UN POCO DE LITERATURA CON RAFAEL GARCÍA ROMERO

           Onetti y el escenario revelador
Escrito por: RAFAEL GARCÍA ROMERO
En el cuento “La Araucaria”, de Juan Carlos Onetti, hay un manejo paradigmático del escenario y que se fortalece, a la hora de examinar la conducta de los personajes, con la observación, muy certera, que hace Antonio Muñoz Molina. Explica él que a los personajes de Onetti les gusta inventar, cuentan mentiras y les agrada oírlas; pero también son proclives a “dotarse de vidas falsas a través de la credulidad del que escucha”.
En “La Araucaria” una mujer al borde de la muerte hace llamar al padre Larsen y a través del recurso de la confesión revive un pecado de incesto. El sacerdote la escuchó:
–Con mi hermano desde mis trece años, él era mayor, jodíamos toda la tarde de primavera y verano al lado de la acequia debajo de la araucaria.
La confesión se hace delante del injuriado. El hombre, antagonista y personaje de equilibrio en la historia, tiene una participación muy fugaz, pero importante. En apenas tres líneas, Onetti dimensiona su presencia: “El hermano se apartó de la pared, dijo no con la cabeza y adelantó una mano hacia la boca de su hermana”.
En el mundo cerrado de los tres personajes la confesión puede ser verdad o mentira. La actitud del hermano es ambigua. No importa lo que el padre Larsen piense. No importa que le diga al hermano de la mujer:
–Déjala mentir, deja que se alivie. Dios escucha y juzga.
En cuanto a Onetti, la última línea del cuento resulta reveladora, no sólo porque define su estructura fundacional y el proceso lógico de la narración llevada por su autor desde el principio, entre la suficiente luz y la necesaria sombra, sino porque ahí, ante la cara del lector surge la grandeza del escritor.
La mirada de un hombre construye todo el cuento y el final, pero es una construcción perfecta y de doble vía, porque sin el cuento, tampoco habría personajes y por tanto no tendríamos a ese hombre cauto, avisado, perspicaz, con un agudísimo sentido de la observación, pero que el lector sólo podrá percibir de manera inmediata, pura y total cuanto llega a la última línea de “La Araucaria”.
El padre Larsen es un singular árbitro en el mundo de una moribunda, a la que el tiempo se le agota. En ese mundo la confesión es el eslabón que vincula íntimamente a los tres personajes. El tiempo corre peligrosamente y el padre tiene la responsabilidad doble de ver y juzgar la confesión.
Todavía cuando dice al hermano: “Déjala mentir, deja que se alivie. Dios escucha y juzga” no está convencido y su conciencia de padre se mueve entre la gravedad de uno y otro pecado. El pecado de la mentira y el otro quizá peor: el incesto. Si la mujer no miente hay un solo pecado: el incesto. El padre tiene que decidir de qué lado está la verdad. Dónde está el pecado y a cuál de los dos absuelve.
La solución está en el final. Juan Carlos Onetti utiliza en ese final ocho palabras. Escribe: “El padre Larsen buscó sin encontrar ninguna araucaria”.
La frase impone así el equilibrio del cuento. La mujer mintió y con esa verdad que descubre el padre Larsen cae y cesa toda la maraña de la incertidumbre.

