“¿Está Rusia perdiendo Asia Central? “

Nicolás de Pedro, Investigador CIDOB

Kremlin nocturno desde el río Moscú
Kremlin nocturno desde el río Moscú (Photo credit: Wikipedia)

Uzbekistán abandona por segunda vez la Organización del Tratado de Seguridad Colectiva (OTSC). Esta retirada supone un duro golpe para los planes rusos para establecer una arquitectura de defensa regional. Aunque poco conocida fuera de su entorno, la OTSC es el instrumento más longevo diseñado por Moscú para tratar de reconstruir su hegemonía militar en el espacio ex soviético. Paralelamente, Tadzhikistán y Kirguizstán exigen, con creciente determinación, que Rusia pague por estacionar tropas y disponer de bases militares en sus respectivos territorios. Así las cosas, entre las repúblicas ex soviéticas de Asia Central, tan sólo Kazajstán parece proactiva y genuinamente interesado en fortalecer su cooperación militar con Rusia. El viraje uzbeko, y los replanteamientos tadzhiko y kirguiz, coinciden con un cierto rapprochement militar a Washington y representan una nueva vuelta de tuerca en el rompecabezas centroasiático.

Desde su llegada al poder en 2000, el presidente Putin ha tratado de reafirmar la posición rusa en todo el espacio ex soviético y en Asia Central en particular. Desde la perspectiva del Kremlin, constituye su área de influencia privilegiada y forma parte del perímetro crítico de seguridad de la Federación Rusa. En el gran “arco de inestabilidad” desde Kosovo a las Filipinas que conceptualizan los estrategas rusos, el Cáucaso y Asia Central son cruciales para evitar que esta inestabilidad y conflictividad se extiendan hacia su territorio. En la década Putin-Medvédev, que coincide con el desembarco estadounidense en la región, Moscú se ha erigido en garante de la estabilidad y defensor del statu quo. Rusia, por ejemplo, es el principal suministrador de armamento y lo hace, además, a precios subvencionados a través de la OTSC. Por ello el Kremlin considera que la garantía que ofrece a estas repúblicas (léase, regímenes) de una seguridad vital que ellas no pueden proveerse por sí mismas, exime a Moscú de pago alguno por su presencia militar. Moscú ofrece también respaldo político a los regímenes autoritarios centroasiáticos frente a la amenaza potencial de lo que representaron en su día las revoluciones de colores y, ahora, la primavera árabe. Con todo, el tácito respaldo del Kremlin a la caída del ex presidente Bakíyev en Kirguizstán en abril de 2010 demuestra una cierta capacidad pragmática de adaptación ante situaciones ya creadas.

Sin embargo, existen, al menos, cinco elementos que deben ser considerados para valorar las opciones y aspiraciones rusas de mantenerse como el hegemón político y militar en la región. En primer lugar, la asertividad del Kremlin ha crecido sostenidamente. La guerra contra Georgia en agosto de 2008 y el posterior reconocimiento de Abjazia y Osetia del Sur causaron preocupación entre sus socios. De hecho, Moscú no fue capaz de recabar apoyo alguno ni en la OTSC ni en la Organización de Cooperación de Shanghái. En segundo lugar, y relacionado con lo anterior, el Kremlin sigue sin asimilar la plena soberanía de estas repúblicas ex soviéticas como demuestra su tendencia a tratar a sus dirigentes, que se tienen a sí mismos por padres de la patria y personajes históricos, como socios junior o de segundo nivel. En tercer lugar, aunque el primer objetivo de cada uno de estos regímenes es su propia supervivencia, conviene no olvidar su carácter predatorio de la riqueza nacional. Como muestra el caso de la base de Manás, en el aeropuerto de Bishkek, la presencia estadounidense puede ser una fuente de grandes beneficios económicos y los dirigentes locales no están dispuestos a renunciar a ellos a cambio de nada. En cuarto lugar, existen dudas fundadas sobre la capacidad de proyección real de las fuerzas rusas y la voluntad política de desplegarlas. En junio de 2010, Moscú rehusó intervenir en el conflicto interétnico del sur de Kirguizstán, a pesar de las peticiones desesperadas de la entonces presidenta interina Roza Otunbáyeva. Probablemente, el temor a verse arrastrados a un incierto escenario sin tener claro los posibles beneficios políticos o geoestratégicos determinó la decisión del Kremlin. En quinto y último lugar, la presencia china en auge ya no se centra sólo en el ámbito económico: Beijing muestra un músculo militar y un interés crecientes por hacer valer su peso económico en cuestiones de seguridad regional. Es pronto aún para considerar a China una alternativa creíble al liderazgo ruso y conviene no perder de vista las ansiedades de Kazajstán y Kirguizstán con respecto al gigante asiático, pero se trata sin duda de un elemento determinante a tener en cuenta en el medio plazo.

