La corrupción no es un problema de coyuntura

Tutta la vita
Tutta la vita (Photo credit: Wikipedia)

La corrupción descansa en la ideología patrimonialista del Estado

Escrito por: ANDRÉS L. MATEO

Son pocos los instantes en la práctica política de  este país en los cuales se produzca un enlace entre el espectáculo y la autenticidad. Esa es la fatal ostentación de la mentira. Los políticos dominicanos se creen con derechos adquiridos sobre la población vista como una inofensiva masa plural, y mienten totalmente desentendidos de la crisis inmóvil de credibilidad que han provocado en la población. Es cierto que el mundo es ya un universo sin paradigmas, y que lo importante es disfrutar del poder, pero sería bueno que la vida se tiñera del rubor de la gente sencilla, que cuando miente tiembla, y si la mentira es puesta en la picota pública, como sábana de virgen luego de la primera noche de amor, lo que sobreviene es la vergüenza  como estigma imperecedero.

Es a esa perversidad a la que se enfrenta el tema de la corrupción. Aquí ya  a nadie le da vergüenza porque lo asocien a los corruptos, la sociedad es una tupida  red de grandes y pequeñas complicidades, contra la que choca todo escrúpulo moral. Puede que sea a ojos vistas la gran indigencia de la época, pero llena la faltriquera de dinero, y promueve a los sujetos  en la estratificación social. Incluso, se le ha dado carta de naturaleza, porque si bien es cierto que la corrupción es endémica, no hay por qué despojarla de su carácter histórico. La corrupción dominicana no es genética, descansa en la ideología patrimonialista del Estado que tienen los partidos tradicionales, y por las mismas causas que originaron las quejas de los intelectuales dominicanos del siglo XIX, se ha incorporado  a nuestro vivir como algo natural.

 Ahora el escenario de las elecciones la ha convertido en espectáculo, y esto desnaturaliza, legitimándola,  su desagradable presencia entre nosotros. En rigor, en toda la vida republicana nunca ha existido una separación de la hacienda pública y los bienes de los caudillos. El Estado dominicano ha sido como una chaqueta de uso individual, indiscernible en la riqueza que lo conforma de las fortunas personales de los líderes. Balaguer estuvo mágicamente fundido a la magia del presupuesto nacional, y es de ahí que su figura gravitó como una sombra rabiosamente aferrada al destino del país.

Los perredeístas fueron una brevísima esperanza de que algo cambiaría, pero se corrompieron tan rápido que ni siquiera dieron lugar al sueño. Cuando el PLD subió al poder por primera vez, había una ilusión difusa de que ejerciera la práctica política de manera diferente. El discipulado de Juan Bosch debía una parte considerable del poder al discurso ético con el que se identificó la pequeña burguesía que padecía la decepción de la historia, y se creyó que el mundo deslumbrante de la riqueza material no los atraería. Pero, ¿qué ocurrió?  Sencillamente que Leonel Fernández ha gobernado encaramado en la concepción patrimonial del Estado (“el Estado soy yo”)…

Por ello es pertinente aclarar que, aunque se intente esfumar en el espectáculo la dimensión de la corrupción, no se trata de un problema de coyuntura electoral. A los dos partidos que tienen posibilidades de ganar las elecciones hay que recordarles que es un peligro transformar en un tema banal los estragos de la corrupción, porque en este pobre país es mucha la felicidad ciudadana que se llevan entre sus garras los corruptos de este gobierno, y de muchos otros gobiernos anteriores.  Yo no sé lo que va a pasar el próximo 20 de mayo, pero si Hipólito y Danilo se creen que la corrupción es un problema  de coyuntura electoral, se han equivocado.

Este país no puede seguir gobernado, como si fuera una fatalidad histórica, por el ejercicio descarado de la concepción patrimonial del Estado, y su hermana gemela la corrupción. Sin una sola institución que sirva, sin un solo signo al que la idea de un Estado funcional ampare, tanto en el orden práctico como en el moral. Y sí, es cierto, ¡es mucha la felicidad ciudadana que la corrupción en los gobiernos de(…) le ha robado al país!

