¿De dónde te sale ese orgullo de pequeño burgués?

Santo Domingo at night

POR MANUEL MORA SERRANO

La sinceridad a veces se castiga. He recibido muchas felicitaciones y abrazos por mi artículo del cinco de este mes en este diario sobre mis ochenta años. Pero lo que más ronchas ha despertado ha sido mi confesión de que: “pertenecíamos a la mejor clase social del mundo, a la pequeño burguesía, de la que me siento orgulloso y lamento que no exista una ideología que nos catapulte como tales, con nuestras virtudes y nuestros defectos al poder político, por estar “vendidos” ideológicamente a la burguesía o al proletariado, estando como estamos mejor preparados para no depender de una ni del otro, sino para que todos seamos ese término medio ideal de todas las cosas, ni demasiado ricos ni demasiado pobres, como las gentes de Bután.”

Sin duda alguna me había metido en territorio ideológico tabú.

Hace más de veinte años que vengo meditando sobre la ausencia de una ideología coherente con nuestra realidad social.

¿Quiénes somos los tan vilipendiados por nuestros propios miembros que nos acusan (y se acusan) de ser la peor clase social y la que tiene los vicios más peligrosos?

Jamás hubo ceguera ideológica más grande que los que siguiendo a Marx, que no era de la burguesía ni del proletariado, como la gran mayoría de los pensadores y los ideólogos del siglo diez y nueve, no advirtieron tres detalles: a) que esos proletarios, por los cuales se abogaba, hartos de su condición de parias sociales, estaban locos por que sus hijos ascendieran en la sociedad formándose intelectualmente y luego que se graduaran en las universidades e institutos al servicio de las masas, como ha ocurrido aún en países como el nuestro que no han tenido regímenes socialistas formales, no solo vivieran mejor, sino que ellos también pudieran hacerlo; b) los ejemplos harto elocuentes de Rusia, Alemania del Este y China en la actualidad, señalan que esa masa preparada intelectualmente ya no era pasiva sino el nuevo motor para una nueva revolución. Angela Merkel es suficiente y claro ejemplo, y c) lo que está pasando en Cuba con ese excedente extraordinario de profesionales calificados que no soportan carecer de lo que otros ciudadanos disfrutan con sus conocimientos en otros países, hasta en algunos subdesarrollados, ejemplos de ellos son los que desertan, que al día siguiente están exigiendo todo lo que no podían tener en la supuesta dictadura del proletariado, que fue organizada y dirigida por pequeño burgueses, como en todas partes, porque éramos los más preparados y los más sensibles.

¿Quiénes somos los pequeño burgueses en estas sociedades seudo capitalistas o en las realmente tales? Hasta hoy hemos sido servidores, bufones y tontos útiles.

Todas las empresas, sin importar el rango, que tienen personal calificado o pagan salarios decentes, están integradas por pequeño burgueses sin conciencia de clase.

Nadie quiere tocar la trompeta que despierte esos “monstruos”. De ahí que sea útil que se entretengan soñando con el poder que indefectiblemente dirigirán si logran una revolución socialista siguiendo la saga consabida, porque en el proletariado no hay material suficiente ni capacitado para dirigir eficazmente la cosa pública. Y cuando ha ocurrido, no deseo mencionar a Stalin comparándolo con Trotsky o con Lenin.

Los pequeño burgueses en las otras sociedades, que son la mayoría (apenas existimos en las muy primitivas aunque formamos parte de las estructuras gubernamentales); en Haití, que es un ejemplo preciso, la revolución de los esclavos contra los burgueses amos de las plantaciones, no hubiera sido posible sin los mulatos hijos bastardos que sabían leer y escribir y muchos se habían educado en Francia o en el propio país sin rangos burgueses, sino de nuestra clase, que fueron absolutamente necesarios. Ahí fuimos los tontos útiles.

En Santo Domingo, tierra de hateros, los que poseían cultura en una comunidad mulata de gentes pobres, eran de nuestras filas y algunos fueron los bufones necesarios en toda corte. Y nada tenemos que decir de los que ya formábamos parte de una clase en crecimiento bajo la dictadura de Trujillo o los gobiernos que le sucedieron, donde parte de los nuestros de Balaguer a los últimos, salvo don Antonio, eran de nuestras filas.

¿Quiénes acompañaron a los libertadores? ¿Quiénes fueron la mayoría de los opositores a Rafael L. Trujillo o a Lilís? ¿Hemos revisado con ojos críticos clasistas a los que cayeron por ideales nada más, por nuestra libertad, antes y después?

Nuestra inteligencia y nuestra resistencia a la opresión hablan muy alto y muy claro de quiénes somos los pequeño burgueses a la hora del sacrificio mayor. Que muchos solo hemos sido actores en las gradas, es verdad, pero desde ahí hemos aplaudido o vitoreado siendo bufones o tontos útiles, a los que nos han manejado a su antojo, y si hemos sido la hez, ha sido por falta de una ideología que nos defina y nos unifique, aquí y en todo el resto del mundo civilizado.

Cuando caen las Torres Gemelas la mayoría de las víctimas son de los nuestros, porque siempre somos los que cumplimos, los que hacemos los horarios y llegamos primero. En todas las oficinas, en todas las empresas bastaría que distribuyéramos nuestro catecismo para tomar el poder. La mayoría de oficiales militares vienen de nuestras canteras.

No haríamos la dictadura del secretariado o del doctorado, inauguraríamos, sin duda alguna, la democracia de la pequeño burguesía, la democracia de la clase media. Dignidad para todos sería nuestro lema: ni demasiado ricos ni demasiado pobres. Estableceríamos algo que no existe ahora: barreras para las ambiciones desmedidas.

Hace veintidós años que en el más capitalista de todos los países, en un albergue para gentes de clase media en Los Póconos, Pennsylvania, en una antigua zona indígena, comencé a escribir sobre la ideología pequeño burguesa, y cuando se la ofrecí a un viejo amigo que se postulaba a la presidencia, me dijo textualmente: “Gracias, Manolito, pero nadie cree ahora en ideologías” y por ahí deben estar amarillentas o llenas de polillas aquellas páginas inflamadas de ese orgullo zoquete de ser de clase media y de aspirar al poder para nuestra gente.

O por lo menos así dirían los traidores a nuestra clase, los que nos niegan y vituperan, aunque vivan como burgueses, capaces de sacrificarse por los que no pueden gobernarse, por los que solo anhelan alcanzar nuestro precario status, y así disfrutar de los dones del siglo y de nuestro tiempo con un poco de decoro y dignidad.

Con un poquitín de conciencia crítica despertarían esos monstruos dormidos que somos, y haríamos temblar al planeta, como aquellas ‘madres terribles’ de García Lorca que levantaban sus cabezas en las praderas cada vez que un torero mataba un hijo en la fiesta brava.

Un día despertaremos, y entonces preguntaremos ¿por qué esperamos tanto? Y responderemos llorando: por la ceguera de nuestra gente; solo por la ceguera de nosotros mismos; con palabras parecidas dijo en Andalucía con rabia que ha llegado nítidamente cuatro siglos ha, otra ‘madre terrible,’ la de Boabdil, aquel árabe que volteó el rostro derramando lágrimas para mirar la Alhambra perdida sin volverse estatua de piedra: “No llores como mujer lo que no pudiste defender como hombre”. Por temor a esa frase, de ahí me sale el orgullo de ser pequeño burgués y ver la indiferencia y la ceguera de los miembros de mi propia clase, que sin duda, es la mejor del mundo: sin abundancia que sobre y sin carencias precisas.

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