Pero las preocupaciones de Moscú se centran más en el corto plazo y, particularmente, en el replanteamiento del despliegue estadounidense como resultado de la retirada del escenario afgano. Los continuos ataques e interrupciones de la línea de suministro, sumados al deterioro progresivo de las relaciones con Pakistán, han impulsado a EEUU y al Reino Unido a apostar por Uzbekistán como ruta de retorno para el grueso de las tropas y material pesado desplegado en Afganistán. Una oportunidad que el presidente uzbeko, Islam Karímov, no está dispuesto a dejar escapar. Algunos medios británicos especulan con su exigencia de visitas de Estado recíprocas y el plácet para que su hija Gulnara, tras su controvertido paso por la embajada de Madrid, se convierta en la embajadora de Uzbekistán en Londres. En enero de 2011, Karímov ya protagonizó un curioso episodio cuando se presentó en Bruselas y, a pesar de que ambos negaron haberle invitado, se reunió con Barroso, en la Comisión Europea, y con Rasmussen, en la OTAN. Por el momento, la situación interna, marcada por la falta de las libertades más elementales y la sistemática vulneración de los derechos humanos, quedan en un segundo plano. Además de Uzbekistán, EEUU también incluye a Kirguizstán y Tadzhikistán en su replanteamiento regional post-retirada. Las relaciones con ambos se han revitalizado. De hecho, Bishkek parece replantearse el cierre de Manás y lo que era “absolutamente seguro” hace unos meses, ahora parece, simplemente, una más de las opciones. Dushanbé, por su parte, acaricia la idea, aún difusa, de albergar una presencia militar estadounidense. Además de dinero, Dushanbé busca mayores opciones diplomáticas ante su temor a que Uzbekistán aproveche su reacercamiento a Occidente para plantear algún tour de forcecontra Tadzhikistán.

La posibilidad de que Washington transfiera parte del material desplegado en Afganistán a alguna de estas tres repúblicas centroasiáticas ha provocado temor e irritación en el Kremlin. Ha habido ya algunas negociaciones serias al respecto. Sin embargo, la intención de Washington no parece que vaya más allá del deseo de asegurar la capacidad centroasiática de resistir ante una eventual ofensiva yihadista post 2014. Pero Moscú, habituado a interpretar cualquier movimiento de EEUU en la zona en clave conspirativa y de suma cero, no parece confiar en esta hipótesis. Esta dinámica fluida, fácilmente encuadrable en los parámetros geopolíticos del llamado “nuevo gran juego”, anticipa el previsible movimiento de fichas en el tablero regional como resultado de la retirada estadounidense de Afganistán en 2014. Queda por ver si esta retirada provoca un simple temblor o un movimiento tectónico.

Nicolás de Pedro,
Investigador CIDOB

Educación, desarrollo y ciudadanía en América Latina: Propuestas para el debate

A pesar de que en las últimas décadas los países latinoamericanos han tomado varias medidas para ampliar el acceso a la educación, prestando especial atención a los sectores sociales más desfavorecidos, hoy es más necesario que nunca dar un salto cualitativo en pos de una educación inclusiva, de calidad y adaptada a los nuevos retos que impone la globalización.

Una sociedad compuesta por individuos formados y educados fortalece el sentimiento de ciudadanía y constituye un factor facilitador de la cohesión social. La educación, como eje fundamental de una estrategia de desarrollo socioeconómico, requiere de intervenciones en sus diversos componentes, sobre todo en lo que se refiere a la asignación de recursos financieros y a la adopción de metas a largo plazo que comprometan a más de una administración, y cuyo cumplimiento pueda monitorearse y controlarse.

