Dossier

El artículo pretende abordar las ideas de dos importantes estrategas, Moltke y Liddell Hart, así como su contribución a la teoría sobre la guerra. Partiendo de nociones generales de estrategia e historia militar, se describen los legados de estos dos personajes junto con sus biografías y las reacciones de sus contemporáneos a sus planteamientos.

PALABRAS CLAVE

Estrategia, táctica, historia militar, guerra.
ABSTRACT

This article pretends to address the ideas of two important strategists, Moltke and Liddell Hart, as well as their contribution to war theory. Starting with general notions of strategy and military history, it describes the teachings of the two characters along with their biographies and the responses of their contemporary to their propositions.
KEYWORDS
Strategy, tactic, military history, war.

Introducción
La angustiosa búsqueda de una solución viable a nuestro prolongado conflicto interno, así como la compleja situación internacional ante la muy probable guerra con Iraq y en especial las incertidumbres surgidas a raíz de la tragedia del 11 de septiembre del 2001, a partir de la cual el terrorismo se afianzó como medio de expresión política y arma de destrucción masiva en el intento de cambiar el modo tradicional de las confrontaciones bélicas, son motivos más que suficientes para crear expectativas sobre temas que además de mantener su propia vigencia, hacen que mucha gente, con el indiscutible derecho de opinar, se interese por ellos y se sienta inclinada a exponer y sustentar sus conocimientos, ideas y conceptos.

De ahí surge un considerable y espontáneo número de estrategas, tácticos, analistas o politólogos de cóctel o de tertulia que con citas de Alejandro, Sun Tzu, Aníbal, Napoleón y muchos otros, discurren sobre cuestiones que ni siquiera conocen.

Creemos que estas razones, entre otras, son las que han motivado a la Revista de Estudios Sociales de la Universidad de los Andes a propiciar ensayos relacionados con algunas teorías de la guerra y con dicho fin se ha querido recordar a dos pensadores relativamente contemporáneos, Molkte y Liddell Hart que hacen parte de la indiscutible nómina de creadores de la estrategia moderna por el papel fundamental que tuvieron en el planeamiento y en la conducción de las operaciones militares dentro de los conflictos y situaciones que les correspondió vivir o por la decisiva influencia que ejercieron sobre el pensamiento militar durante los siglos XIX y XX. Con el ánimo de facilitar el desarrollo y la comprensión del tema, antes de entrar propiamente en éste, hemos creído conveniente hacer algunas precisiones no solo sobre la guerra, sino sobre otros temas afines, relacionados directamente con ella, como la estrategia, la táctica y la historia militar.

De la guerra
Son muchas las definiciones que existen de la guerra, pero nos limitaremos a recordar estas dos de Clausewitz, uno de sus principales filósofos:

• Es la continuación de la política por otros medios

• Es un acto de fuerza para obligar al adversario al cumplimiento de nuestra voluntad [1].

Así, entendemos la guerra como el choque violento por medio de las armas entre dos o más naciones para dirimir sus diferencias cuando la política no logra encontrar soluciones pacíficas. También llamamos “guerra” a la confrontación violenta entre bloques antagónicos dentro de un mismo estado como fueron nuestras guerras civiles del siglo pasado.

A este respecto, nos duele y nos desconcierta tener que usar este mismo término de “guerra” para referirnos a lo que hoy está viviendo Colombia, por cuanto la absurda como dolorosa, inútil e injusta tragedia que aqueja al país, es ante todo un desbordamiento delincuencial en el que unas minorías violentas masacran a gentes inermes, mediante procedimientos terroristas, estimuladas por las enormes ganancias del narcotráfico y bajo la motivación del lucro.

De ahí que su accionar criminal no pueda equipararse con el quehacer de los soldados, puesto que esos grupos ilegales muy raras veces combaten, sino que delinquen con la atrocidad y la sevicia de los forajidos. Con cuánta razón el General Rafael Uribe Uribe, al repudiar las acciones irregulares durante la Guerra de los Mil Días, expresaba: “No hay guerrilla que no degenere en banda de forajidos”. En el loable afán de que la guerra desaparezca de la faz de la tierra, con frecuencia caemos en ingenuidades que nos apartan de la realidad pero que no debemos ignorar. Generalmente se ha creído que la guerra la inventaron los militares; pero en realidad lo que ocurrió fue que los soldados nacieron de la infortunada necesidad de tener que hacerla, como de la imperiosa obligación de intentar evitarla. De ahí que creamos que la guerra la inventaron los políticos y posiblemente los comerciantes y que a los militares, a su vez, los inventaron para poder hacerla. Según Ortega y Gasset, la guerra no es un instinto sino un invento. Los animales la desconocen y es una institución humana, como la ciencia o la administración. Ella llevó a uno de los mayores descubrimientos en la base de toda civilización; al descubrimiento de la disciplina. Todas las demás formas de la disciplina proceden de la disciplina primigenia que fue la militar. Por ello el pacifismo se convierte en una nula beatería al pretender ignorar que la guerra, no obstante todo lo repudiable que tiene de por sí, es una genial y formidable técnica de la vida y para la vida misma. De Voltaire aprendimos que las bestias son superiores al hombre porque ignoran el arte de destruirse; de Tomas Hobbes que el hombre es lobo para el hombre, y esa ha sido la historia de la humanidad desde que el hombre apareció sobre la tierra. Con cuanta razón el filosofo español ya citado, nos advierte que “el hombre es solo una fiera con veleidades de arcángel” [2].

Hace unos años el Doctor Diego Uribe Vargas, en un artículo publicado en El Tiempo, transcribió una publicación de la Civilita Católica, Cuaderno 3181, que a la letra decía:

La historia humana es una historia de guerras intercaladas de breves períodos de paz, que más exactamente deberían llamarse treguas. Se ha calculado con cierta aproximación que desde 1496 antes de Cristo, hasta 1861 DC, es decir durante 3.357 años, 227 fueron de paz y 3.130 de guerra, o sea trece años de guerra por cada año de paz.

Y es de observar que esta investigación abarcó hasta 1861, cuando aún no había ocurrido la Guerra Civil de los Estados Unidos, la guerra franco-prusiana de 1870 y las dos guerras mundiales de 1918 y 1939, para no citar otras conflagraciones.

Los griegos consideraron la guerra con un sentido fatalista y la explicaron como una fuerza inexorable del destino, y la paz como una tregua prolongada en el tiempo que permitía brevemente disfrutar de sus beneficios. Moltke, como lo veremos más adelante, se identificaría con esta concepción.

Además debe tenerse en cuenta que después de la Segunda Guerra Mundial se han presentado más de 160 conflictos que han ocasionado un número mayor de 20 millones de muertos. El escritor alemán Arturo Schnitzler afirma que la guerra seguirá existiendo mientras haya hombres ambiciosos y con el poder para causarla (llámense Bush, Saddam Hussein, Gadafi, u otro cualquiera).

Estos datos y comentarios no pretenden en ningún momento hacer la apología de la guerra; pero sí recordar que de los tres flagelos de la humanidad, la esclavitud, la peste y la guerra, este último sigue siendo el peor por su persistencia. Los dos primeros más o menos pueden haber desaparecido, pero la guerra sigue siendo un azote de Dios y una espada de Damocles que pende sobre los pueblos como también lo expresara Moltke.

Pero no basta con odiarla como todos lo hacemos, empezando por quienes nos ha tocado padecerla, para que la paz pueda afianzarse como un regalo que generosamente los dioses nos otorgan. Como seres humanos debemos reflexionar sobre ella para que podamos dar nuestro aporte al propósito de evitarla o al compromiso de tener que afrontarla.

