Juan Bosch, 1978:VIAJE A LOS ANTÍPODAS

VIAJE A LOS ANTÍPODAS
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DEDICATORIA
La guerra de Vietnam le dio a la región del Sudeste Asiático una notoriedad política y un relieve histórico que no había sido sospechado ni por los más connotados analistas de los acontecimientos mundiales ni por los más agudos observadores de los países de esa región. De buenas a primeras el Sudeste Asiático pasó a jugar en la sociedad internacional un papel de tanta trascendencia como el que habían jugado en los siglos XVIII y XIX los países más importantes de Europa, digamos, Francia e Inglaterra. Con el relieve que tomó Vietnam la humanidad reconoció como grandes figuras de la historia universal a hombres cuya medida extraordinaria no había sido ni siquiera presentida un año antes de que sus nombres comenzaran a aparecer en los periódicos de todas las lenguas y en los proyectores de televisión y los aparatos de radio.
Bien avanzado el año 1945, en los Estados Unidos, que iba a ser después el revelador de los valores auténticos de Vietnam, no había una sola persona que tuviera la menor idea de quién era, y sobre todo de quién iba a ser Ho Chi-Minh, y el Pentágono, que debía ser el centro militar mejor informado de la Tierra, no se imaginó ni durante un segundo que sus mejores generales y sus formidables ejércitos iban a ser derrotados por tropas de hombrecitos amarillos, como dijo despreciativamente Lyndon B. Johnson de los heroicos soldados vietnamitas, comandadas por un maestro de escuela llamado Vo Nguyen-Giap. El largo y despiadado ataque norteamericano concentró la atención del mundo en Vietnam, primero, y después en Laos y Cambodia, tres países que hasta pocos años antes habían estado viviendo su propia historia sin que en ellos se fijara la atención extranjera, salvo la de sus colonizadores, que fueron los franceses.
Lo que hizo sobresalir de la superficie del mundo al Sudeste Asiático, y en consecuencia llevó hacia ese lugar la atención de sabios y trabajadores, de artistas y militares, de sacerdotes y estadistas de las naciones que se auto denominan occidentales fue la decisión con que el pueblo del antiguo Annam respondió al ataque militar de los Estados Unidos. En mi caso el interés era anterior a la agresión norteamericana, y así lo prueba un artículo mío publicado en la revista Bohemia de La Habana bajo el título, si recuerdo bien, de “El País de las Hojas Amarillas”, que debe ser de antes de 1950; pero una cosa era el interés, digamos intelectual, de 1950 y otra la pasión de justicia que me sacudía cuando leía, cosa que ocurría a diario, una noticia de la AP o de la UPI sobre batallas y bombardeos y abusos de poder cometidos en Vietnam. Para decirlo con toda propiedad, Vietnam pasó a ser algo así como una extensión de mi patria dominicana; y hoy que es libre, sigue siendo eso en mi amor y en mis recuerdos. Con esos sentimientos dedico este libro a Vietnam; a sus niños quemados con napalm, a sus heroicas mujeres, a los millones de sus hijos que murieron en la lucha

por la libertad.
JUAN BOSCH
Santo Domingo,
15 de enero de 1978

La doctrina de la piel de los muertos
Yo estaba en Shangai, adonde había llegado desde Hanói, cuando el señor Nixon pronunció su anunciado discurso del 3 de noviembre (1969), y puedo afirmar que en los países afectados por la guerra del Sudeste Asiático se sabía lo que iba a decir el presidente norteamericano. Los gobernantes y funcionarios de Pyongyang, Pekín y Hanói, con quienes estuve hablando —a veces largamente— acerca de los planes que estaban siendo elaborados en Washington, sabían que él señor Nixon iba a proclamar en ese discurso una política que había sido bautizada de antemano en Estados Unidos como doctrina Nixon, pero que en Asia tenía otro nombre: se llamaba “la doctrina de la piel de los muertos”.
¿Quién la había calificado con esas palabras?
Pues nada más y nada menos que Ellsworth Bunker, el embajador norteamericano en Saigón. Hablando con un asiático distinguido, Bunker había explicado, antes del discurso del presidente Nixon, que su gobierno iba a adoptar una nueva política en Vietnam, y que la clave de la nueva política se hallaba en la decisión de cambiar la piel de los muertos. “Hasta ahora —dijo Bunker— la piel de los muertos ha sido blanca, y nuestro plan es que la piel de los muertos sea amarilla. En vez de morir jóvenes norteamericanos, morirán vietnamitas del Sur”.