Estas y muchas otras ideas relacionadas con la necesidad de hacer de la educación un mecanismo para el desarrollo y el bienestar de la región, tanto presente como futuro, son los ejes de esta publicación, fruto de las contribuciones presentadas por destacados expertos en el marco de la Agenda de Desarrollo Iberoamericana.

Esta iniciativa, impulsada por la CEPAL, la SEGIB y el CIDOB, pretende alentar el debate académico junto con el debate político en diversos temas cruciales para la región. La presente publicación constituye el quinto volumen de la serie y responde a la voluntad de las instituciones participantes de difundir, en la mayor medida posible, las ideas y discusiones surgidas durante el seminario. Su lectura supone un elemento fundamental para comprender el estado actual de la educación en la región, así como las posibilidades que existen en este ámbito para seguir avanzando en la inclusión y el desarrollo.

ISBN: 978-84-92511-34-1

Volumen 5

Santiago Carrillo, un político de izquierdas

Español: Santiago Carrillo, politico español d...
Español: Santiago Carrillo, politico español del PCE, y Rafael Alberti, poeta español (Photo credit: Wikipedia)

Escrito por: CARLOS BÁEZ EVERTSZ

Santiago Carrillo fue un político que se inició en esas lides desde muy joven, hijo del militante socialista Wenceslao Carrillo, fue desde sus años mozos dirigente de las Juventudes Socialistas. Durante la guerra civil contribuyó a unificar a estas con las juventudes comunistas para formar las Juventudes Socialistas Unificadas. Desempeñó un papel importante en el gobierno republicano en Madrid contribuyendo a la puesta a punto de la defensa de Madrid de los ataques por aire y tierra de las tropas insurrectas del general Franco.  Posteriormente, como miles de republicanos, se refugió en Francia. En el Congreso del PCE celebrado en 1960 fue elegido secretario general y Dolores Ibarruri presidenta del partido.

Desde esa fecha hasta su renuncia a la secretaría general en el año 1982 jugó un papel protagónico en la marcha y desarrollo del PCE. Fue expulsado del mismo en 1986. Su vida se desarrolló en tiempos convulsos, y como dice un refrán chino, “qué Dios te libre de vivir en tiempos interesantes”. Guerra Civil española, exilio, Segunda Guerra Mundial, caída de Francia, invasión de la URSS, Victoria de los aliados, caída de los fascismos y del nazismo, frustrada esperanza de que ello conllevaría la derrota del fascismo español encarnado en la figura del general Franco y su régimen, Guerra Fría  y asunción por Occidente -EE.UU. y sus aliados- de que el enemigo principal era el comunismo.

Ello implicó que los comunistas y otros grupos llevaran a cabo una larguísima lucha clandestina tanto en el interior de España como en el exilio, incluyendo la formación de guerrillas, apelaciones a la caída del régimen a través de la Huelga General, organización de sindicatos de clase dentro del espacio ganado a los franquistas, apelación a la política de Reconciliación Nacional, muerte de Franco, política de pactos con los remanentes del franquismo y los partidos democráticos, ejecución de la transición española hacia la democracia, previa legalización del Partido Comunista, elecciones democráticas, y posterior declive de la fuerza política y electoral del PCE.

En todos esos acontecimientos Santiago Carrillo estuvo siempre desempeñando un papel importante. Hay un amplio consenso sobre el papel de Santiago Carrillo en la transición española, es decir, el reconocimiento más o menos generalizado –aunque nunca total-, de que sin su lucidez, su pactismo, su capacidad a lo Mazarino,  para los acuerdos y las combinaciones, la transición española hubiera sido diferente.

Carrillo respondía a los críticos sobre la pesada carga que asumió el PCE en la transición de la manera siguiente: Sí, hemos tenido que ceder, pero logramos algo esencial, el reconocimiento constitucional de  que la fuente del poder y lo que lo legitima es la soberanía popular, que quien tiene la soberanía es el pueblo,  que la misma no viene  de Dios, ni del espadón de un general, ni de un grupo de notables o aristócratas. Sea, así es sin duda.

