Big Three at the Potsdam Conference in Germany...
Big Three at the Potsdam Conference in Germany: Prime Minister Winston Churchill, President Harry S. Truman and Generalissimo Josef Stalin, seated in garden. (Photo credit: Wikipedia)

 En los meses que siguieron a su victoria en la Segunda Guerra Mundial, la alianza entre la Unión Soviética y los países occidentales pronto pasó a ser algo más que un matrimonio de conveniencia. La sospecha ensombrecía las relaciones mientras una cortina descendía sobre Europa.

La advertencia de Churchill

En Fulton, una pequeña ciudad de del estado de Missouri, en la región central de Estados Unidos, las cosas habían cambiado muy poco desde 1946. Antes de que se cumpliera un año del final de la guerra, allí se izaron las banderas para recibir a Winston Churchill, que llegó a Fulton con un mensaje sombrío:

“Desde Stettin, en el Báltico, hasta Trieste, en el Adriático, ha descendido una cortina de hierro que corta nuestro. Detrás de esa línea, están todas las capitales de los antiguos países de Europa central y oriental: Varsovia, Berlín, Praga, Viena, Budapest, Belgrado, Bucarest y Sofía. Todas estas famosas ciudades y sus zonas aledañas están en lo que debo denominar la esfera soviética”, dijo Churchill.

“El discurso no fue bien recibido en Estados Unidos”, señala Clark Clifford, asesor especial del presidente Harry Truman. “Se dijo que era demasiado duro y algunos criticaron al presidente por recibir a Churchill. Esto demuestra cómo cambia la historia. Ahora, se considera uno de los grandes discursos de la humanidad, porque ayudó a advertir al mundo sobre el peligro de la expansión de la Unión Soviética”.

Cambios económicos

Los combatientes estadounidenses regresaron al país. Por segunda vez en el siglo XX, Estados Unidos había participado en una guerra foránea, de la que 300.000 soldados no volvieron. Sin embargo, los sobrevivientes se encontraron con un país más rico y más feliz que nunca.

“Me alegré”, dice Al Aronson, un veterano de la Segunda Guerra Mundial. “Dije: ‘Esto es maravilloso’. La gente tenía ahorros, algo imposible durante la Gran Depresión. En ese entonces, nadie tenía dinero. Teníamos lo suficiente para comer, tener dónde vivir y pagar la prima del seguro”.

El economista John Kenneth Galbraith, que trabajó para el Departamento de Estado norteamericano, comenta que “antes de la guerra, había un desempleo del 15 por ciento, a veces más. La economía estaba estancada, en malas condiciones. Pero la producción de municiones y armamentos para la guerra inyectó muchísimo dinero en la economía, creó millones de empleos tanto para hombres como para mujeres, como Rosy, la remachadora. Al final de la guerra, éramos un país casi sin desempleo”.

“Con el final de la guerra, se dieron cuenta de que hacía mucho que no fabricaban automóviles en Estados Unidos”, sostiene Aronson. “Todos estaban ansiosos por comprar autos. Había gasolina. Había alimentos. La economía estaba creciendo”. 
La guerra y la bonanza de la posguerra hicieron repuntar al capitalismo estadounidense.

Por su parte, los soldados soviéticos que regresaron a sus hogares estaban agradecidos por haber sobrevivido. Sólo los más afortunados se reencontraron con sus hijos y esposos. 27 millones de soldados y civiles soviéticos no sobrevivieron.

“Recibimos a los soldados con flores, pan, todo lo que conseguimos”, dice Valentina Gordeyeva, una residente de Briansk. “Estábamos tan contentos que besamos a personas que ni siquiera conocíamos. Inclusive nos atrevimos a pensar que los desaparecidos podrían estar vivos”.

Victoria Zlobina también vivía en Briansk, y mantiene que “toda Rusia quedó destruida. Todo, desde las fronteras hasta Moscú, quedó en ruinas. Muchos no tenían dónde vivir”.

