Profesor Juan Bosch: ¿Cuál es la diferencia entre la energía atómica y la nuclear?

Español: mapa de silos nucleares en Estados Unidos
Español: mapa de silos nucleares en Estados Unidos (Photo credit: Wikipedia)

Que la segunda, la energía nuclear,  se manifiesta con mayor poder que la atómica porque es el resultado de la integración de un núcleo atómico creado por la unión de dos núcleos de masa más ligera, que se dividen mediante la llamada fisión nuclear. La energía nuclear no deja residuos radioactivos como los deja la atómica, pero además no se agota. La tecnología de la fusión y de la fisión nuclear fue descubierta años después de haberse fabricado la primera bomba atómica, y con ella los norteamericanos hicieron en 1952 la primera bomba termonuclear, cuya capacidad de destrucción era mil veces mayor que la que se lanzó sobre Hiroshima; pero los soviéticos habían avanzado en la física atómica tan de prisa que fabricaron su bomba termonuclear un año después, es decir, en 1953, y se adelantaron a Estados Unidos en la fabricación del primer cohete balístico intercontinental, es decir, que podía salir de territorio soviético y llegar en corto tiempo a cualquier lugar de América del Norte llevando una bomba nuclear.

Ese cohete balístico fue terminado en 1957, año en el que la Unión Soviética produjo también el primer satélite espacial tripulado por hombres, que fue el conocido con el nombre de Sputnik, y así como la humanidad había entrado el 16 de julio de 1945 en la Era Atómica con la explosión en Álamo Gordo de la primera bomba hecha a base del poder explosivo de los átomos (que en ese caso fueron isótopos de átomos de plutonio), el 4 de octubre de 1957 se inició la Era Espacial con el lanzamiento en la Unión Soviética del Sputnik, y lo decimos para que el lector se dé cuenta de que para esa fecha, exactamente cuarenta años después de haber comenzado la Revolución Rusa, la sociedad que la inició cuando era una de las más atrasadas de los países de Occidente se había convertido en la competidora de la más desarrollada del mundo capitalista.
Pero para el 1957 la Doctrina Truman de la Guerra Fría tenía cinco años de lanzada y el gobierno de Eisenhower, sucesor de Truman, no iba a tolerar que esa doctrina quedara hundida en un mar de incapacidad norteamericana para mantener la supremacía nuclear sobre la Unión Soviética, de manera que Estados Unidos apareció construyendo en 1958 un cohete balístico intercontinental y un satélite tripulado por hombres y en 1960 navegaban por las aguas del Atlántico submarinos portacohetes. Fue ocho años después cuando la Unión Soviética construyó submarinos del mismo tipo y en el mismo año (1968) fabricó cohetes de cabezas nucleares múltiples que llegaban con un retraso de dos años comparados con los que Estados Unidos había fabricado en 1966.
En el camino de la competencia se había ido muy lejos. La bomba de Hiroshima fue llevada a bordo de un avión que volaba a 360 millas por hora y en 1985 un cohete MX de cabezas nucleares múltiples viaja a razón de 15 mil millas por hora, pero además, mientras la bomba de Hiroshima mató e hirió a más de 200 mil personas la que lleva un MX puede matar, herir o inutilizar de por vida a varios millones porque la bomba de 1945 tenía un poder destructor equivalente a 15 mil toneladas de dinamita y un cohete nuclear actual lleva en su seno la capacidad aniquiladora de 5 millones de toneladas de ese explosivo.
 El hecho de que la Unión Soviética diera muestras de que podía sobrepasar a Estados Unidos en la carrera de los armamentos nucleares como lo hizo al producir en 1957 el primer cohete balístico intercontinental, facilitó la apertura entre los dos grandes poderes de negociaciones para ponerles límite a la producción y el uso del armamento nuclear. Esas negociaciones condujeron a una cadena de acuerdos iniciada con el Tratado de la Antártida del año 1959 firmado por 26 gobiernos; el de 1963 mediante el cual se estableció una conexión telefónica directa entre Moscú y Washington para que los jefes de los gobiernos norteamericano y soviético pudieran entrar en contacto directo si se presentaba una situación de crisis que pusiera en