Después de Alepo: Mundo Multipolar¡¡

Mesa de Análisis y Desarrollo

La destrucción de Siria para la construcción de un mundo multipolar.
Cesar Erik Castellanos Martínez
Rebelión
 Tras la caída de la Unión Soviética ninguna potencia parecía poder hacer frente a EUA. No obstante, la correlación de fuerzas a nivel internacional cambió rápidamente con el (re)surgimiento de nuevos actores (principalmente Rusia y China), los cuales están buscando, hoy en día, una reconfiguración del orden mundial que tome en cuenta sus intereses.
En 2014, en respuesta al golpe de Estado patrocinado por EUA en Ucrania, el cual llevó al poder a los grupos pro-occidentales y nacionalistas, Rusia intervino: se apropió la península de Crimea y brindó apoyo a los rebeldes pro-rusos del este del país. En 2015, en respuesta a los intentos de EUA de derrocar al régimen sirio apoyando a los grupos rebeldes y opositores e incluso terroristas, Rusia intervino: emprendió una operación militar en auxilio del gobierno de Bashar al…

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Bosch: La nochebuena de Encarnación Mendoza

Cuento de Juan Bosch: La nochebuena de Encarnación Mendoza

 Con su sensible ojo de prófugo Encarnación Mendoza había distinguido el perfil de un árbol a veinte pasos, razón por la cual pensó que la noche iba a decaer. Anduvo acertado en su cálculo; donde empezó a equivocarse fue al sacar conclusiones de esa observación. Pues como el día se acercaba era de rigor buscar escondite, y él se preguntaba si debía internarse en los cerros que tenía a su derecha o en el cañaveral que le quedaba a la izquierda. Para su desgracia, escogió el cañaveral. Hora y media más tarde el sol del día 24 alumbraba los campos y calentaba ligeramente a Encarnación Mendoza, que yacía bocarriba tendido sobre hojas de caña.
A las siete de la mañana los hechos parecían estar sucediéndose tal como había pensado el fugitivo; nadie había pasado por las trochas cercanas. Por otra parte la brisa era fresca y tal vez llovería, como casi todos los años en Nochebuena. Y aunque no lloviera los hombres no saldrían de la bodega, donde estarían desde temprano consumiendo ron, hablando a gritos y tratando de alegrarse como lo mandaba la costumbre. En cambio, de haber tirado hacia los cerros no podría sentirse tan seguro. Él conocía bien el lugar; las familias que vivían en las hondonadas producían leña, yuca y algún maíz. Si cualquiera de los hombres que habitaban los bohíos de por allí bajaba aquel día para vender bastimentos en la bodega del batey y acertaba a verlo, estaba perdido. En leguas a la redonda no había quién se atreviera a silenciar el encuentro. Jamás sería perdonado el que encubriera a Encarnación Mendoza: y aunque no se hablaba del asunto todos los vecinos de la comarca sabían que aquel que le viera debía dar cuenta inmediata al puesto de guardia más cercano.
Empezaba a sentirse tranquilo Encarnación Mendoza, porque tenía la seguridad de que había escogido el mejor lugar para esconderse durante el día, cuando comenzó el destino a jugar en su contra.
Pues a esa hora la madre de Mundito pensaba igual que el prófugo: nadie pasaría por las trochas en la mañana, y si Mundito apuraba el paso haría el viaje a la bodega antes de que comenzaran a transitar los caminos los habituales borrachos del día de Nochebuena. La madre de Mundito tenía unos cuantos centavos que había ido guardando de lo poco que cobraba lavando ropa y revendiendo gallinas en el cruce de la carretera, que le quedaba al poniente, a casi medio día de marcha. Con esos centavos podía mandar a Mundito a la bodega para que comprara harina, bacalao y algo de manteca. Aunque lo hiciera pobremente, quería celebrar la Nochebuena con sus seis pequeños hijos, siquiera fuera comiendo frituras de bacalao.
El caserío donde ellos vivían -del lado de los cerros, en el camino que dividía los cañaverales de las tierras incultas- tendría catorce o quince malas viviendas, la mayor parte techadas de yaguas. Al salir de la suya, con el encargo de ir a la bodega, Mundito se detuvo un momento en medio del barro seco por donde en los días de zafra transitaban las carretas cargadas de caña. Era largo el trayecto hasta la bodega. El cielo se veía claro, radiante de luz que se esparcía sobre el horizonte de cogollos de caña; era grata la brisa y dulcemente triste el silencio. ¿Por qué ir solo, aburriéndose de caminar por trochas siempre iguales? Durante diez segundos Mundito pensó entrar al bohío vecino, donde seis semanas antes una perra negra había parido seis cachorros. Los dueños del animal habían regalado cinco, pero quedaba uno “para amamantar a madre”, y en él había puesto Mundito todo el interés que la falta de ternura había acumulado en su pequeña alma. Con sus nueve años cargados de precoz sabiduría, el niño era consciente de que si llevaba al cachorrillo tendría que cargarlo casi todo el tiempo, porque no podría hacer tanta distancia por sí solo. Mundito sentía que esa idea casi le autorizaba a disponer del perrito. De súbito, sin pensarlo más, corrió hacia la casucha gritando:
-¡Doña Ofelia, emprésteme a Azabache, que lo voy a llevar allí!
Oyénranle o no, ya él había pedido autorización, y eso bastaba. Entró como un torbellino, tomó el animalejo en brazos y salió corriendo, a toda marcha, hasta que se perdió a lo lejos. Y así empezó el destino a jugar en los planes de Encarnación Mendoza.
Porque ocurrió que cuando, poco antes de las nueve, el niño Mundito pasaba frente al tablón de caña donde estaba escondido el fugitivo, cansado, o simplemente movido por esa especie de indiferencia por lo actual y curiosidad por lo inmediato que es privilegio de los animales pequeños, Azabache se metió en el cañaveral. Encarnación Mendoza oyó la voz del niño ordenando al perrito que se detuviera. Durante un segundo temió que el muchacho fuera la avanzada de algún grupo. Estaba clara la mañana. Con su agudo ojo de prófugo él podía ver hasta dónde se lo permitía el barullo de tallos y hojas. Allí, al alcance de su mirada, estaba el niño. Encarnación Mendoza no tenía pelo de tonto. Rápidamente calculó que si lo hallaban atisbando era hombre perdido; lo mejor sería hacerse el dormido, dando la espalda al lado por dónde sentía el ruido. Para mayor seguridad, se cubrió la cara con el sombrero.
El negro cachorrillo correteó; jugando con las hojas de caña, pretendiendo saltar, torpe de movimientos, y cuando vio al fugitivo echado empezó a soltar diminutos y graciosos ladridos. Llamándolo a voces y gateando para avanzar, Mundito iba acercándose cuando de pronto quedó paralizado: había visto al hombre. Pero para él no era simplemente un hombre sino algo imponente y terrible; era un cadáver. De otra manera no sé explicaba su presencia allí y mucho menos su postura. El terror le dejó frío. En el primer momento pensó huir, y hacerlo en silencio para que el cadáver no se diera cuenta. Pero le parecía un crimen dejar a Azabache abandonado, expuesto al peligro de que el muerto se molestara con sus ladridos y lo reventara apretándolo con las manos. Incapaz de irse sin el animalito e incapaz de quedarse allí, el niño sentía que desfallecía. Sin intervención de su voluntad levantó una mano, fijó la mirada en el difunto, temblando mientras el perrillo reculaba y lanzaba sus pequeños ladridos. Mundito estaba seguro de que el cadáver iba a levantarse de momento. En su miedo, pretendió adelantarse al muerto: pegó un saltó sobre el cachorrillo, al cual agarró con nerviosa violencia por el pescuezo, y a seguidas, cabeceando contra las cañas, cortándose el rostro y las manos, impulsado por el terror, ahogándose, echó a correr hacia la bodega. Al llegar allí, a punto de desfallecer por el esfuerzo y el pavor, gritó señalando hacia el lejano lugar de su aventura:
-¡En la Colonia Adela hay un hombre muerto!
A lo que un vozarrón áspero respondió gritando:
-¿Qué tá diciendo ese muchacho?
Y como era la voz del sargento Rey, jefe de puesto del Central, obtuvo el mayor interés de parte de los presentes así como los datos que solicitó del muchacho.
El día de Nochebuena no podía contarse con el juez de La Romana para hacer el levantamiento del cadáver, pues debía andar por la Capital disfrutando sus vacaciones de fin de año. Pero el sargento era expeditivo; quince minutos después de haber oído a Mundito el sargento Rey iba con dos números y diez o doce curiosos hacia el sitio donde yacía el presunto cadáver. Eso no había entrado en los planes de Encarnación Mendoza.
El propósito de Encarnación Mendoza era pasar la Nochebuena con su mujer y sus hijos. Escondiéndose de día y caminando de noche había recorrido leguas y leguas, desde las primeras estribaciones de la Cordillera, en la provincia del Seybo, rehuyendo todo encuentro y esquivando bohíos, corrales y cortes de árboles o quemas de tierras. En toda la región se sabía que él había dado muerte al cabo Pomares, y nadie ignoraba que era hombre condenado donde se le encontrara. No debía dejarse ver de persona alguna, excepto de Nina y de sus hijos. Y los vería sólo una hora o dos, durante la Nochebuena. Tenía ya seis meses huyendo, pues fue el día de San Juan cuando ocurrieron los hechos que le costaron la vida al cabo Pomares.
Necesariamente debía ver a su mujer y a sus hijos. Era un impulso bestial el que le empujaba a ir, una fuerza ciega a la cual no podía resistir. Con todo y ser tan limpio de sentimientos, Encarnación Mendoza comprendía que con el deseos de abrazar a su mujer y de contarles un cuento a los niños iba confundida una sombra de celos. Pero además necesitaba ver la casucha, la luz de lámpara iluminando la habitación donde se reunían cuando él volvía del trabajo y los muchachos le rodeaban para que él los hiciera reír con sus ocurrencias. El cuerpo le pedía ver hasta el sucio camino, que se hacía lodazal en los tiempos de lluvia. Tenía que ir o se moriría de una pena tremenda.
Encarnación Mendoza estaba acostumbrado a hacer lo que deseaba; nunca deseaba nada malo, y se respetaba a sí mismo. Por respeto a sí mismo sucedió lo del día de San Juan, cuando el cabo Pomares le faltó pegándole en la cara, a él, que por no ofender no bebía y que no tenía más afán que su familia. Sucediera lo que sucediera, y aunque el mismo Diablo hiciera oposición, Encarnación Mendoza pasaría la Nochebuena en su bohío. Solo imaginar que Nina y los muchachos estarían tristes, sin un peso para celebrar la fiesta, tal vez llorando por él, le partía el alma y le hacía maldecir de dolor.
Pero el plan se había enredado algo. Era cosa de ponerse a pensar si el muchacho hablaría o se quedaría callado. Se había ido corriendo, a lo que pudo colegir Encarnación por la rapidez de los pasos, y tal vez pensó que se trataba de un peón dormido. Acaso hubiera sido prudente alejarse de allí, meterse en otro tablón de caña. Sin embargo, valía la pena pensarlo dos veces, porque si tenía la fatalidad de que alguien pasara por la trocha de ida o de vuelta, y le veía cruzando camino y le reconocía, era hombre perdido. No debía precipitarse; ahí, por de pronto, estaba seguro. A las nueve de la noche podría salir; caminar con cautela orillando los cerros, y estaría en su casa a las once, tal vez a las once y un cuarto. Sabía lo que iba a hacer; llamaría por la ventana de la habitación en voz baja y le diría a Nina que abriera, que era él, su marido. Ya le parecía estar viendo a Nina con su negro pelo caído sobre las mejillas, los ojos oscuros y brillantes, la boca carnosa, la barbilla saliente. Ese momento de la llegada era la razón de ser de su vida; no podía arriesgarse a ser cogido antes. Cambiar de tablón en pleno día era correr riesgo. Lo mejor sería descansar, dormir…