Los alemanes habían destruido casi 70.000 aldeas. Las ciudades estaban derruidas. Lo que había logrado Stalin antes de la guerra, las fábricas, los edificios de apartamentos de los planes de quinquenales, todo había sido destruido por los invasores.

“En la guerra, se destruyeron instalaciones que se consideraban satisfactorias”, dice Valentina Gordayev, residente de Briansk. “Había gente viviendo entre ruinas. Es imposible describir el sufrimiento. Para entenderlo, hay que vivirlo y verlo de cerca”.

Los rusos recibieron el final de la guerra con especial alegría.

Berlín, el último campo de batalla

La capital del Reich de Hitler había sucumbido ante el Ejército Rojo. Los berlineses, estupefactos, esperaban que los conquistadores decidieran qué harían con ellos. Pero no se organizaron masacres, sino que dejaron que los sobrevivientes se las arreglaran como pudieran.

Stalin incluso ordenó a sus tropas que alimentaran a los berlineses. Pero los soldados saquearon viviendas y persiguieron a las mujeres.

“Cada vez llegaban más rusos”, cuenta Elfriede von Assel, que entonces vivía en Berlín. “Miraban por la ventana. De repente, entró uno de ellos. Yo estaba cuidando a un niño. Lo quitó de mi regazo y le dio un juguete y unos cigarrillos para que jugara. Esa fue la primera vez que me violaron. Fue aterrador. Después, no podía hablar”.

El jefe de policía de Stalin, Beria, y el ministro de Relaciones Exteriores, Molotov, visitaron Berlín. Alemania quedó dividida en cuatro zonas ocupadas y cada uno de los aliados retuvo una parte de la capital. Los aliados habían decidido que Alemania debía indemnizarlos por los daños sufridos en la guerra.

Según Konstantin Koval, de la administración militar soviética en Berlín, el mariscal Zhukov dijo: “Hemos luchado larga y arduamente. Hemos conquistado Berlín. Tenemos el derecho moral y legal de tomar todo lo que podamos como indemnización. No sabemos qué nos depara el futuro”.

Los alemanes fueron obligados a ayudar a los rusos a confiscar sus recursos industriales -no sólo las máquinas, sino también miles de obreros y científicos, que fueron trasladados a la Unión Soviética.

Europa Central volvía a la Edad Media. Era una zona sin ley, refugio, ni piedad. Un continente de nómadas. Millones de personas habían sido desarraigadas por los nazis. Ahora, les tocaba a los alemanes ser las víctimas.

Desde el Mediterráneo hasta el Báltico, los vencedores reorganizaron el continente Europeo. Stalin estaba obsesionado con Polonia, puerta de entrada de las invasiones a Rusia. La Unión Soviética se anexionó Polonia oriental. Como compensación, los aliados otorgaron a Polonia territorios del este de Alemania de los cuales se expulsó a los alemanes.

Los polacos, cuyas tierras fueron usurpadas por la Unión Soviética, se apoderaron de las granjas y casas de los alemanes.

Monika Taubitz, es una alemana que se encontraba entre los exiliados: “En el otoño de 1945, una joven polaca de 19 años y un hombre mayor de la milicia entraron a nuestra casa. La chica preguntó de quién era la casa. Mi madre contestó que era nuestra. Entonces, Hanja, así se llamaba la joven polaca, dijo: ‘Ahora, es mía’. A partir de entonces, la casa fue de Hanja”, recuerda Taubitz.

“Un día, a las 6 de la mañana, los milicianos comenzaron a golpear nuestra puerta con las culatas de sus armas. Dijeron: ‘¡Afuera!’. Si bien yo era una niña, supe que había llegado el momento”, añade.

Unos 12 millones de alemanes fueron desalojados de las tierras en las que habían vivido durante siglos.

Hoy en día, esto se denomina “limpieza étnica”. En aquel momento, los aliados lo llamaron “transferencia de población”. Los británicos ayudaron a transportar a los alemanes.

Guerra civil en Grecia

Londres festejó la victoria. Tras seis años de guerra, Gran Bretaña estaba contenta pero exhausta. Al principio, todos aclamaron al rey y al imperio como si nada hubiera cambiado o fuera a cambiar.