De rabiosos comunistas a exagerados ecologistas

Sector de la juventud aporta la masa para protestas pacíficas
Escrito por: FABIO R. HERRERA-MINIÑO

Las generaciones jóvenes, que nacieron en los países de la Tierra después de concluida la II Guerra Mundial, se toparon de frente al calor de la denominada guerra fría, que enfrentaba, abierta o solapadamente, las potencias  mundiales  del capitalismo dominante y el comunismo ascendente.

Las generaciones jóvenes, que por naturaleza son contestarías en contra del orden establecido,  encontraron,  en la doctrina comunista, el eslabón que necesitaban para llevar la igualdad de la raza humana, sin privilegios  ni injusticias, y que el amor fraterno fuera el común denominador de la civilización. Se cumplía la sentencia de  que el joven, que era comunista a los 20 años, era el burgués de los  40 años. Esa transformación  era la que sin dudas presagiaba que una nueva  clase dirigente aparecería en el mundo para hacerlo más pacífico  y humano.

El auge del comunismo en el período de 1950 hasta 1989 presagiaba que la ideología, directrices y postulados se impondría  en el mundo, entonces se  inauguraría una era de Acuario, dominada por el amor pero aplastando  las inquietudes  de las generaciones jóvenes que se dieron cuenta de los fallos. El estallido no se hizo esperar para provocar un derrumbe insólito en las naciones, que sometidas al férreo yugo comunista, se sublevaron para alcanzar la libertad.

Las generaciones de jóvenes comunistas fueron ardientes defensores  de aplastar a los que pensaban distinto a sus propósitos, y al verse marginados en un mundo de competencias y capacidades,  encontraron  un nicho increíble  provocado  por la explotación  de los recursos que llevaban lentamente al mundo hacia su auto destrucción con el daño al medio ambiente, que de manera precipitada   avanzaba hacia un daño ecológico de envergadura con el envenenamiento de la atmósfera  y elvertido de sustancias tóxicas por todos los rincones de la Tierra.

 El nicho de la ecología fue asaltado atinadamente  por los antiguos comunistas, que encontraron la bandera que no hallaron con su doctrina, ya que ahora el sentimiento natural era proteger los recursos naturales para evitar su despiadada explotación. Y como es natural,  las generaciones jóvenes, idealistas por naturaleza,   han sido hábilmente utilizadas por esos viejos dirigentes de izquierda, que renacidos  atacan al capitalismo con su rígida mentalidad de antaño y aplastan el libre pensamiento, aprovechándose de la candidez de las generaciones jóvenes.

Entonces, los ecologistas  de izquierda,  en sesudos documentos   y argumentaciones  con amenazas incluidas,  pretenden imponer  su sello de evitar la explotación de los recursos naturales. Ellos amenazan con todos los castigos infernales en caso que se aproveche  algún recurso que lo consideren  debe permanecer virgen, sin beneficiar para nada al país.

Ya no son las huelgas tumba gobiernos de los 60 y 70, ahora son movimientos bien organizados, y con recursos, que lo narigonean grupos que cuentan con el apoyo de sectores empresariales  rivales, que no quieren ver interferencias de grupos nuevos, que afectarían sus ya bien establecidas  relaciones con los gobiernos de turno.

El sector de la juventud, inquieta y con ideales, es la que aporta la masa para esas protestas pacíficas de preservar el medio ambiente, sirviendo a intereses que hábilmente los manipulan, unos los dirigentes comunistas de otrora y quizás trabajando por primera vez, sin vivir del cuento, otros, empresarios que no quieren rivales, y otros, la opinión pública, que baila al ritmo de la música que le toquen, como lo supieron hacer y lo hacen a través de la historia,  los últimos dictadores conocidos, a saber Hitler, Stalin, Castro y Trujillo.

