Beatles: “Yesterday”, hoy, siempre; “here, there and everywhere”

Beatles-PeterMax
¿Coincidir en espacio y tiempo es lo que decide la condición de lo contemporáneo? No, y sobran los argumentos. Por citar el que me mueve: cubanos de estos tiempos se atreven a adorar a Los Beatles tanto como el adolescente promedio del Liverpool de los ´60, más allá de la  distancia objetiva doble: de espacio y de años, porque desde hace mucho viene siendo también desde muy lejos.
Hace muy poco –o muy cerca– una amiga que se fue de Cuba y con la que comparto la mencionada pasión, me dijo que nada, absolutamente, ni la timba cubana ni la comida criolla, ni ciertas fotografías de la vecindad, nada de eso: lo que más nostalgia de Cuba le había dado eran Los Beatles. Así de “caprichosa” nos sale la memoria asociativa.
En Cuba, ciertamente, la beatlemanía se vivió con cierto desfasaje. Aun cuando la censura “establecida” solo fue entre los años 1964 y 1966, todavía a finales de los ´70 aparecía este chiste en una publicación periódica nacional: “¿Supiste? Hay un grupo nuevo: se llama Los Beatles.” Pero ni en los 70 ni ahora han conocido el silencio.
Cuando en mitad del siglo XX tocaban en un club de dudosa celebridad, cuando eran “unos tales” The Silver Beatles e, incluso después, “unos tales” The Beatles (cuya presentación abandonó en Alemania la madre de un amigo cubano, que entre sus conocidos, tiempo después, fue motivo de crítica, incomprensiones y mofa en todas sus variantes), no pintaban especialmente para autores de la banda sonora de una generación, la melodía de fondo de su época y de las que vendrían después. Gabriel García Márquez apunta “Los Beatles son la única nostalgia que tenemos en común con nuestros hijos”. Pues ya la generación del Gabo puede sentirse incluso cómplice musical de sus nietos.
Hubo crisis del tipo “Paul o John”. George hacía poco si se compara con el dueto Lennon-McCartney; aunque cada vez que hacía compensaba todo su silencio, como si en realidad se hubiera tratado de la pausa necesaria previa a todo gran acontecimiento, la gestación de algo grande que estaba por nacer.While my guitar gently weeps, Something, Here comes the sun… dan crédito. Ringo es el de obra escasísima, con el humor lacónico, encriptado, de Octopus´s garden y Yellow submarine.
En El vuelo del gato, de Abel Prieto, Angelito el Chino, un personaje señalado como preciso en sus aciertos, descarta a McCartney ante sus defensores, desacreditándolo con la etiqueta de hacedor de “guarapo comercial”, definitivamente inferior al genio de Lennon, menos melifluo, más radical y más sombrío.
Para mí no fue tan fácil discernir. Menos, cuando una se entera de que Lennon dice que “Los Beatles fueron los muñecos del capitalismo”. ¿All you need is love, in the end the love you take is equal to the love you make*: “la música del enemigo”? ¡Imposible! “I don´t believe in Beatles”**, sentencia en God. ¡¿Cómo, John, cómo dices esto?! ¿Cómo se pelean después de haber hecho A day in the life, originalmente dos canciones independientes y en apariencia imposibles de hacer comulgar entre sí y formar semejante obra?
Hubo contradicciones, maduración en diferentes sentidos, nietzscheano ocaso de los ídolos y las idolatrías. El mundo real es menos pintoresco, pero es el real. Lennon quiso verlo así, y se radicalizó cada vez más. Hasta se convirtió en símbolo, también porque lo asesinaron y eso siempre ayuda al mito. Aun así, Paul McCartney no será nunca una bandera.
Cuando yo nací, hacía nueve años de que Lennon tuviera el regreso a casa más nefasto de su vida, ese que le puso término a su prolífica existencia. McCartney aún toca, en escenarios inalcanzables; lo más cerca que he estado de él ha sido pararme frente a la silla en que se sentó y gentilmente firmó en San Pedro de la Roca, el Morro de Santiago de Cuba. George prosiguió su carrera, y tuvo un final triste, de enfermedad agresiva. De Ringo lo último que supe fue que tenía un rinoceronte en su castillo de nosedónde, alguno con un pasto perfecto y verde, según daba fe la fotografía. Pero los conozco, claro que los conozco.
En palabras pretendidamente bellas, la memoria no deja morir su recuerdo; pero lo que me ha llegado no es un recuerdo, ni siquiera ecos: ellos vuelven a ser los Fab four de Liverpool y el mundo cada vez que su música despierta y mueve algo dentro de quien los oye. Tendrán siempre obra nueva. Además, qué obra. Cuán siempre nueva.
Siempre le agradezco a Luiz, aquel brasileño amigo de mi madre que, tan ocurrente, le preguntó, sin razón aparente, a una niña de ocho años: “¿Te gustan Lennon y ‘di bírels’?” –así dijo–.
John me sonó entonces a Elton John, la canción de El Rey León, sí, claro, me gustan. Fue así como en su viaje siguiente, me entregó aquel tesoro, entonces desconocido por mí en tal condición: un casete con canciones del famoso John Lennon y Los Beatles, y el librito de un disco –The Beatles 1967-1970– para que copiara algunas canciones.
Este era el repertorio: Cara A: Strawberry Fields ForeverHello GoodbyeAll you need is loveWhile my guitar gently weeps, Here comes the sun, Obladi-ObladaDon’t let me down. Cara B: ImagineMotherStand by meBeautiful boyStarting overWoman… Jealous guy, Julia. Fueron mis-sus primeras canciones.
Aquel John Lennon definitivamente no era Elton John, y nada tenía que ver con El Rey León. ¡Por lo menos era inglés! Y Los Beatles eran los de un spot de años antes, con una canción que repetía “jelp”, donde un preservativo se llenaba de rayas rojas y se convertía en un salvavidas. La música del spot siempre me había gustado. No estaba mal. Nada mal.
the_beatles1967_1970-front
Copié aquellas canciones –que no entendía nada– mecánica, torpemente, con devoción. Me dictaba yo misma en silencio, leyendo en español las palabras en inglés, que para mí entonces bien pudieron estar en portugués, arameo, italiano o chino. Igual. Y empecé a escucharlos. Cada vez más. Tanto, que llegué a tener una contradicción importante cierta vez: Los Beatles ya no existían, así que ya no tendrían canciones nuevas. Yo, entonces, ¿qué haría cuando llegara el momento de escuchar la que sabía era la última canción nueva de ellos para mí? ¿Cómo chocar de cara con que no están, no son? Son pasado, que es muerte, o no, pero en todo caso no la vida que yo quería para ellos, la que de hecho tenían para mí. El pasado es perfectivo, definido, ya está, no hay potencialidad ni misterio, la huella tiene ya sus dimensiones definitivas. No hay estrés ni riesgo. Lo que fue, fue, y nada lo cambia. (La historiografía sí, pero no es el tema que nos ocupa). Por otro lado, no era posible que hubiera canciones que no escuchara, que no pasaran por mí. Era seria la disyuntiva.
En algún momento no identificado la superé, pero no me he aplicado después a descubrir si, en efecto, he escuchado ya todas sus canciones. Acaso en silencio, muy dentro de mí, todavía, todavía no quiero saberlo.
*Al final, el amor que recibes es igual al que haces. The End, Abbey Road.
**No creo en Los Beatles. God, John Lennon.
 
MONICA RIVERO