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Un texto de Juan Bosch: Un poco de historia política dominicana

       “Yo no concibo la política al servicio del estómago, sino al de un alto ideal de humanidad”.

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 Los orígenes del Partido de la Liberación Dominicana no se hallan a la distancia de los 15 años transcurridos desde el día 15 de diciembre de 1973, fecha en la cual se llevó a cabo su fundación; en realidad son más lejanos, nada menos que 34 años —un tercio de siglo— antes de ese día, pues fue en el 1939 cuando se inició la etapa política de mi vida, que comenzó con la fundación del Partido Revolucionario Dominicano, que no fue obra mía como ha dicho alguien sino de un médico nacido en la República Dominicana pero llevado a Cuba cuando tenía 2 años. Ese médico se llamaba Enrique Cotubanamá Henríquez y era hijo del Dr. Francisco Henríquez y Carvajal, lo que deja dicho que era hermano de Pedro y Camila Henríquez Ureña, pero nacido de un segundo matrimonio de su padre pues Salomé Ureña de Henríquez, la madre  de los Henríquez Ureña, había muerto en 1898.
El Dr. Enrique Cotubanamá Henríquez, a quien sus amigos y familiares llamaban Cotú, no olvidaba que había nacido en la República Dominicana, donde su padre y sus hermanos mayores eran figuras de gran prestigio intelectual y político, y en Cuba leía la revista Carteles en la cual se publicaron cuentos míos en 1936 y 1937. En esos años los cubanos vivían los sacudimientos políticos que produjeron la lucha contra la dictadura de Gerardo Machado y la caída del dictador, ocurrida al comenzar el mes de septiembre de 1933. Entre los efectos de esos sacudimientos estuvo la creación del Partido Revolucionario Cubano, que fue bautizado con el mismo nombre que tuvo el que había fundado José Martí para organizar con él la Guerra de Independencia iniciada en febrero de 1895.
El Partido Revolucionario Cubano de los años posteriores a la caída de Machado era conocido por la denominación de auténticos que se les daba a sus miembros, y en su creación jugó un papel de cierta importancia el Dr. Enrique Cotubanamá
Henríquez, a quien le tocó redactar la parte doctrinaria de esa organización política.
Todo lo dicho en el párrafo anterior sirve para explicar por qué el Dr. Henríquez bajó cierto día del año 1938 a los muelles de la capital dominicana adonde había llegado en uno de los barcos cubanos que hacían la ruta Habana-Santiago de Cuba-Santo Domingo y se dirigió a la casa de un familiar al que le preguntó mi dirección. La respuesta que le dieron fue que yo estaba viviendo en San Juan de Puerto Rico, y unos meses después el Dr. Henríquez se presentó en la Biblioteca Carnegie, donde yo trabajaba en la transcripción de todo lo que había escrito Eugenio María de Hostos.
(Esa transcripción se hacía en maquinilla de escribir con el propósito de organizar la producción literaria del gran pensador puertorriqueño que iba a ser publicada en la colección de sus obras completas).
Lo que el Dr. Henríquez fue a tratarme, o mejor sería decir, a proponerme, fue que yo debía dedicarme a la creación de un partido político cuya finalidad sería liberar a la República Dominicana de la dictadura trujillista. Ese partido, explicó, se llamaría Revolucionario Dominicano como el de Cuba se llamaba Revolucionario Cubano. Entre las cosas que dijo la que me impresionó fue su oferta de escribir todo lo que se refiriera a la base ideológica o doctrinaria del Partido Revolucionario Dominicano. Yo le oía sin hacer el menor comentario y mucho menos preguntas porque lo que él decía era para mí tan novedoso como si el Dr. Henríquez hablara en una lengua extraña.