peligro la paz mundial, y ese mismo año 111 gobiernos firmaron un Tratado que prohibía el uso de la atmósfera, el Espacio exterior y las aguas profundas para hacer en ellos pruebas de armamentos nucleares; en 1967 83 Estados se adhirieron a un Tratado que prohibía colocar armas nucleares en órbita terrestre y su estacionamiento en el espacio exterior y 22 gobiernos latinoamericanos declararon sus territorios libres de posesión, almacenamiento o pruebas de armas nucleares; en el 1968 119 Estados firmaron un Tratado en el que se prohibía la transferencia a países que no tuvieran armamento nuclear de armas o de tecnología de ese tipo y además se comprometían a negociar para detener la carrera armamentista; en 1971 71 gobiernos acordaron prohibir pruebas submarinas de armamentos nucleares dentro de los límites de 12 millas fuera de sus costas.
Todos esos tratados indicaban que la posesión por parte de la Unión Soviética y de Estados Unidos de enormes arsenales nucleares preocupaba a gran parte de la humanidad, incluidas en ella las poblaciones de los dos poderosos países, y a partir de 1971, incluido ese año, los gobiernos norteamericano y soviético llevaron a cabo varios acuerdos; el de 1971 de medidas para evitar accidentes o uso no autorizado de armamento nuclear; el llamado SALT I, de 1972, que limitaba las áreas de estacionamiento a sólo dos en cada uno de los dos países para sistemas de cohetes antibalísticos y en una segunda etapa congelaba el número de submarinos lanzadores de cohetes balísticos intercontinentales; el Acuerdo 1973 para consulta de los dos gobiernos cuando hubiera peligro de una guerra nuclear; los dos Tratados de 1974 que prohibían las explosiones de prueba bajo tierra de bombas de más de 150 kilotones (equivalentes a 150 mil toneladas de dinamita) y las explosiones en grupos que sumaban más de mil 500 kilotones; y por último el Acuerdo SALT II de 1979 por el cual se limitaba el número de vehículos portadores de materiales nucleares estratégicos, lanzadores de cohetes de múltiples cabezas o de bombarderos con cohetes de múltiples cabezas o de bombarderos con cohetes crucero de largo alcance y prohibición de estacionar nuevos cohetes balísticos intercontinentales.
De esos Tratados y Acuerdos, Estados Unidos no ratificó los dos de 1974 ni el llamado SALT II; lo que hizo fue dedicarse a fabricar cohetes destinados a cercar desde países europeos a la Unión Soviética con la bomba de neutrones, destinada a matar soldados y población civil, pero sin causar daño alguno a los edificios o construcciones de otro tipo, y con los cohetes Pershing que pueden atravesar toda Europa y caer en Moscú siete minutos después de haber sido disparados.
Con la llegada al poder en Estados Unidos de los líderes del Partido Republicano encabezados por Ronald Reagan, hecho que se produjo al empezar el año 1981, pasó a ser eje ejecutado un programa de gobierno cuya política exterior estaría vinculada a la producción de armas nucleares pero que en la campaña electoral de 1980 se expresaba en consignas que ocultaban esa vinculación. Lo que ofrecía el candidato presidencial republicano era la restauración del poderío de su país con lo cual aludía, sin mencionarlo, al poder militar, porque referirse directamente al poder militar era una manera de referirse a la producción de nuevas armas nucleares.
“Estados Unidos debe negociar desde una posición de fuerza”, afirmaba Ronald Reagan después de haber asumido la presidencia del país; pero esa posición privilegiada sólo podía alcanzarse negociando con los gobiernos de Europa Occidental, miembros de la OTAN, es decir, aliados de América del Norte, para lo cual se requería hallarse en posesión del aparato del Estado; y tan pronto llegó a la Casa Blanca, Reagan y sus hombres de confianza pusieron en práctica el plan de sus consejeros habían elaborado antes aún de que comenzara la campaña electoral, que consistía en instalar en Europa la nueva cohetería norteamericana y sobre todo la bomba de neutrones con lo cual quedaban sin valor los Tratados de 1974 y el llamado SALT II celebrados con la Unión Soviética y pasaba a adquirir su papel de propaganda política la locución Guerra de las Galaxias.