De acuerdo con los datos que vienen dando las autoridades militares yanquis de Vietnam desde hace cinco años, los vietnamitas del Sur y del Norte caídos en la guerra suman millones; hay, pues, millones de pieles amarillas muertas en Vietnam. Pero el embajador Bunker no se refería a ésas; ésas son pieles de “enemigos”. Tampoco cuentan para el presidente Nixon, quien dijo en su discurso, con acento de alarma, que cuando tomaron el poder, hace quince años, los vietnamitas del Norte habían matado a “más de 50,000 personas”, y olvidó explicar que ese número es veinte veces menor que el de las víctimas causadas por las bombas, el napalm, los obuses, los cuchillos de los boinas verdes y otros eficientes métodos de matar puestos en práctica por Estados Unidos. Las pieles amarillas a que se refería el embajador Bunker son las de los soldados del gobierno de Saigón, que están destinados a morir en lo que el presidente Nixon ha denominado, con notable habilidad publicitaria, la “vietnamización de la paz”, cuando resulta que será la “medio vietnamización de la guerra”.
Nixon hizo un discurso al parecer muy cándido, muy abierto, en el que exponía todas las entrañas del problema; pero olvidó decir que él había sido uno de los más fervientes abogados de la intervención de su país en Vietnam y que en 1953, antes de Diem Bien Phu, había estado en Vietnam recogiendo información para convencer a Eisenhower de que debía lanzarse a la arena del lado francés. En el discurso olvidó ese importante detalle, pero además ocultó cuidadosamente la médula de su plan, si bien, para que no se le pueda acusar de haber engañado al pueblo norteamericano —y al mundo—, levantó el velo sagrado con una palabra, una sola. Fue cuando dijo: “We have adopted a plan which we have worked out in cooperation with the South Vietnamese for the complete withdrawal of all U.S. ground combat forces and their replacement by South Vietnamese forces on an orderly scheduled timetable”. La palabra clave de todo ese párrafo es “ground”, y está allí donde se lee: “…the complete withdrawal of all U.S. ground combat forces”.
¿Qué quiere decir “ground” en inglés?
Un diccionario muy conocido, el Webster’s Ideal Dictionary, explica que es “la superficie de la tierra” (the surface of the earth), y todas las acepciones restantes, diez en total, se refieren a la tierra en alguna forma. Así, traducido al español, ese párrafo clave del discurso de Nixon dice como sigue: Hemos adoptado un plan en el cual hemos trabajado junto con los sudvietnamitas para una retirada completa de todas las fuerzas combatientes norteamericanas de tierra y su reemplazo por fuerzas de Vietnam del Sur en tiempo y forma ordenados previamente”. Esa frase es la única realmente importante del discurso del presidente Nixon; todas las demás tienen la misión de justificarla o de evitar que se descubra fácilmente su real y tenebroso significado.
El significado es éste: El gobierno de Estados Unidos, con la aprobación del gobierno de Vietnam del Sur, ha resuelto sacar de Vietnam las fuerzas combatientes de infantería, pero nada más que esas. La aviación y los aviadores, los cuerpos de comunicaciones, los soldados encargados de la logística, la flota, la cohetería, la artillería y sus servidores, y desde luego los altos y bajos consejeros, seguirán en Vietnam. Estados Unidos, pues, no se irá de Vietnam. Así lo dejó dicho el señor Nixon en el párrafo de su discurso en que declaró: “Yo he rehusado la recomendación de que debería terminar la guerra con una retirada inmediata de nuestras fuerzas”. Pues lo cierto es que el gobierno norteamericano no piensa terminar la guerra de Vietnam; lo que ha decidido es vietnamizarla a medias, y así, medio vietnamizada, mantenerla todo el tiempo que sea necesario; dos, cinco, diez años*.
Hasta hace pocos meses, la guerra era norteamericana; Estados Unidos ponía las armas y los hombres, desde el comandante en jefe hasta el centinela y la policía militar, y Vietnam del Sur, Corea del Sur, Australia, Nueva Zelandia, Tailandia, Filipinas y algunos otros países proporcionaban el fondo político indispensable, esos “aliados” a quienes Norteamérica, tan generosa, no podía abandonar. La “doctrina de la piel de los muertos” va a cambiar esa situación y en consecuencia la guerra será vietnamizada a medias, pues dentro de poco Vietnam del Sur pondrá los hombres, los otros seguirán proporcionando el fondo político y Estados Unidos aportará las armas y los técnicos, si bien estos seguramente no bajarán en muchos años de 200,000. * La guerra terminó cinco años y seis meses después de haber sido escrito este artículo. JB.
Según explicó el embajador Bunker, Estados Unidos no puede seguir aportando muertos de piel blanca en la guerra de Vietnam, porque eso está provocando una situación política difícil; las juventudes norteamericanas se rebelan en número creciente, el prestigio de Estados Unidos en el mundo se deteriora, la autoridad del gobierno se debilita. Ahora bien, la guerra seguirá. Tal como explicó Bunker, hay demasiados millones de hombres trabajando en la industria militar y no pueden ser echados a la calle sin desatar un desastre económico.