“El prestigio se gana”

Logo at Bosch Headquarters
Logo at Bosch Headquarters (Photo credit: Wikipedia)

Ricky Noboa

El prestigio no se asume, ni se hereda del poder. El poder es por vocación un compromiso social. Hoy nuestro país y los ciudadanos de respeto deben jugar un rol patriótico para despejar el camino hacia la honestidad, como única dirección de rescatar nuestra sociedad de los escándalos que han surgido de la inmoralidad del desfalco público. Estamos en una etapa en que los procesos legales indefectiblemente deben devolvernos la fe en la reconstrucción de los valores familiares. Nadie puede sentirse triunfador por obtener impunidad a costa del sacrificio de los ciudadanos que han cumplido con el deber de sus compromisos fiscales; nadie, por ser amigo de los presidentes, puede seguir burlándose de los preceptos morales que rigen una sociedad. En nuestro país llegó la hora de sacar las cuentas claras y de entender que tenemos fe en un presidente que fue muchas veces marginado por su condición e interpretación política de poner la economía al servicio de los más necesitados; esa filosofía que encarnó el profesor Bosch, cuando fundó el PLD. Es hora de enviar señales claras a toda una población que ve en Danilo una reivindicación de sus valores y con ellos un mejor futuro para sus hijos. “Manos a la Obra” con una obra hacia lo social, una obra que corrija “lo que ha estado mal” y que “se haga lo que nunca se ha hecho” en pro de la mayoría, que es lo mejor de nuestro pueblo.

No hay que perder el optimismo. Por fortuna todavía quedan millones de personas de buen corazón, idealistas, que luchan cada día por un mejor porvenir, soñadores, en todos los ámbitos de la vida. El mundo siempre ha sido injusto, pero a la vez apasionante y misterioso; vale la pena vivir dejando a un lado la mezquindad, ayudando a nuestros semejantes y nunca perder la esperanza, hay mucho por descubrir y superar.

Apenas comenzamos esta gran tarea de corregir lo que fue un premio a la deshonestidad y comenzar la gran lucha contra la impunidad.

 

Paul Krugman: La locura de la austeridad europea

Pero's Bridge, St Augustine's Reach, Bristol
Pero’s Bridge, St Augustine’s Reach, Bristol (Photo credit: SwaloPhoto)
Paul Krugman, El País
Adiós a la complacencia. Hace tan solo unos días, la creencia popular era que Europa finalmente tenía la situación bajo control. El Banco Central Europeo (BCE), al comprometerse a comprar los bonos de los Gobiernos con problemas en caso necesario, había calmado los mercados. Todo lo que los países deudores tenían que hacer, se decía, era aceptar una austeridad mayor y más intensa —la condición para los préstamos de los bancos centrales— y todo iría bien.

Pero los abastecedores de creencias populares olvidaron que había personas afectadas. De repente, España y Grecia se ven sacudidas por huelgas y enormes manifestaciones. Los ciudadanos de estos países están diciendo, en realidad, que han llegado a su límite: cuando el paro es similar al de la Gran Depresión y los otrora trabajadores de clase media se ven obligados a rebuscar en la basura para encontrar comida, la austeridad ya ha ido demasiado lejos. Y esto significa que puede no haber acuerdo después de todo.

Muchos comentarios indican que los ciudadanos de España y Grecia simplemente están posponiendo lo inevitable, protestando en contra de unos sacrificios que, de hecho, deben hacer. Pero la verdad es que los manifestantes tienen razón. Imponer más austeridad no va a servir de nada; aquí, quienes están actuando de forma verdaderamente irracional son los políticos y funcionarios supuestamente serios que exigen todavía más sufrimiento.

Pensemos en los males de España. ¿Cuál es el verdadero problema económico? Esencialmente, España sufre las consecuencias de una enorme burbuja inmobiliaria que provocó un periodo de auge económico e inflación que hizo que la industria española se volviese poco competitiva respecto a la del resto de Europa. Cuando la burbuja estalló, España se encontró con el complejo problema de recuperar esa competitividad, un proceso doloroso que durará años. A menos que España abandone el euro —una medida que nadie quiere tomar—, está condenada a años de paro elevado.

Pero este sufrimiento, posiblemente inevitable, se está viendo tremendamente magnificado por los drásticos recortes del gasto, y estos recortes del gasto solo sirven para infligir dolor porque sí.