El significado de esa locución era, y sigue siendo, guerra llevada a cabo en el Espacio, fuera de la Tierra, en las regiones del Universo por donde vuelan día y noche sin ser advertidos por los pueblos del mundo unos aparatos portentosos, y a la vez poderosos, que desde las alturas de muchos kilómetros en que transitan pueden grabar conversaciones telefónicas y retratar un automóvil que rueda a lo largo de una carretera; que pueden acumular en computadoras los datos de todo lo que sus mecanismos de observación captan a la distancia en cualquier país, gracias a los cuales el gobierno que los usa tiene informaciones detalladas de cuanto pasa en un territorio dado.
Estados Unidos tiene el poderío que le confiere la posesión de aparatos nucleares de todo tipo y con ellos de los que le corresponden a una gran potencia espacial, pero la propiedad de tanta maquinaria portentosa no parece estar acompañada por una noción clara de los peligros que conlleva el uso de esos aparatos. Si los hombres que dirigen el Estado norteamericano tuvieran esa noción no alentarían el uso de una propaganda política como la que se hace estimulando la llamada Guerra de las Galaxias, porque una guerra hecha con armamento nuclear en el Espacio terrestre destruirá la atmósfera que nos rodea, y sin esa atmósfera no podría haber vida en la Tierra.
No lo habría para los soviéticos, pero tampoco para los norteamericanos y mucho menos para los miles de millones de seres que forman la población de Tercer Mundo, entre los cuales estamos los dominicanos.
Santo Domingo,
18 de enero de 1985.
Un poco de historia
Antes del año 1945 un número muy corto de personas sabían que en la naturaleza había una fuente de energía llamada átomo y que el átomo consistía en cada uno de los pequeñísimos cuerpos eléctricos de que está constituida la materia, pero mucho menos se sabía, con la excepción de algunos grandes conocedores de las Ciencias Físicas, que de los átomos podía obtenerse una fuerza explosiva millones de veces más poderosa que la dinamita, que hasta entonces era el explosivo más potente que el hombre podía producir y controlar a su conveniencia; y sucedió que a mediados de julio de ese año 1945 un grupo de científicos que habían estado trabajando secretamente en un plan destinado a fabricar una bomba atómica, hizo estallar una de prueba en Álamo Gordo, un lugar de Nuevo México, Estados Unidos, y con esa prueba comenzó la Era Atómica es decir, una época nueva de la historia porque la explosión de Álamo Gordo demostró que a partir de ese momento la humanidad disponía de un poder energético cuya existencia había sido insospechada hasta entonces. Ese poder podía usarse en la guerra para aniquilar militarmente al enemigo, pero también en la paz para ejecutar grandes proyectos de planes beneficiosos para la humanidad, y se usó en la guerra que se llevaba a cabo entre Estados Unidos y su aliada la Unión Soviética contra Japón. Esa era la parte final de la llamada Segunda Guerra Mundial, que había terminado en Europa con la rendición de Alemania el 8 de mayo de 1945 pero seguía en el Pacífico entre norteamericanos y soviéticos de una parte y japoneses de la otra. La bomba atómica fue usada por primera vez el 6 de agosto de ese año 1945, apenas tres semanas después de ser probada en Álamo Gordo; se lanzó sobre la ciudad de Hiroshima, donde además de matar por achicharramiento y por asfixia y de inutilizar por quemaduras profundas a más de 200 mil personas destruyó el centro de la ciudad, todo ello con una sola explosión de corta duración.
 La posesión de la bomba atómica convirtió a Estados Unidos en la mayor potencia militar del mundo, pero no por mucho tiempo porque en 1949 la Unión Soviética anunció que había terminado el monopolio norteamericano del poder ató¬mico, lo que significaba que los soviéticos habían fabricado también una bomba atómica y a partir de ese momento empe¬zaría una carrera de competencia entre los dos países que acabaría colocando a la Unión Soviética en el mismo nivel de poderío militar que los Estados Unidos, y no sólo por su dominio de la energía atómica sino además el de la energía nuclear.
Juan Bosch