Violencia intrafamiliar en nuestros indios antes de Colón

 ¿Política y violencia de género o doméstica?
Escrito por: DIÓGENES CÉSPEDES
Mientras haya sociedades patriarcales y machistas, se deben dictar leyes en contra de la violencia intrafamiliar como lo hizo la emperatriz Teodora de Bizancio, pues en tales sociedades, asegura el Dr. Lino Romero, “generalmente la violencia intrafamiliar ocurre más frecuentemente [porque] los hombres habitualmente son educados y crecen para ser agresivos y violentos. Por eso a menudo se convierten en abusadores que maltratan a su compañera, y en ocasiones a sus hijos e hijas.” (p. 29) 
A lo cual el autor de “Violencia intrafamiliar. Un enfoque socio-cultural” añade que en nuestras sociedades patriarcales “las mujeres se educan para ser pasivas, comprensivas y tolerar los abusos y maltratos que les propina su cónyuge.” (Ibíd.)
Si bien los indios que encontró el descubridor Cristóbal Colón practicaban la violencia doméstica como lo confirman los cronistas, la llegada de los españoles, según el Dr. Romero, agravó el problema a su máxima expresión, pues marcó a los nativos con el fuego de la violencia ancestral codificada en la Biblia desde la muerte de Abel por su hermano Caín.
También, dice el autor, que desde la Antigüedad, en Egipto, en las sociedades de las tribus norteamericanas, en los imperios inca y azteca, se practicaba la violencia intrafamiliar, como testimoniaron las investigaciones de arqueólogos que estudiaron los esqueletos de mujeres indígenas y encontraron fracturas en los cráneos y partes del cuerpo como prueba de dicha violencia doméstica, pues las investigaciones versaron sobre períodos donde no hubo guerras en aquellas sociedades.
Para el doctor Romero, en el caso de los taínos de nuestra isla, la violencia más evidente era la de enterrar en la misma tumba, y vivas, a las mujeres del cacique que moría o cuando este, vivo, ofrecía sus esposas a sus huéspedes mujeres para que disfrutaran sexualmente de ellas sin su consentimiento.
De este capítulo 1 deseo resaltar lo siguiente: en la página 117, línea 11 aparece la expresión “violencia de género”. Se trata de un lapsus calami. Debió decir “violencia doméstica o intrafamiliar”. Por una sencilla razón: la Real Academia Española ha normado con razón, y lógica idiomática y biológica, que solamente los sustantivos tienen, gramaticalmente, género. Es decir, que los sustantivos o son del género masculino o son del género femenino.
Pero las personas no tienen género, sino sexo. Por esa razón las autoridades dominicanas que emiten los pasaportes y la cédula de identidad y electoral colocan en una casilla correspondiente del documento la palabra Sexo, y no Género, cuando desean saber la identidad sexual del portador de dicho documento oficial.
El otro punto de vista reside en que las feministas y algunas cientistas sociales afirman que cuando hablan o escriben “violencia de género” o “política de género” les sobra la razón con respecto a lo pautado por la Real Academia en 2011 y que ya antes Henri Meschonnic[7] había, primero que la Corporación de Madrid, afirmado que era un error confundir el sujeto gramatical con la biología sexual.  Pese a la claridad del semantismo de la palabra “género” en los diccionarios, la expresión “violencia o política de género” mantiene su confusión, aunque sus defensoras aleguen que la palabra “género” no tiene nada que ver con el sexo, pues el complejo discursivo como violencia puede aplicarse tanto a la mujer como al hombre, dentro o fuera del hogar, lo cual es muy discutible pues hay una relación dialéctica entre lenguaje, discurso e ideología y las palabras no son inocentes, pues vehiculan su propia ideología en el discurso.
No hay convención lingüística en la elección de la palabra “género” en el discurso feminista, como no la hay en la lengua ni en el lenguaje ni en el discurso. Lo que hay es un acuerdo, local o internacional, para adoptar, erradamente, ese término. Se trata de una acción política o histórica (semiótica) expresada discursivamente en una palabra, a la que se le atribuye un núcleo conceptual susceptible de vehicular una ideología que puede incluso perjudicar al propio sujeto femenino que la defiende.