Clement Attlee era el nuevo primer ministro. El electorado británico se había inclinado hacia la izquierda. Churchill fue dejado a un lado. El nuevo gobierno laborista se mantuvo firme en su alianza con Estados Unidos.

El nuevo secretario de Relaciones Exteriores, Ernest Bevin, era un ex sindicalista que desconfiaba de los comunistas. Había apoyado la intervención de Churchill en la guerra civil de Grecia, donde estaban en juego los intereses de su país. Se temía que el conflicto impidiera el transporte de petróleo del Oriente Medio a Gran Bretaña a través del Mediterráneo.

Allí, los comunistas, que constituían el principal movimiento de resistencia, luchaban por el poder. No sabían que Stalin le había dicho a Churchill que no le interesaba que Grecia fuera comunista. El ejército británico invadió el país.

Estalló una guerra civil larga y cruenta.

No obstante, Stalin cumplió con su palabra y dejó que los comunistas griegos se valieran por sí mismos.

La Unión Soviética ejercía un control dominante en los países a lo largo de su frontera occidental. Al principio, Stalin no impuso el sistema soviético en toda su esfera de influencia, sino que creó gobiernos de coalición prosoviéticos. Los comunistas obtuvieron el control de la policía y las fuerzas de seguridad. La Conferencia de Yalta había dado a la Unión Soviética el control de Europa central.

“Sabíamos perfectamente cómo los rusos interpretaban el término ‘democracia’”, dice sir Frank Roberts, diplomático destinado a la embajada británica en Moscú. “Pero en ese momento, éramos todos aliados en una guerra. No le podíamos decir a Stalin: ‘Ahora vamos a poner por escrito lo que entendemos por democracia occidental y usted deberá firmar y decir que está de acuerdo. Era algo imposible”.

George Elsey, asesor del presidente Truman, señala que empezaron a “recibir telegramas de representantes estadounidenses en los países que luego llamamos ‘países satélites’. Hablaban del comportamiento de las tropas soviéticas con respecto a los habitantes de Polonia, Bulgaria, Rumania, Yugoslavia y otros. Así que había problemas”.

Robert Tucker, entonces en la embajada estadounidense en Moscú, recuerda que “cada tanto, secuestraban a un integrante prominente del partido campesino de Bulgaria. Sencillamente desaparecían. Hacían desaparecer a gente a la que no consideraban aceptable para los nuevos regímenes populares democráticos”.

El comunismo soviético

En Berlín, bajo la supervisión conjunta de los aliados, los comunistas eran cautelosos.

“Al principio, la idea era cooperar para ir fortaleciendo el partido gradualmente, para que fuera más organizado, más radical, más activo” señala Wolfgang Leonhard, comunista de Berlín oriental en 1945. “Poco a poco, queríamos ganar más influencia sobre otros partidos y adueñarnos de la situación. Pero no abruptamente”.

“Ya nos queríamos preparar para formar nuestra policía”, continúa Leonhard. “Teníamos un jefe de personal y un encargado de educación. Estábamos anonadados. Eramos sólo tres o cuatro camaradas ante todos los demás, los socialdemócratas y los demócratas burgueses. Entonces, uno de nosotros dijo: ‘Tiene que parecer democrático, pero todo debe estar en nuestras manos’”.

Para Lord Annan, de la inteligencia militar británica, “muchos alemanes entendieron perfectamente que el color marrón de los Nazis se estaba convirtiendo en rojo muy rápidamente. En realidad, los métodos eran los mismos, o por lo menos muy parecidos. Obligaban a la gente a hacer cosas contra su voluntad”.

Leonhard no lo compara con los nazis, sino con la Rusia anterior: “Siempre lo comparé con la Unión Soviética bajo Stalin. Y, en comparación con lo que fue la Unión Soviética entre 1935 y 1945, Alemania en el 45, 46, 47, era un lujo. Había mucho menos terror de lo que había visto yo diez años antes en la Unión Soviética”.