Para entender el kirchnerismo

 

 

Eva Duarte (Evita). Perón sostiene a Eva mient...
Eva Duarte (Evita). Perón sostiene a Eva mientras pronuncia un discurso en Plaza de Mayo. (Photo credit: Wikipedia)

 

Julio Semmoloni

 

APAS
Las elecciones legislativas desafían la cómoda continuidad del kirchnerismo en el poder. A más de diez años de vigencia, todavía no son del todo discernibles las peculiaridades de esta expresión ideológica revulsiva de la cultura política nacional, popular y democrática. 

Digamos de inmediato que en el amplio y diverso espectro político argentino -mirada esta dispersión desde un punto de vista transformador y progresista, incluso revolucionario- no hay nada a la izquierda del kirchnerismo. Entonces qué se entiende por kirchnerismo. No es simple de definir o clasificar, porque al mismo tiempo es peronista y no lo es enteramente. Lo es, como dijo la Presidenta en una reciente entrevista televisiva, en tanto sin duda “abreva” en el peronismo, aunque el kirchnerismo también incluye militantes que no han sido ni serán peronistas.

De hecho utiliza como principal herramienta política al Frente para la Victoria que ideó Kirchner, y no al Partido Justicialista fundado por Perón. Además, el peronismo desde el comienzo hasta nuestros días siempre albergó en su heterogénea construcción sectores de derecha más o menos recalcitrantes. En cambio, el kirchnerismo suele ser particularmente reactivo con la derecha.

En el oficialismo que gobierna el país desde 2003 conviven varias clases de militantes o entusiastas de la política grande: peronistas de siempre que reconocen la eficacia del kirchnerismo; exantiperonistas que se sumaron espontáneamente a las crecientes huestes kirchneristas; numerosos jóvenes que por su edad no tienen necesidad de desentrañar la ambigüedad aquí planteada; frustrados o escépticos izquierdistas de otras épocas que no necesariamente simpatizaron con el peronismo transformador de los 40/50; migrantes electores de varias fuerzas políticas efímeras que sucesivamente levantaron las banderas de lo nacional y popular, que nunca pudieron llegar al gobierno por la escasez de votos. Y sigue la lista de incorporaciones…

Así como nadie puede negarle al kirchnerismo su origen peronista, debería también resultar claro que desde el punto de vista evolutivo de la política el kirchnerismo es una etapa superadora del peronismo, aunque vinculado de algún modo a su vetusta estructura orgánica. El kirchnerismo surge sesenta años después de la aparición embrionaria del peronismo, de manera que el transcurso de seis décadas de avatares produjo la ineludible transformación cultural que hoy se encarna desde una singularidad populista completamente novedosa. Hay una primordial diferenciación entre peronismo y kirchnerismo.

El peronismo irrumpe tras el primer cargo político que tuvo Perón durante el gobierno militar de facto en 1943, al ser designado secretario de Trabajo y Previsión. A diferencia de Néstor Carlos Kirchner, Juan Domingo Perón pudo tomar medidas de alcance nacional antes de asumir su primera presidencia el 4 de junio de 1946, y aun antes de la mítica fecha fundacional peronista, el 17 de octubre de 1945. Tuvo la oportunidad -que aprovechó al máximo- de ocuparse de las necesidades imperiosas de los trabajadores y su organización sindical, desde una cartera de segundo rango a la que le dio brillo propio.

Esa tarea en poco tiempo adquirió relieve y convirtió al ignoto coronel en un funcionario destacado de la segunda mitad del gobierno militar -ya en manos del general Edelmiro J. Farrell-, pues dicho cargo lo obtuvo en la presidencia de facto del general Pedro Pablo Ramírez, en 1943. Por lo tanto, en base a su gestión ministerial, se puede hablar ya de una especie de proto-peronismo activo e influyente que realzará su figura cuando masivamente se lo vote el 24 de febrero de 1946. El liderazgo y la iniciativa adquirieron una hegemonía tan personalista en Perón que marcó a fuego no sólo la época sino la índole de este movimiento político.

