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Eres lo que lees

Copa El País, an uruguayan football tournament
Copa El País, an uruguayan football tournament (Photo credit: Wikipedia)

 

 

Circula por Internet un e-mail que ofrece una visión irónica de los lectores de prensa estadounidenses, en función del periódico que leen cotidianamente. Dice así: The Wall Street Journal es leído por la gente que dirige el país; The New York Times por la gente que piensa que dirige el país; The Washington Post, por la gente que piensa que ellos deberían dirigir el país; USA Today, por quienes piensan que ellos deberían dirigir el país, pero no entienden el Washington Post; Los Angeles Times es leído por la gente que no tendría problemas en dirigir el país, si tuviesen tiempo; Boston Globe, por aquellos cuyos padres acostumbraban dirigir el país; New York Daily News es leído por la gente que no está muy segura de quién está dirigiendo el país; New York Post, por la gente a la que no le importa quiénes están dirigiendo el país, en tanto hagan algo escandaloso; San Francisco Chronicle, es leído por la gente que no está segura de que haya un país o de que alguien esté dirigiéndolo; y Miami Herald, es leído por la gente que está dirigiendo otro país.

Cada diario, en cualquier parte del mundo, mantiene obviamente cruciales intereses comerciales y una ideología latente con palpitantes criterios políticos (sobre todo cuando sus editores lo niegan), todo ello adobado con un estilo comunicativo propio, fuertemente condicionado por su capacidad humana y tecnológica que deriva directamente de su tirada, de su respaldo financiero y de su conexión con el poder económico-político. El periódico es un espejo, donde la prensa transmite lo que cree que sus lectores quieren leer y los ciudadanos compran el periódico donde ven mejor reflejadas sus opiniones, de modo que lectores y medios se realimentan y fidelizan mutuamente. Aunque esto tiene sus excepciones, y Euskadi es un ejemplo. Concretamente en el grupo Vocento, (antes el Grupo Correo-ABC, no hace mucho el Correo Español), mantiene una extraña presencia prolongada ante una ciudadanía vasca con la que discrepa inflexiblemente en sus opciones sociológicas y políticas mayoritarias. Un caso único merecedor de un análisis que rebasa las posibilidades de este escrito, que sorprende con insólitas contradicciones mediáticas como destacar los fracasos que afectan a su sociedad lectora, al tiempo que relegar o minimizar sus éxitos: justamente lo opuesto a la habitual práctica periodística, donde normalmente los diarios exaltan y se enorgullecen de los triunfos colectivos y se solidarizan con las desgracias, procurando propagar optimismo y confianza entre sus lectores.

Podemos remedar el mensaje inicial con una traslación a nuestra sociedad donde ha abundado el modelo prototípico de comprador de periódico que se pasea con él debajo del brazo, con la cabecera al aire pregonando su ideología (EL PAÍS, se llevó la palma en su mejor época ?progre?). En todo caso, y en tono humorístico-costumbrista, podrían definirse con una subjetiva valoración el ?(e)lectorado? de los principales periódicos ordenados según su difusión objetiva: EL PAÍS, leído por gente que piensa que ellos deberían dirigir el país, que ya lo dirigieron y que ven que no lo dirigirán en mucho tiempo; MARCA, el periódico de los que nunca dirigirán ningún país, pero quizá sí algún equipo deportivo; EL MUNDO, leído por gente que les gustaba creer que siempre lograban cambiar a los que dirigían el país, hasta que ha decidido Pedro J. que con los de ahora le va muy bien; ABC, para nostálgicos cuyos antepasados se acostumbraron a dirigir el país; LA RAZÓN, deletreado por quienes piensan que el país estuvo bien dirigido durante cuarenta años y que no entienden EL MUNDO; EXPANSIÓN, leído por la gente que seguramente dirige el país; DEIA y AVUI leídos por la gente que está dirigiendo otro país; GARA, para quienes quisieran poder votar para cogobernar algo; BERRIA, leído por los euskaldunes porque no disponen de más opciones; y terminado en una inmensa mayoría que no lee nada que no sea deportivo, rosa (PRONTO, HOLA,..) o inyectado por los medios de comunicación audiovisuales, potencialmente más manipuladores y que apelan emocionalmente a los radioyentes y telespectadores sometiéndolos con una dieta forzosa de pocos argumentos y mucha bazofia.

Concluyendo: la lectura de libros y prensa es muy sana, preferentemente si se lee de todo, con equilibrio y reflexionado para obtener conclusiones propias ante la variedad de criterios y pluralidad de posiciones. El futuro apunta inexorablemente hacia un formato digital de comunicación (con modelos propios como ESTRELLA DIGITAL,? o duales de prensa impresa y electrónica). Estos soportes interactivos permiten no sólo leer, sino comentar y colaborar a la ciudadanía del siglo XXI, que quiere participar directa y decisivamente en los asuntos públicos. Muy pronto se resolverá la paradoja de Zenón, y veremos a los lectores sobrepasando como Ulises a la tortuga de la prensa.

Mikel Agirregabiria Agirre – http://www.mikelagirregabiria.tk/
Rebelión

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Evo Morales

ME ENCUENTRO con mi amigo José Bové en el andén de la estación del Norte de París. Son las ocho y media de la noche. Hemos venido a esperar al líder indígena boliviano Evo Morales que llega de Bruselas. Algunos transeúntes se acercan a Bové para felicitarlo. Un inmigrante magrebí le pregunta cómo se puede inscribir en su movimiento . Bové le explica con amabilidad, mientras fuma su pipa cachimba, que su movimiento es un sindicato campesino -la Confederation Paysanne – y que para formar parte de él hay que ser agricultor. Decepción en la mirada del inmigrante. «Bueno, pero en todo caso votaré por usted cuando se presente para presidente de Francia». «No figura en mis proyectos», le contesta sonriendo Bové.

Se acerca otro señor, alto, delgado, muy elegante, envuelto en una capa de fieltro: «Soy abogado belga, y comparto todas sus ideas. Quería sólo darle la mano y decirle que tiene usted el apoyo de millones de personas hartas de tanta desigualdad».

José Bové es un icono de la alterglobalizacion. Reúne por lo menos dos cualidades que hacen de él una personalidad muy singular: una inteligencia aguda sobre los mecanismos más finos de la globalización, y una capacidad de acción directa y de movilización de masas. Es la prueba viva de que, en las luchas actuales contra la mundialización neoliberal, los líderes campesinos son más activos que los dirigentes obreros. Ninguno de estos últimos ha destacado en las múltiples manifestaciones de protesta organizadas desde aquella, fundadora, de Seattle en diciembre de 1999.

Evo Morales es otro ejemplo. Bové me dice que lo conoce desde hace muchos años porque era el corresponsal en Bolivia del sindicato internacional del campesinado alternativo Vía Campesina. Evo, de 47 años, es indio aymara y líder del Movimiento al Socialismo (MAS) de Bolivia. Fue segundo, con 21% de los votos, en la elección presidencial de su país en junio del 2002, y su partido dispone de 35 escaños en el Congreso Nacional de La Paz. Él fue quien dirigió la gran sublevación popular que derrocó en octubre del 2003 al presidente Gonzalo Sánchez de Lozada, y se ha convertido en el dirigente principal de los indígenas de América latina que, en otros países, como Ecuador, Perú, Chile y Paraguay, también están dando la batalla política para hacerse, por la vía de las urnas, con el poder y poner fin a 500 años de explotación, discriminación y marginalización.

Llega por fin el tren. Y llega Evo, macizo, piel cobriza, pelo azabache, ojos pequeños y vivos de inteligencia. No había vuelto a verlo desde abril del año pasado en Caracas, donde participábamos en los actos de conmemoración del golpe de Estado fallido contra el presidente Hugo Chávez, el 11 de abril del 2002.

Cenamos en una célebre brasserie enfrente de la estación. Nos cuenta con todo detalle los trágicos acontecimientos de octubre pasado en Bolivia: «En dos días, los militares y la policía de Sánchez de Lozada mataron a más de 58 compañeros. A mí también trataron de asesinarme. En la plaza donde estábamos concentrados, encontraron a dos agentes de inteligencia disfrazados de civiles indígenas y uno de ellos, armado con un revólver, se estaba acercando a mí¿ Finalmente los compañeros los detectaron y desalojaron a esos agentes. Inmediatamente después llegó la represión gasificando y disparando. Tuve que pasarme a la clandestinidad».

Nos dice que sus adversarios tratan de desacreditarlo, difundiendo falsas informaciones sobre él, afirmando que vive del narcotráfico, que Chávez lo financia o que Fidel Castro lo alecciona. «No saben qué inventar contra mí. Pero la verdad es que vamos a ganar las elecciones municipales de noviembre. Llegó la hora de demostrar que no sólo sabemos protestar sino también gobernar y gobernar bien. Vamos a acabar con la mafia política y recuperar los hidrocarburos para los ciudadanos. Por eso el pueblo entero sigue movilizado en la defensa de los recursos naturales, por su recuperación y también por la recuperación de la democracia para todos los bolivianos».

Ignacio Ramonet
La Voz de Galicia

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España y el Rubicón

Roma
Roma (Photo credit: fluido & franz)

 

Podría convenirse en que el terrorismo, gelatinosa ideología de la solución final, es un método de dominación. Sin embargo, el sufijo no alcanza para dar cuenta de la trágica connotación del sustantivo: “miedo intenso”. Donde hay “miedo intenso” no hay razón.

Quienes lo combaten sienten que la humanidad atraviesa una etapa de involución. Quienes lucran con él apelan al terror: terror político, terror económico, terror conyugal, terror delictivo, terror laboral, terror ambiental, terror militar.

En España, la derrota de uno de los miserables más notorios de la escena política contemporánea consiguió romper la santa alianza de un modelo que hasta la semana pasada parecía dominarlo todo.

Si nada nuevo hay bajo el Sol tomemos, con precaución debida, algunas analogías de la historia. De Rómulo y Remo a la Roma de Constantino transcurrieron mil años. Los tiempos de la modernidad fueron más rápidos. De Lutero a la fecha ningún imperio aguantó 250 años.

¿En qué momento empezó la decadencia del imperio romano? En 46 aC Roma derrotó y ejecutó al “terrorista” Vercingetórix, rey de los galos. Pocos romanos pensaron entonces que su fama de guerrero invencible guardaba íntima relación con las debilidades internas del imperio.

En 2003 Estados Unidos derrotó y capturó al “bárbaro” Saddam Hussein y (ya mero) atrapa a Bin Laden. La diferencia entre la una y la otra época consiste en que ninguna persona medianamente informada cree que la “democracia” y la “libertad” ganan con estos espectáculos del big business mediático.

¿Qué garantiza el porvenir del estadunidense? En la cima de su esplendor y poderío, la pax americana de Bush guarda similitud con la “fiesta imperial por la paz” celebrada por Octavio en momentos en que el “bárbaro” germano Arminio destazaba 25 mil legionarios en la selva de Teutoburgo (9 aC).