No quería ser político
Yo no quería ser político. Para mí la política era lo que me había llevado a abandonar mi país, pues tal como lo dije en una carta dirigida a Trujillo, fechada en San Juan de Puerto Rico el 27 de febrero de 1938, cuatro o cinco meses antes de recibir la visita del Dr. Henríquez, de seguir viviendo en la República Dominicana, “además de no poder seguir siendo escritor, tenía forzosamente que ser político”, y aclaraba: “…yo no estoy dispuesto a tolerar que la política desvíe mis propósitos o ahogue mis convicciones y principios. A menos que desee uno encarar una situación violenta para sí y los suyos, hay que ser político en la República Dominicana. Es inconcebible que uno quiera mantenerse alejado de esa especie de locura colectiva que embarga el alma de mi pueblo y le oscurece la razón: el negro, el blanco, el bruto, el inteligente, el feo, el buenmozo: todos se lanzan al logro de posiciones y de ventajas por el camino político.
¿Cómo es posible que no se comprenda que la política no es arte al alcance de todo el mundo? La marcha de la sociedad  la rigen los políticos; ellos deben ser seis, siete; así es en todos los países y así ha sido siempre; nosotros involucramos los principios universales y exigimos que las mujeres, los niños y hasta las bestias actúen en política. Yo, que repudiaba y repudio tal proceder, vivía perennemente expuesto a ser carne de chisme, de ambiciones y de intrigas. Yo no concibo la política al servicio del estómago, sino al de un alto ideal de humanidad”.
Tan fuerte era mi repudio a la actividad política que se ejercía en la República Dominicana, que en otro párrafo de esa carta le decía al dictador: “Yo sé que he salido de mi tierra para no volver en muchos años, porque considero que la actual situación será de término largo y porque sé que fuera de un cargo público yo no tendría ahora medios de vida en mi país, y no podría estar en un cargo público absteniéndome de hacer política”.
El criterio que exponía en esa carta se lo expuse también al Dr. Henríquez, sin mencionarle el hecho de que yo le había escrito a Trujillo diciéndole lo que significaba para mí la política tal como ella se aplicaba en mi país, y la mayor parte del tiempo que usamos en hablar de ese tema la consumió él explicándome la diferencia que había entre la política que se ejercía en Cuba y la que se llevaba a cabo en la República
Dominicana. Precisamente, decía el Dr. Henríquez, para que el pueblo dominicano pudiera aprender en la práctica diaria qué es la política y cómo debe ejercerse, era absolutamente necesario librar al país de la tiranía trujillista.
Esa entrevista con el hijo del Dr. Francisco Henríquez y Carvajal me dejó tan impresionado que pocos días después empecé a buscar información acerca de cómo había organizado José Martí su Partido Revolucionario Cubano, y lo que llegué a saber fue poco, o mejor sería decir muy poco. Lo que me interesaba era tener una idea precisa de lo que había que hacer para formar hombres que al mismo tiempo que tuvieran una idea clara de lo que debía ser la política dominicana supieran cómo actuar para sacar del poder a Trujillo y a sus colaboradores más cercanos. Nada de eso fue tratado en la conversación que sostuve con el Dr. Henríquez, y por mucho que busqué, en la Biblioteca Carnegie no hallé un libro que pudiera ayudarme a aclarar mi concepto de lo que era la política.
Una cosa piensa el burro…
Como desde mi niñez había leído en la casa de mi abuelo materno la historia del Cid Campeador y en la mía el Don Quijote, y como mi padre destacaba siempre que se hablaba de episodios históricos de algún país, sobre todo si se trataba de uno europeo, la importancia de los jefes militares no sólo en las guerras sino también en actividades civiles, yo crecí con una idea fija, aunque no sabía por qué, acerca del papel que juega en cualquier país la persona que ahora llamamos líder, y en la conversación que mantuve con él, o sería más apropiado decir que él mantuvo conmigo, le pregunté al Dr. Henríquez quién, a su juicio, debía o podía ser el líder de ese partido que él me proponía fundar, y su respuesta fue que debía ser yo, a lo que respondí diciendo que yo no tenía las condiciones que se requerían para dirigir un partido político; que a mi juicio el líder debía ser el Dr. Juan Isidro Jiménez Grullón, que llevaba un nombre conocido en todo el país porque su abuelo, que tenía el mismo nombre, había sido presidente de la
República dos veces, y su bisabuelo lo había sido una vez; le expliqué que el Dr. Jiménez Grullón estaba viviendo en Nueva York ,pero que yo le pediría que viajara a Puerto Rico para hablar con él sobre la posibilidad de fundar el Partido Revolucionario
Dominicano. El Dr. Henríquez halló que lo que yo decía tenía sentido, y en la noche de ese mismo día, mientras el buque cubano en que había llegado a San Juan de
Puerto Rico navegaba de retorno a Cuba, le escribí al Dr. Jiménez Grullón pidiéndole que se llegara a San Juan donde tenía algo importante que tratarle.