Los detalles de la conversación en la que el enviado de Nixon ante Thieu habló tan desaprensivamente estaban en manos de los gobernantes de Hanói, Pekín, Pyongyang —y probablemente también de Moscú— antes de que el señor Nixon pronunciara su discurso del día 3 de noviembre. Con esos detalles a la vista, esos hombres, curtidos en el estudio de situaciones parecidas, no tardaron en darse cuenta de que lo que se ha propuesto el gobierno de Norteamérica es alcanzar en Viet Nam una situación como la de Corea del Sur, donde la vida de pueblo y gobierno depende de la presencia en el país de un alto número de tropas norteamericanas y del equipo de último modelo que se les sirve a los soldados sudcoreanos.
Calcar Corea del Sur en Viet Nam del Sur es, desde luego, un sueño de ilusos. Se trata de situaciones que tienen muchas semejanzas; los dos países ocupan la porción meridional de dos penínsulas; ambas penínsulas están en el Asia; los dos regímenes que les quedan al norte son socialistas; los dos pueblos son asiáticos. Visto superficialmente, Corea del Sur y Viet Nam del Sur parecen gemelos. Pero cada uno tiene su propia historia, y esas historias, que son en definitiva el jugo mismo de sus pueblos, no tienen nada que las haga parecidas. No fueron semejantes en el pasado y no lo serán en el porvenir.
Desde Eisenhower, que inició la intervención de Norteamérica en Vietnam, hasta Nixon, que ha comenzado a poner en práctica “la doctrina de la piel de los muertos”, cuatro presidentes de Estados Unidos se han atascado en el fango del fracaso en Vietnam. Otros más se hundirán allí. Pues no es un cambio de la piel de los muertos lo que decidirá el destino de esa guerra. El poder determinante en Vietnam ha sido hasta ahora, y seguirá siendo en el futuro, la voluntad de hierro del pueblo vietnamita, que está compuesto por seres vivos, no por pieles de muertos.
París, noviembre de 1969.

JUAN BOSCH: Fui al Asia y al Sudeste Asiático a buscar la Verdad (1969).
VIAJE A LOS ANTÍPODAS (Publicado en la revista ¡Ahora!, Nº 326 del 9 de febrero de 1970.)
“Durante años y años creí que políticamente la Verdad se hallaba en la llamada democracia representativa, pero sucedió que cuando el pueblo dominicano se lanzó a morir por esa democracia que yo, entre varios pero quizá más que muchos, le había enseñado a buscar, la tal democracia representativa sacó de sus entrañas la putrefacción, el crimen, la mentira, el abuso”
“vi a la soldadesca norteamericana llegar a Santo Domingo armada hasta los dientes para bombardear a la ciudad más vieja de América, para aniquilar el impulso creador de nuestro pueblo y para exterminar, como se hace con las fieras, a los luchadores democráticos dominicanos; vi a la República desamparada, engañada por los organismos internacionales y traicionada por la OEA”

“he visto morir dominicanos día tras día desde el momento en que desembarcaron en el país los primeros infantes de marina del señor Trujijohnson hasta el momento en que escribo estas líneas, ya a punto de terminar el año de 1969, a pocos meses de cumplirse los cinco años de la intervención norteamericana. Así, la mentira y el crimen aplicados y desatados por la llamada democracia representativa yanqui en Santo Domingo no fueron el resultado de un error momentáneo; fueron y siguen siendo la obra sistemática de todos los días”

“a partir del 28 de abril de 1965 comencé a estudiar cuidadosamente la historia de los Estados Unidos tal como es y no como la cuentan los norteamericanos; comencé a darme cuenta de que ese país gigantesco y poderoso tiene una antigua tradición de engaños y una capacidad asombrosa para mentirle al mundo”
Intervención norteamericana. Así, la mentira y el crimen aplicados y desatados por la llamada democracia representativa yanqui en Santo Domingo no fueron el resultado de un error momentáneo; fueron y siguen siendo la obra sistemática de todos los días.

Los países del Asia están geográficamente en el lado del mundo opuesto a la República Dominicana, y además, tres de los cuatro que visité en los meses de octubre y noviembre de 1969 son, en el orden político, el polo opuesto de Santo Domingo; así, para nosotros los dominicanos Corea del Norte, China y Vietnam del Norte representan con toda propiedad nuestros antípodas, porque la palabra antípoda quiere decir eso: lo que se halla en el lado de la Tierra opuesto a nosotros, y además lo que representa algo totalmente distinto de lo que somos.
¿Por qué he viajado a los antípodas geográficos y políticos de nuestro país?
Aunque la respuesta a esa pregunta podría ser larga y complicada, voy a tratar de hacerla corta y clara: Fui al Asia y al Sudeste Asiático a buscar la Verdad.