Hasta nuevo aviso, el terrorismo llegó para quedarse. Encendidos al rojo vivo, sus engranajes ideológicos, espirituales, económicos y militares tratarán de que, efectivamente, se quede.

Bravo: la ETA no cometió el crimen de Atocha. El problema es que todo mundo sabe qué es la ETA y nadie sabe a quién sirve Al Qaeda. Los únicos que parecen saberlo son los Bush, Dick Cheney, Donald Rumsfeld, Ariel Sharon, el Mossad y la CIA. Los demás nos limitamos a acusar recibo de lo que dicen estos mentirosos.

Al Qaeda, nos dicen, cuenta con ingenieros militares, expertos en finanzas, informática y electrónica, pilotos de guerra y sabios de la inteligencia terrorista. Con una salvedad: son tenazmente olvidadizos. Invariablemente, en las inmediaciones de sus crímenes Al Qaeda abandona libros del Corán, maldiciones bíblicas contra Occidente, pasaportes y camionetas con “miles de explosivos”.

El acto de fumar a escondidas en algún aeropuerto yanqui puede llevarnos a morir en la cámara de gas. En cambio, Al Qaeda burla los controles de los aeropuertos más vigilados del mundo.

Después del fatídico 11 de septiembre, Mohammed Atta olvidó en un coche de alquiler un manual de cómo pilotear aviones. Al árabe que intentó abordar un avión con explosivos en sus zapatos se le olvidó borrar el disco duro de una computadora que daba cuenta de sus planes.

Los medios de comunicación, agradecidos. El imperio, también. Pero si algún periodista investiga qué está pasando, debe solicitar custodia oficial 24 horas al día. Es el caso del francés Thierry Meyssan, director de la red Voltaire y autor de La terrible impostura: ningún avión se estrelló en el Pentágono.

La decadencia del imperio romano empezó cuando Julio César cruzó el Rubicón, en desafío al Senado, que le ordenaba licenciar a las tropas. El imperio estaba feliz con los éxitos de César en su lucha contra belgas, helvecios, aquitanos, téncteros, usipios, carnutos, eburones, bitúrigos, arvernas y otros “terroristas”. Sólo que resultaba demasiado oneroso.

César escribió: “Si desisto de atravesar este río, ello me traerá la desgracia; pero si lo cruzo, la desgracia será para los otros”. Las legiones cruzaron el Rubicón, aplastaron al ejército del suegro Pompeyo (49 aC) y el nuevo jefe de la guerra preventiva entró en Roma como amo absoluto del Mediterráneo. Cuatro años después, 60 legisladores asestaron sus puñales en quien pasó a la historia como “arquetipo del hombre de Estado” (Mommsen). Tres siglos más tarde, Roma estaba política y espiritualmente controlada por una poderosa secta de origen oriental: los cristianos.

Solía decirse que el terrorismo es el recurso de los débiles. Nuestra época indica que también es el recurso de los fuertes. El vínculo entre ambos terrorismos no sería tanto la “irracionalidad” cuanto la razonada certidumbre de que aun entre los más ignorantes y desinformados hay conciencia de que, irremediablemente, todo se pudre en Dinamarca.

José Steinsleger
La Jornada

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El combate de nuestra época

Mohandas K. Gandhi (1869-1948), political and ...
Mohandas K. Gandhi (1869-1948), political and spiritual leader of India. Location unknown. Français : Mohandas Karamchand Gandhi (1869-1948), Guide politique et spirituel de l’Inde. Lieu inconnu. (Photo credit: Wikipedia)

Gandhi, fundador

El combate de nuestra época

India y Pakistán tienen un padre común: Mahatma Gandhi, el gurú que logró que Gran Bretaña renunciase a su soberanía sobre el vasto subcontinente. Gandhi se educó en una familia religiosa y desde niño aprendió a ser vegetariano, ayunar para purificarse y no agredir a ninguna criatura viviente. Durante su juventud no se interesó mucho en política. Confesaba que hasta cumplir dieciocho años nunca leyó un periódico. Después de educarse en Inglaterra y recibirse en Leyes, se estableció en África del Sur. Las crueldades del “apartheid” le enseñaron las realidades de la política.

Fue arrojado violentamente de un tren por el crimen de ocupar un asiento reservado a los blancos. Fue expulsado de los tribunales donde litigaba. Comenzó a organizar a la comunidad india de Sudáfrica y aprendió a combatir la discriminación con manifestaciones no violentas.

Estuvo a punto de perder la vida en más de una ocasión pero nunca quiso vengarse de sus agresores. En vísperas de la Primera Guerra Mundial regresó a su patria, donde ya era conocido por su actuación anterior. Leyó el Corán y a Tolstoi y llegó al convencimiento de que todas las religiones son verdaderas. En su casa nunca se cerraban las puertas y cada día acudía a platicar con él una legión de partidarios de sus creencias. Al finalizar la contienda bélica, Gandhi era ya la figura cimera de la vida política en la colonia británica. Estimuló el nacionalismo y logró implantar un programa de no violencia desobedeciendo el dominio británico y boicoteando todas las instituciones: oficinas, escuelas, tribunales, legislaturas, recaudaciones fiscales, que dependiesen de la autoridad de los ingleses. Estos respondieron con una violenta represión: prisiones, masacres. Pero la autoridad moral del Mahatma se fortalecía cada vez más.

Gandhi se distinguió por sus dotes persuasorias, fue un artífice de la mediación y un poderoso conciliador.

Finalmente, en 1947, el Reino Unido terminó por ceder la soberanía a su díscola provincia, que le resultaba imposible de gobernar. Causando gran dolor al Mahatma, hindúes y musulmanes se separaron en dos Estados: India y Pakistán. Gandhi fue, sin dudas, uno de los grandes luchadores anticoloniales y antirracistas de este siglo. Fue asesinado por un extremista. La historia registrará su nombre junto al de Fidel Castro, Nelson Mandela, Yasser Arafat, Nasser, N’Krumah, Nehru, Sukarno, Sun Yat-sen, Lumumba, Agosthino Neto y Samora Machel entre tantos que lucharon con sus ideas, o con las armas en la mano, por independizar a los empobrecidos países, agrícolas y dependientes, de la explotación de las naciones opulentas e industrializadas.

Ese ha sido uno de los rasgos que caracterizan el siglo que terminó. El principal problema del despertar de los nacionalismos fue asumir la modernidad para lo cual se necesitaban créditos y tecnología. Nada de ello fue fácil. El fracaso del modelo soviético, la ofensiva del neoliberalismo con sus privatizaciones y su congelación del pacto social propiciaron un demora en la asunción de la soberanía plena. El diseño de un orden mundial bajo el control de Estados Unidos está teniendo una fuerte resistencia.

En España, los separatistas vascos han recurrido al injustificable terrorismo para lograr su escisión nacional, en tanto los catalanes se han organizado políticamente en torno a Convergencia i Unio para obtener satisfacciones a su perfil nacional por medio de una lucha civil. Después de reclamar su escamoteada soberanía, desde que terminó la Segunda Guerra Mundial, Estonia, Lituania y Letonia alcanzaron su objetivo al disolverse la Unión Soviética. Los nacionalistas ucranianos, que no vacilaron en unirse a las fuerzas alemanas cuando invadieron Rusia, finalmente se independizaron al disolverse la Unión Soviética. Eritrea logró separarse de Etiopía al fracasar la revolución conducida por Mengistu Haile Mariam. El separatismo de Biafra condujo a una sangrienta guerra en Nigeria y terminó aplastado. Timor Oriental vio ahogados en sangre sus esfuerzos iniciales por separarse de Indonesia, debido a la represión bestial de un tirano como Suharto. Los tamiles de Sri Lanka se han visto enfrentados a intensos combates. Irlanda del Norte ha llevado a cabo, durante un largo período, una tenaz resistencia contra una triple guerra colonial, religiosa y política animada por Gran Bretaña. El nacionalismo peronista dio alas a los “descamisados”, al predominio de los humildes y humillados. Nasser fue la clarinada inicial de un renacimiento del arabismo, sepultado por años de colonialismo. El Ayatollah Jomeini fue el factor que permitió eliminar al régimen despótico de Reza Palevi y entronizar el fundamentalismo basado en el imperio de la fe y el ascenso de las capas populares.

Figuras como Mahatma Ghandi en la India, Kemal Ataturk en Turquía y Sun Yat-sen en China, han basado su prédica en el nacionalismo para alcanzar sus objetivos de independencia y modernización de sus respectivos países. Gandhi quedará como uno de los precursores del gran combate de nuestro tiempo: la lucha por la soberanía política y la independencia económica con una justa distribución de los bienes terrenales entre todos los seres humanos.

Lisandro Otero
Rebelión

gotli2002@yahoo.com

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Modernidad y Revolución en América Latina

 

Modernidad y Revolución en América Latina: reflexiones carpenterianas

Alejo Carpentier
Alejo Carpentier (Photo credit: Wikipedia)

 

Hace apenas unas décadas Alejo Carpentier nos acompañaba físicamente. Puedo recordar cómo atrapaba al auditorio con su portentosa erudición y su peculiar acento, en alguna de las tertulias sabatinas de la calle Obispo, junto a La Moderna Poesía, la emblemática librería habanera. Habría yo leído el anuncio de la presentación de uno de sus libros en la prensa y estaría allí probablemente vestido aún de uniforme azul, recién salido de la Escuela en pase de fin de semana. Sería acaso el año 1976 o 1977. Ya nos acercábamos al final del siglo, pero como toda buena novela no imaginábamos el desenlace. De cualquier manera, parecía lejano. La adolescencia no sabe distinguir los matices de las sucesivas edades humanas: se es joven o se es viejo. Y el siglo XXI me reservaba una madurez que no tenía cabida aún en mis expectativas de vida. He vuelto ahora a leer textos del gran novelista y pensador -sí, ¿por qué no llamarlo también así, ya que siempre sintió la necesidad de explicar, de explicarse el mundo que lo rodeaba, el mundo que trataba de expresar?–, escritos en esos años, en los que abordaba los retos de su tiempo (que es acaso el nuestro) y los proyectaba al espacio de la centuria por llegar. He vuelto a leer esos textos, a confrontarlos deslealmente con realidades que no vivió su autor, y a preguntarme si son actuales, es decir, si el gran escritor pudo construir una teoría estética, que estuviese apegada a las realidades históricas de su vida y que lo trascendiera. Y lo que cuenta realmente no es su fecha de nacimiento, sino los veinte o veinticinco años posteriores a su muerte.