En los días actuales se consideran muchas clases y tipos de guerra que resultaría largo enumerar. Las llamadas guerras revolucionarias, especialmente de tipo irregular, surgieron a raíz de las guerras de liberación que aparecieron después de la Segunda Guerra Mundial contra los imperios coloniales en la justa aspiración de esos pueblos sojuzgados y que por tanto fueron similares en su finalidad a las “guerras de emancipación” de los siglos XVIII y XIX de las antiguas colonias de Inglaterra y España en el continente americano.

De la estrategia y la táctica
Como lo anota J. M. Collins en su libro “La gran estrategia”, la palabra estrategia significó originalmente “el arte de los generales”[3] pero en la actualidad su significado se ha hecho mucho más amplio, pues no es exclusiva de los militares, ni tampoco de los conflictos armados.

La llamada estrategia nacional se refiere a todos los poderes de la nación tanto en la paz como en la guerra y comprende los varios tipos de estrategias para alcanzar los altos fines nacionales del Estado y así se identifica una estrategia política, como también económica, psicológica, interna y externa y también militar. La suma de todas estas es la que se denomina la “Gran Estrategia” que se define como “El arte y la ciencia para emplear el poder nacional en el logro de los objetivos de la nación en todos los campos, combinando todos los medios posibles, como la diplomacia, las presiones, las amenazas, los subterfugios y las armas”. [4] Dentro de este contexto la gran estrategia está estrechamente relacionada con la estrategia militar, pero son diferentes porque esta última hace parte de la primera.

La estrategia militar definida “Como el arte para que la fuerza concurra a alcanzar las fines de la política” [5], es la que busca la victoria por medio de las armas y está, por tanto, reservada a los militares, pero supeditada a la gran estrategia que es la que corresponde a los hombres de Estado. Dentro de la estrategia militar, existen también numeroso tipos en relación con la forma de aplicarse y así se habla de la estrategia secuencial y de la estrategia acumulativa y según al teatro de operaciones sobre el cual se ejerzan, deben distinguirse una estrategia de tierra, de mar o de aire, o la combinación de estas tres.

Básicamente deben considerarse dos clases de estrategia: la estrategia directa y la estrategia indirecta, las cuales obedecen al mismo propósito que es el de doblegar la voluntad del adversario. En la estrategia directa, la fuerza física es el factor esencial. En la estrategia indirecta, la fuerza pasa a un plano secundario y en su lugar se da prelación a un hábil planeamiento que mediante acciones psicológicas y bajo y un decidido y eficiente liderazgo afecte gravemente la moral del contendor.

La aplicación primaria del poder físico en forma directa predominó en los comienzos de la humanidad, pero a medida que pasaban los siglos fueron surgiendo estrategos que como Sun Tzu, Alejandro, Aníbal, Maquiavelo, Moltke, Lenin y Liddell Hart, idearon nuevas formas para que la astucia y la agilidad del pensamiento pudieran sustituir a la fuerza y darle una mayor utilidad.

La estrategia, como lo expresa el General André Beaufre, no puede considerarse como una doctrina única, sino “como un método de pensamiento que permita clasificar y jerarquizar los acontecimientos, para escoger los procedimientos más eficaces. A cada situación corresponde un estrategia partícula, pues una puede ser la mejor para una determinada coyuntura mientras que para otra puede resultar inadecuada o detestable” [6].

Si la estrategia tiene que ver con las altas concepciones de la maniobra en los teatros de guerra y está por tanto muy ceñida a las directrices de la política, a la táctica le corresponde la conducción de las tropas en el terreno para materializar y obtener mediante los combates, como parte integrante de la batalla, el éxito de las operaciones.

De ahí que la táctica se considere como el arte mediante el cual los Comandantes de los cuerpos de Ejército y de las unidades subordinadas, Divisiones, Regimientos, Batallones y formaciones menores, convierten el poder de combate en acciones exitosas en los choques que libran contra las fuerzas de maniobra enemigas.

De la historia militar

Uno de los más útiles, valiosos y trascendentales medios e instrumentos de la estrategia a través de todos los tiempos ha sido y seguirá siendo el estudio de la historia militar. Balk nos definió la importancia y la razón de ésta en los siguientes términos: “El objeto de la historia militar es el de enseñar a conducir la guerra con la experiencia ajena, porque la propia cuesta mucho, es difícil de cosechar y llega demasiado tarde” [7].

Esto, porque es a través de su estudio como podemos conocer los acontecimientos, analizar profusamente cada caso concreto, y del juicioso y objetivo análisis que lleguemos a hacer, deducir las enseñazas y los ejemplos dignos de seguir o de evitar según los resultados que de determinado suceso fueran obtenidos.

Sin la historia militar no hubiera sido posible alcanzar el alto grado de desarrollo que ha tenido la estrategia a lo largo de lo siglos, por cuanto la historia no solo describe sino que sopesa, analiza, investiga, observa y compara las actividades bélicas, tanto en el orden material como intelectual, moral y físico. Además estudia no solo los hechos sino a sus conductores, los ejércitos, las circunstancias de tiempo y lugar, al igual que las doctrinas, los principios que fueron aplicados, la forma como se hizo y, en general, todos los factores.

Aunque la estrategia es esencialmente diferente de la historia, es de ésta que recibe sus lecciones, las cuales cristaliza en principios, preceptos y normas que han de servir de base o de guía para la conducción de la guerra. Así mismo al facilitarnos el conocimiento de los Grandes Capitanes nos permite apreciar tanto sus virtudes como sus capacidades y sus fallas, para intentar descubrir el secreto de su grandeza, y procurar imitarlos para poder seguirlos aun cuando sea a distancias siderales.

Así como la estrategia recibe mucho de la historia, también ocurre lo mismo con la táctica en cuanto a la aplicación de los principios y las formas de ejecución refrendadas en los campos de batalla lo cual constituye un significativo aporte que debe ser empleado dentro del límite de las circunstancias específicas y de las probabilidades. Al igual ocurre con la organización militar, por cuanto no existe materia relacionada con la guerra que no se beneficie con el estudio de la historia militar. Como lo veremos en el presente ensayo, tanto Moltke como Liddell Hart se distinguieron no solo por su consagración al estudio de los temas históricos, sino por la brillantez con que supieron dedicarse a la exposición de los mismos mediante sus reconocidas habilidades de escritores prolíficos, serios y consagrados a su extraordinaria labor. Entremos ahora al estudio de los dos personajes escogidos.

Helmuth Von Moltke

Primero Otto Von Bismark con su gran fortaleza intelectual y moral y su extraordinaria visión de estadista y luego Von Helmuth Moltke en el campo de la guerra, bajo el cetro de Guillermo I de Prusia, vienen a ser los dos artífices de la unificación alemana en torno al reino de Prusia, la cual dará a esta nación el predominio de la Europa central, a partir de la segunda mitad del siglo XIX, protagonismo que se prolonga durante el siglo XX y que a pesar de sus derrotas de 1918 y 1944, aun intenta ejercer dados su merecimientos, capacidades y grandes virtudes que ni los tremendos crímenes del nazismo lograron eclipsar.

Como lo expresa Hajo Holborn, en el capitulo VIII del Tomo I de la obra Creadores de la estrategia moderna, (obra que hemos utilizado preferentemente como fuente de información y de referencia para este ensayo) el poderoso Ejército Prusiano del siglo XIX, fue creado prácticamente por cuatro figuras estelares del arte bélico: Federico el Grande, Napoleón, Schanhorsty Gneisenau.

El primero dejó el recuerdo de sus triunfos y de la resistencia en la adversidad y legó la enseñanza de que la vida de un ejército en tiempo de paz consiste en una ardua labor, por cuanto las batallas primeramente se deben ganar en los campos del entrenamiento. Pero realmente es el conquistador francés quien hace comprender a los prusianos el papel que la estrategia debe desempeñar en la conducción de la guerra, y son dos jóvenes oficiales, por cierto ninguno prusiano de nacimiento, quienes van a modelar el Ejército de Prusia, tomando como ejemplo el Ejército Francés moderno de Napoleón.

