Jacobito de Lara, magnicida de “Lilís”, enfermo de amor

Por Ylonka Nacidit Perdomo

Virginia Elena Ortea, tal vez, quiso conocer al desdichado joven que intrépidamente había asesinado a Lilís – el ejecutor de su tío- el poeta Juan Isidro Ortea. Pero, ¡oh sorpresa!

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Foto: Ulises Heureaux (Lilís) muerto. Foto Frank Adrover Mercadell. Colección Orlando Inoa

 El apuesto mocano Jacobito de Lara, robusto mozo, rico heredero, impetu oso, desafiante, infortunado amante, desgraciado, atormentado porque así lo quiso o fue inducido, y diestro con las armas de fuego, recién llegado de Europa, tuvo un protagonismo de primer orden por azar o paradojas del destino en el magnicidio del 26 de julio de 1899 del arcángel del mal: Ulises Heureaux, alias Lilís, su padrino.
 Lilís un tirano del siglo XIX al que las cosas, aparentemente, siempre le salían “bien” por medio de sus “órdenes superiores”, hasta tanto un grupo de jóvenes políticos de rancia estirpe, de familias distinguidas y tradicionales de Moca planifican, se unen en complot y conjurados coparticipan en su ejecución para ponerle fin a su abominable dictadura.

 Jacobito de Lara. Magnicida de Lilís. Col. Ma. Elena Lara de Antuña. Copia del original de Barón Castillo.
De desconocido a héroe, de héroe a patriota de la República, Jacobito de Lara, cuya gloria a sus primaverales 17 años se quebró como el cristal, se convirtió en víctima de sí mismo cuando de manera irreflexiva asesina a su idolatrada prometida, la adolescente mocana de 16 años Emilia Michel (Millito) por celos, la noche del 29 de mayo de 1901.

Los sucesos que siguieron en la vida de Jacobito, luego del magnicidio de Heureaux y el asesinado de Millito, lo convirtieron en un espectro, y como talmurió: como un águila anónima, que de simbolizar la libertad se hizo desgraciada. Él mismo lo confesó a su entrevistadora en su celda de la cárcel, cito:“Para todo tengo una actividad febril y el impulso de mi corazón me arrastra de tal modo, que jamás me he dado tiempo a pensar lo que hago. No sé cuantas veces he puesto mi vida en peligro con imprudencias en que no he puesto atención… Mis amigos por casualidad han podido librarme del suicidio (…)”. Jacobito de Lara, el protagonista de la “Crónica puertoplateña” escrita por Virginia Elena Ortea, se quitó la vida con su propio revólver que mantenía junto a él en su celda, en la cárcel de San Felipe de Puerto Plata, la noche del 19 de diciembre de 1901. Reo de sí mismo, con su muerte dio final a su atormentada existencia y consumó su destino de suplicios. [1]

I. INTERVIEW DE VIRGINIA ELENA ORTEA A JACOBITO DE LARA

Algunos historiadores han procurado darle cierta “maleabilidad” interpretativa a las circunstancias en las cuales se gestó el tirano Lilís; otros, prefieren hacer olvidar; otros reconstruyen cómo era la maquinaria represiva de ese régimen, y cómo sus emisarios destruían vidas.

Sin embargo, Virginia Elena Ortea, en la época de la dictadura de Heureaux, a “todos” vigilaba con sus ojos abiertos, buscando comprender dónde empezaban las líneas de la historicidad, y dónde la ficción armada desde la oralidad, cuyo evocación –en el presente- se bifurca entre el espasmo que provoca la voluntad que destruye, la alienación de las conciencias, y la sin razón enloquecedora que quiebra todo el yo-acuso.