También es un error, por la misma razón, hablar o escribir “política o violencia de género”, en vez de hablar o escribir “política sexual o violencia sexual, doméstica o intrafamiliar”, como titula el Dr. Romero, con esta última expresión, su obra llamada a causar un impacto bienhechor en la sociedad dominicana. ¿Por qué los periodistas, los escritores y el común siguen hablando de violencia de género o política de género?  Por incultura y, sobre todo, por una presión o violencia ideológica de parte de los discursos feministas que confunden el género gramatical con la biología sexual. Pero esta confusión desaparecerá poco a poco cuando los intelectuales y los especialistas convenzan a la sociedad de que no le conviene políticamente esa confusión, la cual el libro del Dr. Romero ha comenzado a desbancar.
En el capítulo 2, el punto importante es el rol de los padres en el esquema de la interacción familiar en la sociedad y la cultura, cual es el de, en esa jerarquía de valores, según el Dr. Romero: amar, nutrir, cuidar, proteger y educar a los hijos, aunque todo Estado, dice el autor, “tiene la responsabilidad de facilitar los recursos indispensables para que la familia pueda llenar satisfactoriamente estas funciones [y] (de este modo la familia pueda cumplir adecuadamente con la educación doméstica y el Estado con la educación formal).” (p. 37)
En el capítulo 3, lo importante es un debate filológico acerca de la aparición y evolución de la palabra feminicidio. El vocablo aparece en 1976, según el Dr. Romero, en una antología editada en los Estados Unidos por la Dra. Carol Orlock, y finalmente publicada en 1992 con el título de Femicidio, como contraparte del término homicidio. De modo que el término femicidio apareció rápidamente en México de la mano de la feminista y antropóloga Marcela Lagarde, “quien inició un efectivo movimiento contra el Femicidio en México. Fue posteriormente en un evento feminista celebrado en Chile cuando se decidió que cada país latinoamericano usara el término que más se aviniera con su historia y su cultura, ya fuera femicidio o feminicidio.
El Dr. Romero afirma, con razón, que en nuestro país se eligió socialmente el término feminicidio. Mi explicación como lingüista es la siguiente: Aunque la elección de feminicidio atenta contra la ley lingüística del menor esfuerzo, quienes impusieron socialmente el término no apostaron a esta ley, que casi siempre es la que triunfa, sino a la de eufonía y claridad raigal, pues aunque se pronuncia la sílaba “ni” de más, femicidio no nos deja distinguir la raíz “fem”, que viene del latín culto “fémina” (mujer, pues este vocablo en latín vulgar se dice mulier), muy asentado en la cultura de lengua española con el adjetivo-sustantivo “femenino”, el cual ha sido igualado silábicamente (ley de la igualación vocálica) con la “i” de “femi” más la sílaba sufijal “ni”, la cual se une al otro sufijo culto “cidio” del verbo “occidere”, de origen incierto= (herir en latín y luego, por extensión metafórica, matar el marido a su mujer, muy tardíamente en español, pues el verbo de uso mayoritario para matar, asesinar, en latín era interficere).
De donde feminicidio viene a resultar, por medio de la difusión masiva de la cultura periodística dominicana, más claro semánticamente que femicidio. Y todavía más claro y eufónico que el culto y correcto “uxoricidio”, anticuado y extraño rítmicamente al oído, aunque sinónimo de feminicidio o femicidio. Pero siempre el hombre como matador de su mujer, casados o no, y hoy se designa ambigua y eufemísticamente con el sustantivo pareja). Y feminicidio cumple entonces con las leyes de adaptación y acogida de un neologismo por parte de los usuarios de nuestro idioma español.
NOTA
[7] “Política y biología del sujeto”, en su libro en francés “Politique du rythme. Politique du sujet”. Lagrasse: Verdier, 1995, pp. 274-308, donde critica el término “la sujeta”.

