Peso histórico le abre paso al coronel de Abril

 

Raúl Pérez Peña (Bacho)
columnapancarta@gmail.com

¿Qué es una fecha patria? ¿Cuántas hay aquí durante el año?

Anote el 28 de abril como fecha patria.

No hay competencia entre una fecha patria y otra. Faltan reconocimientos a días que marcan un antes y un después en nuestra historia.

También llegará el momento de comenzar a designarse un “nunca más”.

El 28 de abril conmemorarse un nunca más a una intervención norteamericana y la respuesta heroica de Caamaño.

Pero eso le llaman el coronel de abril. Eso es más significativo que lo llevaran al panteón nacional, donde “no están todos los que son, ni son todos los que están”.

Igual sucede con Rafael Tomás Fernández Domínguez.

Faltaría la ocurrencia de “ascenderlo” a general.

Pero que no lo degraden por haber sido el militar político que sepultó en el vertedero de la historia a los militares políticos que tumbaron a Juan Bosch, facturando y cobrando su cuartelazo.

Entonces, es el peso histórico de Caamaño que impone que le abran paso al panteón nacional.

Eso entraña reconocer que Caamaño llegó con la frente en alto, no por cortesía

No han “glorificado” a un Caamaño “light”.

¡Cuidado con eso! Un Caamaño “light” no es un arbolito de navidad, ni un globo  cumpleañero.  Tampoco es un “certificado de buena conducta”.

En consecuencia, precisa recordar que ese Caamaño no “light” seguirá siendo el coronel de abril. ¡Moral en alto contra el intervencionismo!.

El coronel de abril  hizo conciencia patriótica, por su sensibilidad social.

En horas, la conciencia patriótica y la sensibilidad social se hicieron sentimiento y visión revolucionaria.

De ahí el gran salto cualitativo, concienzudo, en Francisco Alberto Caamaño Deñó.

Ese fue el Caamaño revolucionario del histórico discurso de juramentación como Presidente Constitucional de la República Dominicana en Armas.

“No me lo mataron. Ni con la distancia, ni con el vil soldadoÖ” que resultó un general

¡Francisco Alberto Caramba!

 ´ Ellos contaron el cuento,

Francisco Alberto

Y ellos no lo creyeron

Que tu te has ido no es cierto

Tu estas viviendo en el pueblo..”

El coronel de abril, es el coronel del puente Duarte, con el pueblo armado.

Del edificio Copello, del parque Independencia.

Fusil en alto contra la pisada criminal de las botas extranjeras.

Eso es lo que mide el tamaño de Caamaño.

“Los atentados en Boston benefician al aparato represivo y la política belicista estadounidense”

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El análisis de James Petras
El sociólogo norteamericano James Petras esclareció este lunes en Radio Centenario (*), los cabos sueltos que quedaban tras los atentados de Boston. Para eso se preguntó quién se beneficio con los mismos y a continuación fue terminante: “la posición política y económica del aparato de Seguridad estadounidense”, ya que se fortalece la militarización y la ‘lucha contra el terrorismo’ que estaba muy desprestigiada en los Estados Unidos; Israel que a partir de esto se anunció que recibirá “más de 5.000 millones en ayuda militar adicional que facilita una agresión contra Irán”; y también, debilita a la oposición a los recortes sociales estadounidenses ya que “se desvía la atención de la gente hacia el problema del terrorismo, mientras el Congreso y la Casa Blanca están avanzando en los recortes sociales”. Lo que sigue es la trascripción de la Columna de James Petras del lunes 22 de abril.

Efraín Chury Iribarne: Como cada lunes en este espacio recibimos el análisis que tiene preparado en los Estados Unidos James Petras, a quien ya le estamos dando la bienvenida. Buenos días ¿cómo está?

James Petras: Estamos bien, tratando de analizar las noticias de hoy y hacer algunos comentarios medianamente inteligentes.

EChI: Sabemos que tus comentarios son siempre inteligentes y la gente, por lo menos aquí en el sur así los valora.

Bueno, para comenzar si le parece planteamos dos temas, por un lado darle seguimiento a la situación de Venezuela y por otro, que dejó las elecciones de este domingo en el Paraguay. También está el tema Boston.

JP: Podríamos empezar con Venezuela y después volver a tocar algunos temas vinculados con los atentados en Boston porque hay varios cuestionamientos que están surgiendo bastante complicados y controversiales. Pero empezamos con Venezuela.

La primera cosa que hay que anotar es que el nuevo gobierno de (Nicolás) Maduro ha tomado algunas medidas muy enérgicas y muy justas. Han anunciado una serie de medidas, encarcelando a los asesinos que mataron a ocho activistas chavistas el pasado lunes y martes. Y es una buena señal de que el gobierno no va a tolerar la impunidad ni la violencia de los terroristas de la oposición. Porque ya sabemos que Enrique Capriles tiene un prontuario violento desde el golpe de Estado de 2002 donde estuvo activamente involucrado en el asalto a la Embajada Cubana.

Después, el juicio pendiente donde coincidentemente mataron al procurador Danilo Anderson que era el encargado de la persecución de Capriles, donde existe la fuerte sospecha de que personas vinculada con Capriles estuveran involucrada en el coche bomba.

Es una buena señal de que Maduro va a actuar con más fuerza contra la violencia y el terrorismo sembrado por la oposición.

Más allá de eso han anunciado varias medidas contra oficiales corruptos en el gobierno. Estas son grandes reivindicaciones popular– la lucha contra la delincuencia, ya sea política o simplemente criminal, y el gobierno han tomado estos primeros pasos.

Segundo, lo importante es que busca en este momento revitalizar la economía y ha nombrado nuevo ministro de Finanzas y han fortalecido el Ministerio de Energía Eléctrica, que son otros problemas que deben arreglar.Porque las finanzas en el último período no marcharon bien, muchos intermediarios están comprando dólares baratos y vendiéndolos en el mercado negro fomentando así la inflación y encareciendo el costo de la mercancía importada.

Y también los apagones eléctricos que son una táctica favorita de la oposición para fomentar el caos. Ahora, con el nuevo ministro Jesse Chacón tenemos una persona que tiene la firmeza y la eficiencia para arreglar y enfrentar este problema.

Más allá de eso, Venezuela está preparándose para revitalizar los programas sociales y tiene proyecto para profundizar la expansión de la participación productiva de la población. Y eso hay que verlo, porque los planteamientos generales no siempre tienen resultados en el impacto que tienen sobre la Economía.

En otras palabras el gobierno está tomando cuenta de que debe lanzarse ya, pero manteniendo la seguridad y actuando con más energía contra las fuerzas que están sembrando el caos.

Hasta ahora el gobierno de (Barack) Obama está jugando la carta dura. No ha reconocido el gobierno, a pesar de que casi todo el mundo reconoció los resultados. Washington está en un proyecto ofensivo, tratando de derrocar gobiernos y apoyando candidatos de la derecha. Una contrarreforma, una contrarrevolución, que es ya plenamente evidente en países como Honduras y ahora con el nuevo presidente del Partido Colorado en Paraguay, el multimillonario Horacio Cartes.

Washington está tratando de revertir los cambios de la década pasada y buscando debilitar el Mercosur, la Unasur con estos planteamientos y agresiones. No han aceptado ninguna organización regional, ningún cambio político, quiere volver a los años ‘90 donde tenía toda una serie de gobiernos neoliberales. Y está en este camino.

Venezuela, Argentina, Ecuador y otros países deben entender que Washington está en una onda agresiva y va a utilizar las instituciones -como en Venezuela, o sea, auditar elecciones y otros planteamientos simples- como trampolines para fomentar la lucha golpista y desgastar los gobiernos. No hay que esperar ninguna tregua, ninguna conciliación, Washington está en un camino de confrontación.

La idea de Maduro de aplicar mano dura me parece la única respuesta, siempre que esté combinada con un programa de revitalizar la economía, las Misiones sociales y las instituciones que fomentan la participación popular.

La mejor defensa es una ofensiva contra la nueva agresión norteamericana.

EChI: En esta suerte de revitalización de lo que en Estados Unidos se publicita como el terrorismo. ¿Qué pasó concretamente en Boston? ¿O qué se sabe hasta ahora?

JP: En Massachusetts se aplica un tipo de Ley marcial, la policía, la guardia nacional, coparon toda la ciudad de Boston, los suburbios y estaban en control de todo lo que pasaba por las calles, por los aviones, por el transporte público, fozosamente entraran casas.

Ahora, la pregunta que uno tiene que plantear es si Washington tenía algún indicio de que los acusados estaban planificando algo?. Y hay algunas indicaciones de si; por ejemplo, la Policía Federal admitió que sus efectivos estaban involucrados en una entrevista o en un interrogatorio con el principal actor acusado y las agencias Rusos informaron a Washington sobre la necesidad de seguir a este individuo.

En tanto, el padre y la madre de los acusados dicen que la Policía Federal fabricó o hizo provocaciones para involucrar a sus hijos en esta acción.

Ahora, estas indicaciones sugieren que Washington podría estar explotando el descontento de este señor involucrado y precipitando o facilitando el acto, para después relanzar esta guerra contra el terrorismo.

Hay que recordar que en los últimos años hemos dicho que el antiterrorismo en Estados Unidos ha caído en mucho desprestigio y poca eficiencia. Después del 9/11, años y años, de gritar lobo– la gente se cansa.

Y en este momento sale un acto sin ninguna preparación, sin ninguna técnica importante, con personas que ni se disfrazan en el acto, frente a las cámaras que están montadas en todos los rincones y esquinas del país… Era evidente que iban a identificarlos, no hay ninguna otra forma de decirlo, no hay ningún descubrimiento de las caras de los actores.

Ahora, en el día de ayer, el asesor de Israel dice que ahora con este acto de terrorismo el pueblo y el gobierno norteamericano van a estrechar relaciones con Israel porque ‘somos los principales enemigos del terrorismo islámico’.

En otras palabras, Israel anunció que ellos se van a beneficiar del acto terrorista y de repente Washington anuncia que va a vender o a entregar a Israel más de 5.000 millones de nuevas armas capaces de atacar a Irán.

O sea, el presupuesto de aparatos de Seguridad va a aumentar,El peso político del antiterrorismo recupera fuerzas.El gobierno ahora tiene mano libre de relanzarse en el Medio Oriente, supuestamente en la lucha contra el terrorismo. Y todos los factores reaccionarios de poder que estaban en repliegue, ahora están en una situación mucho más fuerte, con gran respaldo público por las víctimas y por la campaña masiva de los medios de comunicación aterrorizando a los pueblos y haciendo acusaciones sin ninguna prueba.