Durante años y años creí que políticamente la Verdad se hallaba en la llamada democracia representativa, pero sucedió que cuando el pueblo dominicano se lanzó a morir por esa democracia que yo, entre varios pero quizá más que muchos, le había enseñado a buscar, la tal democracia representativa sacó de sus entrañas la putrefacción, el crimen, la mentira, el abuso. Yo oí al presidente de los Estados Unidos, país líder de la tal democracia representativa, mentir como sólo mienten los seres más abyectos; oí a él y a senadores, diputados, altos personajes y a la radio oficial de los Estados Unidos acusar a la revolución democrática del pueblo dominicano de criminal y salvaje; vi a la soldadesca norteamericana llegar a Santo Domingo armada hasta los dientes para bombardear a la ciudad más vieja de América, para aniquilar el impulso creador de nuestro pueblo y para exterminar, como se hace con las fieras, a los luchadores democráticos dominicanos; vi a la República desamparada, engañada por los organismos internacionales y traicionada por la OEA; la vi atropellada por soldados latinoamericanos, enviados a nuestro país para justificar el crimen de los Estados Unidos, que habían violado tratados hemisféricos y no querían ni podían quedarse solos ante la conciencia del mundo como autores de esa violación; he visto morir dominicanos día tras día desde el momento en que desembarcaron en el país los primeros infantes de marina del señor Trujijohnson hasta el momento en que escribo estas líneas, ya a punto de terminar el año de 1969, a pocos meses de cumplirse los cinco años de la intervención norteamericana. Así, la mentira y el crimen aplicados y desatados por la llamada democracia representativa yanqui en Santo Domingo no fueron el resultado de un error momentáneo; fueron y siguen siendo la obra sistemática de todos los días.
Si alguien en quien tuvimos fe nos sorprende mostrándonos de manera inesperada lo que es en verdad y no lo que había simulado ser, empezamos a poner en duda todo lo que habíamos estado creyendo de él hasta entonces; y eso me sucedió a mí. Así, a partir del 28 de abril de 1965 comencé a estudiar cuidadosamente la historia de los Estados Unidos tal como es y no como la cuentan los norteamericanos; comencé a darme cuenta de que ese país gigantesco y poderoso tiene una antigua tradición de engaños y una capacidad asombrosa para mentirle al mundo; ha hallado la forma de atropellar de la manera más brutal a los pueblos débiles y presentar esos atropellos como si fueran grandes y costosos esfuerzos para liberarlos de males infernales y para defender la libertad humana. Cuando los libros de historia me convencieron de que los Estados Unidos no son lo que sus propagandistas dicen que son, sino todo lo contrario, me dije a mí mismo que esos libros podían ser en fin de cuentas obras de fanáticos anti yanqui y que mi deber era comprobar los hechos sobre el terreno; y visto que la prensa, la televisión, la radio y la mayor parte de los medios de comunicación norteamericanos tienen años y años presentando al mundo socialista como el espejo de la esclavitud, el atraso y la miseria, fui a visitar Yugoeslavia y Rumanía. Allí, en Yugoeslavia y Rumanía comprobé que de cada mil palabras sobre los países socialistas que se escriben en los Estados Unidos, novecientas noveintinueve son mentiras, y llegué a la conclusión de que el empeño que ponen los yanquis en hacer que los gobiernos sirvientes de América Latina persigan como a un criminal al que viaja a los países socialistas tiene un fin, el de evitar por medio de la violencia que los pueblos de América Latina se enteren de que la propaganda norteamericana contra esos países se basa en la mentira y sepan que cualquiera de ellos tiene un grado de desarrollo y bienestar, y sobre todo de justicia social, incomparablemente más alto que el de los latinoamericanos. Yo, que no soy comunista y por eso mismo no estoy obligado en ningún sentido ni por ninguna razón a defenderlos, lo afirmo categóricamente ante el pueblo dominicano, y digo a conciencia, con la mano puesta en el corazón, que de cada diez verdades sobre los países comunistas que dice un yanqui, dice al mismo tiempo, y con la mayor tranquilidad, noventa y nueve mil novecientas noventa mentiras.
La mentira es una parte tan importante en la vida norteamericana que sus historiadores, escritores, ensayistas, periodistas y funcionarios mienten hasta sin darse cuenta. Unas veces mienten directamente y otras de manera indirecta; unas veces dicen lo que no es verdad y otras veces se callan la verdad. Y esto lo hacen no sólo cuando hablan de otros países sino también cuando hablan del suyo; no sólo cuando se refieren a hechos actuales sino también cuando se refieren a hechos históricos. Por ejemplo, hace algo así como año y medio el ex embajador Crimmins respondió a una carta del PRD y en esa carta afirmó que los Estados Unidos son un país que se ha desarrollado pacíficamente, mediante la sola aplicación de las leyes; y recientemente el sucesor del Sr. Crimmins ha repetido lo que éste había dicho.