Tesoros ocultos del periódico El Cable rescata visión de los años veinte

Escrito por: FRANK MOYA PONS
Me complace presentar este importante libro que recoge el contenido del periódico El Cable, editado en San Juan de la Maguana entre los años 1920 y 1930 por su fundador Emigdio Osvaldo Garrido Puello, conocido popularmente como Don Badín Garrido, quien firmaba sus obras y sus cartas como E. O. Garrido Puello.
Esta obra ha sido el fruto del amor a su ciudad natal, y su admiración personal por Don Badín Garrido, del conocido comunicador Edgar Valenzuela, a quien todos conocemos por su labor en los periódicos y la televisión.
De Don Badín  sabía yo algunas cosas como, por ejemplo, que fue un bastión de dignidad política y un ejemplo ético sin torceduras antes, durante y después de la Era de Trujillo, años esos en que claudicó tanta gente ante los distintos regímenes políticos autoritarios que ha tenido este país.
Siempre admiré en él su honradez personal, su ética historiográfica y su valentía política. Leí un par de libros suyos, entre ellos En el camino de la historia y Olivorio, ensayo histórico, y siempre estuve convencido de que, al igual que su hermano Don Víctor Garrido, debió haber sido miembro de número de la Academia Dominicana de la Historia, en donde sí fue miembro correspondiente.
Ocho partes tiene la obra que presentamos hoy y que su editor-compilador Edgar Valenzuela ha titulado “Tesoros ocultos del periódico El Cable”. La primera trata de sucesos y episodios de la vida social, económica, cultural y política de la región Sur del país.
Leídos hoy esos comentarios y noticias uno se da cuenta de que tanto el fundador como los demás redactores de El Cable se sentían abanderados de una misión civilizadora  en aquellas apartadas regiones que colindaban con el vecino país de Haití. Abundan las noticias de lo que llamaríamos hoy los eventos de modernización de la región, como la construcción de carreteras y puentes, la erección de edificios de concreto armado, la instalación de fábricas de hielo, la apertura de nuevas tierras a la agricultura y la introducción de los canales de riego, las cuestiones de sanidad pública y los progresos de la educación.
También contiene esa sección muchas noticias de la vida cotidiana, como pleitos entre vecinos, precios de productos de consumo diario, enfermedades, los temblores de tierra y las lluvias, las inundaciones, los fuegos, la deforestación, el permanente conflicto entre la crianza y la labranza debido a la extravagancia de los animales sueltos, la construcción y pavimentación de calles, la necesidad de mejorar la policía, las galleras, los robos de animales, los mataderos y los mercados, en fin, todo lo que un antropólogo moderno quisiera conocer cuando llega a estudiar una comunidad.
La segunda parte contiene noticias acerca de la ocupación militar estadounidense. Casi todas son noticias que muestran el costo moral y político que los dominicanos estaban pagando por la invasión militar de los Estados Unidos y la quiebra del orden político tradicional en el país.
Creo muy acertada la decisión de Edgar Valenzuela de recoger los variados contenidos de El Cable en capítulos organizados temáticamente, porque así el lector puede darse cuenta de los temas en que se concentraba la atención patriótica y desarrollista de Don Badín Garrido durante aquellos años en que todavía era un joven mozo lleno de aspiraciones superiores para su país.
Al agrupar estas noticias de esta manera Edgar Valenzuela le hace un gran servicio a la historiografía dominicana. Llama la atención de nuestros historiadores de que hay que volver la mirada hacia esas otras regiones y pueblos del interior que también padecieron la dictadura militar extranjera entre 1916 y 1924.
 A pesar de la censura impuesta por el gobierno militar, los redactores de El Cable se las ingeniaron para informar los abusos cometidos por los soldados norteamericanos, así como los esfuerzos de los patriotas dominicanos que luchaban por la desocupación del país.
La cuarta parte es un enjundioso conjunto de noticias y comentarios sobre la situación de los territorios fronterizos, acertadamente titulada “Dominicanización de la frontera” por Edgar Valenzuela porque, si se lee cuidadosamente la primera parte, el lector de hoy encontrará que Don Badín fue uno de los primeros dominicanos que insistió públicamente en que las tierras fronterizas debían ser dominicanizadas debido a la continua  penetración ilegal de inmigrantes haitianos en aquellas regiones.
Esta parte debería ser publicada hoy,  no en este libro solamente, sino en todos los periódicos del país para que los dominicanos de hoy entiendan cómo se vivía en las tierras fronterizas en el primer tercio del siglo veinte,  y descubran cuán diferentes eran, y son, culturalmente los pueblos dominicano y haitiano.
La quinta parte es un verdadero tesoro antropológico. Edgar Valenzuela ha recogido y colocado aquí todas las noticias y comentarios publicados en El Cable acerca de Olivorio o Liborio a partir de la muerte de este mesías asesinado por las tropas estadounidenses cuya reencarnación inmediata era creída por miles de lugareños y cuyo culto no ha desaparecido todavía.
Al igual que La Vega y Puerto Plata, dos ciudades de similar tamaño abiertas a todas las corrientes culturales, San Juan de la Maguana, en aquellos años, tuvo escritores, músicos, actores, poetas y deportistas notables que participaban frecuentemente en la realización de conciertos y retretas, en el montaje de obras de teatro, en la celebración de recitales poéticos y concursos literarios, en giras y campeonatos deportivos, en excursiones campestres y de montaña,  y en reinados de belleza.
En este libro descubrimos que San Juan de la Maguana llevaba una vida intelectual en pleno fermento durante la década de los años veinte del siglo veinte, y nos da gusto mencionar que el padre de Virtudes Uribe, Don Max Uribe, fue uno de los animadores culturales de ese fermento, según aparece consignado en las páginas de El Cable.
Más revelador todavía es la sección que Edgar Valenzuela titula “Génesis de la dictadura”, en la cual se recogen, desde la óptica local de San Juan de la Maguana, algunos de los acontecimientos políticos que llevaron a la caída de Horacio Vásquez y la subida de Rafael Trujillo al poder.
Ante la represión política y militar, que comenzó aún antes de las elecciones del 16 de mayo de 1930, Don Badín Garrido no calló y, antes al contrario, utilizó aún más su pluma (o su maquinilla) para fustigar a los que conspiraron contra Vásquez y a los militares que abusaban de la población para amedrentarla mientras promovían el ascenso de Trujillo.
Como ustedes pueden ver, este libro no es una obra frívola que recoge noticias de sentimentalismos pueblerinos, no. Es, además de un homenaje a ese hombre vertical que fue Don Badín Garrido, un necesario rescate de un material de enorme importancia histórica para entender uno de los períodos menos estudiados de la evolución social dominicana: la década de los años veinte del siglo veinte.
Felicito muy sinceramente a Edgar Valenzuela y, junto a él, al Archivo General de la Nación por haber tenido esta iniciativa que nos conduce por nuevos caminos de valoración histórica y nos sugiere nuevas pistas para la investigación de nuestro pasado nacional.