Es decir, ya juzgaron a los dos acusados como culpables sin ningún esfuerzo de entender qué relaciones podrían tener con las autoridades y otros grupos.

Ahora, los chechenos tienen su centro en Estados Unidos, en Boston. Tienen vinculaciones con la Universidad de Harvard y con el gobierno norteamericano. Hace años vienen recibiendo subvenciones y muchos personajes como los Rudy Giuliani, el ex alcalde de Nueva York, y otros reaccionarios, son afiliados a un grupo de apoyo a los chechenos terroristas.

Ahora, los chechenos terroristas siempre en el pasado actuaban contra Rusia, pero entre ellos haber muchos chechenos musulmanes vinculados con Washington en las luchas en el Medio Oriente y algunos en contra de Washington. Con los talibanes y ahora los involucrados en Siria. Hay individuos y grupos chechenos involucrados en diferentes lugares conflictivos.

Tienen antecedentes de terrorismo en Rusia donde mataron a más de 300 personas en una escuela y docenas en el metro de Moscú; y otros.

Tienen antecedentes. Pero también vínculos con el servicio secreto de EE.UU.

Entonces, hay muchas preguntas y debemos examinar, por ejemplo, la acusación de los padres, la madre particularmente, de los sospechosos diciendo que ella está segura de que la Policía Federal norteamericana seguía a sus hijos desde hacía dos años por lo menos, desde que llegaron a la madurez; y asegura que ella sospecha que montaron todo eso y los utilizan como chivos expiatorios.

Bueno, en parte puede ser que la madre trate de salvar la vida de su hijo, pero por otro lado debe saber algo más que lo que la prensa está contando. Además, el gobierno niega todos los derechos constitucionales al sobreviviente en el hospital; dice que no tiene derecho a un abogado, no tiene derecho de habeas corpus, no tiene ninguna necesidad de presentar algunas pruebas antes de interrogarlo. O sea, pueden interrogarlo indefinidamente sin ningún proceso legal.

¿Y por qué quieren aislarlo, interrogarlo e imponer los resultados unilateralmente frente a las noticias? ¿Por qué no le permiten un abogado?

(Nota: Aquí se cortó la comunicación que se retoma minutos después)

EChI: Petras, se nos cortó la comunicación cuando tú venías narrando el caso de los chechenos acusados de ser los autores de lo que pasó en Boston.

JP: Bueno, el hecho es que hay muchos cuestionamientos.

Primero por el hecho de que la Policía Federal tenía noticias de sus actividades con los grupos en Rusia. Segundo, tenemos información de parte de los padres de los sospechosos, de que la Policía Federal estaba involucrada en investigaciones y estaban monitoreando las actividades de los dos jóvenes desde hacía un buen tiempo.

Ahora, si analizamos las consecuencias del acto: ¿quién se beneficia con esto?

Primero, la Policía Federal y todo el aparato de seguridad es el gran beneficiario porque estaban muy desprestigiados. Llevan años agitando el antiterrorismo, con enormes presupuestos asignados mientras se suceden los recortes sociales y presupuestales. En cambio, ahora tienen mucho prestigio, han sembrado otra vez la idea del terrorismo pendiente, etc.

En segundo lugar, Israel. Que según se supo ayer, que a partir del acto terrorista en Boston ellos van a recibir más de 5.000 millones en ayuda militar adicional que facilita una agresión contra Irán.

En tercer lugar, tenemos el hecho de que en el último período hemos encontrado varios incidentes donde musulmanes cayeron en trampas de provocadores que incitaron a acciones violentas para justificar la captura y procesamiento judicial, mostrando que el terrorismo existe como un factor en la política norteamericana.

Otro asunto a tener en cuenta es que en este momento sigue avanzando en Washington el debate sobre los recortes sociales pero con menos atención. O sea, esto es una gran distracción para el pueblo que está contra los recortes sociales, se desvía la atención de la gente hacia el problema del terrorismo, mientras el Congreso y la Casa Blanca están avanzando en los recortes sociales.

Entonces, sirve para fortalecer la posición política y económica de aparato de Seguridad, fortalece la militarización, armas más avanzadas para Israel para atacar Irán y también debilita la oposición contra los recortes sociales.

Por estas razones uno tiene que preguntarse: ¿por qué el gobierno no quiere permitir un abogado presente durante el interrogatorio del acusado en el hospital? Porque quieren negar todas las garantías constitucionales y protecciones de la Ley y simplemente quedar con un interrogatorio controlado por la Policía, sin ninguna observación de los derechos del acusado.

Por esta razón mucha gente está cuestionando estos procedimientos.

¿Por qué no investigamos la influencia que tiene la Policía Federal en los meses, días y semanas antes de este acto?

¿Y cómo estas dos personas pueden hacer un acto sin disfraces bajo las cámaras que están en todos lados, sin ninguna precaución?

Obviamente cayendo en una trampa de cámaras y policía.

O eran muy ignorantes, incapaces de entender el contexto de su acto, o bien alguien plantó la idea y ellos lo llevan a cabo, pero por intereses fuera de sus ideologías, más como una manera de consolidar un poder policial en Estados Unidos.

Por lo menos hay muchas preguntas y todavía no hemos recibido ninguna respuesta.

EChI: ¿Y qué pasa con esos sobres que han llegado con veneno a varios personajes? El tema es que todos han sobrevivido al recibimiento de esos sobres. ¿Qué es eso concretamente?

JP: Bueno, en este caso parece que pescaron a un ultraderechista que estaba a favor de las armas más pesadas sin controles y lanzó estas cartas de amenazas con veneno. Eso ha pasado en diferentes ocasiones.

En este momento no hay nada más que un individuo involucrado. Pero hay muchos ultraderechistas en este país, cada día hay algún tiroteo, hay grupos armados de la derecha que tienen mucho poder para proteger sus propias milicias y el uso de armas en cualquier lugar, incluso pueden llevarlas en público, como los vaqueros del siglo pasado.

En otras palabras, es un país peligroso, no sólo por las injusticias sociales y oficiales, sino también por las amenazas que vienen de grupos armados con protección de la Constitución y de los congresistas.

EChI: Bien James Petras, el gusto de haber hablado contigo, que nos hayas aclarado una cantidad de cosas, así que lo único que resta es decirte muchas gracias por todo esto y que nos reencontramos el próximo lunes.

JP: Muy bien, gracias por la invitación y espero continuar con esto, esclarecer algunas cuestiones sobre lo que pasó en Boston en el último período. Porque más allá de Boston, están en juego todos los derechos democráticos frente a esta ofensiva de las fuerzas represivas.

Gracias.

Un saludo a la audiencia.

 

La crisis de la izquierda y la izquierda oficialista

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Los cuadrantes de nuestro mapamundi político se desdibujaron entre 1973 y 1989, y ya no volvieron a trazarse con claridad para una parte significativa de la izquierda: la izquierda oficialista. Desde entonces, aunque derecha-izquierda son coordenadas que siguen inspirando muchos análisis académicos y la práctica de los distintos profesionales de la política, se fueron vaciando de significado para sectores crecientes de la población, y particularmente para quienes organizan la resistencia social al margen o contra esas mismas definiciones del campo político. Durante ese intervalo histórico “democracia” se convierte en la retórica renovada de una lingua franca en boca de las élites emergentes; paralelamente los procedimientos electorales se imbrican más y más en las dinámicas de reproducción ampliada del capital, actuando como su fuente de legitimación: doble movimiento característico de nuestra versión financiarizada de la democracia –ese fetiche que nos llegó como unculto cargo o una mercancía venida del más allá colonial, producto de las relaciones históricas de dependencia o subordinación económica, política, cultural y militar respecto a los centros de acumulación centroeuropeos. Fue justamente esa apropiación e instrumentalización del discurso democrático y de sus procedimientos electorales lo que constituyó durante ese período la estrategia principal de acceso y reproducción en el poder de las élites emergentes –lo que nosotros conocemos como la (mal) llamada Transición, en esencia un tránsito hacia Lo Mismo. Lo fundamental de esa renovación de la relación de las élites con sus poblaciones fue la transmutación del valor político del voto, reconvertido ahora en una tecnología de extracción de plusvalía simbólica o “legitimidad por las urnas” necesaria para la reproducción ampliada del capital: cada vez más vaciada de sentido la “participación política”, cada vez más desleída la relación de los partidos con sus electorados (reducidos a “opinión pública” o “intención de voto”), la estrategia electoral fue agotando su fuerza de transacción con el poder (herencia del pacto fordista-keynnesiano) y pasó a representar en el orden neoliberal un dispositivo ritual de consagración de unas élites ya establecidas en los puestos de gobierno; es decir, de unos gobernantes que sólo buscan (y necesitan) el consentimiento formal de sus gobernados.

Así vista, la democracia como teodicea política –y el voto reconvertido en su expresión ritual-, ya no es, como dice Rancière, “el poder propio de los que no tienen más título para gobernar que para ser gobernados”, sino inversamente, el emblema que hacen valer las élites emergentes como argucia para acceder y reproducirse en el poder. Minimizada entre tanto a la condición de “partidos minoritarios”, la izquierda oficialista fue domesticada en las buenas maneras de la democracia, ese gobierno de las pasiones medias, las ideas medias y las personas medias. La naturaleza tan dócil e inofensiva de la izquierda oficialista hay que entenderla como resultado de su subalternidad asumida, su carácter de sujeto revolucionado, es decir, de sujeto que es transformado aceleradamente por la voluntad y la acción de otro, a saber, por las fuerzas efectivamente revolucionarias, admitámoslo: los sectores neoliberales de la derecha política, económica y social. Sin cuadrantes en nuestro mapamundi político la dictadura de la democracia se fue instalando en todas las mentalidades como el menos malo de los gobiernos posibles, a la vez que se iban desplazando acompasadamente los actores en el tablero bipartidista: la derecha de toda la vida derivó a la extrema derecha, la socialdemocracia a la derecha liberal, la izquierda “verdadera” a la socialdemocracia… y así las aspiraciones emancipadoras de las mayorías sociales quedaron huérfanas de representación, y esto es lo que las retiene actualmente en su genuina condición de irrepresentables. Por tanto, deberíamos indagar las causas de la auténtica “crisis de la izquierda” en ese acatamiento sin fisuras del vocabulario, de las maneras y, en definitiva, de la cosmovisión política de la derecha, su consentimiento para ser gobernados democráticamente, es decir, de acuerdo a los principios del gobierno liberal del capitalismo; unos principios de visión y división del campo político que, habiéndolos adquirido a lo largo de su socialización en la sociedad democrática y capitalista a la que pertenecen, les impide persistentemente romper con las normas del gobierno que los domina. Por decirlo en pocas palabras: la izquierda oficialista conserva unos esquemas de pensamiento y acción que no son congruentes con la actual configuración del campo político existente.