 Emilia Michel. Colección AGN.
La voz de Virginia Elena Ortea, en los fragmentos de la “Crónica-interview” [2] que presentamos realizada al prevenido Jacobito de Lara, uno de los magnicidas del dictador Ulises Heureaux, que siendo adolescente se enfrentaba a un destino incierto, en la cárcel de San Felipe de Puerto Plata, es la voz que narra; una voz que se re-informa, que se cruza y entrecruza con la del magnicida-homicida-suicida que irrumpe como protagonista del reportaje.
 Al leerla pude comprender que me asomaba a un discurso que se alimentaba de memorias propias, y memorias activas, que deseaban sobrevivir, no como un simple rompecabezas sino como la consecuencia de la acumulación de hechos que muchos han querido lanzar al vacío, porque tienen en su piel un tatuaje hecho por la gobernabilidad autoritaria patriarcal.
 La autora de esa “Crónica-interview” no quiso aparentar ser experta en asuntos políticos, ni de la psiquis humana, ni jugar a la anonimidad, por el contrario, revela su identidad al mundo, y escribe con la confianza de desterrar de su mente todos los malos presagios que traen las pasiones, viajando por los bordes de las contingencias.
 Sacar del ámbito de la intimidad, hacer oposición a la introspección, hacer relatos con valor documental, sólo es posible si la periodista, se vincula de una manera fidedigna e inapelable con la vida cotidiana. De ahí, que el reportaje resulte ser una viñeta de un mundo que se vive a golpes como una pesadilla.

Virginia Elena Ortea (1866-1903), en la “Crónica-interview” realizada a Jacobito de Lara, que guardaba prisión por el homicidio de Emilia Michel, de la primera hasta la última página, se enfrenta a situaciones para las cuales se requiere experiencia de la vida.

La entrevista a Jacobito de Lara, enfermo de amor por Emilia (Millo) Michel, es de un penetrante análisis, de atinada observación, aguda; un estudio melancólico de la personalidad de un joven, cuya vida está dolorosamente marcada por la tragedia. ¿Por qué Virginia Elena publica esta entrevista? ¿Qué necesidad había de esto? ¿No era acaso inquietante dar a conocer la exposición de un reo sobre los razones de su crimen?

II. LAS DECLARACIONES DEL REO DEL POR QUÉ ASESINÓ A EMILIA MICHEL

La entrevista, realizada en 1901, está redactada en una prosa periodística de incomparable estilismo. Virginia Elena resucita a Jacobito de Lara a la vida pública, y comunica a sus lectoras, al inicio de la misma lo siguiente:

Parque Central de Moca, lugar donde ocurrió el homicidio de Emilia Michel.
 “Acabo de conocer, mis queridas lectoras, al protagonista de aquel trágico drama acaecido en la plaza principal de la villa de Moca en los últimos [días] del mes de mayo próximo pasado; drama que conmovió profundamente a la sociedad dominicana, absorta ante el cadáver de la hermosa Emilia Michel, pobre niña cuyo pecho destrozado regó con sangre las flores que le sirvieron de poético lecho por un instante, al caer sin vida, muerta por las manos de un amante desesperadamente celoso.

“Le acabo de conocer a él… He ido a visitarle a su prisión acompañando a la hermana del desdichado joven, atribulada muchacha que en los umbrales de la vida aun, y bien necesitada de consuelos, ha dejado su hogar para venir a darle con su presencia, su simpatía y sus lágrimas a quien tanto necesita de la santa caridad del espíritu: la compasión.

“Es él un adolescente -no ha cumplido veinte años”.

No he dejado de preguntarme, ¿qué extraño conjuro hizo que Virginia Elena visitará a Jacobito en la cárcel? ¿Acaso, la caridad silenciosa, conocer qué fuerzas ocultas hacen que una persona acabe con la vida de otro?, por lo cual la periodista advierte de manera sentenciosa a sus lectoras que: “La verdadera causa de los mayores males que lamentamos en la sociedad, es el afán que hay de repetir cuantose dice, sin tener en cuenta la gravísima consecuencia que puede aparejar una palabra imprudente, y la responsabilidad que nos cae al hacernos inconscientes cómplices del chismoso perverso, inventor de nuevas mal intencionadas. Gente hay que encuentra un extraño gozo, una cruel complacencia en dar malas noticias.