VIAJE POR LA HISTORIA

Cuidado del historiador al investigar documentos desclasificados
Escrito por: ÁNGELA PEÑA
El Departamento de Estado, la Agencia Central de Inteligencia (CIA), el Buró Federal de Investigaciones y otros organismos norteamericanos no solo protegían a los dictadores de la región del Caribe sino que mostraban preocupación por su salud y daban seguimiento a los crímenes que estos cometían contra sus adversarios, sin condenarlos.
En archivos de Estados Unidos, el historiador Félix Ojeda Reyes encontró las inquietudes de la embajada de Estados Unidos en República Dominicana en relación con una operación que le practicarían a Trujillo en 1956, por un informe de confiabilidad que revela que el tirano sufría una invasión bacterial desde el colon, la próstata y otras glándulas. Decía: “No hay indicación de cáncer, pero la condición dificulta la cirugía inmediata”. Aprovecharían la presencia en “Ciudad Trujillo” del urólogo Gershom J. Thompson, quien participaría en un simposio de cirugía, para consultarlo.
Tres años después, el embajador Joseph Farland escribió a Ernest B. Gutiérrez, encargado de asuntos dominicanos en el Departamento de Estado: “El Generalísimo definitivamente no tiene cáncer de  próstata. Con respecto a este asunto, deseo recordarle a usted la información que le di verbalmente de que el Dr. Oswald Jones, de New York, examinó a Trujillo y lo encontró bastante saludable para un hombre de casi 70 años”.
Pero además de Trujillo, los norteamericanos se interesaban por aquejos del dictador haitiano François Duvalier. En otro documento reportan haber enviado un cardiólogo de Guantánamo para examinarlo el 29 de mayo de 1959 y apuntan: “Tan pronto se divulgue la naturaleza verdadera de su enfermedad, la oposición haitiana podría utilizar la violencia en un esfuerzo por explotar la situación para su ventaja política, lo cual puede revertir el país a las condiciones caóticas del periodo después del régimen de Magloire”.
Esta condescendencia de los norteamericanos hace advertir al laureado historiador boricua: “Cuando estudia las fuentes que se originan en las agencias de seguridad de un Estado, el investigador debe abordarlas con mucho cuidado, pues en múltiples ocasiones tienden a desinformar con el propósito de adelantar las posiciones oficiales del gobierno en cuestión. A tales efectos debemos formular una pregunta de especial importancia: ¿hasta qué punto las fuentes de los servicios secretos de Estados Unidos expresan de una manera cierta los hechos de la historia?”.
Considera que el cronista no debe limitarse a copiar lo que tiene frente a los ojos. “Es necesario compulsar los documentos, someterlos a la crítica, abordarlos con mucho cuidado para establecer la veracidad y la integridad de la fuente. ¡Nada está escrito en piedra! Y sin ir más lejos debo añadir que tampoco se pueden descartar las fuentes que provienen de los medios hostiles, simplemente hay que saber separar el grano de la paja, distanciar los sucesos verdaderos de los rumores y la desinformación”.
En el libro inédito “Los que tumbaron a Trujillo”, Félix Ojeda reproduce considerable cantidad de documentos oficiales recientemente desclasificados, pero los interpreta. Sobre el asesinato de Mauricio Báez, por ejemplo, no solo publica lo que escribió la CIA, sino amplios antes y después del hecho. La agencia norteamericana informó: “Mauricio Báez, negro, exilado dominicano, líder sindical, fue secuestrado de su residencia en Cervantes 8, Reparto El Sevillano, La Habana, por tres individuos desconocidos durante la mañana del domingo 10 de diciembre de 1950… Aun cuando falta prueba, en círculos bien informados se cree que Trujillo, a través de ciertos emisarios, pagó una suma cuantiosa de dinero al grupo… de pandilleros… para disponer de Báez… Se cree que tanto Jesús González Cartas como Eufemio Fernández saben quien es el responsable de la muerte de Báez”.
Así procede Ojeda con otros informes, como ocurrió con la  entrevista de Delio Gómez Ochoa con representantes de la misión norteamericana en el país, y con Sergio Bencosme, Andrés Requena, Jesús de Galíndez Suárez y otros opositores al régimen como con sicarios, agentes, chivatos, delatores y calieses trujillistas. Huellas de sus paisanos. Desde 2004, Félix Ojeda se esfuerza por documentar y reivindicar a David Chervoney Preciado, Gaspar Antonio Rodríguez Bou, Luis Álvarez, Luis Ramos Reyes, Juan Reyes y Moisés Rubén Agosto Concepción, compatriotas suyos que vinieron en las expediciones de junio de 1959.
Escribió en el periódico “Claridad” solicitando fotografías, recortes de periódicos, direcciones de familiares y otros documentos y aunque de inmediato le llovieron las llamadas fue poca la información recabada porque todos residían en Estados Unidos antes de ir a entrenarse en Cuba. Su trabajo se ha visto “lleno de obstáculos” pero pudo escribir  perfiles y obtener algunas fotos.
Encontró documentación sobre la tiranía que le ha permitido escribir una de las obras más completas sobre el dictador y su régimen redactada con estilo elegante, presentada con la rigurosidad del experto historiador, académico, maestro.  Es de contenido político, humano, social, que trata también el reinado de las dictaduras en Cuba, Haití, Venezuela, Guatemala, Nicaragua, “regímenes represivos y neoliberales de entonces” que fueron “bendecidos por los gobiernos de turno en los Estados Unidos, desde Truman hasta Kennedy”. De Trujillo  también publica informes confidenciales.
David Chervoney, de El Polvorín, Hormigueros, murió heroicamente en Constanza, a los 17 años. Rubén Agosto, de 23, llegó por Maimón. Esbirros lo asesinaron frente al negocio de su compatriota Arsenio García. Miguel Ángel Menéndez Vallejo nació en Santo Domingo, hijo de puertorriqueño y dominicana. Vivió desde los cuatro años en San Antón, Carolina, y en 1955 emigró a New York. Cayó valientemente en Estero Hondo, a los 21 años. De los demás, Ojeda Reyes no obtuvo mayores detalles. A Gaspar Antonio lo cree sobrino del exrector  de la Universidad de Puerto Rico, Ismael Rodríguez Bou.
“Puedo asegurar que aquellos jóvenes que ofrendaron sus vidas en las expediciones del 14 y 20 de junio de 1959 nunca fueron vencidos. Al caer atizaron la chispa que incendiaría toda la pradera dominicana”.

