Antonio García Vásquez: El plan intelectual y político del 30 de mayo

POR JOSÉ RAFAEL LANTIGUA

La acción patriótica del 30 de mayo de 1961, que cumplirá cincuenta y dos años el próximo jueves, fue un proceso que, a nuestro juicio, se manejó dentro de cuatro ejes pocas veces resaltados.
El eje central fueron sus dos fundamentales protagonistas: Antonio de la Maza Vásquez y Juan Tomás Díaz, líderes absolutos del movimiento conspirativo. Ambos conforman el tándem motivador que lidera el episodio. En razón de la ubicación de origen de los dos constructores de este supremo acontecimiento histórico, el eje geográfico de la trama se establece entre Moca y La Vega, que es donde en sus inicios se columpian los diálogos, planeamientos, coincidencias y divergencias del proceso.
Un tercer eje que llamamos grupal está conformado por los estadios que integran la conspiración, algunos no comunicados entre sí. Díaz crea un grupo a su alrededor y de la Maza hace lo mismo. Pero, a su vez, Modesto Díaz, hermano de Juan Tomás, incorpora a Miguel Angel Báez, Luis Amiama Tió, Huáscar Tejeda y Roberto Pastoriza. Por su parte, Antonio de la Maza tiene ya incorporado a su primo Antonio García Vásquez, quien forma parte del grupo que realiza las primeras reuniones formales de la trama en la casa de Juan Tomás en Santo Domingo, solo compuesto por los dos líderes del movimiento, a más de Modesto y Miguel Angel. De la Maza integra además a sus hermanos Mario y Ernesto (ambos con roles específicos), Antonio Imbert Barrera, Salvador Estrella Sadhalá, Tunti Cáceres y a Miguel Angel Bissié que realizaría una de las tareas más peligrosas como la confección de juegos de placas, el recorte de escopetas utilizadas luego en el magnicidio y el cuidado y transporte de las mismas que eran llevadas dos veces por semana a las reuniones en casa de de la Maza en Santo Domingo, lo cual constituía un riesgo enorme en el estado de espionaje y delación reinante. El sistema celular se desarrolla, ampliando el núcleo de la conspiración. Van insertándose en este eje grupal el teniente Amado García Guerrero, Pedro Livio Cedeño, Angel Severo Cabral, Manuel de Ovín Filpo y el general Román Fernández, quien llega al proceso de manos de Luis Amiama Tió.
Es interesante resaltar que otras personas, civiles y militares, son contactadas por los líderes del grupo y sus principales colaboradores. Algunos desestiman su participación y otros ejercen acciones puntuales en procura del objetivo tiranicida. Entre los primeros, se guarda el secreto y la trama sigue su rumbo.
El cuarto eje es la contribución intelectual de Antonio García Vásquez. Y decimos intelectual no porque fuese un simple manejador de ideas, sino porque estableció estrategias políticas (en las que entendemos colaboraron Modesto Díaz y Severo Cabral), elaboró la proclama que sería leída por la radio, presionó al grupo sobre la importancia de pensar más allá del suceso liquidador de la dictadura y, algo que creemos relevante: fue un mediador constante entre los dos integrantes del eje central. Sirvió de receptáculo de las confidencias de Juan Tomás sobre “el monstruo” como éste llamaba al dictador, y fue una efectiva correa de transmisión entre Díaz y de la Maza, viajando con frecuencia entre Moca y La Vega para llevar recados, recoger noticias, incitar iniciativas, mover resortes y presionar decisiones que apuraran el desenlace. De ahí que en las memorias de García Vásquez se puede constatar que nadie como este instruido y arrojado profesional construye el perfil humano y patriótico de los líderes de la trama, así como el perfil conspirativo en general, debido a que es el único que aparece inmerso en las dos tiendas del bazar magnicida: el militar y el intelectual o político.
Resulta obvio que el grupo militar que, prácticamente, eran todos -salvo quizá García Vásquez, Modesto Díaz y Severo Cabral- solo daba importancia al hecho concreto de la eliminación física del dictador, por lo que en la “noche de autos” como llama García Vásquez al acto magnicida del 30 de mayo, la tesis política se vino abajo porque el primer grupo confió el éxito de la operación en la acción que llevarían a cabo Román Fernández y Amiama Tió, que nunca se ejecutó.
Algunos que minimizan interesadamente el espíritu patriótico de la gesta del 30 de mayo, debieran leer las memorias de García Vásquez para conocer cómo, desde varios años antes, tanto Díaz como de la Maza habían estado, cada uno por su lado, intentando acabar con los desmanes de la dictadura. Naturalmente, en una acción de este tipo hay que concentrar todas las energías en la acción militar -que era, al fin y al cabo, el oficio central de los dos líderes de la conjura-, pero este hecho mismo se inscribe dentro del halo patriótico de la gesta porque había que estar fuertemente imbuido de la necesidad de cambiar el destino del país, sacudido por tres décadas de abyección y criminalidad política, para poder llevar hasta sus últimas consecuencias el propósito planificado.
