EXPERIENCIA DE UN GEOLOGO DOMINICANO DE VIAJE POR LA SELVA BRASILEÑA

EL CORRER DE LOS DÍAS
Oyapock: Mi única experiencia caníbal
Marcio Veloz Maggiolo
Se llega a las márgenes del río Oyapock en una avioneta, se descargan los bultos de antropólogo, se filma con premura el trozo de selva que acompaña al río a ambos lados. De un lado el río hace frontera con Brasil, del otro están las tierras de la Guayana francesa. Te esperan soldados que gentilmente te ayudan a subirte en la barcaza que habrá de atravesar hacia el campamento militar. El campamento es algo así como una mezcla de lo militar y lo turístico. Enseguida vas a ver lo que es un recinto semimoderno lleno de hamacas y las caras de los niños de origen caribe y arahuaco. El lugar donde pasaremos la noche antes de navegar Oyapock arriba es una alta habitación cuadrada con una balconada de madera. Nos acompaña una fotógrafa francesa y la guía guayanesa con la que Delia Blanco ha convenido arreglar la visita. Delia se ha quedado para revisar asuntos en la ciudad.
Frente a la posesión francesa están los soldados que hacen guardia en el recinto amazónico. A pesar del aislado punto de guardia, el mismo tiene todas las comodidades con las que Francia provee sus tropas de ultramar. La idea es viajar hacia la más cercana aldea Caribe. Serán 24 horas de navegación, ida y vuelta, en canoa con motor. Los conductores serán un guía de origen caribe, con buen conocimiento de la lengua española, un aborigen y su esposa, la amiga de las cámaras y la directora de la ONG francesa que organiza los viajes, una guayanesa ubicada en París que ha viajado para cumplir un cometido cultural.
Nuestra primera noche en las hamacas resultó sofocante. De pie junto al balcón vi salir la luna grande, untada de aliento selvático, y escuché la voz de los indios que discutían alguna de sus proezas del día. Aunque no recuerdo el nombre del guía caribe ñllamémosle Manuelñ, éste nos explicaba con certidumbre cómo sería el trayecto en canoa: nos tomaríamos, a partir de la salida, unas 14 horas en llegar a una comunidad muy aculturada poblada por caribes, en la que la educación era primordial para a la vez integrar a su gente a la cultura francesa, y más que todo a la lengua. Cargar la “curiara”, como le dicen en Venezuela a las canoas motorizadas, fue todo un proyecto mayor. Tanques de agua, gasolina, hamacas, enlatados y harina de mandioca, lo mismo que otros alimentos nada perecederos. Para completar la carga del sustento, cruzamos el río hasta tierra brasileña, que es donde están las ventas y establecimientos de la zona. Allí, almacenados en estantes altos, están los productos. Todos patentizados, con excepción de la harina de mandioca, la que se usa más frecuentemente. que el casabe amazónico.
Los habitantes del territorio brasileño y del francés compran los cartuchos de calibre doce para sus escopetas. Nos imaginamos que íbamos a emprender una guerra, pero una guerra de sustento la cual presentaría como contrincante a algunos de los habitantes de la naturaleza. Akawi, nombre de este aborigen propietario de la embarcación, nos mostraría, ya desde los inicios del trayecto la ruta de los monos araguatos, trepadores hasta la cúspide de los más altos árboles de las márgenes del río. El temor de que debería, para completar mi experiencia, ingerir la carne de algún modo, se apoderó de mí y de la fotógrafa francesa, especie de Isabelle como la que cantara una vez Aznavour.
Salimos en las horas tempranas de la tarde. Se revisó el combustible, y el almacenaje. La gran canoa tenía suficiente espacio para la carga, aunque el peso de la misma la hacía llegar hasta la misma “línea de flotación”. La corriente del río se hacía cada vez más difícil. Los saltos de agua contrarios a la ruta fueron permanentes. Filmé con mi cámara de video escenas que ahora he pasado a DVD y que me han hecho volver al pasado. Las fotografías son, ya lo sabemos, un soporte de la memoria. Luego de unas horas de viaje río arriba decidimos darnos un baño que nuestro guía consideraba importante. Descendimos entonces sobre una gran roca que afloraba en una pequeña playa. Isabelle, cámara al hombro, penetró en un gajo de selva. Donde la corriente era más suave y hacía oleajes mínimos nos bañamos los varones, mientras cometamos a escuchar los aullidos de los monos araguatos. Los indios de esta posesión francesa son considerados ciudadanos franceses y porque no poseen en la mayoría de los casos un trabajo estable, reciben una paga mensual del gobierno. Akawi hizo que la curiara se acercara a la orilla izquierda del Oyapock, porque era tierra francesa virgen. No podría disparar sobre los araguatos “brasileños” y según nuestro guía caribe debería conseguir alguna carne para el final del trayecto. Con gran habilidad caminó selva adentro, y vimos los araguatos saltar de un árbol a otro para evitar la segura muerte. Vale decir que Akawi nos explicó que con la asignación de dinero por el gobierno había comprado el motor que nos desplazaba y el fusil calibre doce con el que cazaba. El pequeño navegante de tres años de edad -hijo de la pareja india- de vez en cuando se pegaba del seno de la madre, a modo de conseguir leche que retrasaba en los habitantes de aquellos lugares la nueva preñez de la madre. Es un método practicado en aquellas culturas. Seguíamos el trayecto de la cacería. De pronto oímos un chillido tras los disparos.
