José Martí y Ruben DaríoPor Isabel Soto Mayedo*

Managua (PL) Dos expresiones de una misma manera de entender la urgencia de prevenir y enfrentar los afanes expansionistas del vecino poderoso, Estados Unidos, destacan en la obra del cubano José Martí y del nicaragüense Rubén Darío.

Enero convoca a recordar a estos dos grandes de la mística latinoamericana, tanto por su verbo encendido como por la claridad de pensamiento en torno a la necesidad de reivindicar el valor contenido del Río Bravo a la Patagonia.

Por azares de la vida ambos nacieron en ese mes, el cubano el día 28 del año 1853 y el nicaragüense el 18 de 1867, y aunque apenas dialogaron de forma directa en una sola ocasión, disímiles son los vínculos que los unen.

Más allá de las posibles coincidencias en su producción literaria, Martí y Darío probaron lo que sintetizara el segundo de manera magistral: “no hay escuelas, hay poetas”.

Mientras los críticos insisten en encasillar al cubano como paradigma de la transición americana del romanticismo al modernismo literario y en reducir al segundo a esta última corriente, historiadores y estudiosos destacan a los seres humanos que habitaron en ellos.

Martí, testigo y cronista de su época, dotado de un sustento ético admirable, conoció de cerca los rejuegos imperiales y avizoró el interés geopolítico camuflado por los discursos integracionistas de Estados Unidos respecto a América Latina y el Caribe.

“De raíz hay que ver a los pueblos, que llevan sus raíces donde no se las ve, para no tener a maravilla estas mudanzas en apariencia súbitas, y esta cohabitación de las virtudes eminentes y las dotes rapaces”, alertó, en el ámbito del Congreso Internacional de Washington (1889).

Para él ningún asunto requirió más sensatez, ni obligó a más vigilancia, examen claro y minucioso, después de la ruptura con la metrópoli española, que los cantos de sirena de un país “potente, repleto de productos invendibles, y determinado a extender sus dominios en América”.

Sus reflexiones frente a ese acontecimiento reflejan una comprensión cabal de la coyuntura histórica y de la vulnerabilidad de las repúblicas del sur, en medio de las aspiraciones hegemónicas de ambos polos de poder.

“Cuando un pueblo rapaz de raíz, criado en la esperanza y certidumbre de la posesión del continente, llega a serlo, con la espuela de los celos de Europa y de su ambición de pueblo universal,â��, urge ponerle cuantos frenos se puedan fraguar, con el pudor de las ideas”, advirtió.

Martí conoció a Darío por intermedio de otro cubano, Gonzalo de Quesada, una tarde de 1893 en su habitación del hotel neoyorquino Hardman Hall y para el nicaragüense, lo más impactante fue que aquel hombre cuya fama le precedía lo tratara como un padre.

“De pronto, en un cuarto lleno de luz, me encontré entre los brazos de un hombre pequeño de cuerpo, rostro de iluminado, voz dulce y dominadora al mismo tiempo, y que me decía esta única palabra: Hijo”, escribió en 1912, en su Autobiografía, en alusión a ese encuentro.

Antes de reunirse cada uno sabía del otro: Martí en 1882 había publicado el poemario más importante en la etapa de transición al modernismo, el Ismaelillo, y Darío, aunque tenía apenas 26 años de edad, era bien conocido en el mundo de las letras.

La segunda edición de Azul, en 1890, con el elogio del crítico español Juan Valera, consagró al nicaragüense como el abanderado de un modo nuevo en la literatura de matriz castellana. Los dos, además, servían como corresponsales periodísticos y publicaban en el diario bonaerense La Nación, que con una tirada 35 mil ejemplares llegaba a buena parte de la intelectualidad de América Latina y España.

Más allá de las identidades, el joven nicaragüense quedó admirado por aquel hombre al cual describió como el que “escribía una prosa profusa, llena de vitalidad y de color, de plasticidad y de música”.

Dos años después de esa conversación en el Hardman Hall trascendió la noticia de la muerte en combate del más universal de los cubanos del siglo XIX, el 19 de mayo de 1895, y el más reluciente de los poetas hispanoparlantes de la época reaccionó como suelen hacerlo los de su estirpe.

