Las guerras de Vincho

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MANUEL FERMÍN

Hace algunas semanas se le dio riendas sueltas a la campaña difamatoria y perversa contra la persona y familia del doctor Marino Vinicio Castillo. Imputación: “ocultar patrimonio”, “ser un mal aliado del Estado en la lucha contra las drogas”, e, incluso, intelectual del sicariato. ¡Qué sandez! Todo un monumento a la temeridad y la mala fe. Pero el verdadero y único “pecado” de él, cuál es?: que ha enhestado bandera de lucha contra sectores agrarios atrasados, contra el caciquismo rural, por un lado; y por el otro, enfrentar con firmísima convicción a sectores políticos y económicos del país y del exterior ligados a actos criminales, negocios corruptos y lavado de dinero. Contra esos poderosos intereses han sido libradas las batallas más duras de “las guerras de Vincho”, jurista que ha tenido verdaderos combates gladiatorios sindicando a personajes políticos de haber ordenado asesinatos de ciudadanos que han capturado la atención de la comunidad nacional. Exigiendo justicia se le han lanzado todo tipo de calumnias “que todavía no cesan”, que salen de un conglomerado político y de sus adheridos que con vehemencia le acosan, pero cargados de crímenes y corrupción contra el Estado, y que se esfuerzan con denodado interés de anclar su propia impunidad.

Así que en esta interminable “historia de guerra” del doctor Castillo, más inquietante que sus planteamientos de orden político, son sus constantes señalamientos de evidencias de vínculos existentes de estos adversarios con estructuras mafiosas que han infiltrado el poder político y el Estado. He aquí donde las guerras del doctor Castillo han tomado los matices más intensos, pues sus constantes denuncias sobre el establecimiento de relaciones íntimas, entre algunas formas, a través de la financiación de campañas electorales por sectores del crimen organizado a favor del partido en el cual las evidencias rodean con más precisión sus acusaciones, son irrefutables. Salta  a la vista que el país se ha convertido de puente a un centro de operaciones y distribución, y esta transformación ha incidido en la escalada de violencia que arropa la nación”.

Su fortaleza moral es tal que si quisiera “que no lo hace” vanagloriarse de nunca haber sido sometido a la dimisión moral a la que sí sus enemigos han sido obligados a recurrir, el doctor Castillo no hace gala de ello aunque sí nunca ha renegado de su estirpe política. ¿Haz visto usted, amigo lector, alguna acusación por asociación ilícita en su contra? Lo que no es ocultable es como estos personajes vienen transmutándose de buey manso a buitres, poniendo al desnudo la insolvencia y la nula integridad moral, y con culpas graves en los problemas nacionales, y sin embargo, solo han recibido el reproche de él para todavía seguir tratando de encandilar a jóvenes que desconocen su pasado que indigna a toda persona decente. Esa es la razón de que sean guerras sin fin, hasta la rendición. Son como las Guerras Púnicas entre Roma y Cartago: hasta la destrucción total de la República Africana.

Los grandes debates nacionales de los últimos 50 años llevan sus huellas dactilares y de paso han afianzado su imagen de abogado de la República como él prefiere llamarse; con su espíritu querellante alzando su voz contra el cinismo y la falta de escrúpulos erigidos como sistema de gobierno. Él neutraliza al adversario sin tener que cambiar pruebas por ruido, degradando la megalomanía y el afán de grandeza, por el efecto de la fuerza indomable de sus argumentos. En esta nueva guerra, no menos agresiva que las anteriores, donde tenía que soportar la obscena casta de privilegiados que le atacaban desde sus trincheras, ahora él lucha  acompañado de un contrapoder mediático de aguerridos comunicadores que rápidamente han zarandeado y sacado de combate a sus agresores.

No se puede ignorar la dimensión trascendente que tiene “y seguirá teniendo” el excelso jurista.

 

Jean Kammerer, un cura en el infierno Nazi

Entry gate, Dachau Concentration CampDachau, G...