El mono araguato, herido de muerte, se desplomó desde lo más alto de la fronda cayendo en una zona pantanosa. Allí fuimos a buscarlo mientras Isabelle disparaba furtivamente su cámara Leica. El disparo le había atravesado la cintura, y todavía miraba y respiraba. No quise presenciar el tiro de gracia. Cuando continuamos la marcha, y muy cerca de la orilla, escuchamos el otro disparo y vimos caer un perezoso de por los menos quince kilos. Tenía Akawi comida para el regreso. Llegado el atardecer arribamos a un punto de descanso: una especie de barraca construida por los indios para cualquier viajero. Colgamos las hamacas, y la mujer india desolló con maestría el araguato. Lanzó sus intestinos al agua y limpió con fuego la piel, organizando una especie de brasero donde el araguato pasó su infernal retornó al más allá. No puedo negar que a pesar de mi rechazo a este tipo de festín, hube de comer un trozo de esa carne que me hacia convertirme en caníbal de segunda. Tarde en la noche, cuando el río tiene otras veces y los animales nocturnos se mueven de modo lento y llenos de paciencia y miedo, pensé en que el indio, por razones de supervivencia, atenta contra su entorno, y que un arma moderna en sus manos es a la vez parte del atentado mismo de la modernidad contra la naturaleza. Entonces llegó el sueño. Nos arropamos con telas que como sábanas protectoras suponíamos que rechazarían los insectos anónimos de la selva. Pero en la mañana el picor en mis muslos y en la espalda y las ronchas me convencieron de que estaba equivocado. Ningún insecto es anónimo. Como los humanos actúan para bien o mal de sí mismos. Volvimos a la curiara a la salida del Sol. En el trayecto vimos cómo ciertos peces que se alimentan de los frutos que caen ya maduros de ciertos árboles ribereños, eran pescados usando los mismos frutos colgados de un anzuelo tan pequeño como ellos.
A media mañana llegamos a la aldea, un paraíso franco-indígena enclavado a la orilla del río. Entramos y fuimos recibidos y agasajados en el masato y con casabe recién fabricado, apreciamos los usos de los burenes grandes. Filmamos y nos fotografiamos. Fuimos a un recinto escolar donde para estar al día con las costumbres selváticas dos profesoras francesas, etnólogas, que enseñaban la lengua de su país, transitaban, como la mujeres de la aldea, desnudas del vientre hacia arriba. De algún modo aquella piel blanca y joven, anunciaba un pasado que no terminaba. El modelo de aculturación me pareció valiente, pero no lo era para los lugareños. Entonces nos explicaron que siendo ciudadanos franceses los habitantes de este lugar del Oyapock era su misión sacarlos de sus viejas costumbres infuncionales si deseaban integrarse y acercarlos los vías del lenguaje a la nueva cultura.
Pensé que la colonia se repetía como imagen modernizada, y entré en el mundo del pasado precolombino donde los invasores consideraban que sacar a los habitantes de las islas de “la ignorancia” era casi una misión divina. La aldea tenía aún, como el pasado de las islas, bohíos grandes, casas comunales, pero aún sus habitantes tenían paños sobre el sexo, y las mujeres cubrían su sexo con naguas como las descritas por los cronistas de Indias. Al regreso me hice una idea más clara del mundo indígena, pero mi mayor éxito gastronómico fue la ingestión de aquel trozo de mono “a la barbacoa” que me hizo pensar en el sabor de una carne que debió ser muy parecida a la de los humanos que nuestros caribes ingerían de modo ritual.
Fuente: Listin Diario

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