No estaría de más, por ello, volver reflexivamente sobre la historia de escisiones y autocensuras dentro de la propia tradición de los movimientos de clase para encontrar ahí otra clase de salidas a esta “crisis”. Recordemos la división histórica de la izquierda entre el posibilismo de las corrientes marxistas y el rupturismo de los movimientos anarquistas y libertarios. Digamos que la estrategia electoral se prestó (mal que bien) para librar la contienda parlamentaria en el período del desarrollismo keynnesiano, aglutinando y haciendo valer alrededor de partidos y sindicatos un programa (de mínimos) que ofrecía posibilidades de cumplimiento en aquel momento del desarrollo de las relaciones entre el campo político y las dinámicas económicas: finalmente no se consiguió el objetivo maximalista de establecer la Revolución, pero al menos la izquierda oficialista encontró acomodo en el seno del Estado de Bienestar y en la moqueta del Parlamento. Entre tanto, el movimiento anarquista prolongaba la descomposición orgánica de su tejido social y militante, objeto de una campaña de demonización –también por parte de la izquierda oficialista- que pronto lo asoció al desorden y a la contaminación del cuerpo social. Pero en el régimen democrático neoliberal el posibilismo de la izquierda oficialista ha entrado en una fase de rendimientos políticos decrecientes; sería el momento propicio, pues, para dejar de insistir en la enésima refundación del partido minoritario y volver sobre los propios pasos retomando la crítica libertaria a la democracia parlamentaria, aún hoy de actualidad, prestando atención a las formas anarquizantes que están mucho más inscritas en el sentir práctico de los movimientos y de las movilizaciones sociales –donde nuevas formas de liderazgos colectivos están alcanzando altas rentabilidades políticas. Volver sobre el legado libertario como fuente de inspiración y como base de una interpretación y análisis de la configuración actual del campo político, articulándose lejos del hacer maquinal de las organizaciones que tradicionalmente operaron como vehículos de representación, ahora tan funcionales para la maquinaria institucional.

Recientemente la muerte de Hugo Chávez ha puesto de manifiesto los atavismos políticos de esta izquierda oficialista. Vivida como la pérdida de un padre (querido), en las muchas declaraciones exegéticas y laudatorias que se han hecho de su figura persiste un sentimiento de orfandad política. A la voz de “el sur de Europa se latinoamericaniza” muchos han visto en la persona de Chávez la encarnación de las promesas en las que ellos mismos habían sido educados políticamente: ni más ni menos que el acceso al poder estatal de una organización socialista a través de la movilización de sectores crecientes de la población mediante la estrategia de la participación electoral en torno a un líder, con el fin de administrar (sin renunciar a) su propia economía capitalista. Ya sea para aventurar un horizonte posible de acción, ya sea para imitarlo al pie de la letra, sectores de la izquierda oficialista asumen vicariamente el modelo ejemplarizante de Venezuela. Ahora bien, estas traducciones de los procesos políticos latinoamericanos a nuestra propia experiencia local conjugan, por una parte, una lectura abstracta y abstraída de esos procesos como si fuesen autónomos o independientes respecto a las lógicas económicas, sociales y culturales que son específicas de los capitalismos regionales en los que se inscriben y, por otra, son expresivas de una búsqueda apresurada de estrategias políticas en los mismos repertorios problemáticos de siempre. Si bien las diferencias entre los dos contextos podrían multiplicarse en un ejercicio de comparaciones en todos los órdenes, las sobreinterpretaciones y generalizaciones conducen a proponer programas de acción extraños a nuestra propia historia y cultura política, a la configuración particular de nuestra economía capitalista y a su desarrollo reciente, a la composición demográfica de nuestra sociedad y a sus evoluciones previsibles, a las desiguales posiciones geopolíticas ocupadas, en suma, a dos escenarios tan disímiles que hacen dudar razonablemente de las posibilidades de tales recetas.

Transfigurando lo representado respecto a lo que se dice representar, la “crisis de la izquierda” es el resultado de las mismas distorsiones que inciden en los mecanismos de representación de la democracia parlamentaria en el marco de nuestro capitalismo regional, esa fata morgana que encandila a los partidarios del oficialismo. Así las cosas, la izquierda en crisis se enfrenta a una ordalía política: ¿insistir obcecadamente en el acatamiento de los mismos procedimientos que la han conducido a su obsolescencia?, ¿o bien replantearse sus principios reconvirtiéndolos en una acción desobediente frente al mandato de la democracia neoliberal? Responder a estas preguntas supondría reavivar las tensiones que históricamente han articulado las relaciones entre los distintos sectores de la izquierda, obligando al replanteamiento de la estrategia electoral y, con ello, de todo el mapamundi político que le ha servido tradicionalmente de guía, empezando por sus formas habituales de organización, de liderazgo y de militancia. Presentándose a sí misma como representante de aquello que le es ajeno, esta izquierda no parece capaz de construir un espacio político propio desde el cual generar un antagonismo que verdaderamente haga palanca en los resortes del poder instituido, y deje de funcionar así como una mera correa de transmisión de la dominación que dice criticar. Parece sensato, en definitiva, orientar la búsqueda de las causas de la “crisis de la izquierda” en la órbita de estas problematizaciones: la transmutación histórica del sentido político de la “democracia” en el marco de nuestro capitalismo regional, y consecuentemente la rutinización del carisma político del voto como dispositivo de regateo con el poder.

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

 

La crisis de la izquierda y la izquierda oficialista

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Los cuadrantes de nuestro mapamundi político se desdibujaron entre 1973 y 1989, y ya no volvieron a trazarse con claridad para una parte significativa de la izquierda: la izquierda oficialista. Desde entonces, aunque derecha-izquierda son coordenadas que siguen inspirando muchos análisis académicos y la práctica de los distintos profesionales de la política, se fueron vaciando de significado para sectores crecientes de la población, y particularmente para quienes organizan la resistencia social al margen o contra esas mismas definiciones del campo político. Durante ese intervalo histórico “democracia” se convierte en la retórica renovada de una lingua franca en boca de las élites emergentes; paralelamente los procedimientos electorales se imbrican más y más en las dinámicas de reproducción ampliada del capital, actuando como su fuente de legitimación: doble movimiento característico de nuestra versión financiarizada de la democracia –ese fetiche que nos llegó como unculto cargo o una mercancía venida del más allá colonial, producto de las relaciones históricas de dependencia o subordinación económica, política, cultural y militar respecto a los centros de acumulación centroeuropeos. Fue justamente esa apropiación e instrumentalización del discurso democrático y de sus procedimientos electorales lo que constituyó durante ese período la estrategia principal de acceso y reproducción en el poder de las élites emergentes –lo que nosotros conocemos como la (mal) llamada Transición, en esencia un tránsito hacia Lo Mismo. Lo fundamental de esa renovación de la relación de las élites con sus poblaciones fue la transmutación del valor político del voto, reconvertido ahora en una tecnología de extracción de plusvalía simbólica o “legitimidad por las urnas” necesaria para la reproducción ampliada del capital: cada vez más vaciada de sentido la “participación política”, cada vez más desleída la relación de los partidos con sus electorados (reducidos a “opinión pública” o “intención de voto”), la estrategia electoral fue agotando su fuerza de transacción con el poder (herencia del pacto fordista-keynnesiano) y pasó a representar en el orden neoliberal un dispositivo ritual de consagración de unas élites ya establecidas en los puestos de gobierno; es decir, de unos gobernantes que sólo buscan (y necesitan) el consentimiento formal de sus gobernados.

Así vista, la democracia como teodicea política –y el voto reconvertido en su expresión ritual-, ya no es, como dice Rancière, “el poder propio de los que no tienen más título para gobernar que para ser gobernados”, sino inversamente, el emblema que hacen valer las élites emergentes como argucia para acceder y reproducirse en el poder. Minimizada entre tanto a la condición de “partidos minoritarios”, la izquierda oficialista fue domesticada en las buenas maneras de la democracia, ese gobierno de las pasiones medias, las ideas medias y las personas medias. La naturaleza tan dócil e inofensiva de la izquierda oficialista hay que entenderla como resultado de su subalternidad asumida, su carácter de sujeto revolucionado, es decir, de sujeto que es transformado aceleradamente por la voluntad y la acción de otro, a saber, por las fuerzas efectivamente revolucionarias, admitámoslo: los sectores neoliberales de la derecha política, económica y social. Sin cuadrantes en nuestro mapamundi político la dictadura de la democracia se fue instalando en todas las mentalidades como el menos malo de los gobiernos posibles, a la vez que se iban desplazando acompasadamente los actores en el tablero bipartidista: la derecha de toda la vida derivó a la extrema derecha, la socialdemocracia a la derecha liberal, la izquierda “verdadera” a la socialdemocracia… y así las aspiraciones emancipadoras de las mayorías sociales quedaron huérfanas de representación, y esto es lo que las retiene actualmente en su genuina condición de irrepresentables. Por tanto, deberíamos indagar las causas de la auténtica “crisis de la izquierda” en ese acatamiento sin fisuras del vocabulario, de las maneras y, en definitiva, de la cosmovisión política de la derecha, su consentimiento para ser gobernados democráticamente, es decir, de acuerdo a los principios del gobierno liberal del capitalismo; unos principios de visión y división del campo político que, habiéndolos adquirido a lo largo de su socialización en la sociedad democrática y capitalista a la que pertenecen, les impide persistentemente romper con las normas del gobierno que los domina. Por decirlo en pocas palabras: la izquierda oficialista conserva unos esquemas de pensamiento y acción que no son congruentes con la actual configuración del campo político existente.