 Puerto Plata- Fortaleza San Felipe, lugar donde Virginia Elena Ortea entrevistó a Jacobito de Lara. Colección Ylonka Nacidit-Perdomo. Cliche Puyans.
 “Y hay que contar con quelas noticias muy repetidas, se corrigen, se aumentan, se desfiguran; hallan siempre una mano maestra que empuje la bola del enredo y le haga más denso y más funesto. (…) Pero mientras la envidia, la falta de conciencia o la intención perversa encuentra nuestro apoyo en la culpable frialdad con que las dejamos obrar, o la tolerancia con que las acogemos escuchando por mera distracción, aun repitiendo inoportunamente sus concitadoras noticias, tendremos que sufrir sus graves consecuencias sin queja; tendremos que morir conformes cuando nos arrastren a la muerte…”.
Diversas opiniones se han vertido del porqué Virginia Elena acudió a la cárcel de San Felipe de Puerto Plata a entrevistar a un homicida, que asesinó en un arrebato de celos y de locura a su indefensa novia, una adolescente igual que él, perteneciente a una distinguida familia de Moca, la adorable criatura: Emilia Michel. Esta historia parece una leyenda, y como tal se mantiene en secreto aún, y de ella se ha borrado todo rastro que la ate al pasado.

Sobre su primer encuentro con Jacobito de Lara, Virginia Elena escribe:

“La primera impresión que sentí al verlo fue sorpresa.

(…) Estaba tan predispuesta que, al llegar a las puertas de la prisión, mi pecho latía furiosamente, y temí cometer -llevada mi carácter impresionable y la aversión que me inspira toda injusticia y mezquindad- una indiscreción a la primera palabra inconveniente del joven.
 “Pero no: el pobre muchacho apenas me vio, casi sin preámbulos, como quien se expansiona con anhelo, me dijo que deseaba conocerme y hablarme de esa desgracia; que yo le podía entender y juzgar y darle mi opinión. Pregúntome qué juicio había yo formado de él. No pude menos de sonreír con pena ante esta sinceridad efusiva y contestarle que le consideraba un niño desgraciado. Entonces me contó sus amores, tan trágicamente truncados. Recuerda los detalles con amargo placer. No atina a hablar de otra cosa; su pensamiento está fijo en esos recuerdos que evoca sin cesar. Piensa en su amada cual si viviera aun; el delirio de ese amor apasionado y vehemente no ha cesado. No siente remordimiento porque no sabe cómo pasó todo aquello de que tan lejana estaba su mente un momento antes, y todavía le parece mentira. Sólo siente dolor, dolor inconsolable de haberla perdido”.

 Ejecutados del siglo XIX. Fotografía de Francois Aubert. Copia del original. Colección Ylonka Nacidit-Perdomo
 En su máquina de escribir Remington, Virginia Elena llevó a cabo su trabajo de reportera en un moderno estilo del lenguaje de crónica.

Virginia Elena se familiarizó con el reo. Me atrevería a decir que al ir a visitarlo en más de una ocasión, y mirándolo de frente entre los muros de la prisión, escudriñó en sus mundos de obsesiones, en su irracionalidad y desvaríos, para hacer un perfil clave de él, que ha llegado a nosotros. Su temperamento no impulsivo –de Ortea-, permitió a la entrevistadora reflexionar en horas de la luz matinal sobre este joven fascinantemente hermoso, que no pudo impedir a su corazón ser cruel.