Nuestro Juan Lockward el de las trasnoches de bohemias y serenatas

        Un Juan Naturalista Pródigo

Cuando niño escuchaba decir en conversaciones entre mayores: “Ese Juan Lockward no tiene voz y si la tuvo alguna vez se le gastó en el trasnoche de bohemia y serenatas. Pero qué buenas son sus canciones, mira que esa Guitarra bohemia hasta la grabaron Los Panchos”. Su escenario natural no fue la televisión que requería otros perfiles en el formato concebido por La Voz Dominicana, donde sus temas tenían presencia en la programación a través de Colás Casimiro, Lope Balaguer, Luis Vásquez. Su circuito más directo fue la radio y el disco. Yo me crié escuchando al Mago de la Media Voz, como fuera bautizado, apegado a su timbre misterioso que me arrobaba, en programas radiales vespertinos emitidos al caer la tarde. Entre lecturas de versos románticos de Rubén Darío, Amado Nervo, Gutiérrez Nájera, Lorca, Fabio Fiallo, Ligio Lizardi, Héctor J. Díaz y José Angel Buesa. A veces en compañía de mi querido vecino Magín Domingo Puello -quien actuara como un primer preceptor en estos temas y en materia de canto coral- tras regresar del Colegio de La Salle.
Magín, en trance de poeta novicio, se vestía con una bata de seda, tomaba pluma y papel, y procedía a copiar los versos declamados en las voces emblemáticas de Juan Llibre, Freddy Nanita, Freddy Miller, Alfonso Martínez, Liliano Angulo. Una generación que sería reforzada en Atardecer por HIG con los aportes de Henry Ramírez, Fernando Casado, Freddy Mondesí y César Federico Larancuent, quien se inmolaría en la expedición del 14 de junio de 1959. Mi tío Bienvenido Pichardo -copropietario de la Farmacia Pasteur- era un habitué de La Hora Mística que patrocinaba la Farmacia Mella y sonorizaba la siesta indispensable, con música culta, citas de personajes históricos, fragmentos filosóficos y poesía. Bajo cuyo influjo yo también echaba mi pavita, abobado por la canícula meridiana y la ingesta de la calórica “bandera”.
Aparte de cantar al amor en todas sus vertientes y vericuetos (incluyendo el amor oculto: “Adórame en silencio ya lo sabemos/y bésame con miedo y con esquivez/ Ámame en un minuto y así tendremos/ guardados más deseos para otra vez”), como trovador de raza que fue, Juan Lockward dominó como el que más, en su versátil versificación musical, el tratamiento del tema de la naturaleza y el paisaje, una de las fuentes nutricias de su inspiración. Con su magistral paleta, fue el gran colorista del parnaso musical dominicano, como lo atestiguan sus composiciones plenas de imágenes entrañables.
Que Dios bendiga el Cibao -una pieza singular merecedora de mayor difusión- es el canto a la tierra pródiga de la región central de la isla. Su sonoridad se mueve entre un son montuno cubano al estilo de Sindo Garay (o la Guantanamera de José Martí y Joseito Fernández) y una milonga campera argentina de Atahualpa Yupanqui, Eduardo Falú o Jorge Cafrune. En este texto ubérrimo, colosal, el cantor asume la función seminal del poeta al describir la obra de la naturaleza y nombrarlo todo. Al modo del Walt Whitman de Hojas de Hierba predicando la inmensidad de las praderas y la feracidad de los campos de Norteamérica o del Pablo Neruda de Canto General poetizando cada espacio de la diversa y contrastante geografía americana. De un ritmo poético y musical espléndido, entre frutas y frutos, palmas y flores, pajuiles y guaraguaos, discurre este rico inventario de nuestro paraíso terrenal, de nuestros activos productivos tradicionales, que hoy debería ser himno de ambientalistas militantes.
“Es la tierra del Cibao/ la más fértil del país/ En ella se da el maíz/ y también se da el cacao/ Las piñas como melao/ se dan en esa región/ Abunda mucho el limón/ el café y el aguacate/ Y plátanos y tomates/ se dan allí por montón.” Ahí entra con su canto y trinar de guitarras el estribillo: “Fértil región de las palmas/ del café y del cacao/ Que Dios bendiga mil veces/ a esa tierra del Cibao”. Para proseguir, cual cronista de Indias, el memorial naturalista: “El mangú es todo dulzura/ Y no hay nada según veo/ que se iguale a ese guineo/ que nos regaló Natura/ Y habrá algo por ventura/ que se pueda comparar/ con esa fruta sin par/ que guanábana se llama/ Por eso es que el mundo exclama/Qué región tan sin igual.
Hay muchísimos cajuiles/ Guayabas hay por montones/ Nísperos, cocos, melones/ se encuentran allí por miles/ Do quiera se ven pajuiles/ con sus colas de color/ Donde quiera hay una flor/ de corola perfumada/ Allí abunda la granada/ El Cibao es lo mejor/ La yuca hay que mencionar/ porque todo el mundo sabe/ que sin la yuca el casabe/ no se puede elaborar/ Hay doquiera un arrozal/ en las cercanías de Mao/ donde anida el guaraguao/ Y abundan tanto las reses/ Que Dios bendiga mil veces/ a esa tierra del Cibao.”