De ahí que se deba aceptar que el genio francés es el segundo maestro, por cuanto después de la batalla de Jena, Schanhort y Gneisenau serán los encargados de adaptar al Ejército de Prusia a un nuevo tipo de guerra, cuyos métodos fueron consecuencia de los profundos cambios sociales y políticos de la Revolución Francesa. El ejército de Federico el Grande inicialmente estaba constituido por una fuerza de mercenarios aislada de la población civil que por un sentimiento del honor y de la lealtad de los oficiales de la nobleza era glorificado, mientras en los grados subalternos y en las tropas se mantenía su cohesión por medio de una disciplina férrea de carácter brutal. A los reformistas prusianos inspirados en el ejemplo francés les corresponderá introducir la conscripción universal pero manteniendo la clase junker en la oficialidad. En esta forma, el servicio nacional del pensamiento liberal existente en Francia y EE. UU., pasa a convertirse en Prusia en un recurso destinado a fortalecer el poder del estado absolutista. Esta conscripción se reglamenta en casi todos los países europeos, pero fuera de Prusia, dicha conscripción era solo para los pobres, pues a los ricos se les permitía hacer pagos en dinero y proveer reemplazos, mientras que en Prusia al no existir exclusiones para servir en filas, el ejército pasó a ser un ejército ciudadano, con los súbditos de un absolutismo burocrático. La nueva escuela de la estrategia prusiana creó su propio y más valioso instrumento de guerra, en el Estado Mayor General Prusiano que se convierte en el cerebro y centro nervioso del ejército. Sus orígenes se remontan a la década anterior a 1806, pero solo a partir de este año, cuando Schanhorst reorganiza el Ministerio de Guerra, se crea una división especial que asume la responsabilidad de los planes de organización, movilización, doctrina y adiestramiento en tiempos de paz. Como Ministro de Guerra, Schanhorst retiene la dirección de esta división, ejerciendo una fuerte influencia en el pensamiento táctico y estratégico de la oficialidad, a la que adiestra en juegos de guerra y en maniobras de Estado Mayor. Desde ese entonces a los miembros del Estado Mayor se les distinguió con un uniforme especial, con franja roja en el pantalón y al imponer el hábito de designarlos como Oficiales Ayudantes de las distintas unidades del Ejército, se logró extender el control y la influencia directa del Jefe del Estado Mayor General sobre todos los Generales y reparticiones del ejército.

En 1821, el Jefe del Estado Mayor General pasa a ser el primer consejero del Rey en las cuestiones relacionadas con la guerra, mientras las funciones del Ministerio de Guerra quedan limitadas al control político y administrativo del ejército. Esta innovación permitirá que el Estado Mayor General tome la dirección de los asuntos militares, no solamente después de la declaración de guerra, sino en la preparación y en la fase inicial de esta. Moltke, al igual que sus predecesores y maestros Scharnhorst y Gneisenau, no era de Prusia, pues nació en una región vecina de Mecklemburgo, el 24 de octubre de 1800, donde su padre prestaba sus servicios como Oficial del Rey de Dinamarca. Hasta 1819 fue instruido como cadete danés y solo en 1822 ya como teniente, solicitó su incorporación al Ejército Prusiano.

Los prusianos le hicieron reiniciar su carrera desde el grado más bajo, pero al lograr distinguirse fue admitido en la Escuela de Guerra donde adquirió especial interés por la física, la geografía y la historia militar. Su excelente cultura general y su habilidad en el dominio del idioma lo convirtió en escritor, un tanto anónimo pero brillante, y algunas veces escribió novelas para obtener ganancias que, incluso, le sirvieron para pagar su equipo de montar que le exigió su entrada al Estado Mayor y también para afrontar dificultades económicas familiares propias de la época, porque no obstante su título nobiliario, carecía de fortuna. En 1826 volvió por dos años a su regimiento y en 1828 fue destinado al Estado Mayor General al cual habría de pertenecer durante sesenta años, treinta de estos en la jefatura. Con excepción de los cinco años pasados como teniente en los ejércitos de Dinamarca y de Prusia, nunca prestó servicios con las tropas. Sin haber comandado siquiera una compañía, a la edad de 65 años asumirá virtualmente el mando de los Ejércitos Prusianos en la guerra contra Austria.

De 1835 a 1839 como consejero del Sultán de Turquía tuvo alguna experiencia de guerra en la infortunada campaña contra Egipto, en la cual el Comandante de las fuerzas turcas desatendió las recomendaciones del joven capitán y tuvo que vivir la guerra en la dura realidad de la derrota. En 1855, Federico Guillermo IV, lo nombró Ayudante de Campo de su sobrino el Príncipe Federico Guillermo, el futuro Emperador Federico III. Este nombramiento permitió que el padre del príncipe Guillermo I descubriera en Moltke las dotes que lo habrían de recomendar como futuro Jefe del Estado Mayor General y en 1857 cuando Guillermo I se convierte en regente de Prusia, Moltke es designado para dicho cargo.

Antes de que la primera línea férrea se construyera en Alemania, desde 1840, Moltke comprendió la enorme importancia que habría de tener el transporte por tren, y sus escasos ahorros personales los destinó a la compra de acciones para la construcción del sistema ferroviario. De 1847 a 1850, tropas de diferentes naciones empiezan a emplear este medio y en 1859 cuando empieza la guerra con Italia, Moltke comprueba las ventajas del ferrocarril para la movilización y concentración de las unidades, puesto que las tropas pudieron ser transportadas seis veces más rápidamente que los ejércitos napoleónicos. Debido a la posición desfavorable de Prusia respecto de sus vecinos, Moltke declaró que la ampliación de la red ferroviaria era más importante que la de un sistema de fortificaciones fronterizas, por cuanto con el nuevo medio se podrían desplazar en no mucho tiempo grandes cantidades de tropas de una a otra frontera. Su claro concepto del juego de los factores estratégicos del espacio y el tiempo empieza a predominar en sus concepciones de un liderazgo agresivo y resuelto que buscará la ofensiva para obtener un triunfo rápido que haga la guerra lo más corta posible.

De Clausewitz, Molkte aprendió que la guerra era el último recurso de la política y que por tanto ésta, como parte de “un orden mundial establecido por Dios e inseparable de aquel”, requería un “estadista que frenara, dirigiera e indicara al mismo tiempo la dirección de la marcha y los límites a los cuales debía llegar”, como lo observa Walter Goerlitz, en su obra El Estado Mayor alemán. [8]

Y es cuando aparece Otto Von Bismark como el estadista ideal que habría de lograr la unificación de Alemania para afirmar su dominio sobre la Europa central. Nunca más esta grandiosa combinación de un gran estratega como Moltke con un gran estadista de la talla de Bismark, volvería a repetirse en la historia de Alemania. De ahí que Moitke, no obstante sus relaciones personales un tanto frías con el Canciller de Hierro, siempre obedeció las directrices de éste, pues como militar reconocía la prioridad que debía tener el estadista sobre los asuntos políticos. A raíz del Congreso de Viena de 1815, Alemania había quedado reducida a 38 Estados que constituían la llamada “Liga -alianza germánica”. En 1861, Guillermo I es proclamado Rey de Prusia y un año más tarde Bismark es nombrado Ministro de Estado del Reino. Con Bismark y Moitke, Guillermo I llevará a Prusia y más tarde a toda Alemania a la mayor época de gloria y de grandeza.