No estaría de más, por ello, volver reflexivamente sobre la historia de escisiones y autocensuras dentro de la propia tradición de los movimientos de clase para encontrar ahí otra clase de salidas a esta “crisis”. Recordemos la división histórica de la izquierda entre el posibilismo de las corrientes marxistas y el rupturismo de los movimientos anarquistas y libertarios. Digamos que la estrategia electoral se prestó (mal que bien) para librar la contienda parlamentaria en el período del desarrollismo keynnesiano, aglutinando y haciendo valer alrededor de partidos y sindicatos un programa (de mínimos) que ofrecía posibilidades de cumplimiento en aquel momento del desarrollo de las relaciones entre el campo político y las dinámicas económicas: finalmente no se consiguió el objetivo maximalista de establecer la Revolución, pero al menos la izquierda oficialista encontró acomodo en el seno del Estado de Bienestar y en la moqueta del Parlamento. Entre tanto, el movimiento anarquista prolongaba la descomposición orgánica de su tejido social y militante, objeto de una campaña de demonización –también por parte de la izquierda oficialista- que pronto lo asoció al desorden y a la contaminación del cuerpo social. Pero en el régimen democrático neoliberal el posibilismo de la izquierda oficialista ha entrado en una fase de rendimientos políticos decrecientes; sería el momento propicio, pues, para dejar de insistir en la enésima refundación del partido minoritario y volver sobre los propios pasos retomando la crítica libertaria a la democracia parlamentaria, aún hoy de actualidad, prestando atención a las formas anarquizantes que están mucho más inscritas en el sentir práctico de los movimientos y de las movilizaciones sociales –donde nuevas formas de liderazgos colectivos están alcanzando altas rentabilidades políticas. Volver sobre el legado libertario como fuente de inspiración y como base de una interpretación y análisis de la configuración actual del campo político, articulándose lejos del hacer maquinal de las organizaciones que tradicionalmente operaron como vehículos de representación, ahora tan funcionales para la maquinaria institucional.

Recientemente la muerte de Hugo Chávez ha puesto de manifiesto los atavismos políticos de esta izquierda oficialista. Vivida como la pérdida de un padre (querido), en las muchas declaraciones exegéticas y laudatorias que se han hecho de su figura persiste un sentimiento de orfandad política. A la voz de “el sur de Europa se latinoamericaniza” muchos han visto en la persona de Chávez la encarnación de las promesas en las que ellos mismos habían sido educados políticamente: ni más ni menos que el acceso al poder estatal de una organización socialista a través de la movilización de sectores crecientes de la población mediante la estrategia de la participación electoral en torno a un líder, con el fin de administrar (sin renunciar a) su propia economía capitalista. Ya sea para aventurar un horizonte posible de acción, ya sea para imitarlo al pie de la letra, sectores de la izquierda oficialista asumen vicariamente el modelo ejemplarizante de Venezuela. Ahora bien, estas traducciones de los procesos políticos latinoamericanos a nuestra propia experiencia local conjugan, por una parte, una lectura abstracta y abstraída de esos procesos como si fuesen autónomos o independientes respecto a las lógicas económicas, sociales y culturales que son específicas de los capitalismos regionales en los que se inscriben y, por otra, son expresivas de una búsqueda apresurada de estrategias políticas en los mismos repertorios problemáticos de siempre. Si bien las diferencias entre los dos contextos podrían multiplicarse en un ejercicio de comparaciones en todos los órdenes, las sobreinterpretaciones y generalizaciones conducen a proponer programas de acción extraños a nuestra propia historia y cultura política, a la configuración particular de nuestra economía capitalista y a su desarrollo reciente, a la composición demográfica de nuestra sociedad y a sus evoluciones previsibles, a las desiguales posiciones geopolíticas ocupadas, en suma, a dos escenarios tan disímiles que hacen dudar razonablemente de las posibilidades de tales recetas.

Transfigurando lo representado respecto a lo que se dice representar, la “crisis de la izquierda” es el resultado de las mismas distorsiones que inciden en los mecanismos de representación de la democracia parlamentaria en el marco de nuestro capitalismo regional, esa fata morgana que encandila a los partidarios del oficialismo. Así las cosas, la izquierda en crisis se enfrenta a una ordalía política: ¿insistir obcecadamente en el acatamiento de los mismos procedimientos que la han conducido a su obsolescencia?, ¿o bien replantearse sus principios reconvirtiéndolos en una acción desobediente frente al mandato de la democracia neoliberal? Responder a estas preguntas supondría reavivar las tensiones que históricamente han articulado las relaciones entre los distintos sectores de la izquierda, obligando al replanteamiento de la estrategia electoral y, con ello, de todo el mapamundi político que le ha servido tradicionalmente de guía, empezando por sus formas habituales de organización, de liderazgo y de militancia. Presentándose a sí misma como representante de aquello que le es ajeno, esta izquierda no parece capaz de construir un espacio político propio desde el cual generar un antagonismo que verdaderamente haga palanca en los resortes del poder instituido, y deje de funcionar así como una mera correa de transmisión de la dominación que dice criticar. Parece sensato, en definitiva, orientar la búsqueda de las causas de la “crisis de la izquierda” en la órbita de estas problematizaciones: la transmutación histórica del sentido político de la “democracia” en el marco de nuestro capitalismo regional, y consecuentemente la rutinización del carisma político del voto como dispositivo de regateo con el poder.

 

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

 

Entrevista a Francisco Fernández Buey sobre Lenin

Vladimir Lenin

“Son muchos los contemporáneos de Lenin, y no estricta ni necesariamente marxistas, que reconocieron que era una figura histórica de primer orden”

Nota edición mientras tanto: Recuperamos para el boletín de mt.e de este mes una interesante entrevista que Francisco Fernández Buey concedió hace un decenio [la entrevista está fechada en mayo de 2003] en torno a la figura de V. I. Lenin. El texto puede ser considerado un complemento del n.º 119 de la revista mientras tanto, el monográfico en homenaje a PFB.

* * *

Lenin, figura histórica

¿Cuáles fueron las corrientes ideológicas que influyeron directamente en la figura de Lenin? Es decir, ¿me podría explicar un poco el Lenin de juventud premarxista?

Probablemente, la primera influencia que tuvo Lenin fue la de los populistas o “narodniks”, que habían desempeñado un papel importante en la Rusia de los años setenta-ochenta. Incluso por motivos familiares, porque su hermano estaba directamente vinculado a esta forma de resistencia, populista o “narodnik”, ante el absolutismo zarista. O sea que yo diría que la primera influencia fue esta, y inmediatamente después ya la lectura de Marx y de los marxistas de la época.

¿Qué nuevas aportaciones hizo Lenin respecto a la teoría de Marx y Engels? Sobre todo en lo que se refiere a la idea de partido.

Yo creo que la aportación principal de Lenin es, en primer lugar, una aplicación de la teoría económica, como decía Marx, de la ciencia económica, a el análisis de les condiciones económico-sociales de la Rusia de comienzos de siglo. Este punto es importante, porque probablemente la primera aportación substancial de Lenin es su análisis del desarrollo del capitalismo en Rusia, y este análisis está muy inspirado en el punto de vista económico de Marx. Y esto es anterior a cualquier juicio que hagamos sobre otras aportaciones. La segunda, y yo creo que la más importante, digamos que es su teoría política. En Marx hay muchos apuntes, muchas consideraciones, muchas cosas interesantes para una teoría del partido, pero Marx no tuvo partido, y este es un punto importante. Conoció la Liga de los Comunistas, estuvo allí unos meses; conoció la Primera Internacional, pero esta tampoco era un partido en un sentido propio, y, por lo tanto, Lenin es probablemente de los primeros que se han planteado el asunto específico de lo que podía ser un partido político socialdemócrata, que era la palabra que se usaba inicialmente en 1903, en 1905, y esto yo diría que muy adaptado a las características específicas de la situación rusa de la época.

Hay otras aportaciones a la teoría marxista del partido; por ejemplo, la de Rosa Luxemburg. Pero la de Lenin es una consideración del partido específicamente adaptada a las condiciones del absolutismo zarista de la época, a la necesidad de un partido clandestino y con una organización profesional muy específica; esto no estaba en Marx.

Esta es una novedad radical. Esto no estaba en la obra de Marx.

Lenin aportaba nuevos aspectos ideológicos a la teoría marxista. ¿Qué factores de la realidad con que se encontró lo llevaron a hacer estos nuevos planteamientos, algunos contradictorios con la visión de Marx?

Tanto como contradictorios con la visión de Marx yo no diría. Aquí haría una precisión que sería la siguiente: se tendría que distinguir entre el Lenin teórico del partido y de la revolución, hasta 1917, y el Lenin estadista. Si consideramos el Lenin teórico del partido, de la revolución y del estado, yo diría que no hay contradicción con la visión de Marx, sino más bien una adaptación de su visión sobre el capitalismo, el estado y su función en la sociedad capitalista, a condiciones nuevas que estarían caracterizadas por dos cosas. La primera es que Rusia era todavía un país relativamente atrasado en comparación con la Europa central y occidental. Lenin está pensando en una situación considerablemente distinta de la que era la situación en Alemania, en Francia, en Inglaterra; y dos, que es una cosa que Marx difícilmente podía prever, aunque ya en el Manifiesto comunista está la previsión, digamos, de una cierta globalización del capital y del capitalismo, pero que no podía prever la forma en que se produjo, que es el paso a una nueva fase del capitalismo, lo que Lenin y otros [pensadores] de su época llamaban “imperialismo”. Esto es muy importante, porque aunque no esté en contradicción con la visión de Marx, es una ampliación importante de su aportación. Y aún existiría otro factor también importante que no podía prever Marx: es lo que representó la Primera Guerra Mundial, de 1914 a 19; la consideración de las consecuencias de la Primera Guerra Mundial fue clave para la formación de una teoría política y de una filosofía social en Lenin. O sea, en resumen: no hay contradicción, hay una ampliación desde el punto de vista de Marx. Se podrían ver contradicciones, por ejemplo, en su formulación de la teoría del partido, pero no tanto porque esto entre en contradicción con lo que Marx dijo sino porque Marx dijo muy poca cosa sobre este tema.

¿Por qué Lenin no mostró interés por la Revolución de 1905? ¿Qué carácter tenía para Lenin esta revolución?

