Tesoros ocultos del periódico El Cable rescata visión de los años veinte

Escrito por: FRANK MOYA PONS
Me complace presentar este importante libro que recoge el contenido del periódico El Cable, editado en San Juan de la Maguana entre los años 1920 y 1930 por su fundador Emigdio Osvaldo Garrido Puello, conocido popularmente como Don Badín Garrido, quien firmaba sus obras y sus cartas como E. O. Garrido Puello.
Esta obra ha sido el fruto del amor a su ciudad natal, y su admiración personal por Don Badín Garrido, del conocido comunicador Edgar Valenzuela, a quien todos conocemos por su labor en los periódicos y la televisión.
De Don Badín  sabía yo algunas cosas como, por ejemplo, que fue un bastión de dignidad política y un ejemplo ético sin torceduras antes, durante y después de la Era de Trujillo, años esos en que claudicó tanta gente ante los distintos regímenes políticos autoritarios que ha tenido este país.
Siempre admiré en él su honradez personal, su ética historiográfica y su valentía política. Leí un par de libros suyos, entre ellos En el camino de la historia y Olivorio, ensayo histórico, y siempre estuve convencido de que, al igual que su hermano Don Víctor Garrido, debió haber sido miembro de número de la Academia Dominicana de la Historia, en donde sí fue miembro correspondiente.
Ocho partes tiene la obra que presentamos hoy y que su editor-compilador Edgar Valenzuela ha titulado “Tesoros ocultos del periódico El Cable”. La primera trata de sucesos y episodios de la vida social, económica, cultural y política de la región Sur del país.
Leídos hoy esos comentarios y noticias uno se da cuenta de que tanto el fundador como los demás redactores de El Cable se sentían abanderados de una misión civilizadora  en aquellas apartadas regiones que colindaban con el vecino país de Haití. Abundan las noticias de lo que llamaríamos hoy los eventos de modernización de la región, como la construcción de carreteras y puentes, la erección de edificios de concreto armado, la instalación de fábricas de hielo, la apertura de nuevas tierras a la agricultura y la introducción de los canales de riego, las cuestiones de sanidad pública y los progresos de la educación.
También contiene esa sección muchas noticias de la vida cotidiana, como pleitos entre vecinos, precios de productos de consumo diario, enfermedades, los temblores de tierra y las lluvias, las inundaciones, los fuegos, la deforestación, el permanente conflicto entre la crianza y la labranza debido a la extravagancia de los animales sueltos, la construcción y pavimentación de calles, la necesidad de mejorar la policía, las galleras, los robos de animales, los mataderos y los mercados, en fin, todo lo que un antropólogo moderno quisiera conocer cuando llega a estudiar una comunidad.
La segunda parte contiene noticias acerca de la ocupación militar estadounidense. Casi todas son noticias que muestran el costo moral y político que los dominicanos estaban pagando por la invasión militar de los Estados Unidos y la quiebra del orden político tradicional en el país.
Creo muy acertada la decisión de Edgar Valenzuela de recoger los variados contenidos de El Cable en capítulos organizados temáticamente, porque así el lector puede darse cuenta de los temas en que se concentraba la atención patriótica y desarrollista de Don Badín Garrido durante aquellos años en que todavía era un joven mozo lleno de aspiraciones superiores para su país.
Al agrupar estas noticias de esta manera Edgar Valenzuela le hace un gran servicio a la historiografía dominicana. Llama la atención de nuestros historiadores de que hay que volver la mirada hacia esas otras regiones y pueblos del interior que también padecieron la dictadura militar extranjera entre 1916 y 1924.
 A pesar de la censura impuesta por el gobierno militar, los redactores de El Cable se las ingeniaron para informar los abusos cometidos por los soldados norteamericanos, así como los esfuerzos de los patriotas dominicanos que luchaban por la desocupación del país.
La cuarta parte es un enjundioso conjunto de noticias y comentarios sobre la situación de los territorios fronterizos, acertadamente titulada “Dominicanización de la frontera” por Edgar Valenzuela porque, si se lee cuidadosamente la primera parte, el lector de hoy encontrará que Don Badín fue uno de los primeros dominicanos que insistió públicamente en que las tierras fronterizas debían ser dominicanizadas debido a la continua  penetración ilegal de inmigrantes haitianos en aquellas regiones.
Esta parte debería ser publicada hoy,  no en este libro solamente, sino en todos los periódicos del país para que los dominicanos de hoy entiendan cómo se vivía en las tierras fronterizas en el primer tercio del siglo veinte,  y descubran cuán diferentes eran, y son, culturalmente los pueblos dominicano y haitiano.
La quinta parte es un verdadero tesoro antropológico. Edgar Valenzuela ha recogido y colocado aquí todas las noticias y comentarios publicados en El Cable acerca de Olivorio o Liborio a partir de la muerte de este mesías asesinado por las tropas estadounidenses cuya reencarnación inmediata era creída por miles de lugareños y cuyo culto no ha desaparecido todavía.
Al igual que La Vega y Puerto Plata, dos ciudades de similar tamaño abiertas a todas las corrientes culturales, San Juan de la Maguana, en aquellos años, tuvo escritores, músicos, actores, poetas y deportistas notables que participaban frecuentemente en la realización de conciertos y retretas, en el montaje de obras de teatro, en la celebración de recitales poéticos y concursos literarios, en giras y campeonatos deportivos, en excursiones campestres y de montaña,  y en reinados de belleza.
En este libro descubrimos que San Juan de la Maguana llevaba una vida intelectual en pleno fermento durante la década de los años veinte del siglo veinte, y nos da gusto mencionar que el padre de Virtudes Uribe, Don Max Uribe, fue uno de los animadores culturales de ese fermento, según aparece consignado en las páginas de El Cable.
Más revelador todavía es la sección que Edgar Valenzuela titula “Génesis de la dictadura”, en la cual se recogen, desde la óptica local de San Juan de la Maguana, algunos de los acontecimientos políticos que llevaron a la caída de Horacio Vásquez y la subida de Rafael Trujillo al poder.
Ante la represión política y militar, que comenzó aún antes de las elecciones del 16 de mayo de 1930, Don Badín Garrido no calló y, antes al contrario, utilizó aún más su pluma (o su maquinilla) para fustigar a los que conspiraron contra Vásquez y a los militares que abusaban de la población para amedrentarla mientras promovían el ascenso de Trujillo.
Como ustedes pueden ver, este libro no es una obra frívola que recoge noticias de sentimentalismos pueblerinos, no. Es, además de un homenaje a ese hombre vertical que fue Don Badín Garrido, un necesario rescate de un material de enorme importancia histórica para entender uno de los períodos menos estudiados de la evolución social dominicana: la década de los años veinte del siglo veinte.
Felicito muy sinceramente a Edgar Valenzuela y, junto a él, al Archivo General de la Nación por haber tenido esta iniciativa que nos conduce por nuevos caminos de valoración histórica y nos sugiere nuevas pistas para la investigación de nuestro pasado nacional.

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