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Pablo Neruda canta a Santo Domingo

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El Profesor: es un espacio para el estudio, análisis,debate y propuestas que apuestan al desarrollo en el ámbito político, económico,social,cultural desde una perspectiva histórica y tomando como referente el legado de amor a la patria que heredamos de nuestro fundador de la República Juan Pablo Duarte, de nuestro eterno General Gregorio Luperon y del apóstol maestro Juan Bosch

 

Salvador Allende, Presidente Martir y Pablo Neruda, poeta de la humanidad

Salvador Allende, Presidente Martir y Pablo Neruda, poeta de la humanidad

Perdonen si les digo  unas locuras
En esta dulce tarde de febrero
Y si se va mi corazón cantando
Hacia Santo Domingo, compañeros.
Vamos a recordar lo que ha pasado allí
Desde que Don Cristóbal, el marinero
Puso los pies y descubrió la isla
Que mejor no la hubiese descubierto
Porque ha sufrido tanto desde entonces
Que parece que el diablo y no Jesús
Se entendió con Colón en ese aspecto
Que llegaron desde España, por supuesto
Buscando oro y lo buscaron tanto
Como si les sirviese de alimento
Enarbolando a Cristo con su cruz
Los garrotazos fueron argumentos tan poderosos
Que los indios vivos se convirtieron pronto
En dominicanos muertos
Aunque hace siglos de esta historia amarga
Por amarga y por vieja se las cuento
Porque las cosas no se aclaran nunca
Con el olvido ni con el silencio.
Y hay tanta inquietud sin comentario
En la América hirsuta que me dieron
Que si hasta los poetas nos callamos
No hablan los otros porque tienen miedo.
Pablo Neruda, Versainograma a Santo Domingo (fragmento).
El pasado 12 de octubre se cumplieron 520 años de la llegada de los españoles a América. Al nuevo mundo, dice la tradición.  Cinco siglos y dos décadas del hecho histórico bautizado como el Descubrimiento de América. Junto a la hazaña española, el resto de los imperios europeos quiso hacer sus propias hazañas y emprendió la aventura. Llegaron a otros lares, y también, dicen ellos, “descubrieron” nuevas tierras.  España se hizo dueña, y, sin permiso alguno, de casi la totalidad del continente americano.  Francia siguió los pasos y cruzó el mar Mediterráneo para llegar y conquistar una gran parte de África. Inglaterra no se quedó atrás y atravesó tierras y mares para llegar al sur del continente negro y ocupar por la fuerza lo que hoy conocemos como África del Sur. Siguió su tarea conquistadora y mal llamada descubridora y ocupó Australia. Portugal siguió los pasos de su vecino y se adueñó de una gran parte de la América sureña y se apoderó de lo que hoy es Brasil. Y así, por el poder de la fuerza, el fuego de los cañones y filo de las espadas, se repartieron el mundo y se proclamaron dueños señores de las tierras conquistadas. Aprovecharon sus minas de oro, plata, cobre y bronce, y con el metal extraído volvieron a dar el brillo a las coronas imperiales necesitadas de estímulos.
Sí, el mal llamado descubrimiento, fue el proyecto expansionista de las potencias europeas que necesitaban expandir sus mercados de bienes. Fue la gran alianza de los nobles aventureros y de los hombres necesitados de nuevas aventuras para enriquecerse.
Un hombre llamado Cristóbal Colón, genovés, aventurero y ambicioso, convenció a la Corona Española, aislada, debilitada y necesitada de mercancías para su sobrevivencia, para que lo apoyara en su aventura marina. Quería ir a Asia, a la India para buscar las especies que llegaban encarecidas al mercado español por el monopolio de los turcos. Y en las negociaciones con la Reina logró la firma de las Capitulaciones de Santa Fe, mediante las cuales sería nombrado virrey en las tierras conquistadas y obtendría un tercio de las ganancias.
El 12 de octubre, Colón y sus tres carabelas llegaron a las tierras americanas. Después de tres meses de travesía, se equivocaron y en vez de llegar a la India, llegaron al Caribe. Ahí comenzó la historia de la conquista. Siguieron explorando y llegaron a Cuba, a la isla de Quisqueya, a Puerto Rico y luego al gran continente. Y en cada parada descubrían a los indígenas, y los pobladores nuestros acostumbrados a su vida tribal se sorprendieron y descubrieron a esos hombres mal olientes que llegaron y se hicieron dueños de sus tierras.
Comenzó la conquista a capa y espada. Los indígenas fueron sometidos. Algunos hicieron resistencia. Otros no tuvieron más remedio que someterse al amo que se imponía.  Destruyeron lo que había. Impusieron un modelo de dominación basado en la esclavitud indigna. Se hicieron dueños de las tierras, se repartieron los indígenas como si fueran bestias y los sometieron a la más cruel y horrible servidumbre. De cazadores y agricultores, los convirtieron en esclavos que debían trabajar en la extracción de oro primero y en los ingenios después. La población indígena mermó. Muchos indígenas desesperados prefirieron el suicidio.
Los hombres blancos tenían la necesidad de satisfacer sus necesidades sexuales. Las indígenas fueron los objetos del desquite físico y animal. Y, como era de esperarse, comenzó la mezcla de razas. El blanco y la indígena tuvieron hijos mestizos.
¿Qué pensar de esta hazaña 520 años después? Ya no podemos cambiar los hechos.  América es hoy el producto de la llegada de los europeos que llegaron a estas tierras sin haber sido invitados, que se hicieron dueños sin preguntar, que nos descubrieron porque no existíamos en el estrecho universo de sus conocimientos. Impusieron su cultura, su idioma, su sistema de creencias, aplastando las culturas existentes. Descubrieron porque no nos conocían, pero encubrieron, sepultaron y los obligaron a olvidar su propia historia.
El mundo fuera de Europa, es decir, África, América, Asia y Oceanía, era pequeño para las ambiciones imperiales. Los europeos se creían dueños del mundo, y por eso se creían con la potestad para “descubrir”, conquistar y someter al resto.
Ya lo sé, esos hechos ocurrieron hace muchos siglos, cincuenta y dos décadas para ser precisos. Pero, vuelvo a reivindicar lo que dije hace unas semanas, hay que reclamar la  responsabilidad histórica. Hay que clamar y exigir una visión más integral y un discurso diferente de la historia.  Hay que reescribir la historia para hacer aparecer en el relato a los indígenas que murieron por la sobreexplotación de los conquistadores. Debemos reclamar un nuevo discurso en el que no solo aparezca la visión de los triunfadores y de los poderosos.
Mientras tanto, aquí estoy rememorando los hechos, exigiendo un nuevo discurso, negándome a aceptar como bueno y válido todo lo que se ha dicho, tratando de ser crítica con mi propia herencia, para no someterme ni asumir el discurso de los conquistadores del siglo XXI, que se diferencian de aquellos del siglo XV sólo en la forma, no en el fondo. Los de ayer y los de hoy sólo están guiados por la ambición, el poder y la satisfacción del dominio de la voluntad de los que conquistan.
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