El comunismo soviético había sobrevivido a la guerra. El Ejército Rojo era el más grande del mundo y el general Eisenhower viajó para homenajear a la nueva superpotencia. Sin embargo, Stalin temía que las potencias capitalistas lo acorralaran. En su país, se mantenía alerta. Pensaba que los que habían sido prisioneros de guerra de los alemanes y habían visto lo que era Occidente, podrían traicionarlo. Miles de personas fueron arrestadas. Estados Unidos sabía lo que estaba ocurriendo.

“Teníamos una empleada cuyo marido había sido prisionero de guerra”, cuenta Martha Mautner, entonces destinada a la embajada de Estados Unidos en Moscú. ” Cuando finalmente lo repatriaron, fue un gran reencuentro y la vida volvió a ser maravillosa. La familia se había reunido. Seis meses después, fue arrestado porque había sido prisionero de guerra”.

Lo mismo le ocurrió a Lev Kopelev, que luchó con el Ejército Rojo y a su vuelta, le hicieron prisionero político. “Algunos estaban presos por un decreto general de Stalin, otros eran desertores, ladrones, otros eran emigrantes del ejército blanco, otros, polacos del ejército polaco”, dice Kopelev. “Entré en un mundo completamente nuevo. Los campos de prisioneros fueron mi universidad”.

La nueva Polonia

En medio de la destrucción de Varsovia, los polacos comenzaban a limpiar la ciudad. Habían luchado contra los alemanes en todos los frentes: por el este y por el oeste. Ahora, se habían unido para reconstruir su país. Algunos aborrecían el nuevo gobierno semicomunista ligado a Moscú. Pero otros encontraron motivos para aceptarlo y convivir con él.

El general del ejército polaco Wojciech Jaruzelski tenía otras prioridades: “Para mí lo más importante era que vinieran mi madre y mi hermana de Siberia y que comenzáramos a reconstruir el país. También teníamos que proteger nuestras fronteras, que estaban seriamente amenazadas. Al quedarme en el ejército, tuve la oportunidad de hacerlo”.

En Moscú, los nuevos líderes, títeres de Stalin, fueron invitados a la ópera.

Los polacos acordaron estrechar los lazos con la Unión Soviética. Stalin prometió defender las nuevas fronteras de Polonia de los alemanes si éstos intentaban recuperar sus territorios.

Stalin estaba en su apogeo. Sus colegas sentían por él un profundo temor.

Roberts mantiene que “los diplomáticos rusos, al igual que los demás funcionarios gubernamentales y militantes del partido, le tenían terror a ese gran hombre, y con razón, porque si daban algún consejo que molestara, podrían terminar en un campo de concentración o con una bala en la nuca. No era fácil dar buenos consejos a Stalin cuando eran poco agradables”.

Vladimir Yerofeyev, del ministerio de Relaciones Exteriores soviético, recuerda una ocasión en que “Stalin estaba de buen humor; a su lado estaban el invitado de honor, el intérprete e invitados soviéticos. Luego entraron los camareros con el plato principal. Creo que era pavo”, dice Yerofeyev.

“Uno de ellos, al servir la salsa, que era roja, manchó la chaqueta beige de Stalin”, relata Yerofeyev. “Todos dejaron de comer. Quedaron paralizados a la espera de lo que ocurriría porque las manchas parecían gotas de sangre. Pero Stalin no reaccionó. Siguió hablando con la persona de al lado. Luego, se le acercó otro camarero con agua y se ofreció a limpiarle la chaqueta. Pero Stalin dijo: ‘No, no’. Estaba completamente tranquilo. La gente vio que todo parecía estar bien y todos volvieron a comer”.

El discurso de Stalin

Con motivo de las elecciones soviéticas, Stalin pronunció un discurso. A su exhausto pueblo no le prometió recompensas, sino más esfuerzo, más planes quinquenales para la industria pesada.

Luego, con palabras ambiguas, advirtió que el capitalismo y el imperialismo hacían inevitable que hubiera más guerras. ¿Se referiría a guerras entre la Unión Soviética y Occidente? En el extranjero, esto sonó como una señal de alarma.