Hombre moderno, en el sentido americano –peculiarmente histórico–, del término. Actor y cronista de la épica revolucionaria del siglo XX, había dicho en 1975, antes de que el inglés Eric Hobsbawm escribiera su Historia del siglo XX: “Hay siglos largos y siglos cortos (…) Si tomamos el siglo XV, por ejemplo, vemos que es un siglo de 50 años. Y es un siglo de 50 años porque lo que cuenta en el siglo XV, por su valor de universalidad, por su trascendencia, es el perfeccionamiento de la imprenta, la toma de Constantinopla por los turcos que nos hace recuperar toda la vieja cultura griega, y el descubrimiento de América (…) Del mismo modo el siglo XIX fue un siglo larguísimo; fue un siglo de casi 130 años, porque empieza con la toma de la Bastilla y termina realmente con la Revolución de Octubre, en Rusia (…) El siglo XX comienza con los cañonazos del acorazado ‘Aurora’ y será hasta muy rebasado el año 2000, el de una transformación total de la sociedad” (1). En 1994, menos de veinte años después, Hobsbawm declaraba muerto el siglo XX con la caída del socialismo soviético, un “siglo corto”, que según su periodización nacía en 1914 y concluía en 1991. La palabra siglo –inútil fuera de su convencional significado cronológico–, es para ambos autores sinónimo de época. Significa esto que para Hobsbawm, el año 1991 marca el fin de una época histórica. Examinaremos más adelante esta “discrepancia”, respaldada por hechos aparentemente incontestables.

Detengámonos primero en el concepto carpenteriano de modernidad. Una modernidad que se asienta sobre avances técnicos y científicos, que acepta el progreso como categoría histórica, pero cuya definición radica en el surgimiento de una Historia compartida por todos los seres humanos. “Y, de repente -señalaba–, he aquí que las amodorradas capitales nuestras se hacen ciudades de verdad (…) y el hombre nuestro, consustanciado con la urbe, se nos hace hombre-ciudad, hombre- ciudad-del siglo XX, valga decir: hombre-Historia-del siglo XX” (2). La ciudad es símbolo de modernidad no sólo porque es compendio de modernidades (técnicas, artísticas, científicas) sino porque es escenario de nuevas relaciones sociales. El progreso histórico existe sin dudas para Carpentier, pero en sus peculiaridades americanas se desentiende del rígido Orden de la razón ilustrada. El pasado, el presente y el futuro, las tres categorías agustinianas, se entrelazan en América. En el Viejo Continente “todo eso está presente pero en piedra: lo que ha desaparecido es el hombre medieval, el renacentista, el del Concilio de Trento, el de los cortesanos de Luis XIV, el de los burgueses encarnados arquetípicamente en un Napoleón III (…) En América Latina, en cambio, tenemos las piedras y los hombres (…) El hombre de 1975, el futurólogo que ya vive en 1980, se codea cada día, en México, a lo largo de los Andes, con hombres que hablan los idiomas anteriores a la Conquista…” (3)

Esta convivencia en simultaneidad de tiempos humanos no es pasiva. Implica, eso sí, la aceptación de un devenir lineal que establece el ascenso, un antes y un después universales (sucesión de sistemas socio clasistas), reconocible en la amalgama de formas superpuestas: el personaje de Los pasos perdidos retrocede en el tiempo, va de la ciudad moderna a la Edad Media, y de ésta a la comunidad primitiva. Pero no significa por ello que abandona el tiempo de la felicidad. Para Carpentier, cada tiempo humano porta sus propios valores, muchas veces complementarios. Por supuesto, el personaje de Los pasos perdidos viene, tiene que venir de Europa, de París: es esa procedencia -aunque sus raíces sean americanas– la que determina su deslumbramiento, su asombro ante el encuentro con seres de otros tiempos (estoy tentado a decir, de otros planetas). Es ese el camino para el redescubrimiento de sí mismo, para su extraña recuperación de lo perdido. Permítaseme citar en este caso una vivencia personal: en las entrañas de la Mosquitia hondureña conocí a un médico cubano citadino en misión internacionalista, que se enamoró de una misquita, madre de tres niños que jamás usaban zapatos ni asistían a la escuela. El médico abandonó las pocas comodidades de que disponía, construyó una casa sobre pilotes con los materiales usuales del lugar y se instaló allí con ella, sin luz eléctrica. Fui durante tres días su huésped y conversamos sobre la novela de Carpentier. Pero él no se debatía entre dos tiempos, no percibía la existencia de dos espacios históricos, más que en el abandono gubernamental, en las desigualdades sociales y nunca fue visto allí como extraño. Aceptaba, eso sí, la existencia de otro mundo, uno interno, otro externo; justamente otro mundo, no otro tiempo. Hoy, ese (tercer) mundo preterido invade el espacio geográfico del otro (primer) mundo; en las calles de París o Nueva York, deambulan seres de todas las épocas, es decir, de todos los mundos. A pesar de ello, tomar un avión en Nueva York y volar hasta Port au Prince puede parecer un viaje intergaláctico. La visión diacrónica de los tiempos históricos que se expone enLos pasos perdidos es un recurso literario válido para explorar una realidad mucho más compleja: el hombre latinoamericano convive en esa ciudad-siglo XX -de forma posiblemente más directa e interrelacionada que en otros continentes, pero no exclusiva– con ciudadanos del XIX o del XV. En realidad, esos contemporáneos que cómodamente clasificamos en otras centurias o épocas, pertenecen todos al XX, al XXI. Los niños de la Mosquitia mueren de enfermedades curables, pero toman Coca Cola. La modernidad capitalista es un ajiaco de tiempos históricos, para usar el término con que Fernando Ortiz define la nacionalidad cubana: algunos de esos tiempos son más visibles que otros, pero todos, en estado “puro” o impuro, son ya modernos, ellos todos conforman lo que entendemos por modernidad. La Modernidad capitalista -y la Humanidad no conoce otra–, incluye la riqueza y la pobreza, colosales avances y trágicos retrocesos tecnológicos, cosificación, deshumanización de las relaciones y los valores sociales, y afianzamiento popular de la solidaridad.

La modernidad carpenteriana (latinoamericana) acepta sin alardes teóricos el pastiche postmoderno y reivindica la racionalidad premoderna. Carpentier, ajeno a los afamados teóricos de la postmodernidad, no vacila en aceptar una modernidad abierta, flexible, contradictoria. Se atreve incluso a dudar de ella. En su obra, hace que la modernidad dude de sí misma. Si en Los pasos perdidos delimita los espacios geográficos de cada tiempo histórico, en otras de sus novelas estos se hallan en interrelación. “Personalmente he tratado de especular a mi manera con el tiempo -nos habla el escritor preocupado por resolver literariamente las necesidades expresivas de su mundo–, con el tiempo circular, regreso al punto de partida, es decir, un relato que se cierra sobre sí mismo, en Los pasos perdidos y en El camino de Santiago; el tiempo recurrente, o sea el tiempo invertido, en retroceso, en el Viaje a la semilla; el tiempo de ayer en hoy, es decir, un ayer significado presente en un hoy significante, en El siglo de las luces, en el Recurso del método, en el Concierto barroco; un tiempo que gira en torno al hombre sin alterar su esencia, en mi relato ‘Semejante a la noche’…” (4) Resultaría un ejercicio fecundo el estudio comparativo de las novelas El reino de este mundo El siglo de las luces, no para la detección de semejanzas estilísticas o de logros formalessino para seguir el hilo racional de dos revoluciones cercanas en época y espacio (la haitiana y la francesa, en su aplicación caribeña), conducidas por racionalidades aparentemente distantes. Víctor Hugues, el personaje de El siglo de las luces (recreado, pero real) en franco proceso de involución como revolucionario, acata la orden metropolitana de restituir la esclavitud que él mismo había abolido en las colonias francesas del Caribe. Sin embargo, cuando Napoleón Bonaparte (y este es un hecho histórico) ante la beligerancia de los insurgentes, decreta la abolición de la esclavitud en la colonia de Saint Domingue -y sólo en ella– Toussaint Louverture, el prócer haitiano, protesta: “Lo que queremos no es una libertad de circunstancia concedida a nosotros solos -dice–, lo que queremos es la adopción absoluta del principio de que todo hombre nacido rojo, negro o blanco no puede ser la propiedad de su prójimo. El Cónsul mantiene la esclavitud en la Martinica y en la isla de Bourbon; por tanto seremos esclavos cuando él sea el más fuerte” (5). Imprevista radicalización del discurso revolucionario: todos significa todos. Pero veamos ahora la manera en que Carpentier entiende el concepto de revolución, íntimamente vinculado al de modernidad.

Las dos categorías que definen su obra literaria son reivindicadas por Carpentier como constantes del espíritu: lo barroco (universal) y lo real maravilloso (americano). Ambas expresan una realidad en movimiento. ¿Por qué es barroca la realidad latinoamericana? Primero: “el barroco -dice Carpentier–(…) se manifiesta donde hay transformación, mutación, innovación; (…) el barroquismo siempre está proyectado hacia delante y suele presentarse precisamente en expansión en el momento culminante de una civilización o cuando va a nacer un nuevo orden en la sociedad ” (6). Las revoluciones son radicalmente (de raíz) barrocas. Segundo: “toda simbiosis, todo mestizaje engendra barroquismo” (7). Los grandes movimientos históricos sólo pueden ser aprehendidos por una mirada totalizadora, esencialmente épica. “Los libros de caballería se escribieron en Europa, pero se vivieron en América” –repite (8). Las revoluciones son sucesos épicos, en las que lo imposible se torna posible; constante de lo americano que expresa el carácter revolucionario, real maravilloso, de su historia.

En Cuba, la ideología de la Restauración capitalista le rinde culto a la quietud (aunque hable de tránsitos), al Orden (lógico y estamental, aunque emplee un lenguaje libertario) y en todo caso, al movimiento comedido. Se refugia donde pueda, donde encuentre cobija por una noche: en el pensamiento postmoderno, en el sentido común al que nos induce el cansancio. El ímpetu revolucionario es calificado, indistintamente, de utópico y antimoderno. Antimoderno sí, porque la contrarrevolución asume como cierta una conclusión marxista: la modernidad es el eufemismo que utiliza la historiografía burguesa para nombrar el proceso de instauración del capitalismo. Y porque los restauradores ya olvidaron que el capitalismo fue alguna vez revolucionario: ellos son esencialmente conservadores. No pueden entender que el socialismo se propone redibujar la modernidad, no eludirla; que pretende destruir el orden burgués, para sustituirlo por otro (nuevo) orden, salido de sus entrañas. Ubican de una parte el espíritu revolucionario (radical, extremista, violento, totalitario) y de la otra, el espíritu reformista (moderado, gradual, civilizado, moderno, tolerante). Puede formularse según sea el caso, o la necesidad discursiva, como la oposición de dos “izquierdas”, una auténtica, consecuente, “democrática”; otra falsa, totalitaria, revolucionaria. Carpentier, ajeno a estos malabarismos retóricos de fin de siglo, nos revela en sus novelas el sentido revolucionario de la modernidad. Modernidad y revolución son conceptos que se entrelazan en la historia: la modernidad, que es movimiento, nace y se alimenta de sucesivas revoluciones. Uno de los temas centrales de la novelística carpenteriana es la revolución (triunfante o fallida): la francesa, la haitiana, la rusa, la española, la cubana. Se sitúa frente a ellas como un Cronista de Indias, pero su descripción no es ingenua; tras los comportamientos humanos indaga en los móviles de la Historia. El escritor-cronista no reproduce pasivamente los hechos de la realidad; los interpreta, los nombra.

