Fredelinda desnuda

                   Fredelinda desnuda

Lo primero que hizo al verla desnuda fue resollar como un acordeón que se ahoga. Jamás pensó, en su egolatría de macho, que una mujer pudiese dejarlo sin habla. Y esta acababa de hacerlo, muy a su pesar. Al ver tanta perfección de un golpe, al apreciar lo que las ropas insinuaban, pero eran incapaces de ocultar, supo que después de haber visto aquello, jamás sería el mismo. Y en el fondo le importaba poco, con tal de que se prolongase el minuto mágico de su contemplación.

Y así fue. Ella no mostraba el menor apuro, como si con aquella mirada desafiante estuviese desquitándose de tanta persecución y acoso. Se había ido desvistiendo, con estudiada parsimonia, despojándose de cada uno de los trapos con que cubría lo que, en cualquier lugar y en cualquier época, la hubiese elevado a los altares. Y sabía de sobra, era evidente, que lo que dejaba al descubierto marcaría por siempre a aquel hombrecito que tanto la había estado requebrando, solicitando, amenazando y hasta rogando, por ver, palpar y tener lo que ahora le estaba ofreciendo y que, evidentemente, lejos de exaltarlo y desquiciarlo, como hubiera sido de esperar, lo había paralizado y clavado al piso, como si fuese un muñequito de papel.
-¿No era esto lo que querías?-le espetó al rostro perlado de sudor-¡Pues sé hombre ahora y tómalo!
No lo tomó. No podía haberlo tomado. De hecho, ante aquel desafío, lo más lógico era que cualquiera se hubiese quedado lelo, sin ánimo para nada que no fuese contemplar con la boca abierta, sin fuerzas ni un soplo de voluntad para palpar aquella geografía de ensueño, aquel cuerpo perfecto brotado gracias al mestizaje y la herencia, al tanteo de innumerables generaciones anteriores de mujeres bonitas, pero nunca definitivamente apabullantes, como era ella. Porque en esa mujer, que impúdicamente se le ofrecía con una dignidad de reina, y lo supo él demasiado tarde, confluían todos los ríos de la sangre, todas las simetrías milimétricas, todas las curvas y hondonadas, todos los ardores de siglos olvidados y los olores que, en su momento, provocaron matanzas y traiciones, pusieron y quitaron amos, abrieron cepos y decretaron libertades. Demasiado para un simple mortal; demasiado para un simple Alcalde Pedáneo violento, incapaz de expresar su admiración si no era con la fuerza bruta que acababa de naufragar en la piel de aquella virgen descendida y desorbitada, que lo retaba.
-Dime, Juanico Acevedo-continuaba espetándole, sin compasión- ¿No era esto lo que querías? ¿No era esto con lo que soñabas? Entonces, ¿qué esperas, o prefieres que se lo coman los perros?
Se lo hubiesen comido, de haber estado alguno en aquella miserable estancia, su casa, a donde la había llevado arrestada, como si fuese una criminal, arrastrando de paso a su hija de trece años, que estaba ahora temblando de fiebre y con ojos de espanto, sobre el otro camastro, cortina ruda de por medio.
Y fue en ese preciso momento de su humillación y derrota, cuando todo lo vivido confluyó en su cabeza. Y con el golpe de la sangre recordó la primera vez que la viera, recién bañada, con una flor sobre el pecho rotundo, asomada a la puerta de su casa, saludando con la mano, y el respeto debido, a la autoridad de que estaba investido, y que pasaba, inspeccionando, por aquellos andurriales perdidos de las afueras de Puerto Plata.
Pasaba, recordaba, con su caballo bien comido y la arrogancia de quien todo lo podía en su demarcación, revólver al cinto y colín colgándole del otro lado, de mirada dura y escrutadora, buena para descubrir vagos y laborantes, también timbas secretas de dados, cartas, y galleras clandestinas. Por algo llevaba dos años como Alcalde Pedáneo de la sección de Guananico, común de Luperón.
Hasta ese momento mágico, en que unos ojos y un pelo, ordenadamente al azar, lo cautivaron para siempre, pensaba haberlo visto todo, eso creía, desde machetazos brutales, hasta niños ahogados en el río. También suicidas trémolos y niñas raptadas; electrocutados intentando desenredar la driza de la bandera del Ayuntamiento, y carbonizados cuando el camión que los conducía había rodado hasta el fondo del abismo. Por honrar su investidura, por ser un tipo respetado en su cargo y celebrado por la chusma, había aguantado heridas de borrachos, fracturas en peleas con rasos desaprensivos, dientes de menos como resultado de batallas con guapos, y resuello perdido tras los fugitivos. Y por supuesto, algún que otro servicio especial por el Jefe, los que solían dejarlo sin dormir por semanas, estragado por la compasión y el odio, a partes iguales.