Pasados 35 años desde las primeras elecciones democráticas de 1977 en España, hoy se levantan cada vez voces más críticas sobre la extendida idea de la ejemplaridad de la transición española. Sobre esa especie de amnistía  y sordera que se dio sobre los crímenes del franquismo, sobre la lentitud del reconocimiento del papel jugado por tantos demócratas que sufrieron no sólo la cárcel, sino la marginación.

Carrillo es acusado con saña por la derecha y por los franquistas descubiertos y encubiertos de ser el  estratega que llevó al fusilamiento de, según algún historiador, unas 2,400 personas en la matanza ocurrida en la localidad madrileña de Paracuellos del Jarama.  Matilde Vázquez y Javier Valero,  politólogos, en los inicios de la transición estaban investigando para la publicación de un libro sobre la guerra civil en Madrid. Con las fuentes consultadas disponibles en ese momento ellos aseguran que no se puede demostrar la participación directa o indirecta de Santiago Carrillo en la ejecución de esas personas. Ni dando la orden de la misma, ni insinuándola, ni promoviéndola.

Nunca se podrá justificar los  fusilamientos colectivos sin juicio previo, pero más que buscar un culpable en quien permitió el traslado de esos detenidos (Carrillo), lo que hay es que buscar la causa eficiente de los mismos en cómo los hombres se vuelven lobos para otros hombres en una guerra fratricida, por motivos políticos-ideológicos, y por tipos diferentes de construcción de sociedades.

Otras críticas vienen de la izquierda, de los disidentes en algún momento con la línea política que trazaba o encarnaba o defendía Santiago Carrillo como secretario general del PCE. Cuando se envían hombres a luchar con las armas en el interior y se fracasa, siempre se producirá la  búsqueda de traidores, soplones, errores tácticos, de información recopilada, etc. etc. Siempre habrá suspicacias de por qué se envió a tal o cual, de si había discrepancias en los que murieron en combate con alguien de la Dirección y que por eso se le envió a la muerte.

Hay también el choque de personalidades, de grandes personalidades o de temperamentos, como el de Líster y Carrillo. El de interpretaciones diferentes sobre las vías a seguir en función de un uso más refinado y más burdo de la información y de los hechos sociales, como el enfrentamiento entre Semprún y Claudín con Carrillo y con la mayoría de la dirección del PCE.

Y hay la fabricación por enemistad política, por mezquindad, por la simple sospecha, o vaya usted a saber por qué otros motivos, de interpretaciones conspirativas y hasta criminales, de ciertos fracasos del PCE en la lucha en el interior, como el caso del apresamiento, tortura y muerte del dirigente comunista Julián Grimau, cuya muerte algunos acusan que se debió a que la dirección del PCE lo entregó a la policía franquista, por haber enviado una persona tan conocida al interior desde Francia.

Ya se verá si la decadencia del PCE se debió a líderes como Santiago Carrillo, o a que el periodo histórico de la transición española hasta nuestros días estaba llamando a cambios sustanciales en la manera de organizarse y de plantearse la lucha y los objetivos políticos, que ponían a los Partidos Comunistas fuera de la Agenda Política.

Por mi parte, fui un leal admirador y seguí con interés el desarrollo de las ideas eurocomunistas que en España trasladó Carrillo. Creo que había en ellas el  germen de una evolución política positiva hacia la formación de un Gran Partido Socialista o de Izquierda Democrática  en España y en Europa.  Todo eso se encontraba ya en esas ideas difundidas por Carrillo en los finales de los años 70.

Hasta casi ayer uno podía escuchar con interés la lucidez y certeza –de los análisis de la realidad española y mundial que nos brindaba Carrillo desde las ondas de radio de la Cadena SER. A sus 97 años don Santiago, con su  voz de fumador impenitente, daba casi siempre en el clavo, y era una de las pocas voces que nunca decepcionaban,  ya que tenía una gran coherencia en todo lo que decía, y una modernidad que ya para sí quisieran tanto jóvenes y no tan jóvenes, saltimbanquis políticos, que pueblan el desolado y estéril campo de la izquierda actual.