 Quizás esta entrevista envuelve un misterio, y la providencia quiso que fuera Virginia Elena que la realizara, al adolescente mocano que unos veían como un desdichado que rugía de dolor, lleno de sombras enloquecedoras, que no pedía clemencia, que se había hecho enemigo de sí mismo, y era un sonámbulo solitario.
 Virginia Elena, pienso, ayudó al atormentado Jacobito de Lara a cruzar con prontitud en una barca -como los antiguos griegos creían- “la laguna Estigia para entrar en los campos felices del Elíseo”. De ahí que su cadáver, luego de cometer el infortunio de su suicidio, fue colocado en el ataúd, rodeada su cabeza con ramos de rosas blancas por ser soltero.
 No obstante, creo, temo, que Jacobito no ha encontrado al barquero Caronte. Jacobito, quizás, no tuvo en cuenta que “El primer impulso del amor es huir de lo que busca, segundo, sentir haber huido” como bien ha escrito Madame Girardin, y Emilia Michel (Millo) no tomó en cuenta que, es “Desgraciada la mujer a quien las distracciones hacen dichosa” (Goldsmith)).
Virginia Elena Ortea, tal vez, quiso conocer al desdichado joven que intrépidamente había asesinado a Lilís – el ejecutor de su tío- el poeta Juan Isidro Ortea. Pero, ¡oh sorpresa!, el destino de manera irremediable puso en su camino esta “historia novelesca”, que como ella misma confiesa es: “mi primera crónica, primer ensayo de este género de literatura que hacía, y sin la menor idea de qué clase de acogida podía darle el público”.
 Las opiniones no se hicieron esperar: desde la Capital, las lectoras del Listín Diario, le escribían a Puerto Plata, alentándola a que continuara con la crónica, sin saber cuáles eran las reacciones en la familia de Millo.
Juan Isidro, tío de Virginia, fue fusilado en cumplimiento del controversial Decreto de San Fernando que condenaba a “a la pena capital” a “Todo ciudadano que fuera aprendido con las armas en las manos, [y] que “tratare de subvertir el actual orden de cosas político, legalmente establecido”.

 Cesareo Guillermo, de pie, y Juan Isidro Ortea. Ponce, Puerto Rico, abril de 1881. Col. AGN
 El decreto fue cumplido por el Secretario de Estado de lo Interior y Policía, Ulises Heureaux el 7 de septiembre de 1881. Junto a otros revolucionarios fue pasado por las armas Juan Isidro Ortea, ex vicepresidente de la República; Quintín Díaz, Vidal Méndez, Tomás Mercedes Botello, Juan Botello y Ricardo Lluberes. “Lilís” llegó a la Santo Domingo, con las loas de un héroe, el 2 de agosto, y en su honor se hizo un “Arco de Triunfo” en una de las esquinas de la Comandancia de Armas.

Juan Isidro murió a los treinta dos años de edad. Su sobrina Virginia Elena le dedica un poema, y un artículo en prosa.

El General “Lilís” declarado y saludado por la común de Santo Domingo como “Héroe del Cibao”, había sido vencido en 1889 por un “Héroe adolescente” de “barbilla alfonsina”, de “ligerísimo bozo”, “apasionado, y de genio irreflexivo”.

Fue a Jacobito de Lara, que al decir de él, todos querían con predilección, a quien el azar de la historia condujo a ser uno de los ajusticiadores de Ulises Heureaux.

La historia oficial relata que: “Lilís murió a tiros, y que Món Cáceres y Horacio Vásquez fueron que concibieron la conjura que acabó con el sanguinario tirano”. Al final de la dictadura de Heureaux se le llamó “revolución redentora” iniciada en Moca en Julio 29 de 1889.

III. ¿QUIÉN ERA EMILIA MICHEL? Joaquín Balaguer en su libro Los Carpinteros [3] hace una crónica que me resulta –guardando las distancias con el autor y su manera androcentrista de narrar- dolorosa, estremecedora y de gran pesadumbre, sobre aquella noche en que Millo fue asesinada en el Parque Central de Moca, por el Héroe adolescente, magnicida de Lilís, titulada “Enigma, 1899”. No lo voy a negar, leer este texto me llena de tristeza por los dos, por ella, Emilia Michel, y por Jacobito de Lara, y por nosotros, en el presente. Lamento tener que reproducir este pasaje, pero es como un adiós de corazón, para siempre, nada dulce, sino de desconcierto aún, a esos dos jóvenes.