Bien, yo no diría esto, no diría que no mostró interés por la Revolución de 1905. Yo diría que la Revolución de 1905 sorprendió a Lenin como a mucha otra gente, no solamente a Lenin. La verdad es que la Revolución de 1905 sorprendió a casi todo el mundo, sorprendió también a Rosa Luxemburg, por ejemplo. ¿Por qué? Pues porque la Revolución de 1905 tiene un origen muy complicado, es una revolución de carácter muy espontáneo que tiene sus raíces en la protesta en parte de los campesinos y en parte de los trabajadores industriales contra el zarismo, pero que viene desencadenada por la participación de persones como Gapon y gente de estas características que no tenían nada a ver con la resistencia social y política de la época. En este sentido es en el que se puede decir que a Lenin le sorprendió la Revolución de 1905, pero que mostró mucho interés por la Revolución de 1905 queda demostrado por el hecho que inmediatamente después escribió mucho. Caracterizó la revolución de 1905 como una revolución inicialmente democrático-burguesa, antiabsolutista, digamos, un poco haciendo la comparación histórica con lo que fue la primera Revolución Francesa, la revolución de 1789. Y, claro, consideró que esta no era una revolución socialista, una revolución proletaria, en el sentido que no se podía decir que la vanguardia de esta revolución fuera el proletariado.

Probablemente, lo que Lenin no vio con toda la dimensión que tenía fue el carácter de una de las instituciones claves de la Revolución de 1905, que es el nacimiento de los soviets en una forma aún muy espontánea. Y eso sí, como que Lenin tenía una concepción muy, como decirlo, muy cerrada del partido político como organización, ante esta forma abierta del soviet, que no era ni el sindicato característico de les sociedades europeas occidentales ni el partido político de profesionales en el que él pensaba, sí que tuvo problemas para interpretar qué significaban los soviets en 1905.

Lenin creía que se podía pasar, en el casa de Rusia, de una sociedad semifeudal a una socialista sin pasar por la dolorosa fase capitalista. ¿Piensa que la revolución de octubre de 1917 forzó la historia?

¿Si lo pienso yo? Sí, sí que lo pienso, y creo que Lenin también lo pensaba. Quiero decir, esta idea de que se podía pasar, en el caso de Rusia, de una sociedad semifeudal a una sociedad socialista es una idea muy extendida en la Rusia de la época. Creo que se podría decir que muy extendida en Rusia desde los años ochenta del siglo XIX. Esta era una idea que tenían ya los populistas rusos desde Chernichevski, y el problema aquí es que Marx ya de viejo llegó a pensar también esto en cierto modo. Cuando Vera Sassulich consulta a Marx si Rusia se podría ahorrar los sufrimientos del capitalismo, pues Marx, en 1880, se lo pensó mucho cómo contestar a esta pregunta. ¿Por qué? Porque era una pregunta complicada para el mismo Marx, sobretodo era complicada porque Marx había escrito en el volumen I de El Capital pasajes que parecían dar la idea que para llegar al socialismo era absolutamente necesario pasar por una etapa capitalista. Marx y también Engels hicieron la precisión en este momento, hacia el 80 del siglo XIX, que era posible en Rusia pasar de una sociedad semifeudal a una sociedad socialista, siempre y cuando, y esta era la condición, la revolución rusa coincidiese con la revolución en la Europa occidental; estaban pensando en Alemania, en Francia, en Inglaterra. Y lo dijeron muy explícitamente: si se produce esta coincidencia, probablemente Rusia podría ahorrarse los sufrimiento de…; esta idea, pues, Lenin la heredó de Marx. Ahora bien, hacia el 17, Rusia no era ya solamente una sociedad semifeudal; Rusia era dos cosas al mismo tiempo: en gran parte una sociedad semifeudal, pero en gran parte una sociedad con puntas de desarrollo capitalista importante. Y, pensando en ello, Lenin reconstruyó la teoría, digamos, pensando en la posibilidad de que, en esta ambigüedad entre las dos cosas, se podría llegar a una fórmula que fuese intermedia entre la revolución democrático-burguesa y la revolución socialista. Por esta razón habla de una cosa que en la Europa occidental parece como contradictoria, esta idea de la dictadura democrática del proletariado y del campesinado, que, en nuestro lenguaje, es una cosa un poco extraña. Esto de dictadura democrática quería decir una formación social y económica revolucionaria con una vanguardia proletaria sobre un océano de campesinos, de payeses pobres. De todas formas, la verdad es que, hacia el 14-15, Lenin no tenía demasiadas esperanzas en una revolución inmediata en Rusia. Cuando estalló la Primera Guerra Mundial, la verdad es que Lenin, llegó un momento…, y lo dijo explícitamente: “Yo ya soy viejo como para ver…”, etc., etc. Lo que cambió la cosa radicalmente fue la guerra, fue la Primera Guerra Mundial, fue esta inesperada cosa que los campesinos y los obreros durante la guerra, llegó un momento que, dada la situación en la que estaban, girasen las armas contra el zar y contra sus dirigentes. Y, en este sentido, creo que sí que se puede decir que el octubre de 1917 forzó la historia.

Bien, de hecho, podríamos decir que todas las revoluciones han forzado la historia, no solamente esta, también la Revolución francesa fue un forzamiento inesperado de la historia.

¿El hecho que la “dictadura del proletariado” en la URSS no llevara a la extinción del estado como Lenin predice en El estado y la revolución, y, en cambio, hubiera un crecimiento de la burocracia, un peligro que Lenin denuncia en su testamento, se puede explicar sólo por las causas externas, o hubo internas también?

No, yo creo que hay internas, creo que hay internas. Veamos, esta idea de la extinción del estado, que es una idea no solamente de Lenin, sino también de Marx, que correspondería a la etapa superior del socialismo, o sea el comunismo, pues no fue formulada ni por Marx ni por Lenin con demasiada precisión. De hecho, cuando Lenin publica El estado y la revolución, las personas que se interesan más por este punto de vista son los anarcocomunistas, digamos, de la época. Había pocos socialistas en Europa que pensasen en la posibilidad de la extinción o desaparición del estado; en Alemania probablemente nadie. Normalmente, la tradición socialista, después socialdemócrata, más bien pensaba en la función, como decirlo, educativa y renovadora del estado alternativo, de ”otro” estado, pero no pensaba en la extinción o desaparición del estado. Esta idea de la extinción o desaparición del estado es más bien anarquista o anarcocomunista. Ahora bien, El Estado y la revoluciónes, por así decirlo, una declaración de principios generales. Cuando después de la revolución, los bolcheviques se encuentren en una situación real que es, primero, de guerra civil y, después, de cerco militar exterior, lo que hacen inmediatamente es reforzar el estado. Cambian muchas cosas, pero se encuentran en una situación, como decirlo, de necesidad. Entre que hubo una situación de necesidad, que esto tiene que ver con las causas externas, y que no hubo una teoría precisa sobre cómo tenía que evolucionar el estado para llegar a la extinción, pues la verdad es que las dos cosas juntas lo que hicieron, sobre todo inmediatamente después de la muerte de Lenin, que en el Testamento es que ya vio que esto no iba nada bien, es una prolongación de lo fue el estado zarista con una nueva forma. ¿Por qué? Porque tuvieron que recurrir a funcionarios del viejo aparato del estado existente, y ello condicionó muy mucho la cosa.

Se podría ir un poco más allá. Quiero decir, es probable que, ya en la discusión que tuvieron Marx y Bakunin sobre esto de la dictadura del proletariado y la extinción o desaparición del estado, el mismo Marx ya “no hilara muy fino”, y este “no hilar muy fino”, pues, haya tenido su influencia también en la reflexión del Lenin estadista, no tanto del Lenin revolucionario de El estado y la revolución, sino del Lenin del 18 al 22. La prueba es que el Lenin más viejo, no solamente el del Testamento, sino el del 21-22, es un Lenin un poco melancólico sobre estos problemas, porque siempre da muchísima importancia a la educación, a la formación, a lo que él llama la revolución cultural, que es básicamente alfabetización del campesinado, no podía ser otra cosa, ¿no?

Si Lenin no hubiera llegado a culminar su acción como revolucionario con el triunfo de la Revolución Rusa y la asunción del poder al frente del Consejo de los Comisarios del Pueblo, ¿cómo se consideraría su aportación teórica frente a los Plejánov, Kautsky, Bernstein, Bebel, etc.?

Pues la verdad es que no sabría como responder a esta pregunta, porque se ha contestado de formas muy diferentes. Yo diría que hasta los años setenta de este siglo [XX] el hecho que Lenin hubiera culminado su acción como revolucionario con el triunfo de la Revolución Rusa ha sido el motivo para considerar que Lenin era uno de los grandes teóricos y prácticos de la política del siglo XX. Después, cuando se fundió el sistema socialista en estos últimos años, la consideración de Lenin ha cambiado completamente. Hoy nadie diría, o muy pocos diríamos, que Lenin fue un gran teórico de la política y probablemente una de les personalidades políticas más importantes del siglo XX, o sea que yo supongo que, si esto no hubiera ocurrido, pues sí que se consideraría desde hace mucho tiempo que, en comparación con Kautsky, Bernstein, Bebel, etc., que Lenin fue un romántico sin importancia desde el punto de vista político como a veces se considera a Guevara o a otros que han perdido.

Es muy difícil contestar a una pregunta como esta, porque normalmente eso que llaman el juicio de la historia está directamente condicionado por lo que pasa hoy. Siempre se hace un juicio desde la situación actual. Ahora bien, yo creo que desde un punto de vista estrictamente comparativo entre Plejánov, Kautsky, Bernstein y Lenin se podría decir lo siguiente, independientemente del asunto de si habría triunfado o no habría triunfado: probablemente, desde el punto de vista teórico general, Kautsky es más potente que Lenin. Y la prueba es que muy probablemente sin la teorización de Kautsky no hay Lenin. Ahora bien, desde el punto de vista de la teoría política y de la concepción de la política, creo que, independientemente de esta cuestión, Lenin, todavía hoy, es mucho más importante que Kautsky, que fue sobre todo un teórico. Lenin fue mucho más que un teórico de la política, fue un dirigente de la acción muy importante en el siglo. Pero esto, ya digo, independientemente de que haya triunfado o no haya triunfado.

¿Podría explicar brevemente la importancia histórica de la figura de Lenin, más allá de los análisis de combate —positivos o negativos— que se hacen de su figura?

Pues ya he dicho alguna cosa de ello. Lo esencial creo que es muy difícil a la hora de analizar la figura histórica de Lenin hacer abstracción de los análisis de combate, es muy difícil, porque Lenin fue un hombre de partido y con una concepción del mundo de la política muy explícito, y no hay quien pueda escribir o tratar sobre la figura de Lenin que no se sienta desde el primer momento motivado por la simpatía o antipatía del personaje desde el punto de vista político. Lo mejor en estos casos es ver qué dijeron de él sus contemporáneos y comparar qué dijeron. Y la verdad es que son muchos los contemporáneos de Lenin, y no estrictamente marxistas ni necesariamente marxistas, que reconocieron que esta era una figura histórica de primer orden. Decir después que esta ya no es una figura histórica de primer orden porque las cosas fueron de otra forma de la que pensaba Lenin es como decir que Napoleón no tuvo ningún tipo de importancia. Resumiendo, desde mi punto de vista, Lenin estaría entre las cinco, seis personas del siglo XX más importantes desde el punto de vista político.