Poco y nada de todo eso ocurrió con el kirchnerismo. La ciudadanía que votó a Kirchner el 27 de abril de 2003, apenas con el 22,24 por ciento, en realidad respaldaba a un peronista de la lista autodenominada Frente para la Victoria, que venía de gobernar por tres veces consecutivas la remota provincia de Santa Cruz. El kirchnerismo no existía como tal, porque la alentadora tarea desarrollada por Kirchner como intendente de Río Gallegos y gobernador provincial no era conocida en lo más mínimo por el grueso de quienes lo votaron en el resto del país. Cuando ya siendo presidente debió establecer el armado político de este renovado movimiento nacional, su papel se pareció al de un estratega que reúne las piezas por afinidad con sus actos, pero que se articulan desde cierta autonomía que conservan tras identificarse con una parecida concepción de la función pública. Hubo mucho más empatía política que seguidismo ideológico en el kirchnerismo inicial.

La diferencia, la notable diferencia entre Perón y Kirchner es que el primero pudo ganar la presidencia debido a lo que ya había demostrado en su corta gestión durante el gobierno de facto, mientras que el segundo finalmente asumió tras aparecer como una opción nada mayoritaria y con la presunción de pocos que obraría diferenciándose del menemismo y el influjo neoliberal. Por un lado, Perón confirmaría con su gestión las antagónicas expectativas existentes en el dividido electorado; Kirchner, por su parte, resultó una grata o inesperada revelación para la inmensa mayoría que no lo votó.

El peronismo necesitó una base doctrinaria que diera sustento a su propósito transformador, para competir con argumentos persuasivos contra corrientes políticas tradicionales fortalecidas por idearios clásicos, como el radicalismo y el socialismo. En cambio Kirchner, de formación peronista, que ya traía ese bagaje, se concentró en la eficacia de actuar como un hacedor heterodoxo, sin rivales a la vista que pudieran esgrimir móviles similares.

Perón construyó desde la nada una estructura institucional que llegó a tener la fortaleza e influencia de un cogobierno: el Partido Justicialista y la CGT. Por eso consideró que su tiempo político en el poder constitucional perduraría en la medida que el partido y la central obrera le dieran sustento masivo. Esa hegemonía militante fue caracterizada como una especie de totalitarismo por la oposición. El Partido era el oficialismo nacional que conformó una misma cosa con el gobierno, es decir, una dualidad. Desde otro lugar, Kirchner entendió que el partido es una herramienta electoral de suma importancia para el abordaje territorial, pero que no necesariamente debe mantener una simbiosis con el gobierno.

El kirchnerismo se apoya en su origen peronista, no reniega del mismo, se nutre de la experiencia del mayor movimiento político transformador en América Latina, pero sólo toma una parte de aquel todo por momentos avasallante: precisamente la que funda doctrinariamente el impulso hacia el progresismo inclusivo, de movilidad social ascendente. A diferencia del peronismo, también lo enriquece el aporte de fuentes que provienen de la izquierda otrora antiperonista, la intelectualidad académica, el pensamiento científico y buena parte de la juventud universitaria actual, grupo etario este último que denostara al peronismo de los cuarenta y cincuenta, más tarde seducido por el Perón anciano y distante, y finalmente -tras el desprecio del regresado conductor ya presidente- diezmado también en los setenta por el terrorismo de Estado.

El kirchnerismo convive a disgusto con la estructura orgánica del PJ, lo cual fortalece su capacidad de acción, aunque frena su impulso transformador por las concesiones inevitables a cierta ortodoxia anacrónica. La muerte de Kirchner -el gran negociador que tras la derrota electoral de 2009 retuvo en el Frente para la Victoria a muchos dirigentes de las viejas prácticas- acentúa el endeble armado partidario del kirchnerismo, que no puede evitar la sangría de referentes poco y nada comprometidos con la ética ampliatoria de derechos. Esta contrariedad evidencia la insuperable dificultad hasta hoy del kirchnerismo para extender su impronta cultural a los gobiernos provinciales afines con el oficialismo nacional.

