La vida de un hombre y el pasado de una nación

Guido Montoya Carlotto acompañado por la titular de Abuelas de Plaza de Mayo, Estela de Carlotto. Foto: INFONEWS

“Hay unos ruidos en la cabeza, unas maripositas que dan vueltas fuera del campo visual. Hay cosas que no las sabés pero las sabés, y empezás a preguntarte cuando aparece un indicio”. Esos ruidos acompañaron al músico argentino Ignacio Hurban. Su verdadera historia, una de las tantas que fueron trucadas por el terror, salió a la luz y conmocionó a toda una nación.

Sus padres biológicos Laura Carlotto y Oscar Montoya de­sa­parecieron en 1977 víctimas de la violencia selectiva, la persecución, la represión, la tortura y el terrorismo de Estado contra los militantes de izquierda profesada en la última dictadura militar en Argentina (1976-1983). Según los testimonios, Laura cayó en prisión en el centro clandestino de detención la Cacha en Buenos Aires. El 26 de junio del año siguiente dio a luz un niño al que llamó Guido en un hospital militar. Dos meses más tarde fue asesinada.

El pequeño fue entregado en adopción y no fue hasta 36 años después que conoció su pasado. Cuenta que ante la duda se presentó a la Comisión Nacional por el Derecho a la Identidad y luego del análisis genético en el Banco Nacional de Datos Genéticos, descubrió su verdadero nombre: Guido Montoya Carlotto. De esta forma, se convirtió en el nieto 114 cuya identidad fue restituida por la incansable búsqueda de las Abuelas de Plaza de Mayo, liderada por Estela de Carlotto, su abuela.

¿PERDÓN Y OLVIDO?
Como miles de familias argentinas, la de Guido fue testigo de un odio pasado cuya versión más horrible le arrebató la inocencia a miles de personas. Un infierno muy bien delineado en un plan sistemático de robo de bebés que incluía un método de detención de embarazadas, partos clandestinos, falsificación de identidades y simulación de adopciones.

La denuncia del procedimiento para apropiarse de los menores aprovechando las debilidades y grietas del sistema judicial de la dictadura, se convirtió en el estandarte de las Abuelas de Plaza de Mayo. Esta organización agrupa a valientes defensoras de la justicia y los derechos humanos, y surgió en la década de los 70 como un retoño de la asociación Madres de Plaza de Mayo que reclama por los miles de desa­pa­recidos.

En la actualidad estiman en 500 los casos de menores desa­parecidos durante la represión y hasta el momento le han devuelto la identidad a 114 nietos nacidos en cautiverio, y otros que fueron secuestrados junto a sus padres. A estos se les suman los niños que se presume, fueron asesinados. De ellos, la mayoría había sido apropiada por agentes de la represión que les cambiaron la identidad y los criaron como hijos biológicos. Otros, en cambio, fueron adoptados de buena fe.

La apropiación de menores fue un delito que no se constituyó como figura penal hasta después de las llamadas leyes del perdón y del indulto de los años 80, durante la época de Carlos Menem (1989-1999).

Casi a fines de los 90, las Abuelas consiguieron que la apropiación y el robo sistemático de hijos de desaparecidos fueran considerados delitos de lesa humanidad.

Uno de los autores materiales del terror argentino fue el exdictador Jorge Rafael Videla. Según él, había que acabar con una “minoría no representativa” que se dejó llevar “por esa tendencia izquierdista y tercermundista, politizada a favor de un bando”. Videla encabezó el golpe de Estado que derrocó el gobierno constitucional de María Estela Martínez de Perón (1973-1976) instalando un periodo gris en la historia reciente del país.

Las condenas y los juicios, a partir de la decisión política del fallecido expresidente Néstor Kirchner y el seguimiento de la actual mandataria Cristina Fernández, devolvieron la esperanza a muchos argentinos que, como Guido, consideran la restitución de su identidad “una pequeña victoria dentro de una gran derrota que nos hemos dejado hacer”.

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