La evocación descriptiva y nostálgica del solar natal y los años mozos de feliz discurrir se hallan presente en los temas Puerto Plata, Yo soy de la Costa Norte, Poza del Castillo y Tu paisaje. En Puerto Plata la voz quebrada del poeta cantor nos traslada al paisaje que le vio nacer, al “pueblito encantado” en cuyas playas ha sido “un pirata valiente y audaz”. En bucólica remembranza nos ofrece su testimonio bautismal: “Yo nací en la falda de la loma/ Yo nací a la orilla de la mar/ Me arrullaron las mágicas palomas/ El cantar de un arroyuelo/ Y la brisa de un palmar”. Es una composición que toca hondas fibras, no sólo a aquellos que fraguaron su existencia con Isabel de Torres guardándoles las espaldas y el Atlántico frontal, desafiante y espumante, invitándoles a soñar, a emprender el viaje. Sino también a los afortunados que hemos aprendido a amar tanta belleza que acunó una historia singular cosmopolita. De este pueblo de talante independiente, como lo es Cataluña y el País Vasco en el concierto de España.
En Poza del Castillo el poeta realiza el contrapunto entre la autobiografía y este entrañable baño marino de los porteños de antaño, arropado hoy por la impronta inexorable de los cambios ecológicos. Para asumir el tema del tiempo y su ineluctable decurso. “Poza del Castillo/ Risas que pasaron/ Años juveniles/ que me abandonaron/ Alegres mañanas/ de sal y de sol/ que se han escondido quizás/ en un caracol/ Ya no eres la misma/ ni yo soy el mismo/ Tus aguas se agotan/ y me agoto yo/ Porque ya los años/ fueron transcurriendo/ Y se fue perdiendo/ el buen tiempo que pasó/ Poza del Castillo/ nunca han de volver/ los dulces momentos/ que en tus aguas yo pasé.”
Tu paisaje registra el reencuentro con el natal “pueblo marinero”, ante cuya vorágine de cambios experimentados el poeta se refugia en la memoria para proteger su propio sello de identidad: “Tu paisaje esencial no ha cambiado/Tu paisaje no puede cambiar/ Es el mismo que viera una infancia/ feliz y descalza, vagar y vagar.” La plasticidad evocativa se deja llevar, alada por ese verso fácil que sale del cordaje encantado del trovador raigal que fue Lockward: “Tu paisaje esencial no ha cambiado/ Es tu misma montaña y tu mar/Es la vieja piedra solitaria/ frente a la bahía tu brisa y tu sal/ Son tus peces de raros colores/ Son tus aves surcando el azul/ Son las naves en el horizonte/ y las blancas nubes de gaza o de tul/ Puerto Plata pueblo marinero/ que tantos viajeros has visto llegar/ Hoy te visten galas del progreso/ Pero eres el mismo querido solar.” Aunque desconozco la datación de esta composición, sin dudas alude al proceso de remodelación urbana que la administración de Balaguer de los 12 años emprendió en la Novia del Atlántico para convertirla en el principal polo turístico del país.
En Santiago -canto a la ciudad que lo acogió en sus años de correrías juveniles, serenatas y audiciones en la emisora que operaba en el Hotel Mercedes donde estrenó Paraíso soñado de su amigo Manuel Sánchez Acosta- vuelve a expresarse la lírica sintética de Lockward, al esbozar en líneas medulares la geografía que la envuelve y el encanto del trazado urbano y pasional de la Ciudad Corazón del valle del Cibao. Después del Himno Nacional, este es el llamado poético musical que más hace vibrar la identidad de patria chica de los santiagueros. “En medio de la fértil/ campiña cibaeña/ Bañada por las aguas/ de un Yaque dormilón/ Con las calles tendidas/ al sol siempre risueñas/ Gorjea sus canciones/ la Ciudad Corazón/ Santiago/ te circundan las aguas del Yaque/ como un cinturón/ Santiago/ tú estás siempre latiendo, latiendo/ como un corazón/ Tus barrios/ son tan pintorescos/ que nada puede igualar/ su vida/ sus pasiones/ y sus mil maneras/ de reír o llorar”.
Como Rafael Hernández -quien compuso su China Santa, al influjo de la cultura oriental que el modernismo con Rubén Darío a la cabeza asimiló en la literatura y Occidente celebró en diversas manifestaciones del arte-, Lockward hizo también su canción china, la delicada Flor de té, de una belleza “como porcelana era su tersa piel/ y sus besos dicen que eran dulces cual la miel”. En la media voz de Lockward o la miel de Colás Casimiro: “Cuentan que una linda flor de té/ cautiva fue/ en un gran palacio de caolín/ en donde moraba un mandarín/ Era ella una linda flor oriental/ Era un árbol loto en un lago de cristal/ Como porcelana era su tersa piel/ Y sus besos dicen que eran dulces cual la miel/ Yo quisiera un día como el mandarín/ Tenerte cautiva en cárcel de caolín/ Que allí mis amores yo te cantaré/ Oh ideal, fragante, purísima flor de té.”
Luis Vásquez me enamoró de Marinera: “Vestida de marinera/ te vi una tarde desde un balcón/ Y tu imagen hechicera/ quedó grabada en mi corazón/ Quisiera marinerita/ bogar contigo cruzar la mar/ En una lejana islita/ hacer un nido para descansar/ Para que a nadie se le ocurra/ llegarse a la islita para molestar/ Vestida de marinera/ chiquita linda tú vivirás/ Y con tu voz hechicera/ tiernas canciones me cantarás/ Y yo a mi vez a tu oído/ con voz temblando de la emoción/ también te diré mi canto/ Y así la vida será una canción/ Y en medio de tantas canciones/ Nos adoraremos con loca pasión.” Y aunque la conocí en los 60’s aún navego en la mar con esta marinerita.