Mientras en los cuarenta y cincuenta el impulso de Perón fue de más a menos, a medida que la omnipresencia de Evita declinó por su frágil salud física hasta morir, en el siglo XXI Kirchner evolucionó de menos a más, alentado por la contundencia de los resultados y el vigor de Cristina, su talentosa compañera militante de siempre. En los primeros años, Perón se fortaleció con sectores del Ejército que compartían su visión nacionalista del gobierno, mientras que Kirchner desde otro contexto pareció envalentonarse en un principio por advertir que debía construir con hechos -aun desde la confrontación- un relato completamente distinto al que habían naturalizado tantos años de neoliberalismo y deprimida autoestima nacional.

Perón ordenaba. Kirchner interpeló. La sutil diferencia entre “Esto hay que hacerlo así” y “Qué te parece lo que venimos haciendo”. Perón exigía lealtad; Kirchner propuso acompañamiento. Perón favorecía la unanimidad. Kirchner alentó la discrepancia. Por eso fue difícil -con Perón vivo y presente- dejar de ser un peronista ortodoxo. Y por el contrario hoy, nada raro que proliferen desertores o traidores al ideario kirchnerista. El precio a pagar nunca fue ni es el mismo.

La tarea fundamental del peronismo histórico fue la construcción de un país social nuevo, vanguardia en América Latina, donde los derechos de los más débiles fueran atendidos prioritariamente. Por eso recibió el peor trato de los sectores entre sí tan fuertemente antagónicos, por derecha e izquierda. En la Unión Democrática confluyeron conservadores, radicales claudicantes de la “década infame”, socialistas y comunistas de retórica. El peronismo inicial organizó la gestión transformadora en base a programas de largo plazo reunidos en los planes quinquenales. Tenía todo el tiempo del mundo para refundar el país. Y ciertamente recursos económicos suficientes para hacerle frente a semejante proyecto.

Por el contrario, el kirchnerismo se apoya en la sucesión ininterrumpida de firmes medidas coyunturales de corto y mediano plazo. Es cierto que a veces aparece cierta improvisación que ralentiza o demora la marcha, pero ésta es siempre hacia adelante y nunca contra los asalariados. Tiene una explicación irrefutable: el kirchnerismo cuenta con menos tiempo político de resolución y está apurado porque al empezar su gestión debió anteponer la urgencia de reconstruir un Estado sumido en la anemia, aliviarse de una deuda asfixiante, recuperar el vigor de la industria nacional y generar millones de puestos de trabajo. Es decir, disponerse a encarar y ejecutar una descomunal tarea antes de arrancar con lo que propiamente le hubiese correspondido.

Cómo hubiera podido proyectarse mediante planes de largo plazo, entonces, si ni siquiera contaba con recursos mínimos para iniciar con solvencia desde cero la gestión reparadora. Nunca antes en la Argentina hubo otro gobierno que recibiera una situación previa tan calamitosa, sobre la que nadie tenía la receta para superarla en pocos años. Por lo tanto, se apeló a la heterodoxia más audaz. ¡Esto singularizó el perfil hacedor del kirchnerismo!

No hay plan económico escrito y publicado, aunque sí un modelo reconocible como pocas veces lo hubo. No hay base doctrinaria que sustente el relato inequívocamente, pero sí un proyecto político manifiesto en el obrar del día a día. No es fácil definirlo, clasificarlo. Pero es real y concreto. Todavía cuesta entenderlo. Y no es simple preservarlo del ataque atroz y falaz de quienes no toleran más esta mejoría social extendida.

Peronismo y kirchnerismo comparten una similar concepción de los valores de la Patria Grande, que se identifica con una diplomacia de enérgica defensa de los intereses nacionales compatibles con la historia común de nuestros pueblos hermanos del continente, y que se proyecta al mundo sobre la base de la construcción de una sólida institucionalidad regional, como pueden serlo en la actualidad el Mercosur, la Unasur y la Celac. El vaticinio de Perón, formulado hace tantas décadas, acerca de que “en el año 2000 América Latina nos encontrará unidos o dominados”, sigue transmitiendo el mismo propósito de consigna integradora y libertaria.