Cuando el Dr. Jiménez Grullón llegó a San Juan yo le tenía preparada una conferencia que debía dar en el Ateneo Puertorriqueño, el lugar donde se reunían los intelectuales más conocidos de la isla borinqueña. Allí había dado yo una titulada Mujeres en la vida de Hostos. La del Dr. Jiménez Grullón sería sobre la situación política de la República Dominicana, y al decirla se lució porque era un orador natural que sabía usar las palabras y además sabía manejar las manos cuando tenía que moverlas para reforzar con sus movimientos lo que iba diciendo. Con esa conferencia el nieto del jefe del partido que llevó su nombre (el Gimenista, popularmente conocido como el de los bolos) quedó presentado a los intelectuales de Puerto Rico, primer escalón, pensaba yo, de la escalera que debía conducirlo al liderazgo del futuro Partido Revolucionario Dominicano, si ese partido era creado como lo proponía el Dr. Enrique Cotubanamá Henríquez.
El Dr. Henríquez volvió a Puerto Rico y en esa segunda ocasión le presenté al Dr. Jimenes Grullón. Con la presentación quedaba yo libre de seguir ocupándome en tareas políticas, al menos, así lo creía, pero el campesino dominicano de esos años repetía con frecuencia un refrán: “Una cosa piensa el burro y otra el que lo está aparejando”, y el que aparejaba al burro de la historia dominicana tenía planes diferentes a los míos; tan diferentes que de buenas a primeras Adolfo de  Hostos, hijo de Eugenio María de Hostos, entró en el salón de la Biblioteca Carnegie, donde bajo mi dirección dos mecanógrafas copiaban los trabajos de Hostos, y me dijo: “Prepárese para ir a Cuba a dirigir la edición de las obras completas.
El concurso de su publicación ha sido ganado por una editorial cubana. Por su trabajo allá se le pagarán 200 dólares mensuales”. En la vida de algunos seres humanos se dan hechos que parecen fortuitos y no lo son, pero es al cabo de algún tiempo cuando los protagonistas de esos hechos advierten que no fueron casuales. Por ejemplo, un año antes de mí llegada a La Habana rodeado de varios bultos en los que iban las copias mecanográficas de todo lo que Eugenio María de Hostos había escrito —al menos, todo lo que se había reunido hasta el año 1937— yo no conocía al Dr. Enrique Cotubanamá
Henríquez  y ni siquiera tenía noticias de su existencia; y sin embargo cuando descendí la escalera del vapor Iroquois para llegar al muelle junto al cual había atracado el buque de ese nombre, allí estaba él esperándome, y mientras aguardábamos la bajada del equipaje el Dr. Henríquez me dijo que había contratado para mi uso, en una pensión, una habitación con baño y servicio sanitario, que en el alquiler estaba incluida la comida y que la casa donde se hallaba la pensión estaba cerca de la suya; que él me acompañaría en el viaje del muelle a esa casa y me visitaría al día siguiente para llevarme al lugar donde él vivía, al cual iríamos a pie porque la distancia entre las dos casas era corta, y en efecto, así era, y por ser así al segundo día de mi llegada a La Habana estaba yo en los altos de una casa de piedra situada frente al mar, en el paseo llamado Malecón. Delante de mí, separado de él por un escritorio, el Dr. Enrique Cotubanamá Henríquez leía unos papeles en los cuales se describía lo que sería el Partido Revolucionario Dominicano, incluyendo un esbozo de sus futuros estatutos, y con esa lectura comenzaba una etapa nueva en mi vida, la del aprendiz de la teoría y la actividad política.