 

Lenin y la sociedad actual

¿Qué papel tienen en la izquierda actual las teorías de Lenin? Y en lo que se refiere a los partidos autodefinidos marxistas-leninistas, ¿tienen ahora alguna validez?

Esto ya me resulta más difícil, la verdad. Bien, la izquierda actual, y ¿qué es eso? La izquierda actual o ya no sabe quién era Lenin o en general no le interesa. Hay personas, individuos y pequeños grupos, y sobre todo no en Europa, en América Latina, que aún tienen interés por las teorías de Lenin, pero yo diría que, si por izquierda actual entendemos la izquierda entre comillas europea, el papel de las teorías de Lenin es 0,1. Y partidos autodefinidos marxistas-leninistas en este momento pienso lo mismo, es que son muy pocos los partidos autodefinidos así en Europa; otra cosa es en otros continentes. Por ejemplo, el Partido Comunista de Colombia sigue considerando que Lenin es el más grande del siglo XX, y Sendero Luminoso, y seguramente hay más. Pero la izquierda, así, en general, yo creo que ya ha abandonado Lenin hace demasiado y que ya no ni tan solo se lee, o sea que cómo pueden saber cuáles son las ideas de Lenin. Si haces la prueba de ir a una librería barcelonesa o madrileña a comprar las obras de Lenin no las encontrarás, bien, encontrarás un par de biografías más bien recientes, ya desde la consideración del final del mundo comunista, pero las obras de Lenin, no. Hasta los años setenta las podías encontrar en cualquier librería de Barcelona las obras completas, o una selección de las obras. En este momento… No sé, por ejemplo, El estado y la revolución, que sería una de las obras más interesantes de Lenin, hace aproximadamente tres años que un editor barcelonés me dijo: “Podríamos hacer una nueva edición de El estado y la revolución, y han pasado tres años y no se ha hecho.

En un momento histórico como el actual, en el que parece que las contradicciones propias del capitalismo no traen cambios sociales, ¿piensa que el voluntarismo ideológico propuesto por Lenin podría ser útil? ¿O quizá la etapa actual del neoliberalismo, con la globalización, apunta hacia una posible crisis, como ya anunciaba Marx?

Bien, yo creo que sin voluntad no hay revolución. Quiero decir, eso que las contradicciones internas del capitalismo sea globalizado o menos globalizado pueden llevar a la revolución y al socialismo yo no lo creo, y creo que Marx tampoco. Cuando Marx hablaba del “viejo topo”, pues no pensaba solamente en las contradicciones internas del propio sistema, pensaba que la gente, proletarios y no solamente proletarios, se movilizarían; eso tiene a ver directamente con la voluntad. Bien, una cosa es la voluntad y otra cosa es el voluntarismo ideológico; aquí la discusión estaría en cuándo pasamos de la afirmación de la importancia de la voluntad y la subjetividad de los individuos al voluntarismo ideológico. Por cierto, yo pienso que Lenin no es un voluntarista ideológico; a mi me parece que Lenin fue sobre todo un gran analista político y muy poco ideológico, porque una cosa es la afirmación constante de los principios, de las convicciones morales y políticas, y otra es esto del voluntarismo ideológico. Es posible que Lenin no haya sido el principal dirigente marxista o comunista de la época en poner en primer plano la voluntad. Mucho más voluntarista que Lenin era Gramsci, por ejemplo, y otros. En cualquier caso, yo no creo que la actual etapa del neoliberalismo, con la globalización, apunte hacia una crisis si por crisis se entiende exclusivamente una crisis económica; si por crisis entendemos una crisis en un sentido más profundo, cultural o sociocultural, pues a veces sí. Pero, en cualquier caso, una nueva crisis del capitalismo globalizado sin voluntad de transformación revolucionaria o radical no conducirá, pienso, a otra cosa que a una nueva forma de fascismo, como pasó en los años veinte-treinta. Esto, digo, si no hay la voluntad explícita de transformación radical y revolucionaria en un sentido alternativo a la sociedad existente, y desde este punto de vista yo pienso que, llamémosle voluntad concreta o voluntarismo ideológico como dices tú, esto es necesario. Sin esto no habrá cambios importantes.

Lenin afirma: “Sin teoría revolucionaria no hay movimiento revolucionario”; ¿piensa que la izquierda actual tiene construida o está construyendo una teoría que pueda dar lugar a transformaciones económico-sociales? ¿O contrariamente piensa que la izquierda, utilizando palabras de Lenin, actúa por espontaneísmo?

Yo creo que es verdad que sin teoría revolucionaria no hay movimiento revolucionario. Creo que la izquierda no tiene aún, bien, que la izquierda sin comillas, que la izquierda de verdad, que la izquierda que se opone de verdad al capitalismo, no tiene aún una teoría; tiene teorías en plural, en competición y discusión; no tiene una teoría revolucionaria. Esto está claro; tiene una importante capacidad de análisis de las contradicciones del sistema, pero no tiene una teoría revolucionaria, y la prueba de esto es que hoy en día la palabra revolución ha desaparecido de la mente de casi todo el mundo. A veces se habla de revolución o de revolucionarios retóricamente, en contextos digamos que no tienen gran cosa a ver con lo que se dirá a continuación sobre lo que hemos de hacer. Por lo tanto, desde mi punto de vista estamos en una fase, o la izquierda está en una fase, más bien de resistencia, no de elaboración de una teoría revolucionaria. La prueba de ello es que la palabra equivalente hoy en día a revolución o a revolucionario es desobediencia, civil o no civil, pero desobediencia. Solamente de manera muy minoritaria, y normalmente cuando es de manera muy minoritaria con más voluntad que teoría, por decirlo así, se podría hablar de carácter revolucionario. Espontaneísmo no estoy seguro, no creo que la izquierda actual sea muy espontaneísta, la verdad, al menos en Europa; es más bien conformista más que espontaneísta.

Según Lenin, el partido de cuadros con un núcleo dirigente muy claro es el único que puede conducir a una revolución desde el principio hasta al final. ¿Piensa que los partidos con esta estructura han llevado a fracasos? ¿Es un modelo útil para la izquierda actual?

Pues pienso que sí que han llevado a fracasos, que más allá del éxito del partido de Lenin, en la mayoría de los casos este tipo de partido de cuadros con un núcleo dirigente muy claro, pues ha fracasado. Estoy convencido que el Lenin de 1922 ya lo pensaba. Quiero decir que una de las últimas intervenciones de Lenin, me parece que fue en el IV Congreso de la Tercera Internacional, ya apunta a este problema cuando hable del peligro de la rusificación de los partidos en Europa, lo dijo muy explícitamente. Reconoció que eso era un error. Yo creo que tenía razón, y creo que el único dirigente comunista que de verdad ha dado la importancia que tenían a las palabras de Lenin el 1922 fue Gramsci, que fundó en esta consideración de Lenin la idea que para una sociedad en la que el estado no lo es todo, sino que hay muchas “casamatas”, como decía él, y la sociedad civil no es tan gelatinosa como era en Rusia, el caso de Alemania, Francia, Inglaterra, la misma Italia o España, un partido exclusivamente de cuadros con un núcleo dirigente fuerte es insuficiente; hace falta un partido más grande, digamos, no exclusivamente de cuadros profesionalizados. Por precisar un poco más, seguramente se podría decir que este tipo de partido solamente ha tenido éxito, o ha jugado un papel positivo, en situaciones de clandestinidad, quiero decir, en situaciones de dictadura: en Italia en el momento del fascismo, en España en el momento del franquismo, en Grecia en el momento de la dictadura, en Portugal en el momento de la dictadura, pero después de esta fase me parece muy evidente que esto, este tipo, este modelo, es insuficiente y que no vale para la izquierda actual.

Todo el impulso revolucionario del siglo XX parece que haya desembocado en estos movimientos tan heterogéneos como los que se reúnen bajo el término antiglobalización. ¿Usted lo ve como un avance positivo o realmente es la constatación de un fracaso?

No, yo lo veo como un avance positivo. La constatación del fracaso es anterior al nacimiento del movimiento antiglobalización. Quiero decir, todo el mundo hablaba de derrota, fracaso, desbandada, lo que quieras, precisamente antes del surgimiento del movimiento antiglobalización. Tal era la fragmentación, la sensación de derrota y todo esto. O sea que, desde este punto de vista, a mí me parece que se ha de considerar que por heterogéneos que sean estos movimientos, y aunque el término antiglobalización tampoco es muy apropiado, porqué, ¿cómo decirlo?, este es un movimiento de movimientos, tiene una parte positiva, no solamente “anti”, crítica de la globalización. Y en este sentido yo pienso que es un avance positivo y una esperanza. Es lo que vino después del reconocimiento del fracaso y de la derrota, y probablemente tiene una virtualidad, que es que, por primera vez en mucho tiempo, con independencia de les diferencias ideológicas, políticas, etc., en este movimiento hay una línea de actuación concreta y, además, unificada. Todavía está por ver, claro, porque no creo que haya motivo de idealizar Porto Alegre, el foro social mundial y todo eso, pero hay cosas importantes, por ejemplo, la convicción muy extendida que en este movimiento se está esbozando una forma de democracia alternativa a la democracia formal representativa existente, una transformación al menos de la democracia formal representativa en democracia participativa. Y, en esta transformación de la democracia representativa en democracia participativa, yo veo un potencial de transformación social importante.

Por cierto, ¿este movimiento tan heterogéneo recuerda de algún modo la Primera Internacional?

Pues sí, es a lo que más se parece. No es, digamos, la Primera Internacional en el sentido que probablemente es aún mas heterogéneo que la Primera Internacional. Pero, si tenemos que hacer comparaciones con las internacionales que en el mundo han sido, se parece más, mucho más, a la Primera que a la Segunda, o a la Tercera o a la Cuarta. Sí, sí.

¿Usted cree que es posible en algún lugar del mundo, con un imperialismo tan dominante, que una estrategia como la bolchevique pudiera llevar al triunfo de la Revolución? ¿O tenemos que considerar que episodios como las revoluciones del siglo XX son hechos arqueológicos?