Pues bien, ni el señor Crimmins ni su sucesor dijeron la verdad, y yo me permito poner en duda que los embajadores norteamericanos ignoren la historia de su país. Claro que la conocen, pero la deforman para presentar a su país ante el pueblo dominicano como no es y como nunca ha sido. Al contrario de lo que han dicho los dos embajadores, los Estados Unidos han tenido revoluciones sangrientas, de las más sangrientas que ha conocido la Humanidad; en una de ellas murieron miles y miles y miles de hombres y mujeres, desde civiles y soldados hasta el presidente de la república; ciudades enteras fueron destruidas a cañonazos y se combatió ferozmente durante cuatro años. ¿Cómo es posible que el señor Crimmins y su sucesor pretendan hacernos creer que la fabulosa matanza de 1861-1865 no existió? ¿Y saben los dominicanos por qué no mencionan los señores embajadores esa hecatombe? Pues porque los norteamericanos le cambiaron el nombre; en vez de revolución pasaron a llamarle “guerra de secesión”. Pero fue una revolución provocada por los dueños de esclavos del Sur, que se levantaron en armas cuando creyeron que el gobierno de Lincoln iba a decretar la libertad de los esclavos. Lincoln no pensaba hacer eso, pero él representaba a los industriales del Norte, que para poder vender sus máquinas necesitaban que desapareciera la esclavitud en el Sur, puesto que los esclavos no estaban capacitados para manejar maquinarias y esto tenían que hacerlo obreros asalariados; y como Lincoln representaba a esos industriales, los esclavistas creyeron que iba a poner en peligro su “sagrado derecho” a ser propietarios de hombres.
Además de la revolución de la independencia y de la llamada “guerra de secesión”, los Estados Unidos han conocido y sufrido revoluciones larvadas que han producido millares y millares de víctimas, entre ellas varios presidentes de la república asesinados. Y ahora mismo, ¿qué está sucediendo con los negros de los llamados “ghettos” y con los “panteras negras”, a quienes cazan a balazos todos los días? Por último, los Estados Unidos han evitado más revoluciones dentro de sus fronteras mediante el método de proyectar sus crisis y su violencia hacia el mundo exterior, pues se trata de un país que ha vivido agrediendo a otros pueblos desde antes de nacer como república. Cuando todavía no eran independientes, los yanquis hacían matanzas memorables de indios americanos para quedarse con sus tierras, y siguieron haciéndolas hasta fines del siglo pasado(IX); después de independientes, arrebataron las Floridas a España y le quitaron a México más territorio del que ocupa hoy esa nación; se quedaron a cañonazos con Puerto Rico; se quedaron con Hawai y la Zona del Canal de Panamá; partieron en dos a Colombia y hoy tienen sus tropas establecidas en Corea del Sur y en Vietnam del Sur, dos países inventados por ellos a costa de la unidad de los viejos pueblos de Corea y de Vietnam, así como inventaron en Formosa una China nacionalista sustraída de la China continental e inventaron en Santo Domingo el llamado gobierno de reconstrucción nacional para mantener dividido al pueblo dominicano.
Pero el embajador norteamericano no se atiene a decir lo que no es verdad en el caso de su país; va más allá y afirma que Inglaterra se ha desarrollado también sin violencias. ¿Sí? ¿Y qué cuenta la historia inglesa? ¿O son invenciones de novelistas las sangrientas revoluciones de 1648 y 1688, para mencionar sólo las del siglo XVII? Quien le cortó la cabeza a Carlos I en 1649 no fue un cirujano que quería devolverle la salud; fue el verdugo que le aplicó la pena de muerte votada por el Parlamento; y las ruinas de las iglesias que se ven en algunos lugares de Inglaterra no se deben a los maltratos del tiempo, sino a los hombres de Oliverio Cromwell, que las saquearon y las quemaron en los días de la revolución de 1648.
Esa necesidad de ocultar la verdad, ¿es acaso una deformación sicológica que se ha propagado, como una epidemia, entre los norteamericanos?
Pues no señor; no se trata de una deformación sicológica. Hubo una época en que los yanquis estaban orgullosos de sus revoluciones y hablaban de ellas con entusiasmo, pero ahora necesitan hacerles creer a los pueblos pobres como el dominicano y los de la América Latina que las revoluciones son un gran pecado, algo muy malo, algo que no debe hacerse nunca, y para decir eso tienen que arrancar de la historia de su país, de Inglaterra y de otros lugares, todas las páginas que se refieran a sus revoluciones; necesitan presentarse como libres del pecado revolucionario para poder reclamar de otros que no lo cometan.
¿Y cuál es la causa de esa actitud? ¿Por qué los norteamericanos, que hicieron revoluciones sangrientas, sin las cuales no habrían podido desarrollarse ni económica ni política ni socialmente, fueron entonces partidarios de revoluciones y ahora son enemigos de ellas?