La realidad sobrepasa a la literatura, pero esta la nombra y la ordena. Sorprende entonces que el racionalista, el filósofo que subyace en el escritor Carpentier proclame abiertamente la aceptación del melodrama y del maniqueísmo como elementos ineludibles de la sociedad contemporánea y consecuentemente, de la novela. El melodrama social, por supuesto no psicológico, que institucionaliza “la tortura, el secuestro nocturno, la desaparición misteriosa, el asesinato espectacular” — comenta. “¿Temor a lo excesivo, a lo sangriento, a lo tremebundo? Todo está en el modo de tratar los temas” (9). Los ejemplos que cita son definitorios: Zola, Dostoievski, Tolstoi, Pirandello, Thomas Mann, Chejov, Faulkner, Malraux, entre otros. En cuanto al maniqueísmo, recuerda sus dos posibilidades: como lucha global y como lucha individual, interior, en cada ser humano, entre el Bien y el Mal. Aún así afirma: “Nos cuesta trabajo observar que la Historia toda no es sino la crónica de una inacabable lucha entre buenos y malos. Lo que equivale a decir: entre opresores y oprimidos. Opresores que constituyen una minoría poderosa y oprimidos que pertenecen a una mayoría inerme.“(10) ¿Terminología en desuso? Curiosamente, el minoritario Opresor se declara hoy, sin rubor alguno, representante del Bien. No es de extrañar entonces que el tercer elemento que identifique al hombre contemporáneo, y al escritor, por supuesto, sea el compromiso político. Un compromiso que no es reciente, ni coyuntural en América: “Desde sus guerras de independencia, América toda vive en función del acontecer político. La América nuestra es un continente político” (11).

¿Cuál es el tiempo humano que define la vida y la obra de Alejo Carpentier? “ Hemos entrado en la era de la lucha, de las transformaciones, de las mutaciones, de las revoluciones“, dice. “En cuanto a mí, habiendo asistido a un proceso revolucionario que se produjo en el lugar de América donde menos se pensaba que pudiera producirse, no puedo ni podré sustraerme ya a la intensidad, a la fuerza, por no decir embrujo, de la temática revolucionaria. Hombre de mi tiempo, soy de mi tiempo y mi tiempo trascendente es el de la Revolución Cubana” (12). Nacido en 1904, la Revolución de 1959 es para Carpentier la culminación de una sucesión de acontecimientos que comienzan con el minorismo, la lucha antimachadista en Cuba, antifranquista en España y antifascista en el mundo, que tienen como referentes históricos a la Revolución de Octubre y a la guerra civil española. Asentado en Caracas por más de diez años, regresa a La Habana cuando triunfa la esperanza: “ había voces que me llamaban. Voces que habían vuelto a alzarse sobre la tierra que las había sepultado“. (13).

Siempre en la piel de sus propios personajes, Carpentier descubre los tiempos de América en el Orinoco (Los pasos perdidos), se deslumbra ante la magia revolucionaria de los mitos haitianos (El reino de este mundo), corre dispuesto como Esteban o Sofía, los personajes de El siglo de las luces tras las voces que anuncian la esperanza en Europa o en el Caribe. Conoce los peligros que entraña una Revolución: Henri Christophe y Víctor Hugues no son personajes esquemáticos, pero sí maniqueos en el sentido carpenteriano, es decir, en lucha perenne consigo mismo. A veces limpios, incorruptibles, a veces oscuros, vacilantes. Siempre que un personaje suyo pierde la fe en la Revolución, aparece otro que la enarbola; siempre que un proceso revolucionario se estanca es sustituido por otro. Revoluciones que estallan de la desesperación o de la lógica racionalista, para luego conducirse por senderos irracionales o trazar en el aire las señales inequívocas de una nueva lógica. Vidas épicas en novelas épicas, situadas en un punto medio entre el destino y la voluntad. Vidas abigarradas, barrocas, cambiantes, pletóricas de acontecimientos. Nada es igual al día siguiente, ni los hombres, ni las ciudades: “nunca regreso a la casa de la que salí en busca de una mejor”, decía Sofía a punto de abandonar nuevamente el lugar que ya no complacía sus expectativas. Vidas, en fin, maravillosas, reales. Vidas de todos los siglos anteriores, pero dispuestas según la voluntad transformadora del siglo XX. Carpentier fue un creador, un revolucionario del siglo XX. ¿Quiere esto decir que ya pasó su tiempo?

Pareciera que sí. No es sencillo, ni aconsejable, que intente clasificar a la actual novelística latinoamericana. La decepción de los noventa ha conducido a puertos disímiles, y el mercado editorial, conformador de gustos y orientador ideológico, la estimula, la renueva, la “eterniza”. No han transcurrido todavía tres lustros del fallecimiento del gran escritor, y el mundo parece otro. Eso creíamos. He dicho que parece. Hobsbawm decretó la muerte del siglo sobre el cadáver de la revolución rusa. Pero sí miramos bien, los puntos de inicio y fin de siglo seleccionados por él, son consecuencias y no causas: una guerra mundial y el derrumbe de un estado socialista multinacional son, por supuesto, causa de muchas otras cosas, pero no explican el sentido de una época. ¿Por qué estalló una primera y luego una segunda guerra mundial? ¿por qué se produjo una revolución socialista en la Rusia de los zares? Varias generaciones de defensores del socialismo aprendieron a definir la nuestra como época de tránsito hacia el llamado socialismo real. Hobsbawm también. El fin de ese socialismo establece para ellos el fin de esa época. Es posible sin embargo determinar un comienzo de siglo diferente, más universal, porque define con más exactitud acontecimientos sociales ocurridos en Asia, África y América Latina, que han sido tendenciosamente enmarcados en la guerra fría y porque señala y explica sus bases socio económicas. Me refiero al desbordamiento histórico del imperialismo norteamericano en la guerra hispano cubano estadounidense de 1898, previsto por José Martí. El siglo XX es la época del imperialismo, que renueva e intensifica las contradicciones entre los minoritarios países opresores y los mayoritarios países oprimidos, entre el Norte y el Sur geopolíticos. Estados Unidos, España y Cuba están ubicados por azar, quizás por destino y voluntad, en el vórtice iniciático de los acontecimientos.

Una de las características del pensamiento carpenteriano es que no intenta definir la identidad nacional de Cuba desde sí misma. Recordemos que es contemporáneo de los grandes tratados sobre la argentinidad o la mexicanidad (Samuel Ramos: El perfil del hombre y la cultura en México, 1934, Octavio Paz: El laberinto de la soledad, 1950 y Ezequiel Martínez Estrada: Radiografía de la pampa, 1933), o incluso de la cubanidad (Cintio Vitier: Lo cubano en la poesía, 1958), para sólo citar algunos ejemplos. Jamás habla de lo cubano, sino como parte de lo latinoamericano. Consecuente con su percepción de que la modernidad reside en la inserción de los hombres en la ciudad- Historia-siglo XX, Carpentier coloca a Cuba en el Caribe primero, y después en el mundo. Define sus contornos por contraste. No acepta los aldeanismos que tanto criticó Martí. “Ni el ‘nuestroamericanismo’ astutamente explotador de citas de Bolívar, de Rivadavia, de un Martí leído a retazo (…) -escribe–, ni el mito de la latinidad, de una hispanidad que ninguna falta nos hace para entender cabalmente El Quijote, vendrán a resolver nuestros problemas agrarios, políticos, sociales” (14). Y añade unas palabras premonitorias de lo que sucederá de modo especialmente intenso en los años noventa con motivo de conmemorarse el centenario de aquella primera guerra imperialista y la pérdida (esa es la palabra que todavía usan algunos en España y es la palabra que define el sentimiento norteamericano posterior al 59) de Cuba, pero que fue una constante de todo el siglo XX, desde que en sus primeras décadas, Carlos Altamirano recorriera las capitales latinoamericanas enarbolando la doctrina del panhispanismo. “En nombre de la hispanidad -e invocándose a veces la generosidad de Martí hacia España– se procede a un revisionismo histórico que tiene sus visos de ‘malinchismo'” (15).

Pero si pregunto por la actualidad de las concepciones carpenterianas sobre la literatura, no es porque espere encontrar autores que imiten hoy su estilo. Ya es suficiente con que esa teoría haya sustentado (o haya intentado explicar) una obra narrativa monumental, la suya, no en extensión sino en alcances estéticos y filosóficos. La buena literatura siempre es actual por definición. Más bien pregunto por la actualidad del hombre, de sus preocupaciones sociales, de su concepción de la vida como un duro oficio de responsabilidades, de su espíritu. Si el inicio de siglo fuese el que propongo (no soy el único, ni el primero) como creo, el siglo XX no ha terminado; sus contradicciones siguen sustentando la cotidianidad de nuestras vidas. Paradójicamente, no son las fuerzas revolucionarias las que dividen hoy el mundo en buenos y malos. De ello se encargó recientemente el emperador Bush II: no sólo enumeró más de cincuenta oscuros rincones del planeta que pueden ser invadidos sin conmiseración, sino que trazó sobre el mapa un denominado eje del mal. Si existen buenos y malos, si el mal eventualmente podemos ser nosotros mismos, según la definición de alguien que no es mi coterráneo ni es vecino de mi ciudad, y esa persona o entidad (que no es abstracta) puede ordenar la desaparición de mi entorno ciudadano, mi muerte y la de mis seres queridos, ¿cómo puedo permanecer indiferente? ¿cómo podría cultivar el no comprometimiento político? ¿Alguien puede refugiarse hoy (si vive en el Sur, o si en el Norte lo envían en misiones de conquista al Sur) en los libros, en el amor de una mujer, en el exotismo de un paisaje? El problema real es que el Mal existe sí, pero en virtud de su poder mediático y militar se ha erigido en juez, o en aliado del juez. ¿Dudaría alguien del melodramatismo congénito de nuestras vidas? No ha cesado de moverse la esperanza. Y los cubanos no hemos perdido la confianza en la Revolución. Como en las novelas de Carpentier, algunos perdieron la fe y otros la enarbolan.

