Hostos y Salomé: La dominicanidad

Por DIÓMEDES NÚÑEZ POLANCO
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En ocasión de la celebración de esta XIX Feria Internacional del Libro Santo Domingo 2016, hemos estado publicando varios trabajos sobre la dominicanidad: el gran evento cultural está dedicado a la República Dominicana, y se rinde homenaje a la patriota, educadora y poeta Salomé Ureña de Henríquez, uno de los personajes emblemáticos de lo dominicano.
Después del triunfo de la Guerra de la Restauración y la consecuente recuperación de la soberanía frente a España, los gobiernos del Partido Nacional o Partido Azul, liderado por Gregorio Luperón, desarrollaron políticas y acciones que contribuyeron a consolidar lo nacional y la dominicanidad en nuestro país. Sus huellas se sintieron especialmente en la segunda mitad del siglo XIX y principios del XX.
El artífice de ese trascendental proceso fue el Maestro Eugenio María de Hostos, quien define a Luperón, símbolo principal de esa etapa de cambios en la República, de la manera siguiente:
“La segunda guerra de la independencia dominicana tuvo muchos guerreros y patricios dignos de la empresa que la dignidad de la nación encomendó al patriotismo de sus hijos. Pero, entre ellos, ninguno que personificara con más ardor que el general Luperón, el deseo de reconquistar la autonomía nacional”.
Hostos, nacido en Puerto Rico, pero acogido por todos como hijo de la tierra dominicana, además de ser el padre de la educación moderna en nuestro país, se sintió unido a las más profundas esencias de lo dominicano. De todos sus significativos aportes a la República, se destaca la creación de la Escuela Normal de Santo Domingo, en febrero de 1880, y apadrinó en 1881 la fundación del Instituto de Señoritas, a cargo de Salomé Ureña de Henríquez. Ambas instituciones dejaron huellas imborrables en varias generaciones de dominicanas y dominicanos.
En realidad, era parte de nuestra piel y de nuestra sangre. Su abuela paterna, doña María Altagracia Rodríguez y Velasco, había nacido en República Dominicana. Hostos permaneció entre nosotros casi la cuarta parte de su vida; de sus sesenta y cuatro años, estuvo aquí cerca de catorce. De sus siete hijos, cinco nacieron en nuestro país. Los otros dos, en Chile. A uno de ellos lo nombró con el apellido del Padre de la Patria dominicana: Filipo Luis Duarte. ¿Acaso lo hiciste, Maestro, por las palabras de Salomé al despedirte, en 1888?:
“¡Adiós! Cuando en las olas tranquilas que te esperan bajo otro cielo, acuda a tu memoria un pensamiento amargo en el cual palpite el nombre de mi patria piensa también que hay en ella corazones amigos que te recuerdan y almas agradecidas que te bendicen”. En la fragua de su magisterio brotaron las semillas del ideal transformador y liberal de nuestra nación. Anduvo por casi toda la geografía de la República. Se dejó embriagar por el verdor de los campos y la magia de los arcoíris de nuestros cielos. Se constituyó, por derecho propio, en uno de los fundadores de la nacionalidad dominicana.
Tomó tan en serio su vinculación con la vida dominicana y el devenir nacional, que Pedro Henríquez Ureña afirmó que más que de muerte biológica Hostos había fallecido de asfixia moral, en aquellos turbulentos y aciagos tiempos de principios del siglo XX dominicano. Hostos fue el escultor de los monumentos intelectuales, patrióticos y cívicos que dejaron la mayor impronta cultural y social de la historia nacional. Entre esos monumentos, en lo intelectual y en práctica, se destacan Salomé Ureña, Pedro Henríquez Ureña y Juan Bosch.
Para Hostos, Salomé “Era el alma de una gran mujer hecha institución, y que al hacerse conciencia de la mujer dominicana, pues en favor de la obra de bien, la voluntad primero, de todas las mujeres de la República y la conciencia después, de la sociedad entera”.
En ocasión de la segunda graduación de sus alumnas, en la Escuela Normal de Santo Domingo, en diciembre de 1888, poco antes de que Hostos saliera para Chile, invitado por el gobierno de ese país, Salomé confiesa la pasión por su tierra y alude los aportes del gran Humanista Puertorriqueño Hostos:
“¡Ah! yo adoro esta patria donde nacieron mis padres, donde vine yo al mundo, donde he visto irradiar sobre mis hijos la luz de la existencia, y tú llegaste a ella con los estímulos del bien, y enamorado de su belleza y presintiendo altos destinos para su porvenir, quisiste lanzarla en la corriente civilizadora de las ideas. ¡Sé bendito! Yo no olvidaré el noble empeño con que te consagraste a dignificarla en su puesto de nación libre.”
TOMADO DEL PERIÓDICO HOY
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