Despertó al tropel de pasos y a la voz del niño que decía:
-Taba ahí, sargento.
-¿Pero en cuál tablón; en ése o en el de allá?
-En ése -aseguró el niño.
“En ése” podía significar que el muchacho estaba señalando hacia el que ocupaba Encarnación, hacia uno vecino o hacia el de enfrente. Porque a juzgar por las voces el niño y el sargento se hallaban en la trocha, tal vez en un punto intermedio entre varios tablones de caña. Dependía de hacia dónde estaba señalando el niño cuando decía “ése”. La situación era realmente grave, porque de lo que no había duda era de que ya había gente localizando al fugitivo. El momento, pues, no era de dudar, sino de actuar. Rápido en la decisión, Encarnación Mendoza comenzó a gatear con suma cautela, cuidándose de que el ruido que pudiera hacer se confundiera con el de las hojas del cañaveral batidas por la brisa. Había que salir de allí pronto, sin perder un minuto. Oyó la áspera voz del sargento:
-¡Métase por ahí, Nemesio, que yo voy por aquí! ¡Usté, Solito, quédese por aquí!
Se oían murmullos y comentarios. Mientras se alejaba, agachado, con paso felino, Encarnación podía colegir que había varios hombres en el grupo que le buscaba. Sin duda las cosas estaban poniéndose feas.
Feas para él y feas para el muchacho, quienquiera que fuese. Porque cuando el sargento Rey y el número Nemesio Arroyo recorrieron el tablón de caña en que se habían metido, maltratando los tallos más tiernos y cortándose las manos y los brazos, y no vieron cadáver alguno, empezaron a creer que era broma lo del hombre muerto en la Colonia Adela.
-¿Tú ta seguro que fue aquí, muchacho? -preguntó el sargento.
-Sí, aquí era -afirmó Mundito, bastante asustado ya.
-Son cosa de muchacho, sargento; ahí no hay nadie -terció el número Arroyo.
El sargento clavó en el niño una mirada fija, escalofriante, que lo llenó de pavor.
-Mire, yo venía por aquí con Azabache -empezó a explicar Mundito- y lo diba corriendo asina -lo cual dijo al tiempo que ponía el perrito en el suelo-, y él cogió y se metió ahí.
Pero el número Solito Ruiz interrumpió la escenificación de Mundito preguntando:
-¿Cómo era el muerto?
-Yo no le vide la cara -dijo el niño, temblando de miedo-; solamente le vide la ropa. Tenía un sombrero en la cara. Taba asina, de lao…
-¿De qué color era el pantalón? -inquirió el sargento.
-Azul, y la camisa como amarilla, y tenía un sombrero negro encima de la cara…
Pero el pobre Mundito apenas podía hablar; se hallaba aterrorizado, con ganas de llorar. A su infantil idea de las cosas, el muerto se había ido de allí sólo para vengarse de su denuncia y hacerlo quedar como un mentiroso. Seguramente en la noche le saldría en la casa y lo perseguiría toda a vida.
De todas maneras, supiéralo o no Mundito en ese tablón de cañas no darían con el cadáver. Encarnación Mendoza había cruzado con sorprendente celeridad hacia otro tablón, y después hacia otro más; y ya iba atravesando la trocha para meterse en un tercero cuando el niño, despachado por el sargento, pasaba corriendo con el perrillo bajo el brazo. Su miedo lo paró en seco al ver el torso y una pierna del difunto que entraban en el cañaveral. No podía ser otro, dado que la ropa era la que había visto por la mañana.
-¡Ta aquí, sargento; ta aquí! -gritó señalando hacia el punto por donde se había perdido el fugitivo-. ¡Dentró ahí!
Y como tenía mucho miedo siguió su carrera hacia su casa, ahogándose, lleno de lástima consigo mismo por el lío en qué sé había metido. El sargento, y con él los soldados y curiosos que le acompañaban, se había vuelto al oír la voz del chiquillo.
-Cosa de muchacho -dijo calmosamente Nemesio Arroyo.
Pero el sargento, viejo en su oficio, era suspicaz:
-Vea, algo hay. ¡Rodiemo ese tablón di una ve! -gritó.
Y así empezó la cacería, sin qué los cazadores supieran qué pieza perseguían.
Era poco más de media mañana. Repartidos en grupos, cada militar iba seguido de tres o cuatro peones, buscando aquí y allá, corriendo por las trochas, todos un poco bebidos y todos excitados. Lentamente, las pequeñas nubes azul oscuro que descansaban al ras del horizonte empezaron a crecer y a ascender cielo arriba. Encarnación Mendoza sabía ya que estaba más o menos cercado. Sólo que a diferencia de sus perseguidores -que ignoraban a quién buscaban-, él pensaba que el registro del cañaveral obedecía al propósito de echarle mano y cobrarle lo ocurrido el día de San Juan.
Sin saber a ciencia cierta dónde estaban los soldados, el fugitivo se atenía a su instinto y a su voluntad de escapar; y se corría de un tablón a otro, esquivando el encuentro con los soldados. Estaba ya a tanta distancia de ellos que si se hubiera quedado tranquilo hubiese podido esperar hasta el oscurecer sin peligro de ser localizado. Pero no se hallaba seguro y seguía pasando de tablón a tablón. Al cruzar una trocha fue visto de lejos, y una voz proclamó a todo pulmón:
-¡Allá va, sargento, allá va; y se parece a Encarnación Mendoza!
¡Encarnación Mendoza! De golpe todo el mundo quedó paralizado. ¡Encarnación Mendoza!
-¡Vengan! -demandó el sargento a gritos; y a seguidas echó a correr, el revólver en la mano, hacia donde señalaba el peón que había visto el prófugo.
Era ya cerca de mediodía, y aunque los crecientes nubarrones convertían en sofocante y caluroso el ambiente, los cazadores del hombre apenas lo notaban; corrían y corrían, pegando voces, zigzagueando, disparando sobre las cañas. Encarnación se dejó ver sobre una trocha distante, sólo un momento, huyendo con la velocidad de una sombra fugaz, y no dio tiempo al número Solito Ruiz para apuntarle su fusil.
-¡Que vaya uno al batey y diga de mi parte que me manden do número! -ordenó a gritos el sargento.
Nerviosos, excitados, respirando sonoramente y tratando de mirar hacia todos los ángulos a un tiempo, los perseguidores corrían de un lacia a otro dándose voces entre sí, recomendándose prudencia cuando alguno amagaba meterse entre las cañas.
Pasó el mediodía. Llegaron no dos, sino tres números y como nueve o diez peones más; se dispersaron en grupos y la cacería se extendió a varios tablones. A la distancia se veían pasar de pronto un soldado y cuatro o cinco peones, lo cual entorpecía los movimientos, pues era arriesgado tirar si gente amiga estaba al otro extremo. Del batey iban saliendo hombres y hasta alguna mujer; y en la bodega no quedó sino el dependiente, preguntando a todo hijo de Dios que cruzaba si “ya lo habían cogido”.
Encarnación Mendoza no era hombre fácil. Pero a eso de las tres, en el camino que dividía el cañaveral de los cerros, esto es, a más de dos horas del batey, un tiro certero le rompió la columna vertebral al tiempo que cruzaba para internarse en la realeza. Se revolcaba en la tierra, manando sangre, cuando recibió catorce tiros más, pues los soldados iban disparándole a medida que se acercaban. Y justamente entonces empezaban a caer las primeras gotas de la lluvia que había comenzado a insinuarse a media mañana.
Estaba muerto Encarnación Mendoza. Conservaba las líneas del rostro, aunque tenía los dientes destrozados por un balazo de máuser. Era día de Nochebuena y él había salido de la Cordillera a pasar la Nochebuena en su casa, no en el batey, vivo o muerto. Comenzaba a llover, y el sargento estaba pensando algo. Si él sacaba el cadáver a la carretera, que estaba hacia el poniente, podía llevarlo ese mismo día a Macorís y entregarle ese regalo de Pascuas al capitán; si lo llevaba al batey tendría que coger allí un tren del ingenio para ir a la Romana, y como el tren podría tardar mucho en salir llegaría a la ciudad tarde en la noche, tal vez demasiado tarde para trasladarse a Macorís. En la carretera las cosas son distintas; pasan con frecuencia vehículos, él podría detener un automóvil, hacer bajar la gente y meter el cadáver o subirlo sobre la carga de un camión.
-¡Búsquese un caballo ya memo que vamo a sacar ese vagabundo a la carretera -dijo dirigiéndose al que tenía más cerca.
No apareció caballo sino burro; y eso, pasadas ya las cuatro, cuando el aguacero pesado hacía sonar sin descanso los sembrados de caña. El sargento no quería perder tiempo. Varios peones, estorbándose los unos a los otros, colocaron el cadáver atravesado sobre el asno y lo amarraron cómo pudieron. Seguido por dos soldados y tres curiosos a los que escogió para que arrearan el burro, el sargento ordenó la marcha bajo la lluvia.
No resultó fácil el camino. Tres veces, antes de llegar al primer caserío, el muerto resbaló y quedó colgado bajo el vientre del asno. Éste resoplaba y hacía esfuerzos para trotar entre el barro, que ya empezaba a formarse. Cubiertos sólo con sus sombreros de reglamento al principio, los soldados echaron mano a pedazos de yaguas, a hojas grandes arrancadas a los árboles, o se guarecían en el cañaveral de rato en rato, cuando la lluvia arreciaba más. La lúgubre comitiva anduvo sin cesar la mayor parte del tiempo; en silencio, la voz de un soldado comentaba:
-Vea ese sinvergüenza.
O simplemente aludía al cabo Pomares, cuya sangre había sido al fin vengada.
Oscureció del todo, sin duda más temprano que de costumbre por efectos de la lluvia; y con la oscuridad el camino se hizo más difícil, razón por la cual la marcha se tornó lenta. Serían más de las siete, y apenas llovía entonces, cuando uno de los peones dijo:
-Allá se ve una lucecita.
-Sí, del caserío -explicó el sargento; y al instante urdió un plan del que se sintió enormemente satisfecho. Pues al sargento no le bastaba la muerte de Encarnación Mendoza. El sargento quería algo más. Así, cuando un cuarto de hora después se vio frente a la primera casucha del lugar, ordenó con su áspera voz:
-Desamarren ese muerto y tírenlo ahí adentro, que no podemo seguir mojándono.
Decía esto cuando la lluvia era tan escasa que parecía a punto de cesar; y al hablar observaba a los hombres que se afanaban en la tarea de librar el cadáver de cuerdas. Cuando el cuerpo estuvo suelto llamó a la puerta de la casucha justo a tiempo para que la mujer que salió a abrir recibiera sobre los pies, tirado como el de un perro, el cuerpo de Encarnación Mendoza. El muerto estaba empapado en agua, sangre y lodo, y tenía los dientes destrozados por un tiro, lo que le daba a su rostro antes sereno y bondadoso la apariencia de estar haciendo una mueca horrible.
La mujer miró aquella masa inerte; sus ojos cobraron de golpe la inexpresiva fijeza de la locura; y llevándose una mano a la boca comenzó a retroceder lentamente, hasta que a tres pasos paró y corrió desolada sobre el cadáver al tiempo que gritaba:
-¡Hay m’shijo, se han quedao güérfano… han matao a Encarnación!
Espantados, atropellándose, los niños salieron de la habitación, lanzándose a las faldas de la madre.
-Entonces se oyó una voz infantil en la que se confundían llanto y horror:
-¡Mamá, mi mamá!… ¡Ese fue el muerto que yo vide hoy en el cañaveral!