Vivimos tiempos maravillosos -lo maravilloso no es necesariamente lo bello, decía Carpentier–, en su dramatismo, en su barroca textura, en su epicidad implícita. Puedo dar fe de ello. Durante los años 1999 y 2000, recorrí algunos rincones verdaderamente oscuros de Nicaragua, Honduras, Guatemala y Haití, junto a médicos internacionalistas cubanos. Jugamos fútbol, cubanos e ixiles, en la cumbre de una montaña que se empinaba, entre ancestrales tumbas mayas y otras más recientes que abrió la guerra, sobre la selva guatemalteca. Un lugar a donde únicamente llegaban los brigadistas cubanos… y la Coca Cola. ¿No es ése un episodio real maravilloso? ¿No lo es también que los ex comandantes misquitos de la contra nicaragüense despidieran a los médicos cubanos cesados por el nuevo gobierno liberal con salvas de homenaje, con los mismos fusiles que Estados Unidos les dio para combatir el sandinismo? ¿o que en plena selva hondureña, junto a un poblado misquito donde la población sobrevivía sin atención médica, se hallara un hospital norteamericano cerrado –de mampostería y bien abastecido–, porque había sido concebido únicamente para auxiliar a la contra nicaragüense en tiempos de guerra antisandinista? “Hombre soy, y sólo me siento hombre cuando mi pálpito, mi pulsión profunda, se sincronizan con el pálpito, la pulsión, de todos los hombres que me rodean” (16), había escrito Carpentier, en su afán de cumplir satisfactoriamente el duro oficio de hombre, según la lúcida expresión del humanista Montaigne. Los latinoamericanos de hoy somos parte del mundo maravilloso que nos descubre en su obra Carpentier, caminamos por sus calles, navegamos por sus ríos, compartimos sus sueños. Somos sus contemporáneos.

Enrique Ubieta Gómez
Rebelión


Notas

1. Alejo Carpentier: “Un camino de medio siglo”, en Razón de ser, La Habana, Editorial Letras Cubanas, 1980, pp. 11-37. Cita en p.36;

2. ______________: “Conciencia e identidad de América”, en Ob. Cit., pp. 1-10. Cita en p.2;

3. ______________: “Problemática del tiempo y el idioma en la moderna novela latinoamericana”, Ibidem, pp. 66-91. Cita en p.88;

4. ______________: Idem, cita en p.89;

5. Aimé Césaire: Toussant Louverture. La Revolución francesa y el problema colonial, La Habana, Instituto Cubano del Libro, 1967, p.336;

6. Alejo Carpentier: “Lo barroco y lo real maravilloso”, Idem, pp. 38-65. Cita en p.51;

7. Idem, cita en p.54;

8. Idem, cita en p.60;

9. _______________: “La novela latinoamericana en vísperas de un nuevo siglo”, en Ensayos, La Habana, Editorial Letras Cubanas, 1984, pp. 148-167. Cita en p. 162-163;

10. Ibidem, cita en p. 163;

11. _______________: “Problemática del tiempo y del idioma en la nueva novela latinoamericana”, Ed. Cit. Cita en p. 87;

12. _______________: “Un camino de medio siglo”, Ed. Cit. Cita en p. 36-37;

13. _______________: “Conciencia e identidad de América”, Ed. Cit. Cita en p. 8;

14. _______________: “Literatura y conciencia política en América Latina”, en Ensayos, Ed. Cit. Cita en p. 56;

15. Idem;

16. _______________: “Conciencia e identidad de América”, Ed. Cit. Cita en p. 10

Publicado en ACTIVIDADES Y EVENTOS

El Ultimo Concierto de Victor Jara

Videos – Videos Cultura

A CONTRAPELO DE LO QUE PRETENDIERON SUS ASESINOS, VÍCTO JARA ES HOY UN ÍCONO UNIVERSAL, LO QUE NO QUITA EL HECHO DE QUE EXISTEN MUY POCOS REGISTROS AUDIOVISUALES DE SUS CONCIERTOS. DE ESA GUISA, ES UN VERDADERO PRIVILEGIO HABER ENCONTRADO EL VIDEO DEL ÚLTIMO CONCIERTO DADO EN VIDA POR VÍCTOR JARA, EN LIMA, AGOSTO DE 1973, Y PONERLO A DISPOSICIÓN DE NUESTROS LECTORES. PARTICULARMENTE ENTRAÑABLES SON SUS PALABRAS DE INTRODUCCIÓN, EN LAS QUE SE REFIERE AL MÁS UNIVERSAL DE LOS CONCEPTOS, EL AMOR, QUE MUESTRAN ESA SENSIBILIDAD QUE DERROCHABA A RAUDALES.

“NOSOTROS SOMOS PORQUE EXISTE EL AMOR, Y QUEREMOS SER MEJORES, PORQUE EXISTE EL AMOR. Y EL MUNDO GIRA, CREA, SE MULTIPLICA PORQUE EXISTE EL AMOR. NOSOTROS A LOS QUE NOS DICEN CANTANTES DE PROTESTA, CREEMOS QUE EL AMOR ES FUNDAMENTAL. EL AMOR Y LA RELACIÓN DEL AMOR, DE HOMBRE CON UNA MUJER, DE UNA MUJER CON UN HOMBRE, O DEL HOMBRE CON SUS SEMEJANTES, CON SUS HIJOS, CON SU HOGAR, CON LA PATRIA, CON EL INSTRUMENTO QUE TRABAJA, ES VITAL, ES LA ESENCIA DE LA RAZÓN DE SER DEL HOMBRE. POR ESO ES QUE NO PUEDE ESTAR AUSENTE DE LA TEMÁTICA DE UN CANTOR POPULAR, DICE VÍCTO JARA.

ESTE VIDEO, RESCATADO POR SENTIDOS COMUNES,  REPRESENTA UN DOCUMENTO AUDIOVISUAL FUNDAMENTAL PARA MANTENER LA MEMORIA CULTURAL DE UN PAÍS COMO EL NUESTRO.

LAS CANCIONES QUE INCLUYEN ESTE CONCIERTO ALTERNAN CON LAS PALABRAS DE VÍCTOR JARA, QUIEN ILUSTRA CON UN EXQUISITO RELATO LAS COMPLEJIDADES SOCIALES DE AQUELLA ÉPOCA CARGADA DE REIVINDICACIONES.

01. INTRO

02. CUANDO VOY AL TRABAJO

03. HABLA DE HO-CHI-MINH Y EL DERECHO DE VIVIR EN PAZ

04. EL DERECHO DE VIVIR EN PAZ

05. HABLA DE LUCHÍN

06. LUCHÍN

07. HABLA DE VIOLETA PARRA Y LA NUEVA CANCIÓN

08. HABLA DE PLEGARIA A UN LABRADOR

09. PLEGARIA A UN LABRADOR

10. HABLA DE NI CHICHA NI LIMONAÁ

11. NI CHICHA NI LIMONAÁ

12. HABLA DEL SURGIMIENTO DE LA CANCIÓN REBELDE

13. AQUÍ ME QUEDO

14. HABLA DE TE RECUERDO AMANDA

15. TE RECUERDO AMANDA

16. HABLA DE CHILE

17. OJITOS VERDES

 

Víctor Jara (Geografía)
Víctor Jara (Geografía) (Photo credit: Wikipedia)
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Marxistas pero no comunistas

Antonio Gramsci en 1915

El problema de los inteligentes en el mundo de las ciencias sociales
Marxistas pero no comunistas

Todos sabemos que el marxismo paso de moda en los 80’s, fueron momentos difíciles, muchos compañeros murieron asesinados por la dictadura, otros se fueron al exilio y se volvieron europeos, otros tantos se dieron rápidamente vuelta la chaqueta, muchos de esos últimos terminaron, paradójicamente, trabajando en altos cargos del Estado, incluso algunos, con tiempo y esfuerzo, llegaron a ser Secretarios Generales de Gobierno. Otros, los menos, siguieron siendo marxistas, en la clandestinidad de los años más duros primero, y en el silencio frío de la indiferencia después. Las universidades, otrora centros de ebullición social, donde daban clases profesores comprometidos y se formaban miles de estudiantes con vocación social y espíritu combativo, caían ahora estrepitosamente en el silencio adormecedor que les imponía la censura fascista. Se cerraron las carreras más problemáticas, en donde más profundamente había calado la “infiltración marxista”, las direcciones militarizadas se deshicieron de bibliotecas completas de facultades, escuelas y departamentos, se prohibió cualquier literatura sospechosa y los estudiantes fueron obligados a leer fotocopias con paginas corcheteadas, ahí donde se hiciera la mínima alusión al marxismo.
En las universidades, con el tiempo, los ex marxistas desilusionados, caían ruidosamente en el pos-estructuralismo y en posmodernismo, las universidades se llenaban de derrideanos, foucaultianos y nietzcheanos.
Pero es hoy en Chile, en este caos de ebullición social, impulsado por miles y miles de estudiantes, en que la izquierda a crecido (para todos lados), en las universidades, los estudiantes más críticos optan por ser marxistas, los partidos políticos y los colectivos y organizaciones marxistas han crecido abundantemente y cada día su actividad política es cada vez más visible. Es por eso mismo que creo necesario hoy, más que nunca, revisar la idea de marxismo, y de su profunda concordancia con un horizonte comunista.
La opinión general sobre este hecho es que el abandono de la idea de comunismo se debe en primer lugar, a la gran desilusión que provocaron los “socialismo reales”, con sus glorias y atrocidades, pareciera ser que el compromiso político, lo que se pone en riesgo al decirse comunista, es demasiado grande. Pero ese es el problema de los inteligentes que solo piensan en términos de lo real, para los revolucionarios en cambio, lo real nunca debe estar por sobre lo posible, lo posible es siempre más importante que lo que de hecho ocurre u ocurrió, pensar en términos de lo posible es propio de los revolucionarios. Y lo posible es que el comunismo, una sociedad en que no hay luchas de clases, en que la opresión, la explotación y el sufrimiento no están contenidas en instituciones cosificadas, es absolutamente posible, por sobre, e incluso por fuera de los fracasos pasados. Pero en segundo lugar, la dificultad de los marxistas para decirse comunistas, radica que se asume una idea profundamente ilustrada de marxismo, se asume al marxismo como una suerte de método o de ciencia, se asume la diferencia weberiana entre ciencia y política.
Pero creo, por otro, que la tendencia a renegar de un horizonte político como lo es el comunismo, responde a la existencia de una profunda desconfianza en los órganos partidarios clásicos, y de una consecuente confusión entre estos y la idea general de comunismo. Los saltos tecnológicos en la producción, por otro lado, tuvieron un correlato en todos los momentos de la vida social, en un mundo pos-fordista, en que ya no es necesaria la homogeneidad generalizada para ejercer el poder y el dominio, han ido apareciendo diversas formas de heterogeneidad cultural, una heterogeneidad controlada y estimulada por el control, ahora en red, de los grandes bloques hegemónicos. Cualquier otredad que amenace con operar política, cultural o económicamente por fuera de los margenes establecidos, es rápidamente oprimido.
Estos hechos han permitido que la intelectualidad, en particular la que se dedica a las ciencias sociales, se refugie en una idea profundamente ilustrada de marxismo, en la que el marxismo aparece como una suerte de ciencia verdadera, marco teórico o como mero método. Esta idea ilustrada ve al marxismo como mera opción teórica de la cual se sigue un cierto activismo político radical, lleva a imaginar a los marxistas solo como científicos (como Gramsci, Lukacs o Mariategui) o como vanguardia que dirige las masas populares. Al intelectual marxista le cuesta imaginar que el obrero italiano o el campesino nicaragüense también era marxista. Para