García Vásquez es pues, sin dudas, el tronco intelectual de toda la gesta conspirativa que culmina el 30 de mayo de 1961, pero que pudo haber tenido lugar antes o después. Por ejemplo, el 3 de junio cuando el dictador presidiría un desfile en su honor en la ciudad de Moca. De la Maza y García Vásquez preparan una estrategia para acabar allí mismo, en plena tribuna, con la vida del Benefactor. El abogado mocano, como parte del plan, convence al gobernador Frank Rodríguez y al diseñador de la tribuna, el artista Poncio Salcedo, para que disminuyan la altura de la balaustrada, argumentando razones estéticas y de comodidad para el Jefe, como escribe García Vásquez. El propósito era que su pecho quedase a descubierto y en medio del desfile desde una de las carrozas, previamente preparada con planchas de hierro sobrantes de la reparación del tanque del acueducto de Moca, en la que irían García Vásquez y otros cinco o seis hombres más (de la Maza no iría tal vez, porque resultaría muy sospechosa su presencia en ese vehículo) se dispararía contra el dictador y los hermanos suyos que les acompañaban. Ya se temía que Trujillo estuviese al tanto de la trama (de hecho, ya el gobernador de Santiago había puesto en conocimiento del tirano lo que se proponía Antonio de la Maza) y querían apurar el desenlace. Gracias al aviso temprano, el 30 de mayo, del teniente García Guerrero y la confirmación de Miguel Angel Báez Díaz la noche decisiva, el magnicidio se consume en la fecha que conocemos.
Lo que busco resaltar en este nuevo aniversario de la gesta que puso fin a la Era de Trujillo, es la singular contribución de Antonio García Vásquez a la misma, en condiciones similares o superiores a los demás valiosos integrantes del proceso conspirativo y del acto contra el tirano. Además de participar activamente en toda la trama desde sus inicios, cuando no habían llegado los demás, de su vínculo entrañable con los dos líderes de la conjura y de sus constantes observaciones y diligencias clave, García Vásquez pudo haber encabezado la temeraria y desesperada acción magnicida en Moca el 3 de junio. Pero, del mismo modo, iba a realizar otra acción valiente, que de haberse llevado a cabo como se planeó hubiese dado un giro político fundamental al hecho patriótico del tiranicidio: asaltar La Voz Dominicana y utilizar sus frecuencias para leer un manifiesto anunciando el fin de la dictadura.
Como parte relevante de esta trama, García Vásquez había barajado con Díaz y de la Maza los nombres de las personalidades que podrían encabezar un gobierno provisional una vez muerto el tirano, sugiriéndose a Enrique Apolinar Henríquez, Viriato Fiallo, Juan Bosch, Rafael Bonnelly, Angel María Liz, Emilio de los Santos y a Modesto Díaz. El plan político y los primeros decretos ya García Vásquez los tenía redactados. Y el plan político era el siguiente:
1/ Fusilamiento de los hermanos del tirano (Juan Tomás quiso exceptuar a Héctor Bienvenido, pero de la Maza dijo que igualmente lo liquidaría). 2/Deportación de las hermanas y parientes del dictador. 3/ Proclamación de Juan Tomás Díaz como jefe de las Fuerzas Armadas. 4/ Arresto de personeros del régimen, quienes serían juzgados por un tribunal especial. 5/ Los bienes de la familia Trujillo y sus asociados se declararían de inmediato propiedad del Estado. 6/ Se ordenaba el cierre inmediato de las fronteras y los exiliados entrarían cuando se tuviese total control de la situación. 7/ Se cortarían totalmente las comunicaciones la misma noche del ajusticiamiento. El plan incluía integrar a Joaquín Balaguer, que era el presidente títere, para que dictase los decretos y si no accedía llevarlo al Palacio a punta de pistola para que anunciase que asumía el poder, aunque pronto se formaría un gobierno colegiado con Modesto Díaz a la cabeza.
Antonio García Vásquez es pues uno de los héroes olvidados de la conjura del 30 de mayo. Siempre he sostenido que había que tener mucho coraje personal para estar presente la “noche de autos” en la carretera que conduce hacia San Cristóbal y sostener un intercambio a tiros con el dictador y su chofer Zacarías de la Cruz. Junto al valor de Antonio de la Maza, hay que destacar el arrojo extraordinario de Antonio Imbert, Salvador Estrella, García Guerrero y los demás conjurados en aquella cita decisiva. Igualmente, ha de valorarse la admirable contribución de Bissié, de los demás conjurados que, como el propio Juan Tomás no participaron del acto casi suicida de la avenida pero que fueron piezas fundamentales del armazón tiranicida. Y en especial, de Antonio García Vásquez, quizá y sin quizá después de Díaz y de la Maza el más activo coordinador de toda la trama que dio al traste con la dictadura y propició el camino de libertad y democracia que, con altas y bajas, hoy disfrutamos todos los dominicanos. Hora es ya de que demos el puesto de honor que merece en esta historia el doctor Antonio García Vásquez.
(Sugerimos la lectura de El 30 de mayo es una fecha sin padrino de Antonio García Vásquez. Colección especial 30 de mayo: puerta a la libertad. Editora Nacional: 2012/ 139 pp.)
Antonio García Vásquez estableció estrategias políticas (en las que entendemos colaboraron Modesto Díaz y Severo Cabral), elaboró la proclama que sería leída por la radio, presionó al grupo sobre la importancia de pensar más allá del suceso liquidador de la dictadura y, algo que creemos relevante: fue un mediador constante entre los dos integrantes del eje central.