Nueva doctrina exterior de Rusia

Mesa de Análisis y Desarrollo

1065244387Nueva doctrina exterior de Rusia prioriza problemas globales y lazos con otros países

MOSCÚ (Sputnik) — Fue publicada la nueva Doctrina de Política Exterior de Rusia, promulgada por el presidente Vladímir Putin.

El documento, que sustituye la anterior doctrina aprobada en 2013, entra en vigor desde el día de su firma, el 30 de noviembre de 2016. La nueva doctrina apuesta por resolver los problemas globales y fomentar las relaciones de Rusia con otros países en distintas regiones. El derecho internacional y el rol de la ONU El texto afirma que Moscú “aboga consecuentemente por fomentar las bases legislativas de las relaciones internacionales y cumple estrictamente sus obligaciones internacionales en la esfera del derecho”. © SPUTNIK/ ALEXEY DRUZHININ Todos los detalles de la nueva doctrina de política exterior de Rusia “El fomento y desarrollo de la ley internacional es una de las vertientes principales de su actividad a nivel internacional”…

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Fidel mostró a que era posible resistir el imperialismo

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Domingo Nuñez Polanco administrador de este blog
Fidel Castro mostró a Latinoamérica que era posible resistir el imperialismo estadounidense
TEMAS

TRANSCRIPCIÓN
Esta transcripción es un borrador que puede estar sujeto a cambios.

AMY GOODMAN: Esto es Democracy Now!, democracynow.org, el Informativo de Guerra y Paz. Soy Amy Goodman. Estamos presentando un debate sobre Fidel Castro, que murió el viernes a los 90 años de edad. Nuestros invitados son Bill Fletcher, fundador del Congreso Radical Negro; Peter Kornbluh, director del Proyecto de Documentación Cubana y el profesor Lou Pérez Jr., autor del libro “Cuba in the American Imagination: Metaphor and the Imperial Ethos” (Cuba en el imaginario estadounidense: metáfora y ethos imperial).

Profesor Lou Pérez Jr., háblenos sobre el impacto que tuvo Fidel Castro en Latinoamérica. Recién hablábamos sobre el Che Guevara y su muerte. Cuéntenos qué estaba haciendo allí el Che Guevara, qué estaba haciendo por Fidel, y sobre todo, qué estaba haciendo Fidel en América Latina, más allá de Cuba.

LOUIS A. PÉREZ JR.: El poder de Fidel Castro y de la revolución cubana se expresa en la resistencia a las represalias de Estados Unidos contra dicha revolución. Y eso, en una región que había tenido… una región con intervenciones militares continuas, en México y Centroamérica; con intromisión política e intervención económica en Sudamérica. Cuba se convirtió en un ejemplo a seguir, en particular luego de la fallida invasión a Bahía de Cochinos. Ese hecho contribuyó poderosamente a la consolidación y luego a la centralización del poder y los cubanos lo celebraron como la primera derrota al imperialismo en las Américas. Y aquella victoria y sus proyecciones, y su orgullo, resonó en América Latina, tal vez sobre todas las cosas, como una forma de decir que realmente podía ser posible que un pueblo resuelto, con un líder resuelto, fuera capaz de resistir la intervención. Y cuando los cubanos exhortaron a Latinoamérica a convertir los Andes en la Sierra Maestra del Nuevo Mundo, esa idea, la idea de poder lograr la autonomía, el agenciamiento, la autodeterminación y la soberanía nacional resonó en todo el hemisferio, en toda Latinoamérica. El Che Guevara luego retoma ese modelo de guerrilla cubana, la teoría del foquismo, basada en la idea de que un puñado de personas internándose en el interior de un país latinoamericano podían crear lo que se denomina condiciones subjetivas de la revolución; y que de ese foco guerrillero se generaría un movimiento revolucionario que lograría afirmarse y proclamar la victoria. El modelo de revolución del Che Guevara es, básicamente, la réplica de la guerra de guerrillas durante 1957 y 58.