Para lograr su unificación, Bismark conforme a su convicción de que la fuerza habría de prevalecer sobre todo derecho, entiende que las grandes cuestiones de la época no se resolverían con discursos y votos de mayoría sino con “sangre y hierro” y a raíz de esta política se le da el nombre de “Canciller de Hierro”. Y es él quien, con sus habilidades y argucias diplomáticas, se inventa tres guerras que le permitirán, mediante la victoria militar, lograr la unificación de su patria: la primera, en 1863, contra Dinamarca; ía segunda, en 1866, en la cual vence a los austríacos en la famosa batalla de Sadowa y la tercera, en 1870, contra Francia a la cual derrota en las batallas de Wisemburg, Rezonville y Sedan, donde capitula el Ejército Francés, y su Emperador Napoleón III cae en poder de los alemanes; su Ejército rendido en Metz es hecho prisionero e internado dentro del territorio del enemigo.

Con estas tres victorias, Prusia se eleva a la categoría imperial y es el 18 de febrero de 1871, en el mismo Salón de los Espejos deí Palacio de Versalles que, tras la derrota del Imperio Francés, se proclama a Guillermo I, Emperador de Alemania.

Para apreciar el genio militar de Moitke, veamos brevemente algunos de sus más trascendentales conceptos. En 1865 escribió: “La condición normal de un Ejército es su separación en cuerpos, pero es un error el agrupamiento de estos cuerpos sin un propósito muy definido. Como la concentración de todas las tropas es absolutamente necesaria para la batalla, la esencia de la estrategia consiste en la organización de marchas separadas pero llamadas a proveer la concentración en el debido momento”[9].

Después de la batalla de Sadowa, comprendió que resultaba mejor mover las fuerzas el día del combate, desde distintos puntos para que se concentraran sobre e campo de batalla mismo y dirigir las operaciones de tal manera que una última marcha breve, desde diferentes direcciones, llevara.al frente y a los flancos del enemigo. Este sería el propósito esencial de su estrategia.

Entendió que la guerra era un instrumento político y aun cuando sostuvo que un comandante debía verse libre de la dirección efectiva de las operaciones militares, admitió que los propósitos y las circunstancias políticas podían modificar las estrategias en todo tiempo. Negó que la estrategia fuera una ciencia y que pudieran sentarse principios sobre los cuales debían elaborarse los planes de I operaciones; consideró que cada situación debía ser definida “en función de sus propias circunstancias y que se debía contar con una solución en la que el adiestramiento y los conocimientos estuvieran combinados con la visión y el coraje”. [10]

Dio al estudio de la historia militar una especial importancia, pero insistió en que dicho estudio dependía de que la historia fuera analizada con el debido sentido de a perspectiva porque a pesar de su trascendencia, la historia no se podía identificar con la estrategia, la cual definió “como un sistema de recursos ad hoc; es algo más que los conocimientos, pues consiste en la aplicación de éstos a la vida practica y al desarrollo de una ¡dea original adaptada a circunstancias continuamente cambiantes.”[11]

En contraste con la estricta disciplina prusiana, asignaba un interés muy especial al criterio independiente de todos los oficiales, llegando a expresar que “Una orden debe contener todo cuanto un comandante no puede hacer por sí mismo, pero nada más que eso”. Se mostró dispuesto a tolerar desviaciones de su plan de operaciones siempre y cuando el general subordinado pudiera obtener un importante triunfo táctico, pues consideraba que “la estrategia se somete en caso de una victoria táctica” y este criterio lo aplicó en las primeras semanas de la guerra contra Francia, cuando algunos de sus generales modificaron sus planes de operaciones mediante acciones temerarias que resultaron exitosas.

La guerra contra Dinamarca, en la cual combatió al lado de Austria, no tuvo mayor importancia. La manera como supo corregir los errores del Mariscal Wrangel, lo hizo aparecer ante Guillermo I como el estratego circunspecto que sabía actuar con prudencia, y a partir de junio de 1866, el Rey dispuso que todas las órdenes del ejército debían darse por su intermedio, y casi incondicionalmente, el monarca acogió los consejos de Molkte, que a los sesenta y cinco años, prácticamente se convirtió en el Comandante en Jefe del Ejército Prusiano, ejerciendo esa función esencialmente profesional que no corresponde a la del Jefe de Estado, así se le quiera dar a éste el nombre de Comandante en Jefe, pues él no tiene ni los conocimientos, ni la experiencia, ni las aptitudes, ni las capacidades para comandar las tropas como lamentablemente ocurriera años después, para mal de Alemania, con Hitler y sus generales, lo cual contribuyó decisivamente a su derrota militar.

También hoy en día, en las democracias de la mayor parte de América Latina, para reafirmar la indiscutible subordinación que las Fuerzas Armadas deben tener respecto del Presidente de la República, se ha optado infortunadamente por distinguir a éste con el título de Comandante en Jefe, función ésta que en realidad tendrá que delegar siempre en un profesional militar quien es el que está en capacitado para ejercerla.

En la preparación y ejecución de la Batalla de Sadowwa, Moltke pudo demostrar con su estrategia que la llamada maniobra por “líneas interiores”, solo resultaba válida cuando se conservaba espacio, ganando así tiempo para derrotarlo y perseguirlo y luego volver sobre la otra fuerza a la cual solo se le mantenía en observación. La estrategia de Moltke se caracterizó siempre por su amplitud mental y por los cambios elásticos que acostumbraba hacer.

Los triunfos sobre Austria, en 1866, y sobre Francia, en 1870, le dieron al Estado Mayor General una aureola de gloria casi mística. En 1857, cuando Moltke asumió su jefatura, había en este organismo solo 64 oficiales; en 1875, eran 135 y en 1888, cuando Moltke se retira, sus efectivos habían ascendido a 239, de los cuales 197 eran del Ejército Prusiano, 25 del de Baviera, 10 del de Sajonia y 7 del de Wuretenberg. En 1872, la tercera parte de los oficiales era de origen burgués y hasta se encontraba un judío. La escogencia de los miembros de este organismo desde antes de los tiempos de Moltke obedeció siempre a una demostrada idoneidad y eficiencia para su importante tarea.

Uno de los principales rasgos característicos de este gran conductor, fue el sentido de la discreción y de la modestia, pues poco le interesó figurar y fue bien conocida su norma de que importaba más ser que parecer, que fue la forma ideal de trabajo preconizada por él, dentro de la más alta exigencia moral de que cada miembro del Estado Mayor debía dar su máximo rendimiento. Bajo sus sucesores, especialmente con Schileffen, esta actitud llegó a convertirse en un principio: “Hacer mucho y destacarse personalmente poco”, o sea que el trabajo debía ser esencialmente impersonal, orientado solo a la máxima conveniencia de la institución.

Ya en su avanzada senectud, el anciano general reconoció que el ideal de una guerra rápida y corta había sido solo una vana ilusión, pues el conflicto bélico pendía sobre el pueblo alemán como una amenaza constante para la cual se debía estar preparado siempre y que una vez comenzado, era difícil prever su fin, debido a que en él participarían las potencias mejor armadas, ávidas de mantener o por lo menos disputar el predominio de su poder sobre la Europa central.

Su filosofía sobre la naturaleza y la necesidad de la guerra la resumió admirablemente en la carta que en 1880 enviara a Johann Kaspar Bluntschi, para avisar recibo de un manual sobre un proyecto de Derecho Internacional que se le había remitido en solicitud de su opinión. En uno de sus apartes decía:

Primero, yo encuentro que el esfuerzo humanitario de oponerse al sufrimiento que viene con la guerra es altamente apreciable. Pero la paz eterna es un sueño y no ciertamente bello. La guerra es parte del orden mundial de Dios. Dentro de esta se despliegan las nobles virtudes de los hombres, el coraje, la renunciación, la lealtad al deber y la disposición al sacrificio ante el azar de la vida. Sin la guerra el mundo se hundiría en el pantano del materialismo. Además yo estoy completamente de acuerdo con los principios expuestos en el prefacio de que el progreso en la moralidad debe también reflejarse en el estremecimiento de la guerra. Pero yo voy más lejos y creo que es la guerra en sí misma y no en una codificación de la ley de la guerra, es lo que pudiera obtener este propósito. [12]

Naturalmente, Moltke se refería a la guerra entre Estados, en la concepción tradicional, caballeresca y romántica de la lucha clásica que libran los soldados y no a la lucha sórdida, aviesa, indiscriminada y cruel que hacen los forajidos mediante sus desbordamientos criminales, característicos de las guerras irregulares.