No era mala persona. De hecho ejercía su autoridad con suave despotismo, con la magnanimidad del fuerte, pero todo se le había ido para los pies cuando la vio por vez primera, asomada a su puerta, con la ingenuidad de lo rotundo y la mala suerte de su obligada devoción. Fue, en ese momento exacto, cuando se convirtió en la mojiganga de hombre del que ahora se burlaba aquella diosa, finalmente desnuda. Su fin definitivo, sin dudas.
“Señor Gobernador Provincial
Puerto Plata
Señor Gobernador:
Por la presente vengo a denunciarle que el Alcalde Pedáneo de la sección de Guananico, de la sección de Luperón, señor Juanico Acevedo, en la noche del miércoles 17 del corriente, se apersonó a la casa de la señora Candelaria Peña, quien es mi madre, procurando al señor Goyito Ulloa, para que fuera a trabajar a la carretera, y no encontrándolo allí, me insultó llamándome sin vergüenza, y me golpeó, amenazándome con el colín que portaba, obligándome a acompañarle a su casa, donde me hizo pasar la noche en compañía de mi hija de 13 años…”
Claro que esa denuncia vino después, una vez que ella se desnudase y lo retase, recibiendo a cambio una humillante retirada del que, hasta ese momento, se había mostrado como imbatible en temas de hembras. Y, por supuesto, tal denuncia no acabó ahí. Ya se sabe que es de mujer esa suave inclemencia vengativa que no se satisface sino es con la sangre derramada.
” … Al día siguiente-continuaba ella- me llevó a la Alcaldía de Altamira, donde el Alcalde me dijo que yo tenía fama de chismosa, en el lugar donde vivía, y que el Alcalde Juanico Acevedo estaba en su derecho de someterme. Estaba presente el cabo de la Policía del puesto de Altamira. Se me sometió a un día de prisión que cumplí en la cárcel de allí…”
Es obvio que ella omitía en el relato lo sucedido en la casa de Juanico, adonde había sido conducida a la fuerza, pero donde, de muy buena gana, se había desnudado para retarlo. Y está claro que, en su denuncia, no cabía lo sucedido allí. Porque si bien es cierto que, al inicio, el Alcalde Pedáneo, Juanico Acevedo, no había reaccionado, paralizado por tanta belleza insospechada y entrevista, también lo era que se recuperó, apelando a sus instintos más profundos. Y que terminó, si no excelente, al menos bien.
“… A consecuencia de esta injustificada persecución-continuaba ella- la niña, hija mía, se ha enfermado, teniendo fiebre muy alta. Yo espero, señor Gobernador-concluía- que usted me haga justicia y aclare este asunto, puesto que además de haber violentado la casa en que yo estaba, Juanico Acevedo me injurió con palabras, alegando que él podía hacerlo, porque era autoridad”
Y como era de esperar, firmaba ella, la hembrota que lo desquiciaba, y que lo había paralizado, llamada Fredelinda Suero. Y linda que era.
Ella seguía retándola con la mirada. En rigor, tenía sobradas razones para ello. No era culpable de ser tan hembra, de estar tan rica, de ser perfecta. Y desnuda era irrefutable, tanto que aún no había tomado la decisión de escribir su denuncia al Gobernador de Puerto Plata…
“- A ver cabrón, si te animas- fue lo último que le dijo- que me has tenido temblando todo el tiempo. A ver si eres tan hombre como aparentas…”
Ella se había inclinado para recoger su ropa, cuando ocurrió. Sin mediar palabras, sin que el Alcalde Pedáneo reclamase la autoridad perdida; sin que nada augurase aquella acometida, la bella Fredelinda Suero fue invadida en su cuerpo, remitiéndola a la extraña región del cielo donde todos son felices.
Cuando el ingenuo Gobernador de Puerto Plata decretó la investigación de rigor, descubrió que una mujer, idénticamente llamada como la denunciante, era más que feliz con aquel hombrecito, Alcalde Pedáneo, por más señas, que demostrase que la tenacidad, aún ilegal, era suficiente para amansar a las fieras, y que la belleza no era tan banal como se decía.
Amén.

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