Por qué debemos desentrañar la clave del enigma

Alberto Faya Montano (CUBARTE)

Vivimos en un mundo frecuentemente inexplicable, confuso, engañoso. En gran medida es el resultado de los instrumentos que utiliza el lamentable y amplio mercado para mantenernos pensando a la manera de sus necesidades. El genio humano ha creado armas fabulosas para su desarrollo las que, en manos de inescrupulosos, funcionan de la misma manera en que la energía atómica derivó en el bombardeo de Hiroshima y Nagasaki.

Las comunicaciones se han extendido hasta fronteras impensables y hoy conocemos la magia de conversar de día con otro ser humano que nos contesta al momento desde su noche.

Es un gran enigma la complejidad de la vida contemporánea pero tenemos modos de ir deshaciendo su madeja con el propósito esencial de llegar al corazón, por ejemplo:

La música nos invade a diario de una forma en que nunca lo había hecho. Así se van conformando maneras de aceptarla y sobre todo, de gustarla. Una vez que entramos en ese misterio ya no podemos deshacernos de él sino a fuerza de sustituirlo con otro gusto más poderoso. Es la única manera de encontrarnos con la esencia humana que el arte nos proporciona y que resulta, a la larga, salvadora pero la tarea no es fácil. Recuerdo el caballito de la Historia Interminable que va hundiéndose en el pantano mientras la Nada se acerca para acabar con todo. No son solo símbolos, son verdades.

No se trata simplemente de criticar una forma musical de dudosos propósitos por responder a intereses mezquinos, sino de comprender la necesidad que tenemos de encontrarnos con las profundas verdades que iluminan el camino de una humana civilización. Vender una obrilla es fácil en comparación con la enorme tarea de divulgar y  hacer comprender los mensajes que envían aquellos y aquellas que buscan incesantemente en la vida las razones más ciertas para sus creaciones. El arte nos salva y deberá marchar a la par de la creación de bienes materiales.

Ayer trataba de escribir un programa radial a partir de las ideas que Erick Fromm expresaba en su libro El Arte de Amar. En el prefacio de la obra, el sicólogo judío-alemán, nos escribe que a través de esa obra pretende:  … convencer al lector de que todos sus intentos de amar están condenados al fracaso, a menos que procure, del modo más activo, desarrollar su personalidad total, en forma de alcanzar una orientación productiva; y de que la satisfacción en el amor individual no puede lograrse sin la capacidad de amar al prójimo, sin humildad, coraje, fe y disciplina. En una cultura en la cual esas cualidades son raras, también ha de ser rara la capacidad de amar.

De pronto me di cuenta de la estrecha relación que existe entre esos propósitos y la labor del verdadero artista en medio del enigma que nos plantea la borrosa contemporaneidad. Silvio nos advierte constantemente:  Solo el amor convierte en milagro el barro.

Somos absolutamente responsables de la vida, limpiamos las costas, combatimos las plagas, creamos bienes para el consumo pero a la vez debemos cuidar los corazones. ¿De qué nos sirve una vida placentera, sin la capacidad de volver la mirada a aquellos que sufren, sin la conciencia de que todo bienestar está condicionado por viejas y nuevas ideas de lo que es vivir y que es un crimen encerrarnos en cada uno para disfrutar en aislamiento lo que otros han creado?

La hostilidad con que el pensamiento capitalista ha conformado nuestra humanidad nos conmina a refugiarnos en nosotros mismos, por ejemplo: a disfrutar la música que nos gusta pero en soledad o en la limitada complicidad de alguien cercano que siempre nos brindará su anuencia para ayudar a sumirnos en nuestra soledad. Separatidad, diría Fromm ¿No sería mucho mejor compartir las músicas que contribuyen a nuestra comunión con todos, las que llegadas de todos los confines de la tierra, nos ayudarán a entendernos como género humano? ¿Cuánto de verdad pudiera existir en lo que un lejano africano nos dice acerca de su realidad? ¿Cuánto de cierto hay en esas músicas de Asia que la compartimentación a que nos ha sometido el colonialismo, nos ha impedido descifrar?  ¿Cuánta sabiduría hay en la frase rumbera de: Consuélate como yo que yo también tuve un amor y lo perdí?

Los intentos por desencadenar las guerras nos llaman a desarrollar la función del arte para salvación de todos. Acompaño la carta que un padre escribió recientemente a su hijo:

Hijo querido:

Te escribo, como siempre, de pie ante el surco que me espera, con las manos llenas de semillas, sabiendo que el sol es duro, que no tengo arado, que el viento arremete contra mis manos y mi fuerza pero ¿qué hemos de hacer sino andar pues somos seres humanos que nacemos con el deber de velar por los otros para salvar la especie? No es solo la enorme tarea apostólica de propagar sino de hacer lo que a nuestro alcance esté.

Hoy tu madre y yo conversamos, como hemos estado haciendo en estos últimos tiempos, consolidando nuestra unión porque tenemos los mismos propósitos y deberes y terminamos leyendo a Martí.

No ha sido la lectura escolar que busca vencer un examen sino el encuentro con las esencias desde la palabra de un iluminado que se autocritica cuando, ante la fuerza de la vida, ante los brotes que casi con dolor surgen de las ramas, ante el universal e histórico mandato a no descansar, ante la luz cegadora que debemos seguir como camino; se conmueve. Martí, el hombre insignia de América y del mundo, dice en su poema “Medianoche”:

¡Y yo, mozo de gleba, he puesto solo.

Mientras que el mundo gigantesco crece,

Mi jornal en las ollas de la casa!

No tomes estas notas, lo que he escrito y dicho y lo que pudiera escribirte en el futuro como un simple enfrentamiento porque para mí eres una de las joyas preciadas de mi vida. Es solo mi deber de sembrador porque el mundo necesita la siembra frente a la destrucción que la avaricia y el individualismo generan. Mi semilla es mi palabra y tú eres uno entre mis surcos preferidos. No es un simple deber de padre que en sí mismo es inmenso sino mi deber de ser humano que no puede buscar otra cosa que no sea la respuesta al llamado de tantas voces que en el mundo claman.

Amar es luchar. ¿Cómo pudiera ser otra cosa sino el propósito de ayudar a encontrar los caminos? ¿No es amar darse sin reparar en la respuesta? ¿No dijo el Che que, en última instancia, todo acto de un revolucionario es un acto de amor y luego lo demostró con su vida? ¿No es el nombre de Ernesto que tu pequeño lleva, una continuación de los homenajes y una reafirmación de que estamos vivos?

Esta es mi felicidad, la que he aprendido de la historia, la que pienso que debía ser el estandarte de cada uno de los seres humanos que poblamos la tierra, lejos de tanta basura que trata de embotarnos los sentidos.

Sé que la estrella ilumina y mata pero, o la ponemos sobre nuestra frente para lograr entre todos que esa luz trascienda la muerte o sucumbimos ante la rica y ancha avena que nos llena el estómago a algunos y a otros no, la que terminará con matarnos de verdad a toda la especie.

No puedo dejar de pelear, dejaría de ser y a eso no debía renunciar nadie.

Recibe mi más profundo abrazo para ti y para tu familia.

 

Papá

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