 Puerto Plata-Cementerio Católico. Cliche Puyans, circa 1901. Colección Ylonka Nacidit-Perdomo.
“La farolas de gas del Parque Central de Moca fueron encendidas desde las primeras horas de la tarde. Los domingos y los jueves, según una costumbre que se conservó hasta años recientes, eran días de retreta. La pequeña plaza cuadrangular, con paseos interiores cubiertos de matas de rosas y de árboles frondosos, cobró después extraordinaria animación. Un gran número de personas acudió a oír el concierto público ofrecido por la banda del ayuntamiento. Los mayores tomaron asiento en los bancos alineados en los paseos laterales. Los jóvenes de ambos sexos, en cambio, circulaban alrededor de la glorieta donde la pequeña banda interpretaba trozos de música clásica alternados con ritmos populares. Los novios caminaban en animada conversación, algunos con las manos entrelazadas. Los que no habían llegado aún a esa etapa del noviazgo circulaban a su vez en dirección opuesta, iniciándose entre ellos al encontrarse un diálogo de miradas expresivas.
“Grupos constituidos por colegialas y adolescentes, llenaban la plaza con sus risas y otras manifestaciones de alegría bulliciosa. En el centro de uno de esos grupos se destacaba la imponente belleza de Emilia Michel. De tez blanca, de color castaño la cabellera ondulosa, de finas líneas el óvalo perfecto del rostro incomparable. Pícara, traviesa, envolvía a todos al pasar en la malla de su coquetería. Se sabía bella y le agradaba, como a todas las beldades, sentir a muchos admiradores a sus pies, cautivos de sus ojos, pendientes de sus gracias y rendidos a sus encantos. En una de sus vueltas alrededor de la glorieta, alguien se detuvo un instante ante ella y lanzó a sus pies un requiebro. Era un galán apuesto, fornido como un efebo circense, hermoso como un Apolo de piel morena. En los labios de ella traveseó una sonrisa y en sus ojos brilló un resplandor fugaz, parecido al del relámpago en el cielo de la noche.
 “Nadie atribuyó importancia a esa travesura inocente. Pero de pronto, del seno de la semi oscuridad reinante bajo las arboledas del parque, surgió alguien que se plantó ante Emilia Michel. Hosco, inconocible [sic], amenazante. Se oyeron varios disparos y la joven, bañada en sangre, se desplomó en brazos de su amiga.

“Todavía muerta, su rostro sonreído parecía decir:

 Jacobito de Lara, muerto rodeado de azucenas por ser soltero. Col. Ma. Elena Lara de Antuña
“-¿Por qué, amado mío? ¿Por qué hieres a quien tanto te ama?
 “Varios hombres, salidos del público que asistió horrorizado a la escena, se abalanzaron sobre el agresor. Este, pálido, las facciones desencajadas, se entregó sin resistencia. La sorpresa de todos subió hasta el estupor cuando el asesino fue identificado: Jacobito de Lara, el mismo sujeto que algún tiempo antes disparó en la propia casa de su padre contra el presidente Heureaux. La misma arma que sirvió para batir al déspota, fue usada para rasgar el pecho de Emilia Michel.
 “Toda la población de Moca, consternada por el crimen, se desveló esa noche entre dos interrogantes: es un criminal o es un héroe? ¿Qué fuerza misteriosa depositó en su cerebro el grano de locura que lo llevó a incorporarse en el último momento a los conspiradores del 26 de julio? ¿Qué lo impulsó a herir a Emilia Michel? ¿Los celos, la vanidad, la sed de sangre, la cólera, el despecho?”.
IV. UNA ÚLTIMA NOTA
 …Y, como la crónica periodística y sus acercamientos a la historia canónica no es una manera dócil de contar “lo que yo quiero que se conozca”, puesto que cada texto trae su lectura propia, juicios, apreciaciones, interpretaciones distintas, ideologías, signos desde los cuales se construye una historia alternativa, en contrapunto, considero que:
Los estudios que se desarrollen sobre la crónica periodística decimonónica concerniente al magnicidio de Lilís, asesinado de Millo y posterior suicidio de Jacobito de Lara, pueden ser una especie de biografía que cuestione a la cultura patriarcal y a los estereotipos comunicacionales en torno a la mujer, proyectados por los medios androcéntricos del siglo XIX, para re-contextualizar y des-culturalizar el discurso mediático de los medios que proyectan un imaginario femenino.
 Esta entrevista de Virginia Elena a Jacobito, muestra que la redactora desarrolló formulaciones discursivas que atraen a sus iguales, y a un público que se invita a sí mismo a la lectura, a un macro o micro mundo al cual podemos acercarnos a través de nuestras subjetividades.

Ser reportera, desde ese canon que enuncio, trae muchos obstáculos, porque la periodista se debate entre la re-construcción del pasado, la mutilación de la conciencia o de la memoria, la perturbación que le provoca la forma “extraña” en que recuerda el enmascaramiento de esos espacios y tiempos donde los espectros se comunican desde la oscuridad, el sueño o el vértigo.

 Horacio Vásquez. Fotografía de Abelardo Rodríguez Urdaneta. Revista Ilustrada
Una reportera puede ser sitiada por las pluridentidades de sus personajes, lo que la coloca ante la agonía de “ver” cómo serán los desenlaces o finales de los personajes que se convierten en sonajeros, que desean “otra vida”, otro imaginario, y provocan desencanto; sin embargo, a veces, la reportera o articulista no quiere renunciar a sus sentimientos; su melancolía, angustia o dolor la hace descender al infierno, hacer de cada texto una cuidadosa historia no mediatizada o meta ficcional con sus claves de enunciación. La crítica norteamericana Mary Louise Pratt llama a esto “catálogos de hechos”.

De lo que sí estaba consciente Virginia Elena Ortea [4], y lo escribió en octubre de 1889 con fina ironía “pecaminosa” en un texto reflexivo y subversivo, que alienta a la mujer a salirse del ámbito de lo doméstico, es que hay que hacerle “¡Guerra, guerra a los tiranos!”.

Jacobito de Lara. Colección María Elena Lara de Antuña.

NOTAS

[1] A Jacobito de Lara lo velaron en la casa de la Familia Cocco en Puerto Plata. Su cuerpo inerte fue sepultado en el Cementerio Católico de esa ciudad.

[2] Este artículo lo escribimos a solicitud de nuestra amiga la periodista Elvira Lora, M. A., Directora de la Escuela de Comunicación Social de la Pontificia Universidad Católica Madre y Maestra (PUCMM), para ser compartido con la Asociación Dominicana de Escuelas de Comunicación Social, y se basa en la “Crónica-interview” realizada por Virginia Elena Ortea al prevenido Jacobito de Lara, en la cárcel de San Felipe de Puerto Plata, unos de los principales magnicidas del dictador Ulises Heureaux. La escritora puertoplateña inicia en el año de 1901, en el periodismo dominicano, la primera serie de artículos firmados por una mujer. Cinco entregas publicadas en elListín Diario desde el 21 de agosto, el 7, 18, 20 y 21 de septiembre).

Para leer la entrevista completa de Virginia Elena Ortea a Jacobito de Lara puede consultarse el libro de Catharina Vanderplaats de Vallejo, Ph. D., Virginia Elena Ortea. Obras (Santo Domingo: Centro de Solidaridad para el Desarrollo de la Mujer, 1997):203-214.