AMY GOODMAN: Y cuéntenos qué sucedió con el Che Guevara en Bolivia y qué significó para Fidel Castro y para la revolución cubana.

LOUIS A. PÉREZ JR.: Bueno, la derrota del foco guerrillero en Bolivia, la captura y ejecución del Che Guevara fueron realmente un golpe mortal para todo lo que representaba la lucha armada en América Latina. Recién con la victoria sandinista en 1979 se pudo ver, de hecho, el triunfo de un movimiento guerrillero en la región. Pero después de eso… de la derrota del foco guerrillero y la muerte del Che Guevara, los cubanos se concentraron más en cuestiones internas. Fueron los años del gran impulso a la economía. Ese fue el año de la desastroza zafra de las 10 millones de toneladas. Y esos años entre la muerte del Che Guevara y la zafra de los 10 millones en 1970, pueden ser considerados como momentos verdaderamente decisivos, que tuvieron la fuerza de alterar la trayectoria de la revolución cubana.


Traducido por Vanessa Londoño. Editado por Verónica Gelman, Linda Artola y Democracy Now! en Español

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Del cambio climático a la guerra nuclear

S03 noam 3

Noam Chomsky advierte sobre las amenazas reales a nuestra supervivencia.

El lunes a la noche Democracy Now! celebró su 20 aniversario en la histórica iglesia de Riverside de la ciudad de Nueva York. Entre los que hablaron ante los más de dos mil asistentes estaba el reconocido disidente político, lingüista y escritor Noam Chomsky. Chomsky se refirió a las dos amenazas más peligrosas que la especie humana enfrenta en la actualidad, la posibilidad de una guerra nuclear y la destrucción acelerada provocada por el cambio climático que generamos los seres humanos.
Para saber más de este tema, puede ver el discurso de Noam Chomsky.


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Vladimir Putin sobre Fidel

Este hombre fuerte y sabio siempre miraba con confianza al futuro. Encarnó los ideales más altos del político, el ciudadano y el patriota, y estaba sinceramente convencido de la rectitud de la causa a la que dedicó toda su vida.
Vladimir Putin
Presidente de Rusia
Bajo su dirección, su pequeño país pudo conducir una política de gran potencia a escala mundial, echando hasta un pulso con Estados Unidos cuyos dirigentes no consiguieron derribarlo, ni eliminarlo, ni siquiera modificar el rumbo de la Revolución cubana.
Ignacio Ramonet
Politólogo francés
El pueblo de la India apreciará la memoria que lega este revolucionario mundial, que inspiró a la gente no sólo de América Latina sino de todo el mundo.
Pranab Mukherjee
Presidente de la India
Se va un referente de la dignidad latinoamericana y de la resistencia soberana. Adiós Fidel.
Pablo Iglesias
Líder del Partido Podemos de España
Nuestra admiración y respeto por Fidel, el líder que nos enseñó a luchar por la soberanía del Estado y la dignidad de los pueblos del mundo.
Evo Morales
Presidente de Bolivia
Fidel y Chávez construyeron el ALBA, PetroCaribe y dejaron abonado el camino de la liberación de nuestros pueblos… La Historia los Absolvió.
Nicolás Maduro
Presidente de Venezuela
Se fue un grande. Murió Fidel. ¡Viva Cuba! ¡Viva América Latina!
Rafael Correa
Presidente de Ecuador
Mis condolencias al Presidente Raúl Castro por la muerte de Fidel, un líder por la dignidad y la justicia social en Cuba y América Latina.
Michelle Bachelet
Presidenta de Chile
Con Fidel desaparece el último gran líder político del siglo 20, y el único que logró sobrevivir más de 50 años a su propia obra: la Revolución Cubana. Gracias a ella la pequeña isla dejó de ser el prostíbulo del Caribe, explotado por la mafia, para convertirse en una nación respetada, soberana y solidaria, que mantiene profesionales de la salud y de la educación en más de cien países, incluyendo el Brasil.
Frei Betto
Teólogo brasileño
Dirigió la lucha de su pueblo y de su país contra el imperialismo y la hegemonía durante décadas. Su resistencia se hizo legendaria e inspiró a líderes y pueblos del mundo.
Bashar al Asad
Presidente de Siria
El pueblo chino perdió a un camarada bueno y sincero. El camarada Castro vivirá eternamente.
Xi Jinping
Presidente de China
Hay Fidel para buen rato. La mafia imperialista trató de que no llegara ni a los 50 años de edad, pero siendo Fidel, Fidel, su cuerpo decidió la fecha de su partida.
Rafael Cancel Miranda
Independentista puertorriqueño
Fidel Castro fue una inspiración en la lucha contra el Apartheid.
Jacob Zuma
Presidente de Sudáfrica
Nunca te hacía sentir que estabas hablando con una leyenda universal y viviente.
Cristina Fernández de KirchnerEx-presidente de Argentina

Como un águila que vuela alto y ve lejos advirtió veinte años antes que los demás la gravedad de un problema que hoy está en la boca de cualquiera. Fidel ha muerto, pero su legado –como el del Che y el de Chávez- vivirá para siempre.

Atilio Borón
Politólogo argentino

Fidel encarnó a la Revolución en América Latina, pero también para todo el mundo, porque Cuba levantaba de nuevo la idea del socialismo, cuando este se había vuelto algo aparentemente petrificado, postergado.

Emir Sader
Politólogo brasileño

Los cubanos no olvidaremos jamás, su talento, genio y originalidad, porque fue Fidel quien llevó al terreno de los hechos, los métodos y principios capaces de relacionar y articular dialécticamente las ideas del Socialismo con la tradición ética de la nación cubana, para hacerla triunfar.

Armando Hart DávalosRevolucionario cubano

No hacía falta un terremoto, como el sucedido en Managua en 1972, para que viniesen las brigadas cubanas, sino que donde la responsabilidad y compromiso de los gobernantes con sus pueblos demandaba de la solidaridad cubana, ahí estaba Cuba con sus brigadas médicas.
Daniel Ortega
Presidente de Nicaragua
Hoy lloro la pérdida de un amigo, el fallecido líder cubano. En el transcurso de su larga vida superó incontables adversidades y casi nunca eligió el camino fácil y cómodo. Pude ver a Fidel Castro muchas veces a lo largo de los años y llegué a apreciar su intelecto extraordinario, su mente aguda y su habilidad para entablar un diálogo constructivo. Adiós Fidel.
Kofi Annan
Ex Secretario General de la ONU
Fidel fue un hombre dedicado a la defensa de su tierra y su gente, la verdad y la justicia.
Mahmoud Abbas
Presidente de Palestina
José Eduardo Dos Santos
Presidente de Angola
Figura histórica y trascendente que contribuyó a la defensa y mantenimiento de la soberanía y la integridad territorial de Angola.
Fidel Castro fue un guerrero infatigable cuya desaparición física causó gran pena y tristeza en Irán.
Hasan Rohani
Presidente de Irán
Fidel siempre fue un luchador por los valores que no mueren, por ideas que marcaron su norte, por eso no puede morir
Fernando Lugo
Ex-Presidente de Paraguay
Comandante de la dignidad, de la solidaridad y de la esperanza. Fidel aquí estamos y aquí vamos adelante siempre, siempre más allá. Gracias Fidel, gracias Cuba por habernos dado a Fidel que vive en los pueblos libres de Nuestramérica.
Rosario Murillo
Vicepresidenta electa de Nicaragua
El líder Fidel Castro vivió como un gigante y permanecerá como una leyenda y un valioso legado para las nuevas generaciones
Abdelkader Bensalah
Presidente del Consejo de la Nación de Argelia
Despedimos al Fidel de los pobres, de los humildes, de los oprimidos y de los que jamás se rinden, nuestro Fidel, el de ustedes, el que pertenece a todos los pobres del planeta, el Fidel de la Historia.
Alexis Tsipras
Primer Ministro de Grecia

“Frases Sueltas” (70 frases propias)

Algo que me gusta mucho, es, leer frases que hagan pensar, reflexionar,  o que simplemente generen una pequeña sonrisa.
Quienes visitan regularmente el blog, habrán notado que justo debajo del logo, siempre hay una frase que cada tanto cambio, como forma de compartir esta divertida manía.
Pero, así como me gusta leer frases de otros, también, siempre se me están ocurriendo estas síntesis de cosas que veo en mi entorno, y tengo la costumbre de irlas anotando por ahí, y las termino perdiendo, y olvidando.
Sin embargo en una de esas limpiezas que cada tanto hacemos para librarnos de recibos, papeles, calendarios y postales,  y otras cosas inservibles, encontré algunas anotaciones como con 200 frases, que he ido escribiendo a lo largo de los años, y que estaban ahí dormidas en el fondo de una polvorienta caja.
Decidí volverlas a la vida, y nada mejor que hacerlo a través de un post. Por eso, con bastante atrevimiento, elegí estas 70 frases, escritas por mi, para mostrártelas, y pedirte que me dejes tu opinión. ;)
Espero tus comentarios.