Texto tomado del libro  “EL PLD: UN PARTIDO NUEVO
EN AMÉRICA” de  Juan Bosch,

 

Los Palmeros -comandos de la Resistencia- 41 años después

DEL 31 DE JULIO AL 8 DE AGOSTO DEL 1967, SE CELEBRÓ EN LA HABANA, CUBA, LA PRIMERA CONFERENCIA DE SOLIDARIDAD DE LOS PUEBLOS DE AMÉRICA LATINA (OLAS) CON LA ANFITRIONÍA DEL GOBIERNO REVOLUCIONARIO DE CUBA Y DEL COMANDANTE FIDEL CASTRO, Y CON LA ASISTENCIA DE DELEGACIONES PROVENIENTES DE LOS CINCO CONTINENTES.
AMAURY GERMÁN ARISTY (GERARDO SÁNCHEZ), MIEMBRO DEL BURÓ POLÍTICO DEL COMITÉ CENTRAL DEL MOVIMIENTO REVOLUCIONARIO 14 DE JUNIO, FUE ELEGIDO COMO VICEPRESIDENTE DE LA MISMA. PARA ESA FECHA, SE ENCONTRABA YA EN TERRITORIO CUBANO EL GRUESO DEL EQUIPO DE DIRIGENTES Y MILITANTES CATORCISTAS, ENVIADOS A RECIBIR ENTRENAMIENTO MILITAR.
El 25 de octubre del 1967, dieciséis días después de que las agencias internacionales de noticias dieran a conocer la caída del Ché Guevara, en Bolivia, los teletipos de la época transmitieron por el mundo una información dando cuenta de la “desaparición en Holanda del Coronel Francisco Alberto Caamaño Deñó, a la sazón agregado militar de la embajada dominicana en Londres. Se daba inicio así a la llamada OPERACIÓN ESTRELLA.
Entre junio y julio del 1967, el equipo de dirigentes y militantes del 1J4, encabezado por Homero Hernández Vargas, salió hacia la República Popular China a entrenarse militarmente, con el objetivo de a su regreso al país, conjuntamente con el equipo enviado a Cuba, constituir la fuerza estratégica guerrillera, responsable del relanzamiento de la lucha armada, en las zonas de Ocoa, Padre Las Casas y Bonao.
Sin embargo, contrario a lo diseñado y planificado por la dirección del MR1J4, los planes y proyectos para relanzar la lucha armada se vieron seriamente afectados por el mensaje que dirigiera a la nación el ex presidente Joaquín Balaguer, el 4 de febrero del 1967, poniendo en conocimiento de la opinión pública nacional e internacional, con lujos de detalles, de la existencia de un “plan subversivo del comunismo internacional”. El incremento de la escalada represiva a nivel nacional, golpea severamente los planes catorcistas, con la caída el 10 de febrero del 67 en las lomas de Ocoa, de Orlando Mazara y posteriormente, el 4 de mayo del 1967, de los compañeros Luis De Peña (Parrish) y Reyes Saldaña. Otros dos elementos: el retorno al país del grueso del equipo enviado a China, portadores de ideas y propuestas, planes y proyectos, diametralmente opuestos a la línea oficial prevaleciente hasta entonces y, por otro lado, el mantenimiento o retención (voluntaria o forzada) del equipo enviado a Cuba contribuirían decisivamente al deterioro de la autoridad y la disciplina internas y fomentarían la confusión y la desconfianza, a todos los niveles, en el Movimiento Revolucionario 1J4.