La nota necrológica escrita por Darío devela a la persona sensible conmovida, así como al pensador consciente del alcance universal de la pérdida “y ahora, maestro y autor y amigo, perdona que te guardemos rencor los que te amábamos y admirábamos, por haber ido a exponer el tesoro de tu talento”.

“Cuba admirable y rica y cien veces bendecida por mi lengua; más la sangre de Martí no te pertenecía; pertenecía a toda una raza, a todo un continente; pertenecía a una briosa juventud que pierde en él quizás al primero de sus maestros; pertenecía al porvenir!”, señala el texto, publicado el 1 de junio de 1895 en La Nación.

Un año después, en su libro Los raros, incluyó a Martí junto a otros grandes escritores como Edgar Allan Poe, Verlaine y Moréas, y al referirse a él destacó “quien murió allá en Cuba era de lo mejor, de lo poco que tenemos nosotros los pobres; era millonario y dadivoso”.

Darío no fue menos, quizás influencias como la del ideario martiano en medio de la coyuntura que le tocó vivir, lo convencieron de la necesidad de la unidad latinoamericana frente a las amenazas desatadas desde el Norte y a ello dedicó buena parte de su quehacer periodístico y literario.

Pronto reconoce en Theodore Roosevelt al cazador dispuesto a esgrimir el garrote contra “la América ingenua que tiene sangre indígena, que aún reza a Jesucristo y aún habla en español”, pero avizora que ese presidente norteño (1901-1909) sólo expresa el sentir guerrerista de Estados Unidos.

“Eres los Estados Unidos, eres el futuro invasor”, lo califica en una oda publicada en 1903, en la cual asegura que en las naciones del sur nadie está de brazos cruzados, “hay mil cachorros sueltos de León español”.

Pero más grandioso resulta su visión de esa “América nuestra, que tenía poetas desde los viejos tiempos de Netzahualcóyotl, …que consultó los astros, que conoció la Atlántida cuyo nombre nos llega resonando en Platón”.

Esos versos surgen en el momento cumbre del imperialismo expansionista, que intervino en Cuba (1898 y 1906) e invadió a Panamá (1903 y 1908), República Dominicana (1904), Nicaragua (1910 y 1912), México (1911) y Haití (1915), por sólo citar algunos hechos ocurridos en tiempos de Darío.

Tales acontecimiento alientan en la etapa la redefinición de la identidad latinoamericana, corriente que despega a partir de la guerra hispano-estadounidense-filipino-cubana de 1898, al calor del rechazo a la aplicación de la doctrina Monroe y de la tesis expansiva de Frederick Jackson Turner (1893).

Ese contexto deja su impronta en los modernistas, los cuales recurrieron a su mejor arma para dejar por sentado sus opiniones respecto a la identidad de Nuestra América y de la Unión latina, como la denominaron Martí y Darío, de manera respectiva.

Mas junto a la defensa de lo grandioso surgido de este lado del mundo por oposición a lo advenedizo, ambos concuerdan en sus recurrentes llamados a la unidad, cuestión defendida con vehemencia por el nicaragüense en su poema Pax.

“ÂíOh pueblos nuestros! ÂíJuntaos! En la esperanza y en el trabajo y la paz. No busquéis las tinieblas, no persigáis el caos, y no reguéis con sangre nuestra tierra feraz”, recitó un año antes de fallecer en el Havemeyer Hall, de la Universidad de Columbia, en New York.

“ÂíSé que hay placer y que hay gloria allí en el Waldorf Astoria, en donde dan su victoria la riqueza y el amor; pero en la orilla del río sé quienes mueren de frío, y lo que es triste, Dios mío, de dolor, dolor, dolor…!”, remarca en La gran cosmópolis, dedicado a esa ciudad estadounidense.

Estos son apenas algunos puntos de contacto entre quienes pusieron en alto el orgullo latinoamericano y demostraron al mundo cuanto de valioso ronda por estas tierras.

*Corresponsal de Prensa Latina en Nicaragua

jhb/mjm/ism

 

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