los intelectuales, para los ilustrados, es necesario haber leído “El Capital” para ser marxista, una cuestión bastante difícil si consideramos que la mayor parte de los marxistas del siglo XIX y XX apenas sabia leer y escribir.
Esta postura ilustrada en los cientistas sociales lleva a evitar los espacios más problemáticos en los que por ejemplo, Stalin o el Mariscal Tito aparecen como meros políticos, “no eran verdaderos marxistas”, “eran burócratas que deformaron el marxismo”. Lleva a pesar un “marxismo verdadero” frente a “desviaciones” o “deformaciones” de todo tipo.
¿Es el marxismo una ciencia?
El marxismo no es de suyo una ciencia, ni menos una disciplina social, a pesar de la existencia de una profunda matriz ilustrada en el marxismo del siglo XX, impulsada por la dogmatización que el propio marxismo necesitó para extenderse de manera masiva y homogénea en un mundo industrializado. Hay, en la historia del marxismo, un discurso cientificista, en el que se dice que el marxismo es científico, que hay comunismo científico, que hay socialismo científico. Sin embargo, tanto las características conceptuales como históricas difieren en un sentido muy profundo con el concepto y la historia de la ciencia, y en particular, de las disciplinas sociales.
No es posible asimilar al marxismo a la ciencia en general, pero tampoco a las ciencias sociales como disciplinas, hay en la obra de Marx una serie de elementos que muestran su honda trascendencia sobre la racionalidad científica moderna, una forma ejemplar de entender esto es comparar la economía marxista con la economía burguesa. En la economía burguesa (en buenas cuentas científica) se asume como principio una estabilidad, una quietud permanente (competencia de agentes económicos en un contexto de igualdad de condiciones) frente a la cual aparecen elementos externos que luego son incorporados, como tales, a la teoría, las crisis económicas son entendidas como efectos de situaciones externas, como catástrofes naturales (inundaciones, sequías, terremotos), o simplemente como efectos de la subjetividad humana (temor de los inversionistas, conflictos militares, errores administrativos, etc.). En la economía marxista, en cambio, las crisis son un elemento inicial, el capitalismo es inestable de suyo y sus crisis no son coyunturales, son sistemáticas.
Mientras la economía científica se articula en torno a la idea de precio, y se desarrolla teóricamente en función de la necesidad de resultados técnicos y administrativos, el marxismo se articula en torno a la idea de valor de cambio, a diferencia del precio, que es un concepto local, que depende de un momento particular y que gira en torno a agentes individuales y particulares, valor de cambio es un concepto profundamente histórico en el que hay sujetos históricos, en que la historia misma no es un dato secundario, optativo y exterior, entendido como mero transcurso de tiempo. Al contrario de la economía científica que depende de la contingencia de un momento y un lugar empíricamente constatables, en el análisis marxista, las clases sociales y la lucha de clases son visualizables de manera plena solo a lo largo de un periodo histórico y solo en virtud del modo de apropiación que diferentes sujetos sociales tienen respecto del producto social.
Pero la economía científica opera dentro de la racionalidad científica moderna, que al igual que las ciencias duras o las ciencias sociales, entienden al todo como una colección de cosas que existe en un estado de permanente quietud, cosas anteriores y exteriores a las relaciones que en realidad las fundan como tales, cosas anteriores y exteriores a los sujetos.
Pero además, nunca hay consecuencias epistemológicas que no se sigan de actitudes o necesidades políticas, es perfectamente razonable que un científico opte por hacer ciencia en virtud de las necesidades técnicas de las empresas o del gran capital1, es perfectamente razonable que efectos epistemológicos, por muy mediocres que sean, se sigan de necesidades políticas efectivas. El marxismo como método de análisis contiene dos cuestiones que pueden ser diferenciables en determinado plano plano; que en su concepto no solo trasciende la racionalidad científica moderna, si no que su contenido teórico se sigue de una voluntad política radical, el marxismo es ante todo, una voluntad revolucionaria, no una mera teoría de la que se siguen consecuencias políticas, al contrario, es una voluntad política que se ha dado, a si misma, una teoría para operar ante la realidad. El marxismo no es una herramienta para “ver” el mundo, es una herramienta para “hacer” el mundo, para operar sobre el.
Sobre la idea de comunismo
Alguna vez, hace mucho tiempo, los cristianos predicaron la “buena nueva”, la “buena nueva” consistía en que el Dios cristiano, que había venido a la tierra en la forma de un carpintero y que había sido perseguido y crucificado por andar hablando cosas raras, había resucitado en la “Ecclesia”, es decir en la comunidad cristiana. Como todos saben, con el tiempo, el cristianismo se expandió por Europa y duró mucho tiempo. Se llama comunismo, en su versión medieval, a la idea de propiedad comunal de los bienes, predicada por los cristianos primitivos, esta idea de comunismo recorrió toda la historia marginal europea durante la época medieval, sirviendo como fundamento religioso y político, por ejemplo, para grandes revoluciones campesinas hacia 1520 d.c.2 La idea medieval de comunismo tuvo un fuerte impacto entre la intelectualidad europea, en particular, en la alemana. Moses Hess fue uno de los últimos intelectuales predicadores de la propiedad comunal de los bienes en -el sentido medieval-, Marx, amigo cercano de Hess, pensó que la idea de la propiedad comunal de Hess calzaba muy bien en el mapa de sus propias formulaciones teóricas, la idea moderna de comunismo, la idea que ha primado durante los últimos 200 años, no solo estuvo profundamente impregnada del laicismo humanista de Marx, si no, por sobre todo, por que se especificaba la propiedad común de los medios de producción. Con el tiempo, la idea de propiedad comunal de los medios de producción fue apropiada por el movimiento obrero y por el marxismo, y usada como consigna político-teórica fundamental.
La idea de comunismo, en principio, no tiene por que corresponder a un tipo de administración política en que un Estado de derecho centralizado posee la propiedad y el control de las empresas industriales, al estilo de la Unión Soviética, o en general, al estilo de los “socialismos reales”, en primer lugar, por que esa idea es muy posterior, fue promulgada por un economista italiano llamado Enrico Barone en 1908 y solo comenzó a ser aplicada a comienzos de la primera guerra mundial, y en segundo lugar, por que no hay razones para pensar que los medios de producción y la división social del trabajo tengan que estar obligatoriamente bajo el control social cristalizado en un Estado de derecho clásico. La lucha por el control de Estado no es el fin de una revolución socialista, es solo el comienzo.
Ese hacer el mundo, contenido en la voluntad comunista, es precisamente el contenido que anima al marxismo que, ante todo, es ante todo una voluntad revolucionaria, una voluntad que tiene como centro fundamental, la idea de que solo un cambio radical en la realidad establecida puede alejarnos de la violencia estructural, de la infelicidad cosificada, de la explotación histórica, del dominio de clase, de la mediocridad permanente, y acercarnos a un horizonte en que la vida humana no sea sino abundancia de humanidad, un horizonte en el que la injusticia y la desigualdad no estén cosificadas en la historia, un horizonte en que la felicidad sea trazable en términos puramente íntersubjetivos y que no dependa de instituciones cosificadas y alienantes, un horizonte en que el producto social este administrado de manera absoluta por los que lo producen, no por burgueses o burócratas, un horizonte en que cada uno pueda desarrollar su humanidad en virtud de la sociedad que lo produce, una sociedad de entes libres, que se han enterado que hacen toda la historia. Esa sociedad es el comunismo, alejados ya de las derrotas pasadas, enterradas como mera nota pie de pagina en una la historia y un pasado que no necesitamos, el comunismo es puro futuro, contenido puro que debe ser llenado por nuestra voluntad. Por sobre la realidad mínima del pasado, por sobre las derrotas insignificantes, comunismo es la sociedad en que no hay explotación, en que la valorización de un sujeto no depende de la desvalorización cosificada de otro sujeto, en que la cosificación esta situada en la historia, y depende plenamente de la voluntad humana.

* Referencias: La mayor parte del contenido de este articulo corresponden a las ideas del profesor Carlos Pérez Soto, que se pueden encontrar en sus libros, todos disponibles en internet, en particular en “Para una crítica del poder burocrático. Comunistas otra vez”. LOM Ediciones, Santiago, 2001; “Sobre un concepto histórico de Ciencia. De la epistemología actual a la Dialéctica”. LOM Ediciones, Santiago, 2008; “Desde Hegel. Para una critica radical de las ciencias sociales”, Mexico, 2001; y “Proposición de un marxismo hegeliano”. Editorial ARCIS, Santiago. Y de manera más especifica, en otros artículos publicados bajo Ediciones Clinamen, que ha publicado textos del profesor bajo la iniciativa de Copyleft y de Creative Commos. Es posible además encontrar muchas otras de las ideas expuestas aquí en las cátedras que realiza en distintas universidades.
Notas:
1 Si, la elección que un individuo hace respecto de la totalidad que es el capitalismo es perfectamente racional, los marxistas no necesitamos argumentos éticos para criticar al capitalismo, se puede hacer política con criticas morales, pero no se puede fundamentar la política a partir de una ética, eso se lo podemos al Hogar de Cristo.
2Ver, por ejemplo, las revueltas campesinas en la Alemania medieval, impulsadas por Thomas Muntzer.

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

 

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De cómo Lenin cambió el mundo

León Trotsky, Vladimir Lenin y Lev Kámenev (Mo...
León Trotsky, Vladimir Lenin y Lev Kámenev (Moscú, 1920) (Photo credit: Recuerdos de Pandora)
Algo que necesitas saber
De cómo Lenin cambió el mundo
Lenin. El Revolucionario que no sabía demasiado. Edición e Introducción de Constantino Bértolo. Libros de la Catarata, Clásicos del Pensamiento Crítico.

Si hacen falta referentes en el tiempo en que vivimos, el comunismo dispone de figuras que han eclipsado a personalidades de otros sistemas. La revolución del siglo XX en Rusia tenía a su vez una tradición en la que mirarse, los numerosos intentos de los desposeidos para acabar con sus explotadores. De ahí que la narración comunista, su historia, se refiera a los esclavos de todas las épocas, a las luchas de liberación, a las revueltas campesinas, a las revoluciones proletarias y, cómo no, a la Comuna de París. Si Marx y Engels fundamentaron el proceso dialéctico de la Historia, si descodificaron el proceso productivo y enseñaron el cuerpo de la plusvalía, si centrifugaron, si limpiaron y expusieron la lucha de clases, y vieron el resultado final como el objetivo de todas ellas, la transformación de la sociedad por el proletariado, Lenin fue la cabeza visible de la plasmación de esa meta de las luchas, y fue la representación de los bolcheviques triunfantes del socialismo.