1. Si no tolero la intolerancia ¿soy intolerante?

2. ¿Si la justicia me condena injustamente, y huyo, estoy escapando de la justicia, o de la injusticia?

3. Principio básico de algunos políticos: Cuanto mas grande la mentira, mas alto el cargo.

4. No es lo mismo decir: Es hora de volver, adiós; que decir: Es hora de volver a Dios.

5. La lava, no lava: quema.

6. A algunos políticos, en lugar de votarlos, habría que botarlos.

7. ¿La locura de un cura, tiene cura?

8. Un puma, con espuma en la boca, ¿es puma rabioso?

9. ¿Agüero, es un presagio, o un recipiente para cargar agua?

10. Si Baco, es el dios del vino, Vaca ¿es la diosa de la leche?

11. ¿Si se dice “El Papa”, se debe decir “La boniato”?

12. ¿El sol, es el esposo de la sal?

13. ¿Habrán dibujos desanimados?

14. Si de la vaca sacamos la pulpa, del toro: ¿sacamos el pulpo?

15. Al fútbol, no hay que darle pelota.

16. ¿Se puede colgar en la pared un cuadro de futbol?

17. ¿El Moscatel, es la cruza de un insecto con un aparato para hablar?

18. Los comensales ¿comen azúcar?

19. ¿Un hijo político es alguien que se dedica a la política, o un yerno?

20. ¿Si el gato, araña, la araña, gatea?

21. ¿Una cómoda puede resultar incómoda?

22. Los cuentos son simpáticos, las antipáticas son las cuentas…

23. Si me siento mal, y me siento, ¿me sentiré mejor?

24. Morir ¿dolerá?

25. La principal diferencia entre una democracia y una dictadura, está en “quienes” y “como” te joden.

26. Si pierdo el reloj, ¿pierdo tiempo?

27. Si pierdo reflejos ¿me transformo en vampiro?

28. ¿El papá del Papa, comería papas?

29. Si un matador es peligroso ¡qué me dicen de un rematador!

30. Espera, no es manzana, es pera.

31. ¿Por qué hay “pelagatos”, y no hay “pelaperros”?

32. Una represa ¿es una mujer que está presa por segunda vez, o un dique?

33. Si a un automóvil le saco la batería y le coloco un saxofón ¿funcionará igual?

34. La diferencia entre lo posible, y lo imposible, es la sílaba IM.

35. La sinceridad absoluta, hiere.

36. Si eres bueno, muchas veces te toman por estúpido.

37. Decir “la primer parte” es como decir: “el primera hombre”.

38. Que terrible sería si a todas las palabras que terminan con ANO les pusieran la terminación CULO.

39. ¡Cuando lo sinteletuale, en un solene ato, pronuncéan un discurso, y no reina un silencio asoluto, te juro que me indino!

40. Cerdo, salame, nabo, papa frita, bagre, queso, banana… ¿Nombres de alimentos o insultos?

41. ¿Porotos? ¡Como si, como no!

42. Me confundo bastante cuando alguien dice: “el otro día de noche”.

43. Hay personas tan molestas, que hasta su recuerdo incomoda.

44. La impaciencia, es la eyaculación de la mente.

45. Hacer cosas descabelladas en nombre del amor: ¿Romanticismo o estupidez?

46. Algunas personas son tan sucias, que hasta el agua las evita.

47. No luchar por nuestras metas, es como desean ganar un auto en una rifa, y no comprar un número…

48. ¿Podemos criticar a alguien por no haber hecho algo, que nosotros no haríamos, si estuviésemos en su lugar?

49. Preocuparse desmedidamente por los intereses del jefe: ¿eficiencia, o adulonería?

50. ¡La burocracia ya debería estar aplastada debajo de tantos papeles!

51. Hay mujeres que son como un rayo de sol… ¡no hay quien las mire!

52. “Amaría a Mara, si no amara, a María”

53. El tiempo no lo borra todo, solamente lo suaviza.

54. Un cardenal es: ¿una autoridad de la Iglesia, un pájaro, o vestigios de un golpe?

55. Nunca debe esperarse que un político haga algo que no le reporte ningún beneficio.

56. Optimista es el que mira un gusano, y ve la mariposa.

57. Pesimista es el que mira la mariposa, y recuerda el gusano.

58. Realista es el que siente asco del gusano, y se deleita con la mariposa.

59. Pesimista es quien pasa la vida, deseando que no ocurra lo inevitable.

60. Hay quienes tienen tanto vacío en sus vidas, que las llenan hablando de la vida de los demás.

61. Conocí un religioso que compartía con Dios, absolutamente todo lo que los fieles le daban. Tomaba las ofrendas, y las lanzaba hacia el cielo. Lo que Dios tomaba, era suyo, y todo lo que caía al suelo, era de él…

62. Lo único que detiene la caída del cabello, es el piso.

63. Las estaciones están mal distribuidas: debería hacer frío en verano, y calor en invierno…

64. ¡Veremos! decía un ciego.

65. Para calentar rápidamente el agua, lo mejor es insultarla bastante.

66. Una chica “mona” ¿no debería vivir en la selva?

67. Si dices ¡ah, no!, pueden creer que dijiste ANO.

68. Si tengo sarna, ¿me mirarán con sorna?

69. Si la cuerda siempre se rompe por el punto mas débil, ¿por donde se rompe la loca?

70. Es mejor jugar con las palabras, que con los pueblos

ADICTAMENTE

Jose Marti discursiando

HEREDIA. DISCURSO DE JOSÉ MARTÍ*
Hace 1 d

1

Señoras y señores:

Con orgullo y reverencia empiezo a hablar, desde este puesto que de buen grado hubiera cedido, por su dificultad excesiva, a quien, con más ambición que la mía y menos temor de su persona, hubiera querido tomarlo de mi, si no fuera por el mandato de la patria, que en este puesto nos manda estar hoy, y por el miedo de que el que acaso despertó en mi alma, como en la de los cubanos todos, la pasión inextinguible por la libertad, se levante en su silla de gloria, junto al sol que el cantó frente a frente,-y me tache de ingrato. Muchas pompas y honores tiene el mundo, solicitados con feo afán y humillaciones increíbles por los hombres: yo no quiero para mí más honra, porque no la hay mayor, que la de haber sido juzgado digno de recoger en mis palabras mortales el himno de ternura y gratitud de estos corazones de mujer y pechos de hombre al divino cubano, y enviar con él el pensamiento, velado aún por la vergüenza pública, a la cumbre donde espera, en vano quizás, su genio inmarcesible, con el trueno en la diestra, el torrente a los pies, sacudida la capa de tempestad por los vientos primitivos de la creación, bañado aún de las lágrimas de Cuba el rostro.
Nadie esperará de mí, si me tiene por discreto, que por ganar fama de crítico sagaz y puntilloso, rebaje esta ocasión, que es de agradecimiento y tributo, al examen, -impropio de la fiesta y del estado de nuestro ánimo,- de los orígenes y factores de mera literatura, que de una ojeada ve por sí quien conozca los lances varios de la existencia de Heredia, y los tiempos revueltos y enciclopédicos, de jubileo y renovación del mundo, en que le tocó vivir. Ni he de usurpar yo, por lucir las pedagogías, el tiempo en que sus propias estrofas, como lanzas orladas de flores, han de venir aquí a inclinarse, corteses y apasionadas, ante la mujer cubana, fiel siempre al genio y a la desdicha, y echando de súbito iracundas las rosas por el suelo, a repetir ante los hombres, turbados en estos tiempos de virtud escasa e interés tentador, los versos, magníficos como bofetones, donde profetiza;
Que si un pueblo su dura cadena
no se atreve a romper con sus manos,
Puede el pueblo mudar de tiranos
Pero nunca ser libre podrá“.