Subsiste un enigma que cabe ponderar sin ambages antes de 2015, y es el siguiente: ¿el kirchnerismo tiene capacidad intrínseca para dejar de ser un método coyuntural de rápida salida de una crisis extrema, y convertirse en el mecanismo político más idóneo para modificar la “estructura productiva desequilibrada” que desde siempre sujetó al país? En otras palabras: ¿podrá completar pronto esta etapa de crecimiento económico sostenido para saltar al paulatino despegue virtuoso del desarrollo en todos los órdenes?

Tal vez llegó el tiempo de resolver con hechos decisivos el enigma planteado, pues para demostrar la idoneidad requerida es necesario transitar un camino de realizaciones que la ciudadanía perciba como el único posible para salir definitivamente de la oclusión interna y exterior que retiene al país y a toda la región en una emergencia de desarrollo limitado y dependiente.

Por ahora electoralmente va camino de otra ardua jornada el 27 de octubre. Nada puede hacerse al respecto para aliviar la intensidad del riesgo a que se expone. Quedan otros dos (¿largos?) años de culminación transitoria de mandato. Buena parte de esa gobernabilidad estará signada por el resultado de estos comicios. Y por consiguiente, la sustentación que afirme el avance incalculable de la década -imprescindible para consumar el objetivo final-, dependerá con exclusividad de otra clara victoria en el 2015.

Fuente: http://www.apasdigital.org/apas/nota_completa.php?idnota=6050

 

 

El gran engaño del “Descubrimiento de América”.

La mayor invasión de la historia de la humanidad

 

Español: Monumento al Descubrimiento de Améric...
Español: Monumento al Descubrimiento de América (Madrid) (Photo credit: Wikipedia)

 

Los reyes de España y Portugal con apoyo de la Iglesia y de otros secuaces simularon el descubrimiento de un “Nuevo Mundo” para, mediante bulas pontificias, cédula reales y tratados internacionales, apoderarse del continente. Una investigación de Luis E. Ninamango Jurado plasmada en el libro “Encubrimiento y Usurpación de América”

Una investigación de Luis E. Ninamango Jurado plasmada en el libro “Encubrimiento y Usurpación de América” explica los mecanismos que convirtieron el llamado “descubrimiento de América” en una de nuestras bases culturales. Con motivo de que hoy se conmemora una fecha más de lo que la historia oficial y eurocentrista ha denominado de esa manera, compartimos el contenido de la citada obra.
Según explica el autor en el prólogo del libro, fuimos engañados por una conspiración que logró establecer algunas falsedades como “hechos históricos verdaderos” en la época del “descubrimiento” deAmérica.
Este acontecimiento representa un engaño para justificar la invasióngenocida de las que fueron víctimas los pueblos originarios, indica.
En ese sentido, el ingeniero e historiador peruano, sostiene que la usurpación de América, es el peor crimen de lesa humanidad perpetrado en la historia del hombre.
Los reyes de España y Portugal con apoyo de la Iglesia y de otros secuaces simularon el descubrimiento de un “Nuevo Mundo” para, mediante bulas pontificias, cédula reales y tratados internacionales, apoderarse del continente que diversos pueblos aborígenesamericanos proponen se denomine Abya Yala, explica.
“En bibliotecas enteras se han escrito sobre “El descubrimiento de América” (…) y sobre Cristóbal Colón, pero a pesar de tanto esfuerzo, la duda y el misterio es lo que prevalece cuando se trata de comprender esta época crucial de la historia”, afirma Ninamango.
“Entonces para desenredar este enorme embrollo, causado por una de las peores falsedades que afligen a la humanidad, es necesario identificar y analizar a los personajes claves que interactuaron alrededor de Cristóbal Colón”, señala al hacer la invitación a examinar su obra.
“Encubrimiento y Usurpación de América” fue publicado en 2009 y forma parte de la Colección Memoria de Ediciones de la Presidencia de la República de la República Bolivariana de Venezuela.
Para acceder a la versión en PDF del texto dar clic en el siguiente enlace:Encubrimiento y Usurpación de América

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Servindi

 

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