No hay nada que no tenga que ver con nosotros, y este libro “Antología LENIN. El revolucionario que sabía demasiado” de Constantino Bertolo que recoge el pensamiento y la acción de Lenin no puede estar más conectado con nuestras vivencias de lucha hoy mismo. Es por eso por lo que la burguesía con todos sus medios quiere dar por obsoleto el pensamiento y la acción del revolucionario; lógico, si la clase obrera y las clases trabajadoras hiciesen la conexión política con la experiencia histórica de transformación social, con el pensamiento desarrollado a la luz de la práctica de aquél dirigente, si hiciese la conexión política, su organización sería capaz de saltar los límites impuestos por la gran burguesía, y de todos es sabido que no hay nada que saque más sus demonios que el término comunista.

Este apunte recoge sobre todo el desmenuzamiento del Prólogo porque con el podemos adentrarnos en la obra de Lenin, aprender y conducir nuestras próximas lecturas haciéndolas provechosas para nuestra conciencia. Después del Prólogo los textos de Lenin escogidos nos ponen al corriente de resoluciones tácticas, organizativas y estratégicas.

Constantino Bértolo estudia las circunstancias concretas en las que llevó a cabo la lucha política, con el fin de que podamos entender su significado. Para conducir este torrente hasta quien lee, lo distribuye en tres partes:

  • La construcción del Partido.
  • La toma del poder.
  • La Revolución después de la Revolución.

Desde el comienzo se nos plantean las interrogantes que llevaron a la revolución, y junto a ellas la lucha ideológica con quienes planteaban una conducción “humana” del capitalismo como solución. El planteamiento teórico de esta lucha lo plasmó en “El desarrollo del capitalismo en Rusia”, mostrando los datos precisos para el análisis concreto y el conocimiento profundo de la filosofía marxista; él habla de saber desentrañar la realidad y el momento histórico.

Bértolo repasa en el prólogo los antecedentes que dieron lugar a sus trabajos relacionados con la creación del partido, “Tareas de los socialdemócratas rusos” y “Qué hacer”, en los que habla de las tareas a llevar acabo y de los objetivos, y su labor parlamentaria.

Un asunto a releer es el que se refiere a los sistemas organizativos y las funciones que cumplen tanto en la clandestinidad como en la legalidad, entre los que deben tenerse presentes todos los relativos a la seguridad de la organización, la agitación y la propaganda.

La importancia de la lucha económica, el aprendizaje de la clase obrera en lo que se refiere a la elaboración de ideas en torno al desarrollo de las confrontaciones de clase.

También se nos advierte del valor que daba a la diferenciación con la socialdemocracia, así como al revolucionario dedicado por completo a su tarea y las mejores condiciones para establecer la lucha tanto en el partido como fuera de él, no contra las expresiones morales del enemigo de clase sino contra el capitalista mismo.

Otro de los aspectos a los que se refiere Bértolo sobre los escritos de Lenin es a la entrada de nuevos militantes en el partido y las diferencias con otros partidos, y la función que debe cumplir. Objetivo: actuar con disciplina para cambiar las circunstancias.

Se hace referencia en el Prólogo a las características del movimiento 15M y cómo la organización bolchevique se planteó su relación con el mundo asambleario de base y la necesidad de participar “en toda acción política de las masas populares”.

Después vendrá el apartado que se dedica a “la toma del poder” donde se p

Vladimir Lenin

one acento en el estudio del contexto y se refiere a “El Estado y la revolución”, libro de Lenin en el que estudia en primer término las revoluciones de 1848 y La Comuna de París, 1871. Con ese bagaje el revolucionario soviético entra en el análisis de la revolución de 1905 en Rusia y observa como problemas que la llevan al fracaso “la débil organización de los campesinos, la falta de mayor firmeza y resolución en las masas y la falta de preparación de los militantes socialdemócratas que servían en las fuerzas armadas”. Señala C. Bértolo la importancia de que la memoria sea pedagógica “construida “en presente” y mirando a un futuro inmediato”. El problema que se plantea aquí es el de la toma del poder, y se investiga sobre la organización de una fuerza militar, sabiendo que se requiere de una labor de educación política “tenaz, lenta y a menudo imperceptible”. Lenin trata, además, el conocimiento como “producción” de hipótesis, explicaciones, teorías y modelos con la finalidad de resolver problemas del presente. Con todo ello se nos enseña la capacidad de resolución de Lenin ateniéndose a la circunstancia concreta, haciéndose flexible y adaptándose al terreno, y entonces se nos advierte de algo que no puede ser más actual ante el hundimiento de la socialdemocracia, ya solo II Internacional, explica en “El imperialismo fase superior del capitalismo” cómo el capitalismo primero ha abierto el camino a la fusión de su rama industrial y bancaria con el puramente financiero, que es el dominante “protagonista real de los nuevos tiempos y cuyos avatares están en el origen de la primera guerra mundial”.

Lenin declara que “la Historia no está escrita” y llama a formarse a fondo, a obtener todo tipo de datos, a plantear alternativas, a resumirlas y explicarlas para fortalecer la lucha a nivel internacional. Advierte sobre la corrupción de los capitalistas en el terreno sindical creando capas superiores aristocráticas obreras y corruptas, que no suponen peligro alguno para la burguesía, que son su apoyo y dañan al movimiento obrero.

Lenin llegará a Rusia desde el exilio escribiendo en el camino “Las tesis de abril” comprendidas en “Las tareas del proletariado en la presente revolución”, donde plasma el proyecto de acción revolucionaria inmediato, y es que la recogida de datos de cada circunstancia y su estudio le hacía disponer de la historia del movimiento revolucionario. De ahí que en “La bancarrota de la II Internacional” declarase que la revolución tiene su oportunidad cuando “los de abajo no quieren vivir como antes … y los de arriba no puedan vivir como hasta entonces”. Entonces se plantea que todo el poder debe recaer sobre los soviets, para lo que articula la acción de acuerdo con el momento. Y llega la revolución, ese es el momento, la cumbre en la que las condiciones subjetivas, nos señala Bértolo, “el brío y el coraje de las masas desempeñan un papel fundamental”.

El “después” de la toma del Poder es el otro momento crucial. La complejidad de la puesta en marcha de un gobierno y un Estado obrero y campesino hace que se plantee alternativas diferentes en cada espacio productivo y eso en medio de la guerra alimentada desde fuera. El final de la guerra llevará a Lenin y los revolucionarios a cuestionarse numerosas medidas socialistas porque el país está destruido, y el primer objetivo en el que deben empeñarse es que se distribuya la comida entre la población, y en situación como esa se pregunta ¿qué principio debe regir?: el que mantenga en el poder al proletariado. Al poco expondrá que el marxismo no solo reconoce la necesidad de la lucha de clases, sino que su fin es la implantación del poder proletario, para lo cual debe contarse con el sujeto organizado que es el Partido, vanguardia que forma parte de las organizaciones de clase y actúa con ella.

Sobre los problemas económicos e industriales que encuentra el Partido para el desarrollo del socialismo, Lenin, en el X Congreso pone a discusión lo que se denominará la NEP (Nueva Política Económica) un cambio que busca pacificar el campo y sumar fuerzas ante los retos para resolverlos y avanzar en el proyecto socialista. Con “la NEP -se nos dice- vuelve a poner sobre el tapete soviético el tema del capitalismo de Estado y sus relaciones con el socialismo, cuestión que ya se había planteado en 1918, cuando Lenin hace ver que la clave del capitalismo de Estado reside en la “contabilidad y control por todo el pueblo de la producción y distribución de los productos” y que ese control supone una de las formas y fases concretas de la transición del capitalismo al socialismo”.

Lo fundamental en todo momento es saber reconocer las contradicciones que se crean en el proceso revolucionario y desentrañar en los conflictos el camino dialéctico del marxismo. El resultado de todo ello en parte serán contradicciones antes desconocidas, y para enfrentarse a ellas Lenin establece, fruto de la experiencia, las cuestiones fundamentales: aparato de fuerza, control obrero sobre los medios de producción, prohibición de partidos contrarrevolucionarios, no a las fracciones en el partido, reglamentos laborales, persecución de conductas antisociales.

El marxismo, indica Bértolo, lo emplea como una herramienta, no como un manual de instrucciones. Acompañando las modificaciones de capitalismo de Estado se ponen en marcha los “sábados comunistas” con lo que se quiere reforzar el proyecto de la revolución. Para Lenin toda actividad debe apoyarse en el pueblo, pues son las masas trabajadoras las que deben intervenir en los cambios, y así descubrirán, descartándose de errores, la transformación de la realidad. Insiste una y mil veces en “la necesidad de no saber”, quiere decirse, hay que estudiar, hay que aprender, hay que dirigir con las organizaciones de masas y hasta entregarles tareas de control del partido. De la misma forma para combatir el burocratismo declara: “No temáis la iniciativa y la acción independiente de las masas, confiaos a las organizaciones revolucionarias y veréis en todos los aspectos de la vida estatal la misma fuerza, grandiosidad, invencibilidad que los obreros y los campesinos revelaron en su unificación y en su ímpetu contra el pronunciamiento de Kornílov”.

Lenin tenía un método de análisis para la acción, el marxismo, por eso era flexible, capaz de captar todos los cambios y adaptarse a las circunstancias, nunca lo daba por sabido. Mediante su esfuerzo y dirección política con los bolcheviques demostró que el socialismo era realizable. A nosotros nos queda aprender de la Historia, apartar los errores y aprovechar los aciertos. Constantino Bértolo advierte que en los textos seleccionados para el libro no ha pretendido abarcar todo el espectro de la obra de Lenin, sino detallar lo representativo y actual, y es que los textos de Lenin que lo forman nos hablan de asuntos que tenemos delante, ahora mismo, que nos cuestionan, o nos aportan modelos que se llevan a cabo hoy en las revoluciones, tanto las que se sostienen como las que están en marcha.

Pocas veces se encuentra un libro tan importante para las necesidades de conocimiento de la izquierda.

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

Publicado en EL HOMBRE Y SU HISTORIA

De cómo Lenin cambió el mundo

León Trotsky, Vladimir Lenin y Lev Kámenev (Mo...
León Trotsky, Vladimir Lenin y Lev Kámenev (Moscú, 1920) (Photo credit: Recuerdos de Pandora)
Algo que necesitas saber
De cómo Lenin cambió el mundo

 

 

Lenin. El Revolucionario que no sabía demasiado. Edición e Introducción de Constantino Bértolo. Libros de la Catarata, Clásicos del Pensamiento Crítico.