Precisamente, en su carta-testimonio, Amaury Germán Aristy, contextualiza los motivos que los llevaron a entregarse a la formación de un nuevo movimiento revolucionario, bajo la dirección del compañero Román, señalando lo siguiente: “Si bien una parte de Los Palmeros arribó a ese país (Cuba) sin tener un criterio claro y correcto sobre la necesidad de la guerra, con la cabeza llena de tesis sobre el partido, la lucha ideológica y la polémica internacional, etc., otra parte, la última en llegar con Gerardo, llevaban ya, desde nuestro país, no solo la línea de la guerra como política oficial del 14 de Junio; sino, además, planes concretos para iniciarla. Que luego los dirigentes del 14 de Junio desertaran de esa línea es harina de otro costal …”
Hoy, podemos afirmar que el surgimiento de los Comandos de la Resistencia, como resultado del acuerdo, que a finales del 1967, en La Habana, Cuba, hicieran Los Palmeros, encabezados por Amaury Germán Aristy, con el Coronel de Abril y Héroe Nacional, Francisco Alberto Caamaño Deñó, al tiempo que marcó la entrada en escena de un nuevo movimiento revolucionario, profundizó la crisis de identidad y disolución del MR1J4. A menos de un año, las filas del 14 de Junio serían estremecidas por otras rupturas y separaciones, que dieron lugar a un nuevo sistema de lealtades y complicidades, de unidad de propósitos y acción, sin que en la mayoría de los casos, durante ese período (1967-1973) se mellaran las amistades y los afectos cultivados durante más de un lustro de militancia compartida. De las entrañas del 1J4, a mediados del 1968, surgirían: la Línea Roja del MR1J4, la Unión de Lucha por una Nueva Quisqueya, la Unión del Trabajo de la República Dominicana y el grupo de ex miembros del Comité Central.
En los inicios de la segunda década del siglo XXI, ninguno de esos grupos existe en la escena política nacional. La parte sobreviviente de cada uno de ellos tiene diferentes visiones y actitudes frente al presente y al futuro de la nación dominicana, y participa de la política partidarista desde espacios tanto tradicionales como alternativos. Frente al pasado, que para muchos de nosotros fue el tiempo de nuestra primera juventud, compartimos, salvo algunas excepciones, un mismo sentimiento de no arrepentimiento y de orgullo por nuestra manera de vivir y luchar en ese tramo de nuestras existencias.
Al congregarnos aquí, 46 años después del nacimiento de los Comandos de la Resistencia, a 41 años de los combates de Las Américas, y 40 años de Playa Caracoles, buscamos encontrar juntos respuestas a muchas preguntas e interrogantes que todavía pululan en nuestros pensamientos, en torno a una serie de hechos, escenarios y personajes, que fueron protagonistas o actores de los mismos. No nos anima ni el odio ni el deseo de la venganza; pero mucho menos el de tender un manto de olvido y de perdón sobre esos acontecimientos. Lo que queremos es aproximarnos, cada día más, a la verdad, para ser justos a la hora del veredicto final de la historia.
Por último, quisiera hacer provecho de este panel y de estas líneas escritas a propósito del mismo, para reiterar el orgullo y el honor que para mí representó y representa haber sido contemporáneo de Amaury Germán Aristy, de Virgilio Perdomo Pérez, de Ulises Cerón Polanco y Bienvenido Leal Prandy (la Chuta). Haber militado junto, en el Movimiento Revolucionario 14 de Junio, perteneciendo al Buró Militar, al lado de Baby Mejía, Homero Hernández y el Chori.
Conocí a Amaury Germán Aristy cuando sus padres, don Manuel Germán y doña Manuela Aristy, vivían en Azua. Nos volvimos a ver cuando nuestras familias se establecieron en la capital, (1961-1962). Después de nuestras respectivas salidas hacia el extranjero (Cuba y Francia, respectivamente, en los años 1967 y 1968) no volvimos a encontrarnos en ningún punto de la geografía del país y tampoco en el extranjero.
El 12 de enero de 1972, estando en los terrenos de la universidad Autónoma de Santo Domingo, me enteré del cerco que las fuerzas militares y la Policía Nacional, habían tendido alrededor del escondite de “los muchachos”. Un poco antes del desenlace de ese combate desigual, le llevé a doña Manuela un retrato de su hijo, hecho a plumilla por el arquitecto Amable Sterling, y que aún sigue colgado en los pasillos de su casa en la Salomé Ureña.
No volví a verlo, pero lo sigo admirando y recordando. Y más aún, en cada enero, en cada febrero, en cada abril, en cada junio, en cada diciembre, Amaury vuelve a nacer y “va matando canallas, con su cañón de futuro”.