El 25 de abril de 1891, cuando había sobrepasado sus 91 años fallece en Berlín en forma digna y apacible como fuera su meritoria existencia al servicio de su Ejército y de su patria. En la Jefatura del Estado Mayor, lo sucede el Conde Von Schlieffen, quien se hará famoso con su conocido plan, el cual llega a invertir las prioridades en los planes de defensa de Alemania dirigidos por Moltke, al dar la prelación inicial al frente occidental (contra Francia) y no al flanco opuesto oriental (contra Rusia), como lo había concebido su antecesor.

Años más tarde con la muerte de Schlieffen, un nuevo Moltke sobrino del primero, enmarcado por el halo de su gloria y de su prestigio, llega otra vez a este cargo, que bajo la brillantez de su tío había convertido en leyenda no solo al Estado Mayor General Alemán, sino al nombre de “Motke” en quien se personificó la grandeza de su patria y de su institución militar.

Sir Basil Henry Liddell Hart

Este brillante escritor, historiador, crítico y estratega militar, hijo del reverendo Henry Hart y de su esposa Clara Liddell, nace en Inglaterra, el 31 de octubre de 1895. Se educa en la Escuela de San Pablo y en el Colegio de Corpus Christi. El inicio de la Primera Guerra Mundial le hace interrumpir sus estudios en Cambridge. Entra al Ejército Británico y se recibe como Oficial del Regimiento de Infantería ligera del Rey, de Yorkshire. Toma parte activa en las batallas de Iprés y del Somme y es herido dos veces. Al final de la guerra, en el grado de capitán, su experiencia personal lo lleva al convencimiento de que la guerra es horrible y que escenas como las del Somme y Passchendale no debieran repetirse jamás. Esta convicción es la que en algunas ocasiones le hará asumir posiciones un tanto confusas cuando no contradictorias, al surgir como escritor y crítico militar que alimenta controversias dentro del debate que se abre sobre la conveniencia para su patria de optar por el ataque o por la defensa en la conducción de la guerra.

En 1920, antes de su salida del Ejército escribe el Manual de Entrenamiento de Infantería. Una vez retirado del servicio en 1927, se ocupa como corresponsal militar en el Daily Telgraph de 1925 a 1935, luego pasa al London Times hasta 1939 y de este año a 1945 escribe para el Daily Mail. Pero además de su condición de periodista con su inmenso volumen de escritos y artículos sobre temas militares, se muestra al mundo con sus muy numerosos e interesantes libros, como uno de los más prolíficos escritores sobre la guerra y como versado historiador que con profundo criterio analítico estudia a los grandes conductores militares de diversas épocas, para desentrañar el secreto de sus éxitos y sustentar sus propias doctrinas. Al término de la Primera Guerra Mundial, el Ejército Británico se desmoviliza demasiado rápido y es reducido en todas sus estructuras orgánicas con el pretexto de la difícil situación fiscal. Además, al igual que en Francia, se piensa equivocadamente: primero que la estrategia defensiva fue la que dio la victoria a los aliados, y que con los organismos internacionales (La Liga de las Naciones) la tragedia de la guerra pronto habría de desaparecer; de ahí surge un ambiente propicio al pacifismo que causa en estos países una actitud antimilitarista, fundamentada en el error filosófico que destacaba Ortega y Gasset de cometer la inmoralidad “de creer y hacer creer, que las cosas ocurren por el solo hecho de desearlas”, lo cual pesa gravemente sobre la responsabilidad histórica de los estadistas respecto al destino de sus pueblos.

Sin embargo, para bien de Gran Bretaña en aquellos años aparece en el primera plana de los analistas de la posguerra el Mayor General J. F. C. Fuller, quien en 1918 fuera el Jefe de Estado Mayor del Real Cuerpo de Tanques y que con sus escritos, como brillante experto de estas materias, inicia una cruzada en defensa de la guerra mecanizada y blindada, teorías que poco interés despiertan en las esferas gubernamentales de su país y en el pueblo británico que después de sufrir más de 600.000 bajas en Francia, no quería saber nada más de guerras. Pero el General Fuller insiste, y el Capitán Liddell Hart se hace solidario con sus tesis y se une a sus esfuerzos, y con sus escritos y libros desde finales de la década del 20, empieza a proyectarse como el más convencido y prominente defensor de la guerra mecanizada mediante el empleo intensivo de unidades blindadas para que estas sean empleadas como fuerzas de choque independientes a fin de que penetren profundamente en el territorio enemigo, le corten sus abastecimientos y lo aíslen de sus mandos.

Curiosamente sus ideas y propuestas reciben mayor acogida fuera de su patria y son sus adversarios potenciales quienes mejor sabrán aprovecharlas. Líderes alemanes como Erwin Rommel y Heinz Guderian leen sus libros y se convierten en alumnos aventajados de sus enseñanzas. Igual ocurre con los trabajos del General Fuller, de cuya conferencia sobre “Operaciones con Fuerzas Mecanizadas”, solo se editan 500 ejemplares en Gran Bretaña, mientras que en Alemania se reproducen 30.000 copias y otros cuantos millares en Rusia. De ahí saldrán los fundamentos de empleo de la Blitzkreig que serán motivo de admiración de las famosas Divisiones Panzer durante la Segunda Guerra Mundial.

Pero lo paradójico fue que Liddell Hart se desempeñó durante 3 años, de 1937 a 1940, como Consejero personal del Ministro de Guerra inglés Leslie Hore Belisha, quien aunque parcialmente acogió algunas de sus sugerencias, no prestó la debida atención a sus recomendaciones, especialmente en lo relacionado con la necesidad apremiante de incrementar y modernizar las fuerzas mecanizadas y blindadas del Ejército Británico. Entre sus obras más conocidas de esa primera época deben citarse Una historia de la Guerra Mundial 1914-1918, (1934); Foch, el hombre de Orleáns; Sherman soldado realista americano; y El futuro de la infantería.

Irving Gibson, en el capítulo XV de la obra Creadores de la estrategia moderna nos relata lo que significó para Francia y para Inglaterra el periodo siguiente al término de la Primera Guerra Mundial, sobre la ingenua creencia de que el peligro de una nueva guerra había sido conjurado para siempre y que por ello los posibles preparativos de orden bélico debían orientarse dentro de una estrategia defensiva. Para Francia esta idea pudo ser aceptable mientras ocupaba Renania, pero una vez que los compromisos internacionales la obligaron a dejar estos territorios, tuvo que fundamentar su dispositivo de defensa sobre sus propias fronteras.

Esta circunstancia produce una actitud esencialmente pasiva que es la que va a llevar a la construcción de las fortificaciones de la Línea Maginot, dentro de la idea de la cobertura estratégica y a muchas otras medidas que como ocurre en Inglaterra, inciden perjudicialmente en la capacidad y preparación de las Fuerzas Armadas de estos dos países, como fue la reducción en el tiempo y en el número de los efectivos del Servicio Militar y la no modernización y mejoramiento de sus armamentos y equipos.

En Francia la llegada de Clemanceau al gobierno reafirma la prioridad por la defensiva, la cual se consideraba que había sido el factor del triunfo en la Primera Guerra Mundial, cuando en realidad este se debió al apoyo de Inglaterra y de los Estados Unidos. También la figura legendaria de Pétain en Verdún contribuía a reafirmar esta equivocada apreciación y de ahí que surgiera una actitud despectiva hacia los militares que como De Gaulle y otros más exponían sus ideas sobre las necesidades de la Defensa Nacional, las cuales nunca fueron oídas por los gobernantes ni por los políticos de la época, ni por los mismos ciudadanos.