También puede leerse el reciente opúsculo editado por elMuseo Héroes del 26 de Julio, Publicación Núm. 1, “Crónica Puertoplateña. Interview Interesante de Virginia Elena Ortea” (Santo Domingo: Argos, 2015), que al final tiene el siguiente mensaje-nota de María Elena de Lara de Antuña: “Este libro se publica por el anhelo que tengo de que amores tan inmensos como el que sentía Jacobito por Millo no pasen al olvido sino, que lo perdonen a él por dejarse cegar por la pasión y los celos”.

Virginia Elena Ortea. Fotografía Ramón Mella.

[3] Joaquín Balaguer, Los Carpinteros (Santo Domingo: Editora Corripio, 2da. Edición, 1985): pp.255-256.

Se pude consultar, además, el libro de J. Agustín Concepción “Dos tragedias y una falsedad” (La Vega: Dominicana, 1983): pp.11-35, en especial la “Primera Parte: Muerte de Millito Michel”.

Tulio Manuel Cestero, a partir de la historia oral que le “llegó” sobre el ajusticiamiento de Lilís, narró en su novela La Sangre (1915), y recrea con detalles, este episodio de la historia nacional. Lo mismo hizo, a su vez, Luis Felipe Mejía en su libroDe Lilís a Trujillo (1944) recurriendo a lo mismo: a “contar” lo que le dijeron.

[4] Fue Virginia Elena Ortea (1866-1903) una mujer transgresora de su tiempo; ella tenía, gracias al señor Cisneros representante en Puerto Plata de la agencia de libros de N. Ponce de León, de New York, la posibilidad de acceder a un catálogo para escoger sus lecturas, además de que se informaba de los acontecimientos del exterior porque el vapor americano Tybee traía a su ciudad los periódicos extranjeros.

Ulises Heureaux. Fotografía de Julio Pou

La entrevista realizada por Virginia Elena a Jacobito es lo que en el siglo XIX se conoce como “escritura memorialista”. No olvidemos que nació en el seno de una familia que tuvo participación directa en la vida política del país desde mediados del siglo XIX. Su padre fue Gobernador del Distrito de Puerto Plata, además de ser descendiente del linaje de los Kennedy, y del patricio Mella.

Viajó en varias ocasiones a la metrópolis de New York. En compañía de su padre estuvo en el Teatro Olympia, en Broadway, y en 1883 en la Opera Metropolitana, a su inauguración con la presentación de Fausto, donde actuaba en el papel de Margarita, la prima donna, la soprano sueca Mademoiselle Christina Nilsson. Todo parece indicar que su educación primaria formal transcurrió en Puerto Plata. Hacía traducciones de cuentos del francés a español.

La “entrevista” a Jacobito de Lara inaugura en la República Dominicana la crónica periodística de género. Desde este punto de vista Virginia Elena, fue la primera mujer corresponsal de prensa delListín Diario en el siglo XX.

Cuando regresa a Santo Domingo en 1899, desde Añasco, Mayagüez, donde participaba en presentaciones musicales y recitaciones de poemas en el Teatro Yagüez de Puerto Rico en compañía del escritor Manuel María Sama, fue recibida con entusiasmo, y se organizaron veladas literarias para ella. Es probable que falleciera de pulmonía o de tuberculosis, que contrajera estando al lado de su padre, y a su cuidado en el sanatorio “French Benevolent Society”, según nota del diario La Correspondencia de Puerto Rico.

Murió como quiso, como había cantado en su poema “Puerto Plata”, escrito en Mayagüez en 1889: “A orillas del mar Atlante, / y por siempre acariciada/ por las ondas que se agitan/ cubiertas de espuma blanca/ (…) en las faldas de una hermosa, / esbelta y gentil montaña, que eleva orgullosa al cielo (…)”.

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