es preciso tener presente en nuestra vida política cotidiana, en el análisis del acontecer diario y en la producción teórica, que es un imperativo de la misión de las izquierdas y los sectores progresistas, desarrollar su capacidad de convertir la inconformidad e indignación sociales en conciencia y militancia organizada para derrotar a la contrarrevolución para transformar al país.
Y la tercera, que para materializar esta misión es indispensable una permanente formación y acumulación de fuerzas en los ámbitos del trabajo material, de la vida comunitaria y de las diversas expresiones de la convivencia humana. Que es indispensable compartir ideas, proyectos y expectativas que los distintos sectores progresistas puedan hacer suyos, puesto que solo al arraigar en masas organizadas las ideas se convierten en fuerza material.
Sin embargo, lo más importante es que estas tres cosas no son sólo exigencias a las organizaciones que luchan en la oposición, sino sobre todo para las fuerzas progresistas que llegan al gobierno. Porque no solo se  trata de generar mayores fuerzas para desenmascarar y derrotar la contraofensiva reaccionaria, sino también para sacar de la modorra a los cuadros y funcionarios adocenados dentro de los gobiernos progresistas. Los partidos y movimientos progresistas que van al gobierno no deben hacerlo para servir como sus justificadores, sino para exigirle a sus integrantes cumplir sus deberes políticos y morales.
Tener mejores gobiernos progresistas no es el fin de esta historia, sino una oportunidad de completar condiciones que faltan para emprender la siguiente. Entre ellas, rejuvenecer y fortalecer nuestras capacidades para derrotar a la contrarrevolución en el campo de la cultura política, la confrontación ideológica y la comunicación persuasiva porque, como apuntó José Martí, “de pensamiento es la guerra mayor que se nos hace, ganémosla a pensamiento”.
Panamá, abril de 2016
(XII Seminario del Instituto Superior de Relaciones Internacionales,
ISRI 2016, La Habana, 27 al 29 de abril.)
ag/nc
*Profesor, escritor y diplomático panameño.
Referencias
[1]. La Historia me absolverá, de 1953, donde se plantea el objetivo de lograr un régimen democrático progresista, sin mencionar al socialismo.
[2]. En 1962, en la cual pasó de reafirmar al socialismo cubano a convocar a la diversidad de las fuerzas que podían emprender la revolución latinoamericana.
[3]. Obviamente, tales procesos han sido diferentes donde una fuerza de izquierda llegó a Palacio sin obtener mayoría parlamentaria, lo que mediatizó los alcances de su victoria (como Lula), o donde triunfó en ambos cotejos (como Chávez). Y tampoco es igual cuando previamente unas insurrecciones urbanas defenestraron al anterior gobierno complaciente con el neoliberalismo (Correa), que donde triunfó ganándole a la derecha unas elecciones reñidas (Rousseff), o cuando la izquierda triunfó pero su victoria le fue robada (Cárdenas).
[4]. Como en Bolivia, Ecuador y Venezuela.
[5]. Ver “Una coyuntura liberadora… ¿y después?” en Rebelión 23 de julio de 2009, “Una liberación por completar” en Alai del 17 de agosto de 2009 y, particularmente, “¿Quién es la “nueva” derecha?” en Alai del 14 de abril de 2010 y Rebelión del 15 de abril del mismo año.