Yo no vengo aquí como juez, a ver cómo se juntaron en el la educación clásica y francesa, el fuego de su alma, y la época, accidentes y lugares de su vida; ni en que le aceleraron el genio la enseñanza de su padre y la odisea de su niñez; ni que es lo suyo, o lo de reflejo, en sus versos famosos; ni apuntar con dedo inclemente la hora en que, privada su alma de los empleos sumos, repitió en cantos menos felices sus ideas primeras, por hábito de producir, o necesidad de expresarse, o gratitud al pueblo que lo hospedaba, o por obligación política. Yo vengo aquí como hijo desesperado y amoroso, a recordar brevemente, sin más notas que las que le manda poner la gloria, la vida del que cantó, con majestad desconocida, a la mujer, al peligro y a las palmas.
Donde son más altas las palmas en Cuba nació Heredia: en la infatigable Santiago. Y dicen que desde la niñez, como si el espíritu de la raza extinta le susurrase sus quejas y le prestara su furor, como si el último oro del país saqueado le ardiese en las venas, como si a la luz del sol del trópico se le revelasen por merced sobrenatural las entrañas de la vida, brotaban de los labios del “niño estupendo” el anatema viril, la palabra sentenciosa, la oda resonante. El padre, con su mucho saber, y con la inspiración del cariño, ponía ante sus ojos ordenados y comentados, los elementos del orbe, los móviles de la humanidad, y los sucesos de los pueblos. Con la toga de juez abrigaba de la fiebre del genio, a aquel hijo precoz. A Cicerón le enseñaba a amar, y amaba el más, por su naturaleza artística y armoniosa, que a Marat y a Fouquier Tinville. El peso de las cosas enseñaba el padre, y la necesidad de impelerlas con el desinterés, y fundarlas con la moderación. El latín que estudiaba con el maestro Correa no era el de Séneca difuso, ni el de Lucano verboso, ni el de Quintiliano, lleno de alamares y de lentejuelas, sino el de Horacio, de clara hermosura, más bello que los griegos, porque tiene su elegancia sin su crudeza, y es vino fresco tomado de la uva, con el perfume de las pocas rosas que crecen en la vida. De Lucrecio era por la mañana la lección de don José Francisco, y por la noche de Humboldt. El padre, y sus amigos de sobremesa, dejaban, estupefactos, caer el libro. ¿Quién era aquél, que lo traía todo en sí? Niño, ¿has sido rey, has sido Ossian, has sido Bruto? Era como si viese el niño batallas de estrellas, porque le lucían en el rostro los resplandores. Había centelleo de tormenta y capacidad de cráter en aquel genio voraz. La palabra, esencial y rotunda, fluía, adivinando las leyes de la luz o comentando las peleas de Troya, de aquellos labios de nueve años. Preveía, con sus ojos de fuego, el martirio a que los hombres, denunciados por el esplendor de la virtud, someten al genio, que osa ver claro de noche. Sus versos eran la religión y el orgullo de la casa. La madre, para que no se los interrumpieran, acallaba los ruidos. El padre le apuntalaba las rimas pobres. Le abrían todas las puertas. Le ponían, para que viese bien a escribir, las mejores luces del salón. ¡Otros han tenido que componer sus primeros versos entre azotes y burlas, a la luz del cocuyo inquieto y de la luna cómplice!…; los de Heredia acababan en los labios de su madre, y en los brazos de su padre y de sus amigos. La inmortalidad comenzó para él en aquella fuerza y seguridad de sí que, como lección constante de los padres duros, daba a Heredia el cariño de la casa.
Era su padre oidor, y persona de consejo y benevolencia, por lo que lo escogieron, a más de la razón de su nacimiento americano, para ir a poner paz en Venezuela, donde Monteverde, con el favor casual de la naturaleza, triunfaba de Miranda, harto sabio para guerra en que el acometimiento hace más falta, y gana más batallas, que la sabiduría; en Venezuela, donde acababa de enseñarse al mundo, desmelenado y en pie sobre las ruinas del templo de San jacinto, el creador, Bolívar. Reventaba la cólera de América, y daba a luz, entre escombros encendidos, al que había de vengarla. De allá del sur venía, de cumbre en cumbre, el eco de los cascos del caballo libertador de San Martín. Los héroes se subían a los montes para divisar el porvenir, y escribir la profecía de los siglos al resplandor de la nieve inmaculada. La niñez, más que el amor filial, refrenaba al héroe infeliz, que lloraba a sus solas, en su desdicha de once años, porque no le llegaban los pies traidores al estribo del caballo de pelear. Y allí oyó contar de los muertos por la espalda, de los encarcelados que salían de la prisión recogiéndose los huesos, de los embajadores de barba blanca que había clavado el asturiano horrible a lanzasos contra la pared. Oyó decir de Bolívar, que se echó a llorar cuando entraba triunfante en Caracas, y vio que salían a recibirlo las caraqueñas vestidas de blanco, con coronas de flores. De un Páez oyó contar, que se quitaba los grillos de los pies, y con los grillos vapuleaba a sus centinelas. Oyó decir que habían traído a la ciudad en una urna, con las banderas desplegadas como en día de fiesta, el corazón del bravo Girardot. Oyó que Ricaurte, para que Boves no le tomara el parque, sobre el parque se sentó, y voló con él. Venezuela, revuelta en su sangre, se retorcía bajo la lanza de Boves… Vivió luego el México, y oyó contar de una cabeza de cura, que daba luz de noche, en la picota donde el español la había clavado. ¡Sol salió aquella alma, sol devastador y magnífico, de aquel troquel de diamante!
Y volvió a Cuba. El pan le supo a villanía, la comodidad a robo, el lujo a sangre. Su padre llevaba bastón de carey, y él también, comprado con el producto de sus labores de juez, y de abogado nuevo en una sociedad vil. El que vive de la infamia, o la codea en paz, es un infame. Abstenerse de ella no basta: se ha de pelear contra ella. Ver en calma un crimen, es cometerlo. La juventud convida a Heredia a los amores: la condición favorecida de su padre, y su fama de joven extraordinario, traen clientes a su bufete: en las casas ricas le oyen con asombro improvisar sobre cuarenta pies diversos, cuarenta estrofas: “¡Ese es Heredia!” dicen por las calles, y en las ventanas de las casas, cuando pasa él, las cabezas hermosas se juntan, y dicen bajo, como el más dulce de los premios :”¡Ese es Heredia!” Pero la gloria aumenta el infortunio de vivir, cuando se la ha de comprar al precio de la complicidad con la vileza: no hay más que una gloria cierta, y es la del alma que está contenta de sí. Grato es pasear bajo los mangos, a la hora deliciosa del amanecer, cuando el mundo parece como que se crea, y que sale de la nada el sol, con su ejército de pájaros vocingleros, como en el primer día de la vida: ¿pero que “mano de hierro” le oprime en los campos cubanos el pecho? ¿Y en el cielo, que mano de sangre? En las ventanas dan besos, y aplausos en las casas ricas, y la abogacía mana oro; pero al salir del banquete triunfal, de los estrados elocuentes, de la cita feliz, ¿no chasquea el látigo, y pide clemencia a un cielo que no escucha la madre a quien quieren ahogarle con azotes los gritos con que llama al hijo de su amor? El vil no es el esclavo, ni el que lo ha sido, sino el que vio este crimen, y no jura, ante el tribunal certero que preside en las sombras, hasta sacar del mundo la esclavitud y sus huellas. ¿Y la America libre, y toda Europa coronándose con la libertad, y Grecia misma resucitando, y Cuba, tan bella como Grecia, tendida así entre hierros, mancha del mundo, presidio rodeado de agua, rémora de América? Si entre los cubanos vivos no hay tropa bastante para el honor ¿qué hacen en la playa los caracoles, que no llaman a guerra a los indios muertos? ¿Qué hacen las palmas, que gimen estériles, en vez de mandar? ¿Que hacen los montes, que no se juntan falda contra falda, y cierran el paso a los que persiguen a los héroes? En tierra peleará, mientras haya un palmo de tierra, y cuando no lo haya, todavía peleará, de pie en la mar. Leonidas desde las Termopilas, desde Roma Caton, señalan el camino a los cubanos. “¡Vamos, Hernández!” De cadalso en cadalso, de Estrampes en Agüero, de Plácido en Benavides, erró la voz de Heredia, hasta que un día, de la tiniebla de la noche, entre cien brazos levantados al cielo, trono en Yara. Ha desmayado luego, y aún hay quien cuente, donde no se anda al sol, que va a desaparecer. ¿Será tanta entre los cubanos la perversión y la desdicha, que ahoguen, con el peso de su pueblo muerto por sus propias manos, la voz de su Heredia?
Entonces fue cuando vino a New York, a recibir la puñalada del frío, que no sintió cuando se le entró por el costado, porque de la pereza moral de su patria hallaba consuelo, aunque jamás olvido; en aquellas ciudades ya pujantes, donde, si no la república universal que apetecía su alma generosa, imperaba la libertad en una comarca digna de ella. En la historia profunda sumergió el pensamiento: estudió maravillado los esqueletos colosales; aterido junto a su chimenea, meditaba en los tiempos, que brillan y se apagan; agigantó en la soledad su mente sublime; y cuando, como quien se halla a sí propio, vio despeñarse a sus pies, rotas en luz, las edades de agua, el Niágara portentoso le reveló, sumiso, su misterio, y el poeta adolescente de un pueblo desdeñado halló, de un vuelo, el sentido de la naturaleza que en siglos de contemplación, no habían sabido entender con tanta majestad sus propios habitantes.