Paul Nitze estaba entonces en Washington, en el Departamento de Estado: “Leí el discurso con atención y lo interpreté como una declaración de guerra postergada contra Estados Unidos”, dice. “Al leer el texto con detenimiento, no quedaba duda de lo que estaba diciendo”.

Para Yerofeyev, sin embargo, las palabras de Stalin no eran nada nuevo. “En Occidente, el discurso se interpretó como la predicción de la Tercera Guerra Mundial”, señala Yerofeyev. “Yo no estoy de acuerdo. Stalin no dijo nada nuevo ni diferente en aquel discurso. Dijo lo que siempre había pensado: que con el imperialismo y el capitalismo, la guerra era inevitable”.

Según Roberts, “los rusos pensaban que (y es eso lo que creo que pensaba Stalin), que algún día, el comunismo tendría el poder, que sería la ideología predominante del mundo y que, paulatinamente, todos los países se volverían comunistas. Por otra parte, según Stalin, no se debía iniciar guerras peligrosas que uno podría perder. Sin embargo, siempre que se pudiera avanzar en nombre de la causa, había que hacerlo”.

La dictadura de Stalin se había suavizado durante la guerra, pero ahora volvía a endurecerse. Las obvias sospechas de Estados Unidos respecto a Occidente inquietaban a Washington.

En estas circunstancias, se le pidió a George Kennan, un diplomático estadounidense en Moscú, que diera su parecer sobre la situación.

“Al final, me enviaron un telegrama que demostraba su sorpresa, y preocupación porque los rusos estaban postergando su incorporación al Banco Internacional”, dice Kennan. “Pense: ‘¡Por Dios! No puedo contestar así, de una sola vez. Tendrán que darme tiempo’. Así que me puse a trabajar para darles una idea de lo que era el gobierno después de la guerra”.

Robert Tucker, que también trabajaba en la embajada estadounidense en Moscú, señala que “uno de los puntos fuertes de Kennan era su conciencia de que la Rusia en que vivíamos, la Rusia soviética de Stalin, el comunismo, como le decían, estaba íntimamente ligada al pasado de Rusia”.

“Tuve que volver a empezar y decirles cosas que me pareció que habían olvidado durante la guerra”, sostiene Kennan. “Todo se explica cuando recordamos que eran las mismas personas que habían lidiado con Hitler sin tener nada que ver con nosotros y que jamás habían cambiado de opinión sobre nosotros”.

El discurso de Fulton

El telegrama de Kennan quedó en la historia como una profecía de 8.000 palabras. Auguraba que la Unión Soviética quería extenderse por el mundo entero y que era necesario contenerla.

“La noche que se escribió aquel telegrama, tuve la desgracia o la suerte de estar de turno en la sala de telégrafos”, dice Mautner. “Me molestó porque tenía planes para aquella noche: había un baile en una de las embajadas y quería salir lo más temprano posible. Alrededor de las seis y media o siete de la tarde, llegó George con un telegrama en seis partes. Lo miré y le dije que me parecía bien, pero que no lo enviáramos, que esperáramos hasta el día siguiente. Intenté convencerlo de no mandarlo. Me contestó: ‘Washington lo quiere. Lo van a recibir y usted se quedará aquí y lo enviará’”.

El telegrama alarmó a Washington. Días más tarde, su mensaje fue reforzado por Churchill en su visita a Estados Unidos como invitado del Presidente Harry Truman.

Clark Clifford, asesor especial de Truman, recuerda que fue entonces cuando los dos mandatarios comenzaron a conocerse: “Nuestro presidente le dijo al señor Churchill: ‘En este viaje, pasaremos mucho tiempo juntos, así que me gustaría que me dijera “Harry”’. ‘Bueno’, dijo Churchill, ‘lo haré con gusto si me dice “Winston”’. El Sr. Truman contestó: ‘No creo que pueda. Lo considero el Primer Ciudadano del mundo. No creo que pueda decirle Winston’. Entonces Winston Churchill dijo: ‘Si no me puede decir Winston, yo no le puedo decir Harry a usted’. Y el presidente dijo: ‘En ese caso, lo haremos’. Así que, a partir de entonces, fueron Winston y Harry”.

