Padre viola su hija; hijo mata a su padre; orientador espiritual involucrado en fraude financiero; profesor de escuela sometido por alteración de notas en los exámenes; hija que se acuesta con su padrastro, riñe con su madre; líder de entidad financiera admite sus desvaríos amorosos con la mucama del hotel donde se hospeda; el presidente de una potencia utilizaba las alertas de atentados terroristas con el fin de manipular a su favor los estados de opinión pública cuando su popularidad se desvanecía; el fraude financiero a los bancos se queda sin castigo; el narcotráfico es la peor epidemia y cuenta con la complicidad de políticos y carceleros.
Como los anteriores, hay cientos de enunciados que llenarían las primeras planas de los diarios del planeta. Y resulta que todos forman parte de la realidad de hoy. Así andan nuestras sociedades. Las historias más inverosímiles ocupan titulares de periódicos y forman parte de crónicas noticiosas de radio y televisión, mientras las personas más lejanas a esos acontecimientos, quienes no tienen nada que ver con esos hechos, pasan la página tan a prisa como va nuestras vidas. La descomposición moral no puede ser peor que aquellas que nuestras retinas captan y archivan en el “disco duro”.
La semana pasada se desplegaron noticias relativas a los pobres resultados, en términos prácticos, de la Conferencia de las Naciones Unidas para el Desarrollo Sostenible, Río + 20, celebrada en Río de Janeiro, y la destitución del presidente de Paraguay, Fernando Lugo.
En relación a la primera información, el secretario general de la ONU, Ban Ki- moon, manifestó su poco entusiasmo con el documento final adoptado por los jefes de Estado y delegaciones presentes en Río+20.
A pesar de los avances inocultables experimentados por el ser humano, los desafíos e inequidades en relación al tema medio ambiental son abrumadores. No obstante a que hemos ganado terreno entre los jóvenes en términos de conciencia ecológica, y de que disfrutamos de grandes innovaciones tecnológicas, hay mucha insatisfacción acumulada en cuanto a la poca cooperación que asumen quienes más contaminan y pueden aportar para que tengamos un mundo más habitable.
Si el “futuro que queremos” es el que se plasmó en las 53 páginas del documento final, hay que evidenciar voluntad política para, en primer término, cambiar los patrones de producción y consumo, que para muchos ciudadanos del planeta, conocedores de los intereses de por medio, más que un sueño parece una utopía lejana.
Ese egoísmo, que se expresa en la actitud asumida por las naciones desarrolladas para no cumplir con los compromisos contraídos de aportar a las economías más vulnerables para hacer frente a los desafíos de hoy, afecta a República Dominicana y a los vecinos haitianos. De los acuerdos arribados en la “Cumbre sobre Haití, Solidaridad más allá de la Crisis”, realizada en Punta Cana, ¿en qué porcentaje ha cumplido la comunidad internacional? Los acuerdos están en blanco y negro en el libro editado por la Dirección de Prensa de la Presidencia dominicana.
Egoísmo no solo se observa a nivel macro en la negativa de los más ricos para cumplir sus propios compromisos, sino en términos individuales, en la cada vez más socorrida expresión de que “a mí no me importa lo que le pase al otro”.
Esas conductas originan muchos de esos titulares negativos. Hay quienes arguyen que la Humanidad está atravesando por una crisis de civilización. Si una crisis de civilización significa el momento histórico en que un determinado esquema de instituciones socio-económicas, políticas y culturales da muestra de que ha ido empeorando para dar respuesta a las necesidades y aspiraciones de la gente, entonces, esa tesis es convincente para muchos.
Quiero compartir mi visión de la segunda noticia que acaparó los titulares noticiosos: La destitución del presidente Fernando Lugo. No conozco las razones que tendría el vicepresidente Federico Franco, por lo de aquello de que “el corazón de la auyama solo lo conoce el cuchillo”, pero de entrada, creo que fallaron valores esenciales en el ser humano: La lealtad y la solidaridad con su jefe. Ningún político que se respeta hubiese aceptado la manera acelerada y antidemocrática con que fue depuesto su jefe político de la presidencia de Uruguay, solo entendible en la ambición y el egoísmo de quien fácilmente se deja atrapar en estos ambientes políticos.
En esto también hay mucho de falta de identidad cultural. Son pocos los pueblos de América que poseen un concienzudo conocimiento de sus raíces, del porqué de nuestra música, del baile, de los hábitos alimenticios, de las causas de nuestras carencias y virtudes; muchos de los ciudadanos saben poco de su pasado como nación; por qué hay fronteras. Si conociéramos las raíces de nuestra desgraciada pobreza, otro gallo cantaría.
No hay peor lastre para nuestras generaciones que estar afectados por el Alzheimer sobre lo que fuimos y somos, por aquello que dijo George Santayana, el filósofo de origen español, nacido y formado en Estados Unidos donde impartió docencia en Harvard, de que “quien desconoce su pasado está condenado a repetirlo”. Saber quiénes fuimos ayer nos permite conocer lo que somos hoy.
Fuente:Diario Libre