 

Aferrarse a la supervivencia es el título del bello folleto de la monja Elija Bossler, luego de entrevistas y conversaciones con algunos de los supervivientes del campo de concentración de Dachau, sito a pocos kilómetros de la bella ciudad alemana de München, apodada en italiano la Mónaco de Baviera (München significa monjecito). Esta risueña monja carmelita vive en el convento Heilig Blut de Dachau, edificado en antiguos terrenos del campo de concentración nazi, y su trabajo, iniciado en los años sesenta ha consistido en acercar aquella historia inhumana y vital a las gentes de nuestro tiempo, que en muchas partes sigue tan bestial e inhumana como entonces.

En 1995 Jean Kammerer publicó un libro: “Mémoire en liberté. La baraque des prêtes à Dachau”, que era el diario que este cura católico francés había ido escribiendo en el llamado “barracón de los curas” (Priesterblock), el bloque 26 de los 34 del campo de concentración de Dachau.

Jean Kammerer fue uno de los más de 2700 religiosos (2579 curas católicos, 109 pastores protestantes, 22 ortodoxos griegos, 8 viejos católicos maronitas y 2 musulmanes) que padecieron la bestialidad de aquel campo de concentración, que se erigió el 22 de marzo de 1933 para presos políticos, duró 12 años y en el que penaron (en él y en sus numerosos campos dependientes de él y denominados Aussenlager) más de 200000 personas de toda Europa, falleciendo más de 41500. Los que aún vivían fueron liberados el 29 de abril de 1945.

Jesús Martínez Gordo nos recuerda que este cura francés, Jean Kammerer, que el 29 de octubre de 1944 y con sotana raída de cura comprometido traspasó aquella puerta de hierro con la mendaz leyenda Die Arbeit macht frei (el trabajo hace libres), la conocida Jourhaus -la única entrada al campo-, murió este invierno de 2013 a los 94 años tras dejarnos un relato amargo, en el que también su diario de cura deja pruebas evidentes de que la sociedad concentracionaria, los campos de concentración y las cárceles del mundo, han sido concebidas para que los prisioneros terminen volviéndose todos contra todos, para embadurnasrse de miseria e instinto de supervivencia, para la deshumanización de sus habitantes. El agarrarse a la vida con uñas y dientes, allí donde a diario morían entre 100 y 150 personas de hambre, de tifus, tristeza, soledad y desesperanza, tiene estas consecuencias inhumanas, bestiales, salvajes.

Otro libro ilustrativo sobre el mismo campo de Dachau, “Cuentos de Dachau” de Joseph Rovan, relata también su experiencia y recalca la misma constatación: “Un domingo por la mañana, varias semanas después de la llegada de los grandes convoyes franceses, los fieles que querían ir a misa se encontraron la puerta cerrada y detrás de ella, armados con garrotes, a los pastores protestantes, a quienes sus colegas católicos habían pedido que se transformaran en policías. El asunto tuvo gran repercusión: sacerdotes protestantes empleados por curas católicos para impedir que los creyentes franceses cumplieran con su deber dominical…”. Y ambos autores, ironías del destino, nos narran que en Dachau vivió también su calvario el obispo francés de Clermont-Ferrand, monseñor Piguet, a su juicio, un hombre excelente sin demasiadas luces políticas, incondicional de Pétain pero que, mezclado con miembros de la resistencia francesa, terminó encerrado en el campo de concentración de Dachau.

Jean Kammerer narra cómo, una vez liberado, pudo hablar con el cura de Dachau sobre el grado de conocimiento que tenían de lo que estaba sucediendo en aquel recinto. Éste le comentó que “se sabía y no se sabía. En cualquier caso, no se hablaba de ello”.

Ese eterno mirar a otra parte en asuntos comprometidos y de calado humano, constatación que uno percibe a diario y que como tam tam machacón nos recuerda el escritor Miguel Sánchez-Ostiz en su excelente libro “El escarmiento”