QUISQUEYANO, NUESTRO OTRO GENTILICIO

                          QUISQUEYANO, NUESTRO OTRO GENTILICIO

Dos son los gentilicios con que somos conocidos los oriundos del país llamado Santo Domingo, a saber: dominicano, que deriva de Domingo, y quisqueyano, proveniente de Quisqueya. Con este último nombre, supuestamente indígena, los taínos designaban una de las regiones de la demarcación isleña que el Almirante Cristóbal Colón llamó Española pero que con en el fluir del tiempo terminó siendo conocida como isla de Santo Domingo.
Sabemos que el gentilicio dominicano comenzó a usarse desde 1621; y que varias décadas con posterioridad a las Devastaciones de Osorio (1605,1606), la isla de Santo Domingo dejó de ser posesión española en su totalidad y pasó a ser compartida con Francia, país que importó esclavos africanos a la parte Occidental y estableció allí la sociedad colonial conocida como Saint Domingue o Santo Domingo francés. De modo que fue hacia mediados del siglo XVII cuando los primeros escritores del Santo Domingo español empezaron a utilizar el gentilicio dominicano para identificar a los naturales de la parte española de isla, no solo como uno de los elementos definidores de lo que en el futuro sería la identidad nacional del colectivo, sino también para distinguirlos etnológica y culturalmente de los habitantes de la parte francesa.
Así las cosas, esto es, ocupada la isla de Santo Domingo por dos comunidades de diferentes culturas, una de composición afro-hispánica y la otra afro-francesa, para finales del siglo XVIII era común que en los documentos oficiales se identificara a los habitantes de la llamada parte del Este de la isla con el apelativo de “dominicanos españoles” con el propósito de distinguirlos de los naturales del Santo Domingo francés. Sin embargo, fue en los albores del siglo XIX cuando el adjetivo dominicano adquirió un significado cultural mucho más definido, en tanto que gentilicio natural de toda persona nacida en el Santo Domingo español.
Se recordará que hacia 1815, el gobernador Carlos Urrutia, célebre personaje de los tiempos de La España Boba (1808-1821), a quien también se le conocía como Carlos Conuco, en una Proclama se refiere a los “fieles y valerosos dominicanos” que participaron en un asalto protagonizado por sus tropas colecticias. El 10 de diciembre de 1820, el gobernador Sebastián Kindelán, en un Manifiesto público elogió a los “fieles dominicanos”; y cuando el primero de diciembre de 1821 el líder del frustrado movimiento conocido como La independencia efímera, José Núñez de Cáceres, dio a la luz pública el Manifiesto Político mediante el cual los dominicanos se separaban de España, proclamando el Estado Independiente de Haití Español, tituló el referido documento político de esta manera: Declaratoria de independencia del pueblo dominicano.
Durante el período de la Unión con Haití o de la Dominación haitiana (1822-1844), los habitantes de la parte española de la isla ya se identificaban a sí mismos como dominicanos, pese a la insistencia de los gobernantes haitianos quienes en algunas de sus comunicaciones oficiales llamaban a nuestros antepasados “hispano-haitianos” y también “haitianos del Este”. No es casual que en 1827, cuando el entonces joven Juan Pablo Duarte viaja a Europa por primera vez, le aclara al capitán del barco que él no era haitiano, sino dominicano; y que años más tarde, tras elaborar su proyecto político nacionalista con el fin de crear un Estado nación libre e independiente de toda dominación extranjera, dio a la nueva institución política el nombre de República Dominicana.
Cualquier estudioso de la historia colonial de Santo Domingo podrá constatar que, a lo largo de los siglos XVIII y gran parte del XIX, dominicano fue el único gentilicio con el que siempre fueron reconocidos nuestros ancestros.
Quisqueyano
¿Desde cuándo, entonces, se usa quisqueyano, nuestro otro gentilicio? Todo dominicano familiarizado con el proceso histórico republicano, es consciente de que la República fue proclamada el 27 de febrero de 1844, y que a partir de ese trascendental acontecimiento histórico el pueblo dominicano tuvo auto-gobierno, soberano e independiente, inspirado en la doctrina del liberalismo y en el sistema de la democracia representativa. Una cosa, empero, fue proclamar la República; y otra muy distinta que los dominicanos adquirieran conciencia de su identidad nacional en tanto que ente sociológica y culturalmente diferente no solo de sus vecinos de Occidente, sino de cualquier otro colectivo nacional. En este punto es importante resaltar que a lo largo de la Primera República (1844-1861) y de la Guerra restauradora (1863-1865), en Santo Domingo nadie supo de la existencia del vocablo Quisqueya ni mucho menos del gentilicio quisqueyano.