Porque aquellas revoluciones inglesas y norteamericanas de los siglos XVII, XVIII y XIX fueron hechas por las masas de los pueblos de Inglaterra y los Estados Unidos para entregarles el poder a las minorías capitalistas de sus respectivos países, y las revoluciones que se hacen ahora en el mundo tienen la finalidad de establecer en el poder a las masas, no a las minorías capitalistas. En el caso concreto de la República Dominicana, la revolución se hará para desmantelar el Frente Oligárquico, que es el instrumento de que se valen los Estados Unidos para gobernar nuestro país a su antojo, y los señores embajadores norteamericanos pretenden hacerle creer al pueblo de Santo Domingo que la revolución es innecesaria, que en Norteamérica y en Inglaterra jamás hubo revoluciones, que los que tienen hambre deben esperar su oportunidad para comer, aunque haya que ir a servirles la comida al cementerio. Al tomar el poder, lo primero que harán las masas dominicanas y las de todos los países pobres del mundo —con los de la América Latina a la cabeza, desde luego— será tomar posesión de lo que es legítimamente suyo, de lo que se halla en su tierra y de lo que ha sido creado con el trabajo de sus hijos; es decir, procederán a nacionalizar las empresas norteamericanas. Y como eso significa que los millonarios norteamericanos dejarán de seguir recibiendo los dólares que sacan de nuestros países, hay que evitar por todos los medios que hagamos revoluciones. Esa es la razón de esas mentiras. Hay que engañar a nuestros pueblos haciéndoles creer que las revoluciones son pecados mortales, obra del demonio comunista, crímenes horrendos contra la libertad, y si los pueblos creen eso y se mueren de hambre, allá ellos con sus miserias; que se los lleve quien los trajo, porque eso no le quita el sueño a ningún ricacho norteamericano.
Pero sucede que el mentiroso y el cojo no llegan lejos. La red de mentiras con que los Estados Unidos tienen envuelto al mundo está destruyéndose rápidamente. En la América Latina la destruyó la invasión militar de Santo Domingo; en el resto del mundo la ha destruido la incalificable guerra de agresión a Vietnam. Por otra parte, el ser humano busca instintivamente la verdad, y cuando da con ella siente la necesidad de transmitírsela a otros. Como a cualquiera persona, a mí me sucede eso; pero ocurre además que tengo una responsabilidad ante el pueblo dominicano, la de ayudarle a disipar las sombras de la mentira en que quieren sumirlo a fin de que vea claramente por dónde va el camino hacia la libertad, la justicia social y el bienestar. Si al visitar Yugoeslavia y Rumanía comprobé que las mentiras que se dijeron sobre la Revolución de Abril eran iguales a las que se decían de esos dos países, ¿no era natural que me dijera a mí mismo que igual debía suceder en el caso de Corea del Norte, de China y de Vietnam? ¿Y no era lógico, en consecuencia, que aceptara las invitaciones que se me hicieron para visitar esos países?
Aquí digo lo que vi, sin la menor deformación. Lo que digo es el resultado de mis observaciones; no es propaganda de partidos ni de gobiernos. Y lo escribo para servir al pueblo dominicano; para que éste conozca la verdad y juzgue por sí mismo, no a base de las mentiras que le sirven los que tienen interés —y ganan dinero al hacerlo— en mantenerlo confundido.
Este breve resumen de un viaje a los antípodas comienza por:
La República Democrática de Corea
La historia escrita de Corea tiene miles de años, de manera que la lengua de sus pobladores es vieja. En esa lengua, que ya se hablaba cuando todavía no se había formado Roma, Corea se llama “el país de los amaneceres luminosos”. Hubiera podido llamarse también “el país de la gente que sonríe”, porque el coreano reacciona ante cualquier estímulo con una sonrisa franca; pero yo recordaré siempre a Corea como “el país de los niños alegres”. Kim Il Sung, el padre…. de la patria, dijo una frase que es a la vez profunda y conmovedora; dijo: “En Corea, el niño es ley”. Tómese esa frase por dondequiera y como quiera, y el resultado será siempre uno: El pueblo coreano está dedicado a sus niños; vive y muere, trabaja, lucha y crea por sus niños. De alguna manera, con esa extraña sensibilidad que tienen los niños en todas partes, los de Corea se dan cuenta de eso, porque donde ellos están —sea en la escuela, en las calles, en los parques—, sus risas y sus gritos de júbilo dan la impresión de una enorme pajarera colmada de cantos. En mis años, que no son pocos, jamás había visto nada igual.
Kim Il Sung sabía lo que decía al afirmar que en Corea el niño es ley, pues los países perduran en la medida en que sus ciudadanos los amen y los defiendan, y los niños de hoy serán los ciudadanos de mañana. El mismo Kim Il Sung era apenas algo más que un niño cuando a los trece años de edad comenzó a cumplir misiones de los grupos de patriotas que estaban luchando contra los japoneses —que habían ocupado el país en 1910—, y se hallaba en la flor de la vida cuando hacia 1932, acabando de cumplir los veinte años, inició la guerra de guerrillas por la liberación de Corea.