En primer lugar, España no se metió en problemas porque sus Gobiernos fuesen derrochadores. Al contrario: justo antes de la crisis, España tenía de hecho superávit presupuestario y una deuda baja. Los grandes déficits aparecieron cuando la economía se vino abajo y arrastró consigo los ingresos, pero, aun así, España no parece tener una deuda tan elevada.

Es cierto que España tiene ahora problemas para financiar sus déficits. Sin embargo, esos problemas se deben principalmente a los temores existentes ante las dificultades más generales por las que pasa el país (entre las que destaca la agitación política debida al altísimo paro). Y el hecho de reducir unos cuantos puntos el déficit presupuestario no hará desaparecer esos temores. De hecho, una investigación realizada por el Fondo Monetario Internacional (FMI) da a entender que los recortes del gasto en economías profundamente deprimidas reducen la confianza de los inversores porque aceleran el ritmo del deterioro económico.

En otras palabras, los aspectos puramente económicos de la situación indican que España no necesita más austeridad. No está para fiestas, y, de hecho, probablemente no tenga más alternativa (aparte de la salida del euro) que soportar un periodo prolongado de tiempos difíciles. Pero los recortes radicales en servicios públicos esenciales, en ayuda a los necesitados, etcétera, son en realidad perjudiciales para las perspectivas de un ajuste eficaz del país.

¿Por qué, entonces, se exige todavía más sufrimiento?

Una parte de la explicación se encuentra en el hecho de que en Europa, al igual que en Estados Unidos, hay demasiadas personas muy serias que han sido captadas por la secta de la austeridad, por la creencia de que los déficits presupuestarios, no el paro a gran escala, son el peligro claro y presente, y que la reducción del déficit resolverá de algún modo un problema provocado por los excesos del sector privado.

Aparte de eso, en el corazón de Europa —sobre todo en Alemania— una proporción considerable de la opinión pública está profundamente imbuida de una visión falsa de la situación. Hablen con las autoridades alemanas y les describirán la crisis del euro como un cuento con moraleja, la historia de unos países que vivieron por todo lo alto y ahora se enfrentan al inevitable ajuste de cuentas. Da igual que eso no sea en absoluto lo que sucedió (o el asimismo incómodo hecho de que los bancos alemanes desempeñasen una función muy importante a la hora de inflar la burbuja inmobiliaria de España). Su historia se limita al pecado y sus consecuencias, y se atienen a ella.

Y, lo que es aún peor, esto es también lo que creen los votantes alemanes, en gran parte porque es lo que los políticos les han contado. Y el miedo a la reacción negativa de unos votantes que creen, erróneamente, que les toca cargar con las consecuencias de la irresponsabilidad de los europeos del sur hace que los políticos alemanes no estén dispuestos a aprobar un préstamo de emergencia esencial para España y otros países con problemas a menos que antes se castigue a los prestatarios.

Naturalmente, no es así como se describen estas exigencias. Pero en realidad todo se reduce a eso. Y hace mucho que llegó la hora de poner fin a este cruel sinsentido. Si Alemania realmente quiere salvar el euro, debería permitir que el Banco Central Europeo haga lo que sea necesario para rescatar a los países deudores. Y debería hacerlo sin exigir más sufrimiento inútil.

El análisis de la crisis y la lucha política

"I", Mindsets, Lets-be-friends-ism, ...

La necesidad de interpretar la crisis responde a un instinto de supervivencia. Es obvio que de su interpretación depende la respuesta de política económica. Pero hay algo más importante: también de su comprensión dependen las estrategias y formas de lucha en contra del neoliberalismo global. Sin un conocimiento claro de sus orígenes y alcances, es muy difícil identificar los objetivos de la lucha política.