Fue a partir del año 1867, cuando circuló el primer tomo del Compendio de la historia de Santo Domingo, de José Gabriel García, que los dominicanos aprendieron en las escuelas que los taínos solían llamar la isla con varios nombres, a saber: Bohío, Haití, Babeque y Quisqueya. Pero un hecho ocurrido en 1805, al parecer poco trascendente para la parte española, cambiaría el futuro de ese legado toponímico de la cultura taína, toda vez que los habitantes de la parte francesa de la isla, tras el triunfo de la revolución, se declararon independientes respecto de Francia y reivindicando como suyo uno de los nombres aborígenes de la isla, le dieron a la nueva República que proclamaron el nombre indígena de Haití.
El indigenismo
Postreramente, más de medio siglo después de la revolución haitiana, en el ámbito de la incipiente literatura dominicana surgió, luego de la restauración de la República, el denominado movimiento indigenista que, al decir de Max Henríquez Ureña, “se inspiró principalmente en las desventuras de los aborígenes del Nuevo Mundo al enfrentarse a los conquistadores europeos” (Panorama histórico de la literatura dominicana, Vol. I, 277:1966). El indigenismo literario era una suerte de búsqueda de las raíces ancestrales de los pueblos americanos y, en el caso de Santo Domingo, significó un vigoroso esfuerzo por reencontrarse con parte del legado de los más remotos ancestros de las dominicanos. Así, en 1867, a raíz de la publicación de la obra citada del historiador García, tuvo lugar la eclosión de la corriente literaria conocida como indigenismo y uno de sus precursores fue el periodista, poeta y escritor Alejandro Angulo Guridi, al que debemos un hermoso drama histórico, en tres actos, titulado Iguaniona, al principio del cual se lee lo siguiente: “La acción se desarrolla en la isla de Quisqueya, a fines del siglo XV”.
Sin embargo, la literatura indigenista en Santo Domingo se desarrolla durante los dos decenios transcurridos entre 1870-1890, y sus principales exponentes, además de Guridi, fueron José Joaquín Pérez, autor de Fantasías indígenas, Salomé Ureña de Henríquez, Manuel de Jesús Galván, con su novela Enriquillo, José Castellanos, quien publicó la primera antología de poesía dominicana, que data de 1874, y cuyo título fue Lira de Quisqueya. Se trató, evidentemente, de una época de esplendor de las letras nacionales en la que los intelectuales criollos buscaban una forma de expresión que los vinculara directamente con el no muy abundante legado de la extinguida cultura taína. Y fue, en el seno de ese movimiento, que además del nombre europeo del país (que era y es Santo Domingo), devino una necesidad por fuerza de la inspiración poética, si se quiere, adoptar otro nombre que fuera de auténtico sabor aborigen con el cual también identificar a los dominicanos, y ese nombre, como acertadamente señaló el maestro Eugenio María de Hostos, no fue otro que Quisqueya.
No escapaba al conocimiento de los intelectuales de esa generación post-restauradora que los otrora esclavos de Saint Domingue, una vez liberados del yugo francés, pretendieron cambiar el nombre varias veces centenario de la isla y que también adoptaron para el nuevo Estado uno de los nombres indígenas de la isla, haciendo consignar en la Constitución de 1805 (la de Dessalines), que “el pueblo que habita la isla antes denominada Santo Domingo acuerda constituirse en Estado libre, soberano e independiente de cualquier Potencia del universo bajo el nombre de Imperio de Haití”, Estado al que dicho sea de paso consideraban “uno e indivisible”, y que solo tenía por límites el mar. Ante esa realidad histórica, es lícito conjeturar que cuando a los dominicanos se les presentó la oportunidad de escoger un nombre aborigen con el cual identificar a su Patria, seleccionaron uno que geográficamente los vinculara directamente con la desaparecida cultura taína y lógico fue que escogieran el vocablo Quisqueya.