En los apasionados debates de 1936 en torno al rearme del Ejército Británico, la Medalla de Oro para premiar el mejor de los trabajos presentados fue otorgada al Capitán J. C. Slesor, al sugerir una pequeña pero muy bien adiestrada Fuerza Mecanizada, correspondiendo estos planteamiento al sentir del pueblo británico que no quería que un nuevo ejército de masa se comprometiera otra vez en Francia, lo que fue un signo característico del pensamiento estratégico que se hizo predominante. En octubre de 1937, Liddell Hart, como corresponsal del Times, publicó varios artículos en los cuales recomendaba que Inglaterra debía optar por la teoría de “la obligación, responsabilidad y riesgo limitados” y volver a su tradicional política de bloqueo y de guerra económica, de acuerdo con su muy buena capacidad marítima, y en cuanto al continente, se mostró partidario de una estrategia estrictamente defensiva, y en desarrollo de este criterio expresaba que a Francia se debería enviar únicamente una fuerza expedicionaria reducida, la cual se mantendría en retaguardia como una reserva estratégica de alta movilidad, teniendo en cuenta que (él también equivocadamente lo creyó) los franceses en la línea Maginot lograrían detener la irrupción alemana. Estas publicaciones motivaron una gran polémica. El generral francés Baratier envió al Times una protesta digna y firme en la cual criticaba la tendencia de Inglaterra a tratar de arrojar el peso de la guerra sobre sus aliados. Fue entonces cuando más se habló de que los ingleses siempre estaban dispuestos a combatir en el territorio europeo, hasta el último soldado francés.

Otros escritores militares británicos, entre ellos el general Rowan Robinson, de la Escuela de Fuller, arremetieron contra Liddell Hart, rechazando con indignación sus sugerencias sobre una guerra pasiva y la proscripción del ataque. También el hábil crítico inglés, V W. German, entró en la discusión y tuvo una visión profética cuando llegó a expresar que “los ingleses durante más de una década se habían adiestrado para tener fe en todo método concebible para ganar guerras, salvo el de combatir en las batallas y batir al enemigo”.

Sin embargo, el verdadero portavoz del pensamiento británico siguió siendo Liddell Hart, quien identificado con las teorías de Fuller continuó defendiendo el tanque como el arma decisiva de la guerra, pero de ningún modo fue partidario de emplear en Francia las nuevas divisiones blindadas del Ejército Británico, sino de mantenerlas en el territorio metropolitano, como una reserva estratégica principal, con miras a ser empleadas en Holanda o en el Cercano Oriente. Más tarde cuando ya la guerra se hacía inminente, expresó que salvo unas tropas técnicas, no debía enviarse a Francia ninguna fuerza expedicionaria, porque una vez se destacaran las primeras tropas, se seguirían incrementado los requerimientos de estas y, por consiguiente, sus respectivas bajas. Posteriormente se aceptó que como máximo y solo para reforzar la moral de los franceses, debían enviarse hasta tres divisiones blindadas, pero a condición de que éstas no fueran empleadas en una campaña ofensiva, sino como reservas móviles de los contraataques y en estrecha cooperación con la Fuerza Aérea.

Bajo el efecto de la Blitzkriegen Polonia que demostró la eficiencia del ataque, Liddell Hart se mostró confundido, pero en un memorando escrito el 9 de septiembre de 1939, siguió insistiendo “en que la defensa era superior al ataque allí donde no se disponía de espacio suficiente para la movilidad”. Fue tan persistente en esta lamentable convicción de su doctrina que llegó incluso a sugerir que el gobierno hiciera una declaración en la cual renunciaba al ataque para combatir la agresión y de este modo evitar el ridículo en que se podía caer dada la compleja inactividad de los ejércitos aliados.

No obstante las muy variadas posiciones disímiles, la política de Liddell Hart, no fue seguida y a principios de la guerra se envió una pequeña fuerza expedicionaria británica que como reserva estratégica permaneció muy detrás de la línea “Maginot”. Al iniciarse, en marzo de 1940, el avance alemán, el Ejército Británico fue destinado a cerrar la brecha de Lieja sin prestar atención a la selva de las Ardenas por cuanto Liddell Hart había considerado que por lo abrupto del terreno y la frondosidad de los bosques, el enemigo no operaría en esta zona a gran escala, pero fue donde los alemanes prepararon la ruptura frente a Sedan. Esta opinión fue compartida por los franceses y los belgas y resultó ser una tremenda equivocación.

La marcha de Dunquerque vino a ser así una funesta consecuencia de la doctrina de la obligación, responsabilidad y riesgos limitados, basada en un tipo de guerra puramente defensivo, pero de la cual no se puede culpar solamente a Liddell Hart, puesto que él no fue el autor de esta doctrina, sino que como el publicista militar más destacado de Gran Bretaña injustamente se le identificó con ella. Esta doctrina fue producto de una gran complejidad de causas tanto en Inglaterra como en Francia que erróneamente la acogieron.

Como bien lo recapitula el escritor Irwing Gibson ya citado.

La doctrina de defensa de las dos grandes democracias occidentales de Europa no era producto de unos pocos hombres, políticos tímidos o expertos de estrecho criterio, sino el resultado de la orientación en el pensamiento nacional a la vez producto de una civilización superior que ha apartado a los timoratos del sacrifico de la guerra.

Fueron las instituciones democráticas las que crearon las influencias pacifistas y la aversión general de los británicos y de los franceses de recurrir al arbitrio de la guerra en los casos de disputas internacionales. [13]

Además, la matanza que representó la Primera Guerra Mundial hizo que a priori se rechazara cualquier tipo de ideas ofensivas, como también las dificultades financieras, el desequilibrio social y las actitudes pacifistas propiciaron un medio en donde solo fue posible la discusión teórica, pero sin que surgiera la voluntad política para disponer los cambios urgentes que se apreciaban necesarios. Al respecto, Gibson agrega:

Las instituciones democráticas están basadas en la voluntad de las masas. La masa resulta extremadamente lenta para cambiar de orientación cuando adquiere impulso; lentitud esta que algunas veces resulta fatal. Ahí reside la debilidad de la democracia, cuando se ve enfrentada por un enemigo resuelto y astuto. Sin embargo, si el cambio se produce a su debido tiempo, el impulso que la masa crea por la voluntad de vencer, tiene en una nación democrática recursos más profundos, debido a que las energías morales surgen de la convicción y no del apremio. [14]

Y para sustentar estas apreciaciones, transcribe algunos apartes del discurso de Winston Churchill del 12 de octubre de 1942, al apreciar la situación de la guerra, de los cuales reproducimos los siguientes fragmentos:

Pero después de todo, la explicación no es tan difícil. Cuando pueblos pacíficos como el británico y el norteamericano que en tiempos de paz son muy descuidados con su defensa: naciones y pueblos sin zozobras ni sospechas que nunca han conocido la derrota, naciones desprevenidas, diré naciones descuidadas que despreciaron el arte militar y pensaron que la guerra era tan dañina que nunca más volvería a tener lugar. Cuando naciones como estas son atacadas por conspiradores bien organizados y poderosamente armados que durante años han estado planeando en secreto y exaltando la guerra como la mayor manifestación del esfuerzo humano, glorificando la masacre y la agresión y han estado preparados y adiestrados, hasta lo último que la ciencia y la disciplinas permiten, es natural que los pacíficos y desprevenidos deban sufrir terriblemente y que los malvados e intrigantes agresores tengan su parte de salvaje regocijo.