Desde que estalló la crisis global en 2007 se han sucedido diversas interpretaciones sobre su génesis y su naturaleza. Casi todos los esfuerzos por analizarla se han centrado en el sector financiero. Aquí hay dos grandes corrientes. La primera es la de la derecha neoliberal: la culpa la tiene el gobierno. Las huellas de su negligencia y proclividad al despilfarro se encuentran en una política monetaria poco rigurosa que mantuvo tasas de interés demasiado bajas por muy largo tiempo. Para el caso de Estados Unidos esta visión pretende ignorar la forma en que la Reserva Federal buscó mantener burbujas en los precios de activos para ayudar a mantener un nivel adecuado de la demanda agregada. La evolución en Europa es distinta, pero en el fondo siempre emerge el gobierno como el gran culpable de una crisis generada en y por el sector privado. La receta de política económica es, por lo tanto, más neoliberalismo (por ejemplo, más flexibilidad en el mercado laboral) y menos gobierno.

Existe una variante de esta línea de análisis: la crisis se genera por una falla regulatoria. El detonador fue el rompimiento de la estructura regulatoria heredada de los años 30. Eso condujo a un excesivo apalancamiento en el sector financiero, tanto en el bancario como en el no bancario. La auto-regulación en el sector financiero llevó también a una absurda dispersión de riesgos a través de la bursatilización, lo que sembró bombas de tiempo en todo el mundo. Los bancos y el sector financiero llevaron al sobrendeudamiento a todo tipo de agentes y con todo tipo de productos. Otra vertiente de este tipo de análisis se relaciona con el sistema monetario internacional y con la capacidad de Estados Unidos para mantener un déficit comercial por tiempo indefinido. La respuesta de política económica consistiría en una más efectiva regulación del sistema financiero.

En realidad, la historia económica de los últimos 80 años demuestra que las raíces de la crisis van mucho más allá del sector financiero. Durante el periodo 1945-1975 la economía mundial mantuvo un fuerte ritmo de crecimiento sostenido. El soporte de ese proceso fue la presencia de una demanda efectiva que mantenía la venta segura de mercancías. A su vez, la demanda efectiva se apoyaba en la evolución favorable de los salarios (éstos siguieron de cerca al crecimiento de la productividad). Por último, el sistema financiero se mantuvo bajo un sistema regulatorio que controlaba la especulación o por lo menos la separaba de la inversión real.

Ese modelo económico se rompió en la década de los años setenta. Primero la tasa de ganancia comenzó a declinar a finales de los años 60. El capital buscó contrarrestar dicha evolución negativa con la reducción de costos laborales, rompiendo así el vínculo entre aumentos de productividad y salarios. En 1973 comienza un largo periodo de estancamiento de los salarios reales. En Estados Unidos el endeudamiento de los hogares permitió sostener el crecimiento de la demanda agregada. El salario dejó de ser la clave de la reproducción de la fuerza de trabajo. El modelo tuvo que mantener constantes procesos cíclicos de inflación en los precios de diversos activos (acciones y títulos de empresas, bienes raíces). Esas burbujas terminaron por reventar. En Europa la secuencia es algo diferente, pero mutatis mutandis el resultado fue una marcada deficiencia en la demanda agregada, desequilibrios internacionales y endeudamiento.

Entre 1971 y 1991 el capital también se desplazó hacia la especulación y forzó la desregulación financiera en todo el mundo. La causa se encuentra en la caída de la tasa de ganancia y en los conflictos de distribución que esto generó.

Las distintas interpretaciones de la crisis son importantes. De ellas depende que se cuestione el modelo neoliberal o sólo una de sus facetas (por ejemplo, la regulación financiera). Es más, de la interpretación de la crisis depende que se cuestione el mismo sistema capitalista que parece recrearse en una larga sucesión de crisis. ¿Hay que buscar una alternativa al neoliberalismo o también al capitalismo? Es evidente que estas preguntas son muy importantes. En México la izquierda electoral o institucional no ha querido ni asomarse a estas interrogantes. En la coyuntura actual eso le ha impedido diseñar una opción alternativa creíble de política económica, lo que acarrea múltiples consecuencias negativas.

Para fijar un derrotero de lucha es indispensable conocer el terreno, dice Sun Tzu en El Arte de la guerra. Habría que añadir que en política lo peor que puede pasar es equivocarse de enemigo.

Alejandro Nadal, La Jornada