Es, pues, durante el decenio 1870-1890 que la voz Quisqueya y sus derivados quisqueyano o quisqueyana adquieren cierta popularidad entre los dominicanos a través, principalmente, de la poesía de carácter epopéyico, de la narrativa indigenista y, naturalmente, por medio del himno que en 1883 escribió el poeta Emilio Prud’Homme, con música del maestro José Reyes. El himno de Reyes y Prud’Homme recorrió un largo trecho antes de ser oficialmente declarado Himno Nacional el 29 de mayo de 1934. Pero es evidente que durante los años transcurridos entre 1883 y 1934, el pueblo dominicano, de manera espontánea, hizo suyas las letras de ese canto patrio y esa circunstancia contribuyó enormemente a popularizar el otro gentilicio con el que desde entonces somos conocidos los dominicanos, pues además de resaltar que la Patria, es decir, Quisqueya, “la indómita y brava”, “será destruida, pero sierva de nuevo, jamás”, nuestro canto patrio comienza con unos versos que desde entonces han entonado y continúan entonando con orgullo todos los dominicanos: “Quisqueyanos valientes alcemos/ Nuestro canto con viva emoción…”
Conviene destacar que el vocablo Quisqueya era el nombre preferido por Hostos, quien incluso en 1880 propuso públicamente que el Estado se llamara República de Quisqueya, idea que ulteriormente secundó César Nicolás Penson en su libro costumbrista Cosas añejas. En cuanto se refiere al uso del gentilicio quisqueyano, éste devino más natural y frecuente en la literatura y en la poesía por fuerza de la métrica. Dicho nombre, según Emilio Rodríguez Demorizi, “apenas ha pasado de la literatura, de la poesía y la oratoria” y se ha convertido en “nuestro nombre poético, como borinqueño en Puerto Rico” (Seudónimos dominicanos, 1956: 33-34).
Los vocablos Quisqueya, quisqueyano y quisqueyana también pasaron de la literatura al cancionero popular, circunsancia que contribuyó de manera significativa a una mayor difusión los mismo del nombre que del gentilicio. Un ejemplo de se encuentra en las inmortales letras que el célebre compositor puertorriqueño, Rafael Hernández, dedicó a nuestro país: “No hay tierra tan hermosa como la mía,…” “Quisqueya la tierra de mis amores,.. Quisqueya divina, en mis cantares linda Quisqueya yo te comparo con una estrella”; o las no menos imperecederas de la dominicana Mercedes Sagredo: “Quisqueya, divina Quisqueya, de dulces recuerdos de ayer… “Quisqueya primada Quisqueya, Tú eres la más bella, tú eres la más bella, flor de mi vergel”. Y como en este punto se trata de rememorar temas dedicados a exaltar la belleza y los valores patrios de Quisqueya, la Madre Patria de los dominicanos, estimo que no será en vano, para orientación de las jóvenes generaciones, traer a colación aquélla célebre canción titulada “Espera quisqueyana”, que en las postrimerías de la dictadura de Trujillo compuso el recordado maestro Billo Frómeta; canción que dicho sea de paso consagró Felipe Pirela, el llamado “bolerista de América”.
Sucedió que a mediados de 1961, ya ajusticiado el sátrapa, pero con la familia Trujillo y sus epígonos aún desgobernando el país, la juventud y la casi totalidad del pueblo exhausto de tantas injusticias, demandábamos anhelosos “navidad con libertad”, al tiempo que entonábamos una de las estrofas de esa suerte de himno de esperanza que auguraba un mejor futuro para todos:
“No llores muchachita quisqueyana /Esconde tu dolor un poco más / Y verás las campanas de tu iglesia / Repicar anunciando libertad”.
Una cosa fue proclamar la República; y otra muy distinta que los dominicanos adquirieran conciencia de su identidad nacional en tanto que ente sociológica y culturalmente diferente no solo de sus vecinos de Occidente, sino de cualquier otro colectivo nacional.
 
POR JUAN DANIEL BALCÁCER

 

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