Pero más adelante continuaba:

Este no es el final del cuento. Es solo el primer capítulo. Si las grandes democracias pacíficas pueden llegar a sobrevivir, los primeros y pocos años del ataque del agresor, otro capítulo tendría que ser escrito. Es a este capítulo al que nos referiremos a su debido tiempo. Será siempre una gloria para esta isla y este Imperio que mientras estuvimos luchando solos durante todo un año, ganamos tiempo para que la buena causa se armara, se organizara pausadamente y lanzara sobre los criminales las fuerzas asociadas unidas e irresistibles de la civilización ultrajada. En esto reside la fuerza inherente de una Democracia que puede perder muchas batallas pero que al fin gana la última. [15]

Estas trascendentales enseñanzas de Churchill expresadas tan elocuentemente, pueden resultarnos muy útiles, pero solo si aceptamos que ante la posibilidad de un conflicto bélico es preferible que desde un principio nos preparemos en la debida forma para afrontar esa guerra y no esperar a perder antes muchas batallas así la última pueda resultar victoriosa, porque nada puede asegurarnos que el triunfo siempre nos llegará al final, y porque si de nosotros pudiera depender debemos intentar ahorrarle a nuestra patria las “lágrimas, sudor y sangre ” (para usar las mismas palabras de ese gran estadista) que por la imprevisión, la falta de malicia y de decisión política de sus dirigentes tuvo que sufrir la nación británica.

Pero volvamos a nuestro personaje: después de la Segunda Guerra Mundial, Liddell Hart escribe muchos otros libros, entre otros Los Generales alemanes hablan; Al otro lado de la colina, para lo cual entrevista a destacados jefes enemigos, entre ellos a los generales Guenther Bluementritt, Hasso Manteuffel, Whilheim Von Thoma, Kart Von Tippeelskirch y Gottharr Heirici. También edita los Papeles de Rommel, publica Los tanques (1959), Disuasión o Defensa, Una historia de la Segunda Guerra (1970). Además, escribe sobre la Guerra Fría analizando la importancia de las armas nucleares tanto por su posible empleo como por su enorme poder disuasivo en las confrontaciones futuras.

En 1966, en reconocimiento a sus brillantes servicios, la Corona Británica lo enaltece con el título de Caballero. Como anteriormente se dijera, fue su dura experiencia personal vivida en Francia, durante la Primera Guerra Mundial, la que le impulsó a buscar nuevos métodos que sirvieran para disminuir los altos costos de los sufrimientos de los cuales había sido testigo. En sus numerosos escritos enfatizó siempre el uso de la movilidad y la sorpresa, así como la importancia de la aproximación indirecta orientada a dislocar al enemigo a fin de reducirle sus medios de resistencia con menor atrición. De su muy fecunda producción histórica y literaria, la más destacada de sus obras fue la llamada Strategy: The Indirect Approach, (Estrategia: la aproximación indirecta), tema que empezó a desarrollar desde sus más tempranos artículos de prensa y en sus primeros libros, como se puede apreciar en el titulado París, o el futuro de la guerra y Las guerras decisivas de la historia; prácticamente fue de este último libro ampliado y corregido de donde salió su obra máxima que resultaría muy polémica por las controversias suscitadas.

La teoría de la aproximación indirecta apareció inicialmente como una gran estrategia con la cual se pretendía persuadir al gobierno británico para que no volviera a participar en ninguna otra guerra continental en Europa, después de la Primera Guerra Mundial. La idea básica de la aproximación indirecta es la de detectar las debilidades del adversario, a fin de golpear su talón de Aquiles en forma muy rápida para asegurar una pronta y decisiva victoria que evite la confrontación directa que a lo largo de los siglos ha sido siempre muy cruenta y ha causado incalculables pérdidas de vidas humanas y de recursos materiales. Esta teoría recomienda como objetivo esencial golpear la moral del enemigo para obtener el derrumbe de su voluntad antes que confrontar sus Fuerzas Armadas. Su convicción en la superioridad de esta estrategia se evidencia desde el prefacio de su libro cuando expresa:

Esta ha sido una ley de la vida en todas las esferas; una verdad de filosofía. Su cumplimiento se ha visto como una realización práctica en el manejo de cualquier problema donde el factor humano predomine y un conflicto de voluntades tienda a surgir de un fundamental asunto de intereses. [16]

Para la sustentación de su teoría en primer término se valió de una profunda investigación de la historia militar a partir del siglo V a. C., desde Alejandro el Grande en su guerra contra Persia, hasta la Segunda Guerra Mundial, a fin de sostener lo principal de su tesis que era demostrar que las guerras exitosas fueron las que se condujeron mediante este tipo de aproximación indirecta. Su enfoque despertó cierta controversia al criticar a Clausewitz por sus engañosas teorías que fueron las que condujeron a las aterradoras pérdidas de vidas durante la Primera Guerra Mundial, especialmente por el error de prescribir que la destrucción del poder enemigo debía ser uno de los principales fines de la guerra. Al respecto escribió: “Clausewitz no contribuyó con nuevas o progresivas ideas a la táctica o la estrategia. Él fue un codificador o compilador de pensamientos pero no creativo ni dinámico”.[17]

Consecuente con su criterio, en el libro llega a expresar una súplica dirigida a los gobiernos de Occidente, para que abandonen las teorías del mencionado pensador alemán y se cambien a la estrategia de la aproximación indirecta. Desde su punto de vista consideró que su estrategia era la ideal para manejar más apropiadamente amenazas como la de la guerrilla que pretendía poner en aprietos la moral del adversario como uno de los propósitos esenciales de la guerra. Sobre este particular Brian Bond, otro conocido crítico militar británico, repudió a Liddell Hart y sostuvo que éste había malinterpretado y distorsionado el pensamiento de Clausewitz.

En la guerra, como en otras ciencias y artes, “nada hay nuevo bajo el sol”; para ello basta con observar que el libro de Liddell Hart refleja aspectos de los escritos de Sun Tzu. Así por ejemplo, mientras el primero aconseja: “Seleccionar la línea de acción menos esperada por el enemigo”, Sun Tzu había escrito: “Aparezca en los sitios donde el enemigo debe defender de prisa, y marche rápidamente para ubicarse en sitios donde no sea esperado”. [18]

Esta, su obra más conocida, fue publicada después de la década del 50, cuando ya se consideraba factible el uso de armas nucleares y de ahí su interés en influir en los gobiernos occidentales para que se decidieran por la aproximación indirecta en lugar de la directa que más se identificaba con el pensamiento de Clausewitz.

De todos los escritores y críticos militares contemporáneos fue Liddell Hart (fallecido apenas en 1970) quien ejerció y aún sigue teniendo una gran influencia en el pensamiento estratégico actual con sus doctrinas y teorías. Estas son dos de sus conceptos que más merecen ser tenidos en cuenta:

• “La guerra es una ciencia que depende del arte de su aplicación”.

• “El propósito del estudio militar el de mantener una estrecha observación y vigilancia sobre los últimos desarrollos técnicos, científicos y políticos fortalecidos por una segura comprensión de los principios eternos sobre los cuales los grandes capitanes han basado sus métodos contemporáneos, e inspirarse en el deseo de ir delante de cualquier Ejército rival, para asegurar las opciones futuras.” [19]

Conclusiones

1. Moltke en principio se identificó con la estrategia directa, pero su brillante liderazgo, como su extraordinaria inteligencia, manifestada en su flexibilidad para comprender y adaptarse a las circunstancias esencialmente cambiantes de la guerra, le permitieron adecuar sus concepciones y criterios a las complejas como diferentes situaciones que le correspondió afrontar y supo combinar todas la estrategias y tácticas que le sirvieron para obtener la victoria.

2. Von de Goltz, otro influyente pensador alemán en cierta forma alumno de Moltke, expresaría este axioma indiscutible: “Un país no se prepara para la guerra, sino para su propia guerra en particular”.