Churchill iba camino a una universidad en Fulton, donde ofrecería un discurso. En privado, le mostró a Truman lo que iba a decir. El presidente, que no estaba seguro de si el público estadounidense estaba preparado para un ataque a su aliado de guerra, la Unión Soviética, dejó que Churchill hiciera la prueba.

Durante su intervención en el acto de la universidad de Fulton en 1945, Truman habló así del ex mandatario: “El señor Churchill es uno de los grandes hombres de nuestra era. Es un gran inglés. Es un gran inglés pero es también medio estadounidense”.

Por su parte, Churchill dijo en su discurso: “Desde Stettin, en el Báltico, hasta Trieste, en el Adriático, ha descendido una cortina de hierro que corta nuestro continente. Detrás de esa línea, están todas las capitales de los países de Europa central y oriental. A excepción de la mancomunidad británica y Estados Unidos, donde el comunismo es incipiente, los partidos comunistas o quintas columnas, constituyen una amenaza cada vez más grave y un peligro para la civilización cristiana. Independientemente de la conclusión que se derive de estos hechos, que son una realidad, ésta no es la Europa liberada por la que luchamos. Y tampoco cuenta con los factores esenciales para una paz permanente”.

“Inmediatamente después, al contestar la pregunta de un corresponsal extranjero, Stalin comparó a Churchill con Hitler”, dice Tucker. “Además, calificó el discurso de Churchill como un llamado belicoso contra la Unión Soviética”.

La crisis de Irán

Desde 1945, Estados Unidos había comenzado a ampliar su influencia y poder por todo el mundo. Stalin se puso nervioso. Comenzó a presionar a Turquía para obtener una presencia militar en los Dardanelos y el Bósforo, la región conocida como los Estrechos. Estados Unidos y Gran Bretaña temían por el Canal de Suez. Estaban decididos a evitar que la Unión Soviética interviniera en Turquía.

Cuando el embajador de Turquía murió repentinamente en Washington, Truman envió su mayor barco de guerra, el “Missouri”, para entregar el cuerpo en Estambul.

“Era un mensaje para Stalin: ‘No nos provoque y no provoque a Turquía porque, si provoca a Turquía, estaremos allí”, dice George Elsey, asesor de Truman.

Al igual que Turquía, Irán quedaba al sur de la Unión Soviética y había sido hostil a Rusia durante siglos. En la guerra, las tropas soviéticas y británicas habían ocupado Irán para garantizar sus suministros de petróleo. Incluso celebraron su alianza allí.

El ex sha, de quien se pensaba que era pronazi, fue destituido y reemplazado por su hijo, Mohammed Reza Pahlevi. Se había acordado que, cuando la guerra terminara, las tropas británicas y soviéticas se retirarían.

“Cuando llegó el momento de la retirada, Stalin no quiso irse”, mantiene Yerofeyev. “Se quiso quedar y eso creó problemas. Estábamos bajo mucha presión por parte de los británicos. De hecho, la Unión Soviética no tenía derecho a permanecer allí”.

La crisis de Irán fue la primera que tuvo que enfrentar el recién creado Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas.

La Unión Soviética intentó evitar que se siguiera discutiendo el tema pero no lo logró.

“El Sr. Gromyko y los demás rusos se retiraron”, informaron entonces los medios de comunicación estadounidense. “Su salida dramática no pareció generar reacciones obvias en ese momento, pero podemos imaginar qué estaba pensando la mayoría de los presentes. Sin embargo, este incidente produjo un resultado positivo: el Consejo de Seguridad se mantuvo firme”.

Seis semanas después, la Unión Soviética retiró sus fuerzas de Irán de manera ceremoniosa. Pero Truman, creía que Stalin tenía como objetivo dominar el mundo.