El Espía del nuevo Diario

                     El Espía

Una vez le preguntaron a “Rodriguito” porqué en “El suceso de hoy” sólo relataba pleitos de gente de barrios, y él contestó que las riñas en las urbanizaciones de los ricos se daban a puertas cerradas y con aire acondicionado. Algo parecido ocurre con el PRD y el PLD. Los pleitos en el partido blanco son barriales, de tigueraje. Los morados saben aparentar. Se cree que se les está cayendo el mundo encima, pero que va. Anoche, para la prensa, en el Comité Político hubo risas, abrazos y felicitaciones por el cumpleaños de Jaime David, el debut de Margarita y la primera reunión Danilo Presidente. ¡Qué déficit fiscal ni reforma! Como decían los gorditos, es mejor arriba con presión que abajo con depresión.

El Día Mundial de la Alimentación

                       Alimentación

Hoy es el Día Mundial de la Alimentación, ese derecho humano natural que tan poco se cumple en tantos lugares de la tierra, incluyendo el nuestro, donde todavía mucha gente se levanta sin saber si va a comer ese día.
Organizaciones internacionales calculan que cada día mueren unos 10,000 niños de hambre en todo el mundo. Eso constituye la peor vergüenza de esta civilización que ha sido capaz de producir la mayor cantidad de alimentos de la historia, pero que no ha sabido llevarlos a las bocas de los hambrientos.
El hambre es la peor de las dictaduras, no solo porque destruye la dignidad de los que la sufren, sino porque se convierte también en un instrumento de dominación política y de manipulación económica.
Los partidos en el poder en nuestros países han convertido el hambre ancestral que padecen estos pueblos en catapulta para mantenerse en el poder y grandes sectores económicos, apoyados en doctrinas que olvidan el sentido humano, se enriquecen cada día más con el hambre de la gente.