3. La premisa anterior debe fundamentar todo lo relacionado con los preparativos y con la conducción de una campaña militar, así como con la organización, el entrenamiento y las peculiaridades del estamento militar de un determinado país y, por tanto, para la formulación y cumplimiento de su estrategia adecuada a sus necesidades, sus medios disponibles y sus posibilidades.

4. Liddell Hart, por su parte, fue el más entusiasta promotor de la estrategia indirecta y su tesis basada en la investigación histórica le permitió demostrar que las guerras exitosas de los grandes capitanes fueron, casi siempre las que se condujeron bajo la modalidad de la estrategia de la aproximación indirecta.

5. Debido a su dolorosa experiencia de la Primera Guerra Mundial, quiso evitarle a su patria los altos costos de una guerra ofensiva y por ello se acogió a la política británica de la obligación, el compromiso y el riesgo limitado, la cual fue causa de los graves descalabros de los aliados en el inicio de la Segunda Guerra Mundial.

6. Paradójicamente, al mismo tiempo que propiciaba una estrategia defensiva para actuar en apoyo de Francia, fue el más convencido exponente de la importancia del tanque de guerra y del empleo masivo de las grandes unidades blindadas, dentro de un carácter esencialmente ofensivo; curiosamente, sus enseñanzas fueron desatendidas por su compatriotas y aprovechadas exitosamente por sus adversarios alemanes.

7. La posible utilidad que estas ideas puedan tener para el análisis y comprensión de nuestro conflicto interno es muy relativa dado que las teorías y doctrinas de estos dos pensadores se refieren preferentemente a la guerra convencional y aunque muchos opinan que las leyes y principios de la guerra son de aplicación universal para cualquier tipo de conflicto, esto no siempre resulta cierto. En nuestro concepto, las guerras revolucionarias generalmente de tipo irregular, exigen unas leyes y principios específicos por la naturaleza sui géneris de esta clase de confrontación.

8. A este respecto, David Galula, en su obra La lucha contra la insurrección [20], afirma que además de representar las guerras revolucionarias casos excepcionales, la mayor parte de las reglas y normas aplicables a un bando no pueden serlo al otro. Y textualmente expresa: “En la lucha entre una mosca y un león, la mosca no puede asestar una golpe definitivo a su contendor, ni el león puede volar.”

9. Aunque se trata de una misma guerra, surge la asimetría entre los dos oponentes y eso hace que las teorías que se aplican en uno, no puedan aplicarse en el otro. Intentar hacerlo -nos dice Galula- sería, como pretender “que una persona de estatura normal se pudiera meter dentro del vestido de un enano.”

10. De ahí que las estrategias, las tácticas y los procedimientos propios de la guerra convencional, así como las doctrinas y principios de su conducción, tienen que ser distintos y, por consiguiente, la guerra irregular debe tener sus propias leyes y principios acordes con su naturaleza sui géneris, que la hacen distinta de las demás.

Gabriel Puyana García[*]

BIBLIOGRAFÍA

1. Beaufre, André, Introducción a la estrategia, Lima, Ed. Biblioteca militar del Oficial, No. 43, 1977.

2. Collins, J. M., La gran estrategia, Buenos Aires, 1976.

3. Galula, David, Counter-insurgency Warfare, Pall Mall Press, London, UK, 1964.

4. Goerlitz, Walter, El Estado Mayor alemán, Barcelona, Editorial AHR, 1954.

5. Liddell Hart, B. H., Strategy: The Indirect Approach, London, New American Library, 1967.

6. Mead Earle, Edward, Creadores de la estrategia moderna, Tomos I y II, Buenos Aires, Escuela de guerra naval.

7. Ortega y Gasset, José, Obras completas, Madrid, Alianza Editorial, 1987.

8. Perón, Juan Domingo, Apuntes de historia militar, Buenos Aires, 1932.

9. Pijoán, José (dir.), “Bismark”, en Historia del Mundo, Tomo II- La Unificación de Alemania, Barcelona, Salvat Editores, 1978.

10. Sun Tzu, El arte de la guerra, Bogotá, Panamericana Ed., 2000.


[*] Brigadier General (r).«« Volver

[1] Carl Von Clausewitz, De la guerra, Barcelona, Labor, 1992.«« Volver
[2] José Ortega y Gasset, Obras completas, Madrid, Alianza Editorial, 1983.«« Volver

[3] J. M. Collins, La gran estrategia, Buenos Aires, 1976.«« Volver

[4] Ibid.«« Volver

[5] Ibid.«« Volver

[6] André Beaufre, Introducción a la estrategia, Lima, Ed. Biblioteca militar del Oficial, No. 43, 1977.«« Volver

[7] Citado en Juan Domingo Perón, Apuntes de historia militar, Buenos Aires, 1932.«« Volver

[8] Goerlitz, El Estado Mayor alemán, Barcelona, Editorial AHR, 1954.«« Volver

[9] Edward Mead Earle, Creadores de la estrategia moderna, Tomos I y II, Buenos Aires Escuela de Gerra Naval.«« Volver

[10] Ibid.«« Volver

[11] Ibid.«« Volver

[12] Ibid.«« Volver

[13] Irwin Gibson, en Ibid.«« Volver

[14] Ibid.«« Volver

[15] Ibid.«« Volver

[16] B. H. Liddell Hart, Strategy: The Indirect Approach, London, New American Library, 1967.«« Volver

[17] Ibid.«« Volver

[18] Sun Tzu, El arte de la guerra, Bogotá, Panamericana Ed., 2000.«« Volver

[19] Liddell Hart, op. cit.«« Volver

[20] David Galula, Counter-insurgency Warfare, Pall Mall Press, London, UK, 1964.«« Volver

Posted 5 minutes ago by Domingo Nuñez Polanco
  

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J.C. Malone

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Nueva York.- Empecemos por desaprender la revolución no es un acontecimiento que se produce en el tiempo y el espacio. No es una acción ni ocurrió un día, en un lugar específico; la revolucieon es un proceso que evoluciona, se renueva y expande. Estalla en un lugar y siempre termina en otro.

Immanuel Wallerstein, el brillante sociólogo e historiador neoyorquino asegura que todas las revoluciones son mundiales.

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El cundangólogo fallido

Se jactaba de que entre sus parientes no había gays ni lesbianas

Escrito por: Mario Emilio Pérez

En los años de la década del sesenta mi amigo unía las características de cundangófobo y cundangólogo. Porque así como manifestaba su rechazo a los usuarios de la carne de cocote, asimismo se ufanaba de reconocerlos  con rapidez y facilidad.

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Dramáticas imágenes del conflicto entre Gaza e Israel

Dramáticas imágenes del conflicto entre Gaza e Israel

La operación militar de Israel contra militantes en Gaza continúa por sexto día consecutivo, con ataques desde buques de guerra y aviones.

Un ataque israelí destruyó el edificio donde funcionaba el canal de televisión palestina al-Quds y otros medios de comunicación. Varios periodistas resultaron heridos.

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Encontraron grabaciones inéditas de los Beatles

Encontraron grabaciones inéditas de los Beatles

Un demo de los Beatles de 1962, será subastado el próximo martes en Londres por 30.000 libras (37.100 euros). El grupo le había mandado este material a Dick Rowe, cazatalentos de la discográfica británica Decca, quien la rechazó por considerar que “los grupos de guitarras se estaban pasando de moda”.

El pobre Rowe, al perderse a los Beatles, firmó el contrato con los Rolling Stones. No iba a dejar pasar otra oportunidad.

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Diego Rivera: 55 años de la muerte del pintor revolucionario

Diego Rivera: 55 años de la muerte del pintor revolucionario de México.

Esta es la biografía del artista plástico que construyó la imagen del México revolucionario.

Diego Rivera es uno de los artistas pertenecientes al movimiento de muralismo mexicano, junto con David Alfaro Siqueiros y Clemente Orozco, fueron los “Tres grandes”.