Méjico es tierra de refugio, donde todo peregrino ha hallado hermano; de Méjico era el prudente Osés, a quien escribía Heredia, con peso de senador, sus cartas épicas de joven; en casa mejicana se leyó, en una mesa que tenía por adorno un vaso azul lleno de jazmines, el poema galante sobre el “Mérito de las mujeres;” de Méjico lo llama, a compartir el triunfo de la carta liberal, más laborioso que completo, el presidente Victoria, que no quería ver malograda aquella flor de volcán en la sepultura de las nieves. ¿Que detendrá a Heredia junto al Niágara, donde su poesía, profética y sincera, no halló acentos con qué evocar la libertad? Méjico empieza la ascensión más cruenta y valerosa que, por entre ruinas de iglesia y con una raza inerte a la espalda, ha rematado pueblo alguno: sin guía y sin enseñanza, ni más tutor que el genio del país, iba Méjico camino a las alturas, marcando con una batalla cada jalón ¡y cada jalón, más alto!: si de la sombra de la iglesia languidece el árbol todavía tierno de la libertad, una generación viene cantando, y a los pies del árbol sediento se vacía los pechos; a Méjico va Heredia, adonde pone a la lira castellana flores de roble el gran Quintana Roo. Y al ver de nuevo aquellas playas hospitalarias y belicosas, aquellos valles que parecen la mansión desierta de un olimpo que aguarda su rescate, aquellos montes que están, en la ausencia de sus dioses, como urnas volcadas, aquellas cúspides que el sol tiñe en su curso de plata casta, y violeta amorosa, y oro vivo, como si quisiera la creación mostrar sus favores y especial ternura por su predilecta naturaleza, creyó que era allí donde podía, nó en el Norte egoísta, hallar en la libertad el mismo orden solemne de las llanuras, guardadas por la centinela de los volcanes; sube con pie de enamorado a la soledad donde pidieron en vano al cielo su favor contra Cortés los reyes muertos, a la hora en que se abren en la bóveda tenebrosa las “fuentes de luz;” y acata, antes que a los grandes de la tierra, a los montes que se levantan, como espectros que no logran infundirle pavor, en la claridad elocuente de la luna.
Méjico lo agasaja como él sabe, le da el oro de sus corazones y de su café, sienta a juzgar en la silla togada al forastero que sabe de historia como de leyes y pone alma de Volney al épodo de Píndaro. Los magistrados lo son de veras, allí donde en el aire mismo andan juntos la claridad y el reposo: y a él lo proclaman magistrado natural, sin ponerle reparos por la juventud, y lo sientan a la mesa como hermano. La tribuna tiene allí próceres: y le ceden la voz los oradores del país, y lo acompañan con palmas. La poesía tiene allí pontífices: y andan todos buscándole el brazo. Las hermosuras, también allí, exhalan al paso del poeta, trémulas, su aroma. Batalla con los “yorkinos” liberales, para que no echen atrás los “escoceses” parricidas la república: escribe, canta, discute, publica, derrama su corazón en pago de la hospitalidad, pero no siente bajo sus pies aquella firmeza del suelo nativo, que es la única propiedad plena del hombre, y tesoro común que a todos los iguala y enriquece, por lo que, para la dicha de la persona y la calma pública, no se ha de ceder, ni fiar a otro, ni hipotecar jamás. Ni la fuerza de su suelo tiene, ni el orgullo de que en su patria impere la virtud, ni el honor puede ya esperar de que lloren sobre su sepultura de héroe, en el primer día de redención, las vírgenes y los fuertes, y sobre la tierra que lo cubra pongan una hoja de palma de su patria. ¿Qué tiene su poesía, que sólo cuando piensa en Cuba da sus sones reales; y cuando ensaya otro tema que el de su dolor, o el del mar que lo lleva a sus orillas, o el del huracán con cuyo ímpetu quiere arremeter contra los tiranos, le sale como poesía de juez, difícil y perezosa, con florones caídos y doseles a medio color, y no, como cuando piensa en Cuba, coronada de rayos?
No lo sostiene la vanidad de su persona; porque con valer mucho, y por lo mismo que lo valía, no era de esos de mirra y opoponax, que se ponen el mérito propio de botón de pechera, donde se lo vea todo el mundo, y alquilan el aire a que los publique y la mar a que les cante la gloria, y creen que debe ser su almuerzo el cielo y su vino la eternidad; sino que fue genio de noble república, a quien sólo se le veía lo de rey cuando lo agitaba la indignación, o fulminaba el anatema contra los serviles del mundo, y los de su patria. Dos clases de hombres hay: los que andan de pie, cara al cielo, pidiendo que el consuelo de la modestia descienda sobre los que viven sacándose la carne, por pan más o pan menos, a dentelladas, y levantándose, por ir de sortija de brillante, sobre la sepultura de su honra: y otra clase de hombres, que van de hinojos, besando a los grandes de la tierra el manto. En su patria piensa cuando dedica su tragedia “Tiberio” a Fernando VII, con frases que escaldan: en su patria, cuando con sencillez imponente dibuja en escenas ejemplares la muerte de “Los Ultimos Romanos.” ¡No era, no, en los romanos en quienes pensaba el poeta, vuelto ya de sus más caras esperanzas! Por su patria había querido él, y por la patria mayor de nuestra América, que las repúblicas libres echaran los brazos al único pueblo de la familia emancipada que besaba aún los pies del dueño enfurecido: “¡Vaya, decía, la América libre a rescatar la isla que la naturaleza le puso de pórtico y guarda!” Piafaba aún, cubierto de espuma, el continente, flamígero el ojo y palpitante los ijares, de la carrera en que habían paseado el estandarte del sol San Martín y Bolívar: ¡éntre en la mar el caballo libertador, y eche de Cuba, de una pechada, al déspota mal seguro! Y ya ponía Bolívar el pie en el estribo, cuando un hombre que hablaba inglés, y que venía del Norte con papeles de gobierno, le asió el caballo de la brida, y le habló así: “¡Yo soy libre, tú eres libre; pero ese pueblo que ha de ser mío, porque lo quiero para mí, no puede ser libre!” Y al ver Heredia criminal a la libertad, y ambiciosa como la tiranía, se cubrió el rostro con la capa de tempestad, y comenzó a morir.
Ya estaba, de sí mismo, preparado a morir; porque cuando la grandeza no se puede emplear en los oficios de caridad y creación que la nutren, devora a quien la posee. En las ocupaciones usuales de la vida, acibaradas por el destierro, no hallaba su labor anhelada aquella alma frenética y caballeresca, que cuando vio falsa a su primer amiga, servil al hombre, acorralado el genio, impotente la virtud, y sin heroísmo el mundo, pregunto a sus sienes para qué latían, y aun quiso, en el extravío de la pureza, librarlas de su cárcel de huesos. De la caída de la humanidad ideal que pasea resplandeciente, con la copa de la muerte en los labios, por las estrofas de su juventud, se levantó pálido y enfermo, sin fuerzas ya más que para el poema reflexivo o el drama artificioso, que sólo centellea cuando el recuerdo de la patria lo conmueve, o el horror al desorden de la tiranía, o el odio a las “intrigas infames”. Al sol vivía él, y abominaba a los que andan, con el lomo de alquiler, afilando la lengua en la sombra, para asestarla contra los pechos puros. Si para vivir era preciso aceptar con la sonrisa mansa, la complicidad con los lisonjeros, con los hipócritas, con los malignos, con los vanos, él no quería sonreír, ni vivir. ¿A que vivir, si no se puede pasar por la tierra como el cometa por el cielo? Como la playa desnuda se siente él, como la playa de la mar. Su corazón tempestuoso, y tierno como el de una mujer, padece bajo el fanfarrón y el insolente como la flor bajo el casco dei caballo. El tenía piedad de su caballo, a punto de llorar con él y pedirle perdón, porque en el arrebato de su carrera le ensangrentó los ijares; ¿y no tenían los hombres piedad de él? ¿Ni de que sirve la virtud, si mientras más la ven, la mortifican más, y hay como una conjuración entre los hombres para quitarle el pan de la boca, y el suelo de debajo de los pies? Basta una vista aleve, de esas que vienen como las flechas de colores, con la punta untada de curare: basta una mirada torva, una carta seca, un saludo tibio, para oscurecerle el día. Nada menos necesita él que “la ternura universal.” La casa, necesitada y monótona, irrita su pena, en vez de calmársela. En el dolor tiene él su gozo. ¡En su patria, ni pensar puede, porque su patria está allá, con el déspota en pie, restallando el látigo, y todos los cubanos arrodillados! De este pesar de la grandeza inútil, de la pasión desocupada y de la vida vil, moría, hilando trabajosamente sus últimos versos, el poeta que ya no hallaba en la tierra más consuelo que la lealtad de un amigo constante. ¡Pesan mucho sobre el corazón del genio honrado las rodillas de todos los hombres que las doblan!
Hasta en las más acicaladas de sus poesías, que algo habían de tener de tocador en aquellos tiempos de Millevoye y de Delille, se nota esa fogosidad y sencillez que contrastan tan bellamente con la pompa natural del verso, que es tanta que cuando cae la idea, por el asunto pobre o el tema falso, va engañado buen rato el lector, tronando e imperando, sin ver que ya está la estrofa hueca. El temple heroico de su alma daba al verso constante elevación, y la viveza de su sensibilidad le llevaba, con cortes e interrupciones felicísimas, de una impresión a otra. Desde los primeros años habló él aquel lenguaje a la vez exaltado y natural, que es su mayor novedad poética. A Byron le imita el amor al caballo; pero ¿a quién le imita la oda al Niágara, y al Huracán, y al Teocali, y la carta a Emilia, y los versos a Elpino, y los del Convite? Con Safo sólo se le puede comparar, porque sólo ella tuvo su desorden y ardor. Deja de un giro incompletos, con dignidad y efecto grandes, los versos de esos dolores que no se deben profanar hablando de ellos. De una nota sentida saca más efecto que de la retórica ostentosa. No busca comparaciones en lo que no se ve, sino en los objetos de la naturaleza, que todos pueden sentir y ver como él; ni es su imaginación de aquélla de avalorio, enojosa e inútil, que crea entes vanos e insignificantes, sino de esa otra durable y servicial, que consiste en poner de realce lo que pinta, con la comparación o alusión propias, y en exhibir, cautivas y vibrantes, las armonías de la naturaleza. En su prosa misma, resonante y libre, es continuo ese vuelo de alas anchas, y movimiento a la par rítmico y desenfrenado. Su prosa tiene galicismos frecuentes, como su época; y en su Hesiodo hay sus tantos del Alfredo, y muchos versos pudieran ser mejores de lo que son: lo mismo que en el águila, que vuela junto al sol, y tiene una que otra pluma fea. Para poner lunares están las peluquerías; pero ¿quién, cuando no esté de cátedra forzosa, empleará el tiempo en ir de garfio y pinza por la obra admirable, vibrante de angustia, cuando falta de veras el tiempo para la piedad y la admiración?
Nadie pinta mejor que él su tormento, en los versos graves e ingenuos que escribió “en su cumpleaños” cuando describe el