Según Clifford, “Truman dijo: ‘Quiero estar en condiciones de documentar lo que nos preocupa. Repase los acuerdos recientes y enumere, una por una, las violaciones cometidas por los soviéticos’”.

“En ese momento, yo era el asistente del Sr. Clifford, quien me delegó la tarea”, dice Elsey. “Nos pusimos a hablar y le dije: ‘Me parece que nos estamos quedando en la superficie si nos limitamos a enumerar los acuerdos violados. Hay problemas mucho más fundamentales en nuestras relaciones con la Unión Soviética. Encarémoslo de manera más amplia”.

“Le dedicamos semanas enteras”, señala Clifford. “Entrevistamos a la mayoría de los altos funcionarios de Estados Unidos”.

Elsey dice que “todos los organismos gubernamentales estuvieron de acuerdo en cuanto a la naturaleza de los problemas que teníamos y a la reacción que deberíamos tener”.

“Al final del informe”, sostiene Clifford, “escribimos que la política de nuestro país debería ser clara. Concluimos que la Unión Soviética constituía una amenaza real a la libertad en el mundo. A la libertad en Europa, en Estados Unidos… Así que teníamos que prepararnos”.

El informe Clifford-Elsey se mantuvo en secreto. Cocluía que una guerra con la Unión Soviética sería total, más horrible que todo lo que se hubiera visto hasta el momento.

Estados Unidos aún tenía el monopolio de las armas atómicas. En julio de 1946, se detonaron dos bombas atómicas en el atolón de Bikini. Fue una advertencia clara para Stalin. A partir de entonces, todas las grandes potencias entraron en una carrera frenética para crear sus propias arsenales atómicos y biológicos.

La división de Alemania

 

En la Conferencia de París de ministros de Relaciones Exteriores, Molotov se mostró decidido a que los aliados mantuvieran el control conjunto de Alemania. Sin embargo, su colega estadounidense, el secretario de estado Byrnes, decía que Alemania no debería seguir indemnizando a los aliados. Molotov se indignó.

“A Molotov le pusieron el mote ‘El señor No’”, dice Yerofeyev. “Sin embargo, si hubiese dicho que sí a todo, Stalin no lo habría mantenido en su puesto. Stalin necesitaba a alguien que fuera capaz de obtener la mayor cantidad de información posible sobre la postura del otro lado. Molotov empujaba a la otra parte hasta el límite. Cuando sus medios se agotaban, le tocaba a Stalin, quien solucionaba las diferencias con una sonrisa”.

En París, la alianza de la segunda guerra mundial, comenzó a resquebrajarse. Los estadounidenses y los británicos estaban ansiosos por desarrollar economías estables en sus partes de Alemania, sin interferencias de la Unión Soviética.

En Stuttgart, Alemania, se produjo un evento que marcaba una nueva etapa en el destino de Europa. El secretario de Estado, James F. Byrnes, acudió para presentar la política de Estados Unidos para Alemania. En un discurso interpretado entonces por los medios de comunicación como el final del apaciguamiento de Rusia por parte de Estados Unidos, Byrnes les dijo a los alemanes y al mundo:

“El pueblo alemán y la paz mundial no se beneficiarán si Alemania se transforma en un peón o un socio de la lucha militar por el poder entre Oriente y Occidente”.

Galbraith, que había trabajado con Byrnes, escuchó el discurso en Stuttgart y señala: “estuve de acuerdo con él porque, en realidad, yo había escrito gran parte del mismo y ni los que lo redactamos ni Byrne estábamos pensando en términos antisoviéticos”.

“El pueblo estadounidense quiere devolver el gobierno de Alemania al pueblo alemán”, dijo Byrnes. “El pueblo estadounidense quiere ayudar al pueblo alemán a recuperar una posición digna entre las naciones libres y amantes de la paz”.

En 1945, los aliados habían autorizado a Polonia que se anexionara las provincias del Este de Alemania, hasta los ríos Odra y Lausitzer Neisse. Ahora, Byrnes sugería que la nueva frontera era injusta para Alemania y que tal vez debería modificarse.