Si hacen falta referentes en el tiempo en que vivimos, el comunismo dispone de figuras que han eclipsado a personalidades de otros sistemas. La revolución del siglo XX en Rusia tenía a su vez una tradición en la que mirarse, los numerosos intentos de los desposeidos para acabar con sus explotadores. De ahí que la narración comunista, su historia, se refiera a los esclavos de todas las épocas, a las luchas de liberación, a las revueltas campesinas, a las revoluciones proletarias y, cómo no, a la Comuna de París. Si Marx y Engels fundamentaron el proceso dialéctico de la Historia, si descodificaron el proceso productivo y enseñaron el cuerpo de la plusvalía, si centrifugaron, si limpiaron y expusieron la lucha de clases, y vieron el resultado final como el objetivo de todas ellas, la transformación de la sociedad por el proletariado, Lenin fue la cabeza visible de la plasmación de esa meta de las luchas, y fue la representación de los bolcheviques triunfantes del socialismo.

No hay nada que no tenga que ver con nosotros, y este libro “Antología LENIN. El revolucionario que sabía demasiado” de Constantino Bertolo que recoge el pensamiento y la acción de Lenin no puede estar más conectado con nuestras vivencias de lucha hoy mismo. Es por eso por lo que la burguesía con todos sus medios quiere dar por obsoleto el pensamiento y la acción del revolucionario; lógico, si la clase obrera y las clases trabajadoras hiciesen la conexión política con la experiencia histórica de transformación social, con el pensamiento desarrollado a la luz de la práctica de aquél dirigente, si hiciese la conexión política, su organización sería capaz de saltar los límites impuestos por la gran burguesía, y de todos es sabido que no hay nada que saque más sus demonios que el término comunista.

Este apunte recoge sobre todo el desmenuzamiento del Prólogo porque con el podemos adentrarnos en la obra de Lenin, aprender y conducir nuestras próximas lecturas haciéndolas provechosas para nuestra conciencia. Después del Prólogo los textos de Lenin escogidos nos ponen al corriente de resoluciones tácticas, organizativas y estratégicas.

Constantino Bértolo estudia las circunstancias concretas en las que llevó a cabo la lucha política, con el fin de que podamos entender su significado. Para conducir este torrente hasta quien lee, lo distribuye en tres partes:

  • La construcción del Partido.
  • La toma del poder.
  • La Revolución después de la Revolución.

Desde el comienzo se nos plantean las interrogantes que llevaron a la revolución, y junto a ellas la lucha ideológica con quienes planteaban una conducción “humana” del capitalismo como solución. El planteamiento teórico de esta lucha lo plasmó en “El desarrollo del capitalismo en Rusia”, mostrando los datos precisos para el análisis concreto y el conocimiento profundo de la filosofía marxista; él habla de saber desentrañar la realidad y el momento histórico.

Bértolo repasa en el prólogo los antecedentes que dieron lugar a sus trabajos relacionados con la creación del partido, “Tareas de los socialdemócratas rusos” y “Qué hacer”, en los que habla de las tareas a llevar acabo y de los objetivos, y su labor parlamentaria.

Un asunto a releer es el que se refiere a los sistemas organizativos y las funciones que cumplen tanto en la clandestinidad como en la legalidad, entre los que deben tenerse presentes todos los relativos a la seguridad de la organización, la agitación y la propaganda.

La importancia de la lucha económica, el aprendizaje de la clase obrera en lo que se refiere a la elaboración de ideas en torno al desarrollo de las confrontaciones de clase.

También se nos advierte del valor que daba a la diferenciación con la socialdemocracia, así como al revolucionario dedicado por completo a su tarea y las mejores condiciones para establecer la lucha tanto en el partido como fuera de él, no contra las expresiones morales del enemigo de clase sino contra el capitalista mismo.

Otro de los aspectos a los que se refiere Bértolo sobre los escritos de Lenin es a la entrada de nuevos militantes en el partido y las diferencias con otros partidos, y la función que debe cumplir. Objetivo: actuar con disciplina para cambiar las circunstancias.

Se hace referencia en el Prólogo a las características del movimiento 15M y cómo la organización bolchevique se planteó su relación con el mundo asambleario de base y la necesidad de participar “en toda acción política de las masas populares”.

Después vendrá el apartado que se dedica a “la toma del poder” donde se p

Vladimir Lenin

one acento en el estudio del contexto y se refiere a “El Estado y la revolución”, libro de Lenin en el que estudia en primer término las revoluciones de 1848 y La Comuna de París, 1871. Con ese bagaje el revolucionario soviético entra en el análisis de la revolución de 1905 en Rusia y observa como problemas que la llevan al fracaso “la débil organización de los campesinos, la falta de mayor firmeza y resolución en las masas y la falta de preparación de los militantes socialdemócratas que servían en las fuerzas armadas”. Señala C. Bértolo la importancia de que la memoria sea pedagógica “construida “en presente” y mirando a un futuro inmediato”. El problema que se plantea aquí es el de la toma del poder, y se investiga sobre la organización de una fuerza militar, sabiendo que se requiere de una labor de educación política “tenaz, lenta y a menudo imperceptible”. Lenin trata, además, el conocimiento como “producción” de hipótesis, explicaciones, teorías y modelos con la finalidad de resolver problemas del presente. Con todo ello se nos enseña la capacidad de resolución de Lenin ateniéndose a la circunstancia concreta, haciéndose flexible y adaptándose al terreno, y entonces se nos advierte de algo que no puede ser más actual ante el hundimiento de la socialdemocracia, ya solo II Internacional, explica en “El imperialismo fase superior del capitalismo” cómo el capitalismo primero ha abierto el camino a la fusión de su rama industrial y bancaria con el puramente financiero, que es el dominante “protagonista real de los nuevos tiempos y cuyos avatares están en el origen de la primera guerra mundial”.

Lenin declara que “la Historia no está escrita” y llama a formarse a fondo, a obtener todo tipo de datos, a plantear alternativas, a resumirlas y explicarlas para fortalecer la lucha a nivel internacional. Advierte sobre la corrupción de los capitalistas en el terreno sindical creando capas superiores aristocráticas obreras y corruptas, que no suponen peligro alguno para la burguesía, que son su apoyo y dañan al movimiento obrero.

Lenin llegará a Rusia desde el exilio escribiendo en el camino “Las tesis de abril” comprendidas en “Las tareas del proletariado en la presente revolución”, donde plasma el proyecto de acción revolucionaria inmediato, y es que la recogida de datos de cada circunstancia y su estudio le hacía disponer de la historia del movimiento revolucionario. De ahí que en “La bancarrota de la II Internacional” declarase que la revolución tiene su oportunidad cuando “los de abajo no quieren vivir como antes … y los de arriba no puedan vivir como hasta entonces”. Entonces se plantea que todo el poder debe recaer sobre los soviets, para lo que articula la acción de acuerdo con el momento. Y llega la revolución, ese es el momento, la cumbre en la que las condiciones subjetivas, nos señala Bértolo, “el brío y el coraje de las masas desempeñan un papel fundamental”.

El “después” de la toma del Poder es el otro momento crucial. La complejidad de la puesta en marcha de un gobierno y un Estado obrero y campesino hace que se plantee alternativas diferentes en cada espacio productivo y eso en medio de la guerra alimentada desde fuera. El final de la guerra llevará a Lenin y los revolucionarios a cuestionarse numerosas medidas socialistas porque el país está destruido, y el primer objetivo en el que deben empeñarse es que se distribuya la comida entre la población, y en situación como esa se pregunta ¿qué principio debe regir?: el que mantenga en el poder al proletariado. Al poco expondrá que el marxismo no solo reconoce la necesidad de la lucha de clases, sino que su fin es la implantación del poder proletario, para lo cual debe contarse con el sujeto organizado que es el Partido, vanguardia que forma parte de las organizaciones de clase y actúa con ella.

Sobre los problemas económicos e industriales que encuentra el Partido para el desarrollo del socialismo, Lenin, en el X Congreso pone a discusión lo que se denominará la NEP (Nueva Política Económica) un cambio que busca pacificar el campo y sumar fuerzas ante los retos para resolverlos y avanzar en el proyecto socialista. Con “la NEP -se nos dice- vuelve a poner sobre el tapete soviético el tema del capitalismo de Estado y sus relaciones con el socialismo, cuestión que ya se había planteado en 1918, cuando Lenin hace ver que la clave del capitalismo de Estado reside en la “contabilidad y control por todo el pueblo de la producción y distribución de los productos” y que ese control supone una de las formas y fases concretas de la transición del capitalismo al socialismo”.

Lo fundamental en todo momento es saber reconocer las contradicciones que se crean en el proceso revolucionario y desentrañar en los conflictos el camino dialéctico del marxismo. El resultado de todo ello en parte serán contradicciones antes desconocidas, y para enfrentarse a ellas Lenin establece, fruto de la experiencia, las cuestiones fundamentales: aparato de fuerza, control obrero sobre los medios de producción, prohibición de partidos contrarrevolucionarios, no a las fracciones en el partido, reglamentos laborales, persecución de conductas antisociales.

El marxismo, indica Bértolo, lo emplea como una herramienta, no como un manual de instrucciones. Acompañando las modificaciones de capitalismo de Estado se ponen en marcha los “sábados comunistas” con lo que se quiere reforzar el proyecto de la revolución. Para Lenin toda actividad debe apoyarse en el pueblo, pues son las masas trabajadoras las que deben intervenir en los cambios, y así descubrirán, descartándose de errores, la transformación de la realidad. Insiste una y mil veces en “la necesidad de no saber”, quiere decirse, hay que estudiar, hay que aprender, hay que dirigir con las organizaciones de masas y hasta entregarles tareas de control del partido. De la misma forma para combatir el burocratismo declara: “No temáis la iniciativa y la acción independiente de las masas, confiaos a las organizaciones revolucionarias y veréis en todos los aspectos de la vida estatal la misma fuerza, grandiosidad, invencibilidad que los obreros y los campesinos revelaron en su unificación y en su ímpetu contra el pronunciamiento de Kornílov”.

Lenin tenía un método de análisis para la acción, el marxismo, por eso era flexible, capaz de captar todos los cambios y adaptarse a las circunstancias, nunca lo daba por sabido. Mediante su esfuerzo y dirección política con los bolcheviques demostró que el socialismo era realizable. A nosotros nos queda aprender de la Historia, apartar los errores y aprovechar los aciertos. Constantino Bértolo advierte que en los textos seleccionados para el libro no ha pretendido abarcar todo el espectro de la obra de Lenin, sino detallar lo representativo y actual, y es que los textos de Lenin que lo forman nos hablan de asuntos que tenemos delante, ahora mismo, que nos cuestionan, o nos aportan modelos que se llevan a cabo hoy en las revoluciones, tanto las que se sostienen como las que están en marcha.

Pocas veces se encuentra un libro tan importante para las necesidades de conocimiento de la izquierda.

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.