cruel estado
De un corazón ardiente sin amores.”

Por aquel modo suyo de amar a la mujer, se ve que a la naturaleza le faltó sangre que poner en las venas de aquel cubano, y puso lava. A la libertad y a la patria, las amó como amó a Lesbia y a Lola, a la “belleza del dolor” y a la andaluza María Pautret. Es un amor fino y honroso, que ofrece a sus novias en versos olímpicos la rosa tímida, la caña fresca, y se las lleva a pasear, vigilado por el respeto, por donde arrullan las tórtolas. Algo hay de nuestro campesino floreador en aquel amante desaforado que dobla la rodilla y pone a los pies de su amada la canción de puño de oro. No ama para revolotear, sino para fijar su corazón, y consagrar su juventud ardiente. Se extremece a los dieciséis años, como todo un galán, cuando en el paseo con Lesbia le rozan la frente, movidos de aquel lado por un céfiro amigo, los rizos rubios. Se queja a la luna, que sabe mucho de estas cosas, porque no halla una mujer sensible. Ama furioso. Espirará de amor. No puede con el tumulto de su corazón enamorado. Nadie lo vence en amar, nadie. Ennoblece con su magna poesía lo más pueril del amor, y lo más dulce: el darse y qui tarse y volverse a dar las manos, el no tener que decirse, el decírselo todo de repente. Sale del baile, como monarca coronado de estrellas, porque ha visto reinar a la que ama. El que baila con la que ama es indigno, insensible e indigno. A la que él ama, Cuba la aplaude, Catulo le manda el ceñidor de Venus, los dioses del Olimpo se la envidian. Tiembla al lado de Emilia, en los días románticos de su persecución en Cuba; pero puede más la hidalguía del mancebo que la soledad tentadora. Pasa, huyendo de sí junto a la pobre “rosa de nuestros campos,” que se inclina deslumbrada ante el poeta, como la flor ante el sol. Sufre hasta marchitarse, y tiene a orgullo que le vean en la frente la palidez de los amores. El universo ¿quién no lo sabe? está entero en la que ama. No quiere ya a las hermosas, porque por la traición de una supo que el mundo es vil; pero no puede vivir sin las hermosas. ¿Cómo no habían de amar las mujeres con ternura a aquél que era cuanto al alma superior de la mujer aprisiona y seduce: delicado, intrépido, caballeroso, vehemente, fiel, y por todo eso, más que por la belleza, bello? ¿al que se ponía a sus pies de alfombra, sumiso e infeliz, y se erguía de pronto ante ellas como un soberano irritado? ¿Ni cuál es la fuerza de la vida, y su única raíz, sino el amor de la mujer?
De la fatiga de estas ternuras levantaba, con el poder que ellas dan, el pensamiento renovado a la naturaleza eminente, y el que envolvía en hojas de rosa la canción a Lola, ensilla una hora después su caballo volador, mira -descubierta la cabeza- al cielo turbulento, y a la luz de los rayos se arroja a escape en la sombra de la noche. O cuando el gaviero, cegado por los relámpagos, renuncia en los mástiles rotos a desafiar la tempestad, Heredia, de pie en la proa, impaciente en los talones la espuela invisible, dichosa y centelleante la mirada, ve tenderse la niebla por el cielo, y prepararse las olas al combate. O cuando la tarde convida al hombre a la meditación, trepa, a pie firme, el monte que va arropando la noche con su lobreguez, y en la cumbre, mientras se encienden las estrellas, piensa en la marcha de los pueblos, y se consagra a la melancolía. Y cuando no había monte que subir, desde sí propio veía, como si lo tuviera a sus pies, nacer y acabarse el mundo, y sobre él tender su inmensidad el Océano enérgico y triunfante.
Un día, un amigo piadoso, un solo amigo, entró, con los brazos tendidos, en el cuarto de un alguacil habanero, y allí estaba, sentado en un banco, esperando su turno, transparente ya la mano noble y pequeña, con la última luz en los ojos, el poeta que había tenido valor para todo, menos para morir sin volver a ver a su madre y a sus palmas. Temblando salió de allí, del brazo de su amigo; al recobrar la libertad en el mar, reanimado con el beso de su madre, volvió a hallar, para despedirse del universo, los acentos con que lo había asombrado en su primera juventud; y se extinguió en silencio nocturno, como lámpara macilenta, en el valle donde vigilan perennemente, doradas por el sol, las cumbres del Popocatepetl y el Itzlanzihuatl. Allí murió, y allí debía morir, el que para ser en todo símbolo de su patria, nos ligó, en su carrera de la cuna al sepulcro, con los pueblos que la creación nos ha puesto de compañeros y de hermanos: por su padre con Santo Domingo, semillero de héroes, donde aún, en la caoba sangrienta, y en el cañaveral quejoso, y en las selvas invictas, está como vivo, manando enseñanzas y decretos, el corazón de Guarocuya; por su niñez con Venezuela, donde los montes plegados parecen, más que dobleces de la tierra, los mantos abandonados por los héroes al ir a dar cuenta al cielo de sus batallas por la libertad; y por su muerte, con Méjico, templo inmenso edificado por la naturaleza para que en lo alto de sus peldaños de montañas se consumase, como antes en sus teocalis los sacrificios, la justicia final y terrible de la independencia de América.
Y si hasta en la desaparición de sus restos, que no se pueden hallar, simbolizase la desaparición posible y futura de su patria, entonces ¡oh Niágara inmortal! falta una estrofa, todavía útil, a sus soberbios versos. ¡Pídele ¡oh Niágara! al que da y quita, que sean libres y justos todos los pueblos de la tierra; que no emplee pueblo alguno el poder obtenido por la libertad, en arrebatarla a los que se han mostrado dignos de ella; que si un pueblo osa poner la mano sobre otro, no lo ayuden al robo, sin que te salgas, oh Niágara, de los bordes, los hermanos del pueblo desamparado!
Las voces del torrente, los prismas de la catarata, los penachos de espuma de colores que brotan de su seno, y el arco que le ciñe las sienes, con el cortejo propio, no mis palabras, del gran poeta en su tumba. Allí, frente a la maravilla vencida, es donde se ha de ir a saludar al genio vencedor. Allí, convidados a admirar la majestad del portento, y a meditar en su fragor, llegaron, no hace un mes, los enviados que mandan los pueblos de América a juntarse, en el invierno, para tratar del mundo americano; y al oír retumbar la catarata formidable, “¡Heredia!” dijo, poniéndose en pie, el hijo de Montevideo: “¡Heredia!” dijo, descubriéndose la cabeza, el de Nicaragua; “¡Heredia!” dijo, recordando su infancia gloriosa, el de Venezuela; “¡Heredia!”… decían, como indignos de sí y de él, los cubanos de aquella compañía; “¡Heredia!”, dijo la América entera; y lo saludaron con sus cascos de piedra, las estatuas de los emperadores mejicanos, con sus volcanes Centro América, con sus palmeros el Brasil, con el mar de sus pampas la Argentina, el araucano distante con sus lanzas. ¿Y nosotros, culpables cómo lo saludaremos? ¡Danos, oh padre, virtud suficiente para que nos lloren las mujeres de nuestro tiempo, como te lloraron a tí las mujeres del tuyo; o haznos perecer en uno de los cataclismos que tú amabas, si no hemos de saber ser dignos de ti!

*En el Hardman Hall, Nueva York, el 30 de noviembre de 1889, José Martí honra los valores patrióticos contenidos en la obra de José María Herdia y Heredia.

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A FIDEL. POEMA DE JAIME SVART* —

Sea tu muerte una luciérnaga que anuncia al amanecer… como decía el poeta… sea tu vida como el rayo luminoso como la estrella del firmamento… sea tu ejemplo y tu vida como un trueno que nos ilumine… en este difícil camino hacia la Victoria…

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