Bien, esto son dos preguntas. Primero la segunda, yo no creo que episodios como las revoluciones del siglo XX sean hechos arqueológicos; hay tantas veces que se ha afirmado que se ha terminado para siempre la época de las revoluciones y después ha habido más, que no me atrevería a hacer afirmaciones de este tipo, no se tiene que descartar. Y es posible que hoy en día, en algunos de los países de América Latina todavía se producen situaciones revolucionarias que recuerdan otras del siglo XX; aún no sabemos bien qué pasará en Venezuela, qué pasará en Colombia, qué pasará en Perú, qué pasará en Uruguay o Paraguay, o en Ecuador, de aquí a unos años. Yo creo que en estos países ha pasado de nuevo muy a primer plan lo que podríamos llamar la lucha de clases y no está descartado que haya episodios revolucionarios; ahora bien, también es verdad que las revoluciones no se repiten, la Revolución Rusa no tuvo nada a ver con la Revolución Francesa; después, con posterioridad, se hace la teoría comparativa, pero fueron muchas les diferencias; lo que sí creo que modelos como el del Palacio de Invierno del octubre del 17, pues probablemente no se producirán, pero no descartaría otros episodios revolucionarios. En cambio, sí que descartaría que una estrategia como la bolchevique pueda llevar al triunfo de la revolución hoy en día, no creo que esto sea ya trasladable a la situación actual. Probablemente ya no lo era en los años veinte-treinta en una parte importante del mundo, así que hoy menos aún. Por ejemplo, ni la revolución china, ni la revolución cubana han sido continuación de la estrategia bolchevique. Mao Tse-tung inicia una Larga Marcha que dicen que es más bien una retirada estratégica que tiene muy poco a ver con el proceso revolucionario en Rusia. Y lo que hicieron Fidel Castro y Guevara en Cuba, pues tampoco es comparable a lo que pasó en la Revolución del 17. Así que han sucedido demasiadas cosas como para pensar que una estrategia como la bolchevique pudiera llevar al triunfo de la revolución en el siglo XXI, no lo creo.

Fuente: http://www.mientrastanto.org/boletin-112/ensayo/entrevista-a-francisco-fernandez-buey

 

La democracia que nos han robado

ESPAÑA, 2007: La policía golpea a los trabajad...

 

Los derechos siempre se ganan o se pierden en el pulso político. Y una forma clara de ese pulso, hoy, son los escraches.

“Si un perro flauta me acosa por la calle, le arranco la cabeza”, dice un diputado del PP. Si por molestarte en la calle mereces ver tu cabeza arrancada del tronco, ¿cuál es la pena proporcional por dejarte sin trabajo? ¿Y por no poder pagar el colegio de tus hijos? ¿Y por perder la casa en la que has metido todos tus ahorros durante los últimos diez años? ¿Y por endeudarte de por vida aunque además hayas perdido la casa? ¿Y por perder el acceso a la sanidad, a la universidad, a una pensión, al seguro de desempleo?

Los que dieron el golpe de Estado en 1936 dijeron que los movió el amor a España . Pero de España, como dijo Franco, les sobraba la mitad de los ciudadanos . Que eran españoles. Que están todavía enterrados en zanjas y cunetas. Desde la patronal nos dijeron que nos fuéramos a trabajar a Laponia. Una parte importante de los jóvenes le ha tenido que hacer caso. Los de siempre. Nunca han existido dos Españas. Eso siempre ha sido una mentira. Hay una España mayoritaria y una minoritaria con mucho poder , capaz de acercar a su bando a una parte de la mayoría. El miedo hace el resto. En la España de ellos siempre están los mismos. Desde los Reyes Católicos y su Inquisición. Por eso, el PP no necesita arrancarle la cabeza a los últimos que pusieron el miedo en su bando. Están ahí, hechas tierra y vergüenza para nuestra democracia.

El poder, sobre todo, posee eficaces herramientas para amedrentar a una parte importante de la ciudadanía. Medios de comunicación, iglesias, puestos de trabajo, presencia social, ritos, cultura y el Hola. Un diputado dice que no le tiembla la mano para volver a ejecutar disidentes. Antes eran rojos. Ahora, como ya no hay Unión Soviética, son perros flauta. El miedo, y los nombres, siempre los han administrado ellos. Y exhumar asesinados, expropiar unos carritos de la compra, decirles en el portal de su casa que nos están arruinando la vida y la del futuro, cuestionar la monarquía o recordarles que están robándose el país que dicen que aman, les hace caer en una angustia existencial, propia de quien nunca ha tenido la sensación de sobrar en ningún lado.

La dureza de la respuesta del PP a los escraches es muy lógica. La derecha entiende siempre muy rápido las cosas del poder. La legitimidad del sistema político español está en cuestión. Cuando los esclavos dejan de interiorizar su condición, el amo ya no puede dormir tranquilo. El PP lo sabe: lo que ayer era permitido, ahora no lo es. Aunque lo sigan diciendo las leyes. Habían puesto al mismo nivel cosas que no se pertenecen. La Constitución, las leyes, los jueces, los policías y el portero de su casa les saludaban como personas importantes. Pero han surgido nuevas preguntas. ¿Por qué no permitimos un diputado que defienda la pederastia o la ejecución de las minorías o la lapidación de las herejes o adúlteras —lo perseguiríamos hasta debajo de las piedras, porque la democracia tiene derecho a defenderse—, pero permitimos un diputado que esté a favor de los desahucios? Ese es el cambio. Y es lo que les pone de los nervios. Es una lucha política. Si podemos perseguir a los que roban nuestra tranquilidad, están en peligro. Estamos escribiendo nuevas reglas del juego. Y los que siempre han sido dueños del tablero se asustan.

Los escraches son reformismo. Pero hasta el reformismo asusta. De ahí la ridiculez de comparar escraches y terrorismo. Recuerdan Pisarello y Asens que “los escraches son una acción informativa, que se ha de hacer “de manera totalmente pacífica” y sin “importunar a los vecinos” . También se estipula que deben realizarse en días laborables y en horario escolar, de modo que los niños nunca sean interpelados. Los casos personales se intentarán explicar sin insultos ni amenazas. Se evitarán ruidos o molestias innecesarios y se procurará ser amables con quienes trabajan en comercios y con los transeúntes. No todas las antiguas reglas han perdido su sentido. Sólo aquellas que únicamente sirven a unas minorías privilegiadas. Pero la situación política está tan podrida que hasta las reglas mínimas de la democracia les están sobrando.

El escrache es una forma de desobediencia civil. Cumple las tres reglas que marcó Habermas para que sea tal y no caiga en otras formas de desobediencia que carecen de legitimidad: son pacíficas, lo que se reclama tiene carácter universal —no se reclama en exclusiva para uno mismo, sino para todos— y se está dispuesto a asumir las consecuencias de los propios actos. La desobediencia civil es una válvula de seguridad democrática. Surge cuando las demandas sociales van por delante de las leyes y del comportamiento político institucional. Las leyes que ayer nacieron para defender a los políticos del acoso de los monarcas absolutos -inviolabilidad, inmunidad, fueros especiales- se han convertido hoy en formas de privilegio. Si en España tuviéramos una Constitución como la alemana, hace tiempo que el Tribunal Constitucional tendría que haber llamado al derecho de resistencia o habría declarado fuera de la Constitución a, cuando menos, los dos últimos gobiernos del Reino de España. ¿Por qué los jueces son tan solícitos para algunas cuestiones y, en cambio, han tolerado la ruina del país consumada por Zapatero y Rajoy? ¿No cabría situar en la inconstitucionalidad a dos partidos, PSOE y PP, que han dinamitado el carácter social de nuestro país recogido en el artículo 1 de la Constitución?

Escribía en otro lugar que vemos con pasmo que lo que estaba prohibido, ahora está permitido —sueldos desorbitados, sacar dinero del país, vaciar instituciones, usar información privilegiada—, y que lo que estaba permitido —derecho a manifestación, libertad de expresión, derecho de reunión— están, de facto, prohibidos. Vemos que desaparecen las garantías de reparto de la riqueza social y aumentan las desigualdades ; que los políticos que gestionan la transferencia de renta desde las clases medias y bajas a los ricos tienen la llave de la puerta giratoria que les permite un futuro cómodo en las grandes empresas; que cualquier tipo de protesta pasa a ser criminalizada por esos políticos que están gestionando ese robo de los de abajo hacia los de arriba (llevando a suelo patrio lo que antes se hacía entre continentes). “Por la mitad de lo que estos están haciendo yo me he pasado diez años en la cárcel”, dice el bróker de Wall Street , la película de Oliver Stone, viendo a nuestros actuales dirigentes. Y eso que no sabía ni lo de la Infanta, ni lo del coche en el garaje de Ana Mato, ni lo de la escritora fantasma de Mulas, ni lo de los sobres del PP. Cuando lo ilegítimo se convierte en legal, nace el momento de la desobediencia . En América Latina se preguntan a qué está esperando Europa.

Los escraches son nuevas reglas del juego para una nueva partida democrática. Y tienen la misma oposición que en su día tuvo el sufragio universal, el derecho a huelga o a manifestación. El escrache es un diálogo directo con los “mandatarios” que se convierten otra vez, gracias a ese acto de diálogo forzado, en “mandatados”. Que es lo que siempre han sido, aunque el abandono de la conciencia democrática le dio la vuelta a los papeles. Los escraches tenemos que entenderlos como la actualización en el siglo XXI de la rendición de cuentas democrática, de la exigencia del cumplimiento cabal de los programas electorales (o la convocatoria de nuevos comicios), de la reclamación de comportamientos acordes con la soberanía popular, de la renovación de la construcción de la voluntad popular más allá de la distancia que marcan los partidos, de la reivindicación de la honestidad en el ejercicio de los cargos públicos.

Déjenme repetirlo: los escraches son el penúltimo intento amable de un pueblo que quiere hacerse escuchar. Con los escraches, el escenario, en cualquier caso, se clarifica: los diputados que no soporten la cercanía de los electores, que se marchen. En democracia, es el pueblo el que manda. Aunque expresarnos así parece devolvernos a un lenguaje que se hablaba en tiempos arcaicos. ¿Quieren seguir manteniendo los políticos la impunidad? ¿Quieren trabajar para otro señor que no es el pueblo y que nadie les demande por su traición? ¿Va a convertirse la política en un negocio paralelo al desmantelamiento de los sistemas de previsión social?