“¿Cuántos eran sus hombres en ese momento?”, le pregunté, entre cucharada y cucharada de una sabrosa sopa coreana que él mismo me servía con la naturalidad conque se comporta alguien con un hermano.
Kim Il Sung sonrió. Como todos sus compatriotas, es de sonrisa fácil y expresiva. Pero en esa ocasión la sonrisa del líder de Corea quería decir muchas cosas; quería decir, según me pareció: “Usted no va a creerlo”.
“Dieciocho”, dijo.
¿Y por qué no debía yo creerlo? ¿No se había quedado Fidel Castro con sólo doce seguidores poco después de haber desembarcado al pie de la Sierra Maestra? Fidel Castro había bajado de la Sierra, convertido en vencedor, a los dos años de haber subido a ella, y Kim Il Sung estuvo guerrilleando trece años, y los dos tomaron el poder al cumplir los treintidos. ¡Extraña similitud de destinos entre el líder de un viejo pueblo oriental y el de un pueblo nuevo del Caribe! Pero si el destino de Kim Il Sung y el de Fidel Castro se parecen, en cambio el de Corea y el de Cuba son distintos, porque a Corea le ha tocado ser uno de esos países a los que Norteamérica les ha aplicado la fórmula que ensayó con Colombia en Panamá, la de dividir las naciones y de cada una hacer dos: dos Coreas, dos Chinas, dos Vietnam. A lo mejor, en esa historia de país dedicado a dividir pueblos hallaron los negros norteamericanos la idea de dividir ellos a su vez a los Estados Unidos en una nación para los blancos y otra para los negros.
Corea quedó liberada en agosto de 1945 y el día 15 de ese mes fue proclamada república bajo un gobierno encabezado por el joven que había estado trece años dirigiendo las guerrillas antijaponesas, esto es, por el mismo Kim Il Sung de quien vengo hablando. Unas semanas después de establecida la república, los norteamericanos desembarcaban en el sur al mando de Douglas MacArthur, y éste proclamaba, con su conocida arrogancia: “… Todos los poderes del gobierno sobre el territorio de Corea, al sur del paralelo 38 de latitud Norte, y sobre el pueblo que lo habita, serán… ejercidos bajo mi autoridad”; y fue así como Corea, un país con más de tres mil años de historia escrita, quedó cercenado como un cuerpo al que le cortan la mitad.
Cinco años después de eso comenzó el ataque norteamericano contra Corea del Norte. Al cabo de tres años de guerra, todas las ciudades coreanas habían sido destruidas, o dicho con más propiedad, habían sido demolidas por los bombardeos yanquis. Dieciséis años después, ningún extranjero que visite el país verá las huellas de esa destrucción masiva, pues una por una, todas las ciudades han sido levantadas otra vez, y aun-que cualquiera se da cuenta de que son nuevas porque sus avenidas están trazadas y sus edificios concebidos según los conceptos característicos de la arquitectura más moderna, parece que tienen siglos de habitadas, porque a primera vista se nota que entre sus habitantes y ellas hay esa coherencia y esa intimidad que son propias de las ciudades antiguas.
Debido a que en los años de la vida de Kim Il Sung su país pasó de colonia a república, y en la lucha para hacer ese cambio él fue durante trece años el líder de la resistencia patriótica; debido a que a causa de su papel como líder de la resistencia él pasó automáticamente a ser el jefe del primer gobierno libre de Corea; y dado que debido al ataque norteamericano las ciudades del país quedaron demolidas y fueron reconstruidas bajo ese gobierno del antiguo guerrillero, la historia de la república de Corea y su renacimiento se ha confundido con la de Kim Il Sung. Decir Corea del Norte es, pues, decir Kim Il Sung; o si se prefiere expresado al revés, Kim Il Sung es Corea del Norte. Mi impresión es que para los coreanos no hay diferencia alguna entre el país y su líder, y que ellos se imaginan a Kim Il Sung como una parte esencial de Corea y a Corea como una obra de Kim Il Sung.
Esa identidad entre líder y país es un fenómeno poco común en la historia humana, y gracias a ella el poder de Kim Il Sung va más allá del campo político y alcanza una calidad que no puede ser apreciada fácilmente; no es un poder que descansa en la autoridad, en el terror, en el carisma del líder, en los bienes que éste distribuye. Nada de eso. Es algo más profundo. Para el pueblo coreano, Corea y Kim Il Sung son una sola y misma cosa.