“Fue una declaración impactante”, dice el general polaco Wojciech Jaruzelski. “Nos hizo pensar que los alemanes y algunos países de Occidente estaban cuestionando nuestra frontera occidental. Ese fue uno de los principales factores que fortalecieron nuestro vínculo con la Unión Soviética”.

Hambre en Europa

Mientras, imágenes de la plaza Roja de Moscú llegaban a las televisiones de occidente, mostrando los escaparates de las tiendas, con productos tan costosos que estaban fuera del alcance de cualquier ruso común.

La gente común tenía una vida mucho peor de lo que se mostraba en los noticieros.

“Fue una época muy difícil”, recuerda Victoria Zlobina, residente de Moscú. “Yo tenía un hijo de un año y medio. Solía seguirme por la casa con un plato y diciéndome: ‘Dame, dame’. Pero no tenía qué darle. En el mercado, lo que comprábamos eran alimentos para caballos”.

La pérdida de vidas y bienes, así como el reclutamiento, afectaron a las granjas colectivas por lo que se produjo una escasez de alimentos.

Mautner fue testigo de las penurias de los soviéticos: “Fui a Ucrania justo durante la hambruna del 47 — un tema del que no se hablaba en otras partes del mundo. Los soviéticos hablaban de grandes cosechas de cereales. Cuando fuimos, cada vez que se detenía el tren, veíamos niños con el vientre hinchado pidiendo pan. En Odessa, había gente acostada en las calles en las puertas de los hospitales, muriéndose de hambre. Había mucha gente desnutrida”.

El hambre y las enfermedades se apoderaban también de Alemania. El gran temor de los aliados de Occidente era que la pobreza empujara a los alemanes hacia el comunismo.

“Nunca había suficiente comida”, señala Elfriede Graffier Poppek, residente de Dortmund. “Siempre teníamos hambre. Salíamos a la calle a buscar alimentos. Les pedíamos comida a los agricultores. A veces nos daban algo, otras, no”.

El general estadounidense Lucius Clay dijo: “No hay elección entre ser comunista con 1.500 calorías diarias y creer en la democracia consumiendo sólo 1.000 calorías”.

Gran Bretaña gastaba más de un millón de dólares al día en asistencia a Alemania. No obstante, miles de alemanes murieron ese invierno por falta de alimentos y de combustible.

Gran Bretaña también se estaba debilitando. El inclemente invierno de 1946 a 1947 paralizó a la industria. La economía del país, afectada por seis años de guerra, comenzó a ralentizarse. Se agotó el carbón, comenzaron los apagones y el racionamiento de alimentos se hizo aun más estricto.

Annan apunta los sacrificios que sufrieron los británicos en la posguerra. “La gente se olvida de que nunca hubo racionamiento de pan durante la guerra, sino que comenzó después de la guerra”, dice. “Y eso ocurrió porque estábamos enviando grandes cantidades de trigo a Alemania para evitar que hubiera una hambruna allí”.

“Aquel invierno fue malo en todos los sentidos”, sostiene Nitze. “Hizo mucho frío y las cosechas fueron pobres, la gente estaba descontenta y los comunistas iban ganando territorio poco a poco, principalmente en Italia y en Francia, pero también en Alemania”.

Los británicos ya no podían seguir manteniendo tantos compromisos en el Mediterráneo. Les dijeron a los estadounidenses que pensaban retirarse de allí.

Para Clifford, “el mensaje era claro. Decía: ‘Gran Bretaña suspenderá tanto la asistencia económica como militar a Grecia y Turquía’”.

“Eso confirmó lo que pensaba el ejecutivo: que Estados Unidos debía actuar de inmediato”, agrega Elsey.

“Las perspectivas no eran buenas para Europa, ni para Estados Unidos, ni para nadie”, dice Nitze.

En Washington, Harry Truman se dirigió al Congreso. Anunció que, a partir de ese momento, Estados Unidos haría frente al avance del comunismo en todo el mundo. Esa fue la declaración oficial de la Guerra Fría.