La salida fácil es decir que los escraches son una forma de amedrantamiento que pertenece a los regímenes fascistas. Se equivocan. Las tensiones entre sectores sociales pertenecen a todos los regímenes que mantienen desigualdades. ¿Quién sin que se le caiga la cara de vergüenza va a defender que un escrache es más violento que un desahucio, que un despido, que un corralito, que el cierre de la universidad y las urgencias, que una mentira electoral, que las machadas de los antidisturbios, que las multas por ejercer la democracia?

Los que están en contra de los escraches son los que están a favor de otras formas de protesta que ya no cambian nada. El mismo diputado del PP que vota en contra de la ILP, es decir, el mismo diputado que construye “fascismo social” expulsando de la ciudadanía a una parte importante de los españoles y españolas, dice que los escraches se emparentan con las señales pintadas por los nazis en las tiendas de los judíos. Es al revés: son ellos los que nos cuelgan la estrella en el pecho negándonos el sustento, la vivienda, la salud. Esa democracia que defienden sólo existe en sus discursos. Hace tiempo que se ha ido.

Igual que Israel se comporta con los palestinos con maneras de nazis, el neoliberalismo está haciendo de nuestros países un enorme campo de concentración enmascarado en formas democráticas . Una queja que no es oída no tiene efectos democráticos. Por eso los escraches están devolviendo la democracia perdida o quizá, incluso, están permitiendo el advenimiento de la democracia que nunca hemos tenido. La democracia se gana siempre en la confrontación. Por eso dijo Fraga que la calle era suya. Los derechos siempre se ganan o se pierden en el pulso político. Y una forma clara de ese pulso, hoy, son los escraches. Es normal que el PSOE, el PP, UPYD, CIU o el PNV estén en contra. Tan evidente como que hay que regresar a los lugares donde nacieron los partidos. A la calle. Los escraches ya han empezado a marcar el camino.

Juan Carlos Monedero es profesor de ciencia política en la Universidad Complutense.

Fuente: http://www.publico.es/453525/escraches-la-democracia-que-nos-han-robado

 

Descolonizar la democracia

Social Democracy (Mexico)

 

A pesar del cambio de estatus legal y político que los procesos de descolonización supusieron para las antiguas colonias occidentales, la hegemonía de las formas ideológicas y culturales occidentales no ha sido alterada de manera significativa. Como afirma Ashis Nandy [1]: “Occidente está ahora en todas partes, dentro y fuera de Occidente: en estructuras y mentes”.

En este punto confluyen las corrientes de pensamiento que denuncian la presencia de una ideología neocolonial y occidentecéntrica fundada, en palabras de Boaventura Santos, en una racionalidad “perezosa, que se considera única, exclusiva, y que no se ejercita lo suficiente como para poder mirar la riqueza inagotable del mundo” [2]. Esta razón colonial es concebida esencialmente como una forma de negación, subordinación o eliminación de la diversidad humana, pues equipara diferencia con deficiencia y confunde diversidad con desigualdad. El resultado es una actitud arrogante caracterizada por la falta de reciprocidad en las relaciones humanas. El colonialismo, desde este enfoque, consiste en “todos los trueques, los intercambios, las relaciones, donde una parte más débil es expropiada de su humanidad” [3], corriendo el riesgo de ser tratada como una propiedad u objeto manipulable. Así, donde la razón colonial penetra, se llevan a cabo dinámicas de deshumanización, incluso sin la presencia de administraciones coloniales.

Estas corrientes comparten el reto de contribuir a descolonizar el pensamiento dando voz a las víctimas del colonialismo y otras formas de dominación. Descolonizar el pensamiento significa luchar contra los diferentes sistemas de opresión y dominación que pretenden imponer una sola forma de pensar, de ser y vivir. Es hacer frente al colonialismo (como negación sistemática de la humanidad) y a sus instrumentos de legitimación (económicos, políticos, mediáticos, académicos, etc.) para construir nuevas relaciones de respeto mutuo, igualdad y solidaridad. Es, en síntesis, dignificar la condición humana en sus más diversas expresiones.

La democracia representativa liberal ha sido y es una de las instituciones al servicio del colonialismo occidental. Más allá de su afán universalista, se trata de una forma particular e histórica de democracia que despunta en la Europa que proclama el ideario liberal-burgués del progreso, la razón y la emancipación. Fue la modernidad capitalista y liberal la que, tras siglos de desprestigio, recuperó la democracia en su forma representativa para limitar el poder de la monarquía absoluta, combatir los privilegios de las élites nobiliarias y extender el poder político a la burguesía emergente.

Sin embargo, la democracia representativa no fue concebida originariamente como un instrumento para canalizar las aspiraciones populares de orden económico, social y político. El liberalismo se apropió de la representación política como “estrategia de los ricos para asegurar y mantener su propia posición de dominación socioeconómica por medios políticos” [4]. Desde sus orígenes modernos, la democracia representativa estuvo regida por una matriz cultural occidental, individualista, clasista, racista, patriarcal, homófoba, excluyente, competitiva, consumista, explotadora en el empleo y depredadora del medio ambiente. La democracia representativa formaba parte de un modelo civilizatorio que impuso alrededor del mundo el señorío del moderno sujeto blanco, varón, adulto, heterosexual, propietario de bienes, cristiano y padre de familia. Entre los destinatarios de la democracia no figuraban los asalariados, las mujeres, las personas con discapacidad, los pobres, las personas no blancas ni las minorías étnicas y sexuales, grupos considerados inferiores y, en razón de ello, susceptibles de ser cosificados, explotados y silenciados. Este hecho evidencia el carácter colonial de la democracia liberal y del tipo de relaciones que estableció con una multiplicidad de sujetos a los que despolitizó y deshumanizó.

La dimensión colonial de la democracia liberal permanece todavía en sus conceptos, valores y usos históricos. He aquí algunos ejemplos: 1) la hegemonía política, social y académica de modelos de democracia representativa, elitista y formal creados en Europa y Estados Unidos y presentados al mundo como espejos de democracia en los que mirarse. La autopercepción de Occidente como espejo de democracia oculta la naturalización y globalización de un canon democrático que toma como base la experiencia política de cuatro países occidentales: Francia, Inglaterra, Holanda y Estados Unidos. 2) El descrédito de concepciones y prácticas de democracia que no hablan el lenguaje de la democracia representativa: formas participativas, deliberativas y comunitarias que interpelan directamente a la monocultura de la representación. 3) Las estrategias eufemísticamente llamadas de “promoción internacional” de la democracia liberal (guerras preventivas, misiones de “paz”, etc.), que supeditan los anhelos populares de transformación económica, política y social de los países intervenidos a un modelo de democracia considerado innato y universal y que responde, en la práctica, a los imperativos e intereses de la globalización neoliberal. 4) La presencia renovada en Europa de una Herrenvolk Demokratie (la democracia del pueblo de los señores)Aunque este concepto se introdujo en referencia a determinados regímenes segregacionistas, como el de la Sudáfrica del apartheid, donde minorías blancas se proclamaron señoras de la mayoría negra, permite describir la actual apropiación neoliberal de la democracia representativa. Vivimos en democracias electorales que, a pesar de reconocer formalmente la igualdad jurídica y política de sus ciudadanos, son compatibles con reglas salvajes que aseguran el dominio de élites políticas y económicas neocoloniales. Es la “democracia” de los señores de la globalización y del dinero, cada vez más agresiva, arrogante y excluyente. La democracia se ha convertido en su instrumento de ataque, en un espejo de las antiguas sociedades coloniales reproducidas hoy en el sur de Europa, donde es utilizada para establecer grados de inhumanidad que abarcan más y más gente: parados, pensionistas, funcionarios, familias desahuciadas, enfermos sin urgencias, estudiantes, inmigrantes, estafados por las preferentes, etc.

Nuestra concepción de la democracia y sus prácticas tiene que descolonizarse. Descolonizar la democracia significa desaprender su matriz eurocéntrica centrada en la perspectiva del sujeto masculino, blanco, heterosexual, burgués, alfabetizado y cristiano; denunciar una democracia falsamente representativa que iguala a opresores y oprimidos en las urnas, y cuyos rituales fingen una normalidad que para muchas personas es sinónimo de abandono e injusticia; rechazar la falsa universalidad de una democracia de siervos y señores que camufla las ideas e intereses de la clase, grupo o cultura dominante. También significa romper el espejo colonial en el que la democracia liberal se ve como forma superior de organización política para reivindicar que la democracia no debe construirse únicamente sobre la base de procesos electorales, sino a partir de prácticas que no pueden quedar subsumidas en la democracia representativa, blanca, clasista, elitista, racista y machista globalizada. Las asambleas deliberativas, la rotación de cargos, el mandato imperativo, los referéndums, la iniciativa legislativa popular, el presupuesto participativo y la democracia electrónica, entre otras prácticas, forman parte de la vida secreta de la democracia.

La descolonización de la democracia sólo puede resultar de dos aprendizajes: 1) la humanidad de unos no puede construirse a costa de la inhumanidad de otros. No hay una forma de ser humano más plena y legítima, pues, como afirma Montaigne [5], “cada hombre encierra la forma entera de la condición humana”. La democracia tiene que ser un espejo poliédrico cuyas imágenes reflejen las variadas formas de humanidad vigentes. 2) Hay que promover el diálogo y la complementariedad entre las diversas formas de democracia, reconociendo, con Martha Nussbaum, que “las ideas primigenias de la igualdad, la democracia y los derechos humanos existieron en muchas culturas”, aunque bajo diferentes formas y lenguajes. Sin diálogo entre democracias, la democracia se vuelve un discurso monocorde y su diversidad se pierde.

 

Notas

[1] Nandy, A. (1982), The Intimate Enemy: Loss and Recovery of Self Under Colonialism, Oxford Univesity Press, Delhi, pág. 11.

[2] Santos, B. S. (2006), Renovar la teoría crítica y reinventar la emancipación social (encuentros en Buenos Aires), CLACSO, Buenos Aires, pág. 20.

[3] Ibid., pág. 50.

[4] Pateman, C. (1985), The Problem of Political Obligation. A Critique of Liberal Theory , University of California Press, Berkeley, pág. 148.

[5] Montaigne, M. (1998), Ensayos III, Cátedra, Madrid, pág. 27.

Antoni Jesús Aguiló es filósofo político e investigador del Núcleo de Estudios sobre Democracia, Ciudadanía y Derecho (DECIDe) del Centro de Estudos Sociais de la Universidad de Coímbra (Portugal).

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.