Ese hombre que es a la vez su pueblo se presenta de improviso en una escuela de párvulos, se sienta en un pupitre y comienza a hacer preguntas como otro escolar; o se va al campo y se pone a vivir en una cooperativa para ayudar a los campesinos en su trabajo. Héctor Aristy y yo estábamos alojados en una residencia que tiene el gobierno para sus huéspedes y se suponía que antes de irnos de Corea visitaríamos a Kim Il Sung, y sucedió lo contrario: una mañana Kim Il Sung se presentó en la residencia, comenzó a hablar conmigo y se quedó a comer con nosotros. Como yo estaba a su derecha en la mesa, él mismo me servía la comida. Iba vestido con la sencillez característica de los líderes socialistas de Asia: un traje simple, pantalón y chamarra negros, y una gorra de tela, de ésas que en Santo Domingo no usaría un campesino porque le parecería pobre. Lo que hablamos en más de tres horas de conversación fue mucho, variado y bueno, y me sorprendió lo bien informado que está acerca de América Latina y sus problemas. Pero también tiene a flor de labios las estadísticas de su país.
“En comparación con 1948, hasta 1967 la producción industrial de Corea había aumentado 22 veces, y la fabricación de maquinarias, 100 veces, a pesar de la guerra; en 1946, la proporción de la industria en el Producto Nacional Bruto era de 28 por ciento y en 1964 era de 75 por ciento; en 1965, la producción de tejidos había aumentado 195 veces en comparación con la de 1944; en ese año de 1944, la producción de tejidos per cápita era de 14 centímetros y en 1965, de 25 metros”.
Todo eso lo dijo de un tirón, a pesar de que las comparaciones son tan dispares en lo que se refiere a los años que es difícil retenerlas en la memoria. De todos modos, no era necesario que lo dijera, pues el que visita Corea del Norte se da cuenta inmediatamente de que es un país con un desarrollo económico vertiginoso. Los que conocen Alemania del Este dicen que es el país cuya economía crece más de prisa en el campo socialista. Yo no he estado en Alemania del Este, pero me asombraría que su ritmo de crecimiento superara al de Corea. Corea produce el 98 por ciento de lo que consume, desde maquinaria pesada hasta fósforos, y lo que consume es mucho a juzgar por el nivel en que vive el pueblo.
La totalidad de las familias usa electricidad. Por la vivienda se paga sólo 57 centavos por cada 100 pesos de salario, de manera que la persona que gane, digamos, 200 pesos, paga 1 peso y 14 centavos. Actualmente está construyéndose una casa para cada familia campesina, y ya hay 600 mil familias campesinas con casas nuevas. Todo lo que se refiere a medicinas, médico, hospital, operaciones y tratamiento es gratuito y según pude ver visitando hospitales, el servicio es como para tutumpotes de nuestro país. La cuarta parte de la población está estudiando en 9,260 establecimientos escolares y no hay un solo analfabeto; el teatro, el ballet y el circo —que es muy popular en el país— son de primera categoría; su cine y su televisión, excelentes.
Corea tiene que destinar una suma enorme al mantenimiento de sus fuerzas armadas, lo que se explica porque vive esperando de un día a otro el ataque norteamericano. A eso se debe que la parte más importante de su industria pesada —y según algunos, toda su industria de guerra— se halle bajo tierra, dotada además de hospitales, escuelas, viviendas, almacenes de provisiones y agua, luz eléctrica y hasta vías de comunicación subterráneas. Ya es un esfuerzo grande mantener un ejército en pie de guerra, pero estar preparado para la guerra nuclear es un esfuerzo extraordinario para cualquier país, cuanto más para uno pequeño que en quince años ha rehecho todas sus ciudades y todas sus industrias, y las ha multiplicado. Si Corea pudiera dedicar a su desarrollo todos los recursos que tiene que destinar a defenderse, sería el asombro del mundo. Para los partidarios del régimen socialista, ese poder de progreso será fruto del socialismo; para mí, al socialismo hay que sumar las condiciones naturales del pueblo coreano y la circunstancia de que cuenta con un líder —desde luego, socialista— que es a la vez resuelto y prudente; de una prudencia exquisita, al grado que en Corea no se ha impuesto a la fuerza ninguna medida socialista: todas han sido llevadas a la práctica después que han sido clara y metódicamente explicadas al pueblo y después que éste ha decidido aceptarlas. En cuanto al pueblo, es sobrio, disciplinado, trabajador, ardientemente patriota, y muy inteligente, y muy fino. De lo último da prendas abundantes su actitud ante la obra artística. El coreano es un artista nato.
Volviendo de Pammunjong —el punto donde se celebran desde hace años las conversaciones de paz— llegamos a media tarde a Kessong, y allí, en el Palacio de los Pioneros, se improvisó una fiesta de teatro infantil. Toda la vida recordaré aquellos diminutos artistas de 6 y 7 años; sus cantos, sus danzas, sus pequeñas piezas de teatro, y sobre todo el final del acto. Los niños coreanos no me dejaban salir. Me abrazaban, me besaban; cada uno de ellos era un surtidor de alegría. Yo tenía los ojos puestos en ellos, pero a quienes veía era a los niños de mi país.

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